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 Libros silenciados: Idealizaciones peliculeras en el Opus Dei.- Gervasio

070. Costumbres y Praxis
Gervasio :

Idealizaciones peliculeras en el Opus Dei

Autor: Gervasio, 28/08/2015

 

          Es comprensible que una viuda idealice a su marido; y una madre o un padre, a su hijo. Observo que mucha gente tiene idealizado hasta su paso por la mili, pese a que en realidad estaban deseando largarse de allí lo antes posible. Hasta cierto punto idealizar debe de ser una necesidad de nuestra naturaleza, porque “la especie humana, según T. S. Elliot  (Burnt Norton, I), no puede soportar demasiada realidad”…

          Hay quienes consideran la religión o la inmortalidad del alma pura idealización. Un primo mío médico, muy consciente del cáncer letal que padecía, señalaba a su perro —un setter muy viejo y cegato— para añadir: “este perro también se apuntaría a ser inmortal, si tuviese consciencia de sí mismo”. La inmortalidad le parecía un whishful thinking y las creencias religiosas católicas o de otras religiones una “leche merengada”. En una entrevista televisada, Severo Ochoa decía de las creencias religiosas no compartirlas pero que en modo alguno las combatía.

          —Si alguien me dice que su mujer es la más guapa del mundo, la más inteligente o la más sensata, nunca le llevo la contraria. Con la religión hago lo mismo...



          Ochoa se refería a las idealizaciones, por así decirlo, “inocentes”; no a las que hacen daño. Eso de que, conforme al rito sati, se ha de arrojar en la pira funeraria del fallecido a su viuda, no es una idealización inocente, ni una manifestación de religiosidad aceptable. Es algo contra lo que conviene prevenir y actuar. Tal pasa con algunas idealizaciones del Opus Dei.

          En las páginas de esta web se han denunciado idealizaciones relativas a la santidad del fundador del Opus Dei, al origen divino de su fundación, acerca de los escritos y criterios que dejó, etc. Yo mismo hablé de la idealización de haber visto las huellas de unos pies descalzos sobre la nieve (Cfr. La sobrenaturalidad del Opus Dei). En su reciente y magnífico libro El ogro cariñoso, Job Fernández habla de “sacralizaciones”; no de idealizaciones. Son cosas distintas ciertamente. Yo diría que las idealizaciones llevan a las sacralizaciones y viceversa. Se retroalimentan.

          No deseo ocuparme en esta colaboración de las idealizaciones que afectan al núcleo esencial del Opus Dei, como las antes referidas relativas su origen divino o a las hagiografías sobre su fundador, sino a otras idealizaciones por así decirlo “de menor cuantía”, que ni siquiera llegan a las “sacralizaciones” de que habla Job Fernández. Yo las llamaría idealizaciones peliculeras. El Señor te pide…

          Mis padres me visitaron en dos ocasiones en la “vivienda para numerarios” en que residía. De la primera visita quienes convivían conmigo sacaron la conclusión de que se trataba de un matrimonio de condición modesta. De la segunda, que eran personajes de alto standing. ¿De dónde procedía esa diversidad de juicio? De la diversidad de coche con que se presentaron en una y otra ocasión. Ese era todo el fundamento de su dictamen. Se habían dejado impresionar por el coche. Habían atribuido a las personas las cualidades del coche en que viajaban. En las películas se utiliza mucho ese truco, casi tanto como en el Opus Dei. Lo que importa es la fachada; la mise en scène.

          Recientemente en una serie de televisión se hacía portar una corona regia a la actriz que representaba a Isabel la Católica. Isabel II de Inglaterra se ciñe la corona sólo para inaugurar el parlamento. Inaugurado el parlamento, no se la vuelve a poner en todo el año, entre otras cosas porque pesa un montón, lo que la hace muy incómoda. Los reyes de España nunca la usan ni la usaron, ni siquiera para momentos solemnes, ni siquiera en la llamada ceremonia de coronación. Pero en la serie televisiva, para que el espectador pueda hacerse cargo de que el personaje representado era una reina en toda regla, le ponían una corona. Toma corona. En un juicio más ponderado sucede al revés. Basta que se haga portar corona a Isabel la Católica para que el espectador deduzca que el personaje está mal representado, que la realidad no fue así, que se trata de una idealización peliculera. Con todo, hay lectores que prefieren la novela histórica a una buena biografía histórica, porque esta última, al estar ceñida a lo que realmente sucedió, resulta menos romántica, menos aceptable.

