Gracias a Dios, ¡nos fuimos!
OPUS DEI: ¿un CAMINO a ninguna parte?

4 años como numeraria auxiliar en el Opus Dei
Imagen: Salvador Dalí. "Muchacha en la ventana"
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4 AÑOS EN EL OPUS DEI COMO NUMERARIA AUXILIAR

AMAPOLA, 17 de septiembre de 2004


1. Preámbulo
2. La ilusión de poder seguir estudiando
3. El viaje
4. Las camarillas
5. Los primeros días
6. Las asignaturas
7. Descripción del internado donde me había metido
8. El pasadizo
9. Ocupaciones
10. Marcar, con aguja e hilo, la ropa sucia
11. Las añoradas cartas
12. Las fiestas de Basape
13. El descanso de las señoritas
14. Plan de vida
15. Unos días de ilusión
16. Vuelta a mi futuro
17. La visita de mis tíos
18. Excursiones
19. Contradicciones
20. Mentiras
21. Datos de las empleadas
22. Olvidada
23. Y... PITÉ
24. La primera y última visita de mi madre
25. El consentimiento
26. Segunda convivencia
27. Viaje a Pamplona para conocer al Padre
28. El centro de estudios
29. Viaje a lo desconocido
30. Molinoviejo
31. Viajes de recreo
32. Cartas abiertas y leídas
33. Permiso para lavarse el pelo
34. Agobio
35. Una labor inútil
36. La hacedora de cilicios
37. La pulsera
38. La comunión de Margarita
39. Recibir y no dar
40. El no regalo
41. Cumpleaños
42. Las flores
43. Deterioro intelectual
44. El elefante rosa
45. Pabellón
46. Soledad
47. Me extrañó encontrar al sacerdote en las camarillas
48. Malestar físico
49. Nadie me echó de menos y no me trajeron comida
50. A pescar
51. Peor que en una cárcel
52. No me merecía ni el pan que comía
53. Como un secuestro
54. No se me permitió despedirme de nadie
FIN


 

La primera vez que me puse el cilicio atado fuertemente a la pierna, y pasé con él a limpiar la residencia de los numerarios, tuve que hacer verdaderos esfuerzos para evitar cojear. Muchas de mis compañeras desconocían que yo ahora era del Opus y, por supuesto, ignoraban totalmente (como hasta entonces lo había ignorado yo), la existencia de aquel diabólico instrumento, así que para nada debía de dejarles que notaran mi mortificación. Pero era muy, muy dificil no cojear.

LA PRIMERA Y ÚLTIMA VISITA DE MI MADRE

Un día tuve una grata sorpresa: alguien vino a buscarme a mi lugar de trabajo para decirme que en la salita de la entrada me esperaba una visita. No me imaginaba quién podría venir a verme por la mañana. Abrí la puerta y me encontré a mi madre acompañada de mi tío el de Granollers. ¿Qué estaban haciendo ellos allí?

Nos abrazamos y mi madre me aclaró todo. Resulta que se había muerto mi abuelo V., por lo que ella llamó a mi tío F. para que, cuando pasase (mi tía J. acababa de tener un bebé, así que no fue), hacía Azur de Milar, la recogiese en Basape para asistir con él al sepelio. Y, al volver del entierro, se le ocurrió que, en lugar de parar en su ciudad, iba a aprovechar para ir a conocer a su nuevo sobrino.

Ya me extrañaba a mí que hubiese viajado sólo por verme.

La señorita Marta consintió para que fuese con ellos a pasar un día en casa de mis tíos, si bien me recomendó encarecidamente, que aprovechase la circunstancia para pedirle a mi madre el permiso que necesitaba (téngase en cuenta que yo era menor de edad), para ser de la Obra.

Varios días más tarde me enteré (por la directora), de que mi madre había aprovechado para pedirle el dinero que me pertenecía desde la última paga, la que les entregué en Navidad. Me comentó en tono de reproche (pues desde que me hice de la Obra ya no tenía derecho a mi sueldo), que le había tenido que entregar cinco mil pesetas.

EL CONSENTIMIENTO

No le costó a mi madre darme su consentimiento, había estado hablando con la señorita Marta y la única condición que le puso (no sé como se enteró de que los miembros del Opus no pueden asistir a acontecimientos familiares), fue que pudiese acudir a la comunión de mi hermana que iba a celebrarse un año después. No obstante se necesitaba también la firma de mi padre, así que se me permitió (unos meses más tarde), viajar a Basape para conseguir su aprobación.

La directora me pidió que consiguiera un papel escrito de su puño y letra, en él que (para contentar a mi madre) pusiera: Doy mi permiso para que mi hija Amapola pertenezca al Opus Dei con la condición de que se le deje venir a la comunión de su hermana Margarita.

Ridículo, visto desde el prisma de la distancia en el tiempo, me parece algo de lo más extravagante, un verdadero repollo con lazo.

No hubo ninguna objeción (¡cómo me hubiese gustado que me hubiesen dicho:
"no, hija mía, no, tú te quedas con nosotros, eres tan solo una niña y te han comido el coco"!), unas firmas y se deshicieron de mí para siempre, una preocupación menos.

