SATUR, 2005
1.
Se cuenta la anéldota de
aquél... (6/3/2005)
2.
Don Pedro Lombardía
(14/3/2005)
3.
Ramón, Venancio y Sor Seneguer
(28/3/2005)
4.
Juan Pablo II (3/4/2005)
5.
Anéldotas para pasar el rato
(10/4/2005)
6.
El Doctor Dallómesbó
(15/4/2005)
7.
Benedicto XVI (24/4/2005)
8.
Conciencias algo confundidas (4/5/2005)
9.
El ADN del Opus Dei (8/5/2005)
10.
Un numerario en apuros (15/5/2005)
11.
Agobiatas de la Opus toda
(22/5/2005)
12.
De apariciones y hechos extraordinarios
(5/6/2005)
13.
Historias del Poblado. MACARIO. (12/6/2005)
14.
No me basta decir te quiero (19/6/2005)
15.
Policarpio Polaino
(26/6/2005)
16.
Anéldotas al hielo picado
(3/7/2005)
17.
El subconsciente de Escrivá (13/7/2005)
18.
Benedicto XVI y aviso para navegantes
(25/7/2005)
y 19. Despedida (1/8/2005) FIN DE LA
SERIE
1. Se cuenta la anécdota de aquél que se quedó encerrado una noche
entera en una fábrica de perfumes, precisamente en los laboratorios donde se
cultivan y preparan las fórmulas y los concentrados en su esencia. Toda la
noche atrapado, el pobrín, entre aromas extasiantes y olores de diseño. Y dicen los que le vieron
que, al salir la mañana siguiente, iba gritando como un loco al mundo todo
“¡¡¡DADME A OLER MIERDAAA, DADME A OLER MIERDAAAAAA…!!!.
Un
poco asín puede suceder a más de una/o cuando deja la opus. Se han formado durante
tantos años en el mundo cerrado de las esencias de frases hechas, de valores
maravillosos, de fraternidades de diseño, fórmulas magistrales que hacen de
esta vida algo fantásticamente precioso. Y, además, han creído firmemente en
ellas, se entregaron en cuerpo y alma; no sólo las vivieron, las comunicaron.
Cara se paga una formación que olvida la debilidad de la condición humana
ignorando lo peor de nosotros mismos. Tarde o temprano esa condición nos
muestra a ese otro que anida en nosotros y, fíjate tú, resulta que no soy tan majete como me prometieron, o me prometí. Resulta que soy,
también, un cuelpo pelsona
y eso.
Y
uno se pone a gritar “¡¡¡DADME A OLER MIEEEEEERRRRDAAAAA!!!”. Y se enfrenta al
mundo todo. Normal. Todo volverá a su sitio. Los pecados de desmesura son los
que Jesús perdonaba sin problemas, sin meter paquetes. Son como un río que se
desborda y arrasa con todo, pero con el tiempo las aguas vuelven a su cauce:
hay más debilidad que maldad.
Otra
cosa es el río que sí está en su cauce, que nunca se desborda, que está sereno
y tranquilo y, sin embargo, ¡ay!, está envenenado.
Tiene la mejor de las apariencias, resulta maravilloso en su paisaje, pero todo
el que beba de él morirá. Son los pecados del fariseo: la apariencia de virtud,
el orgullo del que se siente poseído de una verdad sin amor, el juego de
palabras muy bonitas faltas de contenido y de obras, la soberbia disfrazada de
ser elegido, aristócrata del amor en el mundo, la vanidad de asimilarse siempre
a los poderes del mundo y a una vida mollar cinco estrellas..
Y
no es que Jesús no perdone con facilidad esos modos, es que el que los posee no
se entera. Le cuesta mucho advertir que está hecho una
gusanera de suficiencia y de engreimiento. Le resulta más fácil pensar y juzgar
lo que ve en otros: el desmadre de la carne, una vida desenfrenada,
desordenada, errática. Y las juzga con dureza. Incapaces de entender el corazón , les encanta juzgar las acciones sólo por las
apariencias.
De
hecho el exceso no siempre significa impureza: puede proceder de un impulso
extremado superior al común de los mortales, o de una sed de infinito
desorientada, pero no impura –así les sucede a tantas biografías apasionadas
por una vocación interior-, o de la desesperación…
Y
también sucede que la impureza no acarrea necesariamente excesos: hay hombres
que tienen por Dios a su vientre y que son relativamente sobrios; otros son
lujuriosos hasta los tuétanos y, sin embargo, se conforman con una sola mujer;
hay ambiciosos que son moderados en su audacia, y tantos otros pecadores de la
pradera “prudentes” que por acojone a las
complicaciones de la vida, a los sufrimientos, o por automatismo social,
mantienen su bajeza dentro de los límites permitidos por la ley.
Algunos
de ellos se parapetan, por ejemplo, en los tan traídos y llevados “métodos
naturales” para “follar”, así, con todas las letras, “follar”, sin respetar
dignidades, sensibilidades y ternuras . Eso sí: están
dentro de los límites prescritos por la ley… se confesarán de no haber guardado
la vista con una secretaria, y pasarán por alto que aquella noche su mujer le
pidió un poco de por favor.
Este
pecado, que es el del fariseo, es siempre más difícil de curar que cualquier
tipo de pecado de exceso, porque el que se pasa ve los diques que derriba,
mientras que el fariseo se cree “virtuoso” por respetar esos diques: el agua
más corrompida le parece limpia con tal de que corra por el cauce de los
convencionalismos sociales.
Un
fariseo es un señor que debería de saber que cada vez que su dedo índice acusa
a otro, su dedo meñique, su dedo anular y su dedo corazón le están acusando a
él.
En
la opus puede haber un fariseismo muy cercano, es el que se describe también en
los Evangelios. Eran gente que rezaba, que dirigía almas, que tenían unas
formas exteriores de santidad, de orden, de ley…usaban el nombre de Dios, sus
palabras y sus consejos con unos maquillajes de piedad maravillosos, con gestos
graves y maneras muy litúrgicas. Y se lo cargaron. Lo
mismo que se hubiesen cargado a María Magdalena a pedradas, o se fueron a por
el ciego que recobró la vista a joderle la alegría del mejor día de su vida (“tú , que has nacido empecatado, ¿nos vas a dar lecciones a
nosotros?”), se cachondearon
de las parábolas de la misericordia, o se ciscaron de las amistades de Jesús.
Eran la leche.
A la opus como institución –otra
cosa son las personas- le encanta dar el pego. Los mineros de Mieres que fueron recibidos por Escrivá en Pamplona , tenían de mineros lo que yo de Batushi… pero si hay que ponerse, pues se pone: todo por la opus. ¿Que dicen que
no hay noruegas numerarias auxiliares?, pues se busca
una chica que se llama Francisca Garssen , Paca Garssen para los amigos, y se le coloca en primera fila en
el UNIV para que el Papa vea que hay nivel Maribel. ¿Que no hay gitanos?, venga a por un gitano.
-
Páááádrels, soy el Isra, y
pos que le de quiero muso
-
Yo también, hijo… ¡¡¡Otra pregunta!!!
En
un UNIV los de la universidad de Navarra tuvieron los santos güevos de presentarse con un coro que cantó una canción en
ruso. No sé cuantos tíos cantaron allí, cerca de cien, pero se presentaron como
medio rusos… cuando allí sólo había un ruso, uno, que fue el que se acercó a
saludar al santo Padre. Vete tú a saber dónde estará
ese tío ahora… pero se quedó fetén. Y el Papa convencido del pedazo de labor
que se hacía en la antigua Unión Soviética.
Ese
mismo año salieron unas veinte japonudas vestidas con
sus kimonos exuberantes, sus superlazos en el culo,
sus vistosos abanicos, sus peinetas de aguja zen, y
se marcaron una danza en plan “Mitokatokiski” que
daba vergüenza ajena. Lo ve Hiroito y se hace el
harakiri. Y es que japonudas, lo que se dice japonudas, tres, el resto del Colegio Mayor Andanda. Y el santo Padre, normal, emocionado con la labor
en el Lejano Oriente. San Francisco de Javier, un pelanas.
Las
tertulias con el Perlado cada vez se parecen más a ejercicios de marketing
donde el número sí importa, los lugares de los invitados también importan, los
“políticos” de nuestra cuerda, los influyentes, la prensa. Se afirma una y otra
vez “somos pobres”, “somos amigos de Dios”, “cada vez nos quiere más gente”,
“somos muy felices”… y a unos le dan ganas de gritar a la salida “¡DADME A OLER
MIERDAAAA!”.
