POSICIONES Y ARTÍCULOS

PARA LA CAUSA DE BEATIFICACIÓN

Y CANONIZACIÓN DEL SIERVO DE DIOS

ISIDORO ZORZANO LEDESMA

DEL OPUS DEI

Por José Luis Muzquiz, sacerdote numerario del Opus Dei – 1948-

 

XIX.-FAMA DE SANTIDAD

 

 

245.-En general-Ya desde niño tuvo el Siervo de Dios fama de virtud entre todos los que le conocían. Esta fama, no de su bondad temperamental, sino de su probada virtud, fué creciendo con el correr de los años de tal forma que muchos de los que le trataban llegaron a pronosticar su glorificación en los altares.

Ni uno solo de los socios del Opus Dei que le conocieron ha puesto en duda las virtudes heroicas del Siervo de Dios. Son de la misma opinión sus parientes, los médicos y demás personas que le asistieron en su enfermedad, y todos los que con él tuvieron alguna relación.

El mismo hecho de que no sorprendiese lo más mínimo a ninguna de las personas que le trataron en vida el

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comienzo del proceso de beatificación del Siervo de Dios, es buena prueba de la fama de santidad de que entre todos gozaba.

La veneración por el Siervo de Dios ha ido aumentando de día en día después de su muerte, al mismo tiempo que crece la confianza de los que acuden a él pidiendo su intercesión ante el Señor.

Todo lo cual será probado por testigos dignos de fe por haberlo visto, oído o leído, o que lo saben por ser cosa pública y notoria, los cuales indicarán, además, sus fuentes de información.

 

246.-En vida.-Causaba tal impresión la vida alegre, entregada y humilde del Siervo de Dios, que era corriente, cuando hablaban de él, el empleo de la palabra «santo». Se le tenía cariño y se buscaba su compañía; lo mismo sus maestros y sus padres, que más tarde sus jefes, compañeros y subordinados, todos le pusieron como ejemplo.

Fué en Málaga modelo para cuantos le conocían, tanto por su fidelidad en el cumplimiento de los deberes profesionales, como por su trato afable y cariñoso con todo el mundo, así como por su género de vida, apartada de las fiestas mundanas y reuniones de la sociedad malagueña. Los empleados, alumnos y obreros que el Siervo de Dios tuvo a sus órdenes en la Escuela Industrial y en los Talleres de Ferrocarriles, se inclinaban ante sus virtudes y reconocían la santidad de aquel jefe, modelo de hombres cristianos; respeto y admiración extraños en una época de tanta exaltación política cono la que el Siervo de Dios vivió en Málaga.

Sus subordinados en Madrid, tuvieron hacia él una veneración semejante.

Todo lo cual, etc.

 

247.-En vida: compañeros.- Sus compañeros tuvieron siempre una gran consideración al Siervo de Dios a causa de sus virtudes. Dice por ejemplo el ingeniero industrial don Federico Escario, que trabajó con él en Málaga y después en Madrid: «Si es cierto que era constante y perfecto en la observancia de sus obligaciones, dando

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ejemplo en todas partes, hay que hacer observar también su caridad para con el prójimo, especialmente con su compañeros y subordinados: prudencia en el obrar, respeto a los derechos de los demás. Alegre y optimista, laborioso, paciente, austero, no modesto sino modestísimo en su vida, y en fin, compendio de todas las virtudes».

Don José María la Rubia, ingeniero industrial y compañero también del Siervo de Dios, recuerda que con frecuencia decía: «si los santos andan por la calle, Isidoro es un santo». Añade que en cierta ocasión, unos ocho años antes de la muerte del Siervo de Dios, en que éste sufrió una contradicción de tipo profesional, comentó admirado con otro compañero la paz con que supo llevarla, diciendo: «Este Zorzano es un santo. Hemos de verle en los altares».

Todo lo cual, etc.

