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 Libros silenciados: Reflexiones sobre la vocación al Opus Dei.- Remagen

050. Proselitismo, vocación
Remagen :

Reflexiones sobre la vocación al Opus Dei
El final de una historia
Remagen, 27/11/2013


En plena crisis vocacional, con 25 años de numerario a cuestas, con motivo de un viaje profesional a Roma, pedí desde mi ciudad de residencia ser recibido por el Padre. Me dijeron que adelante, que me esperaba en Vila Tevere, Roma, tal día por la tarde. Ingenuamente creía que en las circunstancias tan duras por las que atravesaba tenía derecho, como hijo, a ser escuchado, a llorar junto a mi padre en la tierra. Que él me iba a consolar y, lo más seguro, a perdonarme, a animarme a seguir adelante y a volver a empezar. Yo no iba a discutir. Iba a abrirle mi corazón y dejar que él hablara. Era probablemente mi último cartucho para intentar romper con “ella” de una vez y retomar otra vez el camino, como tantas veces en el pasado, aunque ahora en circunstancias extremas, casi irreversibles. El Padre, Monseñor Javier Echevarría, entonces todavía gozaba de una juvenil madurez y estaba en plenitud de facultades. Llegué a Vila Tevere, me anuncié en portería y el siempre cariñoso Pepe V me hizo pasar al oratorio de Santa María de la Paz. Estuve tal vez unas dos horas rezando solo, también en la cripta donde están enterrados San Josemaría y el futuro Beato Alvaro, durante los momentos en que la cripta quedaba liberada o desocupada por la rama, o sección, de mujeres. “Señor hágase tu voluntad, no la mía. Ayúdame en mi debilidad, que sea fiel si es lo que tú quieres, te lo pido por intercesión de tu querida Madre, de nuestro Padre, etc.” Ese fue básicamente el tenor de mi oración en aquellos largos y emotivos, casi decisivos, momentos…



Para dar todos los datos relevantes, se me acababa de diagnosticar una neurosis obsesivo-compulsiva, que arrastraba desde hacía muchos años, y el médico, supernumerario, me había dicho que no me preocupase por lo ocurrido con “ella”, que yo en aquel momento no era responsable moral de posibles actitudes o actos reprobables. Pero me aconsejaba romper con “ella”. No me convenía, era una situación de alto riesgo para mi vida futura. Se portó muy bien el médico y aún le sigo agradecido. Esta patología da lugar a fases de mucha ansiedad y estrés, sensibilidad a flor de piel, depresiones, etc. Como podéis adivinar no estaba entonces atravesando mi mejor momento. Fin de la digresión.

Por fin  aparece el bueno de Pepe. “Sígueme”. Le sigo, nervioso, por los intrincados pasillos de Vila Tevere, hasta que de repente aparece el Padre de frente saliendo de un ascensor, acompañado de sus dos Custodes. Hago la genuflexión con la rodilla izquierda y le beso la mano con cariño. “¡Padre!” exclamé. El no me besó, como yo esperaba. Me dice, mirándome a los ojos: “No seas melón, qué dirá tu padre desde el cielo” (refiriéndose a mi padre supernumerario, fallecido unos pocos años antes). Tal vez, no recuerdo, añadió los vocablos “hijo mío” y otras palabras más, esto último creo que no, pero en cualquier caso no afectarían para nada al contexto. Y acto seguido siguió su camino. Me sonríe don Joaquín mientras los tres se alejan. Salvo que tenga dotes de adivino, es obvio que había sido informado desde la delegación correspondiente sobre mi estado de crisis vocacional. No parece, sin embargo, que le hubieran informado sobre mi  enfermedad y mi buena disposición.

Me quedé helado, de piedra. “Hoy se ha acabado mi vida en la Obra”, pensé inmediatamente, con unas enormes ganas de romper a llorar desconsoladamente. No sabía articular palabra. El pobre Pepe V me invitó a comer en Vila Tevere al día siguiente. Apenas pude balbucear unas palabras para agradecerle el gesto y decirle que el día siguiente tenía unos compromisos profesionales que me impedirían acudir a Vila Tevere.

