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 Libros silenciados: Padre de familia numerosa y pobre.- Gervasio

120. Aspectos económicos
Gervasio :

Padre de familia numerosa y pobre

Autor: Gervasio, 12/06/2015

En el número 94 § 2 de los estatutos del Opus Dei de 1982 leemos: A través del trabajo profesional, realizado con la mentalidad y ánimo de un padre de familia numerosa y pobre, todos los fieles de la Prelatura deben proveer a sus necesidades económicas personales y familiares y, en la medida en que les resulte posible, ayudar al sostenimiento del apostolado de la Prelatura, llevando remedio a la indigencia espiritual y material de muchas personas. Eso de comportarse  como un padre de familia numerosa y pobre seguro que os suena a todos los que habéis pertenecido o pertenecéis al Opus Dei. En diversos medios de formación y en multitud de frases del fundador aparece ese criterio...



Nos encontramos ante uno de esos llamados “tipos jurídicos”, utilizados como regla de conducta. Aludir al padre de familia como regla de conducta, parece estar inspirado en el código civil español —que a su vez lo está en el Derecho romano—, que como muchos otros códigos, empezando por el llamado Código de Napoleón, exigen comportarse como un buen padre de familia, a propósito de la “diligencia” —como contrapuesta a “negligencia” o actuación negligente— de determinadas conductas en materia de contratos, daños o responsabilidad extracontractual. Así, el obligado a dar alguna cosa, lo está también a conservarla con la diligencia propia de un buen padre de familia, dice el artículo 1094 del código civil español. También acuden al criterio de la diligencia de un buen padre de familia los artículos 1104, 1903 de ese mismo código. En todos estos preceptos el criterio se aplica para medir el grado de diligencia con el que se debe hacer algo. Sin embargo, el criterio de un padre de familia numerosa y pobre utilizado en el Opus Dei no se refiere a la posible diligencia o negligencia en la administración de algo o en la conservación de una cosa. El texto citado hace referencia a algo distinto.

Lo primero que llama la atención en los estatutos del Opus Dei, es la “hojarasca” —por llamarla de alguna manera— con la que el criterio del paterfamilias aparece envuelto. Se habla de “mentalidad y ánimo” —cum mente et animo dice textualmente el 94 § 2 — de un padre de familia. Eso de “mentalidad y ánimo” resulta superfluo por redundante. Se podría añadir aun más hojarasca: mentalidad, ánimo y espíritu; y más hojarasca aún: mentalidad, ánimo, espíritu y discernimiento propios de un padre de familia. Por añadir hojarasca que no quede. Pero la hojarasca es pura hojarasca. De quien está obligado a conservar una cosa, se dice que ha de hacerlo con la diligencia de un buen padre de familia. No se dice que ha de “conservar la cosa” con la mentalidad, ánimo, convicción, espíritu, entereza y actitud de un buen padre de familia. Comportarse como un padre de familia incluye de suyo la adopción de su mentalidad, ánimo, escala de valores, etc.

La hojarasca contribuye a ocultar una pifia de mayor alcance. El criterio de padre de familia no va referido al grado de “diligencia” exigible. Se refiere al trabajo profesional. Eso es lo curioso. Es el “trabajo profesional” —según leíamos en los estatutos— el que ha de estar realizado con la mentalidad y ánimo de un padre de familia numerosa y pobre. Y eso es lo que no se acaba de entender. Hay que descartar que se invite a los numerarios y agregados a ser padres de familia, ni numerosa ni no numerosa. Tampoco se les invita a ser unos pluriempleados —como sucede con frecuencia con quienes son pobres y tienen a su cargo una familia numerosa—, sino que por el contrario son invitados a tener buenos empleos y buenos sueldos que les dejen a ser posible mucho tiempo libre. El Opus Dei busca sus adeptos entre personas pudientes.

