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 Libros silenciados: La pobreza en el Opus Dei.- Gervasio

070. Costumbres y Praxis
gervasio :

La pobreza en el Opus Dei

 

Autor: Gervasio

 

            Hay pobrezas fácticas y pobrezas de principio. Lo aclaro con ejemplos. Pobreza fáctica es la de la mujer — ¿podríamos llamarla incluso señora?— con  hijos a los que tiene que dar alimento, calefacción y estudios y sólo cuenta con unos ingresos mensuales de mil euros. Su pobreza no es el resultado de la propia elección. Nunca ha aspirado a ser pobre. Pobreza de principio es la que tienen algunas órdenes religiosas. Su santo fundador dejó dicho por escrito y no sin una especial clarividencia que ellos quieren, deben y aspiran a ser  pobres. Son institucionalmente pobres. Se trata de instituciones pobres por principio. Entre ellas se cuentan la mayoría de las órdenes  y congregaciones religiosas —o quizá todas—y en cierta manera el fenómeno también se da en instituciones civiles.

             Entre las civiles cabe señalar la universidad, los institutos de investigación, las entidades dependientes del  ministerio de cultura, las organizaciones para ciegos y ciegas, las organizaciones para leprosos y leprosas, y otras y otros. Nunca se les oyó decir que tienen suficiente dinero para las actividades que realizan. Problema típico de las organizaciones civiles institucionalmente pobres es que dependen de los presupuestos estatales, cuyas cuentas se liquidan, cierran y clausuran  en diciembre. Y, antes de que finalice ese mes, han de haber gastado todo lo que se les ha presupuestado; lo que origina compras de última hora de objetos innecesarios y hasta alguna factura falsa. Su peculiar pobreza origina este criterio de gasto: tengo que gastar todo lo presupuestado, no vayan a creer que no  necesito tanto dinero y el año que viene me den menos...



            Pero la clasificación de la pobreza en fáctica y de principio es sobre todo aplicable a las instituciones eclesiásticas. Hay entes eclesiásticos con pobreza  fáctica y entes eclesiásticos con pobreza de principio. Entre éstos últimos siempre me han llamado la atención las órdenes mendicantes. He oído decir que los bienes patrimoniales de los franciscanos no están a nombre de la orden, sino de la Santa Sede. Esto les permite disponer de esos bienes sin ser sus dueños, porque es sólo la propiedad lo que resulta contrario a su pobreza; no el uso y disfrute de bienes. Se trata de una situación envidiable. Me encantaría vivir en un palacio, que fuese del Estado, o de la Santa Sede, o del Moro Muza, pero habitado por mí, con sus buenas alfombras, buen servicio doméstico y demás complementos.

            El Opus Dei pertenece a esa categoría de entes dotados de pobreza de principio, pues ha dicho el santo fundador que siempre somos y seremos pobres. Ello no le impedía tener a su disposición, en cualquier momento, a cualquier hora del día o de la noche a dos pintores de cámara —Manolo Caballero y Boro— varios arquitectos, una imprenta y un montón de hijos e hijas a quienes chillar  y en quienes encontrar consuelo, halago  o solaz, cuando lo solicitaba. Ni los pintores ni los arquitectos eran Miguel Ángel,  Bramante o Leonardo da Vinci. Pero tampoco estaba nada mal la cosa.

            Al grano. Eso de ser institucionalmente pobre es cosa de frailes, pero no en el sentido peyorativo que suele darse a esta expresión —es cosa de frailes— en el Opus Dei. Me refiero a la diferencia existente dentro del mundo eclesial entre regulares y seculares. En el mundo eclesiástico secular —el del clero secular como contrapuesto al de los religiosos— no ha lugar a la pobreza institucional. Los sacerdotes seculares no hacen voto de pobreza. Un sacerdote puede ser millonario y poseer toda clase de bienes. De hecho suelen ser pobres, pero no por principio. El sacerdote secular tiene un salario del que dispone libremente. Lo que adquiere lo adquiere para sí mismo. Y no tiene que rendir cuentas de sus gastos. Hay parroquias ricas y parroquias pobres, lo que depende generalmente del lugar donde están ubicadas. Lo propio sucede con las diócesis, beneficios, fundaciones,  etc. En el ámbito de los religiosos no sucede lo mismo. Así, la pobreza institucional de la Orden de Predicadores —los dominicos— se manifiesta entre otras cosas en que las iglesias por ellos erigidas no tienen dos campanarios, sino solamente uno.  Dos campanarios son contrarios al la  pobreza propia de la Orden de Predicadores.

