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 Tus escritos: Soy LA ENCOBIJADA (la envuelta en la manta) del relato de Bere.- Yomerita

105. Psiquiatría: problemas y praxis
Yomerita :


Soy LA ENCOBIJADA (la envuelta en la manta) del relato de Bere

Yomerita, 31/01/2024

 

Con ustedes, “La encobijada” (la que deambulaba por el centro envuelta en una manta) del relato de Bere. Para quienes vieron o estuvieron en la sesión de ágora del 19 de enero de este año 2024, que si lo buscan en youtube lleva por nombre “Las vivencias de Bere” (si solo quieren oír ese testimonio). Recordarán que en algún momento ella habla de vivir con una persona a la que nombra como la encobijada y menciona que le explica a su directora del centro de estudios que no quería quedar como ella, arrastrando la cobija, la manta.

Estaba yo en ese zoom, siempre estoy y me quedo a la post tertulia. Cuando Bere hace esa referencia me dejó pensando, “¿Acaso seré yo maestro?”... 



Y me fui directo a pedirle a mi hermana de armas (mi hermana ex opus con la que coincidí muchos años y gracias a quien logré salir de allí), que le preguntara directamente, pues sabía que la tenía en su facebook. Ambas teníamos dudas, pero nos inclinábamos hacia otra que estaba igual que yo (eso creía). Así que no quise apropiarme del título de “la encobijada” hasta tener la confirmación, la cual tuve hoy 29 de enero, y después de muchas carcajadas le digo a mi “hermana”: voy a escribir en opuslibros porque creo que es necesario. Me contestó: ¡pero es que “fulanita” (la otra persona que pensamos que era la que se había ganado el título) ya va a escribir y así se llamará su artículo! Y yo le dije: sabes, dile que yo me gané el título pues al parecer sin darme cuenta dejé huella en la vida de Bere, o al menos fui su motivación para irse, así que procedo a contarles a todos ustedes mi vida.

Para los que no tengan ganas de leer, les quiero decir que sobreviví, salí viva, estudié una maestría y hoy en día tengo casi 23 años de casada y dos hijos. Para los que prefieren la versión larga remasterizada, hagan palomitas. Ahora sí, a continuación, la visión que tengo yo de la vida antes y durante el tiempo del “encobijamiento”, o como yo lo llamo, “Siete años de morir en vida”.

Algo ya comenté en mi otro escrito bajo mi pseudónimo Yomerita, denominado “Mi abdución”. Pero bueno. Ahí les va.

Si me preguntan cómo terminé como la “encobijada” de Alera (así se llama el centro en cuestión), donde había tantas y en tan mal estado que hasta me hizo plantearme el no ser yo la del relato de Bere, pues no sabría especificarlo. Ustedes sean los jueces de cuándo fue que mi mente me dejó, se fue, me abandonó. Debo decir que mis recuerdos son casi nulos, muy “puntuales” podría decirse, pues de mis 15 años en la obra hay nombres grabados a fuego en mi memoria, hay caras que siempre voy a recordar, pero digamos que el día a día y diálogos completos como les pasa a otras, imposible.

Como le digo a mi “hermana”, yo recuerdo emociones, sentimientos, sensaciones, algunos sucesos específicos como si fuera un álbum de fotos, algunas caras con nombre y otros nombres sin cara. He querido saber cuándo fue que me puse mal, si es que llegué así al centro Alera y sólo la vida ahí fue la gota que derramó mi vaso de salud mental o si ahí comenzó todo.

Yo venía de pitar en la RUL (Residencia Universitaria en Cd. De México), donde viví dos años como estudiante de Pedagogía y nueva vocación, después dos en el CE (Centro de Estudios) Nayar, luego tres en San Luis Potosí en Monteblanco, y de ahí llegué a Alera en Monterrey, ciudad donde sigo viviendo, por cierto. Sin hacer esfuerzo puedo saber que físicamente ya estaba mal en el CE. Recuerdo que mi sistema digestivo se rebeló y luego fueron migrañas. Pero nada más.

