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 Tus escritos: A Silas, al que todo se le puede pedir para siempre.- Mineru

060. Libertad, coacción, control
mineru :

A Silas, al que todo se le puede pedir para siempre

Mineru, 4 de enero de 2008

 

Hay unas ideas de fondo en el escrito de SilasDel todo y para siempre” publicado el 28/12/2007 que suscitan serias dudas de compatibilidad con la razonable naturaleza que las cosas tienen en sí mismas, naturaleza esta que ha sido creada por Dios mismo y en la que se sustenta nuestra perfección humana y sobrenatural.

 

Quizá la primera y más evidente de ellas se nos muestra en su tajante afirmación de que “todo es todo. No casi todo, todo”. Pero no parece conforme con la naturaleza humana “vender” o “entregar” las propias conciencia y libertad. Por tanto, el pasaje evangélico que se cita solo puede entenderse correctamente referido a las cosas materiales y circunstanciales, que son las que pueden ser vendidas, entregadas o “desapropiadas”. La libertad y la conciencia –que son consustanciales y, por ello, no circunstanciales a la naturaleza humana- no pueden venderse ni entregarse, aunque sí pueden prostituirse, que es cosa diferente. Desde este punto de vista, una conciencia y una libertad “vendidas” o “entregadas” se nos aparecen como “prostituidas”, es decir, como contrarias a la dignidad humana y sobrenatural sin la menor duda...



No es el que esto escribe quien desautoriza la contundencia de la afirmación realizada, sino el mismo Silas cuando –a renglón seguido- afirma que hay cosas como el forofismo “del Sportivo Barquisimeto” o “que vote a la Unión Democratico-socialista” que están “fuera del todo”. En resumen, según sus propias palabras, el “todo” es diferente según la casa o la institución de que se trate, con lo cual ya se admiten dos cosas: que el famoso “todo” es un “casi todo” y que lo institucional no abarca de forma necesaria el “todo” de los ámbitos de la persona. Por tanto, creo que es un claro error que pueda pensarse o exigirse que se “vendan” o que se “entreguen” “a otro” las propias conciencia y libertad, aunque sea para fines nobles y lícitos, so pretexto de una “vocación” divina que no parece exigir tal cosa –ni siquiera recurriendo a una generosa analogía- en el pasaje del Evangelio referido a cuestiones materiales en que Silas se apoya expresamente.

 

Dando por superadas antiguas controversias sobre las mayores o menores “dignidades” y “supremacías” de la entrega a Cristo en unas u otras casas o formas, tampoco caeremos en el sesgo falaz de afirmar que nadie Le siga más y mejor que otros porque pertenezca, o no, o haya pertenecido a una cierta Institución, ni porque la entrega signifique para unos el “no tener” y para otros el “estar desprendido de lo que se tiene”. Se me antoja que son disquisiciones vanas aquí y ahora.

 

La segunda idea que hallo equivocada enlaza directamente con la anterior. Y no me refiero tampoco a las cosas “materiales” que a Silas le pueden pedir los Directores, sino a la “entrega” de las propias y concretas conciencia y libertad, porque puede esperar que también se le pida todo ello. Pero, ¿realmente pueden los Directores llegar a exigir la entrega de la conciencia y de la libertad de los fieles de la Prelatura?

 

En principio cabe pensar que el Opus Dei no exige tal entrega de conciencia y libertad a sus fieles. Así parece demostrarse por la propia esencia del vínculo convencional que les une. Además, mal podría predicarse que los fieles son libres para irse en cualquier momento y que actúan con plena responsabilidad personal si la Prelatura exigiera la entrega de la conciencia y de toda la libertad del fiel. En efecto, si se entregan conciencia o libertad, la responsabilidad personal desaparece; si se entrega toda la libertad, no existe la posibilidad de rescindir el vínculo convencional. Por tanto, la cuestión anterior parece que debiera tener una respuesta negativa: los Directores no pueden pedirlo todo.

 

Pero entonces ¿por qué se afirma que sí pueden y, además, que se les debe obediencia en todo?  La obediencia “Debe ser universal: en todo” (Cuadernos 11, pág. 85 y ss.), puesto que “los Directores para nosotros son el guía que nos conduce a la santidad y al amor de Dios”. “En el Opus Dei sabemos esto: se puede mandar todo con el máximo respeto a la libertad personal, en materias políticas y profesionales—, mientras no sea ofensa de Dios”.

