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 Tus escritos: Evocaciones de Almodóvar del Río y su castillo medieval.- Pinsapo

010. Testimonios
pinsapo :

VIAJE DESDE GRAZALEMA A LAS PLAYAS DE CALAIS
Autor: Pinsapo


I. Etapa feliz en el club “El Pinsapar” y otras aventuras

II. Que es lo que nos atrapa de esta web y música como método para sanar

III. Rápida y fácil entrada: así se las ponían a Fernando VII
IV. El centro de estudios como huída hacia adelante

 

V. Evocaciones de Almodóvar del Río y su castillo medieval.

Catillo de Almodóvar del Río

El pueblo de Almodóvar del Río situado a orillas del Guadalquivir a 22 kilómetros de Córdoba y unos 8.000 habitantes, es conocido gracias a su imponente castillo medieval, propiedad del Marqués de la Motilla, cuyo antepasado el XII Conde de Torralba en el año 1.901 procedió a una larga reconstrucción en la que muchas familias del pueblo vivieron del trabajo que generó esta magna obra, hasta que en 1.936 es tomado por el bando republicano para usarlo como prisión. Como en toda villa señorial andaluza, arraiga una honda tradición comunista que aún perdura en la persona de su alcaldesa, siendo el testimonio del abrupto final de las obras la proclama del bando perdedor de la guerra civil esculpida a cincel en una losa de piedra del patio de armas que dice “Viva la República”.

Conocí este precioso lugar a mediados de los años ochenta, cuando la mejor forma para llegar era el tren regional que desde Sevilla en dirección a Córdoba iba recorriendo todos los pueblos de la vega del Guadalquivir, y aun en la actualidad por allí transita la línea de tren de alta velocidad. Al descender del tren en la vieja Estación y preguntar el modo de dirigirnos a nuestro destino en la cantina, nos preguntaban: ¿dónde van, al opus de abajo, al de arriba o al opus de en medio? Gracias a la generosidad de la familia Solís, existían tres lugares en el pueblo gestionados por la obra para sus actividades: el Centro de Promoción Rural “Torrealba” al este junto a la estación (abajo), la casa de retiros Peña del Águila en la carretera hacia Posadas al oeste (en medio), y el Castillo (en el cerro de la Floresta) cuyo uso estuvo cedido a la obra desde los años setenta hasta el año 2.000, cuando comienza su explotación turística por la propiedad…



El Castillo de Almodóvar es una fortaleza de origen árabe del año 749 y gran importancia defensiva para Córdoba, situada sobre una colina de 250 metros a pies del Guadalquivir, navegable hasta la capital. Primero adscrito al emirato y luego califato de Córdoba, pasa a la Taifa de Carmona hasta el mes de marzo de 1.091, fecha de inicio de la Leyenda de la princesa Zaida y de su sujeción al imperio Almorávide primero, y a partir del 1.147 al imperio Almohade hasta que capitula en 1.240 ante Fernando III el Santo, y tras su ocupación y ampliación por varios reyes cristianos, en el siglo XVII es vendido por Felipe IV a la familia noble a la que ha pertenecido desde entonces. Esta majestuosa edificación cuenta con 5.628 metros cuadrados, ocho torres y un aire inexpugnable que sumerge a quien lo visita en plena Edad Media, pues como fortaleza perfecta hace sentir el influjo de la historia. Era imbatible ante los asedios al tener dos aljibes con capacidad para 290.000 litros que eliminaban el punto débil del baluarte. Su buen estado de conservación es lo que más sorprende, cautivando su porte también a monarcas del siglo XX cuyas visitas se realizaron por Alfonso XIII en 1.916 y por el Príncipe Juan Carlos en 1.964.

El gran portón de acceso se sitúa junto a la Torre del Homenaje, de 33 metros de altura y en cuyos bajos se encuentran las mazmorras, y tras unas escalinatas se accede al patio de armas, en el cual se disputaban estupendos partidos de fútbol que solían acabar cuando el balón salía disparado más allá de las almenas y rodaba colina abajo hasta las calles del pueblo situadas en sus faldas. Desde el patio se accedía a la zona residencial, en cuyo hall nos recibe una armadura con lanza, a la derecha el gran salón comedor, más adelante la bonita capilla, y a la izquierda escaleras abajo la zona de habitaciones con literas y aseos comunes, y escaleras arriba el coqueto salón con escudos de armas y espectaculares vistas de la vega del Guadalquivir, junto a la que estaba la habitación del director. En la zona de Poniente estaba la piscina donde disfrutábamos en pleno julio de refrescantes baños cuando no soplaba el fuerte viento, y existe también la entrada secreta a un túnel de centenares de metros que en caso de toma del castillo servía como segura vía de escape para sus moradores, al que podía accederse con linterna.

