VIDA Y MILAGROS DE MONSEÑOR ESCRIVÁ DE BALAGUER, FUNDADOR DEL OPUS DEI

 

PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE 1975: ANDANZAS Y DESVENTURAS DE UN BIÓGRAFO

 

Alfonso C. Comín
Barcelona, marzo 1975

 

Pocos habrán sido los universitarios cristianos de las décadas 40 y 50 que se hayan librado del asedio proselitista del Opus Dei. El amigo que trataba de librarnos del camino de perdición que nos acosaba, el salvador de la emboscada que nos tendía el mundo concupiscente y carnal, se multiplicaba aquí y allá, en facultades y escuelas especiales. El "apostolado de la inteligencia" del que habla Luis Carandell en este libro y que conducía a los miembros del Opus Dei a ver,  abusivamente,  inteligencia en todo universitario algo espabilado, ha marcado la convivencia y el equilibrio mental de las universidades españolas de aquella época. En cuanto te separabas del grupo bajo el claustro o te acercabas a pedir un café con leche,  dispuesto a engullir el modesto bocadillo, ya tenías al lado, solícito y pertinaz, al ángel de la guarda. "Oye, ¿te ha invitado a merendar a la residencia?" o, "Después de ver la película, me pasaron a una salita donde un grupo de residentes iniciaron un asalto a mi vocación, a mis cualidades desaprovechadas para mayores empresas y... me defendí como pude...", eran conversaciones habituales por aquel entonces. En principio, todos los universitarios estábamos al alcance del agresivo instituto secular.


Sin tener nada en contra del Opus Dei, sólo por el mero hecho de mantenerse independiente respecto a la Obra, resultabas poco menos que tendencioso y lascivo, peligrosa persona de la que convendría advertirse. No entrar en la Obra era algo así como menospreciarla. Recuerdo mi final con el compañero de curso que, a la salida de las clases, seguí casualmente con frecuencia la misma ruta que yo y que al decirle por enésima vez -es posible que ya algo airado- que no insistiera, que el domingo no iría al Colegio Mayor Monterols y que no entraría nunca en la Obra y aquello tan elemental y evangélico de que "muchos son los caminos que llevan a Dios, muchos e inescrutables", me contestó: "Bueno, eso piensas; pero vas camino de la perdición". Y así acabamos sin que yo considerara que por no entrar en la Obra tuviéramos que romper hostilidades. Pero él no entendía otra manera de relacionarse que la de la captación de neófitos. La amistad sin proselitismo no formaba parte de sus vísceras.

 

Al cabo de los años sufriría todavía un nuevo conflicto con la Obra. En 1965 publiqué en "El Ciervo" un artículo titulado "Diálogo sobre el Opus Dei", en el que trataba de exponer los rasgos característicos del Instituto tal como se representaban en la época: espíritu de pertenencia, concomitancias integristas, utilización de "medios ricos" en su tarea apostólica, proselitismo agobiante, etc. Me atrevo a decir que el artículo estaba redactado con espíritu fraternal, dentro de un clima de diálogo tenso, pero cordial. Pese a ello las reacciones que provocó en diversos miembros simpatizantes de la Obra fueron de notable agresividad. El antiguo compañero de la Escuela de Ingenieros que no había logrado conducirme al "buen camino" me escribió una carta severa en la que me acusaba de no aplicar el espíritu de caridad que seguramente tendría con los protestantes, "hermanos separados" y que con ellos discriminaba. ("Hermanos separados", rara línea de demarcación que yo no compartía, ni comparto, al considerar que no existen "hermanos separados" sino hombres en lucha, clases sociales enfrentadas y que ni siquiera la Iglesia católica es para mí la "gran familia", sino simplemente un extraño lugar, fermento de fe, sólo comprensible cuando se sumerge en la marca agitada de la humanidad. Pero mi antiguo compañero reclamaba título de derecho al sobresaliente por pertenecer a la familia de los "hermanos unidos" en el seno de la Iglesia Católica.) Como entonces vivía en Málaga, donde el Opus no tenía afincamiento notable por las dificultades que le planteaba monseñor Herrera, en aquella época obispo de Málaga, me visitó un miembro de la Obra de Granada. Éste trató de probarme lo innoble de mi proceder, mi error al redactar semejante artículo, y me presionó con "santa coacción", suavemente, para que publicara una rectificación pública. Cuando le dije que no había dado ningún argumento convincente para hacerlo -la discusión había sido realmente digna de un mimo entre sordos, su "teoría de la seglaridad en la Iglesia" alucinante para quienes tratábamos de vivir como hombres "mondos y lirondos" con esa leve Palabra que llamamos Evangelio en lo más hondo- concluyó que siempre sucedía igual con quienes tratábamos de "ganar fama criticando al Opus"; éramos incapaces de rectificar nuestros crasos errores.