Mi vida ahí fue entre los años 85 y 87 donde éramos un montón. De ese tiempo recuerdo que además de estudiar la carrera, tener que entregar tesis al terminar, era encargada del oratorio por lo cual nos pasábamos toda una tarde purificando y planchando y el domingo encerando de rodillas y a mano los oratorios. Esto además de las clases del CE y otras actividades “random” que se inventaban. Total, que les pareció que no era suficiente y me pusieron en un consejo local de san Gabriel en la RUL. También descubrieron que dibujaba y me daban trabajitos en la asesoría en mis ratos de “ocio”. Me gané la lotería y fui la señalada por los dioses para salir de la carrera con un maravilloso puesto de directora general del colegio Lomas del Real en San Luis Potosí. Tenía 21 años, recién terminaba la carrera de Pedagogía (un mes antes), cero experiencias profesionales y un gran hoyo en el estómago. Y así llegué con la única bendición de haber sido recibida por un ángel: Loli de la Torre. Ella fue mi directora por muy poquito, pero realmente su personalidad me ayudó a sobrevivir lo que me tocó en ese colegio.

Entre ella y las numerarias auxiliares, específicamente Mica, la cocinera, me sentía arropada y querida. Y pues mi cielo duró poco y Loli se fue para ser reemplazada por un ser que era exactamente lo opuesto. Ahí queda la descripción. A Loli y Mica las menciono por nombre porque ellas fueron de las que murieron en aquel accidente en un curso anual cerca de Guadalajara hace algunos años; ellas ya descansan y Mica hizo realidad su sueño de morir junto con su directora como le gustaba decir en las tertulias ahí en Monteblanco.

Total, que con esta nueva directora y los problemas administrativos de ese colegio, yo fui bajando de peso y teniendo problemas con la de Estudios (dicho sea de paso había sido mi compañera en la universidad) y con los dueños del colegio y el supernumerario director del colegio de niños. Un día el supernumerario dueño me llamó, me corrió, y yo dije, pues ¡sean felices! Sí me enojé por las formas y todo, pero realmente me hacía un favor, eso pensé. Me mandan en 1990 a Alera como subdirectora a un consorcio de escuelas: IBSEM (escuela para secretarias bilingües), que por la tarde se convertía en otras dos instituciones, pero ya ni recuerdo sus nombres, sólo sé que eran para empleadas domésticas. Allí realmente no la pasé mal, la directora era una agregada que tenía la filosofía de que se conseguirían alumnas a través de recorrer todo el centro de Monterrey rezando novenas, prendiendo veladoras y cosas parecidas. Fue toda una aventura convivir con esa agregada mayor. Además, me permitió tomarme un tiempo para rehacer y presentar mi tesis. Sin embargo, algo ya estaba mal dentro de mí. Cómo comenzó no sé.

Yo viajaba en autobús a mi trabajo, eso lo recuerdo bien. En algún momento he de haber establecido que no me sentía bien porque sin más avisos comenzaron una serie de viajes a Cd. De México a ver a un neurólogo. Sólo sé que cada vez me hacía un examen donde me colocaba electrodos y me ponía a ver unas pantallas y después de un rato me enseñaba y explicaba que mi cerebro estaba azul, que lo que tenía era una depresión endógena (ahí recalcaba que mis males eran por químicos cerebrales no por situaciones externas). El caso es que este señor comenzó a empastillarme. ¿Quién era? Ni idea, un doctor en Polanco, capaz Guillermo (lo veo en las reuniones de Ágora y se sabe todos los nombres) puede recordar el nombre.

El testimonio de Bere me recordó a este neurólogo porque era una realidad impresa en papel, mi cerebro estaba casi completamente azul, de vacaciones, sin actividad, sólo había algunos destellos naranjas de vez en cuando y en algunas zonas. Total, comienza mi vida empastillada. Tomaba para dormir y tomaba para sobrevivir a mi día normal. Todavía era subdirectora de las escuelas mencionadas. Y pues nada, un día bajaba del camión urbano y me dio un black out. Literal, de estar por poner el pie en la acera aparezco en mi cama.

Resulta y resalta que el chofer me levantó y lo único que dije fue el teléfono de Alera. Estaba a una cuadra así que llegaron y me recogieron. Para cuando regresé a este mundo ya le habían marcado al neurólogo y había cambiado el medicamento.

En 1993 me cambiaron de trabajo y me mandaron al Liceo de Monterrey, esta vez era la coordinadora de la clase de religión de todo el cole (kínder a prepa), debía lidiar con las maestras que son supernumerarias y con mis niñas a las que les daba clase de religión en secundaria y de filosofía en prepa, además de ser preceptora de 30 adolescentes y ser encargada de recibir charlas de supernumerarias que trabajaban en ese cole. Todo esto para regresar a mi bendita casa a seguir dando charlas a nuevas vocaciones, círculo de san Rafael mas todos los rezos, y suplicar por mi pastilla para dormir.