            Permítaseme un breve paréntesis. Añadiría que, también  en el terreno de la obediencia, el Opus Dei pertenece al mundo de los religiosos. Un sacerdote secular tiene bastantes recursos para defenderse de las arbitrariedades de sus superiores. Puede tener el oficio que ocupa en condiciones de inamovilidad, interponer recursos contra decisiones de sus superiores no ajustadas a Derecho, etc. En el ámbito de los religiosos las cosas no son así. Todo lo penetra, invade y se resuelve de acuerdo con el voto de obediencia. En el Opus Dei —decía su fundador— se puede mandar todo, con tal de que no sea ofensa de Dios. Tal posibilidad se da sólo en la jerarquía propia de los religiosos. Ni el obispo, ni siquiera el Papa de Roma pueden mandar ilimitadamente. Están limitados por el Derecho. Los fieles cristianos no hacen voto de obediencia —o similar— ni al papa, ni a su propio obispo. De ahí que resulte tan forzado asimilar la potestad que el prelado del Opus Dei posee sobre los numerarios, supernumerarios y agregados a la jurisdicción del obispo diocesano. Acuérdense los nuestros —decía el número 188 de las derogadas Constituciones del Opus Dei — de que en la Iglesia existe tan sólo una jerarquía de derecho divino, a saber, la constituida por el Sumo Pontífice y los Obispos, a quienes puso el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios (Hechos XX, 28).

            Pero vayamos de nuevo a la pobreza. La pobreza institucional, la que no es un hecho,  tiende a tener unas manifestaciones poco naturales, forzadas, cuando no ridículas. Hablé del criterio de tener iglesias con un solo campanario y del de tener los bienes propios de la orden a nombre de la Santa Sede, para mejor vivir así la pobreza. Me vienen ahora a la cabeza otras dos manifestaciones de pobreza institucional que aparecen en las constituciones escritas por San Francisco de Sales para la Orden de la Visitación de Nuestra Señora —las salesas—, inspiradas en la regla de San Agustín. Se rechazan los objetos de plata, excepto en la cubertería, por razones higiénicas. Imagino que hoy día esas monjas  utilizarán cubertería de acero inoxidable. También les prohibía el uso de almidón en el planchado de las propias ropas o cualquier otra cosa que oliese a humana vanidad.  Y con ello el santo fundador de la salesas daba una lección y ponía un par de banderillas a esas otras monjas que deambulaban por las calles con unas enormes tocas de amplio vuelo, blancas y vistosas. Quizá algunos las recordéis. Resultaban muy fotogénicas, elegantes y mágicas. Aunque casi desaparecidas, continúan siendo las preferidas por los directores de cine para ciertas mises en scène.

            Había anunciado que iba a hablar de la pobreza en el Opus Dei. Y a ello voy, pero no sin antes haber resaltado que se trata de una pobreza institucional, no de hecho,  esencialmente similar a la  de los religiosos y religiosas. Vamos con algunos ejemplos.

            El fundador llegó a la conclusión de que un numerario necesitaba tres pijamas. Ni menos ni más.

            En Villa Tevere entre la Galleria della Campana y el oratorio de la Sagrada Familia  hay un servicio sanitario con dos o tres mingitorios. Cada uno de ellos posee una llave de paso para el agua. Y se supone            que al utilizar el mingitorio, el usuario debe abrir la llave del paso del agua un ratito. Y así se hacía. Pero el uso del agua es algo sometido a las reglas de la pobreza institucional. Y si uno se excedía en el uso del agua, le caía una corrección fraterna. Las correcciones fraternas son frecuentes con motivo de mantener abierto un grifo del agua más tiempo del debido. A la llave de paso del mingitorio se le aplicaba el mismo criterio. No se debía tener demasiado tiempo abierta la llave de paso del agua, después de haber orinado. Y como los usuarios eran numerarios, la parsimonia en el uso de la llave de paso —consecuencia de tanta corrección fraterna—acabó originando la corrosión de las cañerías, que no soportaban la acción de  tanta orina sin apenas agua. A raíz de tal constatación, el Rector del Colegio Romano de la Santa Cruz, a la sazón ubicado en Villa Tevere, explicaba a los recién llegados el modo en que habían de utilizar los mingitorios. La llave de paso del agua debía estar abierta antes, durante y después de orinar. Las explicaciones sobre el modo de comportarse en Villa Tevere abarcaban desde el modo de mear, hasta otras muchas menudencias, porque el espíritu del Opus Dei está esculpido y mucho más en Villa Tevere. Ello daba lugar a múltiples sesiones de avisos e indicaciones. Un conjunto de bobadas llenas de sentido sobrenatural, fruto de la experiencia.

            La teología de la micción aún no está muy elaborada. Pero precisamente por ello, a pesar de no haberme especializado en esa rama del saber, me atrevería a opinar que los mencionados criterios sobre el uso de las llaves de paso de los mingitorios no son del todo correctos.

