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Opus Dei: ¿un CAMINO a ninguna parte?

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CORRESPONDENCIA

 

Lunes, 12 de Agosto de 2019



Un tren a ninguna parte.- Zartán

Pensaba responder a Lizzy con algo como “El rejalgar y la señorita Pandora” para explicarle que, después de las supuestas porquerías que salen de la cajita de Pandora, al fondo queda un regalo no deseado por el autor de la maldición: esa sintonía entre los ex que, en muchos casos, se materializa en un afecto real, pero la muerte de Camilo Lucena me ha dolido más, así que perdonad que me interrumpa a mi mismo y leed lo ya dicho por Salypimienta  que hoy voy por otros derroteros.

Es que lo de Camilo me ha llegado hondo, la carta de su hermano  me ha confirmado lo que no quería que me confirmasen y yo también quisiera explicaciones. Quiero explicaciones de por qué llegó al estado de no ver más salida que un maldito tren a ninguna parte. Quiero explicaciones de por qué cambió su mirada, siempre alegre y de afecto, por la que describe Josefina. Quiero saber qué hicieron con la persona que yo dejé. Donde y cómo lo cambiaron. También me gustaría tener detalles sobre su funeral y entierro ¿aparecieron los prelatureitors? ¿le organizaron un funeral como el de la chica muerta en África? Ojo, que me parece muy bien que le organicen un megafuneral a la chica, nada en contra, pero me parece muy de agradecer que hubieran hecho lo mismo con alguien que ha entregado toda su vida por ese ideal de amor y fraternidad del que tanto presumen. No sé lo que han hecho pero mucho me temo que hayan ignorado todo lo más posible, vamos que si te he visto no me acuerdo, un desecho más de los que la prelatura va dejando de lado en su triunfal paseo

Querido Fernando, por favor, la muerte de Camilo es demasiado parecida a la de don Danilo  como para que tus chicos y tú no reviseis que es lo que está mal. Tan mal que solo queda un metro o un tren como escape.

Desde mi selva y con pena, un abrazo a todos.
Zartan



A propósito de Camilo Lucena. En respuesta a su hermano Bernardo.- Conrad

Apreciado Bernardo:

Ante todo, te expreso mi pesar por el fallecimiento de tu hermano Camilo. No tuve la oportunidad de conocerlo, pero por lo que transmites en tu sentido escrito debió ser una magnífica persona y, por consiguiente, una gran pérdida.

Verdaderamente es complejo contestar a tu pregunta sobre por qué murió. Mi experiencia como numerario durante catorce años (siempre de a pie, ocasionalmente con encargos de mayor relevancia) no me da para ilustrarte mucho. Seguramente a través de esta página te podrán llegar testimonios más útiles. En cualquier caso, lo que te digo ahora lo expreso con el máximo respeto.

Sí te puedo decir (quizás más por los años que llevo leyendo esta página que por mi propia experiencia) que lo que le pasó a Camilo es relativamente común y debería incitar a quienes correspondan a ponerle remedio. Hay otros casos, demasiados, de personas llevadas al límite quizás, simplemente, por ser buenas y no saber decir “no” a tiempo.

Ante todo, te aclaro que mi postura respecto al Opus Dei es crítica, “sin acritud”, pero con un enorme respeto a quienes permanecen en la institución, siempre que estén verdaderamente en ella con pleno consentimiento. Como juristas que somos sabrás lo de vueltas que tiene eso del “pleno consentimiento”. En fin, me gusta aplicar a la institución la inteligente postura del rabino Gamaliel (Hechos, 5, 33-42) expresada en su intervención ante el Sanedrín: si no es de Dios, se destruirá sola. Es cuestión de tiempo (posiblemente más del que le gustaría a algún lector, pero es simplemente tiempo).

En cualquier caso, me causa perplejidad que una institución como el Opus Dei, con tanto “jefe”, no detecte situaciones como la que, presumiblemente, se daría en tu hermano Camilo. Aquí ya conjeturo, pero pienso en el agotamiento que en la jerga interna (al menos, en mi época) se denominaba “crujir”. Por lo que cuentas, sin conocer detalles, lo que ocurrió es que tu hermano “crujió”, no pudo en su madurez (a otros les pasa en otro momento) resolver las contradicciones entre seguir las exigencias de la institución y atender las verdaderas necesidades de las personas encomendadas a su cuidado por la misma institución, empezando por las propias. A eso, es posible (de nuevo conjeturo) que se uniera algo tan natural como el propio paso de los años consumido en labores internas, sin previsiones sociales, sin jubilación, sin horizonte.

Y ahí vuelvo a lo del “pleno consentimiento” que en la vida de los numerarios no puede entenderse si no es “continuado”. Respeto como he dicho a quienes permanecen en la institución, pero no entiendo (y, por tanto, los respeto en menor grado) a quienes lo hacen por un mero sentido práctico, el de asegurarse una vida sin sobresaltos, más si cabe en su madurez. Me da pavor pensar en la situación personal de todos los directores, sacerdotes, oficiales de delegación, profesores de colegio, etc., etc., que tienen unido su medio de vida a su permanencia en el Opus Dei. ¿Realmente tienen “pleno consentimiento continuado”?

En fin, insisto, posiblemente en esta página te ilustren otros testimonios infinitamente mejor, pero no quería dejar de publicar el mío (ahora, precisamente, que, por diversas razones, publico poco). Que sepas que estoy cerca de ti, que comparto el ejercicio de la profesión (ese compañerismo también me ha movido a publicar) y que, si lo precisaras y te ayudara ampliar la conversación y tener otro punto de vista, Agustina López de los Mozos, coordinadora de la web, tiene mis datos de contacto. Se los puedes pedir.

En cualquier caso, gracias por tu publicación y compartir tus sentimientos en estos momentos tan dolorosos.

Un abrazo.

Conrad.




EN CUATRO DIAS MORIRÁS (IX).- Josefina Hurtado


EN CUATRO DIAS MORIR
ÁS. (IX)

Josefina Hurtado, 12/08/2019

 


Cuando inicié el camino de la búsqueda de pruebas para denunciar la muerte de mi padre llevaba aquellas señales y contraseñas que en su lenguaje de signos  continuamente él me enviaba. Vigilado como estaba por las que servían en su casa, madre e hija, miembro supernumeraria del Opus Dei la madre, me llamaba desde las cabinas de teléfono para que ellas no escuchasen lo que me contaba.

 

Varias palabras bastaban. ‘¿Comprendes?’ me decía siempre al finalizar la conversación. No quería asustarme. Pero el hecho de que sus directores y mi hermano, sacerdote numerario del Opus Dei le hubiesen prohibido hablar conmigo, le hacia sospechar que no había nada bueno detrás de todo aquello...



(Leer artículo completo...)



 

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