No se comprende —al menos yo no lo comprendo— por qué un banquero o un millonario —en el Opus Dei son muy bienvenidos— han de realizar su trabajo profesional con la mentalidad y ánimo propios de un padre de familia numerosa y pobre. Ni él ni su familia son ni pueden ser considerados pobres. Preguntadlo, si no en la correspondiente Delegación de Hacienda. Según mis luces, un banquero —sea millonario o no— debe comportarse como “un buen banquero”; un corredor de comercio como “un buen corredor de comercio”; un padre de familia numerosa y pobre, como un buen padre de familia numerosa y pobre, porque también los hay malos, etc. No se me alcanza el motivo por el cual alguien haya de comportarse como lo que no es. En el Opus Dei todo es así: un poco retorcidillo. Se exige a los laicos que se comporten como buenos religiosos, como religiosos ejemplares. Si alguien se ve obligado a hacer algo en virtud de la santa obediencia, ha de dar a entender que se comporta así porque le da la gana. Todo o casi todo va por el mismo camino.

A mi modo de ver, los estatutos al hablar del padre de familia incurren en esa figura retórico-gramatical llamada silepsis. Pongo ejemplos de silepsis: se puso rojo como una manzana, en vez de “rojo como una amapola” o “rojo como un tomate”; o bien, es fuerte como un moro, en vez de “fuerte como toro”; etc. Indudablemente una manzana puede ser roja —como la Starsky que se comió Blancanieves— y un moro puede ser fuerte, pero no dan el “tipo” ni de rojez —por “color manzana” se entiende un verde pálido— ni de fortaleza física. Me viene a la mente una serie de televisión en el que a uno de los personajes se le hacen pronunciar toda clase de disparates silépticos. Dice cosas como a caballo regalado no le mires la frente;  como obras de misericordia, dar de comer al desnudo  y vestir al hambriento, junto con otros desatinos de este estilo. No es de extrañar que los del Opus Dei deseen que sus estatutos sean lo menos conocidos posible. Dan pie para divertirse un montón.

Los códigos civiles que toman como pauta de conducta al paterfamilias lo  califican previamente de “bueno”: un “buen” padre de familia. El calificativo de “bueno” no es hojarasca. Los padres de familia —sean pobres o no, tengan familia numerosa o no— pueden ser buenos o malos. En suma, según mis luces, lo exigible es actuar como un buen padre de familia. Lo de “con la mentalidad y ánimo” de un padre de familia sobra por redundante.

Pero la silepsis no termina ahí. En el Opus Dei lo que me exigían —tal es mi experiencia, lo que en realidad exigen— no es comportarse como un padre de familia numerosa y pobre, sino como un hijo de familia numerosa y pobre. Tal es el quid de la cuestión. Eso se traducía en que yo debía gastar lo menos posible para cubrir mis necesidades personales y entregar todo lo que ganaba con mi trabajo —o de cualquier otro modo adquiría— a la institución. Algo muy típico de las sectas, dicho sea de paso. Yo no me comportaba como un padre de familia numerosa y pobre. Un buen padre de familia no entrega lo que gana ni al Opus Dei, ni a otras instituciones por beneméritas que estas sean o aparenten  serlo.

Una vez entregado todo —todo, toditito, todo—, se establece la ficción de que es la institución la que por benevolencia —no por obligación— se digna cubrir las necesidades personales de sus miembros, cuando en realidad son los numerarios, los agregados, los supernumerarios y los cooperadores —los cooperadores orgánicos y los no orgánicos— los que por benevolencia sostienen a la institución con sus aportaciones económicas. Uno sólo podía recibir lo que pueda corresponder a un hijo de familia numerosa y pobre —es decir muy poco—, pero ni a un céntimo más, porque la Obra es y siempre será pobre. Así lo había decidido nada menos que un santo fundador lleno de iluminaciones celestiales. En suma, quien en el Opus Dei desempeña el papel de padre de familia numerosa y pobre es la institución; no el individuo.