            Durante la sequía que por los años noventa padeció el Estado de California, las autoridades competentes tomaron medidas muy concretas, encaminadas a la restricción del uso del agua. Entre esas medidas se contaban la prohibición de regar jardines y calles, así como otras que no pasaban de recomendaciones. Entre estas últimas estaban las relativas al uso de lo retretes privados. Se recomendaba  no tirar de la cadena cada vez que se utilizase el retrete, especialmente si sólo se trataba de aguas menores. Y así se hacía. Pasada la época de sequía, dejó de hacerse y comenzaron a regarse los jardines y las plazas. La diferencia  entre una y otra perspectiva mingitoria es relevante. A la primera vamos  a denominarla perspectiva o doctrina tiberina, porque se origina en Villa Tevere,  y a la otra perspectiva o doctrina la llamaremos  californiana.

            La doctrina californiana hace hincapié en el bien común no en el bien propio. En cambio, en la doctrina tiberina lo que se pretende y busca es la perfección del individuo. Se parte de que el uso de poca agua convierte al individuo en persona dotada de la virtud de la pobreza. Y eso coadyuva a  hacerlo santo. Carece, en cambio, de  importancia que ese uso de poca agua beneficie o no a la ciudad. Es verdad que el principio teológico se modificó posteriormente en aras de otro valor: que no se estropeen las cañerías. Pero esa modificación no responde a consideraciones de bien público, sino a que la propiedad de las cañerías —aunque a través de personas interpuestas— pertenece a nuestra madre guapa. La doctrina californiana no pretende hacer más virtuosamente pobres o más santos a los usuarios del retrete, sino  más solidarios  y caritativos con el resto de ciudadanos. En la doctrina tiberina  se esconde un simple deseo de perfeccionamiento personal: practicar la pobreza, aun a costa de los demás. En la californiana se esconde un deseo  de donación a los demás.  Lo que se pretende no es preservar las cañerías, porque son de mamá, sino ayudar a los demás, aun a costa de las cañerías. A mi modo de ver,  preferir el deterioro de las cañerías de mamá a que los demás queden sin agua no es sólo  un acto más virtuoso en cuanto más caritativo, sino incluso  de mayor pobreza. Si por usar poca agua en la micción las cañerías se estropean y hay que reponerlas periódicamente, el resultado es que los numerarios se empobrecen como resultado del poco uso de agua. Si se les exige que el agua corra antes, durante y después de la micción es sólo para ahorrar dinero en cañerías. Y aquí tropezamos con el punctum dolens, con el meollo de la cuestión y con la madre del cordeo en este tema de pobreza. ¿En qué consiste la pobreza en  dar lo propio a los demás o en no darles nada?

            Según la doctrina tiberina, la pobreza consiste en no dar, cuando a todas luces el empobrecimiento es la consecuencia de dar: vende todo cuanto tienes y dalo a los pobres (Lucas 18, 18). La pobreza no parece consistir consiste esencialmente en ahorrar. Un numerario debe ganar todo el dinero que pueda y gastar lo menos posible. En resumen, la pobreza del numerario consiste en dar lo menos posible a los demás, y recibir el máximo posible de los demás.  Quizá por eso la profesión de banquero es de las más santificables conforme al espíritu del Opus Dei. En un asombroso acto de prestidigitación la teología tiberina transforma el no dar en virtud. No son sólo las entidades eclesiásticas institucionalmente pobres las que practican esta clase actos de prestidigitación. No es inusual, por ejemplo, que un padre de familia defienda su avaricia alegando que esa avaricia es un acto de virtud, porque él nada quiere para sí mismo, sino para su mamá, su mujer y sus hijas.

            No me salen las cuentas. Los numerarios, agregados y supernumerarios han de ser autosuficientes económicamente. No sólo deben cubrir sus propias necesidades, sino que han de aportar dinero a la Obra. Se trata de una Madre Guapa insaciable en materia de dinero. La Madre Guapa necesita dinero y más dinero. Y como consecuencia tiene predilección por los hijos que son ricos y le dan dinero para nuevas edificaciones, piedras preciosas para  los oratorios, créditos blandos para las obras apostólicas. No es que la Madre Guapa no ame a los hijos pobres. También los ama.

            Se atribuye a la actriz Zsa Zsa Gabor el siguiente criterio de selección:

            — Entre un hombre inteligente y feo y un hombre no inteligente y guapo, ¿cuál prefiere Usted de los dos?

            — El que tenga más dinero.

            Recuerdo a este respecto el criterio del secretario de un consejo local, que arrastró a todo el consejo local, respecto a la pitabilidad de un chico que era inteligente y valioso y de otro chico que no lo era.

            Pero al final lo caro es caro. Hay que poner un pisito de San Rafael, pero no en cualquier sitio, sino en mejor distrito de la ciudad, por donde no aparezcan chicos de barriada.

