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 Tus escritos: MINUCIAS (V) Anécdotas del Fundador.- Simplicio

010. Testimonios
Simplicio :

En los años inmediatos al fallecimiento de "San Josemaría" era habitual que se relataran numerosas anécdotas del mismo con la intención bien de destacar y ensalzar sus “virtudes heroicas” bien de poner un ejemplo sublime de cómo había que vivir determinados aspectos del “espíritu del Opus Dei”.

Yo acababa de “pitar” y los directores de la Obra utilizaban estas anécdotas para dar a conocer la vida de San Josemaría (a quien llamábamos “nuestro Padre”) y para instruir respecto de cómo tenían que practicarse determinadas virtudes, de las que era ejemplo eximio la conducta del Fundador...



Muchas de estas anécdotas eran simpáticas e ilusionantes; constituían para mí un estímulo poderoso para esforzarme en vivir plenamente mi entrega a Dios, luchar contra los propios defectos y mejorar en determinadas virtudes.

Sin embargo en alguna ocasión la anécdota relatada dejaba en mí un punto de inquietud y desasosiego, porque había algo en ella que me parecía poco ejemplar, lo cual resultaba contradictorio con el postulado indiscutible de la santidad excepcional del Fundador. Mi reacción sistemática era sepultar esta impresión desagradable bajo la consideración de que había algo que yo no había entendido bien o que la reacción negativa que me causaba el relato era culpa de mi falta de formación o de virtud, porque tratándose de "San Josemaría" no podía haber nada negativo en aquello; otra cosa era que yo no lo comprendiera.

Los helados.

En una ocasión nos contaron que un caluroso día de verano, en los primeros tiempos del Colegio Romano, “nuestro Padre” tuvo una tertulia con aquellos alumnos, lo cual constituía siempre un gran motivo de alegría, al poder pasar un rato junto a una persona tan santa, elegida para fundar el Opus Dei, y tener la ocasión de aprender directamente de sus labios cuál era la voluntad de Dios para nosotros.

En aquellos tiempos pasaban en Roma bastantes estrecheces económicas, no obstante lo cual el Fundador preguntó al Secretario si había suficiente dinero para comprar unos helados. El Secretario respondió que sí; y entonces Escrivá encargo a uno de aquellos muchachos que fuera a comprarlos y le dijo que cuando regresara avisara para que le ayudaran a llevarlos a la tertulia.

Sin embargo, al regresar de cumplir su encargo no quiso molestar a nadie, ni privarlo de unos momentos de tertulia con “el Padre”, lo que se consideraba un privilegio, y se presentó directamente en la tertulia con los helados, sin haber pedido ayuda. Escrivá le dijo con reprobación “me parece que tú y yo no vamos a entendernos”.

Con esta anécdota los directores pretendían, sin duda, subrayar la necesidad de la obediencia hasta en los detalles más pequeños, por encima de cualquier otra consideración.

Pero a mí me producía gran desasosiego.

En primer lugar, porque me sentía plenamente identificado con el encargado de comprar los helados. Si hubiera sido yo, seguramente hubiera actuado de la misma manera; fácilmente se me hubiera ocurrido tener un detalle amable con mis “hermanos” de tertulia con “el Padre” y no molestarlos. La reprensión por parte de éste me hubiera causado una gran pena. Además, denotaba una gran falta de empatía del Fundador para con aquel joven miembro de la Obra; falta de empatía que contradecía aquel dicho, tantas veces repetido, de que "os quiero más que los que os quieren vuestras madres" y que yo me había llegado a creer.

En segundo lugar, la reprensión me parecía injusta porque el “mandato” parecía más un consejo que una orden y la “desobediencia” se debía únicamente a la generosidad de aquel alumno para con sus compañeros (hago un poco más de esfuerzo yo, para que los demás estén mejor).

Por mi parte, yo rechazaba estos sentimientos contradictorios pensando que tal vez el tono de voz o la mirada de Escrivá dulcificarían lo que a mí me parecía tan duro e injusto.

He relatado la anécdota tal como recuerdo que me la contaron; con pequeñas variantes ya había sido relatada en esta página por José.

El ex-seminarista

En otra ocasión nos contaron una anécdota de los primeros tiempos de la labor en Italia.

