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LIBRO:
VIDA Y MILAGROS DE MONSEÑOR ESCRIVÁ DE BALAGUER,
FUNDADOR DEL OPUS DEI
PRÓLOGO A LA EDICIÓN
DE 1992
Luis Carandell
Madrid, 1992
El libro que el lector tiene en las manos fue publicado el
primer trimestre de 1975 en vida del biografiado, el hoy Beato
Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás,
Fundador del Opus Dei. Yo había venido trabajando en
esta, más que biografía, semblanza de Monseñor
desde fines de los años sesenta, cuando la Obra por
él fundada adquirió un papel de primera importancia
en el desarrollo político de España. Se había
constituido el llamado "gobierno homogéneo"
compuesto por personalidades pertenecientes al Opus Dei o
que estaban, cuando menos, como entonces se decía,
"en su órbita". Mi intento era estudiar la
vida y la personalidad del Padre y Fundador con la esperanza
de que esto pudiera arrojar alguna luz sobre el comportamiento
de sus "hijos" y de la Obra en su conjunto. La estructura
familiar y paternalista del Opus Dei hacía verosímil
la suposición de que el carisma del Padre pesaba y
pesa tan decisivamente en la forma de proceder de sus hijos
que se puede decir que "la Obra es el Padre". Difícilmente
se encontraría en la Iglesia otro Instituto, Orden
o Asociación de fieles en los que la influencia del
Fundador fuese tan determinante como en el Opus. Sus miembros
están convencidos de que la idea fundacional surge
en la mente del Padre por inspiración divina. Nada
de lo que él dice o hace se discute y todos sus actos,
por nimios que sean, resultan significativos. Los "hijos"
llevan siempre una fotografía suya en la cartera y,
periódicamente, escriben su "carta al Padre".
Monseñor, en vida, se comunicaba con ellos a través
de unas circulares que firmaba con su tercer nombre de pila,
Mariano. Sus apariciones públicas eran auténticos
baños de multitud, con aclamaciones de "¡Padre,
Padre, Padre!". Personas que en estos años han
visitado la cripta del palacio romano de la calle de Bruno
Buozzi, sede generalicia del Opus Dei, donde reposan sus restos,
han contado que los responsables de la Obra obligan a los
visitantes a avanzar de rodillas desde la puerta de la cripta
hasta la tumba de mármol verdinegro sobre la que se
lee EL PADRE.
Comencé a trabajar en la semblanza de Monseñor
con la idea de que el conocimiento de la vida, la obra y la
personalidad del fundador era el mejor camino para conocer
el Opus Dei. Me encontré entonces con que la Obra no
había publicado biografía alguna de Escrivá
de Balaguer. Entre el material de propaganda que el Opus Dei
distribuía no había más que una muy breve
semblanza del fundador escrita por don Florentino Pérez
Embid para el libro "Forjadores del mundo contemporáneo"
y un Perfil biográfico publicado por el periodista
Carlos Escartín para "Diario de Navarra"
y reeditado en un folleto. Ambos trabajos pertenecían
más al género de la hagiografía que al
de la biografía propiamente dicha y daban muy pocos
detalles sobre la vida de Escrivá. Se limitaban a reseñar
sus datos biográficos más esenciales y se extendían
en cambio en sus rasgos espirituales y en la importancia de
su actividad apostólica y de su obra.
Debo decir que me extrañó esta parquedad informativa
sobre el hombre que en la Obra de Dios lo era todo. Pensé
que había en la Obra y en su Fundador cierta voluntad
de ocultación, que quizá para ellos era "santa
ocultación", con esa capacidad que el opusdeismo
tiene de santificar las cosas más corrientes; un cierto
deseo de mantener alejada y rodeada de un halo de santidad,
la figura del Padre sin entrar en detalles, que debía
parecerles "nimios", sobre la vida terrenal de quien
había sido instrumento divino para la gestación
del Opus Dei.
