¿Malos pastores para el Opus Dei?

Federico, 8 de diciembre de 2006

 

 

       No hay forma de agradecer suficientemente a Opuslibros, la oportunidad que nos da, de poder leer todos esos documentos internos secretos del Opus Dei. Ni tampoco a esos miembros de la Obra que en un acto de conciencia cristiana, que siente repugnancia de lo oculto y secreto, han facilitado esos documentos. Hay que citar al respecto la voz de Dios en las Escrituras, que por boca de Pablo dice: «Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas. Porque lo que éstos hacen en secreto da vergüenza decirlo; y al ser denunciadas, quedan al descubierto. Pues todo lo que queda descubierto es luz. Por lo cual está dicho: “Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará”». (Ef. 5, 8-14).

 

       Al leer la publicación interna de la Obra llamada Cuadernos 3 (“Vivir en Cristo”), me han sorprendido el concepto y las afirmaciones que sobre el sacramento de la Penitencia y los confesores, aparecen en el apartado denominado “el buen pastor” (p. 130), del capítulo 16 (“La Confesión).

       se dicen cosas en ese apartado, que no me parece que puedan aceptarse sin repugnancia, dentro de lo que es la doctrina de la Iglesia sobre el sacramento del perdón:

 

              «Todos mis hijos tienen libertad para confesarse con cualquier sacerdote aprobado por el Ordinario, y no está obligado a decir a los Directores de la Obra que lo ha hecho. ¿Uno que haga esto peca? ¡No! ¿Tiene buen espíritu? ¡No! Está en camino de escuchar la voz del mal pastor».

 

       No entiendo cómo puede calificarse a un confesor de la Iglesia Católica como mal pastor para un católico. Esto es contrario a la doctrina expresada en el Catecismo de la Iglesia Católica (C.I.):

 

              «1465 Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador».

 

       ¿No será que el concepto, que de este sacramento se tiene en el Opus Dei, es otro que el de la Iglesia? ¿No será que se quiere gravar la conciencia de los fieles con una finalidad del sacramento, que no es la propia del perdón de los pecados y la reconciliación con la Iglesia?:

 

              «1422 “Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones” (LG 11)». (C.I.).

 

       Todavía me parece más grave, cuando se citan las Escrituras, como apoyo en la argumentación que califica de mal pastor a un confesor ajeno al Opus Dei:

 

              «A la luz de esas palabras, dictadas por el amor a nuestra santificación, seguimos desentrañando la parábola evangélica. ¿Y no podrían ir otros pastores a buscar a mis ovejas y apacentarlas bien? No. El Señor lo dice terminantemente: qui non intrat per ostium in ovile ovium, sed ascendit aliunde, ille fur est et latro (Ioann. X, 1); quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, es un ladrón y salteador. ¿Acaso no podrá ir alguno de buena voluntad a dar una ayuda, a tomar un hatillo de ovejas y darles buen pasto, y volverlas al redil? No. ¡No! Y no soy yo quien lo dice, sino el mismo Señor. Los que no tienen misión dada por los Directores, no son buenos pastores, aunque hagan milagros».

 

       ¿Y no podrían ir otros pastores a buscar a mis ovejas y apacentarlas bien? No. El Señor lo dice terminantemente (...)”. Me sorprende ese espíritu posesivo que, en vez de asegurar que las ovejas son de Cristo, afirma “mis ovejas” y después lo confirma “terminantemente” con palabras de “El Señor”.

       Los que no tienen misión dada por los Directores, no son buenos pastores, aunque hagan milagros”. Es una afirmación difícil de aceptar: ¿se supedita Dios a los directores del Opus Dei, para regalar algunos de sus dones a sus criaturas? ¿El hacer milagros (manifestación de la omnipotencia divina), carece de importancia ante la misión de dirección en el Opus Dei? Pero, bueno, ¿qué se está diciendo?

