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 Tus escritos: El timo de la estampita.- Manzano

090. Espiritualidad y ascética
manzano :

Me he quedado un poco enredado en la maraña lingüística del último debate de si aquel fundador era un mentiroso compulsivo o simplemente un engañador profesional con un aparente divino sabor. Lo que sí creo es que era sumamente elegante en sus formas externas y muy eficaz en el método, consiguiendo por aquellos tiempos mucho más éxito de lo que sería previsible en cualquier país y circunstancias normalizadas.

La madurez nos permite ciertas licencias que facilitan la relativización de la vida. Cuando en un restaurante me entregan una nota desmesurada en comparación a lo que me han servido, suelo interrogarles sobre si a los del mismo ramo nos hacen algún descuento. Responden de forma amable, preguntando simpáticamente si tengo un negocio de restauración o parecido, a lo que le sigue mi respuesta con semblante serio de: oh!, no, no, por Dios,… ¡yo también soy ladrón!...



Alguien pensará que el problema es mío por haber entrado en un establecimiento de esas características. Que para eso está la carta, con la obligatoriedad de mostrar los precios cara al público. Pues sí, tienen toda razón los que así lo juzguen. Los confiados, gente de buena fe, buenas personas en general, menores muchos, nos dejamos guiar y aconsejar por quienes parecían entusiastas y expertos gourmets. Si el local tiene buena pinta, el personal es amable -también por alguna recomendación externa-, la conclusión es que sin duda ahí se comerá bien.

La estrategia de la imagen y la propaganda es necesaria, quizás imprescindible en cualquier empresa, pero desde luego no podré nunca reprochar una factura si quedo satisfecho y está a la altura de las perspectivas. La presentación del plato juega también un gran papel seductor. Da igual los precios de la carta si el resultado es excelso y más si la recompensa es nada más y nada menos algo así como la salvación eterna. Café, copa y puro incluidos.

El problema, lo que no se puede comer, a lo que no se le puede hincar el diente por ningún lado es que te sirvan sermones tan opacos como monótonos o tan poco originales al precio de tres estrellas Michelin e infringiendo simultáneamente la legalidad por no mostrar la carta, ni tener expuesta la tarifa al cliente. O que te rebusquen la cartera antes de servirte. Pero tendremos finalmente que aceptar que si no hay ni carta ni precios, aunque hay engaño, no habrá mentira.

Sin advertencia al incauto y benevolente consumidor inconsciente de que allí le van pasar una factura que va a superar en muchísimo más lo que va a consumir, tiene como consecuencia final lo que venimos observando con el tiempo: el gran fiasco del establecimiento y la mala publicidad de los comensales que entraron un día y dieron al traste con la reputación del chiringuito. Miles de clientes insatisfechos y sin poder rellenar siquiera las hojas de reclamación, no existen. Las de aclamación sí.

La gastronomía que se sirve en el Opus Dei es de hecho un menú fantasía, pero definitivamente recurrente y barato que al final resulta aburrido e insulso; se entiende en términos espirituales, formativos y vocacionales. Un fraude organoléptico que acaba por destrozar el paladar incluso del menos exigente.

(Valga aquí un aparte para felicitar efusivamente a las numerarias auxiliares; aluciné como un enano con sus maravillosas elaboraciones culinarias, o sea, disfruté un “huevo” de sus preparaciones, por alusión a algún divertido quejica y con perdón).

Realmente suena desconcertante, incluso sospechoso para algunos, que alguien se plantee algo tan íntimamente trascendental para su vida -a menos que sufra el probable síndrome de Estocolmo- que después de muchos años en la Prelatura reflexione tan benévolamente sobre la misma al tiempo que dude de su permanencia en ella. No es la primera vez ni será la última que eso pasa. El tiempo ya les enfriará las neuronas y les abrirá los poros de las papilas gustativas. No tienen mucha culpa, es muy comprensible esa adicción monocromática, pues desconocen la existencia del maravilloso mundo con su amplio abanico de gustos y colores.

Seguramente los que pasamos por este amargo trago hace ya muchos años tengamos una perspectiva distinta, una óptica más dura y madura, puede ser incluso que inflexible, pero serena. Por ello, no dejaré de reconocer que la presbicia nos puede emborronar la lectura y tengamos que usar lentes correctoras, permitiéndonos leer los contenidos, razones o argumentos con mayor nitidez y no exento de un interés por la imparcialidad. Pero es bien cierto que sin ellas adivinamos normalmente muchas letras sin necesidad de verlas nítidamente. Cosas de la edad.

Vaya, ahora me doy cuenta que lo del timo de la estampita es otro plato, pero me huelo que ese aroma que sale de la cocina no andará muy lejos de la propuesta gastronómica expuesta, de hecho todo es cocina de temporada. En todo caso, aporto mi humilde consejo a quienes tengan alguna duda de si se salen o no de un restaurante cuya carta está en latín, que no muestre los precios por ningún lado y te hagan sentir algo estafado o incómodo por lo que rutinariamente allí se consume:

Ahí fuera hay deliciosas, imaginativas y variadas ofertas, mucho mejores y no tan caras. Sientan de maravilla y encima si quieres también te llegará para ahorrar y ayudar a los hambrientos en cuanto puedas recuperarte de la indigestión y empezar a decidir la dieta por ti mismo.

No es baladí que nuestro Señor Jesucristo instituyera el mayor de los sacramentos repartiendo pan y dando beber vino.

Buen provecho,

Manzano.




Publicado el Lunes, 05 noviembre 2012



 
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