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 Tus escritos: En cuatro días morirás.- Josefina Hurtado

010. Testimonios
Josefina Hurtado :

EN CUATRO DÍAS MORIRÁS. (Primera parte)

JOSEFINA HURTADO, 20/11/2017

 

Esta es la narración de lo que declaré en el juzgado de instrucción número 2 de Murcia el 1 de Diciembre del 2016. Durante casi cinco horas estuve sometida a los interrogatorios de la juez y de los abogados, en relación a mi acusación particular contra mi hermano, sacerdote numerario del Opus Dei, por el homicidio de mi padre (miembro Supernumerario) presuntamente realizado a través de una sedación forzada. Este juzgado aceptó mi denuncia y lo declaró imputado por homicidio. Actualmente se están llevando a cabo las investigaciones pertinentes del periodo de instrucción.

NARRACIÓN DE LOS HECHOS:  



El día 17 de mayo del 2015, día de la Ascensión del Señor y aniversario de la beatificación de Escrivá de Balaguer murió mi padre. Le fue anunciada su muerte el miércoles día 13 de mayo cuando subió de la cafetería donde habitualmente todas las mañanas tomaba su café.

Tres semanas antes de su muerte se le inflamaron las piernas, y a pesar de que tenía prohibido contactar conmigo, estuvo cogiendo las llamadas que le hacía por la mañana y por la tarde. El jueves día 14 de Mayo me comunicó que mi hermano le había dicho que moriría en unos días. Me quedé sin respiración, no me podía creer aquello. Contacté con el 112 de Murcia, y como antigua coordinadora de emergencias del 061, solicité una ambulancia para que reconocieran a mi padre. Mandaron una UME, una unidad especializada y a través de la emisora, pude explicarle al doctor lo que le pasaba y lo que le habían dicho a mi padre. “Cuando salga en media hora me llamas, te explicaré como está” me respondió mi compañero. Y así fue. Lo llamé a través de la emisora cuando terminó la visita. Me comentó que lo había reconocido, que estaba bien, que a pesar de su cáncer de pulmón tenía buena masa muscular y que nada de “unos días” que le quedaban meses. Así se lo comuniqué a mi padre que se quedó más tranquilo.

La noticia de que moriría en cuatro días se la comunicó también a mi hermano menor, el mismo día que la recibió el fatídico día de la noticia, miércoles. Ese mismo día no pude contactar con él por más que llamé, le debieron quitar la clavija del teléfono fijo, y el móvil, porque no fue hasta en la hora de la comida que me lo cogió. No obstante y a pesar de sus controles, el jueves y con voz sedada como la presentaba con frecuencia en los últimos días, me lo dijo. Mi hermano el imputado me mandó inmediatamente un mensaje diciéndome que su espía M, la asistenta durante los días de semana, le había dicho que mi padre me había alarmado, que lo que le había dicho, era lo que el oncólogo le había comunicado a él, y es ‘que difícilmente llegaría al verano’.

El viernes por la noche, dos días antes de su muerte y a través de mi teléfono pudo despedirse de mi hija, su única nieta. Llorando le dijo que le habían dado cuatro días de vida, que llevaba dos, que a lo mejor al día siguiente estaría muerto. Mi hija lo calmaba diciéndole que no, que no moriría, que vería su graduación al mes siguiente. Esa misma noche se despidió de mi hermano menor que tenia que salir y que volvería el domingo, le preguntó que a qué hora regresaría, y al decirle la hora, tarde noche, le dijo, “dame dos besos, porque a esa hora yo ya estaré muerto”. No solo fuimos nosotros a quienes nos lo dijo, también se lo comunicó a más personas, unas identificadas y otras por identificar, entre ellas varios miembros del Opus Dei.