Habían “pitado” dos universitarios que habían huido de la dictadura comunista de Yugoslavia; creo que eran croatas. Al poco tiempo uno de ellos había contado en la charla que en su país estuvo breve tiempo en un seminario. Al parecer siempre había tenido cierta inquietud religiosa; ingresó en el seminario, pero al poco tiempo se dio cuenta de que aquello no era lo suyo y lo dejó. Al conocer el Opus Dei en Italia se entregó con ilusión.

Cuando se lo contaron a Escrivá, resolvió tajante que no podía seguir como numerario pues había prohibido taxativamente buscar vocaciones entre los seminaristas y religiosos; tal vez más adelante pueda ingresar como supernumerario. La razón que se daba era que la vocación al Opus Dei era radicalmente distinta de la vocación sacerdotal y la vocación religiosa: Pero había una segunda razón práctica: evitar que alguien acusara a la Obra de “robar vocaciones”, por eso y “cortando por lo sano”, la prohibición incluía a ex-seminaristas y ex-religiosos.

Alguien le comentó a Escrivá: ¡pobre fulanito, con lo ilusionado que estaba; se va a quedar hecho polvo! La respuesta del fundador fue contundente: ¡Prefiero que se quede hecho polvo fulanito, antes que se quede hecho polvo el Opus Dei!

La anécdota pretendía, por supuesto, inculcarnos la idea de que el bien de la Institución estaba por encima del bien individual de las personas. La razón era que el Opus Dei había sido algo directamente querido por Dios, era “voluntad de Dios” y por encima de la voluntad de Dios no podía haber nada.

Pero, al igual que la anécdota anterior, esto me producía inquietud y desasosiego. Nuevamente veía una gran falta de empatía entre el Fundador y un miembro de la Obra, que era despachado sin contemplaciones con una consideración abstracta en favor de la institución.

Pero además me parecía algo poco razonable. Yo admitía que la vocación al Opus Dei era algo radicalmente distinto de la vocación sacerdotal o religiosa. Admitía igualmente que no se debía hacer proselitismo entre religiosos y seminaristas. Pero no veía razonable la consigna de “cortar por lo sano” de una manera tan inflexible. Al fin y al cabo, aquel muchacho había visto que el seminario no era su vocación. Ni siquiera podía argumentarse el “qué dirán”, porque el Opus Dei no había ido a buscarlo a aquel seminario, ni siquiera podía acusarse al Opus Dei de ser la causa de que dejara el seminario, porque en esas fechas ni estaba establecido en ese país y ni siquiera se sabía de su existencia. Echaba en falta un poco de sentido común y de flexibilidad; en realidad el derecho canónico hacho un sabio uso de la figura jurídica de "la dispensa": como regla general las normas han de cumplirse, pero teniendo en cuenta las circunstancias concretas del caso y si concurre una justa causa, la norma puede ser dispensada. Yo veía aquí un supuesto clamoroso de dispensa, pero el Fundador había opinado de otra manera.

Al mismo tiempo era inconcebible para mí albergar algún pensamiento crítico hacia la conducta del Fundador, por lo que pensaba que estos sentimientos eran debidos a que yo no me daba cuenta plena de la grandeza y de la importancia del Opus Dei.

La falta de empatía como trastorno de la personalidad

La falta de empatía que revelaban estas anécdotas me producía inquietud; especialmente porque a veces el relato de la misma anécdota se repetía en diferentes ocasiones y en todas ellas con la misma rigidez.

Muchas psicopatías presentan como síntoma relevante la falta de empatía

Es conocido el siguiente “test” que se ha presentado a bastantes psicópatas con resultado sorprendente:

“En el funeral de su madre, una mujer ve a un hombre que no conoce. La mujer piensa que ha encontrado al hombre de su vida; sin embargo no tiene ocasión de pedirle el nombre ni el teléfono, por lo que ya no vuelve a verlo de nuevo. Días más tarde, esta mujer mató a su hermana. ¿Por qué lo hizo?”

La mayoría de nosotros tendemos a ponernos en el lugar de la asesina e imaginar una causa extrema por la que podríamos estar –al menos en teoría- dispuestos a matar.