Antes de irme pasé por un estudio de fotografía con mi hermanita, que lucía una larga melena y estaba preciosa, y nos hicimos dos fotos; en una estoy con ella y en la otra aparezco, sola, con un intento de sonrisa en los labios.

Todo estaba consumado, "Señor, aparta de mí este cáliz".

El tren me devolvió a mi destino.

Unos días más tarde me enviaron a una convivencia de 15 días, en una casa que tenían entre Salou y Cambrils llamada Torre del mar. Dicha casa, durante esos días, estaba destinada únicamente para criadas, "numerarias auxiliares" nos llamaban. Pero no estábamos solas, siempre nos debían de vigilar las "sólo" numerarias.

Como el "plan de vida" no nos lo podíamos saltar ("la vida espiritual no puede relajarse, no hay vacaciones para ella"), se nos destinó una señorita "confidente".

Íbamos un rato a la playa, que siempre se me hacía corto; teníamos más tertulias y podíamos pasear tranquilamente por el gran jardín de la casa, en él que no faltaba ni una charca con nenúfares, ni un columpio, donde, al columpiarme, rememoraba los de un parque de mi ciudad.

Recuerdo que pensaba que de no haber tenido que llevar el cilicio, ni seguir con las mortificaciones y los continuos rezos, aquellos hubiesen sido unos días muy felices.

Cuando regresé a Viaró, descubrí que M. B. había sido mandada con a su padre. Pobre chica, no le había servido de nada el que la llevaran a un sanatorio mental, ni que le hubiesen dado unas descargas en la cabeza. Se había trastornado mentalmente. Recuerdo como, una mañana después de la misa, cuando todas subíamos las escaleras para ir a desayunar, ella comenzó a caminar a cuatro patas por los peldaños, y como comenzó a ladrar como si fuese un perro. Todo había empezado unos días antes cuando se puso a llorar en plena noche.

Mi habitación estaba pegada a la suya por lo que, al escucharla, no me resistí a ir a consolarla, al fin y al cabo habíamos sido amigas, hasta tenía (en casa de mis padres) una foto hecha con ella y con otra compañera de escuela de Basape. También habíamos salido algún domingo juntas. En aquellas fechas ella vivía con unos tíos que no tenían hijos (bastante severos, según me contó), pues su madre hacía mucho tiempo que estaba en Zaragoza en un sanatorio para tuberculosos.

Como he dicho, pasé a su cuarto y me acosté con ella en el estrecho colchón de aquella habitación, para que no se sintiese tan sola. No me imaginaba la reprimenda que me daría la señorita Ana, por aquella acción, al día siguiente.

¿Qué había hecho mal? ¿No se podían tener gestos caritativos? ¿Pensaría aquella señorita que había pasado algo deshonesto entre nosotras? ¿Entre dos chicas? Me vino a la memoria la forma en que salió corriendo el día en que..., os cuento:

Resulta que en una de sus charlas nos había dicho que, ante cualquier problema, molestia o lo que fuese, deberíamos acudir a ella con la misma confianza como lo haríamos con nuestra madre. Yo lo tomé al pie de la letra y, ese mismo día, como resultaba que precisamente notaba una molestia, pues tenía enrojecido el ombligo y me picaba mucho, decidí portarme como si ella fuese mi madre, así que, cuando estábamos trabajando en la cocina la pedí (para que las otras chicas no se enterasen), que pasara conmigo a la despensa y, una vez allí, en lugar de explicarle mi problema, me levanté la falda (como hubiese hecho con mi madre), para enseñarle la irritación que he mencionado. Y..., ella, como si hubiese visto al diablo, salió de allí despavorida, por lo que yo quedé perpleja y avergonzada. ¿No quería portarse como si fuese mi madre? ¿Hubiese reaccionado mi madre así?

Aquella semana le pregunté a la señorita Marisol, a quien hacía mis "confidencias" (todavía no se había marchado), si entre dos chicas podría darse lo que (había escuchado algo sobre lo que significaba la palabra maricón), podía suceder entre dos hombres. Ella me contestó que sí, pero no me atreví a preguntarle cómo podía hacerse un acto deshonesto entre dos mujeres cuando, ambas, carecen de miembro viril. ¿Habría pensado la señorita Ana que el hecho de dormir en la habitación de M. B. era algo sucio? ¡Qué locura! A mí no me gustaban las mujeres.

SEGUNDA CONVIVENCIA

Fue pasando el tiempo y, el siguiente verano mi convivencia la realicé en una casa que, no estoy segura, pero creo que estaba en Torredembarra. El lugar era bonito, aunque para ir a la playa teníamos que andar un largo trecho entre campos, uno, por cierto, sembrado de claveles. La casa era grande y señorial pero, a las auxiliares no se nos permitía pernoctar en ella, dormíamos en un pabellón ubicado en la misma finca, que sin duda en otro tiempo había sido el alojamiento de los criados de aquella lujosa mansión.

No estábamos exactamente de vacaciones, había que continuar con el plan de vida, además, se nos daban charlas en las que, por ejemplo, se nos enseñó como limpiar con esmero un cuarto de baño.