          El C.I. sobre los sacramentos dice: «1128 Tal es el sentido de la siguiente afirmación de la Iglesia (cf Cc. de Trento: DS 1608): los sacramentos obran ex opere operato (según las palabras mismas del Concilio: "por el hecho mismo de que la acción es realizada"), es decir, en virtud de la obra salvífica de Cristo, realizada de una vez por todas. De ahí se sigue que "el sacramento no actúa en virtud de la justicia del hombre que lo da o que lo recibe, sino por el poder de Dios" (S. Tomás de A., STh 3,68,8). En consecuencia, siempre que un sacramento es celebrado conforme a la intención de la Iglesia, el poder de Cristo y de su Espíritu actúa en él y por él, independientemente de la santidad personal del ministro. Sin embargo, los frutos de los sacramentos dependen también de las disposiciones del que los recibe».

 

              «Hemos de saber reconocer la voz del buen pastor, esos silbos amorosos, familiares, de quien podrá conducimos al redil, y cuidarnos y devolvernos la vida quizá perdida, o mejorarla, y curarnos de dolencias y flaquezas. Vosotros iréis a sacerdotes hermanos vuestros, como voy yo. Y les abriréis el corazón de par en par -¡podrido, si estuviese podrido!-, con sinceridad, con ganas de curaros; si no, esa podredumbre no se curaría nunca. Si fuésemos a una persona que sólo puede curarnos superficialmente la herida... es porque seríamos cobardes, porque no seríamos buenas ovejas, porque iríamos a ocultar la verdad, en daño nuestro. Y haciéndonos este mal, buscando a un médico de ocasión, que no puede dedicarnos más que unos segundos, que no puede meter el bisturí, y cauterizar la herida, también estaríamos haciendo un daño a la Obra. Si tú hicieras esto, tendrías mal espíritu, serías un desgraciado. Por ese acto no pecarías, pero ¡ay de ti!, habrías comenzado a errar, a equivocarte. Habrías comenzado a oír la voz del mal pastor, al no querer curarte, al no querer poner los medios. Y estarías haciendo un daño a los demás».

 

       Al perdón de los pecados se le califica como curar “superficialmente la herida...”, y se indica explícitamente, que en la confesión con un sacerdote que no sea de la Obra, si se tiene el corazón podrido (¿?), “esa podredumbre no se curaría nunca”; es decir, los sacerdotes católicos, si no son de la Obra, no pueden curar la podredumbre del corazón de un miembro de la Obra. Me parece una afirmación que no posee una base que pueda sostenerse con un mínimo de sentido doctrinal cristiano, además de ser de una dureza de expresión fuera de lo normal. De cualquier forma, resulta muy pedagógica, si lo que se pretende es que quede grabada en la conciencia del miembro (adepto) que la lee, para gravarla con preceptos humanos no eclesiales.

       Se descalifica al miembro que se confiesa en alguna ocasión con un sacerdote que no es de la Obra. Y se le califica, sin emplear la expresión, de mala oveja, aprovechando un término utilizado por Jesús, para cargar más la conciencia: “porque no seríamos buenas ovejas, porque iríamos a ocultar la verdad, en daño nuestro. ¿Es que se creen con el derecho de conocer la totalidad de las verdades de las personas? ¿Qué obsesión compulsiva tienen con la obtención de información? (“meter el bisturí”). ¿Será por aquello de que la información es poder? ¿Y los miembros de a pie...?, ¿no tienen derecho de conocer ninguna de todas esas cosas que se les ocultan? Cuando ingresan, se les ocultan hasta las obligaciones que han contraído.

       Quizá la explicación de esta forma de concebir la confesión, esté en esa afirmación: “estaríamos haciendo un daño a la Obra”, que eufemísticamente después se interpreta como: “estarías haciendo un daño a los demás”. Entonces, el efecto anteriormente escrito (“en daño nuestro”) no sería lo que realmente preocupa, sino que se considera, que confesarse alguna vez con un sacerdote que no sea de la Obra, daña a la Obra. Parece que esta puede ser una razón, que lleve a desaconsejar otro confesor que no sea el asignado por los directores: “no tener la cobardía de ir a lavar fuera de la Obra la ropa sucia”, porque, podría entenderse, que esto puede desprestigiar al Opus Dei. En definitiva, y según creo, siempre primero, y por encima de todo, la Obra. Me pregunto, ¿por quién murió Jesucristo?, ¿dónde queda la Iglesia?

