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 Libros silenciados: Fundación del Opus Dei: 19 de marzo.- Gervasio

110. Aspectos jurídicos
Gervasio :

Fundación del Opus Dei: 19 de marzo

Autor: Gervasio

 

 

En mi colaboración del viernes pasado Fundación del Opus Dei: 1941 proponía como fecha de fundación del Opus Dei la de 1941, porque es el año en que recibe su primera aprobación eclesiástica, otorgada por el obispo de Madrid-Alcalá, y no el año de la famosa visión de Escrivá de 2 de octubre de 1928. Pero señalaba indebidamente, como fecha de aprobación, la de 14 de febrero de 1941. Esta fecha de 14 de febrero de 1941 es la fecha de solicitud de aprobación; no la de aprobación. La aprobación se produce con fecha de 19 de marzo de 1941. Para comprobarlo basta leer los correspondientes documentos de solicitud y de aprobación. Figuran en Opuslibros.

 

En la solicitud de aprobación, se hace constar que José María Escrivá de Balaguer y Albás dirige privadamente una labor de apostolado, con la denominación de Opus Dei, iniciada en Madrid con el beneplácito y bendición de V. E. Rvma y del Ilmo Sr. Vicacio General, el día 2 de octubre de 1928. Escrivá no habla de “fundada” en 2-X-1928, sino de “iniciada” en esa fecha. El “beneplácito y bendición” tanto de don Leopoldo Eijo-Garay, como de su vicario general, tienen necesariamente que ser posteriores a ese 2 de octubre de 1928, pues a Escrivá no le pudo dar materialmente tiempo el 2 de octubre a tener la visión y a entrevistarse a continuación con el obispo y con su vicario general, entre otras cosas porque tenía que terminar los preceptivos ejercicios espirituales que estaba haciendo...  



En respuesta a la instancia de Escrivá del 14 de febrero, el obispo aprueba el Opus Dei como pía unión por decreto de 19-III-1941. Lo califica como “obra de celo” de la que espera grandes frutos. No rehúye la palabra “fundar”, sino que la contempla expresamente. Escribe que la tal “obra de celo” fue fundada con nuestra autorización y beneplácito el año 1928 (n. II), pero sin concretar mes y día. En el n. I del documento se incluye, en el otorgamiento del beneplácito, al vicario general, que también es mencionado en la solicitud de Escrivá. Parece deducirse de la lectura de ambos documentos —el de solicitud y el de aprobación— que después del 2 de octubre, pero antes de finalizar el mes, Eijo-Garay fue informado de la voluntad de Escrivá de fundar algo en la diócesis de Madrid y le otorgó su autorización junto con su beneplácito. La mención del vicario general es congruente con su función de dejar constancia del acontecimiento.

 

Un sacerdote cualquiera —y más aún un sacerdote incardinado en otra diócesis— no puede desarrollar por su cuenta y riesgo, sin la autorización correspondiente, una nueva “obra de celo” en la diócesis. Esa autorización es un acto jurídico distinto del de aprobar como pía unión el Opus Dei, a tenor del canon 748 del CIC que es el que trata de la aprobación de las pías uniones, junto con sus normas de funcionamiento. No conocemos la fecha de autorización, aunque quizá conste en los archivos de la hoy archidiócesis de Madrid. No parece oportuno considerarla efeméride fundacional, porque no va acompañada de unos estatutos en los que quede claro qué es lo que se funda.

 

Al fundador, como a todos, le gustaba pedir permisos, cuando de la correspondiente concesión se derivan ventajas. Si no le reportaba ventajas o intuía que iba a ser denegado, simplemente no lo pedía y si era necesario se lo saltaba a la torera. Las ventajas eran poder decir: “esto lo estoy haciendo con el permiso expreso del señor obispo”. También podía épater le burgois, e incluso justificarse en Zaragoza, diciendo: “en Madrid estoy desempeñando una labor sacerdotal en la que don Leopoldo está muy interesado”. Por lo demás, al día de hoy, ha logrado reducir al mínimo los permisos que el Opus Dei tiene que pedir a los ordinarios locales, para trabajar en sus diócesis. En tema de peticiones de permiso, hasta llegó a pedir permiso a don Juan de Borbón para rehabilitarse en un título de marqués. “Pues solicítelo usted”, le habrá dicho. Todo el mundo puede hacerlo. Pero siempre queda más guay poder decir:

 

Pues don Juan me dio permiso para cursar la solicitud.

