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 Libros silenciados: Educación sexual en los colegios tipo Gaztelueta.- Gervasio

075. Afectividad, amistad, sexualidad
Gervasio :

Educación sexual en los colegios tipo Gaztelueta

Autor: Gervasio, 28/10/2015

 

Rasgo característico de ese tipo de colegios del Opus Dei es que todo alumno tiene su preceptor. Cada quince días los alumnos del colegio Gaztelueta son obligados a mantener una charla con su preceptor. Para que no se escaqueen, el preceptor irrumpe en clase y saca de clase al alumno a él encomendado. Así se expresaba el director de Gaztelueta en una entrevista publicada en “El Correo” el pasado 4 de octubre:

 

- Dígame, ¿qué hacía un profesor reunido a solas en su despacho con un alumno durante una hora varias veces por semana?

- Esa información, con testimonios de otros profesores y alumnos, la tiene la Fiscalía. Además, yo no estaba en aquel despacho.

 

- ¿Pero es normal que ocurra eso en su colegio?

- Es habitual, sí. Procuramos que sea quincenal. Lo hacen todos los preceptores del colegio.



         Un antiguo alumno de Gaztelueta —Ander— en Estudié en el colegio Gaztelueta, sistematiza el contenido de esas charlas quincenales, que cada alumno tiene con su preceptor, en cinco puntos. El punto cuarto versa sobre este bloque de asuntos: amigos, posible novia, y sexo (este punto el más desagradable... ya que se nos preguntaba, -repito: individualmente, un sólo alumno junto a un sólo adulto, profesor, a solas-, a ver si nos masturbábamos en casa, que cuántas veces, que en qué lugar de casa, que en qué pensábamos, que a ver si nos masturbábamos con amigos nuestros y a ver si hacíamos cosas o más entre nosotros, que a ver si hacíamos guarradas con la novia, etc... y la excusa para preguntarnos esas cosas, era para terminar diciéndonos que teníamos que confesarnos de la falta pureza; muchas veces estábamos forzados a decir alguna verdad puesto que jugaban mucho con nuestras mentes -estas cosas luego las hablábamos entre unos cuantos compañeros de clase flipando y comentando sobre las mismas cosas que nos preguntaban a todos nosotros-. Por otro lado recuerdo, que en una ocasión tras responder a las preguntas del cura, éste se excitó y trató de ocultarlo aunque yo ya me había dado cuenta, y él sin moverse de su posición sentado me pidió que llamara a otro compañero de clase para que fuese donde éste).

         Esa educación sexual —si así puede llamarse— no consiste sólo en intercambios verbales con el preceptor, sino que va acompañada de complementos gráficos.  J.M.M.S., el presunto pederasta del caso Gaztelueta, reconocía: Alguna vez le he enseñado —refiriéndose a su presunta víctima— alguna web de Hermione Granger [la protagonista de Harry Potter, encarnada por la joven actriz Emma Watson] para mostrarle el desarrollo de las chicas" (Cfr. El Mundo. País Vasco, 31-XII-2012). El a la sazón director de Gaztelueta, Sr. Cires, y su actual director —Sr. Goyarrol—  consideran tal actividad pedagógica la cosa más natural del mundo y daban muestras de conformidad con el modo de proceder del preceptor. (Cfr. Entrevista de Marta Hernández de 18-X-2015, publicada en Deia en 25-X-2015 in fine).

Nada que objetar a que en un colegio se enseñe a los niños —especialmente si es un colegio de educación diferenciada por sexos— incluso gráficamente el desarrollo de las chicas; pero esta educación debería impartirse, en mi opinión, en una sesión colectiva, como se hace con los mapas geográficos, que no merecen sesiones de tutoría personalizada. Hay padres que se resisten y se oponen a la educación sexual en la escuela en razón de sus contenidos. Se dan hasta objeciones de conciencia. Sin entrar siquiera en los contenidos, en los colegios tipo Gaztelueta es objetable, a mi modo de ver, el modo en que se lleva a cabo la educación sexual: preceptor y preceptuado juntitos los dos y en la misma habitación hablando de sexo a solas. El fundador del Opus Dei lo llamaba hablar de la santa pureza; quizá decía virtud santa de la pureza o santa virtud de la santa pureza. No recuerdo bien.

En el siglo XVI —quizá como consecuencia de que las confesiones comenzaron a centrarse excesivamente en la santa pureza— se inventó un mueble llamado confesionario, dotado de una rejilla que separa al confesor del penitente. Sus agujeros no deben dar cabida ni siquiera a un dedo meñique, según los criterios más exigentes. Como los numerarios laicos —aunque ordinariamente estén dispuestos a ser sacerdotes, si así se les pide— no pueden administrar el sacramento de la penitencia, lo que hacen es decir al preceptuado que vaya a confesarse con el sacerdote de lo que ellos les indican, tras interrogarlos. Casi siempre —por no decir siempre— se trata de pecados contra el sexto mandamiento del decálogo. Así están las cosas.

