Gracias a Dios, ¡nos fuimos!
Opus Dei: ¿un CAMINO a ninguna parte?

La otra cara del Opus Dei

La otra cara del Opus Dei
María Angustias Moreno
Índice del libro
1. Se hace camino...
2. Desprestigio como estilo de defensa (I)
Desprestigio como estilo de defensa (y II)
3. Una querella ¿por qué?
FIN DEL LIBRO
 
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LA OTRA CARA DEL OPUS DEI

Autora: María Angustias Moreno

DESPRESTIGIO COMO ESTILO DE DEFENSA (y II)

El día 28 de abril, B. vino a verme a mi trabajo muy preocupada y yo, que la conozco, sé que estaba temerosa sobre lo que podía suceder en la entrevista que un sacerdote de la Obra (a la que ella había pertenecido) le había solicitado para ese día.

Me pidió que le acompañara como testigo, ya que conociendo el sistema de estas personas, son capaces de decir las cosas y luego desmentirlas si eso ya no les parece conveniente para ellos.

Dados y comprendidos los temores que ella sentía a la entrevista con ese sacerdote de la Obra, ya que hacía siete años que no tenía ninguna noticia de ellos, me ofrecí voluntariamente a ser testigo de la entrevista, advirtiéndome que nunca ese señor diría realmente el motivo de su visita si estaba yo presente. Por lo tanto le propuse, ya que la cita era en su casa a las 3,30 de la tarde, que un momento antes estuviéramos las dos en su casa y yo me quedara en la habitación de al lado por si mi presencia se necesitaba, dado el tema incógnito que se preveía.

No pudo ser así ya que a las 3,20 de la tarde, cuando llegábamos a la casa de B. nos encontramos, no con un sacerdote como esperábamos, sino con dos, que al ver que mi amiga llegaba acompañada por mí, no pudieron ocultar su mal humor y el fallo de sus planes; para mí, el ver sus rostros me pareció incomprensible.

Creo que actué de la forma más diplomática que en esos momentos pude, y después de las presentaciones -los dos sacerdotes eran D. Emilio Navarro Rubio y D. Juan García Llovet-, dije o lo intenté con la mayor naturalidad, como si fuera algo que hiciera cada día, les pedí me disculparan y me marché a la habitación contigua del salón que ellos ocupaban, alegando tenía que hacer algo en esos momentos, dejando la puerta entreabierta y dispuesta totalmente a la escucha y preparada a intervenir si la situación lo requería.

Quiero intentar reflejaren este escrito las mismas palabras que oí; por lo tanto, pasaré a relatarles lo que oí y juro por Dios, en el que creo firmemente, que lo que diga es la verdad de lo que se expuso en el salón; yo prestaba oído.

Mi amiga les preguntó el motivo de su visita, ya que le tenía bastante desconcertada, puesto que, como he dicho antes, hacía siete años que no tenía noticia de nadie que estuviera en la Obra.

Le contestaron que, dado que había pertenecido a la Obra, y que por lo tanto le seguían teniendo gran respeto, le venían a advertir que había obrado mal firmando un escrito en el que se difamaba a la Obra. Ella contestó que no había difamación en ese libro, que ella había apoyado, si era a eso a lo que se referían.

Le contestaron "como si fueran gallegos", que si realmente sabía ella lo que era difamación.

Al responderles que sí, ellos le dijeron que estaba totalmente engañada ya que difamación era decir algún hecho aunque fuera totalmente cierto para la gente, para que ésta se enterara y le restara fama, y le expusieron el ejemplo de que si ellos estuvieran enterados de algún "lío" personal de ella y lo contasen, eso, aunque fuera totalmente verdad, sería difamación. Mi amiga les volvió a repetir (creo que varias veces) que la "verdad" nunca era difamación y lo que había apoyado en el texto del libro aludido era verdad, ya que ella lo había vivido en sí misma durante quince años.