VIAJE A PAMPLONA PARA CONOCER AL PADRE

Era injusto que la señorita Marta me hiciese sentir mal por lo que se iba a gastar en mí viaje y en de las otras numerarias auxiliares que íbamos a ir a Pamplona (para hacer número), a ver al Padre. Injusto porque nadie nos preguntó si queríamos hacerlo, se nos estimuló para tener ansias por ir, pero, en definitiva, era una imposición.

Se habían conseguido tropecientos vagones de un tren especial que nos llevaría a miles de personas hacia aquel acontecimiento social, con el que no sé qué quisieron demostrar en su día. Quizás, como en otras muchas ocasiones (que actualmente no me han pasado desapercibidas), su empeño fuera demostrar su amplio poder de convocatoria.

Aunque era una adolescente, trabajaba, no de sol a sol, sino de luna, sol, sol, luna, porque madrugaba y trasnochaba todos los días de mi encierro en aquel lugar. Sin embargo, las ganancias no eran para mí. Mis primeras mensualidades se las había entregado (exceptuando lo que gastara para mi aseo personal), íntegramente a mis padres, y, a partir de hacerme de la Obra, todo lo que tuviesen que pagarme se lo quedaban el Opus. No tenía ni una sola peseta en propiedad. ¿Por qué pues me martirizó la directora diciéndome que el viaje costaba más de lo que había ganado y que tendrían que aportar dinero de otros lugares para pagármelo?

No recuerdo a que hora salió el tren del anden, sólo me viene a la memoria que al mediodía, a la hora que normalmente tomábamos nuestra comida, comencé a tener un hambre de lobo lo mismo que las compañeras que iban a mi cargo, monetáriamente hablando (me había dado la señorita Marta un dinero para que comiésemos el día que pasaríamos en Pamplona, "te hago responsable de esta misión, administra el dinero con tiento, recuerda que somos pobres", me había dicho, sabía que lo dejaba en buenas manos), pero nadie había previsto nuestro alimento de ese día (cosa rara en ellas que todo lo previenen con tiempo), así que comenzamos a buscar el vagón donde se encontrar a la directora y, cuando dimos con ella, se limitó a darnos un bocadillo de pan bimbo con jamón york, que nos mato el gusanillo momentáneamente.

Lo peor vino después. Llevábamos un papel con la dirección de la casa donde teníamos que pasar la noche y, cuando, después de mucho andar y mucho preguntar, dimos con ella, nadie nos recibió. Había allí un barullo de chicas, tan desorientadas como nosotras, buscando un lugar donde dormir.

¿Dormir? ¿Es que no íbamos a cenar? No, en aquella casa no había comida, sólo alojamiento. Supongo que, muchas de las allí presentes, habrían cenado antes de llegar hasta aquel emplazamiento, también las habría que se hubiesen llevado bocadillos desde sus casas, pero nosotras no teníamos ni una galleta que llevarnos a la boca. Bueno, ayunaríamos, ¿no se nos pedía hacer sacrificios?, pues aquí teníamos uno puesto en bandeja.

Ahora a buscar una cama. Había empujones para entrar en las habitaciones y todas parecían ocupadas. ¿Por qué nos habían dado esa dirección si no había suficiente alojamiento? Por fin encontramos una sala en la que había unas camas y una mesa. Nosotras creo que éramos tres, quizá cuatro: Pilar Masmiquel, F. U., alguien más, y yo. Noté que mis compañeras me empujaban para hacerse con las camas, yo estaba más cerca de una de ellas, pero me aparté para que pasara Pilar, haría otro sacrificio, así además me practicaría para cuando, dentro de un mes, me trasladaran al centro de estudios, sabía que allí sí tendría que cumplir con la norma de dormir un día a la semana sobre una tabla, me quedé con la mesa.

Por la mañana estábamos famélicas, y yo, además, molida de apoyar mis huesos en la dura mesa durante toda la noche. La casa estaba en danza, "hay que ir pronto para coger sitio", oí que comentaba alguien, "sí, sí, vayámonos ya", sugería otra.

No recuerdo donde nos aseamos, ni si lo hicimos, solo sé que estábamos hambrientas y no había desayuno en aquel lugar. -Vayamos al campus -dije-, ya desayunaremos después de comulgar. Seguimos el río humano y nos presentamos, con excesivo tiempo, en el lugar de convocatoria.

Esperamos, desfallecidas de hambre, la llegada del Padre.

Barahúndas ilusionadas atiborraron el lugar. Cuando " ÉL" llegó, se oyeron gritos, risas, aplausos...

Era un sacerdote con sotana ¿qué veían en él?, no era más que un cura.

Habló y todos callaron. Luego le corearon, le aplaudieron, le insistieron que no se fuese...

Tras la misa se nos dijo, por unos altavoces, que hiciésemos cola pues el Padre y otros sacerdotes procederían a dar la comunión. Nos pusimos en una fila, era demasiado larga, estábamos a punto de desmayarnos.