Dado que el preceptor y el preceptuado deben hablar quincenalmente en plan coleguilla de masturbaciones, erecciones, eyaculaciones y cosas así, quizá convenga —se me ocurre a mí— que utilicen un artefacto similar al confesonario, de modo que los dos —separados por rejilla— puedan hablar sentados e incluso fumar cigarrillos, si es que se trata de varones. Menciono lo del fumar como obsequio y en memoria de un sacerdote numerario ya fallecido que echaba mucho de menos poder fumar mientras atendía confesiones. El uso de confesonario es un elemento accidental en la administración del sacramento de la penitencia. Puede incluso faltar. Su uso no viene exigido por razones sacramentales, sino que está encaminado a evitar que la intimidad de las conversaciones —especialmente las que versan sobre la santa pureza— degenere en complicidad sexual. La misma ratio se da en la pre-confesión de los alumnos de esos colegios con el laico-numerario-preceptor.

En algunos conventos, aparte de confesonarios para la administración del sacramento de la penitencia, existen unos llamados “locutorios” donde quienes van a visitar a una monja lo hacen separados de ella por una reja. Estuve en un monasterio dotado de un locutorio de doble reja, una de las cuales estaba cubierta de pinchos. Los pinchos se dirigían amenazantes y desconfiados hacia el visitante —quizá equivocadamente— y no hacia la monja. En la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad estatal en la que estudié, el profesor de latín no atendía a ningún alumno ni alumna, si no era con la puerta abierta de par en par. Esos vis-à-vis eran muy necesarios a la hora de revisar una traducción, la métrica de un verso, un examen o algún otro trabajo. Lo mismo hacían el de griego y la generalidad de los profesores en circunstancias similares. El tema de preservar la intimidad de las conversaciones con los clientes, sin encerrarse en una habitación, también está resuelto en los bancos. Elemental, querido Watson, que diría Sherlock Holmes. Ese uso social brilla por su ausencia en los colegios tipo Gaztelueta.

No me parece de recibo que un preceptor saque de clase a un alumno y se lo lleve a una habitación cerrada —corriendo las cortinas, si es que hace sol— para conversar con él durante largo rato; y más si van a tratar detalladamente intimidades de carácter sexual. No voy a entrar a discutir en qué medida es conveniente o inaceptable que un preceptor de estudios deba entrar o no en temas de santa pureza: ¿te masturbas? ¿Con qué frecuencia? ¿En quién piensas cuando te masturbas? Eso daría para otro capítulo.

Aunque la conversación no verse sobre la santa pureza, los vis-à-vis entre profesores y alumnos deben efectuarse, a mi modo de ver, conforme a las usuales reglas sociales que antes mencionaba. Ciertamente esos usos sociales dificultan ciertos aspectos de la educación sexual gaztelueteña, tales como mostrar ante la pantalla de un ordenador tête-à-tête, el “desarrollo de las chicas; es decir —no se vaya a entender otra cosa— a solas y cercanos preceptor y preceptuados para poder visionar el mismo ordenador. Sin duda alguna. Pero es que esos usos sociales lo que pretenden es precisamente poner dificultades a que se produzcan tales situaciones tête-à-tête. Los complementos gráficos podrían desplazarse, como antes he dicho, hacia sesiones colectivas, con un power point pongamos por caso sobre Hermione Granger. Hablar en público, en presencia de todos y con naturalidad —no a escondidas y entre cuchicheos de confesonario y/o pre-confesonario— es exigencia de una educación sexual correcta.

La permisividad de conductas de las que están ausentes los usos sociales antes mencionados es a todas luces responsabilidad más de la dirección del colegio que del preceptor. Yo diría que es responsabilidad y defecto de la red de colegios tipo Gaztelueta. Como antes hemos podido leer, ante la pregunta de Koldo Domínguez  Dígame, ¿qué hacía un profesor reunido a solas en su despacho con un alumno durante una hora varias veces por semana?, el director de Gaztelueta da la callada por respuesta. Se sale por peteneras, alegando que no lo sabe, por no haber estado en el despacho. Eso ya lo conocíamos, Señor Director. Lo sabemos porque se trata de conversaciones y de actuaciones, sin testigos, a solas y a puerta cerrada. Es ese a solas lo que se cuestiona: por qué en su colegio se admiten ese tipo de reuniones entre preceptor y preceptuado, en habitaciones cerradas y cuando el resto del alumnado está en clase. Que lo hagan todos los preceptores no significa que se trate de una praxis ni social ni pedagógicamente aceptable.