Conocí por entonces alguna anécdota de personajes
eclesiásticos que demostraba que el Fundador se ocultaba,
santamente quizá, pero se ocultaba. En una ocasión,
por ejemplo, el padre Arrupe, general de la Compañía
de Jesús, le preguntó al que por entonces era
el Nuncio de Su Santidad en España, Monseñor
Riberi, si había visto a Josémaría Escrivá
de Balaguer, fundador y presidente general del Opus Dei. "No,
no", contestó el Nuncio con el gesto de extrañeza
del superior que espera en vano una obligada visita. Y, al
parecer, así lo cuentan, el padre Arrupe ladeó
canónicamente la cabeza para decir al oído del
prelado en tono de amistosa confidencia: "Yo, señor
Nuncio, a veces dudo de que exista".
Tenían fundamento las dudas del padre Arrupe porque
cuando él asumió las responsabilidades del cargo
de general de la Compañía de Jesús, escribió
una carta a cada uno de los prepósitos de las órdenes
y congregaciones religiosas e institutos seculares, anunciándoles
su intención de visitarles personalmente. Todos ellos
contestaron que no era el general de los jesuitas quien debía
visitarles a ellos sino ellos quienes debían acudir
humildemente ante el general de los jesuitas. "No vengáis
vos hacia nos. Somos nos quienes vamos hacia vos". En
este toma y daca de la cortesía vaticana se hacía
patente el deseo de inaugurar una nueva etapa en la historia
de las relaciones entre las órdenes. Pero hubo una
excepción: el presidente general del Opus Dei no contestó
a la carta del padre Arrupe. No se arredró por ello
el dinámico jesuita. Telefoneó personalmente
a Bruno Buozzi, 73-75, la suntuosa residencia de Monseñor
Escrivá de Balaguer en Roma. Fuentes fidedignas informan
de que Arrupe llamó a Monseñor hasta cinco veces
y las cinco le contestaron que "el Padre" no estaba
en casa. Posteriormente, mucho más tarde, los dos hombres
de Iglesia tuvieron ocasión de entrevistarse y se fotografiaron
juntos en la terraza de un edificio del vaticano, teniendo
por fondo la grandiosa cúpula de Miguel Angel.
Mi estadode ánimo era más bien pesimista, conociendo
ésta y otras anécdotas reveladoras del deseo
de ocultación del Fundador del Opus Dei, cuando me
dirigí por carta a Monseñor Escrivá de
Balaguer, pidiéndole que accediera a recibirme personalmente,
ya que tenía el propósito de hacer una semblanza
de quien yo considero, y así se lo decía "una
importante figura de nuestro tiempo". Cuando el biografiado
vive el biógrafo no puede excusar el contacto personal
con él. En mi caso, razones de fuerza mayor me lo impidieron.
No es maravilla que el hombre que había hecho esperar
al Nuncio de Su Santidad, que había dejado sin contestar
la carta del general de los jesuitas y que le había
tenido pegado al teléfono en humilde y desproporcionada
solicitud de audiencia no respondiese a la petición
de un periodista que le había pedido entrevistarse
con él. A medida que iban pasando las semanas y los
meses sin que yo obtuviese contestación a mi carta,
sentía una explicable inquietud por el futuro de mi
trabajo. En vista del silencio de Roma decidí dirigirme
a la secretaría de información del Opus Dei
para saber si tenían alguna noticia que hiciera referencia
a mi petición. La secretaría conocía
mi sulicitud de entrevista pues simultáneamente había
escrito a uno de los secretarios, Luis Gordon, enviándole
una copia de mi petición y rogándole que la
apoyara oficialmente. Con Luis Gordon había tenido
yo anteriormente, por iniciativa suya un cambio de impresiones
acerca de cierto controvertido punto de "Camino"
que yo me había permitido glosar en un capítulo
de mi libro "Los españoles", aparecido en
la primavera de 1968. Luis Gordon me invitó a acudir
a las oficinas de la secretaría en la calle Vitrubio
de Madrid. La cosa vino porque, al hablar de la sexualidad
española, yo había transcrito la famosa máxima
de "Camino" que dice:
"El matrimonio es para la clase de tropa y no para
el estado mayor de Cristo. Así, mientras comer es
una exigencia para cada individuo, engendrar es exigencia
sólo para la especie, pudiendo desentenderse las
personas singulares".