 

Le gustaba tener permisos de personas importantes. Por ejemplo, para ir a Méjico, en vez de simplemente viajar, como el resto de los mortales, prefería hacerlo con el permiso expreso del presidente de la República.

 

Me estoy divirtiendo demasiado. El obispo de Madrid-Alcalá evidentemente no autorizó a Escrivá a tener la visión, sino que la autorización y beneplácito son una realidad posterior a la visión, aunque tan temprana, que se produce antes de finalizar el año 1928. Don Leopoldo conoció el Opus Dei con anterioridad a que ingresase en él socio alguno, ni siquiera Isidoro Zorzano, que es de 1930. Don Leopoldo tuvo el suficiente conocimiento del Opus Dei como para darle su autorización y beneplácito en fecha tan remota como 1928. ¿Qué conocería? Bastante más de lo que el fundador iba diciendo a cualquier eclesiástico con el que se topaba. Iba pidiendo oraciones —dicen sus biógrafos— a unos y a otros en favor de una importante misión o tarea de la que se consideraba responsable, pero sin darles a conocer en qué podría consistir. Tal actitud es recurrente en Escrivá. Los que pertenecimos al Opus Dei recordamos bien lo de encomendar intenciones de contenido desconocido, las intencionísimas. Todos saben que hay algo. No se sabe qué, pero hay que aceptarlo de antemano.

 

En La diligencia de Escrivá Nicanor se preguntaba por qué dedicó años —según decía— en buscar instituciones semejantes a las cuales adscribirse con el "carisma" que se le había revelado, incluso buscar folletos de algunas asociaciones, me parece, de los países bajos. Yo diría que ese tipo de afirmaciones son obligadas en las hagiografías de los fundadores. Se vieron obligados a fundar. Ellos no querían. Era el Señor el que se lo pedía. Ese tópico no podía faltar en la mistificación épica de la fundación del Opus Dei. Lo mismo le sucedió al solicitar el título de marqués. Era un deber filial que tenía que cumplir, aunque le costase hacerlo y fuese contrario a su inclinación natural. No quería fundar; pero menos aún regresar a Perdiguera.

 

La implicación desde 1928 del obispo de Madrid-Alcalá en el nacimiento del Opus Dei resultaba muy útil para prorrogar la estancia de Escrivá en Madrid. No justificaba suficientemente la prolongación de la estancia, ni la atención a unas llamadas Damas Apostólicas, ni la elaboración de una memoria para la obtención del grado de doctor. Lo lógico hubiera sido llevar a cabo su “obra de celo” en Zaragoza. Pero era Eijo-Garay y no el ordinario de Zaragoza el interesado en esa “obra de celo”. Gracias a esa providencial “obra de celo”, Eijo-Garay se convirtió de hecho en el “superior eclesiástico” de Escrivá, subrogándose en la posición del arzobispo de Zaragoza. En Madrid por así decirlo está “en comisión de servicios”. De hecho acabará incardinándose en Madrid, sin otra actividad que lo justifique que su “obra de celo”.

 

Eijo-Garay será el gran valedor de Escrivá, dando buenos informes o razones al arzobispado de Zaragoza, como también los dio al abad de Monserrat y a quienquiera que se los pidiese. Hay estrecha colaboración entre Escrivá y Eijo-Garay desde el mismísimo nacimiento del Opus Dei. Escrivá decía que en la dirección espiritual con el sacerdote de turno, éste no entraba en cuestiones relativas a “la Obra”; pero no se puede decir lo mismo del obispo de Madrid-Alcalá. Eijo-Garay debió de “aportar” y mucho —ideas, modos de hacer y no sólo beneplácitos— a una fundación, cuya existencia justificaba que un sacerdote venido de Zaragoza no regresase a su diócesis. Debió de de ser muy del agrado de Eijo-Garay.

 

Don Leopoldo está al corriente del carácter “oculto”, “discreto”, “reservado” del Opus Dei, por lo que: …y teniendo en cuenta la discreta reserva que para mayor gloria de Dios y eficacia de la Obra se debe guardar, disponemos que el ejemplar de sus Reglamentos, Régimen, Orden, Costumbre, Espíritu y Ceremonial se custodien en nuestro Archivo Secreto. La aprobación no está dada en forma común sino en forma específica, como se deduce de la fórmula utilizada —después de examinar detenida y atentamentereferida no sólo al Reglamento, sino también al Régimen, Orden, Costumbres. Espíritu y el Ceremonial.

