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 Tus escritos: Sapo de otro pozo.- Soyyootravez

010. Testimonios
soyyootravez :

Sapo de otro pozo
Soyyootravez, 1/08/2012
 

 

Simplemente voy a contar qué fue lo que me ocurrió a mí en el opus dei.

Tengo una ventaja pues mi memoria es muy selectiva y tiende a borrar muchos recuerdos negativos. Por otra parte todo ocurrió hace ya varios años.

Mi familia era de origen católico pero no practicante. Cuando cursaba mis estudios en la Universidad conocí a gente católica. Casi diría que para mí fue una novedad que no todos fueran hipócritas y cerrados. Algunas personas me resultaron un tanto fanáticas, otros superficiales, la mayoría rutinaria en sus relaciones litúrgicas y muy pocas interesadas en Dios. O al menos eso me pareció a mí. Me acerqué a las que me parecieron más coherentes porque eran buenas personas y porque quería saber –conocer- algo más de la Iglesia. Esa institución dos veces milenarias que había sobrevivido a cientos de tormentas. Una de esas estudiantes era del opus dei. Yo no sabía exactamente qué era el opus dei. Me sonó a algo político español, lo vinculé con la época de Franco, y se me acabó el interés. Pero esa persona –a quien sigo viendo cada tanto hasta el día de hoy- me invitó un día a estudiar a su casa, que resultó ser un centro del opus dei!...



Lo extraño para mí era que su familia vivía a poco más de media hora de la Facultad y no entendía qué hacía en una residencia en la ciudad. Cuando tuvimos más confianza le pedí que me explicara algunas cuestiones vinculadas a la religión. Fue muy clara y prudente, tan prudente que pasó mucho tiempo antes de que yo me acercara realmente a la obra.

Una vez ya recibida y a raíz de un trabajo que estaba realizando, le pedí opinión y orientación profesional. Fue a partir de allí que empezó el proceso más formal de captación aunque yo no me di cuenta entonces. Quedamos en vernos una vez por semana para tratar algunos temas vinculados a la Iglesia y la charla (más cercana a una confidencia) se impuso sola. Me interesó la vida que ella llevaba, la gente del lugar era super amable, me invitaban y “mimaban’´, en fin, lo habitual.

Debo reconocer que en ningún momento sospeché que lo que decía y comentaba podía ser objeto de estudio en algún consejo local. Por otra parte tampoco sabía qué era eso. Finalmente pedí la admisión como supernumeraria.

Supernumeraria

Fue una etapa de descubrimientos de la fe cristiana, del catolicismo, de la liturgia que me entusiasmó mucho. Por otra parte, si bien me sentía muy ‘arropada’ y la gente era muy amable conmigo, las supernumerarias me aburrían enormemente. Sus conversaciones invariablemente giraban alrededor del problema de los pañales de los hijos a la falta de personal doméstico para volver a los pañales y así… Finalmente apareció una supernumeraria muy agradable con la que podíamos charlar de otros temas y esa etapa se me hizo más llevadera. Una vez por semana iba al centro y me resultaba agradable porque escuchaba una meditación sobre temas que ignoraba, me recomendaban libros que devoraba y aunque también escuchaba una serie de tonterías de gente tilinga, finalmente volvía a mi casa con una persona muy simpática comentando todo y, por supuesto, hasta riéndonos de alguna situación compartida o de alguna persona del centro…. Como podrán notar ustedes lo mío era absolutamente intelectual. En una palabra: de vocación nones!!. Llamado de Dios?? Menos. Entusiasmo por el apostolado?? Nada de nada. Al pensar en esta situación me gustaría saber en qué pensaban las personas que me habían hablado de vocación al opus dei. Claro, hoy puedo saberlo, entonces no. Pero también me pregunto ¿cómo pude creer yo que realmente tenía vocación?

Finalmente hubo cambio de centro, de gente, etc. Y di con el peor de los escenarios: tilinguería profesional. Y ni siquiera me podía molestar mucho porque era gente auténtica. Auténticamente tilinga, frívola y, en realidad, yo me seguía sintiendo como la persona que usurpaba un lugar que era de otros: simplemente por no tener su afán apostólico.

Un día ya no lo soporté más y fui a plantearle a esta amiga mía –a la que no veía desde hacía un tiempo- que no tenía nada que hacer allí. Retomamos las charlas, aunque para mí fueron encuentros muy normales entre amigas y un día me planteó que tenía vocación de agregada. Conclusión que en lugar de irme me encontré más metida!! Milagros de aspirante a santo!!

