Sobre los estudios internos

Haenobarbo, 7 de diciembre de 2009

 

 

Muchos y valiosos escritos ha habido en las últimas semanas, sobre el tema de los estudios internos en el Opus Dei, que sin ninguna duda, no es un tema menor. Voy a unir a ellos este, que procuraré enfocarlo desde una perspectiva distinta, en un intento de poner otra pieza en un rompecabezas, que por lo que se ve en lo hasta ahora dicho, provoca no pocas perplejidades.

 

Pero antes de entrar en materia, permítanme pedirle, a los pacientes lectores, una dosis adicional de paciencia, que consistirá fundamentalmente en dos cosas: la primera, tratar de despojarse por un momento de todo juicio previo, respecto a lo que sabemos por experiencia, que es el Opus Dei;  una institución de por sí bastante complicada y enrevesada, y esto, porque voy a tratar de enfocar el tema, no desde la óptica de la institución y de los fines que persigue con la forma de plantear los estudios internos, sino desde la óptica de la Iglesia y de la Iglesia preconciliar, que es la que tiñe a la Prelatura, aunque ésta como tal, haya salido precisamente de una decisión de los Padres Conciliares. 

 

Esta primera cosa que pido, es desde luego situarse en una especie de ciencia ficción, pero me parece que es necesario.

 

Y la segunda, es leer los textos que voy a citar: son un tanto farragosos por su estilo, pero sorprendentes y hasta cierto punto tremendamente actuales.  Quizá a alguno, además de darle razón del tema concreto, le dé no poco que pensar, respecto a esa clarividencia, muchas veces negada, de la Iglesia de Dios.

 

Estado de la cuestión.- Como se ha hecho notar en los diversos escritos hasta aquí publicados, los estudios internos, en el Opus Dei, son, por decir lo menos,  pobres. 

 

Pobres porque los profesores del Estudium Generale, no cumplen las expectativas que ordinariamente se espera en un maestro y en un maestro universitario.

 

Pobres también, porque el material didáctico que se ofrece para los estudios, no pasan de ser unos apuntes, que parecen fruto del arduo trabajo de copiar y pegar, tan de moda en nuestros días.

 

Pobres, porque toda discusión de la materia propuesta, está en la práctica, cuando menos desalentada sino expresamente prohibida. Eso de pasar eventuales preguntas por escrito, para que sean contestadas en otro momento, si el profesor lo considera oportuno, es realmente desalentador.

 

Pobres además, porque a diferencia de los estudios realizados en cualquier institución regular de enseñanza, son discontinuos: se realizan “a salto de mata” en las pocas semanas de los cursos anuales, por lo cual completarlos puede durar toda una vida, o en el mejor de los casos y en forma un poco más sistemática, en los dos años del centro de estudios, donde las carreras civiles de los alumnos, las ocupaciones internas y las tareas apostólicas, tampoco le dan a los estudios internos, una sistematización mínimamente adecuada.

 

Pobres en fin, porque no existe libertad para contrastar las propias dudas y las propias intuiciones, con diversos autores y con diversas opiniones.

 

Por otra parte, el Opus Dei vende a sus miembros la idea, de que son o al menos deben ser “la aristocracia de la inteligencia”, idea que por lo que veo en los escritos publicados, parece que es asumida por los miembros del Opus Dei, como una realidad incontestable y literal.

 

Llegados a este punto, me parece que es necesario puntualizar varias cosas, que quizá no estén tan claras (no es extraño, tratándose del Opus Dei) y que pueden dar razón, al menos en parte, de la desazón de algunos, respecto a los estudios internos.

 

1.- Los estudios internos en el Opus Dei, equivalen a los estudios que realizan los seminaristas en los seminarios diocesanos o los religiosos en las casas de estudios de sus congregaciones. Es decir, no son estudios propiamente universitarios o a lo más, son los estudios básicos que en una universidad pontificia, permiten acceder al grado de bachiller.  Son los estudios que darán acceso –previos los cursos universitarios regulares –  a las licenciaturas en filosofía, en sagrada teología o en derecho canónico.

Hago especial énfasis, en que son unos estudios básicos de filosofía y de teología, donde lo que se busca, no es obtener un especialista, sino una persona que pueda fundamentar algo más sólidamente, la razón de la doctrina católica tal como la enseña la Iglesia.