Muy triste, llorando sin dar espectáculo, salí caminando de Vila Tevere hacia la Basílica de San Pedro para asistir a la Santa Misa vespertina. Nunca recuerdo haber pasado momentos más tristes. Qué duro debe ser para un hijo sentirse ignorado por su padre en la tierra. Es como me sentí yo entonces y todavía no lo he podido olvidar. Que el lector no busque resentimiento en mi corazón. No lo hay. Seguro que el Padre actuó en conciencia de muy buena fe. Pero así es el Opus Dei. Siempre fui un ingenuo y lo sigo siendo. En esto salí a mi querido padre, el de sangre, claro.

Pero retrocedamos 25 años y vayamos al inicio de la historia.

La vocación al Opus Dei

Yo pedí la admisión (“pité”) como miembro numerario con los 14 años y medio recién cumplidos, en la década de los setenta del siglo pasado, en una gran ciudad española. Era, soy, hijo de supernumerarios ejemplares y fui alumno de un colegio obra corporativa del Opus Dei.

De joven, nunca barrunté, o intuí, o sentí inclinación alguna a la entrega a Dios en el Opus Dei como numerario, hasta que el director del “club” que frecuentaba me propuso “pitar” como numerario unas pocas semanas o días antes de cumplir los 14 años y medio (han pasado muchos años y no recuerdo el “timing” exacto). Creo que esta experiencia es común a la inmensa mayoría de numerarios. El numerario típico no se caracteriza por haber barruntado –presentido- una vocación religiosa antes de que la Obra le plantee de oficio la “crisis vocacional”. No es un tema baladí, pues lo ordinario en otras instituciones de la Iglesia es que la persona con vocación barrunte interiormente la llamada de Dios durante mucho tiempo. En la Obra, no. Todo va muy rápido, la crisis vocacional no la provoca el interesado sino la Obra y el periodo de discernimiento es cortísimo. A veces ni un día siquiera. Una vez en la Obra, recién cumplidos los 14 años y medio en mi caso, no se puede volver a tocar –meditar- el tema vocacional nunca más, es una falta de “buen espíritu” y, en mis tiempos al menos, infringir esta norma de conciencia era materia de confesión (“Fe, pureza y vocación”: los tres temas con los que no se podía “jugar” bajo ningún concepto).

Para los que no sois o habéis sido numerarios, cabe señalar que al recién “pitado” como miembro numerario se le decía que pertenecía a la Obra desde el primer momento (cuando se escribía la carta al Padre pidiendo la admisión) y ese era todo su bagaje informativo. Después, con el paso del tiempo, uno se iba enterando de que había una “cosa” que se llamaba “oblación” y después otra que se llamaba la “fidelidad”, pero eso eran meras formalidades jurídicas, se nos decía. Uno era de la Obra “de pleno derecho” y para siempre desde el momento en que había escrito esa primera carta al Padre a los 14 años y medio. Una vez en la Obra, ya no había más discernimiento que hacer. ¿Esto ha cambiado con la institución del “aspirantazgo” o sigue siendo lo mismo? No lo sé, pero intuyo que el fondo de la cuestión sigue igual.

“Once Opus Dei, always Opus Dei”, empleando una expresión inglesa. “Una vez has visto la vocación, ya basta. Dios no juega con las almas”, solían repetir los directores de la Obra. Con posterioridad al “pitaje”, el discernimiento ya no corresponde al interesado sino a los directores de la Obra. Ellos son los que deben juzgar si el interesado reúne o no las condiciones necesarias, el perfil óptimo, para ser numerario (generosidad, inteligencia, circunstancias familiares, etc.), pero para el interesado, desde ese momento de la pedida de admisión o “pitaje” ya no es lícito profundizar en el discernimiento nunca más en la vida. Es materia incluso de confesión, como acabo de señalar más arriba.