Entonces esos sacerdotes asombrosamente (al menos para mí), pasaron a decirle que todo lo que dijera o escribiera María Angustias Moreno no era nunca válido, ya que sabían y tenían pruebas de antes, en y después de su estancia en la Obra de que era una persona totalmente corrompida, ya que se trataba de una mujer con desviaciones sexuales, y lesbiana.

Como vieran que B. no cedía, ya que según su criterio el que una persona fuera como fuera (y siempre alegó que no conocía la vida de María Angustias ni le interesaba), sólo quería defender un escrito que ella había vivido y sufrido dentro de la Obra, estos sacerdotes pasaron a la postura de "aconsejarle" que como eran conscientes de que ella trataba y podía llegar a gente muy importante y relacionada, tuviera mucho, mucho cuidado de lo que estaba apoyando, ya que podía costarle muy caro.

Ni a pesar de esas amenazas (al menos para mí clarísimas), B. cedió en su postura de defensa, sobre todo de la "verdad", y ante su insistencia de juzgar increíble que unos sacerdotes del Opus Dei que nunca en siete años que había dejado de pertenecer a la Obra, se hubieran preocupado de ella o de alguna otra persona como ella, le vinieran a visitar con esas pretensiones; pasaron a la postura, para mí todavía más miserable, de que la comprendían y sabían de su injusticia en la Obra y de su salida sin la devolución (al menos entrega de su patrimonio), y que este problema se lo solucionarían sólo con que ella cambiase de forma de pensar y de apoyar su verdad, y entonces estaban dispuestos a escucharla a cualquier hora del día o de la noche, y uno de los sacerdotes (para mí el más bajo de estatura, D. Juan García Llovet) le dijo que si él no le solucionaba el problema, colgaba el hábito que llevaba puesto.

Creo que debo dejar de decir que más o menos a la mitad de esta entrevista, B., para asegurarse de que yo estaba escuchando, me llamó y cuando aparecí repitió en voz bien alta: "Por favor, I., quiero que sepas que estos sacerdotes sólo han venido a verme para decirme que María Angustias Moreno es una persona corrompida y una lesbiana."

Ellos respondieron: "úsalo como quieras, pero ya te hemos advertido". Me preguntaron a mí si pertenecía, o había pertenecido a la Obra, y al responderles que no, pero que había leído el libro y que conocía a gente y cosas escritas sobre el Opus Dei, me gritaron y miraron con odio en sus ojos y sus actos (ya que se pusieron de pie y se marcharon, diciéndole a B. que sólo querían y pretendían hablar con ella como elemento que había sido del Opus Dei), que como creo he dicho anteriormente actué de forma diplomática y les pedí disculpas por mi presencia y me volví a mi lugar de escucha, ya que alegué que tenía algo que hacer allí dentro.

Quiero firmar este escrito para donde hubiera lugar en defensa de un hecho y una verdad que oí y presencié, por si lamentablemente esos señores se atrevieran en uso de sus hábitos y en nombre de lo que representan, a negar que fue tal cual los relato.
Fdo. SRA. DE R. Madrid.


Barcelona, 29 de abril de 1977
El pasado 27 de abril, miércoles, sobre las 17,15, el telefonista de mi empresa me llamó para comunicarme que tenía una llamada exterior de don Benito Badrinas Amat, a quien yo conocía como sacerdote del Opus Dei, el cual deseaba hablar conmigo. Dado que mi relación personal con dicho sacerdote había sido -y es- nula, indiqué al telefonista que le interrogara sobre si deseaba tratar algún asunto comercial; contestó que no, que era un asunto personal. Ante esa respuesta, me negué a que el telefonista me pasara la comunicación, indicándole que respondiera a don Benito Badrinas Amat que tengo por norma no atender llamadas personales en mis horas de trabajo.

A las 21 de ese mismo día don Benito Badrinas llamó por teléfono al domicilio de mi madre y preguntó por mí. Mi madre le contestó que yo acababa de salir de su casa y añadió que, si deseaba hablar conmigo, me localizaría mejor en mi despacho. Por cierto, ignoro cómo consiguió don Benito Badrinas mi teléfono profesional y el de mi domicilio familiar, pues yo no se los había dado nunca.

