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Opus Dei: ¿un CAMINO a ninguna parte?

La otra cara del Opus Dei

La otra cara del Opus Dei
María Angustias Moreno
Índice del libro
1. Se hace camino...
2. Desprestigio como estilo de defensa (I)
Desprestigio como estilo de defensa (y II)
3. Una querella ¿por qué?
FIN DEL LIBRO
 
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LA OTRA CARA DEL OPUS DEI

Autora: María Angustias Moreno

UNA QUERELLA ¿POR QUÉ?

Los acontecimientos habían venido siendo significativos. La versión de mis "depravaciones" estaba ya en boca de distintos miembros de la institución como información desautorizante del libro publicado. Las personas visitadas, como decía, lógicamente habían tenido sus desahogos con familiares y amigos. La campaña podía extenderse; los motivos para pensar así eran cada día mayores; era necesario cortarla, impedirla. El daño, agravado por la autoridad del sacerdocio como garantía de verdad, obligaba a una acción consecuente.

La onda expansiva de esta injuria y calumnia era ya un hecho. El número de personas visitadas había sido considerable y por las mil circunstancias familiares, sociales, etc., incluso había llegado a informadores de prensa que solicitaban entrevistarme para corroborar el insólito suceso.

Como un medio más para devolver las cosas a su cauce, un medio lógico, y creo que bastante honesto, pensé en un sacerdote de la Obra con el cual yo me había estado confesando durante estos últimos años, desde que dejé la Obra hasta hacía unos meses que había sido trasladado a Málaga. Un hombre que, hasta entonces, había puesto siempre su sacerdocio por encima de su pertenencia al Instituto. Me conocía dentro de la Obra, y sabía de la rectitud de mi dimisión. Se me ocurrió que, puesto que me conocía bien, si yo se lo pedía, estaría dispuesto a dar su testimonio sobre el caso. Y lo estaba. Le hice llegar el caso a través de una amiga, para que su entrevista conmigo no le comprometiera ante sus directores; no salía de su asombro. Consideró en voz alta, delante de mi amiga, lo que protagonizar este testimonio podía suponer para él: "Puedo verme en la calle, a mi edad (unos cincuenta y bastantes) y solo..., pero mi sacerdocio está por encima de todo; dentro de unos días que Marian se ponga en contacto conmigo por teléfono, y quedaremos para que yo le dé una nota escrita: rezad por mí." Estaba dispuesto a facilitarme así mi defensa, sabía que en honor a la verdad podía hacerlo muy bien. Pero creyó oportuno ponerlo en conocimiento de sus directores antes de dármelo. Quedamos en que yo le llamaría con nombre supuesto para evitarle complicaciones y concretaríamos una entrevista para efectuar dicho acuerdo. Le llamé; me resultó muy difícil porque no podía contestar a nada de lo que yo le decía (al parecer porque le oían los demás de su casa), al cabo de algunos preámbulos me dijo que le llamara otro día y a otra hora; tampoco conseguí nada. Le pedí a la misma amiga que había intervenido antes que pasara por el confesonario de una iglesia pública de Málaga en la que él tenía unos días y unas horas fijas para confesar, facilitándole así el cumplimiento de su promesa; pero no estaba, según le dijeron a mi amiga "no estaría en varios días, no sabían cuántos, porque había tenido que ir a Sevilla". En Sevilla está la delegación para Andalucía del gobierno regional de la Obra. En Sevilla vivo yo, y tenía datos más que suficientes para haberme podido localizar. Pero ya no quiso volver a saber nada más de mí. Cuando se ha estado dentro de la Obra, es enormemente fácil imaginar la clase de "reflexiones" a que fue sometido; no me cabe la menor duda de que fueron "serias y fuertes". Tan fuertes, que "acabaron" con lo que él, días antes, consideraba su propio deber sacerdotal. Pasaron los meses y no volví a saber nada. Tampoco yo insistí más; sabía, sé, que es inútil.

Sólo cabía una posibilidad, la única con viabilidad y seriedad consecuente con el caso, la de ponerlo en menos de un abogado. Y así lo hice, acudiendo a don José María Gil Robles y Quiñones. Por delicadeza de éste, cada uno de los seis sacerdotes antes aludidos (los protagonistas de las visitas) recibieron una carta comunicándoles la demanda de conciliación previa a la querella por injuria y calumnia de la que se había hecho cargo. Al día siguiente, sin consideraciones a que era domingo, sin previa cita, y en la casa particular de mi abogado (no en su despacho) se presentó el abogado de los seis querellados don Ramón Mas Calvet (numerario del Opus Dei) a las cuatro de la tarde.

