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 Tus escritos: Una anécdota en tres actos.- Heidi Berger

010. Testimonios
Heidi Berger :

La tradición oral es parte importante de la formación que se imparte en la obra, sobre todo en los primeros años. Al principio todo suena a nuevo, a aventura. Mil cosas que aprender, mil criterios que se nos van revelando poco a poco. Y, dependiendo siempre de la gracia (en el sentido "simpatía") de la persona que imparte los medios de formación, se presentan los temas de las "charlas de formación inicial" salpicados de anécdotas pintorescas (?) con la intención de quitar seriedad al asunto y presentar la vida en la obra mas como de familia que como de cuartel.

En los retiros y convivencias de vocaciones recientes esperábamos ansiosas la invitación a una "tertulia pirata" en la que una "mayor" nos contaba historias, detalles simpáticos, aventuras de los primeros tiempos, de su paso por Roma, de las visitas del padre...



Pasan los años. A pesar de las muchas limitaciones entre las que se vive la personalidad madura, se va tomando lentamente conciencia de la vida propia y todo lo anecdótico pasa a segundo plano. Después de escuchar durante años lo mismo crece la sensación de hartazgo. Las historias que se oyeron en la juventud continúan presentándose al staff mas joven con cambios de maquillaje leves, porque l@s protagonist@s ya no están entre nosotras. Es así como muchas tertulias, oficiales y piratas, se soportan con tal de sacarse algo molesto de encima. Decíamos, entre "las amigas" (jamás amigas particulares!!) que si la que contaba la historieta de turno de repente caía redonda, nosotras podíamos continuar con el cuento, a pesar de que los acontecimientos relatados habían sucedido mucho antes de haber nacido o de habernos incorporado nosotras a la obra.

Aquí va una de esas anécdotas, no desteñida por el tiempo, sino por el afán de disfrazar la verdad con lo "conveniente" acorde a los criterios del momento. La historia, transformada en manos de los más incondicionales seguidores del padre.... ¡los chicos de josemaria!

Acto I: antes de incorporarme al centro de estudios en Colonia recibimos mi padre (que me había acompañado a la ciudad) y yo una invitación a pasar un rato con el consiliario. Ambiente agradable, distendido, simpático. Creo recordar la presencia de otro sacerdote, el vicario para la sección femenina. Don C. nos conto algunos de estos detalles a los que me refería al principio, anécdotas del fundador y de don Alvaro. Para sacarme los miedos típicos de la situación en la que me encontraba y reforzando la idea de que en la obra somos familia cien por cien, me contó "lo que me paso a mi (a él), en primera persona, para que nunca se te olvide" (y esto sí es textual :-)

Don C. formaba parte del consejo general en Roma cuando en su país de origen, España, se presento una situación familiar determinada que exigía su presencia. Después de meditar la conveniencia de un posible viaje, lo consultó con don Alvaro (estamos hablando de "después" del 75, o sea don Alvaro en función de prelado). Don Alvaro manifestó su desacuerdo con respecto al viaje considerándolo innecesario, pero recalco "tú decides". Y don C. decidió que sí, que a pesar de los nones del prelado asistiría a los requerimientos de su familia en ese momento.

Y me dijo "lo más importante de esta historia no es que decidí lo contrario y fui a España: lo importante es que al regresar nunca se me recriminó la decisión tomada en conciencia y en contra de lo que se me había aconsejado, hasta el día de hoy. Seguimos adelante como si nada hubiese sucedido". Así será tu vida en "casa": siempre con confianza absoluta en tus directoras pero sin obstaculizar en ningún momento tu libertad.

Acto II: Más de 10 años después de esta historia y pasados yo los 30, me encuentro haciendo el curso de retiro en Baviera, en Ettal. Éramos ya "mayorcitas", no asistían vocaciones recientes. Ch., la secretaria regional, nos da la charla sobre la obediencia. Y no se le ocurre mejor gracieta (hay que ser ocurrente!! hasta para mentir hay que ser ocurrente!!) que contarnos la historia de don C., vease "Acto I" de mi relato. Peeeeero, y aquí viene la gracieta, su historia termina con el "NO" rotundo de don Alvaro. Nada de decisión personal, ni de viaje, ni de que al regresar pasaron página sin mayor problema. El ejemplo de la charla sobre la obediencia era que el mismísimo don C. consultó y el mismísimo don Alvaro dijo NO. Punto. Ahí se terminó. Algo más y el obligatorio "Ave Maria, gratia plena....." Sancta Maria, spes nostra....

La verdad es que me sentí muy molesta. Pensé y repensé lo que había pasado y decidí mojarme, decirlo. A pesar de ser una persona muy suelta de carácter me daba corte corregir a una "autoridad" (juuuaaa) pero pensé que tenía que hacerlo. Por amor a la verdad y por justicia con el protagonista de la historia desfigurada. Mi intención, lógicamente, no era cuestionar la virtud de la obediencia.

Acto III: le pido a Br., también miembro de la asesoría que asistía al retiro, si tiene un momento para mí. En confianza le cuento el "Acto I" y mi asombro y desacuerdo de tergiversar en el "Acto II" algo que yo había tenido la suerte de oír de primera mano. Su respuesta fue lapidaria "Quizá Ch. no conozca la historia entera, quizá contó lo que le contaron". Bueno, agregué, si ese fue "quizá" el motivo me parece importante que sepa cómo terminó la historia antes de que vuelva a contarla violando su sentido. Sobre todo porque don C. esta "entre nosotros", le conocemos y le tratamos todas y lo que se dice de él no es verdad. Y no, no, no. La historia queda así, como la contó. Y no es necesario que hable con ella del asunto, ni con nadie.

Pasó el tiempo. Puedo sonreír al recordar vivencias. Siento a veces mucho, demasiado, al conocer vivencias de otras personas que pasaron por allí. Soy feliz, sé que mi paso por la obra es un recuerdo. A veces un recuerdo doloroso, punzante, humillante, injusto. Pero un recuerdo. Lejano. Cada día más distante. También están los otros recuerdos, los momentos de luz, de calidez, tantas personas queridas y queribles.

Y sin embargo no puedo dejar de sentir desprecio y repugnancia ante la elección de la mentira como método vital entre personas que dicen querer seguir de cerca a Cristo.

El que miente está del otro lado. No hay motivo que justifique la mentira.

A l@s que me lean puertas adentro: no se rebela algo en tu entrañas cuando mientes por justificar tu camino? Las mentiras en la obra forman parte de la vida cotidiana. Cómo consiguen acallar la conciencia?

Heidi Berger




Publicado el Viernes, 09 marzo 2012



 
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