Sobre las 10,30 del 28 de abril, el telefonista de mi empresa me comunicó que tenía nuevamente una llamada de don Benito Badrinas para mí. Ante tanta insistencia, accedí a que me pasara la comunicación. Don Benito Badrinas me pidió si podía recibirlo aquella mañana. Contesté afirmativamente y quedé citada con él para las 11,30.

A esa hora mi secretaria, Elena de Diego Oriol me avisó de que habían llegado dos sacerdotes, uno vestido de clergyman y el otro con sotana, y que habían dicho que yo los esperaba. Me extrañó que vinieran dos personas, pues yo sólo había citado a don Benito Badrinas. Mientras ellos esperaban en la sala de visitas, conecté en presencia de mi secretaria el magnetófono que tenía en mi despacho y le pedí que dijera algo para comprobar el funcionamiento del mismo. Hecho esto, y ya con la grabación en marcha, le indiqué que hiciera pasar a mis visitantes, a los cuales, previamente, mi secretaria había preguntado sus nombres. Sólo dio su nombre don Benito Badrinas.

Mi despacho tiene un amplio ventanal de cristal transparente que comunica con otro despacho más amplio, donde trabajan varias personas. Allí se encontraban en aquel momento, a petición mía, mi hermano, F. J. C. J., y uno de mis colaboradores, P. M. A. Ellos fueron testigos de la entrada de esos dos sacerdotes y de su entrevista conmigo, si bien no escucharon el diálogo, pues la puerta de comunicación entre ambos despachos estaba cerrada.

Los sacerdotes que se entrevistaron conmigo fueron don Benito Badrinas Amat, sacerdote numerario del Opus Dei, antiguo rector de la Iglesia de Santa María de Montalegre de Barcelona, y que en la actualidad trabaja en los trámites del proceso de beatificación de don José María Escrivá, fundador del Opus Dei, y don Severino Monzó Romualdo, sacerdote numerario del Opus Dei, que era, en los últimos años de mi pertenencia a dicho Instituto Secular, sacerdote secretario de la delegación del Opus Dei en Barcelona. Por razón del cargo que ocupaba, don Severino Monzó era superior interno mío, con autoridad real y moral sobre mi persona. Ignoro si sigue ocupando actualmente dicho cargo.

Resumo a continuación la entrevista que sostuve con ellos:

En primer lugar, manifesté mi extrañeza por el hecho de que se presentaran dos personas, cuando yo sólo había quedado citada con una, y les indiqué la conveniencia de llamar a otra persona más para que fuera mi testigo. Me dijeron que no tuviera ningún miedo, que sólo venían a darme información, y que yo, si así lo quería, podía no decir nada.

Seguidamente les pregunté el motivo de su visita. Don Benito Badrinas, con voz bastante entrecortada, me repitió que yo no necesitaba decir nada, que no pretendían de mí ningún cambio de conducta ni rectificación. Le pregunté si podía actuar según mi conciencia, y él me contestó que eso era lo que él quería pedirme. Le respondí que yo actuaba así.

A continuación, y siempre en este estilo entrecortado y confuso, se refirió a "esas cosas que habéis hecho". Le pregunté qué cosas eran ésas, y él me contestó que publicar una carta, que yo también había firmado. Le recordé que yo era la primera firmante de la misma. Don Benito Badrinas siguió diciendo entonces que con esa carta les habíamos hecho daño, que "posiblemente era lo que se pretendía". Le aseguré que no habíamos pretendido hacer daño a nadie, sino dar un testimonio de justicia y de verdad. Se refirió entonces, quejoso, al hecho de sacarlos en la prensa, públicamente, cuando yo sabía que ellos jamás utilizarían nada de nadie, que "absolutamente nunca nosotros diremos nada de ti". (Esta última frase me produjo cierta hilaridad interna, pues me consta lo contrario.)