 

2.- No debe olvidarse, que los profesores del Estudium Generale, provienen del mismo, es decir, estudiaron lo mismo, de la misma manera y en las mismas condiciones:  por lo demás el objeto de sus clases, es única y exclusivamente el indicado en el punto anterior.

Será útil en otro momento, estudiar los precedentes del Estudium Generale de la Prelatura en otras instituciones de la Iglesia, particularmente en la Orden Dominicana y en la Compañía de Jesús, porque como en casi todo, el Opus Dei no es una creación ex nihilo de su fundador, como él y sus sucesores y apologetas pretenden hacer creer. Adelanto que el modo de dar las clases tiene ahí su reflejo.

 

3.- Los alumnos, por su parte, inician los estudios internos, en un momento, en el que a la organización le interesa fundamentalmente, mantener y fortalecer ese rasgo esencial de su espíritu, que es la laicidad. De esto se deriva que no se den mayores explicaciones respecto a los estudios internos. Debe evitarse a toda costa, que la “espiritualidad” propia del alumno se desvíe; que a su ser y sentirse plenamente laico, se le superponga el espíritu clerical. Hay que hacerlos y punto, de ahí que muchos se lo tomen como un simple trámite a cumplir.

Lo mas que se le dice, es que el fundador estableció que los estudios internos debían hacerse con el mismo rigor que en una universidad pontificia (nótese que no se dice jamás: que en un seminario diocesano). Al mismo tiempo, se lo acicatea para que en sus estudios universitarios civiles sea el mejor y se lo persigue a sol y sombra, para que destaque en esos estudios, que son su “anzuelo de pescador de hombres”.

Si a esto se suma que los estudios se hacen solo de tarde en tarde, en lugares poco convencionales para dictar clases, ya me dirán cuan en serio se pueden tomar unos estudios, cuya finalidad en la mente del estudiante es por lo demás, bastante difusa.

Hay miembros que a los 50 años aún no han terminado los estudios internos. A ésos les da lo mismo.

 

4.- No se le puede pedir a los estudios internos, en el nivel de Estudium Generale, las cualidades y virtudes de unos estudios propiamente universitarios. 

En este nivel, no hay lugar para discutir las últimas teorías del último filósofo de moda, porque el propósito de estos estudios es fundamentalmente apologético. A lo mas, se mencionará de pasada, que hay un chiflado por ahí que se atreve a decir tal o cual cosa.

En este nivel se trata única y exclusivamente, con el auxilio de “la recta filosofía”, razonar hasta donde sea posible, el misterio inefable de la Santísima Trinidad, o la posibilidad razonable de la coexistencia real y actual de dos naturalezas en Cristo, o como puede transustanciarse toda la materia del pan y toda la materia del vino, en el Cuerpo y Sangre de Cristo, etc., etc.

 

5.- Lo de la “aristocracia de la inteligencia” es una tontería, que solo puede dar lugar a una presunción vana. Aquí me parece que vale repetir aquello de que ser sabio no es lo mismo que ser erudito.  Francamente no entiendo que alguien se haya tomado en serio una cosa que, en el mejor de los casos, no pasa de ser una metáfora pedante.

 

Vamos ahora al meollo de la cuestión: cual ha sido y cual es la visión de la Iglesia, respecto a los estudios eclesiásticos, en el nivel primario al que nos hemos venido refiriendo.

 

Por una fracción de segundo, estuve tentado de escribir solamente “cual ha sido” en pasado, la visión de la Iglesia. 

 

Pero sólo fue una fracción de segundo – y me perdonarán que sobre esto personalice, porque no hacerlo sería hacerme traición- en la que me sentí infinitamente cobarde, si no escribía inmediatamente “y cual es”. Porque creo, aunque intuyo que muchos discreparán conmigo, que la visión que fue -porque no puede ser de otra manera-  sigue siendo exactamente la misma. Y me refiero solamente a la visión de la Iglesia como tal, no a la de tal o cual persona en particular por mas docta y respetable que sea.

 

Quizá han cambiado los modos de plantear las cosas, los modos de decir –a veces me parece que matizados por esa corrección política tan de moda en nuestros días- pero la intención es la misma y me parece que por razones obvias.