En realidad, el panorama que se me pintó fue el de continuar con mi trabajo en la Universidad y la posibilidad de dedicarme full time a tareas intelectuales pues, en ellas, se me dijo, residía la verdadera tarea apostólica que me tocaba hacer. Eso sí me interesaba. Pero nadie tenía intención de que ocurriera…

No puedo decir si cuando llegué al centro de agregada ya conocía todas las normas. Es posible. Todo fue bastante rápido, tanto que yo pedí la admisión sin haber hecho un retiro en mi vida. Me refiero a los de varios días.

Para disponer de tiempo para mis tareas intelectuales –fuera del horario universitario- tuve que luchar cuerpo a cuerpo porque me dio la impresión de que para el Consejo Local se trataba de tiempo libre del que se podía disponer a piacere! Cada vez que me pedía que acompañara al médico a alguien el día que yo tenía libre para trabajar en casa, mi respuesta era la misma: por qué no me llaman los días que voy a dar clase? Me molestaba pero nunca profundicé en el tema.

Acepción de personas

Creo que puedo brindar testimonio de la diferencia que hacían entre una agregada y otra. Yo no llegué a hacer la fidelidad porque quise irme antes. Tuve que esperar bastante para que me dieran la dispensa. No sabía que no era necesaria.

Pero en total, en todo el tiempo que estuve por esos lares – más de ocho años en total entre los coqueteos del inicio y los tiras y aflojes del final-, sólo recibí una corrección fraterna. Una sola. Y además absolutamente adecuada (una metida de pata de la que me di cuenta casi al tiempo que la cometía). Recuerdo en una convivencia a una persona de otra ciudad –con una forma de ser muy sencilla- que me dijo algo así como: ‘qué suerte, a ti no deben hacerte casi correcciones fraternas, a mí me vuelven loca!’. No sabía entonces que era un arma tan poderosa. Ahora que leo los testimonios de Opuslibros, desde hace un tiempo, puedo comprender en toda su dimensión esa queja.

Una sola corrección en tantos años? Y les aseguro que no soy de altar! Por otra parte, también hice una sola. Nada más.

Pastillas

Una vez fui a plantear que estaba cansada y que lo que yo hacía se podía realizar sin intervención de la obra. Que no era necesario que siguiera. La respuesta que recibí fue que debía estar anémica o debía tener un problema de salud. Me acompañaron a una médica – del opus dei por supuesto- que me habló de una depresión y me recetó tres Valium de 10mg por día. Hasta entonces no tomaba ningún remedio y menos de este tipo. Hablé con un familiar muy cercano que era médico y me dijo que debía haber un error porque era una dosis muy alta. Yo tenía la receta en la mano y decía eso, no había error alguno.

Decidí seguir el consejo familiar y tomé la mitad de la pastilla y esperé hasta la tarde para ver si necesitaba otra. Resultó ser una gravísima falta porque lo que importaba era lo que decía mi médica y no alguien que no me había atendido. Probé entonces la dosis ‘oficial’ y me pasé el día durmiendo. Tenía que poner el despertador a mediodía para almorzar, y otra vez para tomar la segunda dosis y hacer esfuerzos sobrehumanos para estar despierta a la hora de la cena.

Todo esto acarreó un malestar mayor y me dejó sin fuerzas para seguir.

Creo poder afirmar sin error que jamás hice proselitismo. No llevaba gente por el centro. Simplemente acompañaba los sábados a la gente que se reunía. Nada más. Y me dedicaba a dar charlas sobre distintos temas con los que seguramente amigas de otras agregadas podían interesarse y acercarse al opus dei.

Di clases, charlas y conferencias. Las preparaba muy bien y el resultado era bueno. Pero que me interesara acercar almas a Dios… no me salía! Me convencieron de que lo mío era eso: hablar, enseñar y que lo demás llegaría solo. Pero, me sentía fuera de lugar. No hacía falta estar en el opus dei para eso. Siempre me sentí sapo de otro pozo. Por qué duré tanto? Creo que en parte porque tardé en verlo claro y en parte porque trataron de disfrazarme el tema con verdadera maestría.

Pronto apareció la ‘depre’ y aumentaron las presiones para ir a ver a un psiquiatra vinculado al opus dei. Iba mucha gente y me cansé porque no veía un solo avance. En realidad lo único que debió decir este hombre era muy simple: sus problemas surgen porque está fuera de lugar. No estaba cómoda, el opus dei no era ni lo que me interesaba ni lo que quería. Finalmente un día le dejé una carta en el consultorio agradeciéndole y diciéndole que no iba a volver más.