Volvió a referirse a la carta y dijo que la encontraba muy genérica. Yo la saqué de uno de los cajones de mi mesa y le leí los párrafos en los que corroboramos con nuestra experiencia "los complicados entresijos de esta asociación -el Opus Dei-, su autoritarismo llevado a extremos aniquiladores de la personalidad, su radical integrismo religioso". Don Severino Monzó intervino por primera vez en la conversación y dijo que esto era muy vago. Le contesté que eran cuestiones de fondo. No insistieron en el tema, quizá fuera que los convencí...

Don Benito Badrinas volvió a repetirme entonces que les habíamos hecho daño, y yo me reafirmé en mi postura de que decir la verdad nunca es hacer daño a nadie. Me insistió en que lo pensáramos bien. Respondí que pensado estaba, que la carta no era una improvisación, sino una cosa muy meditada. Se refirió entonces a las posturas de las personas firmantes, y dijo que era dudoso que todas pensáramos del mismo modo. Le hice ver que él mismo podría comprobar, si hablaba con ellas, que ninguna firmó con inconsciencia, engaño o desconocimiento. Ante esta respuesta me contestó que él no iba a preguntar a las personas por qué habían firmado, y que eso tampoco le interesaba. He de decir que sus palabras, entrecortadas y deshilvanadas, me iban dejando cada vez más sorprendida. Daba la impresión de estar muy nervioso.

Seguidamente me dijo que en la carta había una serie de cosas evidentemente peyorativas, y que si él supiera algo de mi vida -"que no sé nada", se apresuró a añadir- no andaría publicándolo. Y dijo textualmente esta frase: "Sí, sabemos de otras personas, o sea, quiero decir, sabemos, pero vamos, sin entrar en detalles, por ejemplo, que María Angustias no tuvo, es decir, una situación ¡hombre! moralmente.., y los motivos de salida, pues moralmente no son los motivos de salida, es decir, que como pueden ser los tuyos, es decir, un problema que esto no es lo mío y me voy."

Le pregunté qué pretendía decirme con eso. Respondió: "¡Hombre! quiero decir.., ya te puedes imaginar.., bueno, moralmente quiere decir que ella, a pesar de que después en el libro, eh, con una exageración a que se guarden unas precauciones en una serie de cosas en las que ella cayó. ¿Comprendes?"

Le confesé que no entendía nada; que me dijera a qué página del libro se refería. Me contestó que no se refería al libro, sino a la vida suya; que ella en el libro hablaba de la guarda de la castidad de manera que a los ojos del público quedaba como algo peyorativo, siendo así que era natural que se guardaran una serie de precauciones. Y que, además de eso, lo escribía "una persona que a pesar de esas precauciones, no ha vivido bien la castidad".

Le interrogué sobre qué quería decir no vivir bien la castidad. Me contestó: "Bueno, pues que ha tenido relaciones con otras chicas."

Dirigiéndome entonces a don Benito Badrinas y a don Severino Monzó les pregunté: "¿Eso les consta?" Don Benito Badrinas dijo: "Sí." Don Severino Monzó añadió: "Hay una documentación bastante abundante..." Don Benito Badrinas concluyó: "¡Hombre! No todo debía ser acostarse con otras chicas."

Ante la gravedad de estas palabras, les pedí si podían asegurarme bajo juramento lo que acababan de decirme. Don Benito Badrinas pronunció un "Sí" en voz bastante baja, pero perfectamente audible. Seguí insistiendo: "Aquí delante, ahora mismo." Entonces ambos se pusieron muy nerviosos y empezaron a hablar al mismo tiempo, quitándose las palabras el uno al otro. Dijeron que no lo decían en sentido de acusación, sino sólo por información.

Yo estaba muy indignada por dentro, pues no entendía cómo dos sacerdotes, demostrando a las claras su condición de tales, y de los que me constaba su pertenencia al Opus Dei, podían pronunciar las palabras que yo acababa de escuchar. Por eso insistí que les pedía como sacerdotes, que se comprometieran bajo su palabra delante de Dios de lo que acababan de decirme de María Angustias Moreno era cierto. Don Benito Badrinas pronunció nuevamente "Sí" en voz baja, pero audible. Repetí nuevamente: "¿Se comprometen bajo juramento?" Don Severino Monzó insistió en que no se trataba de ninguna acusación.