Nadie
ha visto su cara directamente. Necesitamos un espejo, una fotografía, un vídeo,
para saber qué careto tenemos. Algo que nos devuelva nuestra imagen. Hay gente
que si se mirara en el espejo se mataría en defensa propia… pero es otra
historia.
Y
cuando estamos hablando con una persona, es ella la que tiene más capacidad de
observarme a mi que yo mismo, en lo psicológico
también. La opus está ciega
a esas cosas, pues una de las posibilidades que tiene de mejorar, de cambiar
modos, de ser ella misma, es la mirada del otro – “otro” entendido como alguien
que de verdad la conoce y puede aconsejar, charlar…-, ahora bien, si nunca
escucho al otro, si tapo cualquier tipo de carencia, si no necesito ayuda de
nadie porque soy inviolable, perpetua, santa e inmaculada en todos mis modos,
reglas y criterios, si lo que me dicen no me importa, o en realidad me creo
superior, o sólo me interesa oír a la gente que me dice cosas buenas, entonces,
habrá muchas cosas que nunca sabrá de ella misma. Nunca.
Por
esa razón y otras, es tan difícil que las cosas cambien en la Cosa.
Le
conocí en un curso anual. Lo nuestro fue un flechazo: dos gansos. Sólo
coincidimos dos años –nos emplazamos para el año siguiente, pero alguien pensó
que nuestra relación le aumentaba la tensión, le agotaba en lugar de descansar,
que es a lo que se va a un curso anual, y nos prohibieron coincidir nunca mais. Era un andaluz barroco, muy divertido, de una
imaginación explosiva y original. Contaba con chispa miles de historias, con un
gracejo cordobés que daba color a todo lo que contaba, una cabeza prodigiosa y
una memoria planetaria.
Feo,
desgarbado, de ojos saltones, labios húmedos, que sostenían una pipa casi
permanentemente, cabeza unida directamente al tronco, sin cuello, piernas que
terminaban en unos pies que marcaban siempre las dos menos diez al andar,
mariconera al hombro y sonrisa pícara tras unas gafas enormes
. Nadie diría que ese hombre era entonces Presidente de la Asociación
Mundial de Canonistas, Consultor del nuevo Código de Derecho Canónico,
Catedrático de Derecho Canónico de la Universidad de Navarra … una eminencia.
Ese hombre, en realidad, era Don Pedro. Nada más y nada menos. Después, todo lo
demás. Los títulos, cargos, encargos y oropeles no le añadían nada...
Si no hablaba en las tertulias –algo muy difícil de conseguir– se dormía sin
rubor alguno, a pierna suelta, con la boca mirando al techo, resoplando, cuando
no roncando. Lo de dormirse debía de ser algo muy natural en él. Contaba que en
el Colegio Romano, fue con dieciocho años, se dormía hasta en el hombro de
Escrivá en las tertulias, mientras hablaba el santo, y que éste decía “
dejadlo, no le despertéis, que está agotado”.
“Una
tarde, seguía contando Pedro, estaba haciendo la oración y veía que, por
primera vez en toda mi vida no me dormía. Porque yo en el Colegio Romano lo que
más tuve es sueño. Me moría de sueño. Y aquel día estaba feliz porque, por fin,
podía hacer media hora de oración seguida tratando a Nuestro Señor. Y en esto
que oigo “ ¡¡¡TANTUM ERGOOO SACRAMENTUUUUMMM…!!!” y
pego un bote como un gato”… y es que estaba dormido, soñando que estaba
despierto, hasta tal punto que habían terminado la oración, preparado el
oratorio, comenzado la Bendición y el tío, raca raca, durmiendo como un bendito con la frente apoyada en el
banco delantero.
Sus
anécdotas eran muy floridas, y no se cortaba con nada, ni con nadie. Las
adornaba hasta extremos inverosímiles, hipnotizantes. Una era muy famosa. Se la
contó a Escrivá y, dicen, que muriéndose de risa, viendo venir el final de la
historia, le lanzó un algo mientras le gritaba“ ¡¡¡calla, Pedro, no sigas, callaaa!!!”.
Comenzaba
diciendo que a él había relatos de la Biblia que le costaba mucho aceptar. Uno
de ellos eran esos que, al terminar una batalla el Pueblo Elegido, se cuenta que “omnes simul clamabant” (todos juntos
cantaban),”y miles de tíos se marcaban todos unos salmos de la leche, más
largos que un chorizo de Pamplona y con unos textos difíciles. ¿Cómo podían
ponerse tantos de acuerdo y coincidir en el mismo texto de un modo espontáneo?”
.
“Y
Nuestro Señor, sabiendo de mi zozobra espiritual, vino en mi ayuda y me hizo
ver que sí, que todo en la Biblia es palabra de Dios”.
Y
es el caso que en Zaragoza, se rodó Salomón y la Reina de Saba , de Samuel Bronston, con Yul Bryner –el divino calvo-, y Gina Lollobrígida,
conocida como “la Lollo”. Y Pedro estaba haciendo la
mili allí. Mandaron a la tropa como extras de la película a rodar varias
escenas al desierto de los Monegros. La peña
emocionada –hay que ponerse en España años cincuenta– de poder ver a la Lollo en vivo. La Lollo entonces
era un monumento de mujer, un símbolo, un ser de otro planeta, un referente, un
canon de belleza que hasta los perros y los gatos se daban la vuelta para verla.…Y llegó la escena cumbre. Se trataba de representar el
recibimiento de la Reina de Saba en las puertas de Jerusalem por Salomón y su ejercito. Colocaron a todos los
soldados de reemplazo en dos filas, vestidos de judíos, lanza en ristre y
cascos de época. Samuel Bronston dio las indicaciones
para el rodaje con un megáfono.
-
Señores, vamos a rodar la escena en que la Reina de Saba
es recibida por Salomón en las puertas de Jerusalem.
La Reina va a aparecer en un carro tirado por dos caballos por allí, entrará
entre las dos filas que ustedes han formado, y ustedes deberán manifestar su
alegría porque ella llega. Me da igual lo que digan porque no se va a grabar
sonido, pero deben manifestar mucha alegría. Levanten las manos, griten alegres ,celebren y festejen el recibimiento.
Todos
contentos, expectantes y nerviosos porque, por fin, iban a poder ver pasar a
escasos metros de ellos a la auténtica Gina Lollobrígida.
ELLA. Y eso se lo contarían a sus amigos, a sus hijos,
a los hijos de sus hijos… ellos estuvieron allí.
Efectivamente,
a lo lejos, ven venir un fastuoso carro tirado por dos corceles, negros como
ala de cuervo, guiados por la mano de la Reina de Saba
que asomaba de una magnífica túnica blanca, escote abierto por delante hasta la
rodilla, frente altiva, mirada de leona: ¡¡¡LA LOLLO!!!.
“Y,
de repente, sin ponernos de acuerdo, de un modo espontáneo, como los auténticos
soldados de la Biblia, comenzamos todos a gritar “omnes
simul clamabant”. ¡¡¡TÍA
BUENAAAAA, TÍA BUENAAAAA, TÍA BUENAAAAAA”… Y vi que
el señor me había hecho ver que la Biblia no miente”.
Allí también todos “omnes simul
clamabant”.
También
contaba que un tal Pichurri –las historias que
contaba de éste dan para un libro– pastor de Teruel, más bruto que un arado,
ignorante y, como se verá, bastante primario, ya grabada la escena, consigue
acercarse a la mismísima Lollo, le coge del brazo y
le expeta emocionado “¡¡¡QUIÉN TE PILLARA CAGANDO,
MAJAAAA!!!”. Poesía pura. La Lollo nunca volvió a ser
la misma.
En
las excursiones de aquellos dos cursos anuales se apuntaban dos o tres coches
sólo por el hecho de que venía él. Era una de esas personas que sabía convertir
de una anécdota algo de película. Probablemente ni él supiera de esa capacidad.
Nos pasábamos horas cantando horteradas, relatando historias como la de las Hermanas
Flamarique –conocidas cantantes de jotas que fueron a
la Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra con un autobús de Tafalla y pillaron –el autobús entero- una gastroenteritis
de Padre y Señor mío. Oírle contar el regreso -¡¡¡PARAAAA;
PARAAAAA!!!, gritaban las Flamarique– era desternillante.
Contaba
muy bien los chistes. El “del padre del viento“ lo bordaba, pero desdice del
tono propio de Orejas. Los de caníbales le gustaban mucho.
“Van
el caníbal padre y el caníbal hijo por la selva y, de repente, se encuentran
una misionera rubia protestante que está de muerte. Y le dice el caníbal jijo a su padre:
-
Qué, papi, ¿nos la comemos?.