 

248.-En vida: en la Obra-En las relaciones con sus hermanos, ya antes de su larga y dolorosa enfermedad, trascendía a los demás la virtud del Siervo de Dios; y muy especialmente al final de su vida, cuando su caridad y su entregamiento habían alcanzado un grado eminente.

Uno de sus hermanos declara: «Puedo afirmar, desde luego, que no ha habido libro espiritual que me impresionara tan profundamente como el trato con Isidoro. Leía yo algunos libros sobre Santa Teresita del Niño Jesús; un día me di cuenta de que toda aquella doctrina la estaba viendo realizada con la mayor naturalidad por Isidoro. Isidoro era sin duda un santo, pues todo el ideal de santidad que me había sido presentado en libros, pláticas y ejercicios espirituales, se realizaba en él de manera perfecta».

La madre del Fundador, Doña Dolores Albás Blanc, de santa memoria, que con tan extraordinaria generosidad contribuyó hasta su muerte a la Fundación del Opus Dei, y que estaba acostumbrada a tratar a muchos de los socios

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de la Obra, decía del Siervo de Dios que «era un santo», apelativo que dada su no común ponderación adquiría especial valor en sus labios.

Todo lo cual, etc.

 

249. Durante su enfermedad (I).-Cuando el Siervo de Dios, enfermo de gravedad, hubo de ser trasladado a un Sanatorio, los socios de la Obra que vivían en Madrid se turnaban entre sí para hacerle siempre compañía. Además, los que desde distintas provincias se desplazaban a Madrid, no dejaban nunca de visitar al Siervo de Dios. De este modo, todos tuvieron mucho contacto con él y pudieron observar de cerca la santidad de su vida. Porque estas visitas y el cuidarle o velarle traían consigo continuas lecciones de amor de Dios, caridad, preocupación por las almas, presencia de Dios, alegría...

Todos consideraban una verdadera suerte pasar con él una noche en vela o prestarle alguna pequeña ayuda; al trasladarle en brazos desde la cama a un sillón, uno de sus hermanos pensaba que el Siervo de Dios recordaría en el Cielo este servicio, cuando él, a su vez, tuviese que pedirle algo. En sus conversaciones ponían extremada atención para que nada les pasase inadvertido, ni de su actitud ni de sus palabras, pues se daban cuenta de que hablaban con un santo, al que tenían la suerte de tratar. Al salir de estas visitas, encendidos con las palabras que le habían oído, las comentaban y las utilizaban como provechosos temas de meditación. Así fué creciendo la fama de santidad del Siervo de Dios.

Todo lo cual, etc.

 

250.-Durante su enfermedad (II).-El doctor don José María Hernández de Garnica, Director por aquella época de una de las Residencias que tienen a su cargo los socios del Opus Dei, al despedir a uno de los estudiantes que iba al Sanatorio, a acompañar al Siervo de Dios, le decía: «Cuídale bien, porque tienes en tus manos una reliquia».

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Otro de los socios del Opus Dei que se encontraba por aquellas fechas en Suiza, refiere: «Recibí una carta en enero de 1943 con la noticia de que Isidoro podía dejarnos de un momento a otro, pues estaba gravísimo. Recuerdo que me impresionó vivamente y procuré encomendarle, aunque estaba seguro de que iría derecho al Cielo».

Los sacerdotes que le atendieron quedaban admirados de las virtudes del Siervo de Dios. Entre ellos se cuentan el P. López Ortiz, O. S. A., actualmente Obispo de Tuy; el P. Aguilar, O. P., y el P. Toral, ya fallecido, Rector de un Colegio de PP. Escolapios, que fué varios días a llevarle el Señor al Sanatorio, quedando siempre impresionado por la santidad del Siervo de Dios.

Tanto el médico de cabecera, como los médicos de los distintos Sanatorios por los que pasó, manifestaban con entusiasmo la impresión que el Siervo de Dios causaba en ellos. «Siempre que entro en su habitación -decía el doctor Palos, director de uno de los Sanatorios- me recibe sonriendo y con bromas. El que lo vea creerá que está tranquilo, pero yo sé que tiene sufrimientos rabiosos. Este no es un enfermo, es un santo».