       Otra de las razones posibles para desaconsejar otro confesor, que no sea el asignado por los directores, puede ser el hecho de que con otros confesores, los directores no pueden conocer todas las circunstancias de todas las personas a su cargo (Theswan, Compaq, Sonsoles, Brian), teniendo en cuenta, como algunos han escrito aquí, que se les aconseja en la confesión, contar los pecados al director laico (cf Antonio Esquivias, Bastián); e incluso se da el caso, de poner esta condición como penitencia (cf Satur-12) (“Y si el médico se porta como debe, procurará que el enfermo, por debilidad, por inadvertencia, no deje de contarle alguna cosa que pueda ser de interés).

 

       A Lali Riera, con experiencia en la elaboración de instrucciones para los sacerdotes, le parece que la confesión en la Obra, se utiliza para el control de las personas: «La confesión, que para la iglesia es un secreto que antes se corta uno la lengua que hablar, está ventilada en principio a los directores y éstos a su vez dan toda clase de instrucciones al sacerdote para que diga a la penitente. Yo he empleado horas en elaborar entre varias personas las instrucciones que hay que dar para cada una y también me he dado cuenta de que lo que se me ha dicho no es del cura sino de los directores, así de podrida está la confesión! Confiesan tanto que incluso inventan pecados porque no saben qué decir. Se obliga a que sea tan detallada para un mayor control, cosa, que la iglesia no lo pide. La confesión es para el arrepentimiento no para el control». Si existen abusos, puede que estos provengan del hecho de que los sacerdotes, como dice Lali Riera, reciben instrucciones de los directores laicos de la Obra, y participan en las deliberaciones de los consejos locales de dirección de la prelatura personal (cf . Agua_va), donde se tratan los asuntos de dirección espiritual de los miembros (cf Galileo y ). El mismo hecho de obligar a que los miembros se confiesen, por lo menos, una vez a la semana, se tenga materia para ello o no, podría entenderse (si no fuera por las penas canónicas que conlleva), como una búsqueda de información para el control de las personas por la institución.

 

              «Porque ese otro, que no es Buen Pastor, non venit nisi ut furetur et mactet et perdat (Ioann. X, 10); no viene sino para robar y matar y hacer estrago. Nosotros necesitamos tener un espíritu determinado y concreto. Nuestro espíritu está muy claro: nuestra ascética, nuestra mística, clarísima. Y, todo lo que sea deformar este espíritu, es robar y matar. Robar y matar: el oficio del mal pastor, del que no entra por la puerta, del que no tiene interés ninguno, o muy poco, por las ovejas».

 

       Es realmente duro calificar a un confesor de ladrón y asesino de las ovejas del redil de la Obra. También se especifica qué es robar y matar para el que escribe: robar y matar es deformar el espíritu del Opus Dei. ¿Qué tendrá este espíritu que posee tal característica...? La verdad es que no entiendo la dimensión, absurdamente desorbitada, que le dan a la prelatura. Esta es una clásica práctica de las sectas.

 

              «Y en esta doctrina estamos contemplando el celo del Buen Pastor que teme por la salud nuestra, que quiere darnos la vida con abundancia. No estamos ya en el terreno del derecho o de la obligación estricta, sino en otro orden de cosas que, recogiendo y elevando el espíritu del derecho y del deber, lo trasciende: el orden del Buen Pastor. Ego sum pastor bonus. Bonus pastor animam suam dar pro ovibus suis (Ioann. X, 11); Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Hace todos los sacrificios. Y vosotros debéis estar dispuestos a hacerlos todos también. Y el primero es éste: no ejercitar aquel derecho -porque el derecho lo tenemos- si lo podemos evitar, y lo podremos evitar siempre o casi siempre».

