TEORÍA Y PRÁCTICA SOBRE EL “DUELO PSICOLÓGICO”
PARA EX-MIEMBROS
autores: Erasmo y
Ana
SUMARIO:
Introducción.
Hacer el duelo: 1. Qué es el trabajo del duelo y para qué sirve. 2. Los pasos
del trabajo con el duelo. 3. Un duelo peculiar: salirse de la Obra. 4. ¿Y si no
he acabado de hacer el duelo? (sugerencias de autoterapia).
Introducción (Erasmo)
Dado el tipo de
experiencias frustrantes que muchos de los ex-miembros padecimos en el pasado y
que pudieron acarrear problemas psicológicos antes, durante, y después de la
desvinculación, he pensado conveniente ofreceros aquí una breve información
sobre lo que en psicoterapia –en especial en la línea experiencial humanista–
entendemos por la necesidad de vivir “la experiencia del duelo y la
consiguiente despedida psicológica”.
Esta necesidad la
tienen aquellas personas, por ejemplo, que vivieron en el pasado unos proyectos
y esperanzas muy ilusionantes y, sin embargo, acontecimientos ocurridos
posteriormente les hicieron comprender que esas expectativas no se correspondían
con la realidad. También tienen esa necesidad de duelo y despedida psicológica
personas que se dan cuenta de que, ya desde su infancia, las circunstancias de
su vida y limitaciones de sus cuidadores les impidieron recibir y disfrutar de
lo que es sentirse verdaderamente cuidado, protegido y amado. Son las personas,
por ejemplo, que son conscientes de forma muy dolorosa, de que el padre o madre
ideales que hubiesen deseado tener nada tienen que ver –a veces son el polo
opuesto– del padre o madre reales. Pero este segundo tipo de situaciones que
requieren duelo y despedida psicológica no es el característico de algunos
ex-miembros de la Obra, por lo que no me extenderé en describir alguna técnica
terapéutica para su solución. La situación de los ex-miembros corresponde al
primero de los dos tipos señalados.
Es también la
situación, por ejemplo, de:
a)
Personas que iniciaron la experiencia de un amor de
pareja precedida de un apasionado enamoramiento y la iniciaron con un
entusiasmo y expectativas relevantes. Pero que pasado
un tiempo comenzó la vivencia de crecientes conflictos entre ellos, causados en
no pocos casos por un muy deficiente conocimiento recíproco de su forma de
pensar, de sentir, de su jerarquía de valores, etc. Es decir, en no pocos
casos, debido a la ausencia de un “amor inteligente” (Erich Fromm). Aunque
también pueden ser otros los factores causantes de ese hecho de acabar
profundamente defraudados y desilusionados, y acabar decidiendo la ruptura de
la relación.
b)
Personas que decidieron cursar una carrera con la
esperanza de luego poder ejercer una profesión que percibían de forma
acentuadamente idealizada. A veces elegida en la adolescencia a
partir de la impresión emocionante que les produjo algún personaje en películas
de cine, que podía ser un médico, un abogado, un catedrático, un investigador
científico, etc. Pero luego fueron experimentando las sucesivas frustraciones
derivadas de las deficiencias de los estudios universitarios, las dificultades
en iniciar el ejercicio profesional, las tareas nada motivadoras con que en
mayoría de casos se estrenan en la vida profesional, los problemas en las
relaciones interpersonales con compañeros y dirigentes, las luchas de poder,
etc. Los contrastes entre los sueños idealizadores de la adolescencia y las
dificultades con las que luego se tropieza el adulto joven provocan en muchos
casos lo que Romano Guardini (1970) denominó la crisis de la experiencia.
Esta
crisis se vive cuando el sujeto comprende que la vida real, la praxis laboral,
interpersonal, etcétera, presenta unos obstáculos que frecuentemente no fueron
previstos cuando -con ayuda de la fantasía- se imaginó un futuro. Se perciben
mejor las complejidades de la vida, los condicionamientos ambientales, las
dificultades en la realización de los proyectos y la necesidad de saber
esperar. Esto conduce a una crisis que puede decantarse hacia un desencanto
respecto a las utopías y hacia un estilo de vida básicamente escéptico respecto
a todo ideal y centrado en un pragmatismo estrecho. O bien, puede vivirse como una crisis de crecimiento, y permitir
la consolidación de un equilibrio entre las aspiraciones hacia determinados
valores y un sentido realista. Esto facilita, según Guardini, el desarrollo de
una actitud profunda de persona responsable, de sus
convicciones, decisiones y actuaciones, consciente de que está en nuestras
manos buscar la solución de los problemas, e influir beneficiosamente en
nuestro entorno social, a pesar de las dificultades.
Posteriormente
puede producirse la crisis de la experiencia del límite.
Los años han pasado. Las energías físicas características de la edad del adulto
joven ya han ido quedando atrás. Se han experimentado algunos fracasos y
desilusiones, destacándose el aspecto monótono y prosaico de lo que había sido
imaginado en forma idealizada. Se da una sensación creciente de los límites de
la propia energía, una disminución del carácter interesante y estimulante de
las tareas y una conciencia mayor de las contradicciones y conflictos humanos.
A veces se tiende a hacer un balance sobre los aciertos y errores de las
decisiones tomadas a lo largo de la vida. Las conclusiones pueden llevar a
reacciones peligrosas. No podemos aquí extendernos en este tema. Sólo indicar
que la salida airosa de esta crisis, la favorecedora del crecimiento personal,
conducirá a un enriquecimiento humano que Guardini define como propio de la persona
serenada.
c)
Inmigrantes que
decidieron trasladarse a Europa con unas expectativas demasiado idealizadas o
irreales. No pocas veces se debe
a que sus paisanos inmigrados antes les ocultan las dificultades que ellos
tuvieron que padecer –para evitar la humillación de tener que informar sobre
los probables fracasos iniciales– y les exageran los logros conseguidos. Está
claro que, dadas las circunstancias de sus países de origen, aún así les habrá
compensado el trasplante cultural para poder sobrevivir, pero, en la gran
mayoría de los casos, no habían sido suficientemente advertidos respecto a los
sufrimientos que tendrían que padecer por una serie de pérdidas que reclamarán
la práctica de duelos y despedidas psicológicas:
·
La pérdida de la cercanía
de muchos seres queridos.
·
La pérdida del paisaje querido del propio país.
·
La pérdida –en el caso de los musulmanes– del
sonido de los cantos del muecín, cinco veces cada día, desde las mezquitas; o
la pérdida –en el caso de cristianos latinoamericanos o africanos– de la
vivencia de liturgias vividas de forma más expresiva, más extrovertida, que las
predominantes en Europa.
·
La pérdida de un entorno con las costumbres y
actitudes predominantes en las culturas de sus países de origen: otro ritmo en
el trabajo, mayor cordialidad y hospitalidad en las relaciones humanas o, por
el contrario, más distancia interpersonal o inexpresividad emocional, expresiones
faciales más sonrientes, una comunicación verbal más melodiosa y de tonos más
suaves, más respeto a formas de cortesía, otro estilo más delicado en las
relaciones entre hombres y mujeres, y en la forma de respetar y cuidar a los
ancianos. Con características diferenciadoras muy diversas según las
correspondientes sociedades y culturas de procedencia.