Todo lo cual, etc.

 

251.-En vida: se le encomendaban asuntos.-Por la fama de santidad de que gozaba, era frecuente encargarle asuntos para que los encomendase al Señor en su oración; e incluso algunos enfermos apoyaban su petición de salud en los méritos del Siervo de Dios. Por la misma razón, sus hermanos en la Obra deseaban vivamente estar con él y solían visitarle acompañados de aquellos amigos con quienes hacían su labor de apostolado, seguros de que nada había de moverles tanto como una visita al Siervo de Dios.

Escribía un socio del Opus Dei, refiriéndose a un asunto que le tenía encomendado: «La cosa va viento en popa... Se nota que llega la ayuda desde la Cruz del

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Rayo...», barrio en que estaba situado el Sanatorio de San Fernando, donde residía el Siervo de Dios.

Durante su enfermedad recibió el Siervo de Dios en el Sanatorio visitas de varias personalidades eclesiásticas, entre ellas las del Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá y las del Excmo. Sr. D. José María Bueno Monreal, actualmente Obispo de Jaca. El Señor Obispo de Madrid-Alcalá y otros Señores Obispos le pedían con frecuencia que encomendase al Señor en la oración asuntos particulares suyos; y entonces el Siervo de Dios se negaba a tomar calmantes que pudieran aliviar sus dolores, y ofrecía otras mortificaciones.

Todo lo cual, etc.

 

252.-En su muerte (I).-La opinión de santidad que del Siervo de Dios tenían cuantos le venían tratando se manifestó plenamente con motivo de su muerte.

Las Hermanas del Sanatorio de San Francisco velaron su cadáver y no se recataban de decir que «era un gran santo», y otras frases semejantes. Rezaron el Rosario ante su cuerpo, impresionadas y con honda emoción, particularmente expresiva en personas acostumbradas a tales trances por su misión de enfermeras.

El señor Romero Santana, que trabajó como Profesor de la Escuela Industrial de Málaga con el Siervo de Dios, escribía con ocasión de su muerte: «Si hubiese en la vida muchos hombres como don Isidoro, no hubiéramos llegado a momentos tan amargos como los que actualmente vive el mundo».

Poco antes del entierro del Siervo de Dios se presentó en el depósito una señora, y acercándose a uno de los que se encontraban allí le dijo: «¡Qué santo era: era un santo de verdad! Yo no soy de su familia, pero estuve refugiada en su casa durante la guerra. ¡Era un santo!».

Todo lo cual, etc.

 

253.-En su muerte (II).- La noticia de la muerte del

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Siervo de Dios llegó rápidamente a todos los socios del Opus Dei. Uno de ellos refiere: «Todavía recuerdo la alegría que me produjo -aun doliéndome perder un hermano aquí en la tierra- el telegrama que me comunicaba la muerte santa de Isidoro. No dudé ni un momento de que teníamos un gran valedor en el Cielo». Sentimientos parecidos expresaban todas las cartas que el Fundador recibió en aquellos días: «Recibimos su telegrama con la noticia de la muerte de Isidoro. No nos puede producir sino mucha alegría pensar que tenemos otro hermano en el Cielo, y que encomendará nuestros asuntos con empeño. Nos ha dejado como ejemplo su vida, llena de virtudes para imitar».

En casi, todas estas cartas se recoge el hecho de que la muerte del Siervo de Dios ocurriese en la víspera de una fiesta de la Virgen, y se interpreta como una delicadeza de la Señora, que deseó que su hijo entrase en el Cielo en un día dedicado a Ella, y precisamente bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen, cuyo escapulario él había llevado constantemente.

Todo lo cual, etc.

