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 Tus escritos: La tarea de los hijos.- E.B.E.

070. Costumbres y Praxis
ebe :

Es una gran ilusión pensar que –como dicen los documentos internos, “sea quien sea”- al Padre le importan sus hijos. Le importarán algunos, pero no todos, ni mucho menos la mayoría. Esta es una lección que sea aprende con los años, cuando ya es tarde.

Digo esto a cuento de lo que relataba Gervasio:

«Recientemente un numerario me relataba cómo últimamente iban las cosas en este terreno, al menos en su caso, que es representativo porque no me parece un caso aislado. Había percibido con gran dolor de su corazón cómo otro numerario con el que tenía trato asiduo, había sido invitado y en cierto modo forzado a abandonar el Opus Dei, después de muchos años de servicio en la institución, porque suponía una carga, tanto por su escasa aportación económica como por su situación personal. Tomó buena nota de lo acontecido. A partir de ese momento decidió retirar de sus entregas mensuales al Opus Dei una determinada cantidad, para el día de mañana.»...



Yo también creo ahora, como Gervasio, que es una medida de prudencia no entregar todo a la prelatura, porque el día de mañana hay grandes posibilidades de que haya desagradables sorpresas.

Como buenos hijos, todos tienen una imagen superlativa de tan gran Padre, y tienen la esperanza de que algún día ese Padre demostrará –a cada uno- su amor infinito por sus hijos.

Me da la impresión de que no hay que esperar a que ello suceda, más bien hay que adelantarse y comprobar por uno mismo –sin que sean otros los que nos cuenten- qué tan grande es ese amor.

La respuesta oficial puede ser evidente: «el Padre está muy ocupado» o «el Padre recibe tantas cartas que no puede contestar todas», etc.

No es necesario que conteste. Suficiente con que dé la orden o envié una nota o se comunique de alguna manera, sobre todo en los momentos críticos. Para eso está la cadena de mandos, con directores tan eficientes para cumplir sus órdenes.

Puede estar muy bien eso de recibir unas líneas del Padre cuando se mueren nuestros padres reales, por ejemplo. Pero eso no es suficiente. Fijémonos, sino, en el ejemplo de José Luis: ese mismo Padre tan preocupado por la difunta madre de José Luis, no se interesa en absoluto por el mismo José Luis, al punto de forzar a José Luis a -literalmente- "suplicarle" para que muestre un cierto interés.

Y lo peor es que aun así, suplicando, José Luis no lo logra. De lo contrario, probablemente la historia habría terminado de otra manera.

Danilo Eterovic no tenía ni fuerzas para suplicar. Aceptó su destino de hijo rechazado por el Padre.

El desinterés del Padre llega al punto de que sus hijos se suiciden. 

No ocurre con todos, ni con la mayoría, pero lo que sucedió con esos pocos hijos –que además tenían su prestigio (Danilo era de “los mayores” por ser primer numerario y primer sacerdote de Bolivia)- es un indicador suficientemente grave como para preguntarse frente a qué Padre estamos. Son demasiados los casos que se van conociendo. No sólo de suicidios, sino de simple abandono o rechazo, como el relatado por Gervasio.

Con su carta, José Luis puso en evidencia al Padre. Y el Padre se puso en evidencia solo, con su propia actitud.

***

¿Incoherencia y esquizofrenia del Padre? No lo creo. Más bien creo que –en estos casos- estamos frente al desenmascaramiento del Padre. Pero ello sucede en momentos que son críticos para los hijos.

La tarea de conocer al Padre implica un gran sufrimiento: no sólo por la decepción sino, sobre todo, porque cuando más se lo necesita al Padre es en los momentos críticos y es allí donde se descubre su ausencia y su cruel desinterés (además de las consecuencias materiales que todo ello implica: falta de ayuda económica, abandono afectivo, e incluso la posibilidad -en casos puntuales- de llegar a la desesperación y el suicidio).

Escribir un par de líneas y rezar unos sufragios no cuesta tanto y reditúa mucho (para la imagen idealizada del Padre). Esto dicho así, que suena miserable por parte de quien lo escribe –o sea yo- no es más que un frio análisis de lo que sucede en los hechos.

Es mucho más fácil dar un mensaje «de parte del Padre», e incluso recibir unas líneas suyas, que resolver la situación de un sacerdote que se quiere marchar del Opus Dei o de un laico que está pasando por una mala situación y resulta una carga para el Opus Dei.

Es muy importante que los hijos dediquen un buen tiempo a la tarea de descubrir quién es realmente el Padre. Se llevarán sorpresas.

Y que no se dejen engañar por manifestaciones superficiales de afecto (cartitas, mensajes orales, una palmadita, un beso en una tertulia, un alago, etc.), porque esas expresiones resultan irrelevantes (e incluso engañosas) cuando se las compara con otros gestos de ese mismo Padre (cfr. situaciones como las de A. Petit, Danilo Eterovic, José Luis Martí, el mismo caso relatado por Gervasio, etc.). Tengamos en cuenta que cuando el Opus Dei decide deshacerse de un hijo, es el mismo Padre el responsable, no la Delegación de turno que ejecuta dicha decisión.

En las horas cruciales del hijo se manifiesta el verdadero Padre. Y ahí aparece lo inesperado y la decepción más profunda. Habrá excepciones, pero son justamente excepciones.

Al Opus Dei se le puede tolerar muchas cosas, pero cuando se descubre quién es el Padre, no hay camino de retorno.

E.B.E.

Nota: Lo problemático no es, particularmente, la persona que está detrás del cargo (o sea, “el Padre de turno”) sino la propia “figura del Padre” creada por Escrivá. Por eso, el problema es “el Padre” en sí, sea quien sea, cuya función no puede separarse del rol asignado a los hijos (son los hijos quienes -sacrificándose- le dan todo al Padre y lo sostienen, a diferencia de lo que sucede en el orden natural). El Padre se parece, en momentos cruciales, a un hijo desagradecido.




Publicado el Lunes, 15 junio 2015



 
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