 

Don Leopoldo Eijo y Garay conocía bien el Opus Dei, incluidos sus aspectos más tenebrosos, como los de su “discreta reserva” y la modalidad “apostólica” de las “asociaciones auxiliares”, en las que el Opus Dei no da la cara y actúa a través de sus socios, los cuales, aparentado responsabilidad meramente personal, se instalan en las instituciones públicas y en las Asociaciones Auxiliares. Como leemos en los Reglamentos de 1941 en el art. 33 de Régimen: Quienes llevan, en cada país, el régimen de las Asociaciones Auxiliares, a través de las cuales actúan los socios han de ser numerarios; es decir, los actuales “numerarios inscritos”, una categoría más recóndita y escogida aun que la de los meros numerarios de a pie, cuya condición de numerarios inscritos se oculta incluso el resto de socios. Esas Asociaciones Auxiliares llevadas por numerarios inscritos dependen del “consejero”, hoy llamado Vicario regional. Los Directores de estas Asociaciones dependen directamente del consejero y, a propuesta del Consejero con el parecer unánime del Defensor, podrá el Padre nombrarles miembros extraordinarios de la Comisión o de la Asesoría Técnica respectiva (Régimen, art. 33, n. 2). Además, todos los socios del Opus Dei que forman parte de las Asociaciones auxiliares, están obligados a votar, para los cargos directivos de estas Asociaciones, a las personas que designe el Consejero (Régimen, art. 33, n. 3).

 

Signo de la implicación de don Leopoldo en el Opus Dei es que, acabada la guerra civil española, dispone que todos los socios varones se enrolen en la División Azul, así llamada por el color azul de las camisas falangistas, destinada a luchar en la guerra mundial en el frente oriental, contra la comunista Unión Soviética. Había muchas menos plazas que voluntarios, por lo que los aspirantes se disputaban el honor de formar parte de esa división de voluntarios. Escrivá logró finalmente dejar sin efecto el descabellado propósito de don Leopoldo. Es significativo que todos obedezcan a don Leopoldo, sin rechistar, en una decisión que supone nada menos fijar durante tiempo indefinido el destino y actividad de los socios de la naciente pía unión.

 

Esos “autorización y beneplácito” del obispo de Madrid-Alcalá tenían su coste. Escrivá tuvo que soportar —y así lo expresó alguna vez— que don Leopoldo consideraba que la “obra de celo” era tan suya como de Escrivá. Escrivá debió de sentirse aliviado cuando se produce lo que denominaba la “appositio manuum” por parte de la Santa Sede. La Santa Sede en 11-X-1943 otorga el nihil obstat a que el obispo de Madrid-Alcalá erija una sociedad de vida en común sin votos en la que incardinar a los futuros sacerdotes del Opus Dei. No conocemos —yo al menos— a qué documentos dio su nihil obstat la Santa Sede. Sería interesante saberlo. A partir de ese momento las competencias sobre el Opus Dei se desplazan hacia la Santa Sede. El 8 de diciembre de 1943 el obispo e Madrid-Alcalá erige canónicamente la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. En el Opus Dei tal fecha no se considera fundacional, sino que se considera fundacional la de una visión de 14 de febrero de 1943 con un contenido muy pobre, que comenté en Fundación del Opus Dei: 1941.

 

Leemos en la Wikipedia (Voz Leopoldo Eijo y Garay, 15-II-2012): Eijo Garay tuvo un papel de especial importancia en la vida del Opus Dei y de su fundador, Josemaría Escrivá de Balaguer. El fundador del Opus Dei había llegado a la diócesis de Madrid-Alcalá en 1927, para cursar el doctorado. Desde su llegada a la capital, Escrivá fue poniendo al obispado al corriente de su trabajo sacerdotal y de los primeros pasos del Opus Dei: primero a través del Vicario don Juan Francisco Morán y, desde 1935, por medio de los obispos Marcelino Olaechea y Cruz Laplana y Laguna. Cuando llegó a Burgos, se puso en contacto con Eijo por medio de la correspondencia, para informarle de su situación y pedirle consejo sobre algunos asuntos de su tarea pastoral (No consta, en cambio, que pidiese consejo a su obispo, el de Zaragoza, cuando estaba en Madrid). Acabada la guerra civil española, pudieron encontrarse por fin, y hablar directamente sobre el Opus Dei y sus proyectos de expansión. Esta primera entrevista fue el 2 de septiembre de 1939. Ante las incomprensiones que el Opus Dei recibió de algunos jesuitas, en Madrid y en otras ciudades españolas, como Barcelona o Valencia, el obispo de Madrid-Alcalá siempre salió en su defensa. De hecho, el 19 de marzo de 1941 fechó la primera aprobación jurídica que recibió el Opus Dei, como Pía Unión, y a partir de junio del mismo año mantuvo una interesante correspondencia con el Abad Coadjutor de Montserrat, Aurelio María Escarré, explicando la naturaleza del Opus Dei y el origen de las maledicencias. Como muestra de su afecto por el Opus Dei, Eijo ordenó a los tres primeros sacerdotes de la Obra (aparte del propio Escrivá), el 25 de junio de 1944: eran Álvaro del Portillo -primer sucesor en 1975 de Escrivá-, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz, así como a otras promociones sacerdotales del esta institución, en la década de los años 60.