 

254. Duda de hacer sufragios.-Por el alma del Siervo de Dios se ofrecieron numerosos sufragios, como prescriben las Constituciones del Opus Dei. No obstante, al escribir los socios de la Obra al Fundador comunicándole que se habían ofrecido o se iban a ofrecer tales sufragios, unánime y espontáneamente manifestaban su convencimiento de que eran innecesarios, pues el Siervo de Dios habría ido derecho al Cielo.

Así, el Dr. D. Raimundo Panikker decía: «Acabo de recibir el telegrama anunciando la muerte de Isidoro. Procuraré que mañana tengamos Misa en casa en sufragio por su alma, aunque estamos todos convencidos de que es él ya quien ruega por nosotros». Y otro socio del Opus Dei escribía: «Me extrañé cuando me dijeron que ofreciera

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sufragios por su alma, pues al enterarme de su muerte pensé que no los necesitaría».

Todo lo cual, etc.

 

255.-Avidez por conservar reliquias del Siervo de Dios (I).-Los que le conocieron han buscado con avidez objetos y recuerdos del Siervo de Dios, para conservarlos con la veneración con que se guardan las reliquias de los santos.

El R. P. López Ortiz, O. S. A., al ser preconizado Obispo de Tuy, solicitó del Fundador con gran interés un trozo del anillo que el Siervo de Dios había llevado hasta su muerte, para fundirlo en su Anillo Pastoral.

Uno de los compañeros del Siervo de Dios en la Red Nacional de Ferrocarriles recuerda que cuando, momentos antes de cerrar el ataúd del Siervo de Dios, se acercó un Sacerdote y cortó un trozo de la sábana que le servía de sudario, él comentó: «Ese piensa como yo, que es un santo».

La dueña de la pensión en la que el Siervo de Dios vivió durante su estancia en Málaga, conserva una estampa con la imagen de Nuestro Señor Jesucristo que aquél le llevó de Madrid, y muchas veces encomienda asuntos al Siervo de Dios rezando ante dicha imagen.

Otras personas guardan devotamente un pañuelo, un rosario u otro objeto que han podido conseguir de los que usaba el Siervo de Dios.

Todo lo cual, etc.

 

256.-Avidez por conservar reliquias del Siervo de Dios (II).-Esta avidez por conservar reliquias del Siervo de Dios se observa también entre sus hermanos.

Todos los que han tenido oportunidad de conseguir algún manuscrito del Siervo de Dios lo conservan con gran veneración: así se guardan amorosamente los borradores de las notas escritas de su puño y letra cuando, poco antes de ser trasladado al Sanatorio, estuvo trabajando

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en la clasificación de unos proyectos de ingeniería.

Cuando enferma de cierta gravedad algún socio del Opus Dei, es ya costumbre que pida y guarde consigo un pedazo de la ropa o de la sábana que sirvió de sudario al Siervo de Dios. Los parientes de los miembros de la Obra y otras muchas personas, muestran el mismo interés por las reliquias del Siervo de Dios.

El Crucifijo, el lapicero, la pluma estilográfica, en una palabra, los objetos que usaba el Siervo de Dios, han sido entregados a otros socios de la Obra, que los conservan con gran veneración, sirviéndose de ellos, además, para recordar con más frecuencia al Siervo de Dios y pedirle confiadamente la solución de los asuntos que les preocupan.

Todo lo cual, etc.

 

257.-Fama después de su muerte.-La fama de santidad que el Siervo de Dios había gozado en vida no sólo no se ha desvanecido después de su muerte, sino que ha ido creciendo y afianzándose con el tiempo.

Un abogado de Málaga, don José de Guindos Camacho, que no conoció al Siervo de Dios, escribe a un sobrino suyo una carta, a la que pertenece el siguiente párrafo: «En la Escuela Industrial se habla ahora mucho de un tal señor Zorzano. Dicen todos que era un santo. Cuantos le trataron coinciden en que se trataba de un hombre extraordinario. ¿Sabes algo de esto?».

