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 Tus escritos: Sacerdocio y secreto de confesión.- Paulino.

125. Iglesia y Opus Dei
Paulino :

Hola, amigos:

Haenobarbo comenta el 26 de marzo (en relación al escrito de Perladeladriático del 19 de marzo) que quien llama a la vocación sacerdotal es el Espiritu Santo, y que sobre eso no le cabe la menor duda. Y también comenta que el Espíritu Santo no se le aparece a nadie, ni envía un escrito, ni nada de eso, sino que la llamada se recibe a través o mediante los legítimos Pastores.

Más adelante dice que nadie puede exigir recibir el Orden sacerdotal. Hasta aquí coincido del todo con lo dicho por Haenobarbo.

Pero más adelante él dice que en el Opus Dei la llamada al sacerdocio la hace el Pastor y que así es como se debe hacer. Respecto a esta última afirmación yo ya tengo algunas dudas. Esta afirmación me parece clara y correcta en general, pero en el caso de la Obra ya no me parece tan clara, porque se trata de una llamada muy peculiar, como lo son tantas otras cosas en la Obra. Más adelante procuraré aclararlo. Sobra decir que respeto los puntos de vista de Haenobarbo, aunque podamos no coincidir en algunos, como también espero que él respete los míos. Viva la libertad. De tales diferencias va surgiendo poco a poco la verdad completa de los temas...



Haenobarbo al final dice que el único que no puede exigir la ordenación, ni pedirla siquiera, es el sujeto. Y termina y sintetiza su escrito diciendo que en esta web colaboran algunos sacerdotes y que no hay motivo alguno para dudar de la validez de su ordenación en base al tema de la “llamada”, porque ésta es perfectamente legítima. Yo coincido con Haenobarbo en que el sujeto no puede exigir la ordenación, pero pienso que puede pedírsela a Dios –y también al Obispo--, siempre que pida que no se haga su voluntad, sino la de Dios. Respecto a la perfecta legitimidad de la llamada, difiero de Haenobarbo, como pronto se verá. No quiero polemizar, sino sólo exponer mi punto de vista.

El escrito de Perladeladriático se refería a un escrito mío del 16 de marzo. Ahí comencé yo a plantearme el tema de la validez de la ordenación de los sacerdotes de la Obra, ante la realidad de tantos testimonios en Opuslibros que aseguran que hay muchas violaciones al secreto de confesión entre los sacerdotes de la Obra. Me parece que es un hecho que en Opuslibros hay una aceptación o reconocimiento, más o menos general, de que los sacerdotes de la Obra cometen violaciones menores al secreto de confesión, menos explícitas o menos directas; y que no se trata de un solo sacerdote, sino de muchos. Y pienso que no se puede dudar de todos esos testimonios.

Si Dios da una gracia eficaz especial a los sacerdotes para que respeten el secreto de confesión, aunque pueda haber rarísimas violaciones, ¿por qué esa gracia especial de Dios no es eficaz en los sacerdotes de la Obra? Ésa fue la pregunta que me llevó a plantearme la cuestión de la validez de su ordenación sacerdotal. Este planteamiento es algo muy fuerte, pero también son muy fuertes las violaciones al secreto de confesión. Y también es muy fuerte que la especial gracia divina no sea eficaz en los sacerdotes de la Obra. ¿Por qué no habría de serlo? Obviamente no habría de serlo si en realidad ellos no fueran sacerdotes, es decir, si su ordenación no hubiera sido válida. Y podría no serlo por motivo del tema de la llamada. Así fue como surgió el tema de la llamada, en mí y en Perladeladriático.

Hasta aquí los antecedentes de esta cuestión. Voy ahora a las aclaraciones de la llamada al sacerdocio en el peculiar caso de la Obra. Observemos la peculiaridad de la Obra en dos casos concretos:

1. Un joven puede escuchar habitualmente la predicación de un sacerdote franciscano y sentir una incipiente llamada de Dios a hacerse sacerdote franciscano. Luego puede manifestar su caso y solicitar el ingreso a la Orden franciscana para ordenarse sacerdote. Ahí estudiarán su caso y podrán aceptar su ingreso a la Orden franciscana. Todo muy normal.