El denominador
común que compartimos los ex-miembros de la Obra con estos colectivos, sobre
todo con los indicados en a) y b) es, como dije al principio: Haber vivido
en el pasado unos proyectos y esperanzas muy ilusionantes y, sin embargo, a
partir de experiencias vividas posteriormente, haber llegado a la conclusión de
que esas expectativas no se correspondían con la realidad. Que de alguna
forma habíamos sido engañados, frecuentemente por miembros que, a su vez,
también estaban viviendo engañados.
En algunos casos,
como fue en el mío, la experiencia de más de veinte años en la institución –en
mi caso veintitrés– supuso:
a) La
pérdida de las experiencias de la adolescencia y juventud, por ejemplo las
relaciones con las personas del otro sexo.
b) La
pérdida de relaciones antiguas de amistad, debido a la distancia geográfica.
c) La
pérdida de la realización de un proyecto de estudios universitarios llevados a
cabo de forma cuidadosa y profunda.
d) La
pérdida de años de libertad de lecturas especialmente en filosofía, teología y
ciencias humanas, etc.
e) El
hundimiento de mi vocación intelectual.
f)
La pérdida de vivir como un “cristiano corriente”,
en las relaciones con amigos y amigas, con la familia, y en la libertad para
iniciativas culturales y profesionales.
g) La
pérdida respecto al proyecto de la realización de aportaciones prácticas para
la humanización o cristianización de estructuras profesionales, sociales,
culturales, económicas y políticas. Es decir la escasez de contribución real de
la “iluminación cristiana de las realidades temporales” (Concilio Vaticano II),
de lo que en la “teoría” del Opus Dei se denominaba la “santificación del
trabajo”.
h) La
pérdida del proyecto de un diálogo fecundo entre fe cristiana y cultura,
ciencia, filosofía, arte, dentro del pluralismo existente en nuestro entorno, y
de acuerdo con la sensibilidad de cada uno, que en el caso de no ser
predominantemente de estilo conservador se encontraba totalmente constreñida.
i)
Estas pérdidas, estas experiencias frustrantes y
desilusionantes, y muchas otras ampliamente descritas en multitud de escritos
de opuslibros, han podido provocar en
un porcentaje de ex-miembros no sólo profundos sufrimientos, sino también
problemas psicológicos que requieren, para su solución, la experiencia del
duelo, en vistas al logro de la “despedida psicológica”. A partir de aquí, cedo
la palabra a mi compañera en la dirección del Instituto de psicoterapia que
fundé con ella hace veintisiete años, y con la que he podido disfrutar una
profunda vivencia de amistad amorosa, perfectamente compatible con las
limitaciones establecidas para mi condición de clérigo católico. Y desde donde
han podido ser atendidas unas 2.500 personas con trastornos diversos de
ansiedad, de estado de ánimo, de personalidad, de relación de pareja, etc.
También, en muchos casos, personas que necesitaban experimentar en profundidad
un duelo en vistas al logro de una despedida psicológica. A Ana le he pedido
–porque lo hará mejor que yo– que exponga brevemente unas orientaciones para la
práctica del duelo y la despedida psicológica. Si es posible, algún ejercicio
para la auto-terapia. Aunque tanto ella como yo –y los otros colegas de nuestro
equipo terapéutico: cuatro hombres y diez mujeres colaboradores con dedicación
reducida– somos conscientes de que estas orientaciones o explicaciones verbales
puedan aportar alguna utilidad, pero son insuficientes. Se requiere además la
realización de estos ejercicios casi siempre con el acompañamiento de un
profesional. El procedimiento que resumirá Ana será en la línea de nuestro
modelo de Psicoterapia Integradora
Humanista.
HACER EL DUELO (Ana)
Me pide Erasmo que
complete su escrito para opuslibros
explicando lo que es y cómo se trabaja desde nuestro modelo psicoterapéutico el
tema del duelo. Me siento un tanto
“okupa” por colarme aquí, en la página de los “ex”, y pido perdón por ello.
Teniendo en cuenta que lo que se me pide es tocar el tema en relación con la salida
de la Obra, voy primero a ofrecer una información general, y luego procuraré
adaptarla a ese supuesto. No pretendo
dar lecciones de nada, sino exponer mi visión del tema y de mi forma de
abordarlo, por si a alguno le puede resultar útil.
¡Ah! Este escrito
no es para los que se sienten encajados y felices dentro de la Obra (que los
hay, y muchos), ni para quienes salieron de ella sin un rasguño (que, pocos,
pero también los hay). Me dirijo a
quienes salieron heridos de la aventura.
1.
Qué
es el trabajo de duelo y para qué sirve
A mi modo de ver,
una de las tareas clave de la vida –si queremos mantener la salud mental- es
aceptar las pérdidas que a lo largo de ella vamos sufriendo. Todo tipo de pérdidas: desde una persona
querida que muere, un puesto trabajo que se acaba, o un vínculo de amistad o de
pareja que se rompe, hasta la pérdida de la juventud, de un logro que casi
tocábamos con los dedos, o del lugar geográfico y cultural de arraigo.
Normalmente, esa
aceptación de pérdidas no es un acto voluntarista, porque los afectos
depositados no desaparecen así porque así, a partir de una decisión. En
realidad no es siquiera un acto, sino que constituye un proceso de duración
variada. En otro lugar ya he escrito:
Despedirse no es un acto, sino un proceso
similar al de una herida: hemos de reconocernos heridos –el dolor también
significa que estamos vivos- , gritar y llorar si hace falta, pedir socorro si
es preciso, desinfectar la herida, curarla y esperar a que cicatrice (Gimeno-Bayón,
1998, p.283).
En el caso más
paradigmático de pérdida, cuando muere
alguien muy cercano, por ejemplo, por mucho que supiéramos que iba a morir
y que era lógico que así ocurriera,
normalmente necesitamos ir acostumbrándonos interiormente a que ese ser querido
ya no está. Si la relación con esa
persona era positiva y no hay reproches pendientes, es frecuente que se
produzca ese proceso de aceptación de la pérdida en forma natural y gradual,
hasta que llega un momento en que podemos recordar a la persona serenamente,
aunque con cierta nostalgia de su
compañía.
No siempre el
proceso de duelo sigue esos pasos. A
veces, por las circunstancias en que tuvo lugar la pérdida o por la psicología
de la persona que la vive, pueden producirse alteraciones en ese proceso
natural. Es en estos casos donde propongo revisar qué está pasando y realizar
lo que se llama un “trabajo de duelo”.