-
No. Nos la llevamos a la tribu y nos comemos a tu madre.
En
las excursiones solíamos hacer rutas turístico, culturales-gastronómicas,
y nos desfasábamos bastante. En una visita a la Monasterio de Poblet volvimos loco al pobre guía. Nos comentó que el
retablo era del conocido escultor Damián Forment. Y
uno va y le comenta.
-
Yo tengo en mi casa una cosa de Forment.
-
¿Qué me dice?, y qué es, si puede saberse.
-
Una colonia que pone “ For Men”.
Don
Pedro allí se despachurraba.
Al
mismo guía, cuando nos mostró un Cristo en la Cruz, otro le pregunta muy serio.
-
Oiga, ésa talla de San José, ¿de qué siglo es?.
El
hombre no daba crédito a la pregunta, y observaba el Crucificado pensando el
nivel del que hacía la pregunta.
-
¿San José?, ¡¡¡pero si es un Cristo en la Cruz?.
-
Pero, ¡qué dice! –le respondía- ¿no ve las barbas? Vamos, vamos, ese es un San
José de tomo y lomo.
Don
Pedro disfrutaba y comentaba “cuando lo cuente en la Facultad, no se lo creen…
sobretodo la Culobien”.
-
Y quién es la Culobien
-
La Culobien es una secretaria de la Facultad que, la
verdad, y vamos a dejarnos de leches, tiene un culo muy majo.
Pero
lo que hizo que siempre quede en la memoria de mi vida fue el Día del Trovador.
Nos
encontrábamos doce numerarios comiendo nuestra bolsa de excursión en los
jardines adjuntos a un Parador Nacional cinco estrellas. Ya sabéis: dos
bocatas, una lata, y dos piezas de fruta. Yo, aún conservo la costumbre,
llevaba una guitarra. Y en esas estábamos cuando Don Pedro me reta.
-
A que no hay cohóne para cantar en el comedor del
Parador.
Don
Pedro ignoraba que soy de esos que cuando le dicen “ a que no hay…”, pues hay. Así
me ha ido. Él era un Peter Pan, pero yo era otro: dos
chavales. Sucede que él entonces tenía sesenta años y yo veintitantos.
-
¿Qué no hay?.-le respondo-. Hay, pero sólo si usted pasa el platillo cuando
termine el recital.
- Hecho.
-
Pues, venga.
El
que hacía cabeza del grupo –ya se sabe que en la opus siempre hay un tío que hace cabeza– “ya te vale,
cabeza, que dicen los maños”-, me coge en un aparte y me dice “ oye, que es Don
Pedro, ni se te ocurra”. Pero ya era tarde.
Entramos
en el comedor y sin pedir permiso ni encomendarnos a nadie decimos.
-
Señoras y señores, somos unos trovadores del siglo XX que vamos amenizando con
nuestras canciones las viandas que comen las buenas gentes en mesones y cantinas . Sigan degustando de su comida y relájanse.
Y comenzó
el recital, mesa a mesa, sin que a nadie le importara. Modestia aparte, el tono
de las canciones era más que alto. Don Pedro a mi lado, con un platito de
postre, se balanceaba al ritmo de boleros y rancheras. La pinta que llevábamos
era, efectivamente, de trovadores con miles de kilómetros a la espalda.
Al
terminar la última mesa nos despedimos.
-Y
para finalizar cantaremos una última canción y aquí, Don pedro, presidente de
la Asociación de Canonistas, Consultor del Nuevo Código de Derecho Canónico Y
Catedrático de la Universidad de Navarra, pasará el platillo. Sean generosos, y
gracias por su amabilidad al escucharnos.
Comienza
la canción y una niña se acerca y deposita un billete en el platito. Don Pedro
me ordena parar, besa el billete y dice al público.
-
Esto que acabo de hacer es el “Osculum Vestalis”, el beso que daban las sacerdotisas en la Roma
del Imperio, en el templo de Venus, cuando un ser inocente ofrecía su donativo.
Y esta niña, símbolo de la inocencia, representa mejor que nadie ese momento.
La
gente no sabía si ese hombre estaba hasta las patas de vino, si era
catedrático, si estaba como un cencerro…
Con
las ganancias nos pagamos los cafés de todos, las copas de coñac de todos,
varios puros y aún sobró.
Por
la noche, en la tertulia, nadie creía lo que contamos. Pero uno de los
nuestros, actualmente periodista de prestigio, había llevado un cassette –otra cosa que hacíamos eran trabajos de campo y
entrevistas a lugareños– y lo grabó.
Al
día siguiente me llamaron a dirección. A Don Pedro le estaba subiendo la
tensión, había venido a descansar y lo iban a devolver a su centro hecho unos
zorros, me estaba pasando. Y, vamos, que nunca mais
salir con él.
No
volvimos a coincidir. Murió pocos años después de cáncer.
Y
uno agradece haberse cruzado esos dos meses con él. Un tipo fantástico por
dentro, y por fuera.
3. RAMÓN Y VENANCIO Y SOR SENEGUER
Paseaba
ensimismado por una calle peatonal de una ciudad cualquiera preguntándome algo
que me han explicado miles de veces, pero que no alcanzo a entender, y es por
qué los de Chile Austral no sienten la sangre presionando sobre sus cabezas,
por qué nosotros no advertimos que estamos peligrosamente inclinados sobre el
vacío infinito, por qué el agua de allá abajo no se derrama por el Universo
Todo… por qué, en definitiva, no nos subsumimos en la sopa de la Vía Láctea.
Son cosas que me preocupan, y que creo que preocupan a más gente, lo que pasa
es que no lo dicen.
Bueno,
en éstas estaba, cuando alguien me requiere sorpresivamente – ¿ Tú eres ”Satur”?, me
dice. “Pues, de sí: le soy”-le contesto.
-
¡¡¡Saturrrrrr!!! –me abraza emocionado-. ¡¡¡El hijoputa de Satur !!!. (En España hay gente que dice eso de “hijo de puta”
como algo cariñoso y de buen rollito). ¿Sabes quién
soy?... –iba a decirle que no, pero que creía que era el hijo de puta que me
acaba de llamar hijo de puta hacía unos segundos, y que no le llamaba hijo de
puta porque a lo mejor yo era su padre…- ¡¡¡soy Ramón
G.!!!, ¿te acuerdas?. Me diste clase en el colegio Pijaró.
Por
más vueltas que daba al careto de ese tipo no caía. Tenía delante de mi un
prototipo de jefe de planta de Corte Inglés, rubio, un metro noventa, sonrisa
“soy yo, soy yo, soy yo, Señor, que contigo quiere hablaaaaarrrr”,
adornada por unos labios que recordaban algo parecido al cartílago de un
caracol, traje impecable, mirada de iglú, pero nada en él me recordaba al niño
que se suponía que yo di clase. Los que yo he dado clase, aunque fuese sólo
durante un año, los distingo de seguida: están tocados del ala y tienen cara
así como de desorden interior profundamente deteriorado, de alguien que está
buscándose en alguna parte. No falla. Cuando me los
encuentro y pregunto “yo te di clase, ¿verdad?”. La contestación siempre es
“SÍ”.Y una mirada lobotomizada
que te observa con la curiosidad de un proctólogo.
-
¡¡¡Jodeeeer, Satur!!!
–insistía el jambo. ¿No te acuerdas?. Ramón, de la promoción de Borja, de Chusmari, de Oleguer… que íbamos
por el club Andanda.
-
Ah, sííí, ya caigo –mentí.
-
Bueno, bueno, bueno. ¿Y qué haces por aquí?
-
Pues, ya ves. Vivo aquí.
-
Ya; dando clases y contando chistes.¡¡¡Campeón!!! –y
me da otra palmetada.
-
Pues, no. Dejé de dar clases y ahora el payaso lo hago en casa, y el que me
quiera escuchar, que pague.
-
¡Juá, juá, juá!. Muy bueno.
La
verdad es que me sentía incómodo. Son situaciones en las que te parece estar
hablando con alguien que se supone debes conocer mucho muchísimo y, sin
embargo, te recuerda medio bocata de chorizo fermentado y envuelto en papel albal que encuentras de repente en el fondo de la mochila
de tu vida. Un bocata que sí, un día estuvo allí contigo, pero no le hincaste
el diente lo suficiente.
Pero
el tío te recuerda perfectamente.