Y así la gente normal en su respuesta suele suponer que la asesina había llegado a descubrir que su hermana era novia del hombre misterioso (celos) o que tal hombre ayudaba a la hermana para defraudar a la asesina en el reparto de la herencia de la madre muerta (codicia) o que la hermana y aquel hombre de alguna manera habían sido causantes de la muerte de la madre (venganza).

No obstante la mayoría de los psicópatas dan esta otra respuesta: "Porque así volverá a ver a ese hombre maravilloso en un funeral de la familia". Si había acudido al funeral de la madre, era muy probable que acudiera al funeral de la hija.

Lo sorprendente de esta respuesta es la enorme desproporción entre el motivo y el daño causado. La persona de la víctima es un simple objeto para los planes del asesino. Hay en éste una enorme frialdad pero sobre todo una ausencia total de conciencia del daño causado y la maldad de la acción, lo que por otra parte hace imposible todo arrepentimiento.

Empatía, psicopatía y Opus Dei

Pienso que el Opus Dei, como institución, se comporta muchas veces siguiendo este patrón de conducta psicópata, caracterizado por la ausencia de empatía hacia las personas, que son tratadas como meros objetos. No hay una malicia o dolo especial; es más una "amoralidad" que una "inmoralidad".

Estos recuerdos me han venido a la cabeza, con fuerza, al leer el relato de Agustina y Ezequiel sobre las estremecedoras circunstancias que concurren en la muerte del padre Danilo.

Si existe algún director que conserve un poco de "sentido común" y un poco de "sentido sobrenatural", deberá preguntarse necesariamente: ¿Qué estamos haciendo mal, tan rematadamente mal, para haber llegado a esto?

Recuerdo ahora el relato de novaliolapena que se refería a cuando ocupaba un importante cargo de dirección:

"A medida que pasaba el tiempo, las cosas que no me gustaban y que mi conciencia (en principio, bien formada: casi 20 años en la obra, más de 10 años con cargos, bienio en filosofía, cuadrienio en teología, licenciatura casi terminada en teología moral, 2 años en el colegio romano, 4 años en villa Tevere) decía que estaban mal, eran más y más.

Las veía en mi casa y también en los otros centros, las oía cuando la gente me hablaba o consultaba. Pero yo las negaba, estaba convencido de que la obra era perfecta y por eso me repetía: eres joven, no tienes experiencia, estás en otra región. Espera. Escucha. Aprende. El problema es tuyo, debes estar equivocado porque la obra es de Dios y por tanto perfecta y tus hermanos directores son más santos que tú y saben más que tú. El padre y los directores de Roma conocen bien todas las regiones. Escucha. Aprende. ¡¡SÉ HUMILDE!!".

En alguna ocasión he estado tentado de pedir a novaliolapena que explicara con más detalle qué cosas eran esas que no le gustaban y que en conciencia veía que estaban mal, hasta el punto que la cerrazón de los directores, incluido el Prelado, le llevó a dejar la Obra. Sin embargo, por discreción preferí no hacerlo.

Ahora, viendo lo que ha pasado con el padre Danilo, creo que no necesito ya ninguna explicación. No es el primer caso y desgraciadamente es muy posible que no sea el último.

Solo quiero añadir una última consideración. Un golpe, por muy fuerte que sea ("estoy rechazado" escribió el padre Danilo) no es suficiente para explicar un suicidio. Existen muchos casos (yo conozco algunos) de grandes desgracias sobrevenidas a una persona y no por eso se suicida.

El suicidio ocurre a una personalidad peculiar, previamente erosionada; el golpe final solo es eso: "el golpe final". Pero previamente existe un gravísimo deterioro de la personalidad.

El régimen de vida tan artificial y tan falto de empatía de un numerario del Opus Dei (tratado siempre por los directores como un objeto) va minando la personalidad del individuo de forma continua, progresiva y devastadora. Hasta el punto en que algunos rezan y piden angustiadamente a Dios que les quite la vida antes que fallar a la vocación (confieso que a mí me pasó). Es el comienzo del desvarío.

Si la situación va a más, cuando llega "el golpe final" es posible que desencadene el suicidio. Pero, no lo olvidemos, el golpe final solo es el último eslabón de una larguísima cadena que empieza nada más "pitar". Afortunadamente la mayoría se libra antes de que suceda algo irreversible.

Simplicio

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Publicado el Lunes, 09 marzo 2015



 
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