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 Libros silenciados: Con más banderas que un barco pirata.- Gervasio

070. Costumbres y Praxis
Gervasio :

Con más banderas que un barco pirata

Autor: Gervasio, 17/04/2015

Me habría gustado ser pirata, con pata de palo y todo —sólo una breve temporada—, aunque nunca he podido serlo. Injusticias de la vida, que no siempre da a uno todas las oportunidades que desea. Pero, por lo menos he sido del Opus Dei, que tampoco está mal. Lo digo por aquello de que, como los barcos piratas, el Opus Dei enarbola, según las circunstancias lo exijan, la bandera adecuada para cada momento. Unas veces es la bandera de la laicidad, otras la de que vivimos la obediencia mejor que los religiosos, otras la de la inmensa libertad de que gozamos —podemos leer todo lo que se nos antoja, aunque sea manifiestamente falso— o la de que somos “cristianos corrientes”, otras la de una nueva modalidad de “circunscripción territorial”, otras la de “entidad benéfico-docente” o de “interés social”, otras la de que tenemos un prelado con su presbiterio y todo; otras la de que vivimos como nadie el dulcísimo precepto y otras que estamos desprendidos de la familia de sangre, porque tenemos nuestra propia familia de vínculos sobrenaturales. Y así muchas otras banderas, banderines y gallardetes…



A algunas de esas enseñas más que banderas las llamaría simples banderines. Con lo de banderines me refiero a las situaciones personales. Por ejemplo, primero te dicen que tienes una vocación como un castillo —más grande que una catedral con girola y cinco naves— y luego que no tienes vocación para el Opus Dei. Todo fue pura ilusión y cosa del momento. O bien, te mandan algo y luego te riñen por haberlo hecho. Cosas así. Pero ahora quiero referirme no a los banderines, ni a los gallardetes, sino a las banderas, o sea, a las múltiples formas, máscaras, fachadas o figuras, con las que el Opus Dei se presenta y exterioriza como tal institución. Somos… lo que la a.o.p. diga en cada momento, que no siempre es lo mismo. La a.o.p. es el acrónimo de apostolado de la opinión pública, un tingladillo cuya oficina central se encuentra en Villa Tevere. Es muy significativo que de un tiempo a esta parte pretenden hacer pasar por teólogo a un sacerdote —José Luis Illanes—, sin mejor preparación teológica que la de haber estado durante años al frente de la oficina central de la  a.o.p.

Cuando la a. o. p. pretende explicar lo que es un miembro del Opus Dei, invariablemente echa mano de un supernumerario o de una supernumeraria como prototipo; nunca de un numerario o de un agregado. Y claro, luego se quejan de que “no nos entienden”. Recuerdo haber visto me parece que por Televisión Española a un carnicero, exhibido por la a.o.p. como persona prototípica del Opus Dei. El programa estaba a todas luces ejecutado según los gustos y apetencias de la a.o.p. Quizá se pretendiese asociar la imagen de “tío del Opus” con la de un hombre casado que ejerce una profesión modesta. Quizá se quisiese quitar la idea de que el Opus Dei es cosa de ricachos. Quién sabe. El carnicero en cuestión decía santificarse en su trabajo, aunque la verdad no quedaba muy claro en qué consistía esa santificación. Aseguraba que trataba bien a sus clientes, que procuraba aconsejarlos con lealtad y que les sonreía. En fin, lo que hacen o procuran hacer todos los carniceros y en general todos los dependientes de comercio. Ni siquiera se atrevió a decir que entre chuleta y chuleta metía una jaculatoria y que iba a misa diariamente, aparte de otros variados rezos y devociones. Para mí que hizo bien, porque intercalar jaculatorias no convierte en santo el trabajo mal hecho y por otra parte hay trabajos que exigen más concentración mental que otros. Hay algunos que incluso no permiten ir a misa todos los días.

Desde hace unos treinta años se ha abierto la mano a que gente joven, estudiantes universitarios, piten de supernumerarios, cosa muy rara antes. A la gente joven no se les suele explicar la diferencia entre numerario y supernumerario no vaya a ser que opten por lo segundo. En este caso el prototipo de “tío del Opus Dei” que se exhibe es el de numerario. Los supernumerarios como si no existiesen. El tipo de “tío del Opus Dei” que se exhibe a un joven es el de “numerario”.