A mi modo de ver, el error de base del sistema de tutorías de los colegios tipo Gaztelueta deriva de tratar a los alumnos como si fuesen numerarios del Opus Dei. Como es bien conocido, los numerarios tienen la obligación de hablar a solas semanalmente —los supernumerarios quincenalmente— con un numerario laico, entre otras cosas sobre la santa pureza. No se da en estos casos una relación profesor-alumno. Además ambos son adultos. El laico no es calificado preceptor en este caso, sino que se le atribuye la consideración de director espiritual.

En los colegios del Opus Dei se educa a los alumnos para que se comporten en la medida de lo posible como numerarios. Por ello es requisito necesario para ser preceptor pertenecer a la Obra. No se confía tal tarea a otros. Los numerarios, a su vez, éramos tratados y se nos obligaba a comportarnos como si fuésemos sacerdotes. Alma sacerdotal.

Los preceptores se consideran frustrados, si no consiguen de ninguno de sus preceptuados que se haga numerario. Una vez logrado que algunos alumnos lleguen a comportarse —sin serlo— cual numerarios, a continuación se les exige que pidan la admisión como tales numerarios o, si todavía no han alcanzado los 18 años de edad, como aspirantes a serlo. Algo parecido acontece en las residencias de la Obra para estudiantes universitarios. Se procura por todos los medios que los residentes se hagan de la Obra. Si no dan esperanza de vocación, son despedidos y sustituidos al año siguiente —si la demanda de plazas lo permite— por nuevos residentes. No se montan residencias de estudiantes —tal es la mentalidad— para perder el tiempo con quienes no pueden o no quieren ser de la Obra.

Es característico del Opus Dei instrumentalizar todo —amistad, sentimientos, colegios, excursiones, clubs juveniles, etc.— en aras del proselitismo. Con la educación sexual sucede lo mismo. La educación sexual no se encamina a conseguir numerarios, sino a informar sobre el aparato reproductor de hombres y mujeres y su buen funcionamiento, así como sobre la planificación familiar, el uso de anticonceptivos y preservativos, las enfermedades de transmisión sexual y el modo de evitarlas, etc. Cosa distinta es la valoración moral de las prácticas sexuales y de todo lo relacionado con el sexo; así como su repercusión en el acceso al infierno, al purgatorio o a la eterna bienaventuranza. Tal valoración y repercusión no forman parte de la educación sexual.

Desde luego la educación sexual no tiene por finalidad conseguir célibes —o al menos supernumerarios— para el Opus Dei. Los que más necesitan educación sexual son los que no viven la castidad. Los numerarios y supernumerarios apenas necesitan educación sexual. Apenas corren peligro de infectarse con el sida o usar mal los condones y anticonceptivos o dar cabida a embarazos no deseados. De ahí la sorpresa de una señora, que reflejaba en esta web, que acudió a unas charlas sobre educación sexual impartidas por gentes de la Obra, en las que sólo se hablaba de las excelencias de la virtud de la castidad. Sin duda es excelente. Pero también hay que preocuparse de los que no la viven. Tienen su corazoncito.

Me identifico bastante con el Rey Herodes. Le tengo hasta cierta simpatía. Por fortuna nunca me han encargado “hacer labor” con niños, ni les he tenido que dar clase. Pese a mi desconocimiento del mundo escolar, me da por pensar que al preceptor de colegio gaztelueteño se le asignan demasiadas funciones. Ha de ser simultáneamente un profesor dotado de autoridad —con atribuciones de perorar, suspender y aprobar—, un consejero y orientador en los estudios del preceptuado -— si se dejan, de sus padres también—, un confidente y el mejor amigo del preceptuado —pese a la diferencia de edad— y también su director espiritual, en la medida en que pide cuenta de conciencia al preceptuado, le da consejos espirituales, y le indica cuándo se tiene que confesar, con qué sacerdote y de qué.

Con todas estas atribuciones en un mismo sujeto, a mi modo de ver, lo que se pretende es que el preceptor consiga vocaciones para el Opus Dei. Conviene dotarlo de todo tipo de resortes divinos y humanos. De suyo estarían mejor separadas sus diversas atribuciones: los estudios por un lado, la dirección espiritual por otro y la amistad por otro. Algo semejante sucede en la organización interna del Opus Dei. La dirección espiritual se encomienda a los superiores, sin que quepa buscarla en otro lugar. Tampoco se admiten amistades particulares que no consistan en hacerse amigo de los jefes y confiarse a ellos y hasta darles jaboncillo. En fin, la consabida “eficacia”, que a la larga acaba acabando en maleficacia. Y acabo.

Gervasio




Publicado el Miércoles, 28 octubre 2015



 
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