 

       Se afirma (supongo que será un desliz, o que yo lo entiendo mal) que el “Buen Pastor” (el fundador), “quiere darnos la vida con abundancia”, es decir, tiene capacidad para dar la vida, porque se está “en otro orden de cosas” (“el orden del Buen Pastor). Bueno..., bueno... ¿Qué están diciendo? ¿A qué altura lo están elevando...? ¿Qué nuevo orden es ese?

       Al traducir la frase evangélica, el fundador aprovecha para poner en su boca las palabras de Jesús, y las amplía (“Hace todos los sacrificios”), para pasar de inmediato, a pedir una correspondencia a los que leen. Bueno, puede que sea legítima esta forma de expresarse, aunque yo no la utilizaría.

       Resulta difícil de entender en este tiempo, que se pida que los miembros de una institución de la Iglesia, renuncien a un derecho sobre un sacramento. Que no deja de ser renunciar a la libertad, a la plenitud de una ayuda y un derecho dado por Jesucristo a los cristianos. ¿Cómo entiende la Obra la libertad y el sacramento de la Penitencia? ¿Sabe la Iglesia esto? Y, menos mal, que se reconoce, que los miembros tienen el derecho de confesarse con quien les dé las ganas (que es la razón más sobrenatural para el fundador, según ya se ha escrito aquí).

 

              «La primera manifestación de que os dais, es no tener la cobardía de ir a lavar fuera de la Obra la ropa sucia. Si es que queréis ser santos; si no, estáis de más».

 

       En lo anterior se afirma que para ser santo, hay que darse al Opus Dei (no a Dios, sino al Opus Dei), y la “primera manifestación” de esa donación “es no tener la cobardía de ir a lavar fuera de la Obra la ropa sucia”. En caso contrario, es que no se quiere ser santo, y se está “de más” en esta institución de la Iglesia. El lavar fuera de la Obra la ropa sucia, es recurrir a la Iglesia, a sus sacerdotes, a fin de poder ser perdonados de los pecados mediante la confesión. No le sirve al Opus Dei el sacramento del perdón de la Iglesia, cuando no es ejercido por los presbíteros de la Obra. Parece que distinguen diferencias en la confesión que no son doctrinales.

          ¿Por qué ponen tanto empeño en que las personas se den a la institución? ¿Por qué ese empeño en poseer a las personas y todas sus pertenencias? Es lo que en otra ocasión yo denominaba irónicamente el recogimiento propio de la vida interior de la prelatura. Y todo esto porque se promete la santidad: ¿quién puede darla sino sólo Dios?, ya que para el hombre es imposible (cf Mt. 19, 25). Por tanto, esto parece contrario a lo que dice Jesucristo en el Evangelio. ¿Es darse a la Obra una garantía de santidad..., o de inocencia infantil? «Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres, mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes». (Sal 117, 8-9).

 

       El despojo al que someten a sus miembros en favor de sus jerarcas (cf Oráculo), me parece que merece las palabras de Dios en las Escrituras: «Vivo yo, dice el Señor Dios, que por haber sido mi rebaño para ser robado, y mis ovejas fueron para ser presa de todas las fieras del campo porque no había pastor, por no haber cuidado mis pastores mi ganado, sino que los pastores se apacentaron a sí mismos, y no apacentaron mis ovejas; por tanto, oh pastores, oíd la palabra del Señor. Así ha dicho el Señor Dios: He aquí, yo estoy contra los pastores; y demandaré mis ovejas de su mano, y les haré dejar de apacentar las ovejas; ni los pastores se apacentarán más a sí mismos, pues yo libraré mis ovejas de sus bocas, y no les servirán más a ellos para comida. Porque esto dice el Señor Dios: He aquí que yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las visitaré». (Ezequiel 34, 8-11).