 

La preocupación de la Iglesia por los estudios efectuados bajo su alta dirección, históricamente ha sido constante y ha estado determinada por una parte, como es natural, por las fluctuaciones del pensamiento “laico” por decirlo de alguna manera y brevemente; por la aparición de nuevas líneas de pensamiento, también dentro de la Iglesia, que ocasionalmente y a pesar de la buena voluntad de sus gestores, claramente no llevaban a buen puerto;  por los cambios sociales, etc.

 

Voy a limitarme por lo pronto, a un arco temporal que abarca la primera mitad del siglo XX, que es cuando aparece el Opus Dei, cuando se desarrolla la función organizativa, actuada por su fundador;  en definitiva, cuando se fundan las líneas maestras que configuran la institución. 

 

Sin embargo, en el Magisterio Pontificio posterior, puedo asegurar que se encuentran, quizá expresados con palabras menos solemnes  y hieráticas, exactamente los mismos principios: el magisterio de Pablo VI –de cuya modernidad creo que no se puede dudar– en esta misma línea, es abundantísimo. Esto porque en la Iglesia Católica, la tradición es un hilo conductor que no se puede romper y que de hecho no se ha roto. Es fuente de la Revelación.

 

Coincide este arco temporal, con una de las épocas mas conflictivas, en el seno de la Iglesia, por lo que hace a las cuestiones doctrinales, con la aparición en primer lugar, del modernismo, que pretendía –sin duda con muy buena voluntad al menos en su fase inicial- conciliar el dogma con los postulados de las doctrinas liberales, utilizando para eso, categorías filosóficas que a la postre distorsionaban la recta explicación de los dogmas.  La aparición posterior de nacionalismos exacerbados o de la doctrina comunista.

 

Ya en 1879, León XIII había publicado la Encíclica Aeterni Patris, sobre la restauración de la filosofía cristiana conforme a la doctrina de Santo Tomás de Aquino, en la que entre otras cosas dice:

 

“Y, en verdad, el conocimiento y ejercicio de esta saludable ciencia, (se refiere a Santo Tomas, San Buenaventura y los Padres y Doctores de la Iglesia) que fluye de las abundantísimas fuentes de las diversas letras, Sumos Pontífices, Santos Padres y Concilios, pudo siempre proporcionar grande auxilio a la Iglesia, ya para entender e interpretar verdadera y sanamente las mismas Escrituras, ya para leer y explicar más segura y útilmente los Padres, ya para descubrir y rebatir los varios errores y herejías; pero en estos últimos días, en que llegaron ya los tiempos peligrosos descritos por el Apóstol, y hombres blasfemos, soberbios, seductores, crecen en maldad, errando e induciendo a otros a error, es en verdad sumamente necesaria para confirmar los dogmas de la fe católica y para refutar las herejías.» (las negritas son mías).

 

Posteriormente, y me refiero a esto solo de paso, vino la condena de los modernistas, en el pontificado de San Pío X, cuando obviamente se condena no solo las tesis modernistas, sino también los principios filosóficos que las sustentan y se establece como obligatorio el juramento anti modernista, para los profesores de seminarios, casas de estudios de las Congregaciones y Ordenes religiosas  y universidades pontificias, previo al desempeño del cargo. 

 

Práctica que se sigue, al menos hasta mi época, en el Estudium Generale del Opus Dei; juramento que también los alumnos de las facultades eclesiásticas deben prestar, antes de la obtención de los respectivos grados tanto en la Universidad de Navarra como en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. 

 

No me puedo olvidar del revuelo que se causó en el claustro de profesores de un Estudium Generale, cuando uno advirtió bien entrado un curso anual, que se habían olvidado de prestar el juramento antes de empezar a dictar la primera clase. A punto estuvieron de declarar nulo todo lo hecho hasta entonces:  menos mal, luego de largas deliberaciones sobre la validez de las clases hasta entonces impartidas, optaron por una especie de sanatio in radice:  cada profesor prestó el juramento y santas pascuas. Lo que son los escrúpulos….!!

 

Mas adelante, Pío IX, promulgó, en el período de entreguerras la Constitución Apostólica Deus scientiarum Dominus, que regulaba los estudios eclesiásticos en las Universidades Pontificias, y que estuvo en vigor hasta que Juan Pablo II, la abrogó, al promulgar la Constitución Apostólica Sapientia Cristiana, con el mismo objeto.