Por mi parte, cuando tengo que explicar lo que es un “tío del Opus Dei”, como lo hago sin cálculo proselitista ni de imagen periodística, distingo siempre entre “numerario” y “supernumerario”. Tal distinción me parece fundamental para entender el Opus Dei. Si alguien me pregunta si fulano o mengano es del Opus Dei, siempre especifico: sí, es numerario; o bien, fue numerario; o bien es supernumerario, o bien quizá sea cooperador. Numerario y carnicero simultáneamente, desde luego que no.  Son realidades incompatibles. Los numerarios constituyen una élite de la que están ausentes los carniceros entre otras profesiones. Se supone que soy un connaisseur. Y como ser del Opus Dei no es nada malo —supongo—, no difamo a nadie, si digo que tal señor es o no es del Opus Dei. La verdad es que los huelo a distancia.

     ¡Ah! O sea que ¡eso es ser su-per-nu-me-ra-rio!, me dijo muy satisfecho por el hallazgo un antiguo amigo.

La palabra supernumerario, como contrapuesta a numerario le tenía intrigado. Quizá por aquello de supermán o de supermacho o de supermercado. Yo qué sé. Su descubrimiento consistió simplemente en hacerse cargo de que un supernumerario puede estar casado, a diferencia de lo que acontece con los numerarios. Descubrió que, puesto que el padre de un conocido suyo era del Opus Dei, le convenía el nombre de “supernumerario”. Desde luego, lo del carnicero que se santificaba cortando chuletas no le aclaraba nada. La verdad es que las respuestas de la a.o.p. a los interrogantes que sobre el Opus Dei se plantea la gente son geniales. Del tipo:

    ¿Qué es el alma, para Platón?

    El alma para Platón es un carro tirado por dos caballos.

Otra bandera muy engañosa es la de obispo y prelado. Tengo entendido que incluso la Santa Sede llamó la atención por el uso —más bien abuso— de tal bandera. Monseñor Echevarría es prelado y obispo. Cierto. Pero es prelado del Opus Dei y obispo de Cilibia; no obispo del Opus Dei. Son dos cosas distintas. Echevarría sucede a Del Portillo como prelado, pero no como obispo de Cilibia. El anterior obispo de Cilibia fue don Víctor Manuel López Forero, que nada tenía que ver con el Opus Dei. Del Portillo era obispo pero no de Cilibia, sino de otro lugar. Todo ello me trae a la cabeza  a un señor que se apellidaba Duque —un apellido relativamente corriente en España— y de segundo apellido Toledo. Con tales apellidos pretendía hacerse pasar por duque de Toledo. Bien es verdad que todo ello lo hacía con mucha visión sobrenatural y rectitud de intención y asesorado por un rey de armas, que sabría tanto de blasones como Illanes de teología.

He leído en Opuslibros que últimamente se ha puesto término a ese confusionismo de títulos. No obstante, en el inaccesible Catecismo de la Obra se sostiene que es muy conveniente que el prelado del Opus Dei sea obispo. Le va; le va. También se sostiene que el Opus Dei forma parte de la jerarquía eclesiástica.

Esta bandera —somos parte de la jerarquía de la Iglesia— se da de patadas con presentar el Opus Dei como un fenómeno de inspiración divina, acaecido en 2 de octubre de 1928. A ningún fiel cristiano le corresponde fundar “jerarquías eclesiásticas”, ni de viejo cuño, ni de nuevo cuño. Es puro disparate atribuir a Escrivá haber fundado una nueva modalidad de jerarquía eclesiástica. Sería tanto como convertir a Sanjosemaría en protagonista de un cisma. La bandera de “fenómeno fundacional” es de las más utilizadas dentro de la Obra, de puertas adentro. La mayoría de miembros del Opus Dei están convencidos de que Escrivá tuvo revelaciones divinas muy importantes. Tan importantes y sublimes que no se sabe muy bien en qué consistieron.