 

       El apartado termina calificando de villano, cobarde y soberbio al que se confiesa alguna vez con sacerdotes que no son de la Obra. Un buen método de disuasión, pero que no me parece muy moral. ¿Es ascética?, ¿es mística?, ¿o son técnicas sectarias?:

 

              «Es la cobardía, una especie de villanía que se mete en el alma que no es humilde, lo que puede llevar a no comprender bien esta doctrina, y quizá a no vivirla. Por eso, hemos de prevenirnos con humildad, con la humildad de sabernos con los pies de barro, y de saber también que nadie se escandalizará si algún día hubiese de comprobarlo en nosotros. Hijos míos, que no os avergüence ser miserables, si en algún caso lo sois; no os acobardéis porque tengáis en el corazón el fomes , peccati. No os asustéis de nada. ¡Fieles de verdad! ¡Sinceros! ¡Sinceros! Tengamos el sentido común y el espíritu sobrenatural de saber que si el Padre, por ser padre y por ser madre, deja las cosas muy anchas, vosotros, por ser ovejas firmes, seguras, por dejar trabajar al Buen Pastor, con buen sentido, sabréis no usar de ciertos derechos, para en cambio tener mayor eficacia en la labor de vuestra santificación y de la santificación de toda la Obra, de la santificación de vuestros hermanos y de tantas almas, y de la Iglesia».

 

       Reconocen que lo escrito en este apartado es una doctrina, doctrina nueva no eclesial, diría yo (“lo que puede llevar a no comprender bien esta doctrina).

       No me parece, que aceptar lo legislado por la Iglesia para el sacramento del la Penitencia, pueda calificarse como dejar “las cosas muy anchas” para los miembros del Opus Dei.

       Se insiste en desaconsejar el uso de la libertad cristiana en la utilización del sacramento, para “tener mayor eficacia en la labor de vuestra santificación y de la santificación de toda la Obra”. ¿Santificar la Obra mediante la renuncia de derechos básicos cristianos...? Imposible.

       Sin embargo, la praxis corriente de la Iglesia, recogida en algunos cánones, como los que siguen, del Código de Derecho Canónico, aparta explícitamente, como es lógico, de esta doctrina del Opus Dei:

 

              «240 § 1 Además de los confesores ordinarios, vayan regularmente al seminario otros confesores; y, quedando a salvo la disciplina del centro, los alumnos también podrán dirigirse siempre a cualquier confesor, tanto en el seminario como fuera de él».

 

              «630 § 1 Los Superiores reconozcan a los miembros la debida libertad por lo que se refiere al sacramento de la penitencia y a la dirección espiritual, sin perjuicio de la disciplina del instituto».

 

       A continuación transcribo completo este apartado de Cuadernos 3 que he venido comentando.

 

Federico

 

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Página 130 del capítulo 16 (“La Confesión”) de Cuadernos 3 (“Vivir en Cristo”)

 

EL BUEN PASTOR

 

¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?17. Efectivamente; sólo Dios y aquéllos a quienes Dios haya querido dar tal potestad para ejercerla en su nombre. El Sacramento de la Penitencia -expresión de esa delegación divina a los hombres- es, como todo sacramento, un rito sensible, pero de índole judicial, en el que el sacerdote en nombre de Dios concede el perdón a quien, sinceramente arrepentido de sus pecados, se haya confesado de ellos, y acepte la debida penitencia.

No basta para ejercer ese poder divino la potestad de orden, recibida con la ordenación sacerdotal; se requiere también la potestad de jurisdicción, que es la facultad dada al sacerdote de ejercitar prácticamente el poder de absolver: y esta potestad es indispensable, porque la absolución es un acto judicial -juzgar para retener o perdonar-, y el juez que no está legítimamente constituido como tal, o que no tiene jurisdicción, no puede juzgar.

Pero la confesión, además de la estricta función judicial, tiene una misión medicinal, de magisterio, de paternidad, de buen pastor. Por eso, para obtener todos los frutos de la confesión, es tradicional en la Iglesia la recomendación de que los fieles procuren confesarse siempre con el mismo sacerdote, que pueda juzgar con más hondura, curar con más eficacia, enseñar con más claridad, guiar con más seguridad. Cuanto mayor sea el conocimiento que el confesor tiene del penitente, mayor será la eficacia de la confesión: pues si el enfermo se avergüenza de confesar al médico su herida, lo que la medicina ignora no lo cura18.