 

Pues, simplemente, porque en el Opus Dei –de nuevo y otra vez- no se ve diferencia entre lo teologal, que se refiere directamente a Dios y lo institucional, que mira a la disciplina de la Institución. Es más, se confunden estos dos ámbitos que afectan uno más al fuero interno y otro más al externo de las personas ya que (Op.Cit. pág 88) “el espíritu del Opus Dei —escribía don Álvaro— nos enseña a obedecer con plena voluntariedad actual. No vemos ninguna oposición entre la libertad y la obediencia, porque conocemos bien (...) que una y otra se exigen mutuamente, pues tienen su origen en un mismo amor y a un mismo Fin se encaminan: la participación en la misión de Cristo, la santificación de las almas”. Sin embargo, el que “no se vea ninguna oposición” no significa ni asegura que no pueda existir un conflicto entre ambas. Además, se olvida de que la libertad es el fundamento y origen del amor –y no al revés-; que no existen la Fe, la Esperanza ni la Caridad donde no hay libertad y que –de suyo- ni la obediencia exige libertad o amor, ni la libertad exige la obediencia. Por tanto, en atención a sus propias esencias, la libertad y la obediencia no se exigen mutuamente, ni tienen su origen propio en el amor. La misma naturaleza humana –y sobrenatural- de la persona impone que la libertad sea sin coacción, so pena de prostituirse. No cabe duda de que la libre obediencia, como cosa distinta de la libertad obediente, solo es posible desde una conciencia libre de coacción. Cuando existe la coacción, la obediencia es naturalmente posible y cumple perfectamente con su objeto gubernativo propio, pero no es una obediencia libre. Es rechazable, pues, afirmar que la libertad proceda del amor y que la obediencia necesite de la libertad o del amor para cumplir con su cometido sustancial, que es disciplina de gobierno. También es rechazable esperar que “broten” de ella la libertad y el amor. Y esto, no porque la virtud de la obediencia carezca de importancia, sino porque, así como no pueden pedírsele peras al olmo, tampoco cabe esperar de la obediencia lo que ésta no puede dar, ya que carece de esa virtualidad. Por tanto, del fundamento anterior sostenido en la Prelatura solo queda el aspecto finalista, es decir, institucional o mecanicista. Se puede mandar y se debe de obedecer como condición de eficaciatodas las piezas del reloj van a un ritmo. Si una pieza va mal, se retrasa... Daos cuenta del daño y de la ineficacia que se hace retrasando el obedecer”. El orden gubernativo se antepone, pues, a un amor cuya existencia, como el valor en la disciplina militar, se supone ínsita en el mero cumplimiento obediente de unas pautas regladas de conducta. Es algo más que una confusión: se trata del primado del gobierno.

 

Los que aman no obedecen (según S. Agustín, hacen lo que quieren): el uno quiere el bien del otro porque es el bien que el otro quiere y, de esta forma –ausente toda coacción-, es un bien consorciado. Los que aman no se imponen: se aceptan, se respetan y se dan el uno al otro como han sido, como son y como serán. Sin subterfugios. No se someten el uno al otro: se ayudan mutuamente. No necesitan de intermediarios cuando se ven cara a cara, pero tampoco los desprecian como mensajeros. Los que aman no se temen: les duele alejarse. Es un misterio para mí la causa de que Dios nos ame a todos y cada uno de esta forma y de que, por si poco fuera, nos asegure que no podremos amarle así, como Él nos ama, si no hacemos igual con el prójimo.

 