Cuando el director del club me propuso “pitar” como numerario, me quedó claro que tenía que vivir el celibato para toda la vida (es lo que más me costaba entregar) y que tenía que vivir la pobreza, castidad y obediencia evangélicas. De lo de la pobreza y la obediencia no me enteré tanto –era muy joven-, de lo del celibato y la castidad, sí, pues yo soñaba con casarme. Mi reacción interna fue de repulsión y rechazo. Yo no sentía esta llamada, a lo sumo la de supernumerario. Sin embargo, en medio de largas conversaciones con el director y el cura del Centro, para madurar mi decisión recuerdo que fue decisivo el ejemplo de dos compañeros del colegio que creía habían “pitado” como numerarios. Uno era de familia muy adinerada y el otro era el más inteligente del curso. “Si ellos han dejado tanto, yo no puedo hacer menos”. Como dato anecdótico diré que el compañero de familia adinerada en realidad había “pitado” como supernumerario (pero yo no lo sabía) y el inteligente la verdad es que nunca llegó a enterarse de que “iba la fiesta” y “despitó” a los pocos meses (hoy es Gran Maestro Masón del Grado 33). Era una época de “pitajes” masivos. No exagero al decir que aproximadamente la mitad de mi curso de bachillerato llegó a “pitar”, entre numerarios y supernumerarios.

Una vez planteada la crisis vocacional por el director, durante un breve periodo de tiempo (unos días o a lo sumo unas pocas semanas) medité el tema, también en la oración con el Señor, y acabé diciendo que sí. Me sentía orgulloso de pertenecer a una institución de la que formaban parte insignes empresarios, banqueros y hasta ministros. Salvo esta sensación de orgullo, en honor a la verdad debo decir que transcurrido un breve periodo de tiempo desde el “pitaje” hasta mi salida de la Obra muchos años después, siempre quise dejar el Opus Dei. Nunca, nunca me sentí en casa. Viví sumido en la ansiedad la mayor parte del tiempo. Mentiría si dijese lo contrario. Mi crisis vocacional ha sido casi permanente, salvo breves lapsos de tiempo. El primero comenzó más o menos a los dos años de pitar (los dos primeros años en la Obra fueron de crisis total, con decir que no me dejaron ir al Centro de Estudios cuando tocaba). Ese lapso de tiempo como numerario ejemplar duró algo más de un año y medio aproximadamente y yo creo que tiene que ver sobre todo con la superación de la crisis de la pubertad. Era mi única salida del desastre en el que se había convertido mi vida (no estudiaba casi nada, tenía caídas de pureza recurrentemente, estaba siempre disperso y enamorado de alguna chica, etc.). Con padres supernumerarios entregadísimos no me cabía en la cabeza plantearme una deserción y defraudarles. Además el Señor me había llamado, como se me recordaba insistentemente. De repente, ya muy avanzado el curso de COU que estaba cursando, en plena Semana Santa, se operó el cambio, me puse a estudiar, a hacer todas  las normas y a obedecer hasta en lo más pequeño. Como premio por mi ejemplaridad, una vez acabado el primer curso de Universidad fui felizmente enviado al extranjero sin haber hecho el Centro de Estudios, directamente desde mi condición de “adscrito” a vivir en un centro de la Obra sito en una ciudad centroeuropea. ¡Qué maravilla poder cruzar los Pirineos y hacer una carrera en un “país desarrollado”! Ingenuo de mí.

A los pocos meses de llegar a mi nuevo país volvió la crisis vocacional que arrastré casi permanentemente hasta mi salida de la Obra, veintitantos años después. Soñaba, siempre, con que me dijeran que no era lo mío, que  era libre de marcharme sin mácula, pero no, “esa breva nunca cayó”, por decirlo con una expresión castiza.

Muy importante: si “ellos” –los directores- habían visto que yo tenía vocación, y yo –jovencísimo y sin criterio- había confiado ciegamente en su criterio, según mi conciencia a “ellos” les correspondía decirme que no tenía vocación y no seguir mi “parecer subjetivo e interesado”. Sin su aval, para mí no era lícito abandonar el Opus Dei en mi condición de miembro numerario. Y este razonamiento mi conciencia lo mantuvo en el tiempo hasta el final, por si alguien quiere argumentar que las sucesivas incorporaciones jurídicas subsanan de oficio posibles defectos de consentimiento al inicio de la vocación. En mi caso no fue así.