De las muchas
situaciones en que esas alteraciones se dan, sólo haré referencia aquí a dos de
ellas:
·
El duelo “congelado”, en el que la persona afectada
por la pérdida queda afectivamente anestesiada, “no pasa ná”, como si metiera
los sentimientos relacionados con la pérdida en un congelador. Niega que tenga
un proceso pendiente de resolver. Todo
está bien, todo ha sido fácil. Pero no
ha habido ninguna reacción emocional ante la pérdida. El problema es que se
necesita una cierta energía interna para mantener la nevera a temperatura fría,
con lo que la persona no tiene toda su fuerza disponible para vivir el
presente. A veces puede ocurrirle a
esta persona que a raíz de una nueva pérdida –acaso poco significativa- se
active el duelo anterior, desplazándose de contexto y confundiendo a la
persona, o llevándola realmente a resolverlo.
Un
tipo de duelo congelado que me he encontrado algunas veces se da en personas
que perdieron a una figura parental (padre, madre, etc.) siendo muy niños. O cuando es una muerte muy inesperada y
traumática (accidentes, etc.) y la persona queda como en estado de shock permanente. Y también en personas
que no logran llevar adelante una pareja, aunque lo han intentado repetidamente
y que, indagando, indagando, aparece un primer amor del que no se ha
desvinculado la persona, aunque hayan podido pasar muchos años. En estos casos invito a realizar el duelo de
esa primera pareja que está como un telón de fondo de todas las otras parejas
posteriores. No pocas veces eso ha servido para despegarse finalmente de ella y
poder vincularse realmente a otra pareja.
·
El duelo perpetuo.
La persona afectada no logra desengancharse interiormente de la pérdida,
con una parte de sí convertida en estatua de sal mirando al pasado. Pronta a revivir los sentimientos sin
resolver en cuanto algún estímulo del presente recuerda lo perdido. Parece entonces que su experiencia vital se
da en dos niveles temporales simultáneos: presente y pasado, con lo que conlleva
de división de la atención y las capacidades.
Este
tipo de duelo –o mejor dicho, impedimento de duelo- lo he visto sobre todo en
los casos en que la pérdida lo es de un vínculo en el que quedaban asuntos
afectivos sin resolver. También en
casos de suicidio, en que los más allegados quedan enganchados en la duda sobre
la posible culpa propia (si le hubiera
tratado distinto, ¿habría evitado el suicidio?). O en el caso de padres a los que se les muere un hijo, en contra
de “la lógica” y que viven el hecho como antinatural. También, en el caso de rupturas de pareja, es común este tipo. Pensemos que esta pérdida puede ser más
dolorosa que la propia muerte del ser amado, porque ésta puede vivirse como
fenómeno natural, de destino que no podemos evitar, pero que deja intacto el
amor. En cambio, en la ruptura de pareja también es la constatación de un
fracaso de expectativas y desgarramiento del vínculo: se abren muchos
interrogantes para los implicados, sobre dónde estuvo el fallo, qué se podía
haber hecho para evitarlo… a lo que hay que sumar muchas veces que este tipo de
pérdida va acompañada de desamor, resentimiento o culpa.
…Y
este tipo de duelo es el que he visto también en personas que dejaron una
institución a la que estuvieron vinculadas en forma importante y que no
tuvieron oportunidad de hablar de sus “porqués” sabiéndose escuchadas y
comprendidas.
Lo que llamamos
“hacer el duelo” supone un trabajo interior de asumir la pérdida y rehacernos
sin aquello que hasta ahora daba sentido o brillo a nuestra vida. Es penetrar positivamente en el sentido
profundo (y no depauperado, como es habitual) de la palabra re-signación:
volver a dar significado, renovar la visión, volver a dar sentido a la
realidad, tras la pérdida sufrida. Un
sentido modificado, ajustado a la conciencia, tanto de lo irreparable, como de
lo que permanece vivo y abierto al futuro.
2. Los pasos del trabajo
con el duelo
El proceso de
duelo que yo propongo habitualmente, se apoya en los pasos que para el mismo
señalan los creadores de la Escuela de Redecisión del AnálisisTransaccional,
Robert y Mary Goulding (1979). Son
cinco fases, que ahora describo en general:
Fase 1: Aceptar
los hechos
Aceptar los hechos
significa reconocer la realidad de la pérdida, sin dejar sitio para falsas
esperanzas: mi madre ha muerto de verdad, o mi pareja se ha roto y no se va a
reconstruir, o mis padres se han separado y no voy a volver a vivir con los dos
juntos otra vez.
Aceptar los hechos
no siempre es fácil, porque somos muy listos para buscarnos argumentaciones pseudológicas que dejen la puerta
abierta a la aparición de una salida irreal, un hada que nos toque con la
varita y nos despierte diciendo “fue sólo un mal sueño” o “ya te lo arreglo yo,
con mis poderes mágicos”. Es más
frecuente que los hechos se nieguen (no desde el punto de vista lógico, sino
desde el mágico) cuando no hay una constatación vivaz de los mismos, como en
los casos en que no se ha visto muerta a la persona ni asistido al entierro, o
cuando hay engaño, como en los padres que no se atreven a decirle al niño que
la separación no tiene vuelta atrás y le doran la píldora con un “acaso…” que
le deja sumido en la ansiedad. Y sin
embargo este primer paso es absolutamente necesario para iniciar el proceso de
elaboración de la pérdida. De ahí la
desesperación de los padres cuyos hijos han desaparecido ya hace un tiempo, pidiendo
a gritos que encuentren el cadáver, o que alguien les diga rotundamente que ese
niño/esa niña, ha muerto, y poder pasar de la angustia a la pena y despedirse
de esas expectativas que cada vez se van notando más falsas.
Creo que es
pertinente traer aquí la experiencia que constató una y otra vez Fritz Perls,
el iniciador de la Psicoterapia de la Gestalt.
Tras la Segunda Guerra Mundial, él trabajó como médico, durante un tiempo, en
un hospital donde se atendía a lesionados cerebrales. Como consecuencia de esas lesiones, unos habían perdido la
movilidad de una parte del cuerpo, otros la visión, u otras funciones
importantes. Perls observó cómo casi
todos los lesionados conservaban por un tiempo la ilusión –vana- de que la
lesión era reversible y llegado su momento, se recuperarían y volverían a
recobrar sus antiguas facultades. Unos
acababan por aceptar pronto lo imposible de su expectativa. Otros seguían aferrados a ella durante un
largo período. Pero Perls pudo ver cómo
los que habían aceptado su pérdida desarrollaban más las capacidades que
conservaban, desarrollaban habilidades nuevas y se recuperaban más rápidamente
que los que seguían esperando el milagro.
Éstos se iban deteriorando y llenando de amargura hasta que, finalmente,
no les quedaba más remedio que aceptar la realidad. Y entonces empezaban ellos también a recuperarse y realizar nuevos
aprendizajes para suplir sus carencias.
En el trabajo con
el duelo, a veces es preciso ayudar a la persona a visualizar con la fantasía
el momento del entierro, o el avión alejándose o cualquier otra escena que
exprese con vivacidad los hechos y su carácter irrevocable.