          La dirección espiritual en el Opus Dei, a mi modo de ver, resulta un tanto peliculera por no estar basada en un buen conocimiento de interioridad  de las personas, sino en etiquetas exteriores. Con ese no permitir tener un director espiritual y confesor de propia elección, y con eso de cambiarlos con frecuencia, en el Opus Dei al final nadie conoce en profundidad a las personas. Sobre cada miembro del Opus Dei se logra a lo más —así me lo parece— una especie de identikit. Esa es mi impresión proveniente sobre todo de mi paso por el centro de estudios. ¡Qué tiempos aquellos! A pesar de la sinceridad salvaje, al final, el cuadro directivo del centro de estudios se enteraba de más bien poco. Contribuía al despiste el estar obsesionados por la “vocación” de los centristas, por no decir seminaristas. Más que profundizar en las personas, se hacía una “segunda selección”, una segunda criba; es decir, se volvían a aplicar los mismos criterios utilizados para admitir o no a alguien como “chico de San Rafael”. Me parece que alguna vez oí llamar a eso el segundo o el tercer proselitismo, el que tiene por objeto a los que ya están dentro de la Obra.

          Hay peliculerismo en muchas otras cosas. Comienza con lo de “ser numerario” o “numeraria”. También con lo de ser supernumerario. Se nos obligaba a representar un personaje que no éramos. Lo que peor llevaba era tener que ocultar las obligaciones y exigencias que conlleva la condición de numerario en la vida social. En congruencia con ese fingimiento, cuando la a. o. p. (el llamado apostolado de la opinión pública del Opus Dei) quiere mostrar lo que es un señor o una señora del Opus Dei suele acudir —mostrar como prototipo— a un supernumerario o a una supernumeraria; no a un numerario; algo parecido a que la Orden de Predicadores para dar a conocer lo que es un padre dominico exhibiese como prototipo de dominico a una terciaria dominica. En esta web, como recordaréis, se mostraba un video en la que una supernumeraria francesa afirmaba, como persona ejemplificativa de lo que es un miembro del Opus Dei, que ella no usaba ni nunca había usado cilicio, ni conocía qué fuese tal cosa. También me viene a la cabeza el comportamiento de unos cadetes de la marina española, numerarios del OD. El mando militar organizaba la vida de los cadetes hasta el punto de que los obligaba a sacar a bailar a las chicas en cualquier tipo de evento social en que hubiese baile. Hablo de los años 60 y 70. Los pobres cadetes numerarios tenían que hacer mil malabarismos  para comportarse “con naturalidad” y sin bailar. En suma, teníamos la obligación de no parecer que éramos numerarios. Quieres ser mártir, dice el punto 848 de Camino, —Yo te pondré un martirio al alcance de la mano: ser apóstol y no llamarte apóstol, ser misionero —con misión— y no llamarte misionero, ser hombre de Dios y parecer hombre de mundo: ¡pasar oculto! La numerariez tiene que pasar oculta. ¡Qué liberación la de dejar de fingir, al abandonar el Opus Dei! 

Ante los demás numerarios también hay que fingir, por aquello de dar “buen ambiente”. Recuerdo el comportamiento de un numerario ya mayor en casa —y con cargos— durante un curso anual. Qué edificante era. Se reía a carcajadas muy sonoras, cuando se contaba un chiste en la tertulia, porque hay que dar ejemplo de pasarlo bien en las tertulias. Por supuesto si el director tomaba alguna decisión —cambiar el horario previsto, pongamos por caso— daba saltos de alegría, mostrando estar encantado con el nuevo horario. Sobreactuaba. Los del Opus Dei tienden a comportarse como si estuviesen actuando para una producción cinematográfica. En un film, a quien tiene que hacer de ciego se le exige dar continuas y excesivas muestras de no poder ver. Ha de palpar con las manos los objetos repetidamente, tropezar con sillas y cosas así. Todo ello con más frecuencia y aparatosidad de lo que acontece con un ciego de verdad. Si se trata de interpretar a un homosexual, el personaje ha de dar continuas muestras de afeminamiento en gestos, ademanes y palabras. Si es borracho, ha de tener siempre un vaso en la mano. En la vida real y hasta en una novela narrativa no sucede así. Si aparece un personaje homosexual o ciego, basta que así lo afirme el narrador.

          También recuerdo el reverso de la moneda: al director de una obra corporativa de bastante renombre en el Opus Dei al que le tocaba al día siguiente presidir la fiesta oficial de esa obra corporativa, con presencia de padres y demás familiares, alumnos, personal de servicio, etc. Todo ello sazonado con diversos eventos piadosos, lúdicos y culturales. 

          —Mañana me toca, exclamaba desconsolado, entre ayes. Mañana tengo que hacerlo.