Decía no comprenderlo, ya que la actuación alegada había sido el resultado de una actuación en conciencia y debidamente. Mi abogado le hizo ver que en ese caso no tenían nada que temer si el asunto iba adelante. Insistieron en conocer en qué me basaba yo para acusarles y supo de los testimonios escritos y legalizados ante notario de las personas visitadas.

Durante todo un mes, este señor (el abogado de ellos) estuvo repitiendo casi a diario sus visitas a mi abogado. Al día siguiente de la primera que acabo de narrar solicitaban ya una entrevista conmigo, allí en el despacho del abogado; en la cual, uno de ellos en nombre de todos me pediría perdón, si yo quería de rodillas. Cuando me lo transmitían no pude menos de sonreír. Era la comedia de siempre, sin darse cuenta de que para mí la comedia había terminado ya hacía casi cinco años.

Intentaban hacer cabeza de turco a uno de ellos: "Don Juan García Llovet (miembro de la dirección regional de la Obra en España) se hacía responsable único, los demás habían sido unos mandados." Querían que fuese él solo el que aceptase todas las culpas, y que a él se redujera toda responsabilidad o reclamación. Al fin y al cabo un holocausto más que se le pedía. Es fácil deducir, o al menos intuir, que con esta fórmula resultaría luego mucho más fácil convertir el asunto en una cuestión personal, ante la cual la Obra se rasgaría limpiamente las vestiduras. Pero resulta que todos ellos son mayores de edad; sacerdotes con muchos años de vuelo. Y resulta que no contaban con que mi experiencia dentro había sido lo suficientemente larga como para conocer lo costoso que resulta cumplir muchos mandatos (por ilógicos e incoherentes) en "virtud de una obediencia" que debe asumirse como "decisión personal" pero que no es más que el cumplimiento de una orden. No, yo no podía aceptar semejante cosa porque me consta, por mi propia experiencia, que no es así.

A título de holocausto, de servicio a los intereses de la Obra, las víctimas son lo de menos. Sólo hay un eximente que de hecho no lo es tal, de la responsabilidad personal de cada una de estas personas, que es el de su incondicional adecuación a una clase de servicios a la institución, que pueden repelar su voluntad (la personal de cada uno), pero que indudablemente queda aceptada y corroborada por su responsable y personal actuación.

A esta segunda negativa mía, propusieron (ellos) escribirme una carta en la que se retractarían todos. No lo veía muy claro, pero por consejo de mi abogado acepté conocer el borrador. Como ya me temía no era otra cosa que una autojustificación en la que "de paso" presentaban sus disculpas por haber herido mis sentimientos, alegando que "no había movido sus ánimos menoscabar mi honra y mucho menos hacerla objeto de imputaciones que sólo les constaban por testimonios, lógicamente no comprobados, de terceros. Actuación llevada a cabo (seguía diciendo el borrador) con la exclusiva finalidad de cumplir con un deber de conciencia, en el que pudieron errar de buena fe, como puede ocurrir a todos los humanos. Pretendiendo que con estas y pocas alusiones más, yo me diera por reparada y satisfecha.

Es elemental que no se trataba de "sentimientos heridos", sino de una honra seriamente menoscabada. Ni se puede alegar, entre personas mayores, "buena voluntad" tratándose de hechos objetivamente injuriosos y calumniosos, llevados a cabo con la premeditación que los propios acontecimientos evidencian.

Todo un mes de negociaciones, de pretendidas soluciones privadas, tan insuficientes como decisivas para que el acto de conciliación previo a la querella se impusiera como único camino.

En una de las últimas visitas de estos señores a mi abogado, conociendo ya mi decisión de no aceptar paños calientes, le insistieron en que esperara unos días más para ver si "con la oración de los querellados Dios movía el espíritu de la querellante hacia una solución de armonía". Por mi parte sin comentarios, creo que se comenta por sí solo. Hablaron también de aceptar la conciliación si lo que yo pedía era una indemnización económica, los millones que yo quisiera.

