EL SENTIMIENTO DE CULPA

Cimarrón, 5 de marzo de 2008

 

 

Imagen: Sad Cubes 12 by Harveys Art

 

 

En nuestra vida experimentamos multitud de situaciones que nos despiertan sentimientos y emociones. Unas son de alegría y regocijo, y estimulan la risa e incluso el llanto de emoción. Otros son de tristeza y dolor, y nos llevan al silencio y al desconsuelo. Esto último es lo que sucede con el sentimiento de culpa. Cuando aparece, si no se sabe manejar correctamente, puede conducirnos al bloqueo y al encierro en nosotros mismos. Ser consciente de ello nos ayudará a superarlo y a encauzar el juicio sobre nuestra persona sin convertir la culpa en castigo.

 

Dentro del Opus Dei, el manejo del sentimiento de culpa es sistemático. Desde que uno ingresa, le afirman que la vocación es divina y que uno no está haciendo más que responder generosamente a un llamado de Dios. Luego, lo van cargando a uno con las normas del plan de vida y las normas de siempre. En la charla fraterna, donde se rinde cuentas de la lucha semanal por alcanzar la santidad,  uno  hace énfasis en lo que no ha podido cumplir, con la consiguiente reprimenda, de donde nace el sentimiento de culpa y el propósito por hacerlo mejor la siguiente semana...

 

En la confesión, sucede algo similar. En ese ir “afinando” en la vida interior, que tanto se recomienda, lo que sucede es que uno se exige más y más, buscando nuevos aspectos para mejorar y, por consiguiente uno termina encontrando cosas que hace mal. De allí nace la necesidad de acusarse de haber hecho algo malo: pecados de pensamiento, obra u omisión o tan solo faltas y defectos. Tanto es así que, aunque lo establecido como una norma del Plan de vida es la confesión semanal, se recomienda la confesión varias veces a la semana, poniendo el ejemplo del fundador, quien se confesaba más de dos y tres veces por semana. Se llega así a una obsesión por encontrar no tan solo pecados veniales, sino “defectos”, y a confesarse tan pronto como los detecta sin esperar a la semana siguiente. A tanto llega la obsesión por tener el alma “limpia”, que se ha instituido casi como una regla que el sacerdote está en disposición de confesar antes de la misa de la mañana en los centros de numerarios y numerarias. Cosas tan naturales en un varón célibe como la polución nocturna o sueños húmedos son objeto de confesión, sin que haya culpabilidad alguna. ¿Sensibilidad o deformación de conciencia?

 

Como consecuencia de la aceptación inicial de que la vocación es un llamado gratuito de Dios (cuántos han escrito la carta bajo la presión de un viaje a Roma, de una convivencia, a Torreciudad, etc.), y han tomado su decisión bajo un estado de exaltación interior propio de ese momento. Eso de “libremente y sin presiones” es  una mera fórmula. Cuando alguien decide dejar el opus y, por lo tanto, “renunciar” a la supuesta llamada  divina, los directores hacen todo lo posible para inculcarle sentimientos de culpa muy fuertes, para que uno sienta que le está dando la espalda al mismo Dios. Este sentimiento que es creado por el sacerdote o el laico con el que a uno le toca hablar en esa situación no tiene la finalidad de que uno cambie su decisión, sino para que uno se quede con ese sentimiento de culpa, sabiéndose merecedor de los más terribles castigos en el infierno. La autoestima de la persona se pone por los suelos.

 

He conocido personalmente el proceso de salida de muchos y muchas, con lo que se pude decir que está establecido un procedimiento estándar o protocolo de actuación para los directores y sacerdotes que se podría resumir de la siguiente manera:

 

·         La persona se encuentra en “problemas de vocación o perseverancia”, que no es más que una tentación diabólica

·         Si cae en esta tentación, le está dando la espalda al Señor, está siendo infiel a su vocación

·         Se le insiste en que se está haciendo daño así mismo, a la Obra y a sus hermanos

·         Que se supera luchando contra la tibieza (se endurece la lucha), con lo que se hace más insoportable la situación.

 

¿Por qué la culpa es tan fuerte?