Al citar esta frase del Padre Escrivá, cualificado
moralista moderno, yo pretendía señalar la pervivencia
en nuestro tiempo de la tradicional actitud española
ante el sexo. Luis Gordon -creo que animado por el apostólico
espíritu de lo que en el Opus Dei se llama "corrección
fraterna"-, me explicó que el pensamiento del
Padre Escrivá de Balaguer era muy distinto de lo que
yo había supuesto y, precisamente, Monseñor
había sido uno de los primeros en defender y propugnar
la dignidad y la santidad del estado matrimonial. Le dije
a Gordon que aunque a mí me repugnaba aquella referencia
elitista a las "personas singulares" frente a las
exigencias comunes de la "clase de tropa", trataría
de estudiar mejor el ideario del Fundador y que, si quedaba
convencido, no tendría inconveniente en retocar mi
comentario a la discutida máxima. Este episodio tiene
para mí alguna importancia porque fue a partir de esas
conversaciones sobre la conocida sexología del Padre
Escrivá cuando pensé en adentrarme en el estudio
del Opus Dei y de la personalidad de quien lo fundó.
En mi segunda visita, destinada a comprobar si había
respuesta a mi solicitud de entrevista, me hicieron pasar,
igual que la primera vez, al saloncito de gusto burgués,
con su tresillo tapizado en terciopelo oro, su lámpara
de pie de pergamino, su moqueta de color ocre, su mesita de
mármol jaspeado, su lámpara de cuentas de cristal
suspendida del techo en el centro de la sala. No puedo explicar
ahora las hondas resonancias sociológicas que percibí
yo en el españolísimo gusto de aquel saloncito
confortable. Me vino a la memoria, por vía de contraste,
mi fugaz paso por la Acción Católica, en los
años de la inmediata posguerra, a los catorce o quince
de mi edad, y aquellas catequesis de los barrios pobres barceloneses
con las paredes desconchadas, los bancos desvencijados, la
estufa negra sobre la cual hervía un puchero con hojas
de eucaliptus, donde los hijos de buena familia iban a ganar
el cielo y la completar la ingente labor de recatolización
emprendida, pocos años antes, en la guerra, por el
nacional-catolicismo. Desde aquella cochambre hasta el aterciopelado
saloncillo del salón del hotelito de Vitrubio, los
invictos niños de los años cuarenta habían
hecho un largo recorrido.
No se hizo esperar mi interlocutor, que esta vez era el jefe
de la secretaría del Opus Dei madrileño, Javier
Ayesta. Conocía a Ayesta por la referencia que de él
hacía Daniel Artigues en su conocido libro "El
Opus Dei en España" llamándole, equivocádamente
por cierto, "el padre Ayesta", pues el hombre que
tenía a su cargo la secretaría del Opus Dei
en Madrid, ya fallecido, no era ni fue nunca sacerdote. En
el libro de Artigues, por lo demás muy bien informado
y documentado, se hace referencia a una entrevista del periodista
Marcel Niedergang con Javier Ayesta publicada en "Le
Monde" en la que el secretario de la Obra declara que
"el Opus Dei es algo muy similar a la FAO o a la UNESCO".
Como dice Artigues al comenztar esta entrevista, cualquier
persona puede obtener información acerca de la FAO
o de la UNESCO con sólo abrir los anuarios correspondientes.