Con todo lo dicho, suficientemente conocido por cualquier ciudadano que haya vivido la realidad española de aquellos años, especialmente en sus ambientes universitarios, he tratado simplemente de recordar un dato de partida fundamental para la buena lectura de este libro: el Opus Dei -y en la sombra del retrato al fondo, su fundador- ha sido un elemento pertinazmente presente en la vida civil y eclesial de "nuestra juventud". Es decir, antes de la eclosión de los hombres del Opus Dei en la vida política española en sus más altos niveles, antes de la era iniciada con el nombramiento de Alberto Ullastres en febrero de 1957 como ministro de Comercio, el acoso de las conciencias y la presencia proselitista del Opus Dei había hecho de esta institución un polo de referencia inevitable en el seno de la Iglesia española... Y no digo de la cultura española "strictu sensu", porque las relaciones entre el Opus Dei y cultura contemporánea se baten más bien, pese al potencial de "instrumentos culturales" con que ha contado (universidades, Colegios Mayores, centros profesionales, etc, ...), como personajes sin gran capacidad de comunicación. Bueno, claro, según el concepto que tengamos de cultura. Pues aún hay quien defiende el valor contemporáneo de la cultura feudal.


Esta situación nos había llevado a muchos de nosotros a leer el libro-raíz que inspiraba tanto ardor proselitista en los compañeros insistentes. La verdad es que yo deseaba penetrar el origen de tal poder de persuasión. La lectura de "Camino" fue para mí una experiencia inolvidable. Pasé del asombro a la "santa indignación", para utilizar una frase querida al recio lenguaje de Escrivá de Balaguer y de otros espiritualistas de la época. Inevitablemente me pregunté (y conmigo otros amigos que estaban también tratando de entender cómo podía escribirse una obra así en el siglo XX): ¿Quién será el personaje capaz de haber redactado semejante itinerario de consejas religiosas? ¿Cómo habrá logrado esta zona de influencia en nuestra sociedad en base a semejante carrera de tales 999 exclamaciones espirituales?


Creo que Luis Carandell trata de contestar a esta pregunta crucial. Como verá el lector a través de esta "vida y milagros", sólo a partir de una paciente labor de investigación que casi recuerda la del antropólogo en busca de antecedentes prehistóricos o la del arqueólogo interpretando leves signos rupestres, le ha sido posible dibujar este "retrato robot" con monseñor al fondo. Pues, pese a tratarse de un personaje en vida -hecho que podría haberle facilitado la tarea hagiográfica-, Luis Carandell ha debido peregrinar por la geografía peninsular en busca del más nimio dato perdido, en busca de referencias, de viejos amigos y compañeros de Escrivá que le explicaran tales o cuales anécdotas,  claves de su personalidad, averiguando orígenes y linaje familiar, procurando interpretar el sentido pleno que tiene para la Obra el hecho de que el Padre no se coja la sotana como cualquier sacerdote, su magnificencia al bajar las escaleras, o la trascendencia de su elevación de brazos. Estructurando al mismo tiempo un cuidado fichero en el que ha constrastado datos y referencias de las obras del "padre", acumulando así una base sistematizada del arrollador pensamiento de Escrivá de Balaguer. Gracias al "trasiego de entradas y salidas" característico de la Obra, no pocas personas han ido facilitando pinceladas que han permitido a Luis completar el "retrato -robot" de un hombre a quien nunca ha visto, pese a ser su contemporáneo, Al no poder contar con acceso a las fuentes directas que lógicamente la Obra debe tener para perfilar una biografía del Padre, al no obtener datos y referencias de los "organismos competentes", Luis ha debido peregrinar por la piel de toro y, de Barbastro a Burgos, de Logroño a Madrid, pasando por el inútil intento de la visita a la residencia de Bruno Buozzi, 73, en Roma, acumulando así en directo los datos que permitan penetrar la mirada profunda del impulsor de Torreciudad. Como en el prólogo de su libro, Luis explica con detalle las andanzas y desventuras que ha debido correr para ofrecernos la primera biografía "strictu sensu" del fundador del Opus Dei, no me extiendo en este aspecto de la cuestión.