 

Es Pío XII, bajo cuyo pontificado se crearon los Institutos Seculares, quién con mayor amplitud tratará el tema de los estudios eclesiásticos, en ese período.

 

El 24 de junio de 1939, a poco de iniciar su pontificado, pronuncia una alocución dirigida a los profesores y alumnos de los Colegios Eclesiásticos de Roma, en la que clara e indubitablemente establece (todas las negritas son mías):

 

“Sabiamente se ha instituido y rigurosamente ha de cumplirse, que los profesores enseñen totalmente la filosofía racional y la teología y formen en ellas a los alumnos según el método, doctrina y principios del Angélico Doctor, y los sigan rigurosamente. Es tal la sabiduría del Aquinatense, que recoge en apretado haz y en maravillosa unidad las verdades de la razón iluminadas por luz superior; es tal, que se adapta perfectamente a la declaración y defensa de los dogmas de la fe; por ultimo, es tal, que sirve para derrotar y deshacer victoriosamente cualesquiera errores, en cualquier época que aparezcan. Por lo tanto, hijos directísimos, que vuestro animo esté lleno de amor y devoción a Santo Tomas; dedicaos con todas vuestras fuerzas a entender totalmente su luminosa doctrina; y abrazad de buen grado cuanto claramente le pertenece y con plena seguridad es fundamental en ella.”

 

Mas adelante prosigue el Pontífice:

 

“Hemos creído deber Nuestro recordar estos preceptos dados hace ya tiempo por Nuestros Antecesores e instaurarlos íntegramente donde todavía no se hubieren cumplido; a la vez que hacemos Nuestras las normas y avisos de los mismos Predecesores Nuestros, con que quisieron defender el progreso en la ciencia verdaderamente tal y la legitima libertad en los estudios. Aprobamos y recomendamos ciertamente que se adapte la antigua sabiduría a los nuevos intentos de las ciencias, en la medida necesaria; que se disputen libremente aquellas cuestiones sobre que suelen discutir los buenos intérpretes del Angélico Doctor; y que, para entender en su total plenitud los textos del Aquinatense, se empleen todos los recursos que ofrece la historia. Que nadie, por su sola autoridad, se erija como maestro en la Iglesia; que no exijan unos de otros mas de lo que a todos exige la Iglesia, maestra y madre de todos; que, finalmente, no se fomenten las vanas discusiones.

 

Cuanto os decimos sirve tanto para la verdad fundada en la fuentes divinas, cuanto para la que se apoya en los principios racionales; esto es, para ilustrar o defender los principios de la filosofía cristiana. A aquel relativismo que Nuestro Predecesor, de i. m., Pío XI, al igualarlo plenamente al modernismo dogmático y reprobarlo con todas sus fuerzas, llamo modernismo moral, jurídico y social -por cuanto ni admite ya una norma suprema de la verdad y del error, ni como inmutables las leyes del bien y del mal, de la rectitud y de la justicia, sino que mantiene que han de ser tales solo según la conveniencia de cada uno de los hombres, clases sociales, naciones y gentes-, a ese modernismo, decimos, debéis oponer impávidamente, cual cumple a los heraldos del Evangelio, las verdades perfectas, inmutables y absolutísimas, que provienen de Dios, y de las que se derivan necesariamente los derechos y deberes de los individuos, de la familia y de las naciones, sin los cuales no pueden subsistir la dignidad y la felicidad de la sociedad civil; y lograréis esto magníficamente, si estas verdades dominaren vuestras inteligencias de tal suerte que estéis dispuestos a no rehusar molestia alguna por ellas, como lo estáis a no rehuir ningún sufrimiento por los misterios de la santa fe.”ç

 

“Habéis de procurar también exponer la verdad en forma tal que sea rectamente entendida y asimilada, empleando siempre un lenguaje claro que nunca es ambiguo, evitando los vanos y nocivos cambios que tan fácilmente inficionan la sustancia de la verdad.

 

El 12 de Agosto de 1950, Pío XII, publica su encíclica Humani generis in rebus, sobre los errores de la llamada "teología nueva" que amenazan minar los fundamentos de la doctrina católica.