En general, la culpa está conectada con el instinto de muerte y con la autodestrucción. Mal asumida, arrastra a la persona a la pasividad, dejándola en una situación de indefensión y a merced de que alguien o algo externo le libere de ella. Esa persona, ideología o creencia alcanza tal poder que impedirá ejercer la propia responsabilidad.

El sentimiento de culpa nos influye tanto porque tenemos miedo a ser abandonados y nos dificulta el responsabilizarnos de nuestra propia vida. Se teme al abandono, pues la necesidad de ser amados y aceptados es una aspiración innata en todos nosotros, y cuando la culpa se interioriza contra nosotros mismos, dejamos de creer en nuestra valía personal y nos juzgamos no merecedores del amor. Como consecuencia, intentamos ser como creemos que las otras personas quieren que seamos, y así evitar que nos abandonen. Pero sucede que nuestra verdadera forma de ser termina manifestándose, y el miedo al abandono se incrementa. Surge entonces la agresividad hacia uno mismo a través del autorreproche y la crítica constante, con el propósito de redimirse y ser capaz de ser dueño de la propia vida. Pero lo único que se consigue es interiorizar cada vez más la desvaloración personal, y la redención nunca llega, pues buscamos que alguien nos libere. Y bajo esta óptica no es posible, ya que es la culpa la que nos impide ser libres, no los otros.

En las religiones en general, y concretamente en el cristianismo, el sentimiento de culpa es sistemáticamente inculcado en los creyentes. No solo dentro del Opus Dei.

Buscando la definición netamente enciclopédica de la Culpa o Pecado, tendríamos que caminar los vericuetos de la religión, y en ellos, encontrar que no es otra cosa más que la trasgresión de una ley o práctica sagrada, sancionada por la divinidad. Esta trasgresión es considerada según el judaísmo, el cristianismo, y el Islam. Podemos decir que en la mayoría de las religiones existe una determinada idea de lo bueno y lo malo, de aquí que tal vez la manifestación más temprana de estas nociones fue el fuerte oprobio relacionado con la trasgresión de un tabú, pero únicamente en las tradiciones judeo-cristiana e islámica se considera la referencia característica del pecado, convirtiéndose en el mal comportamiento en un crimen directo contra el Ser Supremo. En cambio, el gnosticismo y maniqueísmo, fusiones del pensamiento cristiano con influencias zoroástricas, considera que el pecado es una manifestación de la caída del espíritu humano del ámbito divino y su encerramiento en el demoníaco mundo material. En el hinduismo, el budismo, y el jainismo, el concepto más cercano al pecado es el de un desmerecimiento, la acumulación, a través de malos comportamientos, de malas consecuencias, que deben purgarse mediante un proceso de trasmigración.

No hay libro sagrado, donde podamos encontrar más desarrollado el sentido del pecado o la culpa, como en la Biblia. Si nos adentramos a través de las Escrituras, el pecado es el elemento que enemista a los seres humanos con Dios, lo cual exige que haya arrepentimiento para obtener su perdón. En el Nuevo Testamento, el pecado es la condición humana esencial que reclama la labor redentora de Cristo.

"Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día; porque día y noche tu mano pesaba sobre mi; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano"(Salmo 32:3,4).

El sentimiento de culpa puede producir en la vida las siguientes consecuencias: sentirse torturado por un sentimiento de temor al castigo, sentir que no mereces bendiciones, sentir una inmensa necesidad de confesar tus pecados continuamente, sentir que Dios no te ha perdonado, lavarte las manos continuamente, producirte enfermedades para auto castigarte, tratar de servirle a Dios en forma compulsiva para ganar sus bendiciones y protección.

Según la tradición cristiana, Dios nos creó con una conciencia moral que nos permite discernir internamente entre el bien y el mal sin olvidar que todos tenemos una naturaleza pecadora:

"Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros" (I Juan 1:8).

Debido a nuestra formación cristiana, el pecado nos trae como consecuencia el sentimiento de culpa y este sentimiento, a su vez, temor al castigo. Al mismo tiempo la sociedad en que vivimos nos ha enseñado que todo culpable debe ser castigado. Esta condenación y juicio hacia el pecado es el temor al castigo que encadena e impide la paz interior.