-Vámonos -dijo Pilar-, no nos vamos a condenar por un día que no comulguemos, pero si aguanto un segundo más sin comer, me caeré redonda.

Nos fuimos, pero quizás equivocamos el camino que nos conduciría al centro porque estuvimos dando vueltas por lugares despoblados. Aún no sé por que nos habían dejado, a la buena de Dios, en una ciudad donde no habíamos estado nunca. Después de mucho andar Pilar se sentó en una piedra y dijo que no podía seguir, que las piernas no le llevaban. Yo estaba igual que ella. No era cansancio, era agotamiento debido a la carencia de alimento durante tantas horas. Me encontraba muy mal, nunca había sentido aquella sensación anémica.

-Venga, un esfuerzo más -animé a mis compañeras-, seguro que ya estamos
cerca de algún bar.

Finalmente, dimos con una cafetería que tenía las mesas en la acera, nos sentamos y, en lugar de pedir únicamente el típico desayuno de café y leche, que también, pedimos unos bocadillos de jamón que..., cómo lo diría..., nos resucitaron. Después lo vimos todo de otro color.

Luego, no recuerdo si al mediodía comimos (seguro que sí), ni donde, paseamos por Pamplona y, a la hora convenida volvimos a coger el tren de vuelta. ¿Cómo pudimos encontrarlo todo sin guía? ¿Cómo es que no nos perdimos?

EL CENTRO DE ESTUDIOS

Para nuestra formación en el espíritu de la Obra, había que pasar dos años en un centro de estudios, aunque, naturalmente, no era cosa nuestra decidir cuando ni donde. Éso (como todo lo demás), lo decidían por nosotras. Y, llegó el día de saberlo: C. B. iría a Santiago de Compostela, y F. U. y yo, a Molinoviejo, sito en Ortigosa del Monte (Segovia). No sé que pasó con Pilar Masmiquel, creo recordar que se la llevaron sus padres, pero no estoy muy segura. A C. B., que por cierto era unos años mayor que nosotras, también se la llevaron sus familiares pero, el mismo día que cumplió los 21 años (entonces en España era la edad de la mayoría de edad), fueron a buscarla y la trajeron de vuelta.

Antes de marchar fuimos al Corte Inglés de Barcelona, siempre nos llevaban allí cuando teníamos que comprar.

En una ocasión, por cierto, mientras esperábamos, en la parada, el tren de cercanías que nos llevaría al centro, resulta que apareció por allí Mariano (un noviete de mi vecina C. S., la que se arrepintió a tiempo y no se vino a Viaró), y, las de Basape, le saludamos perplejas. ¡Qué pequeño es el mundo! El muchacho estaba pasando unos días con unos familiares de Mirasol. En el Corte Inglés nos hicimos con ropa y maletas nuevas. La señorita Marta nos comentó que en realidad ese gasto deberían de haberlo hecho nuestros padres.

VIAJE A LO DESCONOCIDO

El viaje fue largo. Hicimos noche en Madrid, en la parte de la administración de un colegio mayor, del que no sé si se nos dijo el nombre.

Por supuesto que la señorita Marta, que nos acompañaba, no cenó en el mismo comedor que nosotras, ni durmió en la misma zona. "Ricos con ricos, y pobres con pobres". ¡¿No somos todos iguales ante los ojos de Dios?!

Si yo no tenía carrera era porque mis padres no pudieron pagármela, pero le había entregado a Dios (igual que las señoritas), todo lo que tenía y además MI VIDA ENTERA. ¿Por qué entonces hacían esas distinciones? No era justo. Y..., si Dios permitía ese clasicismo, entonces Él también era injusto.

MOLINOVIEJO

Llegamos a Molinoviejo.

No vimos Ortigosa del Monte porque quedaba en una vaguada, al otro lado de la carretera.

Una alta e inmensa tapia rodeaba toda la finca. Llamamos y salieron a abrirnos el portón. Una vez dentro, anduvimos junto a unos árboles hasta llegar a la entrada de la vivienda. Acompañadas de la persona que nos había recibido, cruzamos el recibidor y llegamos a un oscuro vestíbulo, no había en él ventanas y la luz de la lámpara del techo era lánguida y mortecina.

Un halo lúgubre circundó mi maltrecho ánimo. Me estremecí. Le ofrecí a Dios mi nueva pena.

La señorita Marta se fue al comedor de las señoritas, y a nosotras nos llevaron al de las auxiliares. La escasa luz que se filtraba a través de una ventana interior, tenía que ser reforzada con electricidad. Me fijé que una las paredes, de aquel comedor, estaba decorada con unos frescos en los que se veían unos ciervos junto a una especie de mapa. Era el plano de algún lugar, puede que fuese el de La Granja, no el de La Granja de San Ildefonso, sino el de Riofrío (muchos domingos nos llevaron hasta allí paseando, pero en aquellos días, todavía no se había recuperado para el turismo, estaba abandonado), a aquel lugar ellas le llamaban La Granja.