El 29 de marzo de 1.985 un puñado de chicos entre once y catorce años cargamos con nuestras mochilas por el sinuoso camino de gravilla que asciende al Castillo, tras recorrer las empinadas calles del pueblo que había que recorrer al bajar en la estación de tren situada en la parte opuesta del pueblo a nivel del río. Y la subida por la imponente colina de rocas era la primera lección de la convivencia sobre cómo es el camino que lleva a la salvación: estrecho y empinado, no como los caminos anchos de asfalto que llevan a la perdición, lección que repetí en años sucesivos al volver para ascender a pie el carril del castillo para otras convivencias y retiros. Impresiona mucho la fortaleza la primera vez, pero carecía de las comodidades de una casa de retiros, ya que el cocinero Antonio, de forma evidente, era incapaz de competir con las cocineras del CPR Torrealba, aunque intentase agradar regando las meriendas con la insufrible “cola Pizjuán”. Por la situación física, en verano el calor era asfixiante y el frío en invierno calaba en los huesos, por eso no era utilizado ni para cursos anuales de adscritos, siendo su uso restringido a cursos de retiro y convivencias de San Rafael, estando infrautilizado durante años, razón por la que la propiedad optó por la explotación turística, pues al pueblo no se podía seguir privándole del disfrute de su emblema, demostrándose este gran acierto con el aumento de sus visitas anuales, en torno a las 50.000 personas.

No obstante, siendo unos chavales nos sentíamos allí unos privilegiados, con el mundo a nuestros pies, disfrutando de nuestros juegos en tan espectacular marco, dimos nuestra primera calada a un cigarrillo a la luz de la luna. A esta indescriptible sensación ayudaba saber que entre aquellos muros habían pasado a estrellas como la divina Ava Gardner y el afable Omar Shariff durante la semana de rodaje de la serie de la norteamericana ABC Los Dardanelos en octubre de 1985, para la que fueron contratados como extras 200 nativos y del que se hizo eco el diario El País el 10/11/85, que, con el habitual rigor de sus contrastadas informaciones afirmaba: “Almodóvar es un pueblo derramado sobre la sombra de su castillo, propiedad del Marqués de la Motilla y en el que funciona un colegio del Opus” (sic). En los cursos de retiro, era fácil imaginarse paseando por las torres y almenas, al ver desde las alturas a las personas como hormiguitas y los trenes y coches como miniaturas de juguete, las inolvidables puestas de sol, la grandeza de Dios y la belleza de su Creación.

En las jornadas de periodismo para universitarios que se celebraban la primera semana de julio, las sucesivas charlas de los conferenciantes que, embrujados por el entorno parecían no tener fin, nos sumían en un tremendo sopor, salvo en el caso de quien dirigió la campaña electoral de un partido regionalista, que al ver nuestro deplorable estado a media tarde afirmó: “como veo que estáis ya hartos de coles, seré muy breve”. En una de estas vino a visitarnos al castillo un grupo de chicos de San Rafael de Estados Unidos que nos explicaron que en su recorrido por lugares singulares de España, incluyendo a Torreciudad, encarecidamente les aconsejaron acudir al Castillo de Almodóvar, y lo cierto es que los americanos quedaron impactados con el grandioso edificio que la obra “tenía” en España. El numerario que encabezaba este singular grupo era el genial T.J., que nos explicó a alumnos del centro de estudios de 18 años que en su país era impensable que nadie se hiciera de la obra sin ser mayor de edad, siendo lo normal que tras unos años de maduración y acabar sus carreras universitarias, se les plantease la posible vocación según el caso, para el celibato o el matrimonio. ¡Cuantos sinsabores y traumas de tantas personas se hubieran evitado de haber sido tal actuación la norma general! La pena es que la lección que nos dio T.J. es echada por tierra rápidamente por Fandi, el subdirector de Almonte, que nos explicó que aquello era una excepción a la regla general y se debía a la peculiar inmadurez de los chicos de USA.

Almodóvar del Río es localidad tan señera que mereció en noviembre de 2.009 la visita del Prelado para el cincuenta aniversario del CPR Torrealba, lugar donde hicieron mis hermanos cursos de anuales de adscritos, y yo mi primer curso de retiro, al que ya volvería como subdirector y en cuya alberca por cierto yace mi anillo de la fidelidad; pues, como numerario raso, a Almodóvar solo volvería para la confortable casa de retiros de Peña del Águila. En este pueblo sacó plaza como profesor de un centro de enseñanza público el madrileño Tolo, tras un largo periodo como profesor de Ahlzahir, primer colegio de Fomento de España que data de 1.963, pero que prefirió abandonar tras discrepancias con la dirección. No solo los alumnos cordobeses de Tolo guardan de él un excelente recuerdo, sino muchos chicos de otras ciudades que lo conocimos como “alma mater” del campamento El Pinsapar, siendo una de sus grandes cualidades el carecer ínfulas de grandeza, saber tratar a niños de 8 y 9 años con tal respeto que nos hacía sentirnos especiales, situándose a nuestra altura con un diálogo franco y abierto.