 

En el punto 5, al tratar de las obligaciones de los filósofos y teólogos católicos (no de los estudiantes de los seminarios) frente a las nuevas doctrinas, señala:

 

Los teólogos y filósofos católicos, que tienen el grave encargo de defender e imprimir en las almas de los hombres las verdades divinas y humanas, no deben ignorar ni desatender estas opiniones, que mas o menos se apartan del recto camino. Mas aun, es necesario que las conozcan bien, pues no se pueden curar las enfermedades, que antes suficientemente no se conocen; además en las mismas falsas afirmaciones se oculta a veces un poco de verdad; y por ultimo, esas falsas opiniones incitan la mente a investigar y ponderar con mas diligencia algunas verdades filosóficas o teológicas.

 

Pero como conoce el medio, añade:

 

Si nuestros filósofos y teólogos solamente procurasen sacar este fruto de aquellas doctrinas, estudiándolas con cautela, no tendría por qué intervenir el Magisterio. Pero, aunque sabemos que los doctores católicos en general evitan contaminarse con tales errores, Nos consta, sin embargo, que no faltan hoy quienes, como en los tiempos apostólicos, amando la novedad mas de lo debido, y también temiendo que los tengan por ignorantes de los progresos de la ciencia, intentan sustraerse a la dirección del sagrado Magisterio, y por este motivo están en peligro de apartarse insensiblemente de la verdad revelada y hacer caer a otros consigo en el error.

 

En cuanto a la teología, lo que algunos pretenden es disminuir lo mas posible el significado de los dogmas; y librarlos de la manera de hablar tradicional ya en la Iglesia y de los conceptos filosóficos usados por los doctores católicos; a fin de volver, en la exposición de la doctrina católica, a las expresiones empleadas por la Sagrada Escritura y por los Santos Padres. Esperan que así el dogma, despojado de elementos, que llaman extrínsecos a la revelación divina, se pueda comparar fructuosamente con las opiniones dogmáticas de los que están separados de la unidad de la Iglesia, y por este camino se llegue poco a poco a la asimilación del dogma católico con las opiniones de los disidentes.

 

Reduciendo la doctrina católica a tales condiciones, creen que se abre también el camino, para obtener, según lo exigen las necesidades modernas, que el dogma sea formulado con las categorías de la filosofía moderna, ya se trate del inmanentismo o del idealismo o del existencialismo o de cualquier otro sistema. Algunos mas audaces afirman que esto se puede y se debe hacer también por la siguiente razón: porque, según ellos, los misterios de la fe nunca se pueden significar con conceptos completamente verdaderos, mas solo con conceptos aproximativos y que continuamente cambian, por medio de los cuales la verdad se indica, si, en cierta manera, pero también necesariamente se desfigura. Por eso no piensan ser absurdo, sino antes creen ser del todo necesario que la teología, según los diversos sistemas filosóficos, que en el decurso del tiempo le sirven de instrumentos, vaya sustituyendo los antiguos conceptos por otros nuevos; de suerte que en maneras diversas y hasta cierto punto aun opuestas, pero, según ellos, equivalentes, haga humanas aquellas verdades divinas. Añaden que la historia de los dogmas consiste en exponer las varias formas, que sucesivamente ha ido tomando la verdad revelada, según las varias doctrinas y opiniones que a través de los siglos ha ido apareciendo.”

 

Enseñando que la Iglesia no puede ligarse a cualquier efímero sistema filosófico, añade:

 

“De lo dicho es evidente que estos conatos, no solo llevan al relativismo dogmático, sino ya de hecho lo contienen, pues el desprecio de la doctrina tradicional y de su terminología favorece ese relativismo y lo fomenta. Nadie ignora que los términos empleados, tanto en la enseñanza de la teología como por el mismo , para expresar tales conceptos, pueden ser perfeccionados y perfilados. Se sabe también que la Iglesia no ha sido siempre constante en el uso de unos mismos términos. Es evidente además que la Iglesia no puede ligarse a cualquier efímero sistema filosófico; pero las nociones y los términos, que los doctores católicos, con general aprobación, han ido componiendo durante el espacio de varios siglos, para llegar a obtener alguna inteligencia del dogma, no se fundan sin duda en cimientos tan deleznables. Se fundan realmente en principios y nociones deducidas del verdadero conocimiento de las cosas creadas: deducción realizada a la luz de la verdad revelada, que, por medio de la Iglesia, iluminaba, como una estrella, la mente humana. Por eso no hay que admirarse que algunas de estas nociones hayan sido, no solo empleadas por los Concilios Ecuménicos, sino también aprobadas por ellos; de suerte que no es licito apartarse de ellas.”