Por supuesto que yo ignoraba todo el trasfondo: los comentarios en el Consejo Local, la información médica compartida, etc.

Hubo un buen jaleo por mi decisión y fui a ver a otro médico que me dio dos consejos muy claritos que me ayudaron muchísimo y me dijo que si necesitaba verlo otra vez lo llamara pero que no era necesario que volviera a verlo. “Esto es lo que pasa cuando se consulta a gente que no es de ‘casa’!” fue la reacción que todavía recuerdo. Pero yo seguí sus sugerencias: ‘organice su vida de acuerdo a sus intereses y posibilidades, haga lo que pueda y no se preocupe. Si cree que necesita media dosis de Valium porque se siente nerviosa la toma, sino no’. En definitiva me dejó el timón en las manos.

Empezaron las presiones fuertes pero yo había visto claramente que lo que me interesaba no tenía nada que ver con el opus dei. No obstante el proceso llevó tiempo. Hay que reconocer que fueron tiempos feos y que me pareció que duraban una eternidad.

Paréntesis y ‘malas compañías’

Como dije antes, yo no era practicante de manera que conocí el Cristianismo desde la óptica del opus dei y su praxis. Es decir… que había muchas cosas que no me cerraban para nada. Por este motivo y porque yo insistía mucho con preguntas incómodas –al fin y al cabo me dedicaba a la investigación-, la amiga que me había acercado al opus dei me había sugerido que cuando hubiese algo que me resultara extraño lo pusiese entre paréntesis que, oportunamente, lo iba a comprender. Me pareció razonable (entonces) y así lo hice. Y me pareció razonable porque yo me estaba tirando encima toda la Biblia, la historia de la Iglesia, la Doctrina Social y además los usos y costumbres del opus dei que yo, al principio, creí eran comunes a las de los cristianos corrientes…

Pero llegó un momento que esos paréntesis contenían tantas dudas y críticas que ya era imposible sostener esta cuestión.

Para colmo, me había hecho amiga de un par de agregadas y salíamos a charlar seguido. Una era del palo: jamás una crítica, nada. Era una relación social que no sé por qué no se interrumpía (desde el Consejo Local, por supuesto). Con las otras dos era distinto. Vivíamos comentando todo lo que nos parecía mal y buscando soluciones para aportar. Llegó un momento en que lo único interesante de ir al centro una vez por semana, radicaba en que al finalizar la tertulia nos íbamos a tomar un café las tres – a veces dos- y a… desahogarnos.

Finalmente avisé que no seguía. Hacía la charla con una imberbe (imberbe mental porque tenía sus treinta y pico) con sonrisa plastificada que optó por decirme que estaba cansada y que… no sé qué. Apareció una nueva directora del centro y le dije que me iba y que quería saber cómo hacer los trámites. Nunca vi a una persona tan desorientada. No debía tener información de lo que pasaba o lo más probable, era la primera vez que se enfrentaba a algo así. Pero, en fin, empecé el largo camino para comprobar que las puertas del opus dei para salir no están abiertas de par en par…

Qué largo lo hicieron. Ahí yo me taré. Casi no iba por el centro pero no corté del todo. Quería cumplir con todos los requisitos porque yo me lo había tomado en serio al asunto. Y no quería desaparecer. Pensaba que había que recibir la dispensa. No existía opuslibros entonces…

Yo dije que me iba, sin embargo, cuando vieron –porque intervinieron varias personas para charlar conmigo- que no había nada que hacer, el tema varió y resultó que yo no podía seguir porque no se me podía presionar tanto!! Qué maestras!. Ellas no perdían una ‘vocación provocada artificialmente’ sino que con infinita caridad (bueno, no tanta) me hacían saber que era mejor que me marchara por mi bien…!

Me propusieron continuar como supernumeraria. Creo que lo mío fue de manual, pero en ese momento yo no lo sabía… Me confesaba con un sacerdote de la obra y tenía una charla semanal con una numeraria que era una excelente persona. De lo mejor del opus dei del país. Finalmente escribí la carta. Pasados unos días –tal vez semanas- me llamó una persona de la delegación para ver si era posible suavizarla para no disgustar al padre. No recuerdo qué había escrito pero ya no tenía bronca sino urgencia por irme. Ahí mismo le pedí papel para redactar la nueva versión más diet. Recuerdo que insistió en que la escribiera en casa tranquila. Me molestó porque todo se atrasaba y porque mi trabajo consistía en leer y escribir. Había hecho bastante periodismo para tareas ‘supuestamente apostólicas’ y podía hacerlo en el momento. Le dejé el escrito y me fui.

