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 Tus escritos: Violación de la conciencia.- Otaluto

090. Espiritualidad y ascética
otaluto :

Se ha hablado mucho últimamente de la violación de la conciencia en el opus dei. Los aportes han sido diversos y muy importantes. Sin embargo, hay algo que me llama la atención y es que nadie haya pedido explicaciones sobre lo que el término mismo significa. No apareció ninguno que dijera: “hey, explíquenme esto, no sé de qué se trata”. Parece como si la experiencia fuera tan universal para los que hemos pertenecido a la institución, que no hace falta describirla.

 

Para una persona ajena al opus dei, sin embargo, es posible que cuando escucha hablar de esto imagine  una sala de interrogaciones y a un director desencajado gritando a un  numerario despavorido, amenazándolo con toda suerte de maldiciones, incluida el rejalgar.

 

Nada más lejano. La violación es un proceso muy suave. Y no quiero dar comparaciones para no ser grosero...



Cuando aun no había pitado, pero estaba cerca, tenia un amigo numerario que cursaba conmigo en la facultad. Nos teníamos mucha confianza, al punto que podíamos bromear acerca de la obra. Recuerdo una anécdota muy breve pero que en su momento me dejó perplejo. En un recreo me hizo un comentario subido de tono sobre una compañera (imagínense por “subido de tono” la cosa mas pueril e inocente del mundo), inmediatamente puso una mueca de dolor, y me dijo “ahhhh, ahora voy a tener que contar en la charla que te hice este chiste….!!!! Nos reímos los dos, y enseguida agregó: “y ahora voy a tener que contar también que te dije que iba a tener que contarlo en la charla y que nos reímos del tema…!!”

 

Era una broma, pero también era en serio: seguramente iba a tener que contar ambas cosas: contar lo que dijo, y contar lo que dijo sobre lo que dijo. Y yo pregunto: por qué no contar también lo que pensó sobre lo que dijo sobre lo que dijo. Finalmente eso de contarlo “todo” da un poco de vértigo… tiene algo de espiral al infinito, es un descenso hacia la nada, un circulo vicioso en el que la conciencia se devora a si misma, hurgando cada vez mas profundo en sus propias entrañas.

 

Y es que contrariamente a la primera imagen que evoca, “la violación de la conciencia” no consiste en tener que enumerar nuestros pecados. Eso a lo sumo podría resultar una situación incomoda o vergonzosa, pero que difícilmente produzca un daño permanente.

 

El tema pasa por otro lado: no importa si son buenas o malas las cosas que se cuentan, sino que sean cosas que repelan a la conciencia contar. La “sinceridad salvaje” es tener que decir aquello que preferiríamos guardar para nosotros, bueno o malo, simplemente por tratarse de algo intimo. Se trata de exponer las piezas que constituyen nuestro ser interior, los mecanismos vitales que nos definen y conforman nuestro mundo propio, el fuero interno. Y al dejar estas vísceras del alma expuestas a la intemperie, como si fueran un espectáculo obsceno frente a la fría mirada del otro (que no tiene ningún derecho a mirar) sucede que se contaminan e infectan, y luego se pudren y finalmente mueren. O peor aun, las matamos nosotros para que, si ya no existen, nadie pueda verlas.

 

Y lo más siniestro de todo este proceso es que como la conciencia, a diferencia del cuerpo físico, es por definición inaccesible a los demás, su violación debe ser perpetrada por uno mismo. Somos los ejecutores.

 

A mi nunca un director me iluminó con focos en un cuarto en penumbras, ni me gritó para que confesara realidades innombrables. Siempre me trataron bien y con buenos modales. Era yo mismo el que blandía el bisturí. Con mi propia mano disecaba mis fibras mas intimas en su presencia, y haciendo de cirujano implacable me despedazaba, inmune al dolor. Y todo por un fin mas alto, por una Causa Superior, por tratar de encontrar un sentido a mi vida, confundiendo sentido con propósito, deseando ser útil a alguien o a algo, tambaleándome a ciegas, como un cuerpo con la piel arrancada, en un laberinto infinito y solitario. Qué tristeza. Usaba mi propia fuerza para dañarme.

 

El director del centro de estudios nos dio una vez una charla sobre esa sinceridad salvaje que se espera de un numerario. Nos decía que se gana poco si en la charla contamos ese momento de soberbia infinita en que nos imaginamos a nosotros mismos como dueños del mundo. Eso le pasa a todo el mundo, decía, no tiene nada de especial ni es particularmente difícil de contar. Lo difícil es contarle al director que mientras estábamos solos en nuestra habitación nos sacamos un moco y lo masajeamos un rato, para terminar pegándolo debajo de una silla.

 

Yo creo que era un tipo muy lúcido: en ese ejemplo esta contenido toda la doctrina de la obra sobre la sinceridad y la dirección espiritual. El ejemplo del moco significa que a la obra no le importa el bien o el mal que obramos. Solo importa que nos joda contarlo, solo importa que vayamos descubriendo aquellos lugares donde nuestra conciencia ofrece resistencia, y entonces violarla, romperla, exponerla, hasta que ya no haya dentro de nosotros mismos nada sólido, nada que sea nuestro.

 

En este proceso que puede durar años, la conciencia se cercena y mutila, pierde riqueza, y se reduce poco a poco a su mínima expresión. Como un molusco gelatinoso, se repliega hacia un lugar oculto y oscuro, y vive allí una vida letárgica, con pensamientos que no se expresan en palabras, porque si los pensamientos tomaran forma, deben ser revelados. Y ocurre que, aun en ese estado lastimoso, la conciencia sobrevive siempre, por el simple hecho de ser aquello que hay de inmortal en nosotros. No puede morir aunque muchas veces lo desee. Algunas veces reconstruye su fuerza desde ese escondite húmedo, otras queda para siempre atrapada.

 

Paz a todos.

 

Otaluto




Publicado el Miércoles, 23 noviembre 2011



 
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