 

“Abandonar, pues, o rechazar o privar de valor tantas y tan importantes nociones y expresiones, que hombres de ingenio y santidad no comunes, con esfuerzo multisecular, bajo la vigilancia del sagrado Magisterio y con la luz y guía del Espíritu Santo, han concebido, expresado y perfeccionado, para expresar las verdades de la fe, cada vez con mayor exactitud; y sustituirlas con nociones hipotéticas y expresiones fluctuantes y vagas de una moderna filosofía que como la flor del campo hoy existe y mañana caerá; no solo es suma imprudencia, sino que convierte el dogma en una caña agitada por el viento. El desprecio de los términos y las nociones, que suelen emplear los teólogos escolásticos, lleva naturalmente a enervar la teología especulativa, la cual, por fundarse en razones teológicas, ellos juzgan carecer de verdadera certeza.”

 

Por desgracia, estos amigos de novedades fácilmente pasan del desprecio de la teología escolástica a tener en menos y aun a despreciar también el mismo, que tanto peso ha dado con su autoridad a aquella teología. Presentan este Magisterio como impedimento del progreso y obstáculo de la ciencia; y hay ya acatólicos, que lo consideran como un freno injusto, que impide el que algunos teólogos mas cultos renueven la teología.”

 

El 23 de septiembre de 1950, Pío XII promulga la encíclica Menti Nostrae, sobre la santidad y vida sacerdotal, en la que vuelve sobre el tema de la formación en las casas de estudio.

 

En la formación intelectual de los seminaristas, aun no olvidando los demás estudios, entre los que debemos recordar los pertenecientes a los problemas sociales, hoy tan necesarios, dése la máxima importancia a la doctrina filosófica y teológica, según la norma del Doctor Angélico, que deberá ir unida con un pleno conocimiento de los problemas y errores de nuestros tiempos .(Aquí digo yo, ese pleno conocimiento de los problema y errores de nuestro tiempo, no se da dejando al arbitrio del estudiante el manejo indiscriminado de los autores que los predican, sino mediante una guía adecuada, al menos en el nivel de estudios básicos).  El estudio de estas cuestiones y doctrinas es de suma importancia y utilidad, lo mismo para el espíritu del sacerdote que para el pueblo. Y los maestros de la vida espiritual afirman que tales estudios, con tal de que se enseñen del modo debido, son una ayuda eficacísima para conservar y alimentar el espíritu de fe, refrenar las pasiones, mantener el alma unida a Dios. Añádase que el sacerdote, que ha de ser la sal de la tierra y la luz del mundo, debe entregarse con todo empeño a la defensa de la fe, predicando el Evangelio y refutando los errores de las doctrinas adversas, diseminados hoy entre el pueblo por todos los medios. Mas no se pueden combatir eficazmente tales errores sino se conocen a fondo los inconmovibles principios de la filosofía y de la teología católica.

 

“Y en ello no esta fuera de lugar el recordar que el método de enseñanza que tiene ya tanto abolengo en las escuelas católicas, tiene particular eficacia así para dar conceptos claros como para demostrar que las doctrinas confiadas en sagrado deposito a la Iglesia, maestra de los cristianos, están entre si orgánicamente conexas y coherentes. No faltan, sin embargo, quienes actualmente, desentendiéndose de las mas recientes enseñanzas de la Iglesia, y descuidando la claridad y la precisión de las ideas, no solo se alejan del sano método escolástico, sino que abren el camino a opiniones falsas o falaces, como una triste experiencia demuestra.”

 

Para impedir, por lo tanto, que en los estudios eclesiásticos hayan de lamentarse vaivenes o incertidumbres, os exhortamos, Venerables Hermanos, a que vigiléis asiduamente para que las normas precisas dadas por esta Sede Apostólica sobre tales estudios sean fielmente acogidas y llevadas a la practica en toda su integridad.”