En enero de 1948, el Canciller Secretario del Obispado de Vitoria escribe al Secretario General del Opus Dei hablándole del Siervo de Dios -a quien apenas había conocido- como de una «persona excepcional en virtud».

Los que le conocieron le encomiendan, con gran confianza en su intercesión, asuntos de toda índole: enfermedades, problemas económicos, familiares, etc.

Todo lo cual, etc.

 

258.-Compañeros.-Habiéndose desarrollado la actividad

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del Siervo de Dios muy especialmente en el terreno profesional, son sus compañeros de trabajo los que más motivos tienen para juzgar de la santidad de su vida. Y en efecto, ellos son los que más vivamente han manifestado su íntima persuasión de que la Iglesia llegará un día a glorificarle.

«Zorzano era un santo»; «es un santo; no me extrañaría que cualquier día lo viésemos en los altares»; «yo soy un lego en estas cuestiones, pero si hay alguien canonizable tiene que serlo Isidoro; su semblante después de muerto me impresionó; conservaba la misma paz de siempre». Estas y frases parecidas se encuentran con frecuencia en labios de los ingenieros de la Red Nacional de Ferrocarriles. Al hablar de él con sus compañeros, sólo se escuchan elogios que confirman las impresiones tantas veces manifestadas durante su vida y enfermedad por cuantos tuvieron ocasión de conocerle.

Todo lo cual, etc.

 

259.-Subordinados: Málaga.-Sus obreros, las sirvientas de la pensión en Málaga, sus alumnos, todos los que fueron sus subordinados por cualquier concepto, guardan un recuerdo imborrable de la bondad del Siervo de Dios, a pesar de haber transcurrido doce años desde que abandonó esa ciudad.

Don Emilio Puentedura, empleado de la oficina de Ferrocarriles de Málaga, al enterarse de que se había iniciado el proceso de beatificación del Siervo de Dios, decía: «Es lo que se merece.» Y una sirvienta de la pensión de Málaga afirma: «Era un santo».

Era opinión común entre los que le trataban, que en el Siervo de Dios no se podían encontrar defectos ni reacciones humanas que contradijesen alguna virtud, y que, por el contrario, era fidelísimo en el cumplimiento de sus obligaciones. De boca de los obreros que trabajaron a sus órdenes pueden recogerse frases como las siguientes, referidas al Siervo de Dios: «En Talleres no tenía más

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que amigos... Nadie puede hablar mal de él... Ningún obrero podrá tener queja alguna». «Ningún defecto... Nada malo...». Y lo mismo en la Escuela Industrial. Durante los dos cursos -dice uno de sus alumnos- no ocasionó «ni un solo motivo de contrariedad para ninguno». Un antiguo obrero suyo, hablando de su labor en los Talleres de Málaga, dice: «Don Isidoro era un santo. Se puede asegurar que no habrá nadie que haya tratado con él y haya quedado disgustado. Su mayor satisfacción era agradar».

Los testimonios se multiplican y en todos se encuentra la misma idea: el Siervo de Dios «era un santo»; en toda su conducta nada se puede hallar que desdiga del elevado concepto en que era tenido por todos.

Todo lo cual, etc.

 

260.-Subordinados: Madrid.-De la misma fama y prestigio que tuvo en Málaga disfrutó también entre los agentes ferroviarios que prestaban servicio a sus órdenes en Madrid. Dicen éstos que tenía fama de santidad por su extrema bondad, respeto y cariño para con todos, por su laboriosidad y espíritu de trabajo, así como por su austeridad y modestia. «Nos perdonaba las faltas cometidas y nos ofrecía con toda confianza y desinteresadamente su enseñanza y su ayuda en todo cuanto estudiábamos. Nos favorecía a todos en cuanto podía y para él no existían diferencias de categoría social; a todos nos atendía con cariño. Soportaba con entera resignación los sufrimientos que padecía, y su muerte fué muy sentida por sus compañeros y subordinados y por cuantos tuvieron el honor de conocerle y tratarle».