Fase 2: Expresar
los sentimientos pendientes
¿Qué ocurre cuando
un amigo se marcha lejos y por mucho tiempo sin despedirse, porque no aguanta
los adioses? ¿Qué ocurre cuando la pareja dice: “me separo, me voy con otro/a”
y ni da explicaciones ni opción a preguntas? ¿Qué ocurre cuando le comunican a
una mujer que su marido acaba de morir de accidente, una hora después de que
haya salido de casa disgustado por una pelea doméstica? ¿Qué ocurre cuando a
una persona le echan del trabajo realizado por tiempo –bueno, digamos
eufemísticamente que “no le renuevan el contrato”- con un simple: “lo siento,
no das el perfil”?
Ocurre que se nos
queda el cuerpo mal. Los psicólogos de
la Escuela de la Psicología de la Gestalt,
allá por los años veinte del siglo pasado, hicieron un montón de
investigaciones de tipo experimental y descubrieron una cantidad muy importante
de reglas que articulan nuestra percepción.
Una de las más importantes era la necesidad que tenemos de dar un
sentido global a la misma. Y para darle sentido a veces añadimos elementos que
no están, y que notamos claramete que tendrían que estar. Por ejemplo, en la oración
anterior, habréis añadido por vuestra cuenta –conscientemente o no- una “n”
para completar la palabra “claramente” y que tenga sentido. Pero si la frase la hubiera dejado a la
mitad, costaría más dárselo, porque podría completarse de varias maneras y nos
resultaría incómodo el no saber cuál es la correcta.
Esta regla tan
sencilla, se prolonga en el modelo desarrollado por Perls (la Psicoterapia de
la Gestalt) y se convierte en el
meollo del mismo. Necesitamos cerrar
los ciclos psicológicos que tenemos abiertos.
No siempre podemos hacerlo, pero cuando se trata de procesos relevantes,
si no los cerramos corremos el riesgo de quedarnos atrapados ahí, en el intento
repetitivo de concluirlos, venga o no a cuento en ese momento, y repetir
reiteradamente los intentos pasados por acabarlos.
Los vínculos que
creamos son dinámicos, vivos, y por ello hay un ir y venir de información y
afectos. Y cuando el vínculo se acaba o
entra en una nueva etapa, toca cerrarlo acabando las tareas pendientes, en
especial la tarea expresiva de lo que ese vínculo ha significado para
nosotros. Toca decir las cosas que no
se dijeron (tanto las positivas como las negativas, y escuchar las que el otro
o los otros tienen pendientes de decirnos.
En general, la
mayor parte de los problemas de duelos permanentes suelen tener que ver con la
necesidad de realizar este paso. Pero
no siempre es posible hacerlo en forma física real. A veces la persona no está disponible (ha muerto, o se niega a
entrevistarse, o está ausente) o sería cruel, por sus circunstancias, someterle
a este paso (pensemos en un padre anciano y enfermo, a quien el hijo mete en la
encerrona de soltarle los reproches que le llevaron, hace cuarenta años, a
marchar de casa). Y dado que eso no es
posible, en la sesión de psicoterapia lo suelo hacer simbólicamente, colocando
con la imaginación a esa persona en algún lugar de la sala y haciendo que la
persona le exprese lo que quedó pendiente, tanto los agradecimientos y
reconocimientos positivos, como los reproches, críticas, exigencias, etc. Es especialmente importante la expresión sin
censura de todo tipo de emociones y sentimientos que la despedida suscita,
incluso aunque no vengan a cuento ni se perciban como lógicos. No es extraño que aparezca, por ejemplo,
rabia hacia la persona que se ha muerto por el hecho de morirse y dejar a la
persona sin su compañía. No importa que esa persona no quisiera morir y que
desde un punto de vista adulto la persona que se despide sea plenamente
consciente de que no es su culpa. Se
trata de una reacción infantil que se puede dar, y es legítimo darle voz a su existencia,
situándola dentro de ese contexto.
Fase 3: Ceremonia del adiós
Parece que es
propio de todas las culturas la creación de ceremonias rituales para vivir las
pérdidas en forma colectiva, sea un funeral, una cena de despedida, etc. Resultaría chocante para nuestra
sensibilidad el hacer desaparecer el cadáver del alguien querido como si fuera
un desecho más, sin otras consideraciones.
Socializar la pérdida mediante la cristalización en un acto de adiós
contribuye, casi siempre, a aceptar los hechos ante la corroboración de los
mismos por parte de los otros, y suele aportar un calorcillo humano para
colocar en el hueco interior que se nos queda deshabitado. Quienes han pasado por pérdidas importantes
sabrán por experiencia a qué me estoy
refiriendo y la importancia de ser acompañados en esos momentos en que poder
permitirnos mostrar la fragilidad, el dolor, la pena o el miedo que ese momento
comporta.
Así como dije que
el trabajo de duelo es un proceso, y no un acto, la ceremonia del adiós
consiste en un acto. Es el momento de
desprenderse interiormente de lo que ya no está en la realidad. Es decir “adiós” sinceramente y reducir el
espacio de nuestras pertenencias (afectivas, o de otro tipo). Es dar por muerta una parte nuestra. Y experimentar que quien dice adiós es
nuestra parte viva, acaso muy debilitada o desgarrada por la pérdida. Es reconocer que no estamos del todo
muertos, y esa parte está ahí. Acaso
hundida, desesperada, angustiada, desolada, rota. Pero que dice adiós desde una orilla mientras lo que se amó o
valoró se aleja y no tiene vuelta atrás.
Por eso suele ser tan necesaria la compañía de otros seres vivos (aún
cuando sea sólo uno) junto a nosotros en ese momento. Para que nos sujeten al
presente, cuando la tentación de dejarse ir con lo perdido sea demasiado fuerte. Para hacer más llevadero el pesar y la
soledad que inevitablemente se instalarán por un tiempo en nuestro interior.
En mi trabajo, esa
ceremonia –que históricamente pudo tener lugar muchos años antes- se realiza
muchas veces en privado, en la intimidad de la sala en la que estamos sólo la
otra persona y yo. Otras veces se
realiza en el seno de un grupo, cuando la pérdida afecta a uno de sus miembros
o al grupo en conjunto. Puede ser algo muy simple, o algo más elaborado, con la
presencia de símbolos que refuerzan el carácter del acto. Según estoy escribiendo me viene al recuerdo
la ceremonia de adiós a uno de los participantes de un grupo de psicoterapia,
fallecido casi en su ámbito, y en la que todos pudieron expresar sus
sentimientos positivos y /o negativos hacia él, escribirle un epitafio, anudar
cintas en torno a su diario de las sesiones de grupo para darlo por concluido,
decirle adiós juntos con las manos cogidas, mientras escuchábamos una música
dedicada a él, para quedarnos luego en silencio y dentro acabábamos de
desprendernos de las expectativas de su presencia allí.
Yo suelo
introducir, inmediatamente antes de la ceremonia del adiós, lo que llamo “la
aceptación de la herencia” en la que se evoca todo lo que se ha recibido de esa
persona, transformándolo en símbolos y dibujos, y se visualiza a la persona que
se va entregándolo a quien se queda, ayudando a ésta a irlo recibiendo y
haciéndole un hueco en alguna parte propia para guardarlo como afectos,
recursos y aprendizajes legados, y poder recurrir a ellos cuando sea necesario.