Otra bandera es la de atribuir carácter laical al Opus Dei como fenómeno eclesial. El fundador afirmaba que el concilio había tomado de él —de Escrivá— lo que con anterioridad él había predicado y dicho sobre el laicado. Ni él mismo se lo creía, me da la impresión. Esa impresión mía proviene de que nunca efectuaba esa afirmación espontáneamente, de motu proprio, sino como respuesta defensiva a una pregunta de este tipo:

    ¿Qué opina? O ¿qué nos puede decir del Concilio Vaticano II?

Era entonces cuando largaba lo de nuestra contribución al concilio Vaticano II. Lo traía a colación como respuesta defensiva, como defensiva también era su postura sobre el ecumenismo —Escrivá de ecumenismo, cero patatero—, cuando afirmaba que él le había dicho a Juan XXIII, en sus propias barbas, que Su Santidad no le había enseñado ecumenismo, porque el Opus Dei admite cooperadores acatólicos desde mucho antes de que el ecumenismo se pusiese de moda. De paso resaltaba que a San Juan XXIII —del que solía dar a entender que era un bobalicón infantiloide—, le entraba la risa ante su descarada afirmación, moviendo su voluminosa barriga. Así era como despachaba su posicionamiento en torno al concilio Vaticano II y al ecumenismo. Como suele decirse, se salía por peteneras.

Quizá la duplicidad de banderas más descarada se produce a propósito del sostenimiento económico de los fieles de la Iglesia que pertenecen al Opus Dei y de su seguridad social. En los estatutos (Cfr. n. 93) —sin distinguir entre numerario y supernumerario— se afirma que los fieles de la Iglesia que pertenecen a Obra, tras procurarse el propio sustento personal y familiar, en la medida en que pueden, ayudan económicamente al sostenimiento de los apostolados de la prelatura. Pero luego se exige a los numerarios y agregados entregar todo su sueldo a la Obra, llevar cuenta de gastos y justificar cada uno de esos gastos. Si se trata de trabajos internos a tiempo completo, no reciben sueldo alguno, con la consiguiente desprotección social que esto origina, amén de la falta de laicidad y profesionalidad que comporta. Como recientemente hacía notar EBE, el Opus Dei acabó creando una categoría especial de laicos —laicos indocumentados, los llama, laicos sin papeles— al que no se les aplica ni la normativa propia de los religiosos, ni la de los laicos, entre otras cosas, en los mencionados temas económicos. Quizá podría también decirse que son religiosos indocumentados; es decir, religiosos sin carnet de religioso, sin los usuales derechos de los religiosos frente a su orden, su congregación y frente al Estado, en lo que concierne a  su seguridad social.

Son muchas las banderas. Muchas de ellas son incompatibles. La propia sede central de la Obra en Roma, no tiene la apariencia de una casa central, sino la de un conjunto de edificios que en nada destacan del resto de viviendas colindantes. Recuerdo el desconcierto de unos tíos míos que vinieron a visitarme a Roma. Tuve la suerte de recibirlos en la salita de Bruno Buozzi 75, que está bastante mejor que la del 73. Esta última, más pequeña, y con tanta fotografía de papas e imágenes devotas tiene aspecto conventual. El caso es que les pareció muy poca casa. No muy poca cosa, sino muy poca casa.

    ¿Y esto es la casa central!, me preguntaron extrañados, porque la casa central tiene la apariencia exterior de una vivienda por pisos, de un condo, que dicen por Norteamérica.

    Bueno. Ocupa casi toda la manzana, expliqué.

Lo que les extrañaba era que la casa central del Opus Dei estuviese instalada a modo de vivienda vecinal; cosa que en realidad no es.  Sólo lo aparenta.

Hace no mucho escribí sobre lo que llamaba Delirio de identidad. Quien padece delirio de identidad no es un hipócrita o un embaucador, en el sentido de que no es consciente de no ser lo que dice ser. Quien padece delirio de identidad está convencido de que él es Napoleón Bonaparte, pongamos por caso. No pretende engañar. Él es el primer engañado. Algo de eso sucede con el Opus Dei. El Opus Dei tiende a presentarse como lo que no es de un modo compulsivo.

Gervasio




Publicado el Viernes, 17 abril 2015



 
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