Recuerdo que a partir de ese momento todo se aceleró. Le dije a la numeraria con quien hacía la charla ‘trata de que esto sea rápido porque no quiero odiar ni a la Iglesia ni al opus dei’. Un día en la confesión el sacerdote dijo algo así como ‘nosotros tenemos que…’ y yo me dije: yo no entro en ese ‘nosotros’. Y no volví a pisar más el centro.

Seguí con la charla a la espera de la famosa dispensa, pero ya no en el centro sino en una confitería. Un día esta numeraria me dijo que el padre había decidido concederme la gracia de… Fue tan rebuscada la fórmula que le pregunté qué me quería decir. Ciertamente yo estaba confusa. Era la dispensa. Sin ninguna nota, ni papel ni nada.

Cuando llegué a mi casa llamé por teléfono a una amiga que pertenecía a la asesoría y la conocía desde hacía mucho. Cuando atendió le comenté que había recibido la dispensa y la quería saludar y despedirme de ella. Me llamó la atención su respuesta. Fue algo así como decirme: ‘cuánto te agradezco! Yo pensé, cuando me dijeron que eras tú, quién sabe con qué rebeldía me llama!’ me sorprendió y le dije ‘pero fulana si fui yo la que pidió irse’. Al día siguiente nos encontramos, me regaló una estampa firmada por el padre y me hizo un comentario sobre lo mal que había estado yo al no concurrir a todas las meditaciones en el último retiro. Se quedó mirándome cuando le dije que eso era lo que me habían dicho que hiciera: que solamente concurriera a la primera y última meditación. No sabía?, le habían informado mal? Me quiso tomar el pelo?

Sé que en ese último retiro la pasé mejor que nunca: me había llevado bastante material para leer, descansé y me desentendí de los horarios y parafernalia opus dei.

Recuerdo no haber sido la única. Había una persona de otro país que estaba en una situación semejante.

También hablé con la directora del centro para despedirme y preguntarle cuando le iban a avisar a la gente. No quería dejar de verme con algunas personas. Me dijeron que esperara una semana. Lo gracioso fue que en esos días también se marchó la ‘mala compañía’ que tomaba café conmigo después de las reuniones de los sábados. Nos encontramos enseguida y seguimos en contacto mucho tiempo. Con otras dos personas también. Pero el resto se comportó como parece que es de rigor: me ignoraron olímpicamente.

Sí debo decir que poco después, al morir mi madre, fueron muchas las numerarias que fueron a la Misa por su eterno descanso. En realidad, era un deber porque mi madre había sido muy buena con ellas.

Fui un sapo de otro pozo. Me atrajeron cuestiones ajenas al apostolado en sí. Al menos, el proselitismo no era lo mío. Y sólo Dios sabe por qué permitió que dejara ahí dentro años valiosísimos de mi vida.

Me costó reacomodarme al mundo de los normales del que me había separado demasiado. Tanto que me consideraba un doble sapo de otro pozo. Finalmente salí del pozo.!!! Y lo más importante dejé de compararme a un sapo!!!

Ahora estoy feliz. No perdí la fe que es lo más importante. Pude realizar mi carrera –en la que pienso continuar por bastante tiempo más- con absoluta libertad y pagando los costos que esto conlleva, pero, por propia voluntad. No por llevar adelante encargos ajenos –que nada tenían que ver conmigo- y que eran cargas insoportables.

Redescubrí toda esta historia que tenía guardada allá lejos de mi memoria –aunque tal vez no tanto- desde que encontré Opuslibros. Y digo ‘tal vez no tanto’ porque hay frases que las he recordado en forma textual!!

Leer tantos testimonios, tantas coincidencias, me hicieron recordar y considerar que podía ser muy bueno hacer este breve escrito. Para mí lo ha sido, tal vez para otros también.

Hay sin embargo una serie de telarañas que me rodearon en todo este proceso y que al final estaban alquitranadas. Me gustaría ocuparme de ellas en otro envío si se justifica.

Abrazo a todos, recuerdo especial a Káiser

Soyyootravez  

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Publicado el Miércoles, 01 agosto 2012



 
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