El dependiente de un comercio donde solía hacer compras el Siervo de Dios, dice: «Don Isidoro era un santo, y yo lo había dicho siempre. No sé qué tenía su presencia y su sonrisa que producía en mi una sensación especial». Y otro testimonio dice: «Daba la sensación del buen misionero que marcha por el mundo convirtiendo almas».

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Todo lo cual, etc.

 

261.-Sacerdotes y religiosos.-Por sus obras de caridad en Málaga tuvo relación el Siervo de Dios con las Religiosas Adoratrices. Una de ellas recuerda que: «Se le veía siempre recogido en su interior, como atraído por un ideal fijo y sobrenatural, demostrando a la vez una santa indiferencia respecto a todo lo terreno y humano. Sus conversaciones resultaban provechosas, fervorosas y amenas, dejando en los que las oíamos una paz y-bienestar grandes, junto con el deseo de imitarle, viviendo como él, más en la eternidad que en el tiempo. Sobresalía en el amor a los pobres y desgraciados, favoreciéndoles con sus limosnas y consolándoles con sus palabras, siempre humildes, dulces y compasivas. En Málaga era muy apreciado de todos cuantos le conocían por sus relevantes cualidades y su vida ejemplar».

El R. P. López Ortiz, O. S. A., hoy Obispo de Tuy, confesor del Siervo de Dios durante su enfermedad, manifestaba después de su muerte que hubiera sido para él muy consolador poder «ver los despojos de un santo, bien santo, Como yo bien sé... Su protección se ha de empezar a notar sobre nosotros». Al día siguiente de la muerte del Siervo de Dios escribía desde El Escorial: «He tenido presente al querido hijo en los momentos de la Consagración, con gran consuelo de mi alma; ¡qué envidia!».

El R. P. José Manuel Aguilar, O. P., en una visita que hizo al Campamento de las Milicias Universitarias de La Granja, el 17 de julio de 1943, contaba a algunos estudiantes miembros del Opus Dei detalles del fallecimiento del Siervo de Dios, ocurrido dos días antes, y les decía que él había experimentado una santa envidia cuantas veces había penetrado en su alma.

Todo lo cual, etc.

 

262.-Otros testimonios.-Don Manuel Sáinz de los Terreros, ingeniero de Caminos que convivió con el Siervo

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de Dios, dice de él que era «un alma extraordinaria, llena de sencillez y amor a Dios y al prójimo, y entregada totalmente al apostolado del Opus Dei; fué una de esas almas que llegan a la santidad cumpliendo con perseverancia sublime todas las obligaciones, hasta las más pequeñas, de su estado y condición».

«Cuando hablaba con él -dice uno de sus jefes de Ferrocarriles- experimentaba una sensación de descanso en medio de mi vida de actividad, preocupaciones y trabajo».

Dice de él don Francisco Cantera, catedrático de la Universidad de Madrid, que le conoció después de la guerra: «En todo momento me dió Isidoro impresión de persona ascética y muy mortificada, de intensa vida interior y recio prestigio moral. Su rostro, iluminado tantas veces por una suavísima sonrisa, me pareció siempre expresión característica de su hermosa alma limpia».

El médico de cabecera, doctor Serrano de Pablo, dice: «Si Isidoro no fuese santo, ¿quién lo iba a ser?; un verdadero santo, apóstol de la humildad y de la paciencia; en él sobresalían la sencillez, la extremada humildad y la inmensa caridad, resumida en tres palabras: era todo corazón».

Todo lo cual, etc.

 

263. En el Opus Dei.-A propósito del Siervo de Dios, pueden comentarse su humildad, su valía profesional, su enorme espíritu de sacrificio y mortificación. Pero sus hermanos, al cabo de cinco años de su muerte, conservan el recuerdo de todas estas cosas fundido en una idea muy concreta: «Isidoro fué un santo».