En
medio de tanta confusión y oscuridad, derrepenete, de
pronoto, llegó la luz. Un fogonazo de magnesio que sí
quedó reflejado en la retina de mi memoria. Ramón me contó una anécdota que
protagonizamos los dos hace muchísimos años en una visita de pobres a las
Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Yo había olvidado la historia
–felizmente para mi-, pero él la llevaba grabada a
fuego de tal manera que desde aquel día ya nada fue igual para él. Yo quedé
para siempre en su biografía, y cada vez que ve un anciano desamparado, una
monjita de anciano desamparado y algo parecido a una residencia de tercera edad,
le vienen unos sudores, unos accesos y unas nauseas
que no veas.
Acostumbrábamos
a hacer las visitas de pobres a una residencia de Las Hermanitas -que, aunque
se llaman así, “Hermanitas”, son duras como el pedernal, fuertes como una
estalactita y de hermanitas nada: te llevan un agüelo
de cada brazo como si fueran pétalos de rosas. Una hermanita de esas que
parecen tan frágiles, escuchimizadas y arrugadas, te
pega un tortazo y te manda donde el viento da la
vuelta.
Casi
cada semana acudía las tardes de sábado con algún chaval y echábamos una mano
en la Residencia. Normalmente eran tonterías: acompañar a un tipo que conoció
el Mar Muerto cuando estaba Enfermo, hinchar cientos de flotadores patito hasta
el vértigo y el mareo total, flotadores que, supongo, les habría regalado algún
cabrón y que nosotros debíamos comprobar cuáles estaban pinchados, servir la
merienda o la cena…Ya digo, tonterías. Era fácil salir de esas visitas con una
agradable sensación de buen chico, de buen samaritano, con una sonrisa de
satisfacción y la conciencia de saberte tan cerca de Jesús, como un Cirineo del
siglo XX.
Había
una monjita, una hermanita, que no nos veía así como con muy buenos ojos. Le
debíamos parecer los típicos “¡¡¡supersocorro, que me ataca un Lacoste!!!”, unos pijillos que no
se sabía muy bien qué íbamos a hacer allí, unos yogurines
guaperillas y chachis que
bajaban de los barrios Ives Saint Lorans
a hacer la buena obra del día. Y una tarde, la tarde que fuimos Ramón y el menda, la “hermanita” dijo “hoy
pillas”. Y pillamos. Me lo recordó Ramón…¡¡¡pero
ahora mismo, mientras tecleo, tengo que levantarme de la silla y tomar aire
sólo de recordar aquellas horas de horror y asco!!!.
Sonriendo
Sor Presa la Tocacojones nos dijo dulcemente.
-
¿Podéis acostar a Venancio?
Venancio
era un hiperanciano que estaba sentado en una silla
sobre un cojín más gastado que el de Ironside.
-
Venga, Ramón, vamos a acostar a Venancio.
Ni
Ramón ni yo habíamos acostado nunca a un agüelo.
Pero, era Jesús con el rostro de Venancio Anciano, y allá que nos fuimos con
Venancio –un brazo en mi hombro, otro brazo en el hombro de Ramón– hasta la
cama. Venancio se dejaba hacer. Era buen chico.
-
Ramón, tú le bajas los pantalones, yo me encargo de la camisa, ¿ok?.
Ramón
debió de pensar que vaya cara, pero yo era el profe,
qué caramba.
Estoy
intentando desabrochar el botón primero de la camisa, el del cuello, con la
lengua fuera y una halitosis de Venancio que anunciaba que algo no funcionaba
allá dentro, cuando escucho a Ramón que le da una arcada, un arranque de
nausea, un ataque de vomitera brutal, y se pone a potar a escasos centímetros
de Venancio que, impertubable, sigue mirándome a los
ojos fijamente. Yo, que soy muy mindunguis para esas
cosas, y muy aprensivo, veo la potada de Ramón, y me pongo a potar yo también,
pero en el otro lado de la cama. Venancio, nada, a lo suyo. Y nosotros como el Fontanone, dale que te pego.
Terminamos
el primer pote de gomito y descubro alucinado y
horrorizado que Venancio está en calzoncillos totalmente cagado. Una cascada de
mierda que le cae calzoncillo abajo hasta los tobillos.
¡Vuelta
a potar Ramón y yo! Y Venancio como un campeón. Nada. Sólo nos miraba.
Nos
vamos a la monjita con lágrima en los ojos y cara de besugo con arcadas.
-
Hermanita, que mire lo que nos ha pasado…
-
¡Vaya por Dios! –dice así como si le hubiéramos comentado que le compramos
lotería de Navidad. ¡¡¡Ay Venancio, que no hay día que no hagas una!!!. Nada,
no os preocupéis, ya limpio la habitación, y vosotros llevadle al baño
geriátrico y le limpias con la grúa.
-
¿Que le que le qué…?. ¿Grúa?...¿Baño?.
Eso
no era una monja. Era La auténtica Sor Seneguer.
Acompañamos
entre espasmos y extraños movimientos corporales a Venancio. Lo de la grúa fue
de traca. Lo colocamos como pudimos, lo colgamos de una especie de pañal enorme
que se sostenía sobre un brazo hidráulico… pero la visión de esas pielnas repletas de heces, de ese cuerpo mortal, de esos
miembros que en su día debieron de ser causa de admiración y no pocas
sorpresas, nos hacía volver a gomitar y tener unas
arcadas que nos dolía hasta el ombligo. Algo patético.
Venancio, suspendido entre el baño y el brazo hidráulico, balanceándose, nos
observaba agarrados a la pared y echando la leche que mamamos.
Ya
una vez medio recuperados, los ojos llorosos, y sin nada más que echar, porque
ya no había nada más que echar, comenzamos a limpiarlo. Pero nos parecía que
allí se estaba produciendo un fenómeno extraño, porque más que limpiar
esparcíamos: era como si le estuviésemos limpiando con una bolsa de patatas
fritas. Y fue en ese momento cuando Venancio me coge por el cuello del jersey y me dice muy serio.
-
¿Porqué hacéis esto?.
Muy
buena la pregunta, Venancio. Porque eso no lo sabía ni yo. Pero le contesté,
así, por contestar.
-
Porque me gustaría que me lo hicieran a mi cuando sea
como usted.
No
me llamó “ cabrón” porque lo tenía suspendido del brazo hidráulico y sospechaba
en mi pensamientos asesinos, que si no…
Nos
fuimos a la Hermanita y le dijimos que ya estaba hecho
el encargo. La verdad es que nos tiramos con Venancio nuestras buenas tres
horas, lo acostamos con algún palomino pero, bueno, para ser la primera vez –y
la última– el encargo más o menos se hizo.
Las
risas de la monjita todavía se deben de oír en la
noches de luna llena en los pasillos de la Residencia.
Y
a nosotros no nos volvió a ver el pelo en su vida.
Venancio,
descansa en paz.
Ramón:
lo siento.
Papá:
te aconsejo que palmes de infarto, porque como me toque cuidarte a ti…
De
Juan Pablo II algo se puede contar. Durante diecisiete unives,
y los viajes que realizó y tuve la suerte de asistir, pude
cruzar camino con él, de un modo breve, pero muy intenso, en muchas ocasiones.
Fui muy afortunado, lo soy, y con frecuencia me gusta cerrar los ojos y
recrearme en alguno de esos encuentros a solas. Aunque hubo de todo – desde anéldotas de lo más payaso y divertido, hasta la
maravillosa posibilidad de poder hacerle alguna confidencia -, todas las
considero fantásticas, únicas y exclusivas.
Si
alguna vez alguien me preguntara cual fue el máximo
instante de felicidad en mi vida sin dudarlo respondería que el primer
encuentro personal con el Papa… y algunos muchos primeros momentos de mi
biografía, que no vienen al caso.
Estaba
uno en primera fila en el Cortile de San Dámaso. El
Papa, desde un pequeño balcón, escuchaba las distintas actuaciones de unas y de
otros, las anécdotas que contaban, las canciones…¡Lo tenía a tan solo unos
metros de mi!. Aprovechando que la tuna iniciaba una
canción pensé “ ¡ésta es la oportunidad de mi vida: ahora o nunca”. Me incorporé y acercándome al balcón le grité “¡Santo
Padre, ¿puedo subir?!”...
Un
segurata me coge del brazo y Juan Pablo hace un gesto
indicando que me acompañe y que suba a su encuentro. En ese instante ignoro
cuantos hombres verdaderamente felices habría en nuestro planeta -algún
esquimal que miraría orgulloso su recién construido iglú, algún chaval
enamorado dando vueltas alrededor de su chica con la que, por fin, había
conseguido coincidir tan sólo un segundo cruzándose las miradas, alguna madre
mirando el rostro de su hijo recién nacido, al lado de su marido que alucinado
piensa “¿esto es un niño?...¡ si parece un lagarto!”, alguna
monja clarisa que acabó de hacer los votos perpétuos
y la visten con la toca aerodinámica alerón chúpame la punta alehop tirabuzón de Lancome y se
mira en un espejo radiante de felicidad…-, todos esos y bastantes más, pero yo,
mientras subía las escaleras para encontrarme con el Santo Padre, era un hombre
que estallaba de felicidad, de emoción y de una alegría desbordante.