Animado, yo también, por esta esperanzadora analogía,
le pedí a Ayesta datos e informaciones que me pudieran
ser útiles para hacer la semblanza de Monseñor
Escrivá, al tiempo que lamentaba la ausencia de biografías
o, siquiera, de alguna semblanza que pudiera ayudarme en el
trabajo que me proponía hacer. Salí aquella
tarde del hotelito de la calle Vitrubio tan ayuno de datos
como había entrado. Quizá mi interlocutor recordara
durante nuestra conversación la máxima 645 de
"Camino que dice:
"¡Qué fecundo es el silencio! -Todas
las energías que me pierdes con tu falta de discreción
son energías que restas a la eficacia de tu trabajo-.
Sé discreto".
Todo lo que Javier Ayeta me dijo durante la visita es que
no consideraba llegado el momento de que se escribiera una
biografía de Monseñor Escrivá y que,
si yo lo intentaba, mi libro quedaría incompleto y
tendría muy poco tiempo de vigencia. Me sublevaba la
idea de que solamente un miembro de la Obra o una persona
que estuviera en "su órbita", pudiera acometer
la tarea de biografiar a su Fundador. Tal cosa no habría
sucedido, por seguir con la comparación que mi interlocutor
había hecho, con los fundadores de la FAO o de la UNESCO.
Yo creo que la negativa del Opus de proporcionarme datos redobló
mi determinación de conseguirlos por mi propia cuenta.
Pregunté después al jefe de la secretaría
si le había llegado de Roma alguna indicación
relativa a mi solicitud de ser recibido por Monseñor
Escrivá "en audiencia privada". Me dijo que
"de palabra" se le había comunicado que "el
Padre" tenía un programa densísimo de trabajo
y que, por otra parte, no juzgaba que su persona fuera lo
suficientemente importante como para ser objeto de una especial
atención. Que, no obstante, llegado el momento, tendría
"sumo gusto en recibirme". Pregunté entonces
a mi interlocutor qué plazo calculaba él que
tendría que durar mi espera.
-"Unos tres años", dijo. Y añadió
una frase que, como luego he podido comprender, era muy del
estilo de una pía asociación con tan señalada
vocación internacionalista. "Delante de ti,
dijo, hay sesenta periodistas esperando, muchos de ellos,
extranjeros".
Salí de la secretaría con las ideas confusas
respecto a lo que debía hacer y con un folleto de propaganda
de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra,
que fue todo lo que pude obtener de la representación
oficial del Opus Dei en Madrid. Mi conversación con
Ayesta, que transcurrió en tono de máxima cordialidad,
su negativa a darme datos de la vida de Monseñor Escrivá
me confirmaron en la idea de que el Fundador es y seguirá
siendo la pieza clave del Opus Dei, el eje alrededor del cual
gira la vida de lo que entonces era un Instituto Secular y
que ahora es una Prelatura Personal. Un amigo mío solía
decir en la época en que los miembros de la Obra procuraban
ocultar su condición que la prueba decisiva para saber
si una persona es del Opus es hablarle despectivamente del
"Padre". "Saltan enseguida", decía
mi amigo porque dicen que Escrivá es "su padre"
y que cualquier persona saltaría si le hablaran mal
de su padre. Hace ya mucho tiempo, sin embargo, que el "padre
de familia" ha bajado en España del pedestal en
que en otro tiempo se le tenía colocado. Lo que todavía
Juanito Valderrama ha podido decir de la figura de la madre,
que "madre no hay más que una y a ti te encontré
en la calle", difícilmente podría aplicarse
en nuestros días a la figura, antes venerable, del
padre. El Opus Dei resucita a las puertas del año 2000
un trasnochado paternalismo. El propio Escrivá se refería
a los miembros del Opus llamándoles "hijos"
e "hijas" y ellos convertían al Padre-Fundador,
ya en vida, en un mito inaccesible. Lo sigue siendo después
de su muerte. Monseñor Alvaro del Portillo le sucedió
en la presidencia del Opus Dei y es hoy obispo de la Prelatura
Personal. Pero "el Padre" sigue siendo Monseñor
Escrivá.