La semblanza, parcial sin duda, que ofrece este libro se basa en datos rigurosamente contrastados. Las fuentes son el dato "conquistado" por el andariego Carandell pateándose la península; y así el "biógrafo-investigador" nos presenta, si no todo, casi todo lo que hasta ahora se puede reunir de primera y propia mano sobre la ínclita figura del iniciador de la "prodigiosa aventura del Opus Dei". El trabajo de Carandell, aun centrado en describir el perfil del "cura más guapo del mundo" al que siendo seminarista asediaban las chicas de Zaragoza, y en el análisis de sus complejos componentes caracteriológicos, ofrece en su "retrato-robot" algunas tesis cruciales para la buena comprensión del Opus Dei que, en otros análisis de la Obra tales como el de Artigues o el de Ynfante, se han escapado. La fundamental, la concepción familiar-paternalista que la obra de Luis Carandell ilustra, labra con atención. "La segunda aportación original de Escrivá radica en el hecho de haber fundado su Instituto sobre los cimientos de la célula familiar. Esta "gran familia" que los socios o "hijos" pasan a engrosar a medida que entran a formar parte de la Obra, va a regirse por los principios paternalistas que le impone el concepto de que la institución de la familia tiene la pequeña burguesía provinciana a la que Escrivá pertenece" -piensa el autor- dando así una de las clases centrales de su obra. Otras "tesis" o reflexiones se desprenden alusiva o explícitamente de esta "biografía-río". Entre ellas, la fundamental, de la vinculación entre impulso de la Obra y la salvación religiosa que surge inseparablemente de la guerra civil en España de los años cuarenta. El machismo paradójicamente freudiano con el que se aborda el papel de la mujer en la sociedad -veáse el capítulo "La santa coquetería" o las penetrantes referencias a las originales relaciones entre el ímpetu secular de monseñor Escrivá y las no menos dominantes ideas del padre Ayala -fundador de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, autor de "Formación de Selectos"- sobre el tema, así como con la Compañía de Jesús, son cuestiones que trazan importantes perfiles de este peculiar representante del nacional-catolicismo.


A partir de los datos y de las formulaciones "opusdeísticas" que Luis Carandell nos ofrece, no debe sorprendernos que esta fundación finalmente aparezca en la mente del "padre", no como una obra humana, sino como intemporal, al margen de la Historia, apenas sometida a cambios ni influencias de ningún tipo; ni tampoco que el propio Escrivá considerara -y así se lo dijera personalmente al Papa en una entrevista- "que él, con la fundación del Opus Dei, se había anticipado en varias décadas a las ideas formuladas por el Concilio".