Pero no, no lo considero una cuestión de millones (al margen de lo que por daños y perjuicios la justicia pudiera considerar), sino de simple reparación de mi fama. Me honra vivir solo y exclusivamente de mi trabajo personal. Lo único que yo necesitaba, para mayor claridad y exactitud (máxime tratándose de una institución con la cual tan difícil es aclararse), como lógica consecuencia de la calumnia injuriosa de la que había sido objeto, era una retractación legal de cada uno personalmente.

Las conciliaciones quedaron presentadas en los juzgados de Madrid (n° 18, día 18-10-78, pasando luego al n° 11 por exigencias del cambio de domicilio de uno de los citados), Sevilla (números 5y 10, día 21-10-78) y Barcelona (números 17 y 20, día 28 y 25-10-77) en los mismos términos para todos, de la siguiente manera:


Al juzgado

(...) Procurador de los tribunales, en nombre y poder especial, que exhibo y retiro después de debidamente testimoniado -de la Srta. María Angustias Moreno Cereijo, ante el Juzgado comparezco y como mejor proceda en derecho DIGO:

Que solicito la celebración de acto de conciliación, previo a la querella por injuria y calumnia, contra D. Juan García Llovet, con domicilio en Madrid, calle Diego de León, 14, para que se avenga a reconocer:

1° Que es miembro de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei.
2° Que ostenta o ha ostentado puestos directivos de dicha Obra.
3° Que acompañado de don Emilio Navarro Rubio, también sacerdote miembro de la Obra citada, visitó a diversas personas de la ciudad de Madrid.
4° Que ante esas personas visitadas formuló imputaciones contra la señorita María Angustias Moreno Cereijo, asegurando que era una pervertida sexual y una lesbiana, y que había intentado pervertir a varias jóvenes pertenecientes a la "Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei".
5° Que cuando realizó esas visitas tenía conocimiento de que la Sta. María Angustias Moreno Cereijo había publicado un libro titulado "El Opus Dei. Anexo a una historia".
6° Que las visitas a que se refiere el n° 4 fueron hechas a personas que habían firmado y publicado una carta solidarizándose con la Srta. María Angustias Moreno Cereijo con motivo de la publicación de su libro.
7° Que reconoce que las imputaciones hechas a la Srta. María Angustias Moreno Cereijo obedecieron a informaciones que han resultado falsas.
8° Que, en consecuencia, reconoce y declara que esas imputaciones son gravemente injuriosas y calumniosas, por lo que las rectifica totalmente en este acto, estando dispuesto a dar a la Srta. Moreno Cereijo las reparaciones morales procedentes por el daño que se le ha causado.
9° Finalmente que se compromete y obliga a enviar copia del acto de conciliación a todas las personas que visitó haciendo las imputaciones referidas contra la Srta. Moreno Cereijo con un carta suya de simple remisión de copia, hecha por conducto notarial. Y

SUPLICO AL JUZGADO se sirva tener por presentada esta papeleta, citar a D. Juan García Llovet, con domicilio en calle Diego de León, 14, de Madrid, y señalar la fecha de celebración del acto de conciliación a los efectos indicados en el cuerpo de este escrito.

Es justicia que pido en Madrid (...) de octubre de 1977.

No hubo avenencia. Lo cual significa que no eran aceptables para ellos los puntos mencionados. ¿Por qué? ¿Qué es lo que de ellos pueden negar?

¿Qué no son sacerdotes del Opus Dei?

¿Que no conocían mi libro?

¿Que las personas visitadas no son las de la carta de adhesión al mismo? Porque hay muchas más personas que pertenecieron a la Obra, que tengo relación con ellas (las hay con necesidades y problemas objetivos, como decía) y que no han sido incluidas en este deber de velar por ellas.

¿Podrán negar que tienen o han tenido cargos directivos en la institución? Ninguno de ellos en un recién llegado que actúa en nombre de su inexperiencia. García Llovet forma parte de la Comisión Regional de la Obra en España (representación u órgano de gobierno inmediato al de Roma o Sede central); Badrinas Amat es el vicepostulador para la causa de beatificación de monseñor Escrivá. Los dos de Sevilla forman parte del gobierno de la delegación de la Obra para Andalucía.

Que las pruebas alegadas eran falsas ya lo habían admitido privadamente, en la carta borrador a la que he hecho alusión.