2. Un joven puede escuchar habitualmente la predicación de un sacerdote de la Obra y sentir una incipiente llamada de Dios a hacerse sacerdote de la Obra. Luego puede manifestar su caso y solicitar el ingreso a la Obra como numerario para ordenarse sacerdote. En la Obra no podrán aceptar su ingreso; no le permitirán pitar para responder a la incipiente llamada divina al sacerdocio que él percibe, sino que le exigirán una vocación laica. Pero ciertamente le pedirán una disponibilidad para ordenarse en el remoto caso de que lo llame al sacerdocio el Prelado. Esto no es normal.

Aquí salta a la vista la peculiaridad de la Obra, sus rarezas, pues la vocación sacerdotal se hace enrevesada y retorcida (no, pero sí), como tantas otras cosas en el Opus Dei (plano inclinado). En la Obra no interesa la llamada divina al sacerdocio; lo que interesa es la llamada del Prelado. A lo que se responderá que el Prelado llama al sacerdocio en nombre de Dios, como lo hace cualquier Obispo. La cuestión es por qué en la Obra no se acepte la posible llamada que Dios hace inicialmente al interesado de manera directa, y que éste percibe de modo incipiente y sutil.

Lo normal es que primero sea el interesado quien perciba, de manera directa, la llamada divina al sacerdocio, aunque sea de manera incipiente y sutil. Y que finalmente esa llamada se asegure y se concrete debido a la llamada del Obispo. Pero es claro que quien llama es Dios, y no el Obispo, aunque Dios llame en definitiva a través del Obispo.

En la Obra no se acepta esa primera llamada divina directa al interesado. En la Obra sólo se acepta la llamada divina cuando llama el Prelado. Es como si Dios no pudiera llamar antes. Parece que no es el Prelado quien deba estar atento a la llamada divina para adherirse a ella, sino que es Dios quien tiene que estar atento a la llamada del Prelado para adherirse a ella.Parece que Dios tiene que estar iluminando, directa e inmediatamente, las cambiantes ocurrencias de los “Padres” de la Obra: primero sin mujeres, y después con mujeres; primero con intereses políticos, y después sin intereses políticos; primero sin colegios, y después con colegios; primero sin vocación al sacerdocio, y después con vocación al sacerdocio... Pobre de Dios, qué atento debe estar a tantas cambiantes ocurrencias, Él, que es inmutable y lo tiene todo conocido y decidido desde la eternidad.

Haenobarbo dice que sería valida la llamada de un Obispo que le dijera al primero que pasa por la calle: “oye, ¿quieres ser sacerdote?”. Tal vez fuera válida esa llamada, pero el interesado podría responder que no, y retirarse sin el menor sentimiento de culpa; más bien podría pensar que ese Obispo está un poco loco, o que anda desesperado por conseguir vocaciones. En un caso así, ¿cómo poder decir que el Obispo se adhiere a una llamada divina? Pues tampoco aquí el Espíritu Santo se le aparece al Obispo, ni le envía un escrito, ni nada de eso. Todo indica que en este caso el Obispo estaría llamando por propia iniciativa, al margen del Espíritu Santo, o que estaría esperando que el Espiritu Santo se le adhiriera. Lo correcto es que el Obispo procure discernir la posible llamada divina, hablando con el interesado, ponderando su idoneidad, su disposición, sus intenciones, su deseo, su opinión, etcétera. ¡Y esto es lo que habitualmente hacen con seriedad los Obispos!

Pero en la Obra no sucede así. El deseo y la opinión del numerario no importan; lo que importa es la decisión del Prelado. Basta que un numerario manifieste su deseo de ser sacerdote --su posible llamada divina-- para que sea prácticamente seguro que no se ordene. Todo indica que el Prelado no discierne la posible llamada divina del interesado, sino que da por sentado que el interesado tiene idoneidad y disponibilidad por el simple hecho de ser numerario, pues a eso se comprometió al pitar, o al hacer la oblación. Y si todos los numerarios tienen eso, ¿por qué unos tienen llamada divina al sacerdocio, y otros no? Pues... porque el Prelado así lo decide... ¡y que Dios se adhiera a la decisión del Prelado! Y como Dios es muy comprensivo, ¡y muy “obediente”!, no hay ningún problema: Dios se adhiere a la llamada del Prelado, y ésta es una “llamada divina” (en la Obra “todo viene de Dios”). Y la ordenación sacerdotal es válida. Sin la llamada divina la ordenación no sería valida. Y que quede claro que, en la Obra, ni siquiera a través del interesado puede Dios manifestar su llamada antes de la llamada del Prelado.