Esta paternidad espiritual, interpretada con los criterios
familiares de la época de la infancia de Escrivá,
es lo que ha dado al Opus Dei su cohesión de gran familia.
La obra del "Padre" se difunde originalmente en
un sector de la sociedad española que, por las mismas
épocas, elige formas totalitarias y también
paternalistas de gobierno. En "Camino", el libro
fundamental del Opus Dei, escrito en Burgos durante la Guerra
Civil, Escrivá insiste mucho en la idea de que la relación
entre Dios y el hombre se manifiesta siempre como una relación
entre padre e hijo. En muchas de sus máximas se invita
al lector a sentirse continuamente niño:
"El niño débil, si es discreto, procura
estar siempre cerca de su padre".
o
"¿No ves con qué mala gana da el
niño sencillo a su padre, que le prueba, la golosina
que tenía en sus manos? Pero se la da. Ha vencido
el Amor".
o bien
"Los niños no tienen ada suyo, todo es de
sus padres... y tu padre sabe siempre muy bien cómo
gobierna el patrimonio".
Esta relación padre-hijo que, según Escrivá
debe mantener el hombre con Dios es paralela a la que los
miembros de la Obra mantienen con el fundador-padre. Y, en
las máximas de "Camino", lo mismo que en
los otros libros escritos por él o en su forma de actuar
durante su vida, Escrivá se presenta siempre a sí
misma como "Padre" de sus "hijos". Los
niños creen ciegamente en él, le tienen por
santo y no se cuestionan jamás su autoridad ni su carisma
fundacional.
Después de la muerte de Monseñor en 1975, han
aparecido varias biografías y semblanzas del Fundador
del Opus Dei escritas por miembros de la Obra o por personas
muy próximas a ella. Pertenecen todas ellas al género
laudatorio en el que, incluso algunos aspectos de su vida
que pudieran ser objeto de crítica se convierten en
motivos de alabanza. Desde el momento en que decidí
escribir mi semblanza de Escrivá de Balaguer, pensé
que mi libro, tal como me había anunciado el jefe de
la secretaría del Opus Dei de Madrid, Javier Ayesta,
quedaría pronto superado por los trabajos de personas
que le conocieron y trataron o que tuvieron más fácil
acceso que yo a la historia de su vida. Mi sorpresa, al leer
estos panegíricos, fue comprobar que ninguna de las
informaciones que yo di en mi libro publicado en 1975 era
desmentida por los biógrafos oficiales. Añadían
algunos datos y anécdotas, silenciaban otras, pero
no variaban sustancialmente el relato de los hechos de la
vida de Escrivá. Por esta razón he decidido
reeditar ahora este libro en su versión original, incluyendo
tan sólo un epílogo para dar cuenta de los acontecimientos
posteriores a su publicación y unas notas al texto
destinadas a ampliar los datos o corregir algunas impreciosiones.
Los biógrafos, o mejor diría, hagiográfos
del Opus Dei dan, claro está, una imagen de la vida
del fundador muy distinta o contraria incluso a la que yo
doy en este libro. La diferencia está, no en los hechos,
sino en su interpretación. La regla de oro del periodismo
dice que "los hechos son sagrados, las interpretaciones
son libres". Con esta libertad, pero sin ocultar o tergiversar
los hechos y, menos aún, inventárselos, debe
trabajar también quien quiera componer una biografía.
Los hagiógrafos de la Obra, y se les puede llamar asó
porque parten de la idea de que están escribiendo la
Vida de un santo, no ocultan ni tergiversan los hechos pero
los interpretan de otro modo, a menudo de forma bastante peregrina.