¿Qué es entonces lo que les resulta inaceptable en lo solicitado?

La avenencia por su parte, por parte de ellos, hubiera evitado tener que seguir ajuicio. Quizá pensaran que era "demasiado poco" para considerarlo suficientemente reparador ante el atropello cometido. Quizá también consideraran que para admitir esto "tiempo había", al fin y al cabo ¿qué otra cosa puede ser el final del juicio? O tal vez la confianza en sus recursos, en su poder, les hizo concebir que "nada tenían que perder".

Según mi madre (que está plenamente de acuerdo conmigo, como el resto de mi familia) todo esto es como "la lucha" de un enano contra un gigante. Y tiene razón. Ni su ponencia, ni su fuerza de grupo, ni las artimañas a que están tan acostumbrados, son las mías; no, por supuesto que no. El presidente del Senado (Sr. Fontán) es numerario del Opus Dei; otro, el presidente de la Banca Privada (Sr. Termes). Dicen que tienen más parlamentarios en las Cortes de ahora que en la época de Franco. A pesar de que en épocas pasadas, según el propio Sr. Valls Tabemer (numerario del Opus Dei y presidente del Banco Popular Español) confesara en un programa de T. V. ("Quién es quién") que él había confeccionado listas de ministros de gobiernos enteros. Listas que según me ha confirmado un ex socio de aquella época también, se hacían en Diego de León, 14, sede del gobierno de la Obra a nivel nacional, lo cual puede servir para dar una idea de la influencia política de entonces; sobre lo que quizá quepa pensar que todavía fueran ellos los utilizados, quizá para que tal aprendizaje les resultara rentable a la larga...

Todo un imperio (abierto o solapado, a según qué efectos da igual) montado sobre teorías espiritualistas para que sean muchos, muy bien "dominados", y así poder hacer de ello (de la cantidad) recurso de poder.

¿Como medio de cristianizar el mundo? No fue el sistema que utilizó Cristo; no eligió senadores como discípulos, ni les dijo que tuvieran que conseguir serlo, y pudo haberlo hecho; ni siquiera insinuó que logrando "gobernar" el Imperio Romano (entonces sojuzgador del propio pueblo judío) era como iban a hacer más eficaz su apostolado. El cristiano es esa persona que ha de saber hacer del poder, cuando lo toca, un instrumento más de servicio y de respuesta coherente a la fe que profesa; pero nunca el que convierte el poder en meta de su ambición cristiana.

Admito la posibilidad de actuaciones, en estos aspectos, bien intencionadas aunque confundidas. Pero no puedo admitir que a estas mismas actuaciones que los socios del Opus llevan a cabo se las identifiquen con posturas o fines (como ellos dicen) "exclusivamente sobrenaturales".

Dicen los del Opus que la razón que me mueve (una de las muchas que ya me han achacado) es la de la jactancia, fama u osadía. No aceptan, no valoran, no quieren contar con algo tan elemental como el hecho de actuar en consecuencia de unos sentimientos específicamente humanos sin más necesidad de pruritos rebuscados. Kipling (poeta y Nobel de 1907) quizá pueda explicar mejor que yo en qué consiste esa clase de reacciones que llevan, dice él, a ser un hombre, a ser, como decía, lo que se dice humanos.


Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor todos las pierdan y te echen la culpa;
si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras, o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduría...

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el Triunfo y el Fracaso y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y recontruirlas con las herramientas desgastadas...

Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar escapar una queja sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos

a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto la Voluntad que les dice "¡Continuad!"...

Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo, pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y-lo que es más- serás un hombre, hijo mío.

Kipling alude a no "dejar nunca escapar una queja sobre tu pérdida", aparentemente contradictorio a la postura de denuncia que esta publicación implica. Sin embargo para mí lo perdido está. No es quejarme lo que me mueve, ya que esta clase de queja, por los inconvenientes a que vengo haciendo referencia, nada compensa. Simplemente estoy "hablando con la multitud".

Ni la fama, ni la venta de libros, ni nada semejante (como sé que ellos andan propagando entre las gentes) puede ser la razón de una postura que, como la mía, lleva consigo mucho más problemas, dificultades e incomodidades que ventajas o éxitos. Es fácil, muy fácil, optar por argumentaciones como éstas, para desmentir aquello que "no gusta", sin más pensar en nada ni en nadie que no sea el tan repetido "prestigio" de la institución.