Fase 4: Fijar un
tiempo de luto
Esta fase equivale
al proceso de cicatrización de la herida, que necesita un tiempo variable según
las diferentes características temperamentales de las personas.
Sea como sea, es
el tiempo de permitirse estar en la propia tristeza, sin complejos y sin
victimismo, de una manera natural, y exigir en los demás el respeto para este
proceso, sin necesidad de aparentar una falsa alegría para tranquilizar a los
otros. No hay cosa que deprima más a
una persona que está en la fase de depresión reactiva de un duelo –natural y
sana- que ser forzado a divertirse para ayudarle a olvidar. La persona está convaleciente de la herida
dejada por la pérdida, y no está con fuerzas suficientes para afrontar la
presencia de personas que no pueden “acompañarla en el sentimiento (de
tristeza)” y a las que no puede acompañar en el sentimiento de alegría. Normalmente los esfuerzos de los demás para
“animarla” no logran otra cosa que estimularla a sentirse más lejos de los demás,
más sola con su dolor no compartido.
Lo habitual es que
la persona en esta situación tenga ganas de estar más aislada que lo habitual y
le cueste la actividad, hable menos, y agradezca la compañía silenciosa y la
escucha empática. En algunos casos,
también conllevará la reestructuración de su tiempo en torno a nuevos centros
de interés si lo perdido ocupaba una buena parte de él.
Sin embargo,
algunas personas tienden a evitar esta fase, embarcándose en una actividad
frenética, o en la creación de unos vínculos precipitados que impidan
experimentar el vacío propio de la pérdida.
Se trata entonces de saltarse el proceso de desinfección, curación y
cicatrización de la herida. Eso lleva
el peligro (pero sólo el peligro, no la obligación) de que los nuevos vínculos
se infecten o se abran.
En los duelos
sanos, ese tiempo de luto va terminando de modo natural, y la persona va
recuperando fuerzas, ánimo e interés.
Ahora bien: como yo trabajo básicamente con duelos problemáticos, en la
mayoría de ocasiones las personas llevan mucho tiempo de duelo, más de lo que
es natural y funcional. A veces
subyacen creencias poco realistas, tales como:
Yo suelo pedir a
la persona que fije un tiempo durante el cual se permitirá “estar de luto” con
esos sentimientos dolorosos y tristes después del adiós, elaborando por dentro
la pérdida, y permanezco atenta a confrontar respuestas de luto para toda la
vida o plazos exageradamente largos. En
general, en aquellos casos en los que ya se declara acabado en luto en la
propia sesión, pido que se reduzca el luto riguroso, como máximo, a dos meses.
Fase 5: Recibir el
presente
La última fase del
trabajo con el duelo, una vez terminado el tiempo de luto, se centra en dar la
bienvenida al tiempo presente, con sus carencias y con sus riquezas. Un presente marcado por la pérdida, pero no
condenado por ella. Un presente lleno
de vida y de oportunidades. A veces
pienso que la vida se parece a un queso de gruyére, y si nos obcecamos en
contemplar sólo sus agujeros, no tendremos oportunidad de comernos el
queso. Recibir el presente es abrirse
al ahora, con todo su esplendor, sabor y belleza. Seguramente somos más sabios que antes de la pérdida y con mayor
capacidad de afrontar con serenidad las que vendrán después. Dice el refrán: Perdiendo aprendí: más vale lo que aprendí
que lo que perdí. Pienso que el
refrán no trata de un consuelo tonto. Las pérdidas nos ayudan a decantar lo que
pertenece al ámbito del tener, y que podemos perder, de lo que pertenece al
ámbito del ser y no puede ser destruido. De aquí el aprendizaje que cada cual
saca de la pérdida.
Y cuando se abre
la persona a recibir el presente, empieza a asomar su naricilla la Esperanza y
a perfilar nuevas ilusiones, posiblemente cargadas ahora con la solidez de lo
aprendido.
3. Un duelo peculiar:
salirse de la Obra
Dejar una
institución a la que se estuvo vinculado, para la persona que marcha, puede
tener muchos elementos comunes con los otros duelos. Lógicamente, tiene más
similitud, para el que se sale, con las rupturas de vínculo de pareja o de
amistad que con la muerte de alguien querido, por lo que tiene de fracaso en
una relación. Como expone Mr. M. en su brillante libro El viaje del héroe, (www.opuslibros.org/nuevaweb, 1 noviembre 2003) cuando
describe los cuatro escenarios de la relación posible de una persona con la
Obra, sólo en el raro caso de rechazo mutuo en que ambas partes llegan a la
misma conclusión y en el el mismo momento, se puede dar una separación
amigable.
La despedida de
una institución tiene, por supuesto, unas características propias, porque no
hay un solo e intenso rostro respecto al cual hacer el duelo, sino muchos en
los que la institución se refleja, como las facetas de una piedra tallada,
respecto a los que no se da la intensidad afectiva que en una relación de
pareja o una amistad íntima, aún cuando pueda haber sentimientos afectuosos
hacia unas cuantas personas. La
institución aparece, pues, como la entidad abstracta, simbólica, (no por eso
menos real) con la que el sujeto se
vinculó. Pero no hay un tú concreto a
quien dar un abrazo de despedida, pedir explicaciones, o enviar una mirada de
reproche.
Al igual que lo
que ocurre con otras modalidades de pérdida, en algunos casos irse de la Obra
puede ser un paso que dé lugar a un proceso de duelo espontáneo que lleve a la
curación natural de la herida que la pérdida produce, como antes indiqué para
los duelos no complejos.
Ya dije que no es
para esos casos –más fáciles de darse cuando la despedida se realiza en buenos
términos- para quien escribo lo siguiente, sino para esos otros en que quien
sale tiene un sufrimiento añadido por la dificultad de la separación
misma. Sabiendo que cada caso es
diferente, contemplaré dos grandes categorías de despedidas difíciles.