 

Al margen del papel más o menos relevante de Eijo-Garay en la configuración del Opus Dei, lo más llamativo de lo que aprueba en 1941, es el modo de entender las relaciones entre el orden temporal —en sus dimensiones política, económica, artística, productiva, de opinión pública, etc.— y el papel de los miembros del Opus Dei al ocuparse de esas actividades temporales. Tanto Escrivá como Eijo Garay profesaban en este campo, la “buena doctrina”, la “sana doctrina”, la que habían aprendido al cursar la asignatura llamada Derecho Público Eclesiástico, Ius publicum ecclesiasticum. En el desaparecido “Derecho público eclesiástico externo” se sentaban criterios sobre las relaciones entre los órdenes espiritual y temporal de la siguiente manera. Lo temporal debe subordinarse a lo espiritual; el Estado, a la Iglesia. Este es el transfondo de “sana doctrina” en el que nace el Opus Dei. El Estado debe ser confesionalmente católico e imponer a los ciudadanos la religión verdadera. Los herejes, cismáticos o ateos a lo más pueden ser tolerados, pero jamás debe otorgárseles una libertad igual a la de los que profesan la religión verdadera. Tal se venía haciendo en España, desde la época de los Reyes Católicos; pero en el siglo XIX, aunque España continúa siendo oficialmente católica, se producen uno tras otros brotes de anticlericalismo, arreligiosidad y de alejamiento de las instituciones públicas y privadas de la religión verdadera. Como colofón, con la república, se proclama que España carece de religión oficial a lo que siguen la quema de conventos, iglesias y muchas otras manifestaciones de anticatolicidad. De muchas de esas cosas León XIII culpaba a la masonería en la encíclica Humanum genus.

 

En Italia los papas se decantaron por alentar un partido político —la democracia cristiana— que accediese al poder apoyado por los votantes católicos, que eran muchos. En España la Asociación Nacional de Propagandistas busca formar minorías selectas de católicos con las que hacerse con el control de la vida pública, cultural y política.

 

¿Qué somete Escrivá a la aprobación de don Leopoldo Eijo-Garay? El poder político, económico, los medios de comunicación, las diversas manifestaciones organizativas también han de ponerse al servicio de la religión verdadera. El Opus Dei, fundado por Escrivá y aprobado por Eijo-Garay sólo difiere para la consecución de esos mismos objetivos en la táctica empleada. Las tales minorías selectas o las masas no han de actuar en calidad de católicos, ni agruparse en un partido católico. No han de actuar confesionalmente, ni en grupo. La actuación de los del Opus Dei ha de efectuarse ocultamente. Para que la humildad no sufra detrimento, aconsejamos a los socios que no hablen de la Obra con personas ajenas a esta empresa que, por ser sobrenatural, debe ser callada y modesta. (Reglamento, Art. 12, n. 2, § 3). La vida interior y la formación intelectual, son los medios que emplean los socios del Opus Dei para conseguir sus fines —leemos en Régimen, art. 1, n. 3—; más una discreción, que nunca es misterio ni secreteo, sino lo natural de una obra que por ser sobrenatural debe ser modesta.

 

Todos los trabajos apostólicos de los socios del Opus Dei (la Obra no actúa: como si no existiera) se ejercitarán inmediatamente a través de las actividades oficiales públicas o mediante asociaciones legales, leemos en Régimen art. 8, n. 2. El ideal de actuación es el propio de las “malditas sociedades secretas” de que habla el capítulo Táctica de Camino en su punto 833, si bien para poner a Cristo en el pináculo de las actividades humanas.