La peculiar insistencia sobre la "nueva teoría" del papel de los laicos en la Iglesia, hace de esta cuestión otra piedra de toque sustancias para entender Obra y padre. Carandell aborda el tema con cuidado y nos recuerda las bases sobre las que se desarrolla la peculiar idea "opusdeística" de la "santificación del trabajo y del mundo por el trabajo", llegando por esa vía al "deber de estado". La máxima 359 citada por Luis centra la nueva teología "andariega" al margen de los acontecimientos históricos: "Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional y habrás santificado el trabajo". Ya tenemos el "sombrero sobrenatural" con que cualquier accionista del más exquisito banco cubre su cerebro religioso bautizando así su afanosa tarea de financiero cristiano. Ya tenemos abierta la vía -¿para qué vamos a pensar que existen clases sociales en un mundo santificado por el trabajo, sea éste el del consejero del banco o el de picador en la mina?- que permitirá a Juan Bautista Torelló concluir su trabajito sobre "La espiritualidad de los laicos" diciendo: "Esta espiritualidad primordialmente laical lo mantendrá siempre en su sitio, donde Dios lo ha buscado, y, finalmente, lo conducirá a morir en "una buena cama, como un burgués..., pero de mal de Amor" (final del punto 743 de "Camino" en que, en su todo, dice: "Me hablas de morir "heroicamente". -¿No crees que es más "heroico" morir inadvertido en una buena cama..." y sigue lo anterior). Todo va siendo desentrañado por el análisis de Carandell, que finalmente nos incita a preguntarnos sobre éstas y tantas otras cuestiones a través del recorrido histórico-biográfico por el que cabalga para delinear su cuidado "retrato-robot". Y así muchas de las máximas-consejas de "Camino" adquieren pleno relieve en el encuadre histórico-psicológico que sitúa la Obra entendida como una "gran familia" con un solo padre.


En este libro se hallan muchas respuestas a la cuestión "¿Pero qué es el Opus Dei?", que tantos nativos y extranjeros se han venido haciendo hasta hoy. No todas las respuestas, por supuesto. Pero confieso que, al menos yo, que desde que leí "Camino" no había dejado de preguntarme por la ardorosa personalidad y por el poder del autor del nuevo Kempis -traducido a decenas de idiomas y difundido más allá de los dos millones y medio de ejemplares- he podido entender no pocas de su fisonomías hasta ahora sólo entrevistas en la sombra de los grandes edificios que lo arropan.

 

Todo lo dicho hasta aquí explica por qué, allá por el invierno de 1971, cuando era director literario de Editorial Estela -que a finales de 1969 había iniciado una nueva etapa cultural con nuevo equipo- cuandi Luis trajo su original "Vida y milagros de monseñor Escrivá del Balaguer, fundador del Opus Dei" sintiera inmediatamente la pasión de que la obra se publicara, de que tantos pudieran conocer esa "Vida y milagros" de quien estaba en la bóveda de una obra explicativa de muchos aspectos de nuestra historia contemporánea. Todos los compañeros de Editorial Estela participaron de la misma pasión. "Salvaremos los obstáculos, Luis", le dije en un arranque invertebrado. "¿Tú crees?" "Sí... Nunca hay que darse por vencido antes de hora." Teníamos esta conversación, original en mano, en tiempos de lo que Luis denomina, según frase acuñada por la prensa, del "gobierno homogéneo", cuando Estela estaba viendo el despegue inesperado de "Autopista" de Jaume Perich, obra prologada precisamente por el autor de esta "Vida y milagros".


En pleno furor y vigor tecnocrático, Perich había escrito un aforismo "docente" e impertinente: "De momento, al célebre "Camino" no se le va a cambiar el título para llamarle "Autopista." Este coqueteo entre las obras de infraestructura económica y las propiamente religiosas de la Obra dio origen al título que recogía un cúmulo de aforismos y de chistes que Perich venía publicando en "El Correo Catalán" en su sección "Peris-Match", materiales que, en el caso del humorista catalán resultaron ser señas de identidad de la realidad política contemporánea del país. Estábamos comenzando lo que después se ha calificado como el "boom" del humor político. Pero si nosotros creíamos que ése era un buen camino para señalar otros peajes diferentes de los señalizados por las barreras y vallas sembradas por la península, la realidad es que el horno no estaba para bollos y así se vio pocos meses después.