Los hijos del padre han de enriquecerse —hacerse con la mayor cantidad de dinero posible— a efectos de darlo al padre. Los hijos debíamos desprendernos en favor del Opus Dei no sólo lo que resultase posible —como se lee en los estatutos—, tras cubrir las propias necesidades, sino incluso hasta de lo necesario, siendo el Opus Dei el encargado de cubrir nuestras necesidades; sólo las mínimas. El Opus Dei —apelando a su condición de pobre— proporciona a sus hijos lo mínimo.

Cual hijo de familia, ni supe, ni pretendí averiguar, ni pedí cuentas en torno a en qué gastaba la institución el dinero que le entregábamos. Antes al contrario era la institución la que me exigía presentar mensualmente una cuenta de gastos y justificar, a poder ser al céntimo, cada uno de esos gastos. Como consecuencia, en modo alguno lograban que me sintiese padre de familia. Me hacían sentir hijo de familia. Hijo de familia es el que tiene que pedir a papá —hacer caja— dinero para todo, incluso para comprarse ropa, sostener el pequeño vicio de fumar tabaco o adquirir un paraguas. Quien no da cuenta alguna de lo que hace con el dinero  que recibe es el Opus Dei. Así son las cosas.

Un padre de familia —sobre todo si es pobre— sabe muy requetebién en qué se gastan los cuartos, porque carga con la responsabilidad de estirar el dinero y fijar prioridades y limitaciones en los gastos. Yo nunca supe lo que en mi casa se gastaba ni en comida, ni en teléfono ni en electricidad, ni en servicio doméstico, ni en el alquiler de la vivienda. Para nada me comportaba como padre de familia. Aunque trabajaba, hacían que me comportase como un hijo de familia menor de edad, de los que todavía no han alcanzado la edad laboral. De padre de familia, nada. Al cabo del tiempo comencé a sospechar que el dinero que yo y otros incautos entregábamos no se empleaba bien. Ese llevar remedio a la indigencia espiritual y material de muchas personas de que habla el 94 § 2,  no me resultaba ni me resulta satisfactorio. Me pareció entonces que debía asumir la responsabilidad del destino del dinero que entregaba a tontas y a locas (no me refiero por supuesto a la sección femenina, que nadie se pique).

Recientemente un numerario me relataba cómo últimamente iban las cosas en este terreno, al menos en su caso, que es representativo porque no me parece un caso aislado. Había percibido con gran dolor de su corazón cómo otro numerario con el que tenía trato asiduo, había sido invitado y en cierto modo forzado a abandonar el Opus Dei, después de muchos años de servicio en la institución, porque suponía una carga, tanto por su escasa aportación económica como por su situación personal. Tomó buena nota de lo acontecido. A partir de ese momento decidió retirar de sus entregas mensuales al Opus Dei una determinada cantidad, para el día de mañana. Me parece una medida elemental de prudencia. Es responsabilidad personal —propia de un buen padre de familia— proveer al personal sustento en caso de vejez, enfermedad, etc. Los mismísimos estatutos del Opus Dei en el número 24 §1 establecen: Todos los fieles de la Prelatura deben disponer de los seguros o previsiones que indican las leyes civiles para casos de invalidez o incapacidad  para trabajar, enfermedad, vejez, etc.

A continuación, esos mismos estatutos en el párrafo siguiente añaden: siempre que, valoradas las circunstancias, sea necesario, corresponde a la Prelatura costear las necesidades materiales de los Numerarios y Agregados. En el caso antes mencionado, como acabo de indicar, la “valoración de las circunstancias” concluyó en deshacerse del numerario en cuestión. No entro en si la autoridades de la prelatura tienen o no gracia de estado para tomar ese tipo de decisiones, pero sin duda tiene gracia de estado el numerario o agregado —cada uno se santifica en su propio estado— que decide proveer su futuro en caso de invalidez, incapacidad, enfermedad, vejez, etc., al margen de la prelatura, porque está comprobado que a veces la prelatura falla. En el mismísimo Catecismo de la Obra —otra cosa es lo que digan las leyes civiles sobre el deber de prestar alimentos al donante— se lee que la Obra carece de obligación alguna en ese sentido. Una de las partes integrales de la virtud de la prudencia —según me enseñaron en el centro de estudios— es la providencia, virtud que mira hacia el futuro incluso lejano y que también recibe el nombre de previsión. Decía el fundador que no quería votos, sino virtudes. Por tanto, nada de voto de pobreza, sino ejercicio de esa parte integral de la virtud de prudencia llamada previsión.