De la misma manera que los hombres no manifiestan sus enfermedades corporales a todos, ni a cualquiera, sino a aquéllos que tienen pericia para curárselas, así también debe hacerse la confesión de los pecados a aquéllos que puedan curarlos19. Esta doctrina tradicional, incluso con la misma gráfica imagen, nos la ha repetido nuestro Padre muchas veces. Decidme: un enfermo que se quiere curar, ¿qué hace? Va a un médico determinado, que le conoce. -Míreme bien, hágame análisis, tómeme la presión, la temperatura... Y le reconoce, y le ausculta, y le mira por rayos X, bien mirado. Y si el médico se porta como debe, procurará que el enfermo, por debilidad, por inadvertencia, no deje de contarle alguna cosa que pueda ser de interés. Y el enfermo, si no es un loco, se apresurará a decir al médico todos los síntomas, todas las circunstancias, que a él le parece que son manifestaciones de su enfermedad, hasta las más nimias. No se le ocurre ir a un médico cualquiera -y luego a otro, y a un tercero, y a más...- para que le una aspirina, sino que corre al médico que le conoce bien.

Es la parábola del Buen Pastor, que se cumple en cada uno de nosotros. De la mano de nuestro Padre hemos penetrado en su sentido. Yo querría señalaros una vez más -nos ha dicho- cuál es el espíritu nuestro en un medio maravilloso de santificación, en un medio que está instituido por Jesucristo, porque es sacramento: la confesión. Un medio de importancia trascendental para santificarnos.

La estricta misión de juez la puede ejercer cualquier sacerdote que tenga jurisdicción, licencias; aunque incluso esta misión pueda venir dificultada alguna vez por insuficiente conocimiento. Pero la misión de buen pastor, no. ¿Sabéis quién es, para mis ovejas, el Buen Pastor? El que tiene misión dada por mí. Y yo la doy ordinariamente a los Directores y a los sacerdotes de la Obra. Gente que no conoce el Opus Dei no está dispuesta para ser el pastor de mis ovejas, aunque sean buenos pastores de otras ovejas y aunque sean santos.

Conviene que os confeséis con los sacerdotes que están designados. Y está dispuesto que, al menos, hay que ir a ellos para recibir la bendición. Podéis ir a confesaros con cualquier sacerdote que tenga licencias del Ordinario. De esta manera, yo defiendo la libertad, pero con sentido común. Todos mis hijos tienen libertad para confesarse con cualquier sacerdote aprobado por el Ordinario, y no está obligado a decir a los Directores de la Obra que lo ha hecho. ¿Uno que haga esto peca? ¡No! ¿Tiene buen espíritu? ¡No! Está en camino de escuchar la voz del mal pastor.

A la luz de esas palabras, dictadas por el amor a nuestra santificación, seguimos desentrañando la parábola evangélica. ¿Y no podrían ir otros pastores a buscar a mis ovejas y apacentarlas bien? No. El Señor lo dice terminantemente: qui non intrat per ostium in ovile ovium, sed ascendit aliunde, ille fur est et latro (Ioann. X, 1); quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, es un ladrón y salteador. ¿Acaso no podrá ir alguno de buena voluntad a dar una ayuda, a tomar un hatillo de ovejas y darles buen pasto, y volverlas al redil? No. ¡No! Y no soy yo quien lo dice, sino el mismo Señor. Los que no tienen misión dada por los Directores, no son buenos pastores, aunque hagan milagros.