Les pedí pruebas, les pedí detalles. Muy nerviosos, repitieron que no se trataba de ninguna acusación, que no querían entrar en detalles, que era exclusivamente para que yo lo supiera.

Seguidamente don Benito Badrinas dijo: "Este tema, en el momento preciso, se comentará."Yo exclamé: "Entonces ustedes están dispuestos a. . . " Don Benito Badrinas acabó la frase diciendo: "Utilizarlo. "

Le pregunté si a utilizarlo públicamente, y me contestó que públicamente no. Le interrogué entonces si lo iban a decir "privadamente" a mil, a dos mil, a sesenta mil personas. Me contestó que no, que, de momento, sólo lo iban a decir a las personas que nos habíamos solidarizado con esto. Les dije que me constaba que había cooperadoras que lo habían ido diciendo por ahí. Respondieron que no lo creían, que no dudaban de mi palabra, pero que se trataría de personas que se habrían enterado por su cuenta. Insistí: "¿Una cooperadora del Opus Dei?" Don Benito Badrinas me dijo que esto no podía ser, porque, entre otras cosas, la documentación a que se refería se tenía desde hacía muy pocos días, porque había costado mucho reunirlo todo.

Refiriéndose a la documentación, le pregunté si tenía testigos, si tenía chicas que dijeran que se habían acostado con María Angustias Moreno. Dijo que no quería entrar en detalles. Insistí: "Tienen datos de hechos concretos? ¿O son deseos, o son suposiciones, o son imaginaciones?" Me contestó: "Hechos concretos. "

¿Hechos concretos? ¿Y la han tenido durante catorce años siempre en cargos de gobierno y de formación de otras personas? Me contestó don Severino Monzó que no se sabía. Le manifesté mi extrañeza por "tamaña" ignorancia, pues las tendencias homosexuales se pueden detectar con facilidad. Nuevamente don Severino Monzó me respondió que en este caso no aparecieron hasta ahora. Les pregunté si las habían descubierto ahora (cuando han pasado ya más de cuatro años de su salida del Opus Dei) porque espontáneamente la gente lo ha dicho o bien si se había fomentado que se dijera. Don Benito Badrinas me respondió entonces que eso él ya no lo sabía, que él no había hecho la investigación, que él había visto la documentación terminada, pero que no sabía cómo la habían realizado.

Finalmente, yo les contesté que conocía a María Angustias Moreno y que me constaba su honradez, su espíritu cristiano, su veracidad, su sinceridad y su deseo de llevar una vida entera cara a Dios. Don Benito Badrinas me dijo: "De acuerdo." Añadí: "Que quede constancia." "Bueno, que quede constancia de lo otro", replicó don Benito Badrinas.

Así terminó la conversación. Inmediatamente después de la marcha de don Benito Badrinas Amat y de don Severino Monzó Romualdo, entró en mi despacho mi hermano. En su presencia paré el magnetófono, desconecté el micro y, juntos ambos, escuchamos el resultado de la grabación, deficiente por las malas condiciones acústicas de mi despacho, pero perfectamente audible. Quisiera que se adjuntara como prueba de mi testimonio.
Así lo manifiesto en Barcelona, fecha ut supra.
Fdo. A. M. C. Barcelona.


El tema estaba en la calle; las personas visitadas se desahogaron con sus familiares y amigos. Todo fue trascendiendo, extendiéndose, en el lógico marco de la necesidad de defenderse de una situación, tan detestable como ésta. Nada ni nadie podía impedir reacciones semejantes (ninguna tenía ningún deber de secreto a tal efecto).

Ante todo ello sólo había un camino legal, dado que la injuria y la difamación son delito. Como hay un derecho que es obligación, de reivindicar la fama personal. Aun sabiendo, como sé muy bien, que la fama es irrecuperable. Pero a la vez que sé también que como católica, y por el hecho de serlo, no puedo inhibirme ante unos hechos que implicándome personalmente a mí, y si no se aclaran, pueden ir en deterioro del propio concepto de lo que es en la Iglesia una misión sacerdotal.