Algunas de las
dificultades específicas que se pueden dar en el caso de la Obra, proceden de
unas peculiaridades diferentes a las de la mayoría de las instituciones. Entre otras cosas porque, aún cuando para el que se va, como dije, el proceso se
parece a una separación, sin embargo para ella -para los que permanecen- se
parece más a una muerte. Abundan las
expresiones dolidas por este hecho que pueden leerse en vuestra página de opuslibros (por ejemplo: Alef, 27 de
octubre de 2003; Tlin, 24 de enero de 2005; Dionisio, 20 de abril de 2005; Yoo,
15 de mayo y 13 de julio de 2005; Sobreviviente, 12 de agosto de 2005). Salirse de la Obra, en unos cuantos casos,
es ser dado por muerto, desde el punto de vista oficial. Más aún: se trata de un muerto reprimido, un
cadáver que no se puede llorar, un sujeto borrado de su historia y respecto al
cual no debe haber espacio para sentir su vacío. Así no hay que aceptar fracaso
alguno, ninguna revisión ni reflexión que hacer para una de las partes
implicadas. Esto complica y confunde más las cosas tanto para el que sale como
para el que permanece, puesto que es la negación de un pasado que existió
realmente. Es intentar cambiar lo que fue, manipular la historia. La “vida de la fama” a la que aludía Jorge
Manrique, el recuerdo del que murió, se borra de un plumazo en lugar de
permitirle ocupar un lugar entre los vivos mientras se fa difuminando
suavemente en el pasado. Ese tránsito,
que suaviza el dolor y que algunas tribus formulan como la presencia del espíritu
del muerto entre los suyos, durante un tiempo, en la Obra se suprime en forma
voluntarista. Es decir: se suprime si
se puede, porque para eso están las estratagemas del inconsciente y su
capacidad de dejar surgir los fantasmas de los muertos mal enterrados en
distintas formas. También es cierto que la pobreza afectiva de los vínculos
dentro de la Obra,
Y la “gota que derramó el vaso” se podría
decir que fue cuando el director me dio a entender que fuera como una máquina,
que olvidara mis sentimientos y que yo nada más obedezca y haga mis normas (Happy_2,
17 de octubre de 2005)
sus dificultades
para las confidencias intimas, recíprocas y espontáneas (¡qué expresivo Oscar
F. cuando –en su escrito de 1 de mayo de 2006- dice “me he vuelto un adicto al
afecto superficial”!), permite realizar esas proezas negativas con menos
dificultad que en otros casos. Las generalidades esfuman las características
propias del proceso individual y se hace lo que toca hacer, en base a las
exigencias de la “aristocracia del amor”.
La mayoría de las
personas que dejan la Obra –por lo que conozco, y por lo que deduzco de
vuestros escritos- se va de ella de forma voluntaria, y tras un lento proceso
de deliberación (o, en el lenguaje clásico, “discernimiento”). Pero no siempre es así. A algunas, por el contrario, les llega la
noticia de que se las quiere fuera de ella en forma intempestiva. Eso, ya de por sí, da lugar a dos tipos de
situaciones muy diferentes.
En el primer caso
la persona suele haber vivido un período de crisis interior muy fuerte, en el
que lo que primero son dudas, se van convirtiendo indefectiblemente en
certezas. Ese período sirve para ir
incubando la decisión. A veces, esa
decisión que ya está tomada y que no necesariamente se ha formulado conscientemente
la persona a sí misma, se manifiesta abruptamente a propósito de un acontecimiento menor, o no mayor que otros muchos
que la persona ha aguantado estoicamente.
Pero ahora la persona está interiormente lista para salir.
Una autora
especialista en Psicología Evolutiva desde el modelo analítico-transaccional,
Marge Reddington, explica algunos comportamientos del adolescente como un
proceso de ir acumulando rabia contra los padres a propósito de menudencias,
para poder reunir fuerzas para marchar de casa. Si fuera de otra forma, la pena de la despedida le impediría
romper la simbiosis que tiene con ellos. Y no es extraño que en las circunstancias actuales, en que en los
estudios sociológicos de adolescentes aparecen claramente distintos en este
punto a los de otras generaciones (valorando mucho la familia en que viven y
describiendo muy positivamente a sus padres) tarden tanto en irse de casa. Pues bien: el miembro de la Obra que está
viendo acercarse cada vez con mayor claridad el momento de su salida si quiere
permanecer psíquicamente íntegro y moralmente coherente, puede estar haciéndose
cada vez más sensible a las múltiples agresiones internas que la normativa de
la institución le supone, y hacérsele cada vez más difícil de soportar la
situación. Pero como no es un
adolescente, y se encuentra en el seno de una “familia” muy peculiar, lo tiene
difícil a la hora de expresar su rabia.
Eso significa cada vez un mayor desgaste interno y un debilitamiento de
las fuerzas necesarias para hacer frente a la salida, salvo que ya esté dándose
un proceso paralelo en que una relación naciente de pareja o un confidente
exterior aporten energía suplementaria, como ocurre en algún caso. Por eso, además de doloroso, la persona que
sale de la Obra suele estar exhausta, entre otras cosas por tener que luchar
los últimos pasos para la salida. Estos
últimos pasos pueden ser más o menos aceptables, a veces. En otras están jalonados de intentos de
desvalorizar y culpar al sujeto por parte de los representantes de la Obra (que
pueden fomentar una depresión), o de jugarretas en relación con el
reconocimiento de las tareas o estudios realizados, amenazas veladas o no tan
veladas, maldiciones del estilo “si lo dejas estás condenado a no ser feliz” y
otras lindezas similares (lo que yo llamo “la maldición del rejalgar”), que
pueden condicionar a una persona debilitada.
Por el contrario,
el sujeto a quien le comunican que –por las razones que sean, es decir, porque
a la Obra ha dejado de convenirle su pertenencia- tiene que salir, el proceso
de duelo se inicia bastantes veces con un shock,
y se parece más a lo que describí antes en el caso de las personas a quienes
les dicen abruptamente que alguien a quien quieren acaba de morir de
accidente. Hay un primer momento de
estupor (shock), que puede llevar a
congelar el duelo, ya que todo se detiene hasta poder comprender la realidad
que se está viviendo. Luego vendrán, si
todo va bien (como describen Gullo y Church, 1979) las etapas de pena,
adjudicación de culpa, resignación, reconstrucción y solución.
Voy ahora a
repasar las fases del apartado anterior -a la hora de realizar un duelo-, pero
refiriéndolos ahora, específicamente, a los que han dejado la Obra, sabiendo
que
Fase 1ª: Aceptar
el hecho de estar fuera de la Obra
Aceptar los
hechos, para el primer tipo de situación, consiste en reconocer que las
expectativas que llevaron a la persona a ingresar en la Obra están muy lejos de
la realidad que vive. No se trata de la
simple desidealización que vive cualquier pareja que siga un proceso normal,
cuando pasa la nube inicial que envolvía las carencias del otro, sino de la
desilusión profunda por la distancia entre lo anunciado y lo vivido, entre la
expectativa de compartir grandes ideales en un ambiente de libertad y coherencia,
y la dura realidad que muchos han vivido del encerramiento de esos ideales en
intrincadas normativas marcadas por la desconfianza y las reservas mentales (cuando
no por la mezquindad) y la exigencia de una sumisión acrítica a las mismas.
Aceptar los hechos,
frecuentemente, es asumir haberse engañado, haber caído ingenuamente en la
trampa de unas bonitas promesas acompañadas de poca información veraz y
concreta, haber pecado de credulidad y de exceso de buena fe. Pecado
especialmente habitual entre los adolescentes generosos y los jóvenes
magnánimos.
Yo me apunté a un opus que no existía, como
casi todos. Me hicieron creer una cosa por otra. Claro que no estoy exento de
responsabilidad. ¿Quién me mandó tragarme semejante anzuelo y aguantarlo
durante tantos años? (Dionisio 13 de mayo de 2005).