“Tú tienes vocación”, se me recordó insistentemente y sin excepción a lo largo de los años, en Cursos de Retiro, Cursos Anuales, etc., ante mi reiteradamente expresado deseo de dejar la Obra “para casarme y ser un buen católico”.  

En crisis permanente, casi siempre fui un numerario “de base”. Para decepción de mis padres supernumerarios, solamente pertenecí a un consejo local (cl) durante una parte de un curso, al poco de acabar la carrera, pero me tuvieron que dar de baja del cl y cambiar de ciudad y de centro al poco tiempo, regresando a la “base”. Eso sí, siempre fui totalmente sincero en la dirección espiritual semanal, abriendo mi alma hasta en los detalles más nimios, con el director que la Obra me asignaba en cada momento. También intentaba ser muy apostólico (no proselitista pues no deseaba a nadie vivir una vida como la mía). Ser numerario de base, sin dotes para el gobierno por las razones que sea, no significa falta de lealtad o de fidelidad al vínculo asumido (véase el caso de Juan Jiménez Vargas, que en paz descanse). Con todos mis grandísimos defectos, siempre, hasta el final, intenté ser fiel a la Obra y a los directores, hasta el punto de renunciar, con mucho sacrificio, a un destino profesional en el extranjero, cuyo rechazo, que nadie entendió, supuso el declive de una hasta entonces brillante carrera profesional (no me arrepiento de ello ni efectúo ningún reproche al respecto. Sin ejercitar la virtud de la  obediencia  ¿qué sentido tiene una vocación religiosa?).

Cuando llegó la transformación de Instituto Secular a Prelatura, creo que en 1982 o en 1983, fuimos colectivamente liberados de los votos perpetuos y los numerarios tuvimos que volver a comprometernos para siempre con la Obra, esta vez sin votos, ante dos testigos. No hacerlo en el plazo previsto significaba dejar la Obra automáticamente, creo (al menos esa era mi percepción en aquel momento). Yo no lo veía y, por honradez, dilaté la formulación del compromiso lo más que pude para desesperación del director de mi centro (“si no lo haces ya,  no respondo por ti”), hasta que el Director de San Miguel de la Comisión me dijo que no me preocupase, que formulase el compromiso y que si quería dejase la Obra después, que el proceso para obtener la dispensa era muy ágil y se me concedería fácilmente. Un apaño. Acabé formulando el compromiso, eso sí casi a destiempo.

Seguí muchos años más. ¿Por qué? Porque yo pensaba que tenía vocación de numerario y que la defección significaba una traición al plan de Dios para conmigo y, por tanto, un  fracaso vital de tamaño cósmico. “No hay fracasados en el Opus Dei, fuera, sí”, me contó un director en una ocasión y se me quedó grabado para siempre. Como he dicho antes, para mi conciencia la única salida legal de la Obra era con el visto bueno de los directores. Y aunque lo pedí –siempre en conversaciones privadas- , nunca me lo dieron. Ni antes ni después de la erección en Prelatura.

La pregunta clave, creo, es si mi conciencia estaba deformada o incluso había sido manipulada (dolosamente). Este tema no lo tengo aún superado y es objeto frecuente de mi oración con el Señor. ¿Realmente tenía –tengo- vocación divina de numerario del Opus Dei para siempre? Es un tema muy fuerte, nunca resuelto, y espero que el Señor en su infinita Misericordia me dé luz antes de mi muerte. Que conste que ello no me impide vivir con paz y ser feliz, pues uno ha puesto toda su vida pasada –con sus pecados y equivocaciones- en manos de la misericordia divina. De “rejalgar”, nada de nada.