Cuando
se abrió el balcón y veo al Papa mirándome y allá abajo toda la peña cantando
eso del “Reina de reinas vengo a tu reino…” pensé “y
ahora, ¿qué le digo yo a éste hombre?”. Porque la verdad es que con tanta
emoción, tanta taquicardia y tanta improvisación, no tenía pensado de qué le
podía yo hablar, como no fuera contarle un chiste o echar el grito de Tarzán desde el balcón (soy muy bueno imitando el alarido
del hombre mono).
Nos
cogimos las manos -las de él suaves, muy cálidas, blancas, las mías eran un
chorro de sudor, algo parecido a un manojo de pepinillos a la vinagreta– y nos
miramos. Ya no veía a la gente, ni la plaza, ni el balcón, ni la guardia Suiza,
ni escuchaba las voces cantando. Sólo le véia a él. Y
sentí unas ganas irreprimibles de decirle quién era yo de verdad: que era un
desastre, un egoísta, un vanidoso, un guarro, un mediocre, un pobre hombre, un
triste, un quedón… ése hombre despedía confianza,
mucha comprensión, un corazón que intuías te iba a entender, una humanidad gigantesca.
Te
hacía querer ser bueno, mejorar. Te requería de un modo difícil de explicar a
que dijeras “ venga, lo voy a intentar”. Tenía un algo que te llevaba a Dios.
Es de esas personas mejores que nosotros que su presencia y testimonio te hacen
creer más profundamente en el bien absoluto y tender hacia él. Soy débil para
subir por mi mismo, demasiado mediocre, pero con gente
así uno es capaz de salir de esa mediocridad y subir por uno mismo. Con un
hombre así uno se sentía capaz de ser guiado y sostenido. A mi,
al menos, es lo que me provocaba su persona.
A
otros les sucede lo contrario: la presencia de un ser puro, en lugar de
atraerles, les repele y desanima: intentan manchar y destruir –al menos en su
mente– una pureza que son incapaces de compartir y
cuya sola presencia les hiere.
Son
formas distintas de pobreza. Algunos tienen hambre de pureza, de querer ser
mejores, de amar más, y el amor que viene a colmar ese vacío se recibe como una
bendición, una liberación. En otros, ya no se puede comer, y el mismo amor que
se le ofrece lo puede tomar como burla, humillación y ofensa.
-
Santo Padre – le dije dispuesto a contarle todo mientras seguíamos con las
manos juntas -, me llamo Satur y, y… ( un algo de
lágrimas, como arcadas, iba a estallar pronto) y… ¡¡¡¡UÁÁÁÁÁÁÁ!!!.
Me
pongo a llorar como un niño. Como una guardería de niños. Y, avergonzado, me
escondo en su pecho. Él me abraza y me acaricia el cogote mientras me dice al
oído con esa voz grave, segura, firme “eres muy bueno, eres muy bueno…” Y yo,
gritando, escondido en ese pecho, negaba como un loco “¡que
no, que no!.
La
peña de la Prelatura –aunque todavía no había sido la Erección de ella (lo de
Erección no va en coña, que conste) ya habían terminado la canción y comenzaron
a mosquearse con el Satur y el rollo que llevábamos
allá arriba. Era hora de marcharse. Recordé que los del autobús querían
rosarios, así que le pedí al Papa entre pucheritos de emoción.
-
Santo Padre, ¿me puede dar veinte rosarios para mis amigos?
Juan
Pablo me miró como pensando “este tío está con una goteras de tomo y lomo”.
-
¿Veinte? - contestó.
-
Sí, sí: veinte. Son para mis amigos.
El
Papa ponía cara de desconcierto – luego supe por qué.
-
Bien, veinte- contestó.
Al
decir eso, yo pensé que me los iba a dar, pero nada. Me miraba sonriendo. Y yo
a él. Pero allí no caía ningún rosario, ni una estampica,
ni ná de ná.
Yo
creo que en ese momento el Papa creía que yo era uno de esos sonaos que de vez
en cuando se le cuelan y que andan forrados de estampas de San Genaro, con
hojas de laurel en la mano, y con manifestaciones tipo “Tú eres Cristo, el Hijo
de Dios vivo, y me ha dicho San Genaro que te diga que cuidadín , que la Iglesia no
va bien”. Le hago una señal con los dedos, imitando el pase de las bolitas del
rosario, para que capte y tal. Entonces cayó en la cuenta y me indicó que su
secretario me los daría. Como así fue. Ya fuera del balcón Don Stanislaw abrió un maletín repleto de cientos de rosarios,
estampas y le digo “tranquilo, ya los cojo yo”. Si no me llevé de allí cincuenta
o sesenta no me llevé ninguno.
La
perplejidad del Papa con los rosarios que le pedí se debió a lo siguiente.
Primero, el hombre, por aquel entonces, no dominaba el castellano, así que sí
entendió, más o menos, algo de lo que le pedí. Pero es que en Italia el rosario
es la oración a la Virgen, mientras que el instrumento para rezar el rosario se
llama Corona. Así que el Santo Padre lo que me entendió es que le pedía, o que
él rezara veinte rosarios por mis amigos –petición absolutamente absurda y
enloquecida-, o que yo iba a rezar veinte rosarios con mis amigos por él –lo
que no deja de ser motivo de preocupación por mi salud mental en aquel momento.
Le debía de haber pedido veinte Coronas, y asunto arreglado. Eso hizo que en
los sucesivos encuentros que tuve con él, el hombre me mirara siempre con
cierto recelo y pensara “ ojo, Juan Pablo, que ya está aquí el
paliza de los rosarios”, y que su secretario escondiera la maleta al verme.
Yo
no sé exactamente como será eso del Cielo, pero creo que una vez estuve un rato
allí. Y fue los segundos que estuve llorando en ese pecho, acariciado por esas
manos, y con una voz cariñosa que me decía “eres muy bueno, eres muy bueno”. Y
allí me voy muchos días, a ese recuerdo, que me ayuda a querer ser bueno.
Y
ese es mi testimonio. Mi homenaje a un hombre, de verdad, bueno y santo.
Recuerdo
que le chiflaba mucho cantar: disfrutaba de verdad. Y una de sus canciones
favoritas -tenía muchas- era “Canta y no llores”. Le entusiasmaba el estribillo
ése del “Ay, ay, ay, ayyyy, canta y no llores, por
qué cantando se alegran, cielito lindo, los corazones”. Una buena letra para el
día de hoy. Lástima que alguien de la opus –alguien tontaina, estrecho,
escrupuloso y que si nace en verano sale botijo- decidió que esa canción no era
conveniente para las tertulias del UNIV y dejamos de cantarla.
Se
dice que el Papa tenía una sintonía especial con la opus. Puede ser. También la tenía con muchísimas
instituciones, asociaciones y grupos. Más de lo que nos pensamos. Y también que
sus modos, gestos y manifestaciones, estaban en las antípodas de los criterios
de la obra: besaba, acariciaba, tocaba y se dejaba
tocar, por todas y todos, con una sinceridad y naturalidad que en la opus es impensable. Era un hombre limpio de corazón. Sin
miedos, sin criterios absurdos y sin hacer escrúpulos estúpidos.
Me
voy a dar una vuelta con el coche, me voy a poner la canción de Celia Cruz “Te
busco” a todo volumen y miles de veces, y me voy a perder por esos mundos hasta
que me harte de llorar sin que me vea nadie.
5. Anéldotas para pasar el rato
Cuentan
que Henry Ford en una ocasión, hablando de sus
obreros, dijo: “cuando pido un par de buenos brazos, se empeñan en mandarme una
persona”. Pues esa misma impresión tenía uno de algunos directivos de los
colegios donde trabajé: cuando pido niños dóciles, cerebritos vírgenes, almas
por formar –parecían decir–:se empeñan en mandarme
personas. Y no era infrecuente que al comprobar que esas personitas piensan por
sí mismas, desarrollan su propio carácter –cada uno el suyo- de un modo
espontáneo, manifiestan poco a poco sus virtudes y sus defectos, sus rarezas,
sus aptitudes para lo uno y sus negaciones para lo otro, se impacientaran –los
directores, digo– y se agarraran unos mosqueos de intransigencia de mono cabreado...