Hace muy poco tiempo, estuve en Segovia y fui a La Granja de San Ildefonso creyendo que era el mismo lugar a donde ellas nos llevaban. Me quedé desconcertada, no lo reconocía. Indagué y descubrí que, como he contado, Riofrío era la verdadera "La Granja²" que yo conocía.

Después de comer, nos llevaron a nuestras habitaciones que estaban en el piso de arriba. Me quedé anodadada (al igual que cuando llegué a Barcelona), nuevamente iba a dormir en camarilla.

La mía, mi camarilla, estaba en la parte izquierda de un segundo piso. Había otras en la parte derecha, como también las había en una planta superior. (Creo que estábamos más de cincuenta criadas: numerarias auxiliares, en aquel curso). Las camarillas, como las que recordaba de la ciudad Condal, se componían de dos tabiques (pegados a una de las paredes de la gran habitación), que no llegaban hasta el techo, y que, en lugar de puerta tenían una cortina de tela.

"Dios, amigo mío mudo, que ni siquiera me alientas con una palabra de agradecimiento o de consuelo: te ofrezco éste nuevo sacrificio". "¿Por qué tenemos que seguir mortificándonos los humanos? ¿No fue suficiente tu muerte para redimirnos del pecado de Eva? ¿En tan poco se valora tu redención?".

Al día siguiente, la señorita Marta se despidió de nosotras y volvió a Viaró.

Se nos dictaron las normas de la casa, la hora en que nos levantaríamos, los trabajos que haríamos, los horarios de la santa misa y las clases... Me designaron a mi directora de "confidencias". Me dieron la Disciplina y me dijeron cómo y cuando usarla. Me señalaron día para dormir en tabla. Para hacerlo, era preciso que, por la noche, deshiciese la cama y subiese, con las ropas de la misma a un piso superior, donde debería ponerlas sobre una mesa.

"¡Dios mío! ¿Qué mal he hecho para que me exijas tanto?"

VIAJES DE RECREO

Desde Molinoviejo nos llevaron de excursión a Ávila y Toledo (se me hizo una foto con el Alcazar de fondo, en la que estoy sujetando una guitarra que, ni era mía, ni sé tocar), y, en otra ocasión, al Valle de los caídos y al Escorial, pero el paseo dominical era siempre la caminata hasta "La Granja". No me hacía ninguna ilusión ver, cada semana, el mismo trayecto y los mismos árboles que, en el invierno, desmochados y desmembrados de sus ramas, sus copas se asemejaban a desangelados muñones.

CARTAS ABIERTAS Y LEÍDAS

¡Echaba tanto de menos a mis amigos!, sin ellos el recorrido se me hacía lánguidamente aburrido.

Ya no me llegaban cartas de Isabel ni de "Josefa", de todas formas me daba igual, yo tampoco les escribía, no les hubiese podido transmitir mis verdaderos pensamientos, ya que, las cartas que mandaba tenía que entregárselas abiertas a la directora (que las leía antes de enviarlas), y las que recibía, también me las daban leídas.

En cuanto a los libros y revistas, aunque allí no había a nuestro alcance ninguna de estas lecturas, se nos explicó que siempre tendríamos que consultar con la directora todo lo que quisiéramos leer.

PERMISO PARA LAVARSE EL PELO

En aquella casa ya no tenía la media hora para cosas personales de la que disfrutara en Viaró, allí, solo en la tarde de los domingos, siempre y cuando no te tocase guardia, era el único tiempo que podía emplearse para escribir una carta, o, para algo tan necesario como lavarse la cabeza. Operación que, por cierto, no podíamos realizar sin haberle pedido permiso a la directora. Recuerdo que en más de una ocasión no la pude localizar a tiempo, para que me diera ídem de lavármela y tuve que esperar, estoicamente, a la semana siguiente para ver si en ésa tenía más suerte y ella no estaba ocupada. Y, para colmo, yo, como muchas otras, no tenía secador de pelo, y allí el invierno era muy frío y muy largo, por lo que a veces recurría a ponerme debajo de los secadores de la ropa.

Estaban éstos en una sala cerrada y provista de cuerdas, donde siempre había ropa tendida, pero, como se hallaban sujetos del techo, debía de subirme a un taburete, para que su aire me llegara a la cabeza. Si alguien hubiese entrado en aquellos momentos seguro que hubiera estallado en carcajadas: debía de ser todo un número verme haciendo equilibrios entre sábana y sábana u otras ropas.

Tampoco había allí máquinas para sacar brillo a la cera, ahora, como he contado anteriormente, pulíamos el suelo frotando, enérgicamente, con dos bayetas puestas en los pies.

AGOBIO

El "plan de vida" (rezos, rezos; trabajo, trabajo; estudio, estudio), no me dejaba ni un segundo libre, cualquier contratiempo que me robara un instante, me hacía añicos el apretado horario.

De siete y media a ocho..., de tal a tal..., de diez y cuarto a once: lectura del libro espiritual y jaculatorias; de once a once treinta: clase de religión y jaculatorias; de once treinta a doce: oración mental en el oratorio y jaculatorias; a las doce: el ángelus y jaculatorias; a continuación: ir corriendo a por un abrigo (jaculatorias) y marchar, con otras compañeras, al pabellón de retiros y convivencias; limpiar allí hasta no sé que hora, había que salir con el suficiente tiempo para llegar a la clase de la una; a la una y media, poner la mesa de las señoritas y jaculatorias; a la..., ¡uf!