La persona que se siente culpable se castiga a si misma de diferentes maneras: negándose las bendiciones, llegando, en algunos casos extremos, a inducir enfermedades y dolencias (sin causa física) en su cuerpo. Frecuentemente puede caer en angustia, ansiedad, depresión y, sobre todo, no se siente en comunión con Dios pues teme a su juicio.

En los siguientes versículos bíblicos se puede ver como el pecador siente dolencias físicas a causa del sentimiento de culpa provocado por el pecado y el temor al juicio de Dios.

"Enmudecí y callé; guardé silencio aun acerca de lo bueno, y se agravó mi dolor"(Salmo 39:2).

"Mira oh Señor, que estoy angustiado, hierven mis entrañas, mi corazón se revuelve dentro de mí, porque he sido muy rebelde. En la calle la espada mata, en la casa es como la muerte" (Lamentaciones 1: 20).

En palabras corrientes, lo que sucede es que el cuerpo somatiza muchas veces las situaciones emocionalmente estresantes, con lo que da origen a sicosis o enfermedades cuyo origen no tiene una explicación razonable. Ya en otros artículos se ha hablado de los “psiquiatras para perseverar” forma irónica de llamar a psicoestabilizadores, confundiendo la causa con el efecto, como muchas veces ocurre, con el objeto de tratar estados de depresión.

Hay dos formas de sentimiento de culpa:

La culpa real por un pecado cometido, y la culpa falsa. La culpa falsa es un modelo de sentimiento aprendido a través de modelos culturales, de la familia y, en nuestro caso concreto, de todos los medios de formación en el opus.

¿Cómo sabemos que la culpa nos amenaza?

Señales físicas (presión en el pecho, dolor de estómago, de cabeza, de espalda), señales emocionales (nerviosismo, desasosiego, agresividad, irascibilidad) y señales mentales (pensamientos de auto acusaciones y auto reproches) nos alertan de que la culpa está siendo mal administrada. Puede agregarse a esto el profundo sentimiento interior de que uno es merecedor a las penas eternas del infierno y que ya nada se puede hacer o del querer  negar de hecho, tratando de borrar todo recuerdo o referencia a los años pasados dentro del opus, negándose a tratar el tema con cualquiera que lo invite a hacerlo, como si fuera posible convertir esos años en un paréntesis vacío en la vida de uno.

Es más probable que sea así cuando mantenemos un sistema de pensamiento polarizado (pensamos que las cosas son blancas o negras, buenas o malas, y no admitimos el término medio); negativo (tan sólo tenemos en cuenta los detalles negativos y además los magnificamos, sin atender a los aspectos positivos); rígido (nos seguimos basando en el sistema de normas estricto que aprendimos dentro y donde el deber prevalece en todas nuestras acciones), sobredimensionado (abandonamos la responsabilidad de nuestra vida y pasamos a responsabilizarnos de las vidas de los demás y de cuanto ocurre a nuestro alrededor) o perfeccionista (el nivel de exigencia lo colocamos en la perfección y ésta en todos los actos que llevemos a cabo).

Como todo sentimiento, la culpa está precedida y es consecuencia de la escala de valores con que nos regimos. Si se produce un desencuentro entre nuestro ideal de cómo ha de ser nuestro comportamiento y la realidad vivida, causará dolorosos conflictos personales que desembocarán en la generación de alguna de las tres maneras de reaccionar ante los acontecimientos:

·         Reacciones intra punitivas: nos sentimos culpables exclusivos de todo lo ocurrido.

·         Reacciones extra punitivas: culpabilizamos de todo, inclusive de nuestros males, a los demás, como forma de desresponsabilizarnos ante lo sucedido, en concreto, al opus.

·         Reacciones impunitivas: pensamos que nadie tiene la culpa de nada, que son las circunstancias sin más. Esta forma de razonar puede tener de bueno el conseguir descargar el agobio y no hacer más penosa la situación, pero como contrapartida, y habrá que estar alerta, se puede caer en la simplificación y la irresponsabilidad.

Culpa sí, pero no castigo

Cuanta mayor concordancia exista entre nuestro pensar y actuar, y cuanto más lejos se mantenga nuestro razonamiento de absolutos, rigideces y perfeccionismos, menos veces se nos generará el sentimiento de culpa. Pero sin duda, cuando somos incoherentes, el sentimiento de culpa aparece. En ese momento, en la medida en que aparquemos la descalificación y el castigo, nos liberaremos de la paralización y mantendremos la suficiente fluidez interna que nos llevará a abordar nuestras faltas de coherencia como problemas a resolver y no como losas autodestructivas.