 

A partir del título y del aforismo citado -que, en conjunto no pretendía marcar una pauta polémica- el público en general creyó ver en "Autopista" de Perich una alternativa "humorístico-político-relajadora de represiones mil" - a las máximas "tenso-directivo-marca el paso" de "Camino". Personalmente siempre he defendido que la analogía es injusta e incorrecta. Es verdad que uno hallaba "Autopista" en muchas mesillas de noches de ciudadanos agobiados que, antes de sumergirse en pesadillas, frustraciones y sueños agobiantes plagados de claveles rojos deshojados rociando las calles de su ciudad y de sus tierras asediadas, leían unas cuantas máximas librándose así de posibles visitas al psiquiatra. Y es verdad también que esto podía hacer suponer que ya estaba abandonando la sana tradición de leer unas líneas del viejo Kempis o del nuevo escrito por monseñor Escrivá de Balaguer, en plena euforia de cruzada y de nacional-catolocismo para bien dormir acompañados del ángel de la guarda, desviándole así muchos ciudadanos por la laica y peligrosa vía de reír y sonreír con las amarguras del humorista catalán.


Pero la analogía no se sostenía. Primero, ya querría Perich tener el sentido del humor que ejerce Escrivá de Balaguer a lo largo de una obra que, tratando de ser evangélicamente religiosa, nos lleva en 999 saltos, escritos con increíbles sobresaltos lingüísticos, del llanto a la carcajada. ¿Acaso no son ésas las coordenadas del humor? Por otra, ya querría Perich tener el recio estilo castellano, "tambour battant", de que hace gala el fundador del Opus Dei en su veloz recorrido desde la vulgaridad de esta tierra hasta la gloria de un cielo señalado para los escogidos. La última razón es que Perich no ha leído "Camino" -según me consta y lo rubrico- y difícilmente podía pensar que la recopilación de sus aforismos se consideraría "alternativa" histórica a las palabras del padre. La prueba es que cuando -como suele suceder cada vez que alguien se refiere públicamente al Opus de palabra o por escrito- Perich fue solicitado por algún miembro de la Obra para tener un diálogo cordial, y dijo tímidamente: "Es que yo no creo en Dios", le contestaron: "Pero es igual, venga que hablaremos..." Por eso, cuando estoy prologando el libro de Luis Carandell, me veo obligado a polemizar con él cuando en su "ídem" a "Autopista" de Perich se permitió afirmar abusivamente, al señalar las venas catalanas influyentes en el humor de Perich, la incidencia "de otro mosén, esta vez aragonés, aunque de remoto origen catalán, monseñor Escrivá de Balaguer, el autor de "Camino", de quien toma Perich la concepción de la estructura del libro". (Además no conozco todavía ninguna edición de "Camino" que vaya acompañada de ilustraciones parejas a las que Perich ofrece en su "Autopista". En esto sí le gana al "cura más guapo del mundo").


Y así parece que el éxito de "Autopista" -entendida como ironía con peaje de "Camino"- junto con la publicación de alguna otra obra -particularmente la edición castellana de la biografía del cardenal Vidal i Barraquer, de mosén Muntayola, que había circulado en catalán sin más consecuencias como exponentes de la nueva línea cultural que Editorial Estela había iniciado en 1969 y que se estaba reflejando en un catálogo más acorde con las necesidades culturales del país y con nuestra historia más próxima- disgustaron de tal manera a algunos sectores de la ortodoxia administrativa y no administrativa que condujo a sancionar a Editorial Estela con la anulación de su inscripción en el registro de Información y Turismo con la consiguiente prohibición de seguir editando. Es decir, Estela pagó un duro tributo al encontrarse repentinamente cerrada la barrera de control del peaje. En junio de 1971 se nos dijo,  ustedes dejan de circular por estas carreteras culturales y a otra cosa. El caso es que el optimismo de la frase "salvaremos los obstáculos" pareció desenfrenado. Se vio que con el "gobierno homogéneo" en funciones, las críticas a la Obra y a su fundador no eran del gusto de los gendarmes fronterizos de la cultura religioso-política del país. Ésas, entre otras.

 

Al reanudar el "camino" mediante la puesta en marcha de Editorial Laia, entreabiertas las puertas de una mayor posibilidad crítica, el original de Luis Carandell, pacientemente en reposo durante cuatro años, nos hizo señas. El dibujo se animó y la tarea cultural de desentrañamiento de uno de los misterios de la España contemporánea -¿pero quién es Escrivá de Balaguer?- empezó a inquietarse, a exigir presencia, voz en el concierto cultural del cambio y de los aromas silvestres.