El sábado día 16, víspera de su muerte, lo llamé por la mañana. Estaba sentado en el salón y se había tomado un jugo, su voz era normal, y no mostraba el habla disartria, borracha, de la noche anterior y de otras veces. Me dijo que le habían sacado la silla de ruedas de mi madre para desplazarse por la casa, que sus piernas estaban mejor, que incluso se las podía pellizcar. Fue entonces cuando tras un silencio, y en voz baja, susurrándome me dijo: “Ha venido un hombre de la Organización”. No dije nada, pero los pelos se me pusieron de punta. Mi padre nombrando a alguien de la obra como yo usualmente los llamaba, y que siempre me corregía. ¡Qué estaba pasando allí! Lo volví a llamar por la tarde. Lo cogió la otra asistenta, la madre de la primera, la que estaba en la casa los fines de semana. Ésta, además, era miembro supernumeraria del Opus Dei. Me dijo que mi padre estaba durmiendo, pero ante mi insistencia lo llamó con un grito, “¡Juan coge el teléfono!” sin decirle quién lo llamaba. Cogió mi padre el teléfono en la habitación, me dijo que estaba incómodo y pensando en los calores de Murcia, le pregunté si estaba tomado agua. Me respondió que le habían dejado un Aquarius encima de la mesilla. No te preocupes papá, voy a recoger a Ángela y nos vamos a Murcia a cuidarte, le dije, y si no me dejan entrar, pensé “llamaré a la policía”. Ante aquello que estaba sucediendo contacté con uno de nuestros familiares de un pueblo cercano, contándole lo que estaba sucediendo en la casa de mi padre. Era muy difícil de creer, pero quedándose con la duda se presentaron al día siguiente, el día de su muerte.

DOMINGO, DIA 17 DE MAYO. SU ÚLTIMO DIA DE VIDA.

La noche aquella no podía dormir, estaba intranquila. Esperé a que se hiciera una hora decente para poder llamarlo. Aún así, adelanté mi llamada una hora y a las ocho menos cinco de Inglaterra, mi lugar de residencia, nueve menos cinco de España, lo llamé. Cogió el teléfono al primer tono, le pregunté como había pasado la noche. Me dijo que estaba nervioso, que no había podido dormir bien, su voz sonaba preocupada pero no sedada como otras veces. Le dije que iba con Miguel, mi marido, a misa, y que cuando saliera lo volvería a llamar. No me respondió, me había quedado sola hablando, el teléfono se había quedado mudo. Tiempo después caí en la cuenta de que no le habían quitado el teléfono como en un principio pensé, sino que le habían cortado la línea, despegando la clavija de su conexión. Puedo imaginar la desesperación de mi padre cundo iba a pedirme ayuda. Con el teléfono cogido en la mano estaba una hora antes de la que yo habitualmente llamaba, su última oportunidad era yo, y le habían cortado la comunicación. Volví a llamar y a llamar, a su móvil, a su fijo, a su fijo y a su móvil. Pensando que los cansaría y que cogerían el teléfono, seguí llamando y llamando, pero la línea estaba cortada y yo no lo sabía. A las once y cuarto de España, dos horas después de hablar con mi padre, la asistenta del Opus Dei, la que había cogido el teléfono el sábado, contestó a mi llamada y con mucha urgencia me dijo que tenía que dejarme, que el enfermero estaba allí. ¿Qué enfermero era ese? ¿Que hacia allí? El día anterior sábado, ella misma me había dicho también, que el oncólogo de mi padre (también en relación con el Opus) iría el domingo. ¿Qué hacia el oncólogo visitando en un domingo a mi padre? Le dije que le comunicara a mi hermano que tenía que hablar con él, que no se fuera de casa. Ahí se terminó la conversación con ella. A las doce y media hora inglesa, una y media hora española, volví a llamar. Otra vez llamadas interminables al móvil y al fijo de mi padre, nadie lo cogía, así que llame al móvil de mi hermano. Me respondió y me dijo que no llamase más, que mi padre se estaba muriendo y que cada vez que llamaba abría los ojos. En ese momento supe que mi padre ya estaba muerto. A las once y cuarto, a esa hora, casi seguro ya habrían acabado su labor. No le respondí, me sumí en el silencio y cuando dos horas después recibí su llamada, no la cogí. Mi prima, a la que había llamado el sábado, me lo comunicó, le dije que ya lo sabía. Ellos habían estado allí y no los habían dejado entrar a la habitación, les dijo que mi padre se estaba muriendo. Eso me comentó tiempo después cuando volví a hablar con ella.

Pasaron horas, días, y saliendo del shock en el que me había sumido, comencé mi camino en la búsqueda de pruebas. Entonces, y lo primero que hice, fue ir y denunciarlo a la policía de Murcia.

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Publicado el Lunes, 20 noviembre 2017



 
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