Por poner un ejemplo, Escrivá era un hombre en extremo
irascible y colérico. Cualquiera diría que ese
rasgo de su carácter, que le hace por ejemplo insultar
a sus colaboradores, dar patadas a los muebles o emprender
una implacable persecución contra personas que abandonan
el Opus, es un defecto. Los biógrafos oficiales hacen
de ese defecto virtud y hablan, en frase acuñada por
el mismo Escrivá, de su "santa cólera".
Leyendo, por poner otro ejemplo, la vida del fundador del
Opus Dei, cualquier persona desapasionada verá qie
se trataba de un hombre ávido de honores, dignidades
y títulos y que acumuló durante su vida todos
los que pudo. Como se explica en las páginas de este
libro el fundador del Opus Dei consiguió, en los años
cuarenta, alargar y hacer más pomposo su apellido solicitando
al Ministerio de Justicia el añadido del gentilicio
"de Balaguer", nombre del pueblo leridano de donde
procedía su familia. Posteriormente, a fines de los
sesenta, solicitó el marquesado de Peralta. Por mucho
que uno se caliente la cabeza buscando interpretaciones de
estos hechos, difícilmente llegará a la conclusión
de que Escrivá hacía esas cosas por humildad.
Pues bien, es a la virtud de la humildad y no al defecto de
las vanagloria a lo que, en último término,
atribuyen los biógrafos oficiales estos hechos de la
vida del fundador.
Libros como los de Salvador Bernal, Andrés Vázquez
de Prada o el alemán Peter Berglar son una continua
loa de las acciones, omisiones, saberes y decires de Monseñor
Escrivá, y no sólo de sus virtudes sino también
de sus defectos convertidos, como por ensalmo, en virtudes
heroicas. Su biógrafo alemán no tiene empacho
en comparar la obra de Escrivá con la de Cristóbal
Colón y también dice que, al lado de "Camino",
"libro inconformista con el que todos los cristianos
pueden identificarse", "Las Consideraciones intempestivas"
de Nietzsche "son casi inofensivas e ingenuas".
Al hablar de las fotografías que se conservan de Monseñor
cuya imagen, según dice él, no varió
especialmente a lo largo de su vida, Peter Berglar habla de
personas cuyo rostro sufrió en cambio muchas transformaciones
a medida que avanzaba su edad. Para ilustrar esta idea, busca
casos, no de personas corrientes, sino de grandes personajes
de la historia: Napoleón, Goethe, Rembrandt, Beethoven,
Einstein o la gran duquesa Anastasia de Rusia. En otro momento,
el biógrafo de Escrivá encuentra su contrafigura
nada menos que con Lenin. Como se ve, no se andan con chiquitas,
como se dice, los "hijos" a la hora de buscar paralelismos
a la personalidad del "Padre".
Vázquez de Prada, lo mismo que otros escritores de
esta escuela, insiste mucho en la fama de santidad que acompaña
a don José María entre quienes le conocen desde
los tiempos de la fundación de la Obra. Un hombre que
ha sido "instrumento divino" para la creación
del Opus Dei -y nótese que ya en el mismo nombre está
implícita la "inspiración divina"
que le lleva a fundarlo-, no es mucho que sea considerado
santo por los que le siguen. Se le atribuyen poderes que no
tienen los demás mortales. Se dice que recibe señales
del Cielo y que tiene premoniciones que suelen cumplirse.
Vázquez de Prada cuenta, por ejemplo, que el Padre
Escrivá, estando en Burgos, durante la guerra vaticinó
la muerte repentina de un alto funcionario, el señor
Bermúdez, que se disponía a acusar a uno de
los miembros de la Obra de ser un espía al servicio
de la República. El Padre fue al despacho del señor
Bermúdez para interceder por su discípulo sin
lograr persuadirle de que desistiera de su propósito.
Al bajar por la escalera del edificio dijo para sí
en voz que oyeron sus acompañantes: "Mañana
o pasado, entierro". Al día siguiente, vieron,
a la puerta de una iglesia, la esquela de defunción
de aquel funcionario y entonces el Padre rezó por el
señor Bermúdez y dijo a sus discípulos
que tenía la convicción de que Dios había
concedido al muerto la gracia del arrepentimiento final.
