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 Tus escritos: Sobre el contexto ideológico del nacimiento del Opus Dei.- Josef Knecht

115. Aspectos históricos
Josef_Knecht :

 

Felicito a FletcherChristian por la acertada sugerencia de su breve, pero denso artículo del 20.02.2012 sobre Los orígenes ideológicos del Opus Dei, que me ha gustado mucho y me ha hecho pensar. Efectivamente, convendría reflexionar acerca del entorno ideológico de los años 20, 30 y 40 del siglo XX en España y Europa para comprender con mayor acierto el libro Camino (1939) y la actuación pastoral del sacerdote Josemaría Escrivá. Me parece que Fletcher acierta en su tesis de que el pensamiento del catolicismo decimonónico siguió presente entre los intelectuales católicos a comienzos del siglo XX en España y que este aspecto es esencial para entender el nacimiento del Opus Dei...



También estoy de acuerdo en que ideas procedentes del entorno cultural (idealismo alemán, romanticismo europeo) influyeron en la configuración espiritual de Camino: tesis hegelianas y vitalistas como “el grupo está por encima del individuo”, la sobrevaloración del voluntarismo, la teoría de las elites y la consiguiente figura del “caudillo” acabaron influyendo en el pensamiento católico del siglo XIX y de comienzos del XX. De hecho, ahí puede encontrarse la raíz ideológica del “integrismo” católico de aquel período (y, si se me permite dar un salto en el tiempo, también de la actualidad, a comienzos del siglo XXI). Por ello, Hans Urs von Balthasar detectó en Camino ese integrismo en su artículo publicado en la revista vienesa Wort und Wahrheit en 1963.

 

El integrismo católico, aunque se contrapuso a los aspectos más progresistas de la ideología dominante en el siglo XIX, asumió consciente o inconscientemente bastantes presupuestos de esa ideología a la que combatía. Los integristas no estaban de acuerdo con la separación institucional de la Iglesia y del Estado propuesta por el liberalismo, sino que añoraban el régimen de cristiandad y la confesionalidad del Estado, pero se sirvieron, a favor de sus reivindicaciones reaccionarias, de la mentalidad romántica de la época: escritores católicos como Chateaubriand (1768-1848) y el cardenal Nicholas Wiseman (1802-1865) y protestantes como Novalis (1772-1801) lo atestiguan. Y es que del idealismo alemán no sólo se derivan ideas progresistas, sino también conservadoras y retrógradas: de la izquierda hegeliana procede el marxismo, pero también del hegelianismo proceden los fascismos y otros exabruptos de extrema derecha, como el integrismo católico. Quizá no de manera consciente, pero sí inconsciente, los seres humanos estamos más influidos del espíritu de nuestra época de lo que creemos.

 

En el caso del integrismo católico se da una curiosa paradoja, que también está presente en la actuación de Josemaría Escrivá. Por un lado, la jerarquía de la Iglesia Católica condenó algunos errores del idealismo alemán en el Concilio Vaticano I (1869-1870) y propuso como buena doctrina seguir las pautas de la teología y filosofía tomistas (la Pontificia Universidad Gregoriana de los jesuitas en Roma capitaneó largo tiempo esta batalla ideológica). Escrivá de Balaguer alardeaba con frecuencia de ser tomista (si no me equivoco, su frase decía algo así como “soy tomista, paternalista y papista” a modo de alegato contra los teólogos progresistas del siglo XX) y, además, nos hizo estudiar en las asignaturas internas del Studium Generale el pensamiento de Santo Tomás de Aquino (el sacerdote numerario Carlos Cardona [1930-1993], prestigioso tomista, se encargó de este plan de formación de los miembros de la Obra). Pero, por otro lado, muchos intelectuales y activistas católicos de los siglos XIX y XX, tal vez sin ser plenamente conscientes de ello y sin saber que incurrían en una contradicción paradójica, se dejaron imbuir del espíritu romántico, vitalista e idealista de su época pergeñando así el “integrismo” católico: Josemaría Escrivá fue uno de tantos. (De hecho, alguna vez escuché en alguna “película del Padre” al propio monseñor Escrivá alardear de ser “el último romántico” a propósito de su [cínica] defensa de la libertad personal, aunque esta expresión debe ser interpretada metafóricamente [no realmente] de acuerdo a lo que Gervasio [20.02.2012] ha escrito a Calandria).

 

La paradoja a la que me refiero es que los integristas, en vez de secundar el pensamiento tomista, se adaptaron de lleno al espíritu romántico: Camino, sin ir más lejos, destila mucho más talante hegeliano que tomista. El tomismo venía a ser en aquel contexto histórico como un arma arrojadiza que se empleaba tan sólo en el plano dialéctico contra las ideas de los rivales progresistas y revolucionarios, pero lo que de veras se albergaba en el ánimo de los integristas católicos, en su autoconciencia más profunda, en sus sentimientos y afanes no estaba inspirado por ese tomismo, sino por el espíritu idealista-romántico en sus facetas más reaccionarias: una añoranza del Antiguo Régimen. Dicho de otra manera: el tomismo enseña unas relaciones armoniosas entre el conocimiento procedente de la fe revelada y el procedente de la razón humana, y por eso el Concilio Vaticano I se contrapuso al idealismo alemán, que unas veces tendía al extremo del fideísmo y otras al del racionalismo; en cambio, el integrismo católico se fundamenta precisamente en un fideísmo voluntarista-tradicionalista contrapuesto a la esencia misma del verdadero tomismo. Y aquí es donde radica la tragedia del catolicismo del siglo XIX y de comienzos del XX: por mucho que en el plano de la teoría se considerase tomista, no lo era realmente en el plano de la conciencia más íntima ni en el de la actuación práctica. Aquel tomismo no era más que una máscara apologética o polémica empleada en las relaciones con el adversario. (Y, si se me permite de nuevo dar un salto en el tiempo, este sigue siendo uno de los problemas de fondo, a mi modesto parecer, de la actual crisis de la Iglesia Católica, pues aún no ha logrado extirpar el cáncer del integrismo o voluntarismo fideísta).

 

Me ha venido a la memoria, mientras escribía este artículo, el recuerdo de un cordial sacerdote numerario, José Orlandis Rovira (1918-2010), jurista e historiador. Nunca he conocido en mi vida a nadie tan reaccionario como él: era un defensor a ultranza de la política de Mussolini y de Franco (a Hitler lo descalificaba no por ideología, sino por locura); escuchar al profesor Orlandis, hombre de verbo muy ameno, era como escuchar a Novalis o Chateaubriand, es decir, Orlandis retrotraía a sus oyentes al más rancio historicismo decimonónico y los situaba anímicamente en el espíritu de los años fundacionales del Opus Dei.

 

Josef Knecht

 

PS: Aprovecho para agradecer a Gervasio su respuesta (15.02.2012) a mi consulta y sus acertadas observaciones.




Publicado el Miércoles, 22 febrero 2012



 
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