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 Tus escritos: Encuentros al atardecer.- Maripaz

040. Después de marcharse
Maripaz :

Estoy pasando unos días en Pamplona, en casa de mi hermana. Hasta aquí, nada del otro mundo como se suele decir... Lo extraordinario ha surgido a consecuencia de los encuentros casuales que me han alterado un poco estos días que pretendían ser de relax total.

Os cuento. Mi hermana, no hace mucho, se cambio a una zona un poco más alejada de donde vivía, por lo tanto si quiero trasladarme al centro tengo que hacer uso del autobús, la "Villavesa" le llaman aquí…



Suelo aprovechar para ir de compras, visitar la ciudad y hacer fotografías, cuando me desplazo de la zona rural donde actualmente vivo. Voy por libre casi siempre, menos cuando me acompaña mi hermana y su familia que también les apetece disfrutar de mi compañía lo mismo que a mí de la suya.

Y regreso al atardecer "cansao pero contento" como dicen unas sevillanas rocieras.

Es a esta hora del final del día, cuando han tenido lugar esos encuentros inesperados que me han "revuelto" un poco las entretelas del alma, cuando daba por finiquitado el dolor de mi pasado y creía tener las heridas cicatrizadas.

Ayer, sin ir más lejos, me subí al autobús haciendo verdaderos malabares para tenerme en pie, intentando guardar el equilibrio con la mayor soltura posible. Pero de repente, me tropecé, y a punto estuve de dar con mis huesos en el suelo, si no es porque logré mantenerme firme gracias a una afectuosa sonrisa que me animaba a sentarme a su lado haciendo ademán de ayudarme.

Una vez ya sentada, me atreví a mirar de reojo a mi acompañante que hablaba por teléfono en un tono bastante alto. Al principio, mi atención estaba puesta en mirar cuantos "me gusta" tenía una foto que acababa de subir a mi Facebook, pues como cualquier jovencita estoy enganchada a las nuevas tecnologías, no pudiendo estar mucho tiempo sin echar mano del móvil. Pero claro, mi "oreja" estaba demasiado cerca de mi acompañante y podía escuchar perfectamente la conversación, y una vez vista mi correspondencia virtual, me empezaba a aburrir, por lo que sin apenas darme cuenta me vi inmersa en aquella conversación de la que solo podía escuchar una parte.

Fue entonces cuando volví a examinar a la chica que tenía al lado, pudiendo comprobar por su vestimenta y manera de hablar, algo que me era familiar.

Bien podía ser la directora, subdirectora o secretaría de un centro por la conversación que llevaba. Hablaba sin ningún pudor de las personas que con ella vivían y le ponía al corriente de todas las circunstancias de cada una con pelos y señales.

-"Fulanita, está en sillas de ruedas - decía - y lo lleva más o menos bien. Menganita, como siempre, intentando salirse con la suya, pero anda, que no lo va a conseguir... Zutanita, se ha ido con sus padres una temporada a ver si se aclara..."

Hablaba sincerándose, confidencialmente, como un desahogo particular para poder aliviar la angustia que se podía percibir en aquel desolado lugar donde parecía que vivía.

Mientras tanto, mi alma y mi corazón despertaron al unísono angustiados, acelerados, con una tensión que parecía haber desterrado de mi vida hace tiempo. Sobre todo cuando le escuché decir con fuerza: "Las pastillas se las tiene que tomar aunque no quiera. Se las podéis echar en la sopa, en el gazpacho, en la leche..."

Buf, cuando escuché estas palabras, creo que empecé a temblar. Tan solo hace unos años yo era una de aquellas "empastilladas" de las que estaban hablando y se me vino el mundo abajo.

Es más, creo que aquella persona percibió mi estado y se levantó de su asiento como si la hubieran pinchado con un alfiler, terminando aquella conversación "maldita" muy cerca de donde me encontraba pero no pudiendo escuchar lo que decía hasta que llegó la parada donde se bajaba.

Como pude logre llegar a casa con un cúmulo de sensaciones nada agradables. Era como si mis viejas heridas de guerra comenzaran a sangrar de nuevo sin poder compartirlo con nadie, pues estaba sola en la casa.

Pero esta tarde se ha vuelto a repetir la escena pero con una persona conocida.

Nada más y nada menos que con una directora de mi penúltimo centro.

Y ha ocurrido de la misma manera. Al entrar en el autobús de nuevo, mientras me iba tambaleando agarrada a los asientos al pasar, me ha parecido ver una cara conocida, pero iba más pendiente de no caerme al suelo que otra cosa. Ha sido una vez ya sentada, cuando mi mirada se ha ido hacia la persona que estaba en el asiento a mi altura al otro lado del pasillo, y mi sorpresa ha sido enorme. Efectivamente, era ella. Mi directora durante mucho tiempo en una época en la que yo me encontraba muy enferma, tomando muchas pastillas tratando de aliviar una tristeza que me consumía, como bien cuento en mi historia.

Me ha tenido que ver llegar desde la entrada del autobús hasta el asiento. Creo que ha sido cuando he percibido unos ojos conocidos que me escudriñaban con enorme atención.

En ese instante, como si de un volcán se tratase, ha salido de mi interior un quejido sin voz de mis adentros, pidiendo auxilio desesperado.

No, no estaba todo olvidado, cicatrizado... quizá diecisiete años no son bastantes para olvidar toda una vida en una mentira. Treinta y cinco años dentro, dejan mucho poso, muchas secuelas, muchas huellas que el tiempo se encarga de borrar, pero que a la menor ocasión afloran con un ímpetu devastador.

No se ha acercado a saludarme, a preguntarme que tal me iba la vida. Para ella tan solo era una desertora, una traidora a la que no valía la pena dedicarle unos instantes, un saludo, un beso, una sonrisa...

Después, una chica se ha interpuesto entre las dos, a mi lado. Yo, he aprovechado para detrás de ella, observarla con curiosidad femenina y sin atreverme tampoco a decirle nada.

Por dentro, un alboroto de sensaciones encontradas.

Ella se ha bajado antes que yo, en la misma parada que la chica del otro día. Eso quiere decir que cerca tienen uno de sus "hogares" esos que nos hacían creer que eran "luminosos y alegres" y que están llenos de lágrimas y penas.

La vi alejarse, teléfono en mano, mientras trataba de inmortalizar en una foto aquel instante.

Muy afectada, con mi angustia vital enloquecida, he cruzado los pocos pasos que me separaban de mi verdadero hogar a contarle mis cuitas y mis temores a quien me quiere bien, mientras aprovechaba el agua fresca de mi vida nueva, regando el jardín, y al mismo tiempo, mis pies heridos por el peso del camino y de los días. Os adjunto una fotografía para dar fe de ello.

  

Bien se podía titular este pequeño texto: "Encuentros en la tercera fase" la película de Steven Spilberg. Pues para mi estos encuentros son como hallar después de años, unas extraterrestres que se decían mis hermanas, en el autobús. Aunque el director de la peli con una buena dosis de imaginación les hace hablar y entenderse con los humanos, cosa que la gente del Opus Dei nunca serán capaces de hacer dado tu tremendo "ego" y sus pocas ganas de acercarse a la gente que se ha ido.

Un abrazo, queridos amigos.

Maripaz.




Publicado el Viernes, 26 junio 2015



 
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