Por la tarde ídem de ídem, sin descanso, sin tiempo para pensar. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes...

"Ayúdame Señor, aparta de mí este cáliz".

Nadie se apiadaba ni sentía pena de los sacrificios que había que hacer para seguir aquel plan de vida, nadie te agradecía nada. Cada cual tenía que ser tan severa consigo misma que, sin quererlo, exigías que las demás lo fueran con ellas mismas, sin que nadie, ni ellas ni tú mereciésemos una sonrisa por los logros conseguidos.

"Dios, ¿de verdad te sirven para algo mis mortificaciones? ¿Te sientes más feliz cuando me ves sufrir porque tú sufriste? ¿Acaso te dolieron menos los azotes que te dieron porque sabías (Tú conoces el futuro) que hoy me azotaría por Ti?".

Necesitaba ver urgentemente resultados. No me sentía feliz dando mi vida por nada, para nada, para nadie. Todo el mundo precisa, en los trabajos arduos, de un aplauso que le estimule a seguir adelante. Pero allí no había recompensas, si rezaba mil jaculatorias, se me pedía que la próxima semana fuesen dos mil, y si (batiendo todos los récords), llegara a cinco mil, se me pedirían diez mil. Era agotador, no había metas.

Además, me parecía aquel un trabajo ¡tan inútil! ¿Para que servían mis mortificaciones? ¿Para qué mis rezos? ¿Morirían menos niños por ellos? ¿Habría menos hambre en el mundo? ¿Más paz?

UNA LABOR INUTIL

Tiempo después (una vez fuera) me hizo llorar un personaje mitológico representado en dibujos animados. No recuerdo cómo se llamaba, pero en la escena había un griego, dentro de lo que parecía ser el cráter de un volcán, elevando, con mucho esfuerzo y sudor, una enorme piedra circular que, al llegar a la cima, los dioses empujaban de nuevo al precipicio para que él volviese a subirla una y otra vez, y otra, y otra. Eternamente.

Recuerdo que el patente dolor del personaje, sus incesantes quejas, se debían a la comprobación de la inutilidad de su trabajo.

Recordando, la inutilidad del mío durante mis años en el Opus, me emocionó hasta el llanto aquel episodio.

LA HACEDORA DE CILICIOS

En el planchero, mientras unas repasábamos, cosíamos, o planchábamos la ropa, otra numeraria auxiliar, ¿cómo se llamaba...?, sólo recuerdo que era gallega y muy mayor (ella no estaba haciendo el curso de preparación), pertrechada de rollos de alambre y de unos alicates, se dedicaba, con mucha maña, a hacer cilicios.

Había otra numeraria auxiliar, también mayor, aunque no tanto como la anterior, que era la encargada de hacer hostias, lavar a mano, planchar y preparar los manteles y paños del altar, cuidar que las velas estuviesen en perfecto estado, en fin todo lo relacionado con el cuidado del oratorio.

Alguna vez le ayudé en esas tareas y, tanto ella, como la gallega, me parecieron tristes y amargadas. ¿Se habrían dado cuenta de que habían desperdiciado su vida haciendo de criadas (sin sueldo, sin seguridad social y sin aprecio por lo realizado), para unas señoritas que, aunque también padecían lo suyo, serían para siempre sus dueñas?

LA PULSERA

En Navidad se nos permitió pedir un regalo. Había que hacer una lista con lo que deseáramos, poniendo el objeto preferido en primer lugar y, tras él, el segundo, el tercero etc., en orden de apreciación.

Yo, teniendo en cuenta de que se acercaba la comunión de mi hermana (iba a ser ese año), y conociendo que, a los del Opus, no se nos permitía hacer regalos (recibirlos sí), creí oportuno pedir una pulsera, que pensaba no estrenar, para regalársela a Margarita cuando asistiera a su ceremonia. Me engañé pensando que, como ya no habría que comprarla, admitirían que me desprendiera de ella en favor de mi hermanita. Más tarde comprobé que esa estrategia no me sirvió de nada.

Cómo la puse en el primer lugar de la lista, los Reyes Magos me concedieron la pulsera.

La guardé.

LA COMUNIÓN DE MARGARITA

Pasaron los días y, cuando se acercaba la fecha de la comunión, hablé con la directora contándole que tenía un documento en el que constaba que podía asistir al evento.

Me contestó que no se harían excepciones conmigo. Los del Opus no podíamos asistir a comuniones, bodas, bautizos, reuniones familiares, etc...

-¡Pero, mis padres me dejaron ser de la Obra con la condición de que fuese a esa comunión! -Dije excitada.

-No importa -contestó ella-, las normas son las normas y no se las puede saltar uno a la torera.

-Pero, la señorita Marta dijo...

-No insistas, te digo que no irás, y no irás.

Me fui de allí con la sensación de que alguien me había tomado el pelo.