Existe en muchos el convencimiento de que el Siervo de Dios murió conservando la inocencia bautismal.

«Mi juicio sobre Isidoro -dice uno de sus hermanos- es: un santo muy grande que ha llegado a la santidad cumpliendo sus deberes cotidianos y oscuros con mucho amor a Dios: es el espíritu de la Obra llevado a la práctica».

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Su vida dentro del Opus Dei, la paciencia con que llevó su enfermedad, sus escritos, sus palabras, todos los recuerdos que de él conservan sus hermanos han sido repetidamente puestos como ejemplo a aquellos que han ingresado en el Opus Dei después de la muerte del Siervo de Dios. Y todos en la Obra tienen la certeza moral de que algún día verán al Siervo de Dios glorificado por la Santa Iglesia.

Todo lo cual, etc.

 

264.-Confianza en su intercesión y deseo de que sea glorificado.-Aún en vida del Siervo de Dios era frecuente que sus hermanos le pidieran que encomendase en su oración asuntos que les preocupaban. Esta confianza en su intercesión creció durante la enfermedad, y cuando estaba ya próxima su muerte, el Fundador le encargó que intercediese en el Cielo delante del Señor por algunas necesidades de la Obra. Muchos acontecimientos en los años que siguieron a su muerte difícilmente pueden explicarse sin admitir una eficaz intervención del Siervo de Dios. Esto ha contribuido a aumentar la confianza en su intercesión, hasta el punto de que acudir a él ha llegado a ser habitual entre los socios del Opus Dei. Su tumba es visitada frecuentemente para rezar ante ella pidiendo al Señor favores por su intercesión; y la frase «habrá que encomendárselo a Isidoro» es corriente cuando se habla de algún problema grande pequeño.

Esta confianza en el Siervo de Dios existe también entre personas ajenas a la Obra, que, o bien le han conocido, o tan sólo han tenido noticias de él.

Un ejemplo de esta fe que muchas personas tienen en el Siervo de Dios es el hecho siguiente: en Zurich, el profesor A. L. fué atropellado por un coche y arrastrado por él un cierto trecho. «Cuando me levanté -dice el interesado- sentía una alegría muy distinta a la del hombre que sale ileso. Pensando en la ayuda de Isidoro comprendí que no podía haber pasado nada. Fué éste un pensamiento

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inmediato; y en efecto, el accidente no trajo consigo más que un roto insignificante en la americana».

Íntimamente unido con esta confianza está el deseo de todos los que le conocieron o trataron de que sea beatificado y puesto en los altares, y de esta manera mueva a las almas a buscar la perfección cristiana en la santificación del trabajo ordinario.

Todo lo cual, etc.

 

265.-Aumenta su fama de santidad.-Al tiempo que la fama de sus virtudes, se ha ido extendiendo la opinión de santidad del Siervo de Dios, sin que en ningún momento se hayan empleado medios artificiosos para mantener esta fama. Y sin que nunca se haya permitido nada que pudiese suponer culto público en su honor, o deseo de anticiparse a los juicios de la Santa Madre Iglesia. Esta fama ha ido creciendo no sólo entre sus hermanos y las personas que convivieron con él en los últimos años de su vida, sino también entre sus compañeros de estudio, sus obreros y alumnos de Málaga, los antiguos asilados de aquella capital, etc., que a pesar de los años transcurridos conservan viva la imagen del Siervo de Dios como la de un hombre modelo en todos los aspectos. Asimismo esta fama de santidad ha atravesado las fronteras, y va extendiéndose desde España a muchas otras naciones: Francia, Inglaterra, Irlanda, Italia, Portugal, Suiza, Argentina, Canadá, Cuba, Estados Unidos, Méjico, etc., etc.

Todo lo cual será probado por testigos dignos de fe por haberlo visto, oído o leído, o que lo saben por ser cosa pública y notoria, los cuales indicarán, además, sus fuentes de información.

 

<<Capítulo XVIIICapítulo XX (último)>>

 


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