Esta firme creencia en la santidad del fundador que desde
los comienzos de su apostolado se manifiesta entre sus seguidores
y que el mismo Escrivá se encarga de alimentar insinuando
que ha sido objeto de la elección divina, es a mi juicio
el factor determinante de la configuración del Opus
Dei y de la forma de ser y de proceder de la Obra y de sus
miembros. Una vez admitido que el fundador es un santo portador
de un mensaje divino resulta imposible a sus devotos seguidores
mirar con ojos críticos lo que él hace, dice
o escribe. La característica más llamativa del
Opus Dei es la falta de espíritu crítico de
sus socios en todo lo que se refiere al Padre y al origen
divino de la Obra. Diga lo que diga, haga lo que haga, escriba
lo que escriba le escuchan, le contemplan o le leen con la
convicción de recibir un divino mensaje. En este libro
se cuenta una anécdota muy reveladora de la acrítica
docilidad de los "hijos" ante los actos, a veces
inescrutables, del Padre. Un día, en el descanso de
uno de sus coloquios, Escrivá pide una cocacola. Los
"hijos" presentes se miran unos a otros y comentan
entre sí en tono admirativo: "¡Ha pedido
una cocacola!" como tratando de adivinar la honda significación
sobrenatural de que pida ese refresco.
Una de las manifestaciones más notables de esta falta
de espíritu crítico es la forma que los socios
de la Obra tienen de considerar los "defectos" del
fundador. Porque, eso sí el fundador tiene defectos
y él mismo los reconoce. De forma histriónica,
este hombre a quien no puede negarse talento para la puesta
en escena manifiesta a sus hijos sus propias humanas flaquezas.
Un día, por ejemplo, según cuenta uno de sus
biógrafos, durante una tertulia con sus íntimos
colaboradores, don Josemaría levanta los ojos al cielo
y se le oye musitar: "Señor, ¡Josermaría
no está contento con Josémaría!".
Otras veces sus confidencias se expresan de forma más
tajante o incluso con crudeza. Escribe en un artículo:
"... veo que no soy nada, que no valgo nada, que no tengo
nada, que no puedo nada; más, ¡que soy la nada!".
Se califica a sí mismo de "instrumento inepto
y sordo" o de "fundador sin fundamento". No
ahorra improperios dirigidos a su persona y de pronto dice
en público que él es "un botijo de barro,
un cacharro", "un trapo sucio" o "un pingajo".
Sus hijos le escuchan temblorosos y se revuelven contra el
rigor de tales términos, atribuyendo la capacidad que
el Padre tiene de menospreciarse y de autoinsultarse a la
virtud de la humildad propia de los santos.
Esta falta de espíritu crítico de los socios
de la Obra les hacia vivir en un mundo cerrado -precisamente
a ellos que tienen por misión vivir y santificar su
trabajo en el mundo-, de horizontes mil veces más cerrados,
se diría, que los de un monje de clausura. No admiten
la más leve crítica ni otra interpretación
que la que ellos dan de la santidad del fundador y del origen
y desarrollo de la "Obra de Dios". Atribuyen cualquier
crítica, cualquier interpretación en contrario
a mentirosas o calumniosas maquinaciones de los enemigos del
Opus Dei, cuando no del Demonio.