Aquella noche, lloré hasta quedar dormida. Estaban pisoteándome la pequeña ilusión que había permitido florecer en medio de un desierto carente de todo estímulo. Le negaban el agua a la flor de mi alegría.

No me rendí. Las promesas se cumplen. Yo las estaba cumpliendo toditas, dejándome, para ello, tiras de piel de felicidad en cada púa de las mortificaciones.

Insistí un día, y otro, y otro, y otro... Y lloré en silencio cada noche en mi cuarto. Lloré, lloré, lloré...

Una mañana, me llamó la directora a su cuarto y me comunicó que podría asistir a la comunión de mi hermana acompañada de una señorita. Se me iluminó la cara con una sonrisa, le di las gracias y me fui de su despacho más feliz que un niño en una feria.

RECIBIR Y NO DAR

Unos días más tarde le comuniqué a la directora que tenía intención de regalarle a mi hermana la pulsera que había pedido a los Magos. Hubiera podido llevársela en secreto, nadie sabía ya de aquella pulsera, jamás se fijaron si lucía o no la joya en mi muñeca. Pero, había que consultarlo todo, era ése el buen espíritu de la Obra, y yo era una buena hija del Padre.

Y, naturalmente, ella me pidió no hacerlo. En vano fue contarle que no habría que comprarla, que era mía y quería dársela a mi hermana como regalo de comunión.

-Tú no tienes nada tuyo -me recordó-, las cosas que usas, incluso esa pulsera, pertenecen a nuestra familia. Ya sabes que somos pobres y los pobres no podemos hacer regalos.

No entendía su postura, la pulsera existía, fuera yo pobre o no, la pulsera ya estaba comprada, entonces..., ¿qué más daba si la llevaba yo o mi hermana? No suponía ningún gasto extra.

Dijo no, y fue no. Y en ésto no me atreví a insistirle demasiado no fuera a ser que perdiera el otro privilegio concedido.

EL NO REGALO

Me presenté en mi casa, mejor dicho, en casa de mis padres, acompañada por (para ellos) una extraña, pero a mi hermana no le importó, lo que ella deseaba era...

-Mira Amapola -me dijo ilusionada-, esta medalla me la ha regalado la abuela Dolores; este anillo: fulanita; este..., y, ahora, me falta tu regalo.

Yo me quedé de mármol. ¿Qué podía decirle?

El banquete se celebró en un restaurante. Pensé en cómo habían cambiado mis padres desde mi comunión, ya no les importaba gastar lo necesario en aquel evento. Tampoco le privaron a mi hermana de los dineros que le dieron cuando, de casa en casa, fue entregando los recordatorios. En su día, los que me dieron en mi comunión los empleó mi madre para comprarse una plancha eléctrica.

Al día siguiente, sintiendo nuevamente la sensación de que mis padres ya me habían dado por perdida, regresamos a Molinoviejo.

La flor de mi antigua ilusión ya había dado su fruto, y ahora ya no quedaban más flores que regar. El panorama que tenía ante mis ojos era árido y estéril.

Dios era para mí algo etéreo y distante, no podía hablar con Él. Mejor dicho, era Él el que no podía hablar conmigo, y yo necesitaba dar amor, estaba ansiosa de poder dar mi cariño a alguien.

CUMPLEAÑOS

Llegó el 15 de junio y cumplí 18 años. No se me hizo ninguna fiesta, tampoco tuve regalos, pero ya estaba acostumbrada. Fue un día como otro, no esperaba más. Si lo sentí, si tuve alguna pena, seguro que me sirvió como una mortificación más para ofrecer en aquella jornada, quizás a cambio de ella pude comerme la pieza de fruta que más me apeteciera. O, quizás no la comí tampoco aumentando así el número de mortificaciones.

La almohada de mi cama volvió a empaparse de agua salada y tibia aquella noche.

Algunas tardes, en el tiempo destinado a la tertulia, salíamos a pasear por la parcela que había junto al internado. Un día de aquellos, trajeron un burrito de no sé donde, con el que nos divertimos un rato, y en el que, subida a su lomo, me sacaron una fotografía. En ella (donde aparezco rodeada de unas cuantas compañeras y con la granja de animales detrás), se pueden apreciar los delantales que llevábamos. No bastaba con lucir un uniforme distinto al de las señoritas (ellas llevaban una bata blanca), para recordarnos que éramos criadas. Además del usted entre las de carrera y las que no, nos distinguían nuestros delantales.

Me ponía muy triste pensar que yo siempre tendría que llevar aquella indumentaria. No era para eso para lo que había dejado a mis padres, a mis amigos, y la tienda donde trabajé. Alguien me había engañado, quizás me engañé a mí misma: "me voy para estudiar", ¿por qué no indagué más antes de dar aquel paso?, ¿hubiese tenido capacidad de aprendizaje en el caso de que me hubiesen dado estudios como creí que iban hacer?

"Dios, todo ha desembocado en mi entrega total a Ti. Sin duda Tú lo habrás planeado todo para que sucediera ésto".