Ahora bien, incluso practicando lo anterior no estamos exentos de que se nos encienda esa señal de la culpa con capacidad de ser dolosa. El problema no radica en sentirla, sino en cómo afrontamos su presencia.

Cuando se presenta la culpa, el reto es convertir ese sentimiento en:

·         una señal, que sirve para cuestionarnos cómo hacemos lo que estamos haciendo. A veces es bueno que nos encontremos en entredicho: las revisiones personales posibilitan nuestro enriquecimiento

·         un momento de reflexión y análisis de por qué nos surge, sin entrar a desvalorizarnos ni a hundirnos en el desasosiego y el sufrimiento

·         un diálogo interior que nos lleve a designar y concretar cuál es la conducta por la que sentimos la culpa

·         la búsqueda de soluciones.

 

Si el sentimiento de culpa nos afecta de tal forma que nos conduce a una situación emocional que nos impide un análisis claro, conviene acudir a un profesional para que pueda ayudarnos a encontrar las soluciones adecuadas.

 

Sacar lo positivo de la culpa

Si ante la culpa no ejercemos nuestra responsabilidad y nos sumimos en la paralización del miedo, caeremos en la descalificación personal (hemos traicionado a Dios, somos malos, egoístas....) y en el auto castigo (agresividad contra los que nos rodean, muchas veces a las personas que amamos, que provoca sufrimiento). Pero también podemos ver en su manifestación una función saludable, pues nos hace conscientes del conflicto y, a partir de ahí, seremos capaces de analizar las soluciones y dar los pasos oportunos que restablezcan nuestro vivir coherente.

Podremos descubrir que la trasgresión de la norma que provoca la culpa se produce porque:

·         Nos guiamos por un sistema de pensamiento polarizado, rígido, negativo, sobredimensionado o perfeccionista.

·         Existen unas circunstancias especiales, en la que hay que tener en cuenta nuestras necesidades del momento,

·         Pretendiéndolo o no, nuestra actuación no se adecua a nuestros valores.

 

Si se trata de los dos primeros casos, comprobamos que el código no es inamovible y por tanto podemos flexibilizar, contextualizar y dar más precisión y puntualización a la norma transgredida. No se trata de destruir la norma, sino de enriquecerla despojándola de su rigidez. Si la culpa se presenta por sentirnos que hemos sido incoherentes con nuestro sistema de valores, habremos de responsabilizarnos de las consecuencias, hacernos cargo de lo que éstas supongan y pedir perdón a quien haya resultado dañado por nuestro comportamiento.

 

Sentimientos de culpa

 

Ante el fracaso, conviene preguntarnos el "porqué" en lugar del "quién"

Cuando sucede algo negativo, tendemos a buscar culpables. Hasta tal punto se da esa tendencia que se pueden clasificar los tipos de personalidad según se reacciona ante las frustraciones: quienes sistemáticamente se autoinculpan de lo que sucede, quienes piensan que la culpa siempre la tienen los demás y, por último, quienes no echan la culpa a nadie, bien porque no entran a juzgar o porque no le otorgan excesiva importancia a los contratiempos que la vida nos depara.

Las reacciones de autoinculpación provocan en el individuo un estado de ansiedad cuyo origen podemos encontrarlo en sistemas de educación rígidos. La familia, la escuela o el medio social han estado tradicionalmente cargados de leyes y normas de conducta regidas por el miedo al castigo. Así, hemos ido interiorizando paulatinamente este catálogo represivo hasta que terminan constituyendo parte de nuestra personalidad. Es como un juez o policía que llevamos dentro y que actúa imponiéndose a la espontaneidad de la acción y del pensamiento. Las personas con este sentimiento de culpa se llenan de obligaciones aunque éstas no les correspondan. Son extremadamente escrupulosos y exigentes a la hora de enjuiciarse y viven pendientes de que el castigo o la sanción puedan caer sobre ellos.