Me fui de la Obra de la única manera que podía hacerlo, curiosamente, enamorándome de una mujer. Para un tercero que nunca haya pertenecido a la Obra como numerario, esto le puede parecer una aberración. Para mí en aquel momento era prácticamente mi único camino de salida posible. Piénsese que en la lógica o praxis de la Obra, el enamoramiento es considerado como una debilidad, y con las debilidades la Obra es bastante comprensiva, pero en cambio decir no a la vocación, así, sin más, equivalía a un traición a Dios en toda regla, a un non serviam, a abandonar “el camino”, “la barca”, y esto significaba el fracaso “cósmico” del que hablaba antes. No me llegué a casar con la mujer de la que me enamoré en un primer momento, gracias a Dios. Lo digo porque no hubiera sido feliz con ella, ni ella conmigo. No hice bien enamorándome y me arrepentí desde el primer momento, pero en mi descargo diré que, como quedó señalado al principio de este escrito, estaba enfermo de la psique con una neurosis sobrevenida, como tantos otros en la Obra. Aún hoy sigo medicándome (¡ojo!, no estoy ni nunca he estado loco, solo tengo una neurosis diagnosticada, con fases depresivas de mayor o menor calado). Permítaseme otra digresión: aconsejo a los ex-numerarios no casarse hasta transcurrido un plazo de al menos dos o tres años tras dejar la Obra. El ex-numerario recién salido tiene muchas veces la madurez afectiva de apenas un quinceañero y ello le predispone a cometer errores de bulto en la elección de su cónyuge, errores muchas veces irreparables. Si hemos tenido que esperar tanto, no hay que tener prisas, por lo menos ellos (entiendo que ellas tienen otras urgencias por razones de edad, pero aún así vale más “el sola que el mal acompañada”, de verdad). Además no hay que olvidar que “el matrimonio y la mortaja del cielo bajan”. En mi caso la primera parte se ha cumplido a rajatabla. El Opus Dei no sabe educar la afectividad. Se contenta con inhibir o ahogar los sentimientos, lo que es inhumano y lo que, unido a multitud de imposiciones para todo, da lugar a tantas y tantas neurosis. Su fundador es Santo pero desde luego no era un buen pedagogo, y sus sucesores tampoco (pero esto es harina de otro costal). Que conste que no quiero animar a nadie de dentro a dejar el Opus Dei. Allá cada uno con su conciencia. Es duro pero es así. Pero acompaño con la oración a todos, los de dentro y los de fuera.

Ahora estoy felizmente casado y tengo una bella familia. Soy católico comprometido y gracias a Dios mis hijos son piadosos y temerosos de Dios. Al salir de la Obra no sentí ningún desgarro como preveía, sino más bien una sensación inmediata de haberme liberado de un inmenso fardo que habían colocado injustamente sobre mis espaldas desde niño-adolescente. Esa sensación aún perdura hoy, aunque la vida fuera de la Obra también tiene sufrimiento. ¿Es acaso malo el sufrimiento? Desde la óptica cristiana es un tesoro. Espero que mis hijos nunca tengan que pasar por la experiencia por la que yo he pasado, razón por la cual he evitado que frecuenten clubs de la Obra.

Con arreglo a lo anterior yo extraigo las siguientes conclusiones, o, mejor dicho, formulo las siguientes hipótesis (que admito de antemano pueden ser erróneas):