Para algunos (de los que pudieran tener esa clase de fe que se ha venido llamando del carbonero) es verdad que el sacerdote quizá haya supuesto (en épocas más bien pasadas) algo así como un símbolo de fe (o una institución personalizada con prerrogativas dogmáticas). Las personas de fe de verdad no creemos, sin embargo, en el sacerdote por el hecho de que lo sea; lo necesitamos, creemos en ellos y los deseamos como instrumentos de bien, de apostolado, de acción redentora ministerial. Las personas de fe de verdad creemos en algo más que en el comportamiento personal, más o menos problemático, de unos hombres instrumentos, sin rasgamos las vestiduras porque los instrumentos a veces estén deteriorados; por lo que no podemos basar en la "fe" sobre el sacerdote la propia realidad de nuestra fe. No nos vamos a escandalizar, no debemos, no podemos, porque haya eclesiásticos a los que sea difícil "venerar". Si algo tiene de grande la fe católica es precisamente que trasciende en la revelación. Nosotros, los católicos, no creemos en cosas, ni siquiera en personas, creemos en la palabra hecha carne, en el Verbo de Dios. Por eso no es el concepto de sacerdote lo que en todo esto vaya a ser discutido. Muy por el contrario, es precisamente su dignidad y su verdad, lo que exige evitar equívocos, aceptando como normales acontecimientos que le son o deben serle ajenos.

Quizá para mejor comprender el asunto en si fuera conveniente considerar lo ocurrido en abstracto, sin nombres ni personas: Unos sacerdotes se dedican a visitar a determinadas personas para contar a éstas los "pecados" de otra, a título de lo que ellos quieran; pero de hecho y en rigor, a título de pregonar y acusar a esa persona; de difamarla por lo tanto.

En el evangelio nos encontramos con un pasaje en el que una pecadora es conducida delante de Jesús y acusada de pecados graves. Querían apedrearla, decían los perfeccionistas: "según mandaba la ley". Jesús se detiene, se queda como distraído escribiendo en la tierra y al final les dice: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra" (Juan 8). Sigue contando el evangelio que la mujer se quedó sola con Jesús. En el evangelio no se envía a nadie (y menos a sacerdotes) a pregonar los pecados ajenos. Y todo esto en el caso de que fuesen verdad.

Cuenta también el evangelio (Mateo 15) que se llegaron a Jesús unos fariseos alegando que sus discípulos menospreciaban la tradición de los mayores, a lo que Jesús contestó: "¿Y cómo vosotros menospreciáis el precepto de Dios para seguir vuestra tradición (...) hipócritas."

"Sobre la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Practicad y guardad lo que ellos os dicen, pero no obréis según ellos hacen (...). ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, que recorréis la tierra y el mar para hacer un prosélito y cuando ya lo tenéis lo hacéis digno del infierno. (...) ¡ay de vosotros, guías de ciegos! filtráis un mosquito y os tragáis un camello (...) Sepulcros blanqueados, serpientes, raza de víboras" (Mateo 23).

Todas estas cosas las dijo Jesús "hablando a las turbas", en público. Lo dijo abiertamente. A unos hombres que se consideraban y se hacían considerar como los más perfectos del judaísmo, de aquella tradición judía llamada a ser el pueblo de Dios, pero no supo o no quiso (la parte desviacionista que aquellos constituían) anteponer a Cristo a sus propios intereses.

Del significado de fariseos dice un vocabulario bíblico que "eran aquellos que se distinguían por su fervor religioso; su nombre significaba separatistas, toda vez que procuraban separarse no sólo de los gentiles, considerados como totalmente impuros, sino también de aquellos correligionarios suyos a quienes juzgaban demasiado tibios y mediocres".