LAS FLORES

Cuando pasábamos a limpiar la zona residencial, entre otros cometidos, tenía a mi cargo la limpieza del despacho y la habitación de don Octavio, el sacerdote que venía a nuestro oratorio a celebrar la misa, nos confesaba y, también, nos daba alguna clase.

Además de hacerle la cama, limpiar su aseo, encerar y sacar brillo al suelo, o, igualmente, encerar y sacar brillo a los muebles que eran de estilo castellano, a veces (provista de lija, nogalina y cera), reparaba algún cerco, de la huella de un vaso dejado la mesilla.

Me gustaba que, como se me había enseñado, quedara todo perfecto, ordenado y pulcro, y, una vez acabada la faena, echaba un último vistazo para quedarme satisfecha de la labor cumplida. No obstante..., aquellos muebles tan oscuros..., aquella decoración tan austera..., aquella mortecina luz..., me hizo pensar un día que, en aquel ambiente, faltaba algo..., un toque femenino, algún detalle que alegrará el ánimo en lugar de ensombrecerlo más de lo que la vida de mortificaciones ya le proporcionaba al morador de aquel lugar.

Así que tomé una decisión. No la consulté por no perder mi limitado tiempo en buscar a la directora, de todas formas sabía que ella aprobaría mi idea, al fin y al cabo no iba a costar dinero, no me podría decir: "No, porque somos pobres".

Por la mañana, antes de pasar a la residencia, sacando tiempo de no sé donde, salí al jardín de nuestro lado.

Junto a un gran árbol de hoja perenne, habían brotado unas florecillas de color lila semejantes a las violetas que, si bien carecían de su olor, eran incluso más lindas que éstas.

Me agaché y, con premura, fui cortando las delicadas flores hasta obtener un pequeño ramillete. Luego, con ellas en la mano, volví a la fila de las chicas que esperaban para pasar a limpiar (nadie preguntó nada, vivíamos la discreción hasta el máximo extremo), y, una vez dentro, busqué un vaso, coloqué en él las florecillas y las puse adornando la mesilla del cura.

Quizás fueron dos días, tres..., los que repetí aquella operación, luego fui requerida a la habitación de la directora y se me prohibió radicalmente y sin ninguna explicación que siguiera pasando flores para aquel cuarto. Pensé que quizás se hubiese interpretado mal mi procedimiento. "Tal vez -me dije-, han creído que me había enamorado del sacerdote o algo por el estilo".

En el jardín seguían brotando flores que nadie disfrutaba. Eso me traía a la memoria los ramos que una señorita de Viaró colocaba el los cuartos de las "solo" numerarias; en los pasillos; en las salas...

En primavera o verano ponía rosas, y en otoño e invierno, salía al campo y traía lo que consiguiera por allí. A veces eran ramos de verdes hojas y otras, ramas retorcidas que, bien puestas, conseguían un bonito efecto. No recuerdo el nombre de aquella señorita, pero sí lo feliz que se la veía cuando canturreando, sabe Dios qué canciones, iba por los pasillos con sus adornos florales.

Volví a robarle tiempo a mi apretado "plan de vida" y flores al jardín. Pero esta vez, para adornar los cuartos de las señoritas (en nuestras camarillas, además de ser muchas, no había lugar donde colocarlas). "Que felices se pondrán cuando vean que alguien les ha premiado con un pequeño detalle".

A la señorita Valentina, mi directora de "confidencias", le elegí las mejores: unas aterciopeladas rosas de extraordinario olor e intenso color rojo.

Pero, nuevamente sin explicaciones, se me prohibió seguir con aquella iniciativa.

DETERIORO INTELECTUAL

La inútil y agobiante rutina cotidiana, comenzó desgarrar mi malogrado ánimo.

No sabía precisar qué me pasaba. Notaba un tembleque interior, un nerviosismo que me impedía concentrarme en las clases o entender todo el contenido de las palabras que me dirigiesen.

En lugar de aprender, estaba desaprendiendo. La ortografía, que no había conseguido perfeccionar en mis interrumpidos años de escuela (durante mi niñez mis padres viajaron, por su oficio, a muchos pueblos), era ahora mi duro caballo de batalla: dudaba de las uves, las haches, y las jotas. No lograba poner las tildes en su sitio. Y, en vez de progresar..., olvidaba, olvidaba...

Mi señorita de "confidencias" me reprendió por no recordar las jaculatorias rezadas.

EL ELEFANTE ROSA

Mis compañeras se rieron un día de mí en una clase, cuando, a la pregunta que me hicieron de: "¿De qué color es un elefante?", pensando en que éste era como un cerdo grande pero con trompa, contesté que el animal era de color de rosa.

"Necia, necia -me dije, una y mil veces-, no sirves para nada, ¿tú eres la que querías estudiar?"

¡Qué razón tenía mi padre cuando me decía que yo era una inútil!

En vano le pedía continuamente a mi "ángel custodio" que me ayudara con la memoria, que me echara una mano para que se me quedara lo que aprendía.

En lugar de aprender: olvidaba, olvidaba...

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Gracias a Dios, ¡nos fuimos!
OPUS DEI: ¿un CAMINO a ninguna parte?