En
una visita al zoo, durante un curso anual, acercamos
brevemente un mechero encendido a los testículos de un mono que nos ofrecía su culete pelado desde los barrotes de la jaula: el que ha
visto un mono cabreado no lo olvida nunca. Nunca.
Por
supuesto, fuimos expulsados del zoo por el guarda de
turno.
Después
de veintipico años dedicado a eso que llaman Educar,
dudo mucho que fuera lo mío. Andaba lejos de tener una vocación pedagógica, de
tomarme en serio programaciones, objetivos y proyectos. Lo mío se acercaba más
a un tipo que se asomaba a un escenario y disfrutaba de aquellos críos haciendo
de cada clase algo divertido, singular y, a poder ser, alegre. También más de
un director, más de un sacerdote, topaba conmigo buscando “un par de buenos
brazos, dóciles y serviles”, y se encontraba con algo parecido a una persona
con una inmensa atracción hacia el exceso, y la vida como algo que tiene que
ser muy alegre, divertido y , en la medida que se
pueda, inolvidable. Que sólo hay una. Y los críos, pues felices con un señor
que no suspendía, que se enrollaba sobre lo humano y lo divino, que contaba
chistes…Y, aunque en alguna ocasión parecía que era yo el que los manipulaba,
tengo para mi que sabían perfectamente de qué iba la
historia, y se dejaban hacer: al fin y al cabo, el
responsable último era yo.
Durante
años preparé generaciones de niños de 7 y 8 años para recibir la Primera Comunión . Que nadie me juzgue.
Ignoro
como nació la costumbre. Asistíamos con los críos a una Misa semanal en el
colegio como parte de la preparación para recibir a Jesús Sacramentado. Un día
se me ocurrió que uno de los críos que celebraba aquel día su cumpleaños podría
apagar las velas del altar y mientras lo hacía comenzamos a cantar todos
“¡¡¡CUMPLEAÑOS FELIIIIZZ, CUMPLEAÑOS FELIIIIIIZZZ, TE DESEAMOS TODOS,
CUMPLEAÑOS FELIIIIIIIZZZZZZ!!!”. Y así lo hicimos. Éxito total. El chaval emocionado, y la peña excitadísima. El sacerdote,
en la sacristía, ni se enteró. El asunto pronto se me escapó de las manos:
todos los días, hubiera cumpleaños o no, se cantaba la dichosa canción. Y,
bueno, mi papel era que lo hicieran por orden de lista. Los chavales se pegaban
por apagar las velas. Incluso era un castigo inmenso el decir “Poyales, el próximo día no apagas las velas” O un premio
muy especial.
Todo
terminó un día que asistió el subdirector del colegio a esa Misa. Yo,
acostumbrado, ni caí en la cuenta. La cara del hombre cuando ve que está
soplando las velas una criatura y todos a una se ponen a cantar me recordó la
del mono del zoo en el instante mismo que sintió que
le ardían las pelotas. Y el paquete que cayó apoteósico.
De
todas formas, la costumbre no se zanjó del todo… Años después todavía en alguna
ocasión, ya con quince y dieciséis años, continuaban de modo espontáneo con el
cumpleaños feliz. Pido perdón y penitencia.
Componía
canciones para que la Misa fuera un poco más amena para los críos –no olvidemos
que tenían siete y ocho años. Pobrines. El sacerdote
que oficiaba era un agregado, hombre mayor, y que habitualmente habitaba en una
dimensión mental cercana a la mística. Se enteraba más bien de poco de lo que
sucedía a su alrededor, y atendía poco a las letras de las canciones. Las
canciones eran tipo gregoriano con letras en castellano de perfil parecido a
los salmos. Una , nuestra favorita, decía lo
siguiente:
Soy
tu cervatillo, Señor, y bebo de tus aguas. (Estribillo)
Aunque
se me enrosquen los cuernos en las ramas,
Soy
tu cervatillo.
(Estribillo)
Cuando
voy por la praderilla,
Yo
diviso cervatilla
¡¡¡PERDÓN,
SEÑOOOOORRR!!!
(estribillo)
Lo
de PERDÓN, SEÑOR, como reacción a la visión de la cervatilla,
se cantaba en grosso forte piú
forte y muy sentidamente.
El
sacerdote, ensimismado en la liturgia del ofertorio, no movía ni una ceja.
Ése
sacerdote. Porque un día vino un cura numerario y al escuchar el principio de
la canción (juro que intenté que no la cantaran, pero ya se sabe que cuando los
chavales le cogen el gustillo al cachondeo no hay forma de pararlos), pues le
coló… hasta que llegó lo de la cervatilla. Su mirada
me recordó la del guarda del zoo cuando oyó los
alaridos del mono “de Arco”.
Otro
paquete.
Otra
que cantábamos en Cuaresma era “Vengo del polvo y al polvo voy”. Pero allí
nadie se atrevió a comentar nada, aunque se me insinuó que, tal vez, mejor la
de “perdona a tu pueblo, Señor”.
La
inocencia de los niños, y su creencia de que un profe
lo sabe todo, es maravillosa. Confían ciegamente en cualquier cosa que les
digas, siempre que lo hagas con convicción, muy serio, con seguridad. Un día
uno de los monaguillos se me acerca y me consulta ,”oiga,
no encontramos la campanita de la Misa”. Todo un contratiempo, porque a los
chavales les encantaba eso de darle a la campanita...“No te preocupes, hazlo con la boca. Cuando el
sacerdote levante la Sagrada Forma y el Cáliz dices “¡tilín tilín
tilín!”, tres veces, y muy
serio. A Jesús le gustará que tu corazón haga de campana”.
No
sé si a Jesús le gustó que el corazón del niño hiciera de campanita, pero el follón que se armó en el oratorio, el despiporre de la
clase toda y la bronca del cura, que echó del oratorio al crío, fue planetaria. -Luego me pidió que le castigara. Le dije que es
que el chaval no andaba bien de la cabeza y que no
haría más de monaguillo. Cualquiera le dice la verdad.
Éste
sacerdote, ahora anda por tierras del Levante feliz, les daba unas charlas en
el oratorio que solían ser muy pedagógicas. Siempre comenzaba con una
historieta, una anécdota, que desarrollaba después con moraleja. Tenía a los
chavales imantados, porque las contaba muy bien. Una tarde comenzó, para glosar
que en la vida había muchas tentaciones y peligros, con la historia de un
pajarito que iba por el bosque feliz y contento, entre flores y árboles
fantásticos, entre abejas que libaban y mariposas que revoloteaban locas de
contentura… Los chavales, en los dos primeros bancos del oratorio, le
escuchaban absortos, en silencio, expectantes.
-
Pero había un gato negro, enorme, inmensamente malvado, oculto en el bosque y
observando al pajarito en la oscuridad. Y nuestro amiguito cantaba feliz sin
darse cuenta del peligro que le acechaba.
Los
críos, sin respirar, no quitaban ojo del sacerdote.
-
Y, entonces, sin avisar, sin hacer ningún ruido, el gato saltó y ¡zampa! :
¡¡¡SE COMIÓ AL PAJARITO!!!.
Decir
eso el cura y un crío que estaba en primera fila, a un
metro del presbítero, salta del banco y grita “¡¡¡OSSSSSTIAAAAA!!!.
Yo
me quedé como el veterinario que atendió al mono del zoo.
Frús. Y el cura me mira y dice “pero, bueno, a éste
tío de donde le habéis sacado”. Después le intentó glosar el segundo mandamiento
de la Ley de Dios, pero creo que no consiguió mucho.
Años
después a este mismo sujeto le echaron del colegio por guasón. Tenía un agujero
en el bolsillo del pantalón y no se le ocurre otra cosa a la bestia que ponerse
el ciruelo, la minga, el varonil miembro erecto, saliendo por el agujero. Y
aparece en clase con los dos brazos cargados de libros y le dice a un profesor
que, la verdad, era bastante cabroncete, “oiga, Don Zutanín, ¿sería tan amable de sacarme el boli del bolsillo que yo no puedo?”. Lejos estaba aquel
hombre, numerario piadoso y apostólico, de pensar con qué se iba a encontrar en
aquel bolsillo.
Muy
amablemente Don Zutanín introduce su mano en el
bolsillo del urco y capta, alucinado que, o el boli es de Blandy Blú, o que lo que está tocando es un pepino muy parecido al
suyo. La clase, que estaba al tanto de la broma, se despiporra viendo la cara del fiel de la prelatura –muy
parecida a la del director del curso anual cuando le consultaron la corrección
fraterna porque un hermano nuestro le había quemado los güevos
a un mono en el zoo– y aplauden, y hacen la ola…Y al
jambo le mandaron de patitas a la calle por guarro.