Sin embargo, el mismo texto “Cuadernos 11” –que describe los hechos desde la óptica del gobierno corporativo, como si de una milicia se tratare, continua diciendo: “el que gobierna ha de ejercitar la autoridad recibida de Dios; delicadamente, porque mandar y obedecer deben ser actos imperados por el amor”; mandar, “respetando la libertad, respetando la inteligencia y la voluntad del que obedece”. Debe ser la nuestra una obediencia profunda, que nos impulsa no sólo a rendir la voluntad, sino a la sumisión del entendimiento (Camino, n. 856), a identificar nuestro criterio con el de los Directores, en toda la tarea apostólica. Una obediencia plena, como la de Cristo, propia de los hijos y amigos de Dios, que conocen y aman la Voluntad de su Padre celestial”.Y si alguna vez sucede que no entendéis el porqué de los mandatos recibidos —por la limitación humana o por la ceguera de un momento, que el Señor puede permitir para nuestro bien—, esforzaos en obedecer, como en manos del artista obedece un instrumento —que no se para a considerar por qué hace esto o lo otro—, seguros de que nunca se os mandará cosa que no sea buena y para toda la gloria de Dios (Camino, n. 617).(…) Pero, si a pesar de eso, insiste, tenemos que obedecer, si no es ofensa a Dios. Y no nos equivocamos al hacerlo: Dios sacará de aquello todo el bien. (…) es difícil que un Director se equivoque. Pero subjetivamente, cuando a uno se lo pueda parecer, si se ha rendido ante lo que en su conciencia es un error y lo ofrece generosamente al Señor, el Señor bendice todo aquello y saca bienes incluso del error.”

 

A la vista de estas afirmaciones, siguiendo el hilo de la segunda idea que más arriba planteábamos, cabe pensar que, desde un punto –digamos teologal- de vista, la persona se concibe en el Opus Dei como dotada de una conciencia y de una libertad que deben ser naturalmente respetadas porque estas cualidades lo son “a imagen y semejanza de Dios”. Sin embargo, desde otro punto –digamos institucional- de vista, estas personas son gobernadas como meros instrumentos a los que se les exige sumisión en la conciencia y rendición de su libertad. No obsta a lo anterior el hecho de que –aparentemente- los ámbitos de actuación profesional y político de la persona sean ajenos al gobierno institucional. Y decimos lo de aparente porque, entre otras cosas, el “apego”, la “falta de humildad” y la “plena disponibilidad apostólica”, en estas materias concretas, no consta que se hallen excluidas de la función de gobierno institucional. En todo caso, no se nos aparece clara ninguna previsión para los casos de conflicto -entre obediencia y conciencia- más allá del “obedecer o marcharse”.

 

Por tanto, si los Directores no yerran nunca ni es posible que manden cosas que no sean buenas para toda la gloria de Dios, parece ser un hecho claro y cierto que el Opus Dei no se concibe a sí mismo como falible, bien sea por convicción propia o por designio divino de carácter carismático, que no canónico. “Omnia in bonum”. “Nunca pasa nada. O, si pasa, ¿qué importa? Y, si importa ¿qué pasa?”, No pretendo estirar más conclusiones de este hecho. Sin embargo, me parece oportuno plantear estas otras cuestiones para que cada cual, si lo desea, les de respuesta.

 

¿Cómo se puede pretender respetar la libertad, la inteligencia y la voluntad del que obedece cuando, de forma simultánea, se le pide a éste que rinda su voluntad y someta su entendimiento, es decir, su conciencia, reduciéndolo a la mera condición de un instrumento que, naturalmente, carece de libertad, voluntad ni inteligencia?

 

¿Cómo es posible que una misma cosa, un acto personal realizado por obediencia, sea a la vez un error del director, que no es responsable del acto, y no sea una equivocación del dirigido, que es plenamente responsable del acto? ¿Acaso no es ésta una excepción a la regla de la responsabilidad plena por los propios actos? ¿De dónde sale que se identifique la voluntad de los Directores con o “como” la voluntad de Dios?

 

Me permito acabar con un esbozo de la contradicción lógica que supone el afirmar a la vez y sobre la misma cosa equivocada, primero, que obedeciendo nunca se equivoca nadie en la Prelatura y, segundo, que los fieles actúan con plena responsabilidad de sus actos. Si la cosa equivocada no supone necesariamente una equivocación de su autor es que se está negando la plena responsabilidad de éste.

 

No pretendo aquí sentar dogmas. Como soy plenamente responsable de lo que pienso, admito que pueda equivocarme –no será la primera ni la última vez- cuando razono. Para procurar buscar lo que de verdad tengan las cosas, Silas, es necesario algo más que una “vocación” con buenas y rectas intenciones, por mucho que le cueste al gobierno de la “milicia” y en primer provecho de sus propios fieles, llámense militares, milicianos, militantes, soldados, socios, hermanos, miembros, partícipes, simpatizantes, o el nombre que fuere menester. Puesto que, como Silas, también son hijos de Dios y mi prójimo.

 

Mineru


Publicado el Viernes, 04 enero 2008



 
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