Aceptar los hechos
pudo conllevar también, antes de salir, aceptar algo especialmente duro: que
por más que se anhele que algo cambie sustancialmente en la dinámica de la Obra,
y por más que eso sea teóricamente posible y acorde con lo que dice de sí
misma, eso no se dará. Es constatar, en
la línea que muy sabiamene señala E.B.E. en su escrito del 11 de mayo de 2005,
que acaso nunca se perteneció a la Obra a la que se estaba entregando todo,
porque “ésa” nunca existió: se amó a un fantasma. Ahora toca despedirse de un
montón de humo. Y no hay sucesos mágicos, ni nada imprevisto ocurrirá, desde la
simple espera. Si el desencanto
profundo, la sensación de haberse equivocado o haber sido engañado, está ahí,
la espera pasiva no resolverá nada. Toca
tomar la iniciativa, porque nadie la tomará por el sujeto defraudado. Y asumir
la responsabilidad por la decisión.
Aceptar los hechos
es librarse de la duda de si se hubiera podido hacer algo diferente, para
evitar este momento. La respuesta, me
temo que es un rotundo “¡No!”.
La pena es que todo eso se podría haber
evitado. Hay muchos miembros dentro del Opus Dei que piensan exactamente así,
pero no se van aunque encuentren esas graves disfunciones del gobierno de la
Obra en Brasil, porque creen que se van a solucionar en el futuro... Yo también
pensaba así, sólo que en mi caso (como en el de tantos otros...), las mínimas
condiciones para continuar esperando ese día no me fueron ofrecidas (J.L.
16 de septiembre de 2003)
En eso, la
desvinculación de la Obra me recuerda lo que ocurre en el burnout o “síndrome del quemado”.
Es éste un fenómeno que se da básicamente en: a) personas que trabajan
en empresas o instituciones relacionados con la relación de ayuda o donde la interacción
humana tiene un peso importante.; b) esas personas son especialmente
responsables, cuidadosas, se implican mucho en realizar bien su profesión
(médicos, maestros, trabajadores sociales, psicólogos, etc.); y c) la
estructura en la que trabajan, pudiendo funcionar mejor (es decir, que no tiene
unos impedimentos técnicos o económicos para hacerlo) no lo hace (por pereza,
rutina, etc.), y con ello perjudica a los usuarios de la misma. El individuo que lo sufre se va tensando y
agotando por su afán de hacerlo bien y sentirse muy sólo en ese empeño y
frustrado por los resultados. Empieza a
no tener ilusión por ir a trabajar, a cuestionarse su valía profesional y a
volverse indiferente a la repercusión de sus servicios en el usuario. Los síntomas, exteriormente, se parecen a la
depresión, pero el contenido es bien distinto.
Conozco algunas de esas personas que han tenido que solicitar la baja
laboral y reenfocar su profesión posteriormente, para poder recuperar la
ilusión.
Algunas de las
personas que conozco que dejaron la Obra tienen bastantes de estos rasgos, y
les toca lidiar con la impotencia de cambiar la manera de hacer de ésta, en
cuanto es contradictoria con “el producto que se les vendió” para que entraran
en ella. Para remate, se trata de una
estructura integrada por sujetos que, cogidos uno a uno, son básicamente
buenos. El problema no está en la bondad sino en la ausencia de perspectiva y
pensamiento crítico, ausencia fomentada como virtud. El sujeto realmente “se quema” en sus intentos por lograr un poco
de coherencia en su espacio vital.
Y son esa desazón
y agotamiento, sin embargo, lo único que tiene como bagaje para emprender el
desgarramiento de la partida. Aceptar
los hechos es reconocer la impotencia irremediable frente a la Obra. Ella tiene más poder que el sujeto. Eso se suele vivir como una gran injusticia (¿por qué tiene que tener más poder, cuando
tiene menos razón?). Aceptar los
hechos es, entonces, aceptar que vivimos en un mundo injusto, y que hay que
aprender a situarse en él, sin dejarse atrapar en esa odiosa injusticia. Difícil e ineludible tarea, que puede dar
lugar a preguntas muy básicas y globales sobre la libertad, la existencia del
mal, la mentira y el engaño dentro y fuera de uno mismo, o el sentido de la vida
individual y colectiva. Aceptar los
hechos es, algunas veces, enfrentarse a estas preguntas.
Muy especialmente
esa fase incluye el hecho de aceptar que no se puede recuperar un tiempo que se
vive como perdido. Que la juventud, o
la parte central de la vida (la de una mayor plenitud de facultades físicas,
afectivas, intelectuales y prácticas), a veces muchos, muchos años, se han
entregado a… la nada, a una quimera, a un espejismo. Que eso es así y no hay vuelta atrás. Que no se puede borrar y reconstruir ese período, colocarse en el
momento del inicio del camino con la Obra y rectificar la decisión. Sólo se puede rectificar el futuro. ¡Y
cuántos esfuerzos y sinsabores ahora se ven faltos de sentido y se
podían haber ahorrado “si me hubiera dado cuenta antes” o, “si me hubiera
decidido antes”!
Pero el pasado no lo podemos abandonar, es nuestro, nos hemos ido
haciendo en él, nos explica y nos da sentido. El pasado honrado y el miserable
es nuestra vida, nos va haciendo día a día lo que somos, nos va dando el
sentido a nuestro existir, porque somos lo que somos porque hemos sido lo que
hemos sido…………..(C.V., opuslibros,
23 septiembre 2003).
En el segundo tipo
de salida, cuando se le comunica oficialmente a la persona que debe salir de la
Obra, que instancias superiores han decidido que no es su sitio, aceptar
interiormente los hechos puede llevar tiempo.
En el otro caso es la persona quien ha dado un ritmo a su separación y
puede sentirse protagonista de ella, porque lo es. En este caso le viene impuesto con independencia de su tiempo
interno, y la persona es ahora un sujeto pasivo. El sujeto activo de su des vinculación es “la Obra” esa
abstracción sin rostro, o con muchos rostros y bastantes de ellos invisibles
para quien sufre la decisión que ellos tomaron. Aceptar los hechos es asumir que hubo un proceso y enjuiciamiento
de su persona que transcurrió en la clandestinidad, mientras ella seguía
confiada en su pertenencia a la Obra. Y
también que en ese proceso –dado el sistema de chivatazos normativos que
caracteriza a la institución- se hurgó a sus espaldas en su vida interior, se
burlaron los límites éticos de la confidencialidad y se manosearon por quién
sabe qué desconocidos sus asuntos privados.
Es decir: ha habido una violación grupal (de la intimidad) en toda
regla. No quiero ni pensar en la
profunda herida que eso significa para el afectado. A pesar de que ya supiera cómo funciona en la Obra la cadena de
bisbiseo supuestamente inducido por la preocupación fraterna, y se haya
acostumbrado a ello.
Aceptar los
hechos, en este caso, es también aceptar que la Obra a la que ha entregado
tanto esfuerzo y renuncia no le considera “suficiente”. No es tan valioso para ser digno de ella.