          Parecía una réplica de la oración en el huerto de Getsemaní: si es posible pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Se explayaba, porque estábamos en petit comité, y sabía que no escandalizaba a nadie. El petit comité consistía en un grupo de aparcados en una casa de retiros, allí confinados para descansar. Él se había ido allí para cobrar fuerzas para el día siguiente. Ni siquiera nos permitió encender una queimada que la Administración había preparado primorosamente. El trajín de preparar una queimada lo abrumaba. Al día siguiente todo serían sonrisas y buenos modos.

          Al propio Sanjosemaría también le gustaba la representación. Podía vérsele un día algo cansado. ¿Motivo de preocupación? Ninguna: era simplemente que estaba algo cansado. ¿Se le veía especialmente jovial y dicharachero? Malo. Algo le reconcomía. Cuando volvía de una entrevista con el papa, reunía a los alumnos del Colegio Romano y adoptaba una fingida actitud jovial.

          Lo propio sucede con la santidad de Sanjosemaría. Es una santo de cine. No le falta detalle. Su santidad y virtudes están llenas de manifestaciones llamativas. Cuando se disciplinaba llenaba las paredes de sangre. Se oculta que quería ser obispo. Una santidad poco congruente con lo que se nos decía acerca de que los santos son seres corrientes y con defectos. Lo propio sucede con la institución Opus Dei, con La Obra. Hay que tomarla como realidad inmejorable. Hay que idealizarla. Hay que aparentar que su fundador la dejó perfecta y acabada y no un poco cojitranca. Pero, en fin, no quiero divertirme por ahí, sino en pequeños detalles.

          Se da mucha importancia al modo de vestir y a las diversas formas de expresión corporal. Todos –o al menos casi todos los varones—  tenemos la experiencia de haber recibido una de nuestras primeras correcciones fraternas con motivo de haber cruzado las piernas durante el círculo breve. También son frecuentes las correcciones fraternas relativas al modo de vestir: en el oratorio, fuera del oratorio, en el comedor. Por lo que se refiere al modo de vestir en el oratorio, primero me prohibieron la manga corta; después el jersey de pico con manga larga, pero sin corbata; sólo cabía aceptar —me explicaron— un jersey que tuviese cuello redondo y alto, de esos que están diseñados para ser usados sin corbata. Pero la permisividad de ese tipo de jersey duró poco. Había que ir con corbata. Terminé mis días en el Opus Dei acudiendo al oratorio por la mañana con un traje de calle, con pantalón y chaqueta del mismo color. Llevarlos de color distinto podría ser interpretado como excesiva informalidad. Como adivinaba que la siguiente corrección traería nuevas exigencias —para Dios todo es poco— decidí que el traje de calle fuese de color oscuro y la corbata de color también oscuro. Y así fui pasando mis días en el Opus Dei al abrigo de correcciones fraternas por el modo de vestir en el oratorio. Tenía mi traje de oratorio.

          Ahora que me doy cuenta, en el Opus Dei suelen tener éxito las personas de talante teatral. Si uno quería “descansar”, entendiendo por tal pasar un fin de semana en el “Casale del Principe”, pongamos por caso, o tener un régimen de comida especial, había que solicitarlo con actitudes y consideraciones teatrales. No bastaba decir: “necesito tal o cual”. El propio fundador lo hacía así. Teatralizaba lo que necesitaba. Lo propio sucedía con las celebraciones de cumpleaños. Había de darles aparatosidad y efectismo, viniese o no a cuento. 

          Tía Carmen, la Abuela, el paso de los Pirineos. Muy llamativas son las idealizaciones de “Crónica” y de “Obras”. Comprendo que sus narraciones hayan de ser positivas y no “un paño de lágrimas”, como solía decir justificándolas el fundador; pero de ahí a dar una imagen sublimada de la realidad media un buen trecho. Los supernumerarios que en ellas aparecen son de película. Como en una narración infantil, las paredes eran de hojaldre, las puertas de chocolate, las escaleras de mazapán. No es sólo que en las revistas internas se mencionan sólo los pitajes y no las defecciones, sino que las defecciones tampoco son mencionadas en la vida ordinaria. Si de defección se habla, ha de ser en abstracto, en el marco de una “meditación” —“prédica” dada por el cura, en realidad— como una posibilidad horripilante, espeluznante,  apabullante y escalofriante.

    ¿Cómo te va en el Opus Dei?

    Divinamente. Divinamente. Llevo una vida de película. Todo es divino aquí. Nunca nos aburrimos. Ya te digo: de película.

    Pues ¡qué bien!

 

Gervasio




Publicado el Viernes, 28 agosto 2015



 
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