En mis recuerdos solo me veo bajando de peso, sintiéndome peor cada día. La depresión “endógena” nomás no cambiaba y mi salud mental iba de mal en peor. La cronología no la recuerdo. De plano. ¿Cuándo dejé el trabajo? Ni idea. ¿Cuándo terminé acostada en la cama 24/7? Ni idea. Sólo sé que en 1996 dejé el Liceo. Yo lo que recuerdo previo al bloqueo generalizado es que la vida no tenía sentido. Directora y sacerdote, así como la de san Miguel de la delegación me remachaban lo importante que era en la obra por estar “ofreciendo” mi sufrir.

Lo que logro ahora entender fue que mi cuerpo me gritó por años y nomás no hice caso. Mi cerebro no lograba entender la hipocresía de la vida en el opus, digamos que mi inconsciente lo veía muy claro: nada de familia, nada de todos iguales, nada de santificarse en el mundo real, nada de hablar con Dios. Todo había sido una falsedad mayúscula y no veía la puerta, porque insistían en que el problema era biológico. Total, terminé viviendo en mi cuarto sin salir para casi nada. Me llevaban las charolas, llegaba alguna a hacer la lectura. Tengo los recuerdos de que me ayudaran a bajar al oratorio para comulgar, pero cada día estaba más débil. Igual me ayudaban a bajar para confesarme.

Pocos meses antes de terminar postrada en calidad de bulto, recuerdo que llegó el nuevo sacerdote con el cual me sentía muy bien hablando. Resulta y resalta que el pobre duraría poco pues su estilo espiritual era completamente “no opus”, y nos recetó a todas leer a Santa Teresita, Santa Teresa, San Juan de la Cruz. Aunque ese cambio me ayudó bastante, no llegó a tiempo para evitar mi caída en picada en salud mental. Ya las medicinas me tenían literal viviendo en la dimensión desconocida la cual me permitió sólo sobrevivir y no enterarme de lo que sucedía a mi alrededor. Como este asunto de la cobija que menciona Bere, porque literal ni idea de cargarla, arrastrarla y mucho menos ir a tomarme un jugo verde. Tampoco recuerdo llorar a moco tendido ni a gritos, pero como me contó mi “hermana” ella sí lo recuerda pues vivía en el cuarto de al lado (un cuarto triple dividido con tabla roca para hacerlo doble y poder separar a tanta enferma).

Recuerdo sentirme miserable. Recuerdo decirle al sacerdote que ni a mi peor enemigo le deseaba sentirse como yo. Era como estar en un hoyo negro y no ver la luz al final. Y si le suman las visitas de “ofrécelo”, bueno, nomás porque ya no tenía ni fuerzas para pelear. ¡A quién se le ocurre decir eso, por favor!

De ese “estado mental” recuerdo múltiples cambios de medicamentos, unos que me dejaban la boca seca y tenía que tener un vaso con agua siempre conmigo; otra que me dejó como si tuviera Parkinson y no podía ni comer yo sola y el agua con popote. Me mandaron a varias casas a descansar. Sólo recuerdo ir a Cursos Anuales nomás de paseo, a Los Pinos a vivir un rato haciendo nada para que me terminaran mandando a mi casa a Mazatlán a ver si pasaba algo. A estas alturas ya tenía un psiquiatra que era el que me recibía con la directora por un lado y al que le decía yo que “todo bien” porque ¿cómo hacer introspección con el diablo por un lado? Total, en Mazatlán con mis padres sólo comía y veía tv. Visité a otro psiquiatra. Pero qué creen, cuando tienes el cerebro lavado no hace falta que tu directora esté presente, tú te saboteas solita. Y como mencioné en mi otro escrito, pues el hecho de haberme ido sin decir adiós a mis amigas y regresar cuando ya todos tienen una vida, es como si los aliens te hubieran abducido y regresado al mismo lugar pero cuando todo ya es distinto. Yo nomás no encajaba.