En el Opus Dei el fenómeno vocacional es sui generis. Más que una llamada personal de Dios hablando al alma del interesado a lo largo de los años, la vocación a numerario parece un mero y repentino cambio de estado. Todos tenemos vocación a numerario mientras reunamos las condiciones de inteligencia, generosidad, estabilidad emocional, etc., el perfil en definitiva, que la Obra, representada por los directores designados por el Prelado, estima pertinentes.  Ellos, los directores designados por el Prelado, plantean la “crisis vocacional” de oficio al interesado, a partir de los 14 años y medio de edad. La llamada personal se vislumbra por causas segundas en el sentido de la filosofía tradicional: reúnes el perfil adecuado y tus  circunstancias vitales son las que son (por ejemplo, hijo de supernumerarios entregados), entonces tienes vocación divina a la Obra. Acto seguido viene la “santa coacción” y el compelle intrare. Tu discernimiento, brevísimo en el tiempo, se reduce a ver si reúnes las condiciones y eres generoso. Dicho de otro modo, durante el brevísimo periodo de discernimiento personal tu oración con el Señor no consiste tanto en preguntarle si tienes vocación de célibe en el Opus Dei para siempre, como en meditar si estás siendo suficientemente generoso en la respuesta a una llamada divina que te han dicho, o sugerido insistentemente, que Dios te está regaladando cuando te plantean “la crisis vocacional” (aunque admito que cada caso puede ser diferente). Y si uno reúne esas condiciones óptimas, como era el caso de la mayoría de los chicos en mis tiempos de joven, entonces hay vocación. Parece como que la llamada universal a la santidad de la que hablaba el Fundador, es en realidad una llamada universal a la santidad, sí, pero… en la Obra, necesariamente dentro de la Obra, no en cualquier rincón, movimiento o  parroquia de la Iglesia Universal, salvo se trate de una orden contemplativa, o del sacerdocio secular, diocesano, en casos muy contados y extraordinarios. Por eso tal vez el fundador de la Obra, San Josemaría, tiene tan poco predicamento fuera del círculo estrecho de los miembros y cooperadores de la Obra y de algunas órdenes contemplativas, si lo comparamos con otros santos o beatos  del siglo XX como el Padre Pío, la Beata Teresa de Calcuta, el Beato Juan Pablo II, o Santa Faustina Kowalska, cuya devoción se ha extendido universalmente por toda la Iglesia en un tiempo record, sin necesidad de imprimir millones de hojas informativas, etc.

¿Es un concepto equivocado de la vocación? Entiendo que no necesariamente. Dios puede comunicarse con nosotros por causas segundas, como con los monarcas en el Antiguo Régimen (lo eran por la gracia de Dios al haber nacido primogénitos). La pregunta crucial es si, trasladado al campo de la vocación religiosa, esta manera de hacer o proceder no se puede prestar a la manipulación dolosa de las conciencias, al menos en algunos casos. Y hoy en día en la Iglesia no existe un procedimiento establecido para juzgar estos casos, como sí sucede cuando hay que dirimir casos de nulidad matrimonial. Qué bueno sería que existiese un Tribunal Eclesiástico para juzgar estos casos vocacionales, sin necesidad de verse forzado a solicitar obligatoriamente la dispensa. Otro gallo cantaría. Hay que dejar hacer al Espíritu Santo, todo llegará.

De hecho, aunque no soy experto en la materia entiendo que durante muchos siglos la vocación al sacerdocio secular ha sido primordialmente el acceso a un estado. La llamada personal no era la desencadenante del proceso, sino las circunstancias vitales del candidato (lo que yo llamo causas segundas). Al segundón de una familia bien le correspondía abrazar el estado clerical. Al niño pobre de extracción rural le correspondía –con suerte- formarse en el Seminario, primero de menores y después el Seminario mayor. ¿Incluso hoy en día, dónde se habla de discernimiento vocacional para el sacerdocio diocesano en la ley eclesiástica o en el magisterio de la Iglesia? Se presupone, por supuesto, que lo debe haber, al menos desde el Concilio Vaticano II y la promulgación del Código de Derecho Canónico de 1983, pero ni siquiera hoy se contempla explícitamente en la legislación eclesiástica.

En este sentido, paradójicamente y aunque parezca una boutade las órdenes religiosas con sus periodos de discernimiento obligatorios (“postulantado”, noviciado, etc.) han sido  verdaderas precursoras de los aires de libertad que el Espíritu Santo nos ha regalado con el Concilio Vaticano II. Es el caso de una sobrina mía que se acaba de meter monja de clausura (Laus Deo!)  No así la Obra, cuyo proceder vocacional casa muy mal con esos nuevos aíres de libertad para las conciencias.

Creo firmemente que el Espíritu Santo guía a la Iglesia, y que llegará un día en que se pondrá fin a estos supuestos abusos que intuyo, y que son propiciados por la manera de proceder de la Obra en el campo vocacional. Creo que muchos recibiréis la ansiada reparación moral o petición de perdón, aunque tal vez estéis ya en la otra vida. Hablo de supuestos abusos, porque nadie es buen juez en su propia causa. Si estoy equivocado, rectificaré con gusto y me someteré a los dictados de la Santa Madre Iglesia.

Remagen




Publicado el Miércoles, 27 noviembre 2013



 
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