Por otro lado, las reacciones que sistemáticamente inculpan a otros de todo lo negativo que sucede se deben a que el individuo no soporta la carga de la propia responsabilidad cuando surgen las frustraciones, y dirige a los demás la sensación de culpa. Es una forma de liberación que los demás perciben como una conducta agresiva, pero que revela la incapacidad del individuo para criticarse de forma objetiva y serena. El origen de estas conductas está en estilos de educación permisivos en los que la persona no ha experimentado los límites de su conducta ni las consecuencias de sus errores. Sucede frecuentemente en familias en los que la autoridad de padres y adultos y el respeto a unas ciertas normas de convivencia han sido mal o insuficientemente trabajados con los niños y adolescentes. La educación en libertad y responsabilidad es nuestra asignatura pendiente.

Y la actitud de reaccionar ante las malas noticias no echando la culpa a nadie se asocia a dos tipos de perfil: quienes mantienen actitudes frívolas y no le dan importancia a nada y, por otra parte, quienes mostrándose responsables y conscientes, optan por no teñir las relaciones interpersonales de sentimientos de culpa para evitar la negatividad que ello acarrea.

Liberarnos de los sentimientos de culpa

Muchas de las frustraciones que originan los sentimientos de culpa se producen porque se tiene una idea de nuestra capacidad o de la de los demás, que, por excesivamente optimista, no se atiene a lo real. Por tanto, la primera estrategia para combatir el sentimiento de culpa es cultivar el sentido de la realidad, lo que supone aceptar, qué y quién es cada uno. Para ello, es necesario trabajar la autocrítica mediante la reflexión y tomando en consideración las observaciones que nos hacen las personas que nos manifiestan más afecto y confianza. Las reuniones y la charla abierta con otras personas que estuvieron en el opus puede ser muy fructífera

Determinaremos así las causas de las situaciones conflictivas para aprender de los fracasos y no volver a cometer esos o similares errores. El objetivo es doble: el esclarecimiento de la situación y la desactivación del proceso de adjudicación de culpas.

Lo inteligente y provechoso es identificar los errores, reconocer la causa, asumir la responsabilidad cuando nos compete y, ya después, tomar medidas para rectificarlos y para no volver a caer en la misma piedra. Limitarnos a sentir culpa es como encadenarnos de por vida por lo que ocurrió en el pasado, lo que conduce a un estado de ansiedad que puede derivar en depresiones.

Sentir culpa sólo resultará útil cuando esta sensación pueda convertirse en acción. Cuando se aceptan los errores sin sentir un fracaso definitivo y paralizante, el error puede percibirse como una oportunidad de aprendizaje, como una fuente de información de qué cosas van bien y cuáles no. Se trata de un proceso de autoaceptación y mejora que genera autoestima, de aprender a querernos a partir de un diagnóstico certero sobre nuestras acciones menos logradas y nuestras posibilidades de intervenir sobre ellas.

Para evitar el sentimiento de culpa, conviene:

·         Identificar los sentimientos de culpa. Analizar en qué situaciones sobrevienen.

·         Aceptarlos como normales y pensar que son comprensibles. Al reconocer y aceptar estos sentimientos de culpa, resulta más fácil expresarlos y combatirlos.

·         Expresar los sentimientos de culpa. Hablar con otras personas, lo mejor es con otras personas que compartieron nuestra situación, o sea, otros que también se salieron y que están en mejor condición anímica que nosotros. Puede ser el caso de la conveniencia de hablar con un sicólogo. Hablar del tema puede ayudar a aliviar este pernicioso sentimiento.

·         Analizar sus causas. Buscar las razones de estos sentimientos puede contribuir a hacerlos más comprensibles y aceptables. Ser objetivos.

·         Reconocer nuestros propios límites.

·         Aprender a dejar vivir a los demás.

 

PARA REFLEXIONAR:

¿Sientes en el fondo que Dios no te ha perdonado?

¿Sientes que mereces trabajar para Dios para que te perdone los pecados?

¿Piensas que es egoísta querer tener bendiciones de parte de Dios aunque otros no las tengan?

¿Confiesas a Dios una y otra vez el mismo pecado de tu pasado?

¿O ya no quieres saber de Dios o de religión? Negando a Dios se niega todo lo que tenga que ve con Él, tratando de borrar inútilmente todos los recuerdos.

 

 

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