            Y ahí tienes a Rigobertín dando órdenes por el telefonillo:

            — Pax.

            — In aeternum.

            — Mañana doce comensales, con café y copa.

            Ni el príncipe Felipe.  Pero es que el príncipe no aporta pitajes. Y para que pite gente bien no es adecuada  una casa cualquiera, sino una digna de niños bien con sus doncellas impecables.

            Rigobertín, Rigobertín, estás en tu sitín. Puedes llamar a Castelldaura diciendo:             —Seremos  catorce. Dos de régimen.

            Y ahí tienes a Rigobertín  y otros veinteañeros  instalados en un tren de servicio doméstico impropio de su condición de estudiantes. ¡Y eso que nosotros no sacamos a nadie de su sitio!

            Pero ¿cómo va  a convivir un numerario con otros universitarios de su edad en un pisito de esos que alquilan entre tres o cuatro? Sin oratorio. Sin un cura circulando por la casa. Haciéndose ellos mismos la comida. Y ellos mismos pueden acudir a la nevera en cualquier momento. ¡Qué horror! ¡Qué horror! ¡Que horror! Y ¡quién controla esos gastos? No se puede permitir tamaña falta de pobreza.

            Luego vinieron los clubes.

            — ¿En que club ha pitado usted?, preguntaba un numerario de los años setenta a otro que había pitado en los años cincuenta.

            El numerario de los años cincuenta había redactado la carta de petición de admisión en la Obra en un bar.  Clubes no había, ni labor con niñatos.

            Después de los pisitos de San Rafael, vinieron los clubes, para los que todavía no eran universitarios. Y al hilo de los pisitos de San Rafael, los clubes, las obras corporativas y otras zarandajas, acabó surgiendo el numerario profesional, el numerario cuya profesión es ir rotando como director por  diversos tingladillos de la institución.   

            ¿Hace falta reclutar a los numerarios entre los que pertenecen a la aristocracia de la inteligencia? Ya no. Basta que sean discretos. Cuanto más discretitos, mejor. No nos engañemos. Hoy día para ser numerario o sacerdote del Opus Dei, basta ser discreto. No es necesario tener o haber tenido una profesión más que en apariencia. La profesionalidad de los numerarios se confunde cada vez con más frecuencia con haber cursado una carrera universitaria. No hablemos  ya  de lo que se requiere para ser sacerdote agregado, categoría que tiene por intercesor a un cura santo sin duda, pero muy corto de inteligencia.  Santo y cortito es lo que necesito. Incluso en el numerarito.

            En los pisos de San Rafael y en los clubes viven numerarios. Los centros de estudio, habitualmente adoptan forma de Colegio Mayor o similar. ¿Cuesta tanto todo eso? No digo yo que se autofinancien plenamente, pero tampoco es para tanto. Además hoy día la media de edad de las personas del Opus Dei es alta. Eso quiere decir, que ganan dinero. No sucede como en los años cincuenta y sesenta en que sólo algunos ganaban dinero. La mayoría eran estudiantes. Por otra parte se van cerrando centros de estudio y pisos de San Rafael para universitarios. No es por falta de dinero, sino de personas que los ocupen. Como consecuencia hay más ingresos  y menor gasto.

            ¿Por qué pide dinero una institución cuyos componentes desempeñan distintas profesiones  y entregan lo que ganan a la institución? ¿A dónde va a parar el dinero? Quizá la burocracia del Opus Dei tan minuciosa y omnicomprensiva resulte lo más costoso.  No sólo necesita dinero, sino también en personas. ¿Cuántos numerarios y numerarias hacen falta en la casa central, en las vicarías  regionales o como se llamen, en las delegaciones? Son necesarios no sólo para ocupar cargos de gobierno propiamente dichos, sino también  para ejercer de oficiales, desempeñar servicios administrativos, actuar como chóferes, etc. Y han de ser numerarios; personas que deberían estar ganando dinero en el ejercicio de una profesión. ¿Hasta dónde llega el número de los burócratas —dicho sea sin ánimo de ofender, es decir de los que trabajan en la propia organización—  en el Opus Dei?  Por cada numerario burócrata ¿cuántos hay no burócratas? No me salen las cuentas.

            A diferencia de las órdenes mendicantes, cuyos miembros ni ejercen una profesión ni ganan dinero, el Opus Dei está compuesto por profesionales con profesiones lucrativas. Si un profesional cualquiera es capaz sostener una familia y dar alguna limosna, ¿por qué a los administradores del Opus Dei no les llega el dinero, cuando hay  tantas personas  que, renunciado a tener una familia y a regalar nada a nadie, les entregan íntegro su sueldo y sus bienes?

 

 

 

Gervasio




Publicado el Lunes, 15 septiembre 2008



 
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