Otro
día, más.
Con
La Piedra acostumbramos los sábados a visitar el Mercadillo de los Ríííchals, a ver qué hay por ahí. Es como ir al Corte
Inglés, pero sin escaleras. La guasa que se llevan los gitanos es de por sí un
espectáculo. Uno que vendía alfombras, un Heredia gordo, bigotudo, cetrino,
engominado desde las cejas hasta la espalda, viendo que el viento le arrastraba
una de las alfombras, gritó:
-
¡¡¡VÁÁÁMOS RUUUUBIA, COMPRA, QUE LAS TENGO VOLADORAS!!!
Allí
pasas un buen rato con los reclamos. ¡`¡CANSONCILLOS DE PRIMERA MÁÁÁNO. UNO A TRES LEÚÚROS… Y,
ATENCIÓNNNN, DOS A SEIS LEÚÚROS!!! – como si comprar dos fuera una oferta de no
va a más.
De
regreso, por una extraña asociación de ideas, me acordé del Doctor Dallómesbó...
En
Cataluña a los sacerdotes se les llama Mosén; o sea, que no se dice Don Juan, o
Padre Juan, o Father Juan, o Labé Juan: se dice Mosén
Juan. Y si es molt important,
o molt horinable, se le
denomina Doctor. Cuando es así, que se le llama Doctor, se usa el apellido,
nunca el nombre. Por ejemplo, Doctor Dallómesbó. Lo
de Doctor es de nivel. Marca estilo. Pisas moqueta.
En
un centro vivía uno de esos doctores. Mayor de edad, hombre de alta cuna y
sordo. Muy sordo. Habitualmente llevaba un sonotone que le pitaba en los momentos más
inoportunos: en medio de una meditación, dando la
Comunión, en la Bendición con el Santísimo, o en lo más apasionante de una
película de miedo. “¡¡¡ Píííííí!!!”, sonaba, y el hombre, nada, ni se enteraba, y el que estaba a
su lado –había auténticas peleas para no estar a su vera– debía de darle un
golpecito y señalarse la oreja como diciendo “EL MARTILLO, QUE LE CANTA EL
MARTILLO”.
Un
día estábamos viendo “La Jungla de cristal II”. En una de las escenas Bruce Willis, el poli protagonista del flim,
se gira y le dice a uno que le pide acompañarle “ ¡vete a tomal
pol culo!”. Nos reímos todos. El doctor, a mi
izquierda, oyó las risas, pero no la frase que tanta gracia había hecho y
girándose me pregunta.
-
¿ Qué ha dicho el poli?
Le
contestó mientras sigo pendiente de la pantalla.
-
Vete a tomal pol culo.
Y
el buen hombre, de rancio abolengo, doctor, mayor de la
opus, viendo atacada su dignidad, se levanta, la calvorota toda roja, se me planta delante y me grita.
-
¡Un poco de respeto, ¿eh?, un
poco de respeto!. A ver si uno no va a poder preguntar. ¡Pues bonita caridad
que vivimos!.
Y
se larga dando un portazo.
Todos
se me quedaron mirando y juzgándome culpable.. Salgo rápido a por él.
-
Oiga, que lo de vete a tomal pol
culo lo ha dicho el de la peli, que por eso nos ha
hecho gracia, que es lo que usted preguntaba. Que yo a usted no le mando a tomal pol culo.
Pero
ya era tarde para arreglar nada. Otro portazo, el de su habitación, fue la
contestación a mis explicaciones.
Una
tarde de excursión llamamos al centro porque no íbamos a poder llegar a cenar.
Se puso el Doctor al teléfono.
-
Oiga, que estamos en Pons y no vamos a poder…
-
No, aquí no hay ningún Mosén Pons –contesta todo
solícito, confundiendo “estamos en Pons”
con “está Mosén Pons”.
-
Que no…¡¡¡QUE ESTAMOS EN PONS Y QUE NO…
-
¡¡¡Que le digo que aquí no hay ningún Mosén Ponssss!!!
-
¡¡¡JODEEEEEERRRR; QUE YA SABEMOS QUE NO HAY NINGÚN
MOSÉN PONS, COOOOOÑOOO, QUE ESTAMOS EN PONS Y QUE NO VAMOS
A…
Y
colgó el doctor .
El
que hacía cabeza en la excursión me dice “déjame a mí”. Vuelve a llamar.
-
¿Doctor ?.-pregunta con voz de Ángelus de la Cope
-
¿Sííííí?.
-
Mire, que estamos en Pons y…
-
¡¡¡QUE LE DIGO QUE AQUÍ NO HAY NINGÚN MOSÉN POOOOOONNNNSSSSS!!!, ¡¡¡QUE NO VIVE
AQUÍ NADIE QUE SE LLAME POOOOOOOONNNNSSSSS!!!.
Y
vuelve a colgar. Lo dejamos por inútil.
Una
mañana nos comentó que iba invitado por un matrimonio amigo a uno de los
mejores restaurantes de la ciudad. Preguntó que si conocíamos cuál era la
especialidad de la casa para pedir algo original, algo que habitualmente no se
comía en los centros, que se saliera de lo normal. Y uno, muy guasón, le dice.
-
Allí hacen unas angulas a la Navarra que son espectacularmente sabrosas. Algo
inolvidable.
-
¿Angulas a la Navarra? –pregunta el Doctor.
-
Efectivamente. ¡Un plato superior!.
-
¿Y eso qué es exactamente? –pregunta el Mosén.
-
¿Cómo, no ha oído hablar de las truchas a la Navarra?:
esas que se abre la trucha y se introduce una loncha de jamón.
-
Sí, ese plato lo conozco, pero el otro…
-
Pues lo mismo, pero con angulas: se abre la angulilla y se le mete una loncha
de jamón.¡¡¡Exquisito!!!
Y
el hombre, todo convencido, se presenta con sus amigos en el restaurante y le
dice al maitre cuando pide la comanda.
-
Póngame esas angulas a la Navarra que preparan aquí que me han dicho que están
para chuparse los dedos.
-
¿Perdón?...
-
Sí, las angulas, que preparan abiertas con jamón dentro, como las truchas a la
Navarra.
El
matrimonio que invitaba no sabía donde meterse, el maitre se cogía el vientre porque se le iba la risa floja,
y nuestro doctor sonreía ingenuamente mientras desplegaba la servilleta
dispuesto a zamparse el manjar.
Al
regresar al centro le preguntamos que qué tal las angulas a la Navarra…y allí
le faltó muy poco para enviarnos donde Bruce Willis
envió al de la peli.
Éste
hombre no sabía pronunciar la “C” y la nombraba como “S”. Así decía “sosio” en lugar de “socio”, o “casería” por “cacería”. Una
tarde, en una meditación, estaba predicando sobre el ciervo de no sé qué salmo
y, muy serio, para en seco, nos mira fijamente y dice:
-
Cuando digo “siervo” no me refiero a un esclavo; estoy hablando de los animales
esos del bosque que tienen cuernos y comen hierba.
Y
el oratorio estalló en risas como fuegos artificiales.
BENECDITO
XVI
Cuentan,
o así me lo contaron, que Ratzinger
visitó Cavabianca y quedó profundamente conmovido de
lo que allí vio. No es para menos. La opus sabe mucho de eso que los expertos en marketing llaman
“pasillo del cliente”: todo ese lenguaje no verbal, y
verbal, que hace que uno quede impresionado de lo que ve, le cuentan e intuye
al conocer una empresa, una institución o la tienda de Ester y Lisa Mernabo. La opus,
se ha de reconocer, sabe muchísimo de eso que hace que uno se quede
sencillamente acojonado, sinceramente asombrado y
pasmado, de percibir un orden, una limpieza, una politesse
en unos tipos admirables, guapos, elegantes, simpáticos, listos, alegres,
serenos, apostólicos, fieles, piadosos, atentos y con unas capacidades que
dejan alelado a cualquier obispo, cardenal, Papa, político, laico intelectual,
aristócrata, y a quien se ponga por delante. Ése sabe cantar, aquél toca simultáneamente
el piano, la trompeta, y la dulzaina vasca, ése otro recita poesías como
chorizos de Gabriel y Galán, Quevedo, Rilke o Bramajatrha el Bramaputra, el de
más allá hace acrobacias con platos, vasos, cepillos de dientes y, encima con
traje y corbata, nada de leotardos que desdicen del cargo y posición. Otro es
mago, y hace desaparecer el solideo al cardenal y aparece en la foto de Tía
Carmen… Y el cardenal de turno no da crédito a lo que ve...