Como tampoco puede hablarse de infamia o de osadía en mí por el hecho de establecer querella contra unos sacerdotes (como también están diciendo) sin al menos explicar, a la vez, las causas que la han provocado.

Si ellos hubiesen querido, todo hubiera acabado en el acto de conciliación; yo no necesitaba más. Son ellos lo que han elegido seguir. Yo sólo necesitaba la legalidad de una verdad totalmente atropellada. De una verdad (actitud cristiana) que a todos obliga, a los sacerdotes, por el hecho de serlo, de una manera especial.

Porque amo el sacerdocio, decía, precisamente porque creo en él, no puedo consentir que sea utilizado de esta manera. Y para no hacerlo, simple y sencillamente, hay que evidenciar que esas actuaciones que deben serle ajenas, no forman parte de su misión.

Una querella que necesariamente tiene que ser personal. Son seis señores con nombre y apellidos propios, los que como ejecutores son querellados. Estos señores han antepuesto, indudablemente, una clase de atropello habitual al propio montaje del Opus, a su propio sacerdocio, y por ello no los disculpo; han caído, al menos, en la fatal abdicación de sus propios compromisos en aras de una serie de convencionalismos aceptados como mítica autoridad. Pero son a su vez víctimas de lo que en la Obra constituye el mito de esa autoridad.

Nadie que posea una sensatez medianamente normal, podrá aceptar que la actuación de esos señores proceda de una "ocurrencia personal"; sería demasiado coincidir. No, evidentemente, esto es inaceptable. Honradamente hay que pensar en un mandato en razón de una obediencia que en el caso de los sacerdotes numerarios del Opus Dei, según nos dijeron siempre (y según el punto 151 de las Constituciones de la Obra que publica Infantes en su libro, las únicas que conozco) sólo es debida al Consiliario o superiores por encima de éste. En este caso: Florencio Sánchez Bella (como Consiliario de España) o A. del Portillo, como presidente general.

¿Puede un sacerdote obedecer o considerar materia de obediencia la difamación o la injuria? Éste es el problema. Y de ahí que una cuestión necesariamente personal, no pueda dejar de ser evidentemente institucional.

Los hechos siguieron sucediéndose. La querella siguió su trámite, fue al menos mi intención que así fuera.

A pesar de ser don José María un señor muy ocupado, cargado de asuntos de gran envergadura, su cordial acogida y su humanidad me llevaron a poner en él toda mi confianza. Ante mi preocupación porque el tipo de asuntos pudiera no interesarle o complicarle innecesariamente, me reafirmaba en una carta de 24-8-77 su deseo de promover la acción que le había confiado. "No me importa (decía) las personas contra las que debo actuar. Me basta que usted tenga razón y que solicite mi ayuda profesional."

Esta fue la primera parte. Luego las cosas se complicaron. No he llegado a saber con exactitud cuales fueron las presiones a las que Don José María tuvo que someterse; sé que todo cambió radicalmente, hasta dejar prescribir el caso.

Humanamente ¡ellos ganan!

¿Moralmente?

La verdad sólo es verdad cuando para nada necesita de compromisos de favor, de que "la lleven o la traigan". No "es verdad nada" que no se ampare en la fuerza de su propia verdad. Y como dice el proverbio chino: "No hay aguja que tenga dos puntas."

Junto al trigo necesariamente ha de crecer la cizaña; pretender arrancarla no sería evangélico. Pero sí lo es, y muy necesario, el contribuir a que pueda distinguirse, a que sea posible llamar a las cosas por su nombre, y no confundirlo que puede ser cizaña con lo que es el trigo.

El juicio válido (la catalogación y separación de la cizaña) corresponde a una justicia que no es precisamente de este mundo, no es como la de este mundo, y en ésa es en la única que yo creo. Es la única que realmente tiene, puede tener, valor absoluto; la única invulnerable.

Mientras esta justicia llega, hay simplemente que definirse, hay que apostar por la verdad (por la lealtad, por la honradez, por la claridad) o hay que quedarse del lado de la mentira, del enredo o de la confusión.

Hay por ello, en uso de un derecho que es deber de toda persona de bien, que contribuir a evitar mitos que, con la fuerza de su fanatismo, puedan arrollar, atropellar, aspectos importantes de la más elemental lealtad.

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