Regresé a Alera. Sí, por mi propio pie. ¡¡Mea culpa, mea culpa mea máxima culpa….!! Pero bueno, el caso fue que mi psiquiatra, en un momento de lucidez, decide darme otro medicamento y santo remedio, regresé al mundo de los vivos. El doctor por fin decidió que me curaría la depresión del tipo que fuese y jaló. Y es de los únicos recuerdos que tengo, el nombre del medicamento: Remerón. Y así fue como me le escondí a Dios y dejé se ser “su mejor guerrero para sus peores batallas” como le suelen decir a uno. Pues comencé a hacer ejercicio, buscar trabajo, comencé a darme cuenta del estado de las cosas en esa casa.

Los somníferos eran repartidos cuarto por cuarto. De los tres cuartos triples ya solo quedaba uno. Se requería privacidad para tanta joven zombie. En esa casa el promedio de edad era “viva la juventud”. La directora lo fue saliendo del CE y haciendo la carrera, igual que el resto del consejo local. La más adulta tendría alrededor de 30 y pico y de ahí para abajo, la mayoría estudiaban carrera o eran nueva vocación. Yo en mi nuevo estado de conciencia comencé a sacarle la vuelta a todo lo que pudiera: ¿oración madrugadora?, ¡por supuesto que no! Necesitaba dormir y recuperarme. ¿Misa? no me da la gana levantarme y hay muchas en la parroquia. ¿Charla fraterna? Nunca fue santo de mi devoción así que a mí tenían que perseguir y pronto dejaron de hacerlo. ¿Cena familiar? ¡Ni loca! Yo cenaba antes y me iba a acostar así que ni a la tertulia iba.

En este nuevo estado de conciencia mi “hermana” me dijo que abrirían un nuevo departamento en el Tecnológico de Monterrey. Pues fui, y la única condición era estudiar la maestría. Tenía que pasar el examen. Ya en mis cinco sentidos pude pasar el examen, comenzar la maestría pagada por ellos y comenzar a trabajar en algo que me apasionaba. Mi vida cambió por completo. Mi papá me regaló una laptop, y para pronto querían que fuera a dar a la biblioteca para uso público, ni de risa. Mi cerebro terminó de despertar y me di cuenta de que tenía que huir. Yo ya no quería saber nada del opus.

Con el dinero que me enviaba mi papá para la pastilla en cuestión me lo empecé a embolsar para ahorrar y busqué un cuarto y terminando el segundo semestre de la maestría, un día me fui y no regresé. Como cuento en el otro escrito, aproveché el día que me tocaba el carro para ir vaciando mi closet y así, simplemente salí un día sin ver atrás. Era el verano de 1999 haciendo un calor infernal en Monterrey, me tocó dormir por dos meses en un cuarto sin aire acondicionado y al lado de la secadora de ropa. Aquello era como la antesala del infierno en cuestión de termostato, pero yo hacía 15 años que no era tan feliz.

El día que me salí dejé de tomar las pastillas. ¡Tengan su depresión endógena! Y así las cosas, aquí sigo, para los que se quedaron con el pendiente. Gracias a OpusLibros tuve mi primer momento de sanación, pues yo me salí pensando que me iba en “buen plan”, sin realizar un solo juicio consciente acerca de lo que había vivido. Leer que eran muchos y pasaban por lo mismo me dio un sentido de pertenencia más fuerte con todos en esa página que lo que pude tener dentro del opus. Después el libro de María del Carmen Tapia me hizo pasar del estado de asombro, de reconocer que sí había pasado algo, al enojo, pues lo que había pasado no había sido “algo que pasó” sino que había dejado huellas. Ya con los zooms, bueno, ya siento que los quiero a todos y si me los encuentro los abrazo.

Una cosa que me dio paz es ser consciente de que hay personas super cuerdas, inteligentes, buenas, etc., etc., y sin embargo, igual que yo, pitaron. Por muchos años me sentí estúpida, sumamente estúpida. Y era algo que me criticaba y recriminaba a mí misma. El leerlos me dio paz. El aprender sobre el funcionamiento de las sectas me dio más paz. Ya a estas alturas solo le pido a Dios que deje al Papa Francisco el tiempo suficiente para que estas personas se den cuenta que no todo “fluye” y que por más que quieran dejar las cosas igual, la vida y el karma se ha encargado de que no sea así. Saludos a todos.

Yomerita

Nota de Agustina.- Sobre la triste noticia del accidente de las numerarias auxiliares mexicanas, Claroscuro envió el escrito: ¡Gracias a Dios nos fuimos antes de morir!




Publicado el Wednesday, 31 January 2024



 
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