Es clara la pregunta de Perladeladriático: ¿quién llama?, ¿quién elige? Y es también clara la pregunta: ¿hay verdadera llamada divina cuando el Prelado llama?

¿Qué pensará Dios de todo esto? Me inclino a pensar que Dios, quien ciertamente respeta la libertad humana, dirá algo más o menos así: ¿Quieren hacer su Obra a su gusto, usando mi Santo Nombre a su gusto? Bueno... veamos cómo les resulta.

Y lo que ha resultado es una institución falsaria y humanamente destructiva.

Lo correcto y lo santo es adherirnos a lo que Dios quiera, y no pretender que Dios se adhiera a lo que nosotros queramos. ¿Se adherirá Dios a nuestros deseos, o dejará, para que aprendamos, que nos topemos con las consecuencias naturales de los mismos?

Si nos atrevemos a hablar tanto de la artificial construcción de vocaciones a la Obra, ¿por qué no atrevernos a hablar de la artificial construcción de vocaciones al sacerdocio? Que al cabo en la Obra todo se vale para los directores: “todo viene de Dios”. Y las contradicciones no importan mucho, digo, si las hubiera.

En los años sesenta, en el Colegio Romano nos impulsaban a que le manifestáramos al Padre nuestra disponibilidad para ordenarnos, si la teníamos. Y si nos llamaba podíamos decir que no. Hoy ya se pide a todos los numerarios la disponibilidad para ordenarse desde el momento de pitar, o de hacer la oblación. Parece que a los Prelados no les gusta aceptar negativas. Y claro, aun hoy es posible responder que no a la llamada del Prelado, pero ya con sentimiento de culpa y perdiendo el buen espíritu, porque no se cumple con la disponibilidad a la que el numerario se comprometió desde el principio (plano inclinado).

Si no hay llamada divina la ordenación es inválida, el interesado no es realmente sacerdote, y Dios no tiene por qué darle una gracia especial para que respete el secreto de confesión, porque no hay confesión. Y la consecuencia es que esa persona, que no es sacerdote, ni siquiera está en condiciones ni en posibilidad de violar el secreto de confesión. Y otra consecuencia es que en la Obra no se viola el secreto de confesión; mismo que queda completamente a salvo.

Finalmente, el secreto de confesión es plenamente respetado en al Iglesia, igual que siempre. Y los fieles pueden seguir confesándose con la confianza de siempre.

Lo que falla es la Obra, no la Iglesia.

Me parece que ésta es una buena solución al problema. Aunque, obviamente, me puedo equivocar. La dejo en la mesa de los diálogos y las investigaciones.

Va un afectuoso abrazo para todos.

Paulino.

PD. Si lo que he dicho aquí resultara ser verdad, la Obra estaría vacía de sacerdotes, dado que por ser Prelatura es una sociedad de sacerdotes. Y como los laicos colaboran con los sacerdotes de la Obra a partir de un contrato, la Obra estaría también vacía de laicos, ya que éstos no tendrían con quién contratar. Todo sería falso, simples apariencias, sólo imagen. Por tanto, la Obra se disolvería por simple vacuidad; caería por su propia falta de peso; se desplomaría como un castillo de naipes.

Ésta podría ser una buena opción para el Papa que se decidiera a interpelar a la Obra. Y en tal caso, los supuestos sacerdotes que quisieran realmente serlo tendrían que sanar su ordenación sacerdotal e incardinarse a las diócesis en que los aceptaran. Y los laicos quedarían realmente libres para realmente trabajar en medio del mundo, y también para formar familias reales, si la edad se lo permite.

Pero habría consecuencias tremendas: ¿que sucedería con todas las Misas y todos los sacramentos administrados por esos supuestos sacerdotes? Desde un punto de vista se podría decir que son inválidos, y que la causa de todo ello estaría en la ligereza teológica con que se construyó la Obra. Pero desde otro punto de vista, más realista, podríamos acogernos al alentador aforismo teológico, a la vez humilde y maravilloso: La Iglesia suple. Y en este caso supliría las deficiencias propias de la Obra.

Hay una diferencia abismal entre la Iglesia y la Obra. La Iglesia permanecerá; la Obra... ¿quién sabe?...




Publicado el Miércoles, 28 marzo 2012



 
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