Y así, con leves modificaciones, fruto de nuevas investigaciones, peregrinajes y lecturas, fruto de nuevas investigaciones, peregrinajes y lecturas, modernizado algún dato, indicando alguna nueva referencia de inefables revistas de la Obra tales como "Telva" o "Nuestro tiempo", Luis dejó el "retrato-robot" del padre concluido, con lo cual hoy llega por fin al lector la primera aproximación seria y crítica de una personalidad inaccesible -Luis, si te hubieras apuntado a la lista de espera, quizá después de los despegues internacionales, hubieras pillado un viaje de reclutamiento para nativos y te hubieran concedido la entrevista; ves, te falta la santa paciencia del santo Job-, padre de una "gran familia" que se extiende por el mundo entero.

 

* * *

Ahora podemos explicar estas y otras cosas. Hubiera sido bueno poder decirlas en su momento. No fue posible y lo hacemos ahora. No por ánimo de despertar viejas querellas, sino para clarificar futuras situaciones. Muchas cosas han cambiado en el país en estos años. También el Opus. Estoy seguro de que muchos de sus miembros serán capaces hoy de recoger cuantas sugerencias y apuntes hay en esta obra de Carandell para "mejor enmienda" y superación de "escrúpulos". Y que, así, igual que hemos ido conociendo la "vida y milagros" de los fundadores de tantas y tantas empresas religiosas que han venido marcando la historia de nuestro país, este escorzo con Escrivá al fondo permitirá a propios y extraños de la Obra penetrar galaxias y estrellas errantes de la España contemporánea.

 

Esta obra es, pues, una aportación cultural de primera magnitud, que hubiera podido llegar cuatro años antes a las manos del lector. Pero ya se sabe, nunca es tarde cuando llega, si es que llega. Nuestros esfuerzos editoriales, como los intelectuales de Luis Carandell, están muy lejos de la provocación. Consideramos la tarea cultural como un proceso abierto, libre, crítico. Por ello no abandonamos nunca el proyecto de publicar esta biografía que nos permite adentrarnos en ciertos azares de la historia de España contemporánea, azares como éste iniciado en Barbastro en los años de 1902 y que tiene su tránsito y culminación en la inspiración divina que el 2 de octubre de 1928, fiesta e los Santos Ángeles Custodios, conduce a Monseñor Escrivá a iniciar una "Obra-gran familia" que se consolidará en 1947 con la solemne promulgación de la Constitución Apostólica "Provida Mater Ecclesiae" por el Papa Pío XII, Obra que tan sólo puede entenderse en el fenoménico nacional-catolicismo a que dio lugar la guerra civil, tal como Carandell deja claramente descrito.

 

Ya hemos visto que llegar hasta aquí no ha sido fácil. La "Vida y milagros de Escrivá de Balaguer", antes de plasmarse en letra impresa, han tenido que seguir andanzas y desventuras propias. ¡Ah!, la aventura de escribir en España, querido Luis. "Poco recio es tu carácter: ¡qué afán de meterte en todo! Te empeñas en ser la sal de todos los platos... Y -no te enfadarás porque te hable claro- tienes poca gracia para ser sal: y no eres capaz de deshacerte y pasar inadvertido a la vista, igual que ese condimento. Te falta espíritu de sacrificio. Y te sobra espíritu de curiosidad y de exhibición." Máxima 48, Luis, capítulo 1, referido al carácter. Aplícatelo, y que se lo aplique Laia.

 

Pero, al tiempo, entre nosotros, y cuando hablamos, no en tertulia, sino un poco entre sencillos y atareados por nuestra cultura, por nuestra pobre tierra y las vemos así y les deseamos otra "fragancia" que no sea la de bucólicos lirios, nos atrevemos a decir: "Luis también ha hecho su obra." Y como toda obra honesta, en busca de la verdad, ¿no es también una "obra de Dios"?

 

Alfonso C. Comín
Barcelona, marzo 1975

 

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