Alfonso Luna es guía turístico del Castillo de tercera generación, pues su abuelo trabajó a principios del siglo XX en su reconstrucción, y a su fin se quedó como guía, cargo que heredó su padre y luego él. Luna ha sido testigo de algunos sucesos extraños, como, por ejemplo, escuchar voces y portazos en mitad de la noche, cuando el recinto se encontraba totalmente vacío y cerrado al público; y si no hubiera recibido numerosas informaciones de turistas que han sido protagonistas de lo insólito, quizá habría pensado que todo se debía a una mala jugada de su imaginación. Cuenta la leyenda que todos los años en torno al 28 de marzo, aparece el espectro de una dama vestida de blanco paseándose por la torre del Homenaje, la más alta del castillo, gimiendo, llegando extraños y misteriosos ruidos que aterrorizaban a los vecinos del pueblo. Afirmo con Dostoyeski que cuando la gente deja de creer en Dios necesita creer en cualquier cosa, y quizás esto pueda aplicarse a la Leyenda de la princesa Zaida, pero la historia que voy a narrar removió los cimientos de mi incredulidad respecto los espectros al comprobar en un calendario que el día que llegué por vez primera al castillo fue un viernes de Dolores de 1.985 y tal día cayó en 29 de marzo.

Hace casi mil años entraron en la Península los ejércitos de un pueblo nómada del Norte de África, guerrero y anárquico: los almorávides, que motivados por su grito de “Guerra Santa” asedian el Alcázar de Córdoba, donde vivía el príncipe Fath Al Mamun y su mujer Zaida, que fue obligada a buscar refugio en el castillo de Almodóvar del Río. El 28 de marzo de 1.091 el Alcázar fue asaltado y ya de madrugada el príncipe murió luchando contra sus enemigos, momento en que la princesa Zaida se despertó sobresaltada y vestida con sus tules blancos subió a la Torre del Homenaje. Presentía que había sucedido algo y mirando hacia Córdoba sus anhelos quedaron hechos añicos cuando divisó el caballo blanco del príncipe moro que regresaba cabizbajo, sin jinete, por la campiña cordobesa, señal inequívoca de que su dueño había muerto. La noticia se confirmó poco después y Zaida quedó sumida en una profunda depresión, que la llevó a recluirse de manera voluntaria en las mazmorras, y al cabo de unos días sin probar alimento murió –afirman– de pena y dolor por la muerte de su amado. Pero ¿abandonó del todo el lugar? Para los habitantes del pueblo, el espíritu de la princesa está presente y espera año tras año la aparición de su esposo querido, por lo que en las madrugadas de la fecha citada no se acercan al castillo, ni se atreven a salir por las callejuelas empinadas y oscuras de Almodóvar. Lo más curioso es que muchos de los fenómenos misteriosos se han producido en torno al 28 de marzo, como si de un macabro aniversario se tratara.

El primer día de la convivencia de Semana Santa de 1.985 algunos chicos se asustaron cuando un tipo con careta y envuelto en una sábana, dio un salto desde las almenas al patio de armas donde estábamos nosotros, que salimos corriendo hacia la residencia, aunque tras el burdo disfraz se adivinaba el rostro de Juanpri, numerario cordobés con quien echamos buenas risas esa tarde. Cuando realmente lo pasamos mal fue tras la tertulia de la noche en el majestuoso salón de grandes ventanales, donde se contaron varias historias de miedo, la lluvia empezó a arreciar con un fuerte viento, momento en que comenzamos a escuchar grandes golpes en los ventanales, que por su persistencia y aparatosidad hicieron asustarnos a todos de verdad, hasta el punto que el director empezó a gritar tras las ventanas: ¡no tiene gracia la broma, sabemos quienes sois, vamos a llamar a la Guardia Civil, dejad de golpear! Pero los golpes seguían, de forma constante y estruendosa, y lo que al principio parecía una broma pesada de jóvenes del pueblo, no supimos encontrarle explicación, pues cuando el viento cesó y abrimos las ventanas, no se veía a nadie por allí ni tal noche de tormenta estaba para bromitas. Yo me quedé bloqueado, pero varios chicos comenzaron a llorar diciendo que querían volverse a casa de inmediato, decidiendo el director que todos dormiríamos apiñados en una misma habitación, con colchones por el suelo y un armario bloqueando la puerta del dormitorio, en el que nos apiñamos veinte personas, y aunque era nuestra primera noche el director prometió al más asustado que al día siguiente volveríamos para casa.

Con los rayos de sol del nuevo día fueron evaporándose nuestros miedos, pero entonces no conocíamos ni la Leyenda de la princesa Zaida, ni que en 1.226 murió a las puertas del castillo el rey moro de Baeza Aben Mohamed, que en el siglo XIV Pedro I el Cruel mantuvo presa en la Torre del Homenaje a la esposa de su hermanastro el infante don Tello, que en 1.394 murió en las mazmorras don Fadrique de Castilla. Y que a finales de los años setenta del siglo XX una noche falleció al caer accidentalmente desde lo alto de la Torre del Homenaje, un chico del club Trassierra. Tan solo recomiendo a los lectores que en este año 2.013 tengan vacaciones en Semana Santa que pueden ascender en coche por el ya asfaltado camino del Castillo de Almodóvar sin prejuicios, pero sin olvidar que el próximo Jueves Santo cae el día 28 de marzo.

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Publicado el Viernes, 22 febrero 2013



 
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