- Eminenchia –dice un numerario de colo – soy de una pequeña tribu de Burkina
Fasso, y hasta hace tan sólo unos años yo iba de
liana en liana, lejos de Dios, con un taparrabos muy pequeñito que sólo me
ponía para comer cerebro frito de mono. Éramos animistas y adorábamos a Ñuguñugu. Un día me enviaron mis padres a Strahmore School, obra
corporativa de LA PRELATURA OPUS DEI, y allí descubrí, gracias al apostolado de
los fieles de LA PRELATUUUURA DEL OPUS DEI, el don de la conversión y mi
vocación como numerario de LA PRELATURA OPUS DEI. Ahora soy muy feliz. Soy doctor en Ingenieria Nuclear,
doctor en Filosofía del Ser y del Pneuma, Doctor en
Derecho Canónico, tengo un master por el Emaití de Harvard, y este año me ordeno sacerdote de la Sociedad
Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei, para servir a las almas…
Y,
claro, el cardenal de turno se queda a cuadros. Un flash. Luego el negrito va y
le cuenta una anécdota apostólica de esas redondas, sin fisuras, que te pone
toda la gallina de piel. Y, para acabar de acojonar
al prelado, que está apunto de quitarse la faja, el anillo, el solideo, la
púrpura, y dedicarse a ser monaguillo en la parroquia Oscar Romero de Leganés, el negrito agarra un arpa y le toca la Barcarola a
dos manos y ciruelo, sin mirar las cuerdas y sonriendo.
Después
aparece un japonudo que deja al negrito en mantillas,
más tarde un libanés –doctor en Filosofía de los Espacios e Informática
Sideral-, que trabajó en la Nasa, que le cuenta la conversión de un amigo judío
y, de remate, le canta Nersum Dorma
acompañado de lenguaje gestual para sordomudos… Y el cardenal, pues claro, que
le da un yuyu y que le falta el aliento pensando en
la mieeeeerda de seminaristas que tiene en el Colegio
Español: una panda de desgarramantas,
diplomados en magisterio, que sólo saben cantar “Túúúú,
has venido a la oriiiiillaaaa…”, y “Antes muerta que
sencilla”. “Cuando llegue allá les mando a su pueblo a todos, vaya peña”.
Para
ahorcarse. Como aquél que, dicen, le pidió una soga a un amigo porque quería
suicidarse.
-
Pero, chico –le dice el amigo- ¿te vas a ahorcar?
-
Pues, sí, estoy desesperado y no le encuentro sentido a la vida.
Le
da la cuerda el amigo y poco después pasa por allí y lo ve ahorcado… pero por
los pies.
-
Oye, que te has ahorcado por los pies…
-
Ya. Jolines, he empezado a ahorcarme por el cuello y
se me cortaba la respiración
Bueno,
que me he divertido -que diría Santa Teresa. Y el caso es que, según me
comentaron, Ratzinger –hombre tímido, celoso de su
intimidad y de manifestar sentimientos en público-, después de decenas de
testimonios de latinoamericanos top ten, de yankees que rompen la capa del ozono, de amarillos
sobrados, de mulatos geniales, de hispánicos bravos, nota que se le hace un
nudo en la garganta. Siente que le embarga la emoción ante tanto fruto
apostólico, ante tanto petronio entregado hasta la
muerte y muerte de cruz, ante ése Cuerpo de Élite
dispuesto a todo por Amor, y se levanta del sogiorno
donde se realiza la tertulia y se va a un pasillo.
Don
Álvaro y alguno más salen, desconcertados por la reacción del Prefecto, y lo
encuentran llorando. Al parecer, le avergonzaba mostrarse así delante de
aquella gente.
Más
tarde le enseñan Cavabianca y el buen hombre no salía
de su asombro contemplando aquel pequeño pueblecito seminario. Y, dicen los que
lo vieron, que al ver el oratorio del seminario de la
Prelatura -un retablo magnífico, espectacular, grandioso-, el cardenal se quedó
boquiabierto. Al llegar a la sacristía –el despacho de la ministra Trujillo a
su lado es un puesto de la ONCE- exclamó “¡pero esto qué es!”.
-
Esto no está hecho con piedras, está hecho con Amor
–le contestó Don Álvaro.
Es
un modo de verlo. Aunque uno, por más que ama, no tiene pasta para demostrarlo.
Me encantaría poder amar así.
Así
me lo contaron, y así lo cuento.
Y
así con Ratzinger, uno de sus colaboradores más directos
era Don Fernando Ocáriz (O cáriz,
o yo…), y con don Estanilao, secretario personal de
Juan Pablo II que fue un verano al Pirineo acompañado de ilustres numerarios,
viviendo en algún centro, visitando alguna delegación y haciendo senderismo, o
con el primer ministro de Kenia -uno de sus ministros era de la opus-, o con Andreotti que visitó
con frecuencia Villa Tévere, o de un conocido
empresario –conocido por forrarse a base de especular
y trincar hasta parar en la cárcel-, que donó las becas de un año de todos los
seminaristas del seminario internacional con sede en Roma (hay que hacerse
amigo de las riquezas injustas)… y así hasta el infinito y más allá.
Es
su papel, el de la opus. Y
en ello están.
Y
tengo para mi que no siempre consiguen transmitir lo
que desean, ese mundo perfecto, incorruptible, maravilloso, de celofán. Un
mundo que, a pesar de tener portavoces del Vaticano, Presidentes de la Comisión
de interpretación de los Textos –el equivalente a un ministro de justicia-,
cardenales Camarlengos, y algunos obispos, no consiguen hacerse entender del
todo. Demasiado potito .
Y
creo que Benecdito XVI nos va a dar más de una
sorpresa –no las que esperan algunos porque para eso se necesita un Papa que
esté como un cencerro, y no es el caso. El que se ha paseado por su escritos –desde sus primeros libros (los que prohibió la opus y siguen vigentes, que yo sepa Benedicto no renegó de
ellos), al último -lo sabe, y lo intuye.
Hay
algo común entre la opus y
Benedicto, o Juan Pablo II, y es que poseen un espíritu conservador pero, ¡ay!,
tan distintos uno de otro.
La opus, en general, prefiere las “conservas”.
Virtudes artificialmente sustraídas al riesgo de la corrupción y a las promesas
de la vida. Quiere saber muy poco de eso que se llama la aventura de vivir al
aire libre. Tiene miedo al mundo, que dice querer santificar. Y muchas de sus
virtudes “conservadoras” proceden de técnicas muy parecidas a las de la
fabricación de las conservas: impregnación de azúcar, sal o vinagre, (hay
virtudes empalagosas , como ácidas, o amargas), de
conservantes y colorantes, la esterilización que mata los gérmenes (esa vida
triste, encerrada y egoísta de los centros de mayores), y la operación de
enlatar que suprime los intercambios con el mundo exterior (nuestros colegios,
nuestros médicos, nuestros lugares de veraneo, nuestros libros…)… Sin contar
que la fidelidad conseguida sólo es provisional, porque las conservas así
conseguidas acaban siempre por estropearse, y su descomposición es la peor de
todas.
Y
si uno se toma la molestia de leer y conocer la biografía de Juan Pablo II, o
de Benedicto, observa que son gente con una fidelidad viva, que prolonga el
pasado en el presente, que han vivido libres, a su aire, con sus equivocaciones
y su visión del mundo, con su biografía. También con sus caracteres, tan
diferentes. Una fidelidad que se asienta en su cultura y en su historia
personal, lejos de instituciones y de criterios tribales.
Se
equivocarán, como el que da limosna puede equivocarse de pobre, pero su corazón
no se equivoca, ni confunde. Son gente que, en my
opinión, buscan la verdad. Camino difícil. Y más entre esa maraña de
instituciones bienpensantes, con fantásticas formas farisaicas y artificiales,
que confunden al más experto en eso que llaman leer los corazones. Esos que
hablan con voces aflautadas, dulces, piadosas, mientras se frotan las manos, y
que te las están dando con mantequilla.
Lo
más malo que he visto en mi vida han sido un cura y una monja, en años
distintos. Y su maldad no estaba en el sexto y en el noveno. Pero malos, malos.
También hay taxistas malos, lo que no evita que cuando necesite ir en taxi lo
haga. Faltaría más.
Es
como esas feministas que hablan de que las mujeres han estado oprimidas, y es
cierto: hay que rectificar eso. Pero eso no las hace, en bloque, mejores o
peores que los hombres. Hay hombres estupendos y mujeres estupendas.