No estoy hablando de un numerario que haya tomado la decisión de ahorrar,  como consecuencia de la lectura de Ruiz Retegui sobre la primacía de lo institucional sobre lo personal o de otras consideraciones formuladas de manera abstracta. Estoy hablando de una persona que por sentido común —en ejercicio de la virtud de la prudencia— se aplicó aquello de: cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar. Ejercicio de virtud de la prudencia pura y dura es no entregar todo el dinero al Opus Dei, que una vez entregado no lo suelta ni dándole en el codo.

El numerario del que hablo en modo alguno actuó a la ligera, porque llovía sobre mojado. Con anterioridad, el tal numerario había comunicado a las autoridades de la Delegación la necesidad de efectuar una pequeña inversión —o grande según el punto de vista— necesaria para el desempeño de su actividad profesional. No es un funcionario, sino que ejerce una profesión liberal. Planteó en la Delegación esta alternativa: o bien ahorrar, sin entregar lo ahorrado a la Madre Guapa, depositándolo en un banco para la ulterior inversión; o bien entregar todo a la Madre Guapa, que en su momento le facilitaría el dinero necesario. La Delegación optó por esta segunda alternativa. Pero a la hora de la verdad le negaron el dinero. Son así. Además de a engañar, les parece que están autorizados para decidir la política de inversiones de sus miembros.

Como he dicho antes, la Delegación —que ha de actuar con sentido sobrenatural y gracia de estado y colegialmente—, en algunos casos, a mi modo de ver, pese a todo, toma decisiones poco virtuosas o dicho de otro modo, poco santas, incompatibles con la justicia. Me explico algo más. Cada uno de los que toman las decisiones en la Delegación individualmente son virtuosos —es de suponer— y como cumplen bien las normas de piedad del plan de vida tienen abiertas —según su fundador— las puertas del cielo, pero sus decisiones colegiadas pueden ser desacertadas e incluso injustas, sobre todo cuando deciden sobre materias que no son de su incumbencia. La problema es que las personas jurídicas no van al infierno, aunque tomen decisiones poco virtuosas y poco acertadas. Las personas jurídicas no tienen un cuerpo que pueda sufrir el rigor de las llamas del infierno; ni se las puede meter en la cárcel. Tampoco pueden recibir castigos corporales. Tienen cuerpos sutiles.

Al final, para el numerario y agregado individualmente considerados toda la problema consiste en exigir que se ponga en práctica lo que prescriben los estatutos: todos los fieles de la Prelatura deben proveer a sus necesidades económicas personales y familiares y, en la medida en que les resulte posible, ayudar al sostenimiento del apostolado de la Prelatura. Los estatutos del Opus Dei serían buenos, si se pusiesen en práctica. Están a la espera de que alguien les dé cumplimiento. ¡Ánimo! No son un simple bla, bla, bla, cara a la galería. Quede eso para la a. o. p. (acrónimo de apostolado de la opinión pública), que se caracteriza no por dar a conocer la realidad de lo que pasa en el Opus Dei, sino por idealizarlo.

En sustitución del lo que establece el 24 § 1, es de aplicación con carácter subsidiario lo que a continuación indica el 24 § 2: siempre que, valoradas las circunstancias, sea necesario, corresponde a la Prelatura costear las necesidades materiales de los Numerarios y Agregados. Mejor no confiar en esto, porque está visto que el Opus Dei no cumple bien con sus hijos y menos aún con sus ex hijos. Es tan pobre… sus hijos son tantos… sus ex hijos son más aún… Al final, ¡menudo padre de familia numerosa y pobre está hecho!

Gervasio

>>Adenda a este escrito




Publicado el Viernes, 12 junio 2015



 
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