Sin embargo, y a pesar de todos estos precedentes, de toda la evidencia de erros que conllevan acontecimientos como los promovidos por sus sacerdotes, hombres y mujeres hechos y derechos, miembros de la Obra, cuando se ven ante la contradicción que evidencian tener con el propio evangelio, callan y acatan, y siguen pensando "que por algo lo harán". Ante lo que una se pregunta: ¿cómo es posible? ¿También era eso lo que yo hacía cuando estaba dentro? En cierta manera, sí; en cierta manera, no. La fuerza de la mentalización que en la Obra se utiliza es enorme. Pero también porque cada cosa de ésas (y mucho menores que ésas) me impusieron su propia interrogante, justo por eso, estoy ahora fuera. Los hay que dicen "que la Obra no hace nada mal, por lo tanto estos hechos también deben tener sus razones".

Yo entiendo que haya budistas que, convencidos de su budismo (lo cual me merece todos los respetos), hagan coherentes sus ideas con sus vidas. Pero ¿cómo puede admitirse o concebirse un tipo de proceder como éste en coherencia con una doctrina o una moral católica?

Mentalización. Mentalización es la única explicación posible. Es indudable que el hipnotismo existe, y que existe a nivel y en forma colectiva. ¿Existe en la Obra como medio de cohesión o de "dirección" de grupo, como única explicación de esa fe ciega que los mueve, que los "une", y que es capaz de hacerles admitir lo más inadmisible, lo ilógico como lógico, lo incorrecto como correcto, etc., aun a personas aparentemente normales e inteligentes?

Como resultado de:
- que los únicos ratos de charla que hay al día entre los socios (tertulias) deban ser con temas y formas preestablecidas y determinados;
- que nadie pueda desahogarse con nadie que no sea la persona mandada y puesta para ello por los directores, impidiéndose cualquier "descuido" por medio de la obligada corrección fraterna;
- teniendo que estar alegres: venga o no venga a cuento, sólo porque es norma de buen espíritu;
- teniendo que aceptar toda ocurrencia de Monseñor Escrivá como carismática o directamente vinculada con la voluntad de Dios;
- admitiendo una convivencia secular en la cual todas las personas deben parecer iguales con tal de que pertenezcan a la Obra a efectos de compartir problemas, necesidades intelectuales, etc., a la vez que se ha de considerar diabólica la amistad;
-una vida pasada constantemente por los controles de la consulta a la directora, y por los "escrúpulos" del mal espíritu, que hacen entender en todo lo que no coincida con el Padre;
- charla semanal, retiro mensual de un día, cinco días de ejercicios espirituales al año, un curso anual de formación de un mes, convivencias varias (cada vez que hay que empezar alguna actividad o de vez en cuando a lo largo de su desarrollo, para que en nada haya posibilidad de variación con lo establecido), etc., etc. Dos años de formación intensiva al llegar: específicamente dedicados (como cada uno de los otros medios) a identificar con el "espíritu de la Obra" (o doctrina del Padre).

Lógicamente todo ello incide en la persona. Todo ello despersonaliza, llegando a anular (si no se corta a tiempo) incluso el ejercicio de la propia conciencia o capacidad de razonar. Se trata de que ofrecen (si se acepta todo lo expuesto) todo un salvoconducto de santidad. En palabras del Padre: "Si me cumplís las normas del plan de vida de la Obra, os prometo que seréis santas." Y las normas son todo un conjunto de exigencias en el pensar, decir y hacer, que bajo la más meticulosa contabilización (número de jaculatorias, número de miradas a la Virgen, número de correcciones fraternas, numero de minutos que hice o dejé de hacer...) deben ser sometidas a consejo en la charla de cada semana con la directora, de forma que la identificación con"el Padre" sea cada día mayor.

¿Puede toda esta clase de procesos llevar a un hipnotismo, o ser causa de la manipulación que en la Obra se da? Dado que además cuenta con la predisposición del que con toda su mejor voluntad no ve más allá de sus buenos deseos y de su afán de entrega y servicio.

De ahí que muchos se sientan escandalizados. Los escandaliza (dicen) que "yo haya sido capaz". Su fanatismo no les deja ver más allá del escándalo que les han dicho que supone mi postura.

Gracias a Dios, ¡nos fuimos!
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