 

De lo citado hasta aquí, parecería que el Opus Dei, en la organización de los estudios eclesiásticos de sus miembros, y me refiero sobre todo a los alumnos del Estudium Generale, no ha hecho otra cosa que vigilar asiduamente, para que las normas precisas dadas por esta Sede Apostólica, sean fielmente acogidas y llevadas a la práctica en toda su integridad.

 

Otra cosa es el ancho campo de las intenciones, en el cual, varios de los que han aportado con sus escritos sobre el tema han incursionado.  Yo me he limitado a lo que dije al principio: a mostrar el pensamiento de la Iglesia respecto al modo en que debían desarrollarse esos estudios y las razones que exigían que se proceda de esa manera.

 

Otra cosa, son también, desde luego los estudios universitarios, en los que hay que distinguir, los estudios universitarios que realizan quienes van a recibir las ordenes sagradas dentro de la Prelatura; los estudios que realizan aquellos que, dentro de la Prelatura, se van a dedicar a la investigación filosófica o teológica y que serán catedráticos, por ejemplo, en los centros universitarios que tiene a su cargo, y los estudios que realizan aquellos, que por propia vocación profesional, se quieren dedicar por ejemplo a la filosofía.

 

Una queridísima amiga, a quien le comenté la idea de escribir estas notas, me decía, y la cito textual:

 

“…en la obra no aceptan, ni nos dicen, que esa "formación" tiene un objetivo institucional, sino que nos hacen creer que es la respuesta ultima o casi ultima... y es absolutamente cierto el carácter apologético de los estudios internos y la intención expresa de anular el pensamiento independiente y critico de cualquier miembro... lo vi  en mi propia vida y también en las de las que me rodeaban durante el centro de estudios y los demás centros... borrar las preguntas, no incomodar, calmar los ánimos... todos tranquilitos obedeciendo a las directoras...” .

 

Para evitar la sospecha del “objetivo institucional”, en el caso de que lo hubiera, ¿no sería mas sencillo darle a leer a los alumnos, los principios de la doctrina del magisterio de la Iglesia, en la que se fundamentan los estudios? ¿No sería mas práctico y desde luego mucho mas provechoso que los alumnos tuvieran muy claro porque se hace lo que se hace y la forma en la que se hace?. 

 

¿Si está ahí, si es público, si no es un secreto lo que la Iglesia pretende al establecer los principios, formas y métodos de la filosofía y la teología escolástica, como la base para los estudios eclesiásticos, y los peligros que ve en dejar librados esos estudios a la suerte?.

 

Y continúa mi interlocutora:

 

“si yo hiciera mi carrera de nuevo, te garantizo que seria de un modo absolutamente diferente... las humillaciones que me he comido por preparar exámenes con recensiones en vez de los libros de los autores... y la cantidad de planteos que me he perdido, la cantidad de posibilidades de crecer que me han quitado, la carrera profesional que me robaron...”

 

Es triste, muy triste, porque sé positivamente que ella, al igual que muchos otros en su situación, habrían dado mucho que hablar. Y aquí si hay una desconfianza crónica en la seriedad intelectual y moral de los miembros de la Prelatura. Cuasi modo geniti infantes

 

Y aquí si hay, me atrevo a decirlo, segundas intenciones: ¿qué diablos importan los estudios de esta numeraria, qué diablos importa las humillaciones que pase por no poder preparar debidamente sus asignaturas  si, al fin y al cabo, se va a dedicar a los trabajos de la administración, o a la dirección de un centro (de esas direcciones que ahora pretenden que nunca gobernaron) o a servir de oficial en una comisión, delegación o Asesoría?

 

La Obra… firme, compacta y segura…  eso sí, no le pasará, en este tema,  lo que a otras instituciones de la Iglesia  donde algunos, amando la novedad mas de lo debido, y también temiendo que los tengan por ignorantes de los progresos de la ciencia, intentan sustraerse a la dirección del sagrado Magisterio, y por este motivo están en peligro de apartarse insensiblemente de la verdad revelada y hacer caer a otros consigo en el error. 

 

Y así están desgraciadamente: instituciones que otrora fueron luz del mundo y sal de la tierra, sin norte ni guía. Al que le toque la flor… que se sonroje...!!

 

En el Opus Dei, si hubiera pasado o pasara con alguno…. ahí está la puerta…….

 

Haenobarbo

 

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