 

Desde la época de Carlomagno los Papas disponen de unos Estados Pontificios en los que, pese a gozar de máximos poderes y competencias en lo temporal, no logran grandes cotas de santidad entre sus súbditos. Reyes como San Fernando III de Castilla y de León o su primo San Luis IX de Francia tampoco alcanzan grandes logros, a no ser que se consideren como cotas de santidad la conquista de Sevilla arrebatándola a los sarracenos o la participación de San Luis en la séptima cruzada.

 

Recuerdo una teoría de don Antonio González Lobato (q.e.p.d.), un sacerdote español que comenzó la labor en Méjico, miembro antiguo del Opus Dei, de los que de forma natural a don Álvaro lo llamaban Álvaro. Tenía una teoría personal, que le gustaba exponer y que exponía siempre que se le solicitaba e incluso sin solicitárselo: la teoría de las aristocracias. Este sacerdote tenía también “meditaciones” que servía a la carta. Dénos la meditación tal, podía pedírsele. Y era capaz de repetirla tal cual. La teoría de las aristocracias no formaba parte de su predicación. Lo usual era tomar la tal teoría —también lo hacía él mismo— bastante a broma; pero no deja de ser significativa de la mentalidad opusdeística.

 

En época romana la aristocracia estaba constituida por la clase guerrera. Eran los guerreros —habían de ser hombres libres— los que dominaban y configuraban la cultura y la civilización del mundo. Era la época de la aristocracia de la milicia, que luego continúan los caballeros de armas medievales, la nobleza al frente de sus huestes. Posteriormente aparece la Universidad y con ella la ciencia, el estudio, el saber: la aristocracia de la inteligencia. Es la clase nobiliaria la que accede a la Universidad. De la aristocracia de la inteligencia —que nace en la Universidad— proviene la aristocracia definitiva: la aristocracia de la santidad. Esa aristocracia de la santidad nace de la anterior —la aristocracia universitaria— del mismo modo que ésta había nacido de la aristocracia militar. Corresponde ahora a la aristocracia de la santidad crear una cultura y unas formas de vida propias en un nuevo orden mundial. Ni que decir tiene que eran —éramos— los del Opus Dei la encarnación de la aristocracia de la santidad. Nosotros éramos los santos.

 

Los santos ¡al poder!, los santos ¡a las cátedras!, los santos ¡a los periódicos!, los santos ¡al Vaticano!, los santos ¡a los ministerios!, los santos ¡a por toda profesión u oficio! ¡¡Poner a Cristo en el pináculo de todas las actividades humanas!! Lo malo de esa aspiración tan hondamente sentida por Escrivá, es que los tales santos estábamos entrenados —además de efectuar prácticas piadosas durante dos horas y pico— a favorecer exclusivamente los intereses del Opus Dei, olvidando a las personas, incluidas las propias personas del Opus Dei. Es más, la santidad se hace consistir con servir al Opus Dei. Así sucede con esa actividad humana consistente en el servicio doméstico. La santidad de muchas numerarias se hace residir en poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas —en el servicio doméstico, en este caso—, trabajando gratuitamente durante bastante más de cuarenta horas semanales.

 

Lo que la gente no acaba de entender es por qué no puede florecer ese tipo de santidad, nada más que al servicio del Opus Dei. A mí —o a cualquier familia— nos encantaría tener una mujer santificándose y santificándonos —santificando también su profesión— horas y horas en nuestro hogar y sin cobrar nada. El Opus Dei sería mucho más popular si fuese proporcionando servicio doméstico gratuito a cualquier familia o persona que lo solicitase. ¿Por qué no lo hace, si tiene por finalidad difundir la santidad, entre otras actividades, en desempeño de las tareas domésticas? Le estaríamos muy agradecidos, a la vez que se pondría a Cristo en la cumbre de esa concreta actividad. Y es que se identifica indebidamente santificar la propia profesión u oficio, con trabajar para el Opus Dei o en servicio del Opus Dei. Y quien dice sirvientas dice arquitectos, o abogados, o fontaneros o ministros de la nación. Nos entregarían su sueldo y nos pedirían permiso para sus gastos, que han de ser moderados, porque así lo exige la virtud de la pobreza. Incluso se obligarían a disponer para sí un entierro modesto, sin vanidades de ningún género (Reglamento Art. 9, n. 1). Si así fuese, yo estaría dispuesto hasta a hacerme cooperador; más que con otra cosa, con la ayuda de mis oraciones. Como dice el Reglamento en su art. 10, n. 2: Las cuotas serán siempre de poca consideración, porque los gastos que se ocasionen con la labor puramente espiritual han de ser siempre muy reducidos.

 

Gervasio

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Publicado el Viernes, 10 febrero 2012



 
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