Con este mundo cerrado, con esta propensión al secreto
y esta constante negativa al diálogo me topé
yo cuando empecé a recoger datos para componer lo que
entonces llamé el "retrato-robot" del fundador
de la Obra. El retrato de un hombre al que me estaba vedado
el acceso y acerca de quien se me cerraban las principales
funtes de información. Para hacer esta "identificación
posible" del personaje envuelto en la "discreción"
opusdeista procuré reunir los documentos que dan constancia
de las fechas principales de su biografía, de las modificaciones
introducidas en sus apellidos, de la conseción de títulos
nobiliarios y otras distinciones académicas, civiles
o eclesiásticas. Estudié las obras publicadas
por el padre Escrivá a lo largo de su vida, desde "Consideraciones
Espirituales", un opúsculo de 1934 cuyas máximas
incorporó luego a "Camino", hasta "Santo
Rosario", las colecciones de "Homilías"
y su tesis doctoral, "La abadesa de las Huelgas",
la obra que mejor puede servir para estudiar el ideario político
del fundador del Opus Dei. El propósito que me guiaba
al leer estos libros no era el de hacer un análisis
del pensamiento ascético y religioso de Escrivá
sino el de tratar de adivinar, a través de ellas, el
carácter y la forma de ser de su autor.
Pero mi retrato-robot se nutrió sobre todo de declaraciones
de personas que conocieron a Monseñor. En Barbastro,
la ciudad donde nació, en Logroño o en Zaragoza
me entrevisté con amigos o conocidos de su familia
y con algunos de sus compañeros de instituto o de seminario.
Hablé también con algunos miembros del Opus
Dei que me dieron su versión de la vida del fundador,
siempre dentro de la reserva y "discreción"
que caracteriza a la Obra. El material más abundante
me llegó de mis conversaciones con personas que, habiendo
sido durante largo tiempo miembros de la Obra, la abandonaron
después. Desde los primeros tiempos, el Opus ha registrado
un grandísimo trasiego de entradas y salidas. Da la
impresión de que la Obra es un lugar en el que mucha
gente parece estar interesada en entrar pero del que son también
muchos los que salen, algunos de ellos fuertemente traumatizados
por la experiencia. Cada año, por la festividad de
San José, que es cuando los numerarios deciden si van
a renovar o no las promesas y votos, algunos socios abandonan
la Obra. La salida de un socio, según pude comprobar
en mis conversaciones de entonces, es siempre muy mal acogida
por los directores. He conocido casos de socios que, habiendo
decidido marcharse, fueron perseguidos hasta altas horas de
la noche de San José por los compañeros de resiencia
constituidos digámoslo así, en "comandos
espirituales". En un caso, el "hijo emancipado"
logró ponerse a buen recaudo en casa de un amigo que
no tenía nada que ver con el Opus, a pesar de lo cual
fue hallado y sermoneado hasta muy avanzada la madrugada con
argumentos que el propio interesado calificaba de muestras
de "chantaje moral".
Con los datos que me fue posible reunir y con las declaraciones
de estas personas intenté trazar un retrato psicológico
de Monseñor Escrivá que fuera útil para
una mejor comprensión de una asociación que
tanta importancia había llegado a adquirir en la política
y en las finanzas de la España de entonces. Ese retrato
no solamente tenía que dar los rasgos de su carácter
sino reflejar también el clima de la época que
le tocó vivir. La historia personal de Escrivá,
la fundación del Opus Dei, su expansión y desarrollo
están estrechamete ligados a las vicisitudes por las
que nuestro país tuvo que pasar. No se comprendería
la personalidad del fundador sin referencia a su tiempo. Ni
se explicaría lo que la Obra ha llegado a ser hoy sin
referencia a la Guerra Civil Española y a la larga
dictadura franquista que propició su desenvolvimiento.
De ahí, quizá, que en España, más
que en ningún otro país, haya causado estupor,
también entre muchos católicos, la decisión
de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos
de beatificar a Monseñor Escrivá de Balaguer.
Una decisión tomada con prisas en un papado propicio,
gracias a la inmensa capacidad de propaganda desplegada por
el Opus Dei. Antes de que el lector abra las páginas
de este libro, no me queda sino decir, al ver Beato a su protagonista,
aquella gran verdad: ¡Cuán inescrutables son
los caminos del Señor!
Luis Carandell
Madrid, 1992
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