¡Qué humillación! ¡Qué ataque a la autoestima!
Bien es verdad que en toda vocación religiosa hay un aspecto que implica
la aceptación de la comunidad en la que el sujeto se va a insertar, y que nadie
puede imponer su presencia a una institución que no la desea. Para esto está el proceso previo a su
aceptación. Para esto están los tiempos
de tanteo y prueba por las dos partes, el “noviazgo” que permita conocerse
mejor hasta formalizar un compromiso.
Pero cuando hay un compromiso por el medio, éste se supone que lo es
para las dos partes y que el que proceso de desvinculación debe ser conocido y
hablado por ambas. Pero ¿qué
pensaríamos de un matrimonio en que en uno de los cónyuges le dijera al otro
“Te he estado observando en secreto esta última temporada y he llegado a la
conclusión de que no estás a mi altura. Vete.
No admito conversación alguna. Y por cierto, yo me quedo con la casa y
los niños”?. En ese caso ¿no pensaríamos que se trata de un proceso prepotente,
inhumano y explotador? ¿No diríamos que no está tratando al otro como una
persona, sino como un kleenex, sin darle oportunidad de deliberar sobre las
expectativas del otro en las que ha fallado y limitarse a tirarle cuando ya no
le sirve? ¿No habría que hablar de
cinismo cuando en ese matrimonio uno de ellos observa algunas carencias en el
otro que no suponía, y en lugar de hablarlo y de ayudarle a superarlas se
limita a observarlo en la distancia para luego caer sobre él y apabullarlo?
¿Dónde está ahí el afecto? ¿Y qué otra
cosa son algunas de las expulsiones de la Obra sino un proceso de este estilo,
en que –tras un proselitismo en que se callan aspectos relevantes para seducir
al candidato o candidata- se decide su partida unilateralmente, sin darle
ocasión a expresarse? ¿Qué es eso sino un despido improcedente por parte de un
jefe déspota? ¿En qué se parece a las relaciones de “familia” que se supone es
la Obra? ¿Qué diríamos si en una
familia se expulsase a aquél de los hijos que no concuerda plenamente con el
modo de pensar o hacer del padre, o que cae enfermo en un momento dado? ¿Y si, además, la enfermedad estuviera
provocada por las costumbres alimenticias familiares? Pues algunos procesos de salida de la Obra son de esta guisa.
Aunque no todos
los casos de expulsión (digámoslo claro) son así: en algunos de ellos ha habido
previamente un “plante” por parte de éste consistente en desafiar criterios,
discutir normas de la institución, denunciar hechos o, irritar a la institución
y, en definitiva, buscar una respuesta por parte de la misma a través de la
provocación que convierte al sujeto en un “indeseable”. También se puede llegar
a esta categoría simplemente por enfermedad (ejemplos: Otaluto, y Opacan, en
sus escritos de 8 marzo 2006). Y la respuesta llega en forma de “despido”. La Obra es sensible a lo que denomina
“escándalo” y no se puede permitir una imagen que desdiga de la que ella tiene
de sí misma.
También se dan,
ciertamente procesos en los que la persona comprende que se ha equivocado
porque ha calculado mal sus fuerzas y los responsables correspondientes
dialogan en forma comprensiva y la persona queda libre de irse en forma
civilizada. Estos casos son la muestra
de que las equivocaciones –marca de lo humano- pueden ser resueltas sin
menoscabo de la dignidad de la persona.
Habrá pena o nostalgia, pero no resentimiento. No hay rasguños ni hematomas.
Y lo importante: el vínculo afectivo, más allá de las circunstancias, no
queda roto. Se puede pensar en la Obra,
o en el que se fue, positiva y agradecidamente. ¡Ojalá todas las despedidas
fueran así! ¡Y qué pocas conozco!
Aceptar el hecho
de estar fuera de la Obra es, en algunos casos, encontrarse que una de las
necesidades básicas, la de afiliación o pertenencia a un grupo (sólo superada
en prioridad de satisfacción por las necesidades biológicas y de seguridad,
según la pirámide de Maslow) ha quedado hundida. Falla el escalón que nos convierte en seres vinculados a otros
humanos. El sujeto deja de pertenecer a
la “familia” de la Obra, y su familia de sangre o de amistad puede haberse
sentido lo suficientemente despreciada –y haber vivido un vacío de relación tan
grande- como para no estar a la altura
de lo que entonces se precisa: recoger los trocitos rotos de la persona
interiormente destrozada y ayudarle a pegarlos. En otros casos, ahí están: padres, hermanos, amigos, dispuestos a
echar una mano. Más difícil si
pertenecen a la Obra, todo hay que decirlo, porque la sombra de la sospecha se
cierne sobre el que se va. Y quienes lo vivieron, lo saben.
Fase 2ª: Expresar
los sentimientos pendientes hacia la Obra
Quizá lo más difícil
de realizar en el proceso de dejar la Obra es expresar los sentimientos
pendientes. Cuando una pareja se separa
o dos personas rompen la amistad, hay un interlocutor al que mirar y al que –en
general- no dejan indiferente los sentimientos del otro.
Pero en el caso de
la Obra hay muchas personas concretas de quien despedirse. Y puede ocurrir que esas personas concretas
no estén disponibles o interesadas en despedirse. O, lisa y llanamente, prohibido el contacto con quien se va e
incluso se les impide que llegue información del interesado
comunicándoselo. Al sujeto que marcha
se le niega entonces la posibilidad de realizar esta fase, imprescindible para realizar
bien el duelo. Si tenía agradecimientos
o afecto que mostrar a unas cuantas personas
concretas que, sin duda, le trataron bien, y con las que acaso compartió
vivienda y trabajo durante años, se encontrará que tiene que guardárselos para
sí, pues la muralla de la incomunicación que puede haber erigido la Obra puede
ser infranqueable. ¡Qué despilfarro, tener que tirar a la basura los
sentimientos positivos hacia las personas, cuando tanta necesidad hay de ellos
en el mundo!
Borraron toda huella, todo trazo de mi paso
por allí y ¡si te he visto no me acuerdo!. Ni una llamada de las que tanto me
querían. Ni una palabra de aliento de las que "se hubieran dejado cortar un brazo por mi" (Halma,
16 agosto 2003).
Si tiene quejas o
reproches que hacer a alguna de ellas, lo mismo. El sujeto que se va tiene que cargar con ellos y apañárselas para
soportar su peso interior.
Algunos de los
sentimientos más que pueden darse en el proceso son:
Mas junto a estos
sentimientos, que habitualmente se dan en las rupturas de vínculos afectivos,
hay otros que si bien pueden estar en éstas, parecen darse con más frecuencia
cuando se trata de salir de la Obra:
Cuando comenzó mi larga lucha por abandonar
el opus dei me sentí cohibida, presionada, engañada, humillada, manipulada, y
cuando conseguí deshacerme de él me sentí rechazada, abandonada, herida,
psicológicamente violada (Ana, 28 febrero 2003).