 

Hemos de saber reconocer la voz del buen pastor, esos silbos amorosos, familiares, de quien podrá conducimos al redil, y cuidarnos y devolvernos la vida quizá perdida, o mejorarla, y curarnos de dolencias y flaquezas. Vosotros iréis a sacerdotes hermanos vuestros, como voy yo. Y les abriréis el corazón de par en par -¡podrido, si estuviese podrido!-, con sinceridad, con ganas de curaros; si no, esa podredumbre no se curaría nunca. Si fuésemos a una persona que sólo puede curarnos superficialmente la herida... es porque seríamos cobardes, porque no seríamos buenas ovejas, porque iríamos a ocultar la verdad, en daño nuestro. Y haciéndonos este mal, buscando a un médico de ocasión, que no puede dedicarnos más que unos segundos, que no puede meter el bisturí, y cauterizar la herida, también estaríamos haciendo un daño a la Obra. Si tú hicieras esto, tendrías mal espíritu, serías un desgraciado. Por ese acto no pecarías, pero ¡ay de ti!, habrías comenzado a errar, a equivocarte. Habrías comenzado a oír la voz del mal pastor, al no querer curarte, al no querer poner los medios. Y estarías haciendo un daño a los demás.

Sabemos bien que nuestra vida interior repercute en los demás y en la Obra entera. Tú conoces la doctrina del Cuerpo Místico, de la Comunión de los Santos. Pues estarías haciendo daño a tus hermanos, y a los que están por venir, y a ti mismo, al cuerpo entero de la Obra. Porque además aquel mal pastor no venía a buscarte, habrías sido tú el responsable. Porque ese otro, que no es Buen Pastor, non venit nisi ut furetur et mactet et perdat (Ioann. X, 10); no viene sino para robar y matar y hacer estrago. Nosotros necesitamos tener un espíritu determinado y concreto. Nuestro espíritu está muy claro: nuestra ascética, nuestra mística, clarísima. Y, todo lo que sea deformar este espíritu, es robar y matar. Robar y matar: el oficio del mal pastor, del que no entra por la puerta, del que no tiene interés ninguno, o muy poco, por las ovejas.

La enseñanza es clara, diáfana: omnia mihi licent, sed non omnia expediunt20; si todo me es lícito, no todo me es conveniente. Y en esta doctrina estamos contemplando el celo del Buen Pastor que teme por la salud nuestra, que quiere darnos la vida con abundancia. No estamos ya en el terreno del derecho o de la obligación estricta, sino en otro orden de cosas que, recogiendo y elevando el espíritu del derecho y del deber, lo trasciende: el orden del Buen Pastor. Ego sum pastor bonus. Bonus pastor animam suam dar pro ovibus suis (Ioann. X, 11); Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Hace todos los sacrificios. Y vosotros debéis estar dispuestos a hacerlos todos también. Y el primero es éste: no ejercitar aquel derecho -porque el derecho lo tenemos- si lo podemos evitar, y lo podremos evitar siempre o casi siempre. Propósito firme: el primer sacrificio es no olvidar, en la vida, lo que expresan en Castilla de un modo muy gráfico: que la ropa sucia se lava en casa. La primera manifestación de que os dais, es no tener la cobardía de ir a lavar fuera de la Obra la ropa sucia. Si es que queréis ser santos; si no, estáis de más.

Es la cobardía, una especie de villanía que se mete en el alma que no es humilde, lo que puede llevar a no comprender bien esta doctrina, y quizá a no vivirla. Por eso, hemos de prevenirnos con humildad, con la humildad de sabernos con los pies de barro, y de saber también que nadie se escandalizará si algún día hubiese de comprobarlo en nosotros. Hijos míos, que no os avergüence ser miserables, si en algún caso lo sois; no os acobardéis porque tengáis en el corazón el fomes , peccati. No os asustéis de nada. ¡Fieles de verdad! ¡Sinceros! ¡Sinceros! Tengamos el sentido común y el espíritu sobrenatural de saber que si el Padre, por ser padre y por ser madre, deja las cosas muy anchas, vosotros, por ser ovejas firmes, seguras, por dejar trabajar al Buen Pastor, con buen sentido, sabréis no usar de ciertos derechos, para en cambio tener mayor eficacia en la labor de vuestra santificación y de la santificación de toda la Obra, de la santificación de vuestros hermanos y de tantas almas, y de la Iglesia.

 

(17) Marc. II, 7;

(18) San Jerónimo, In Eccle. comm. 10, 11;

(19) San Basilio, Reg. brev. tract. 229;

(20) I Cor. VI, 12;

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