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 Libros silenciados: A los que se van a incorporar al Centro de Estudios.- Dolcevita

070. Costumbres y Praxis
dolcevita :

A LOS QUE SE VAN A INCORPORAR AL CENTRO DE ESTUDIOS

 

I. Mi testimonio como víctima.

II. Mi testimonio como verdugo

 

Dolcevita, 4 de julio de 2012

 

 

I. Como muchos de vosotros, llegué al centro de estudios con la ilusión de prepararme para ser una espada en el amor de Dios y en el servicio a los demás. Sabía que me planteaba un reto: sacar mis estudios con brillantes resultados, la asistencia a clases y exámenes de asignaturas internas, las innumerables normas de piedad y medios de formación (entre los que se incluían dos obligadas tertulias al día), los encargos apostólicos y materiales, y desarrollar un intenso apostolado personal. Y para colmo, no te solían conceder permiso para trabajar por la noche, pues dormir menos de ocho horas diarias, gravaba la conciencia de los directores.

 

En mi caso, me encontré con un primer obstáculo adicional que nunca entendí. Carecía de total sentido común que la mansión donde vivíamos ese grupo de jóvenes estudiantes, estuviera situada fuera de la ciudad, por lo que nos teníamos que trasladar en diversos autobuses urbanos e interurbanos, y caminar luego el largo y solitario trecho que conducía por fin a la finca. Así que cada trayecto de la ciudad a la mansión, entre ida y vuelta, ocupaba fácilmente unas tres horas del día...



Poco después de vaciar la maleta en el armario compartido, recibimos los avisos más elementales, y con ellos, me asignaron la persona que llevaría mi dirección espiritual, y sin perder tiempo, me adjudicaron los encargos. Los encargos son materiales y apostólicos. En la obra son muy importantes los encargos, y hay que hablar de su cumplimiento al hacer la confidencia.

 

Los encargos materiales que me tocaron, fueron:

 

- Limpiar los coches que utilizaban las directoras de la delegación.

 

- Dar unas clases de cultura general a las empleadas de hogar que atendían el palacete, -chicas del internado, las llamaban-.

 

- Dirigir un teatro que representaríamos mensualmente en el salón de actos, con la supuesta asistencia de familiares y amigos. Y no era teatro leído, sino escenificado. Exigía a mis compañeras que estudiaran el guión y ensayábamos bastante, naturalmente. Me resultaba ardua la tarea de seleccionar la obra, pues además de ser moral e ideológicamente correcta, debía prescindir de toda escena de tipo amoroso, pues era impensable que una numeraria se acercara a otra con ánimos de conquistar su corazón. Me encargaba también del vestuario y de la coreografía. En pleno barrio chino, encontré varios lugares donde se alquilaban disfraces usados, muy usados y malolientes. Me pareció carísimo, pero la secretaria nunca me llamó la atención cuando le entregaba las facturas. Los trajes de hombre salían más económicos, pues debido a que nosotras no llevábamos pantalones bajo ningún concepto, conseguí alquilar sólo la mitad, es decir, la parte de arriba. Así podíamos ver, por ejemplo, a un gangster con medias de cristal. Como siempre, todo muy normal. En esto, como en tantas otras cosas, al principio pasaba una vergüenza tremenda, pero como creía de buen espíritu encajar las cosas raras con la mayor naturalidad, así intenté hacerlo. Creía, ¡qué barbaridad! que superar esas cosas estaba relacionado con el amor a Dios.

 

Supongo que el motivo de este encargo, a parte de explotarme para que no pudiera pensar, fue dar otro cauce a mis deseos de estudiar arte dramático y dedicarme profesionalmente al teatro, lo que me había sido rotundamente negado.

 

Simultáneamente, nos asignaron el encargo apostólico. El mío fue muy sorprendente, pero tras tragar saliva, intenté digerirlo y recibirlo sin que se me moviera un solo pelo. Me estaban adiestrando para que nada me sorprendiera. Se trataba de lo siguiente:

 

Dependían del centro de estudios un pequeño grupo de numerarias recientes, y yo, “sencillamente”, tenía que ocuparme de ellas. De todo lo de ellas: de lo humano y de lo Divino. Lo poco que recuerdo de aquello es que no tenían demasiado entusiasmo, es decir, no acostumbraban a venir por el centro y estaban relajadillas, por lo que yo, cargada del ardor guerrero que da la juventud, hacía el opus dei trasladándome en trenes hasta sus diversas ciudades, para allí “asistir espiritualmente a mis pupilas” Les daba el círculo, les impartía las clases del B-10, y recibía sus confidencias. También les hacía murales el día de su santo, les llevaba unos regalitos el día de Reyes y se los entregaba acompañados de la estúpida broma, muestra del espíritu de familia que no debía faltar. Creo que sólo fallé en que no les llevé crespillos el viernes de Dolores. En fin, una formación de primera, pero a pesar de todo… no perseveraron.

 

Recuerdo que con cierta frecuencia, me llamaban para que “despachara” con el consejo local. Para mí no era plato de gusto tener que dar cuenta de conciencia de aquellas personas que se me habían encomendado, pero lo hacía sin rechistar, y recibía sumisamente las orientaciones que me daban para ellas, estuviera de acuerdo o no. Entonces fui consciente de que “en casa, la dirección espiritual es colectiva”, y caí en la cuenta de que aquellas paredes del despacho de dirección eran testigos directos del manoseo de la intimidad de unas conciencias que se habían abierto confiadamente en intimidad. La mía, entre ellas. Me hubiera gustado preguntarles: ¿y qué dicen de mí?

 

Un día me dijo la directora que no le estaba entregando los guiones que supuestamente debía hacer al preparar las clases y los medios de formación. Esto es, que me pillaron, porque yo improvisaba. Pero a partir de aquel día, tuve también que preparar lo que impartía.

 

Recuerdo que, como este encargo apostólico me parecía muy poco apostólico, me autoasigné otro más divertido, que consistía en reunir a mis amigas bohemias y echar con ellas canitas al aire. Deliciosos encuentros en los que yo me sentía como pez en el agua y de los que evitaba hablar en la charla para impedir que alguien me institucionalizara aquellos momentos de libertad.

 

En la obra, nada es ocasional. Aquellos encargos que me asignaron estaban directamente relacionados y dirigidos a lo que en la institución habían decidido hacer de mí. Yo no sabía entonces que había superado la prueba con la que las directoras me estaban marcando a fuego como estúpido robot preparado para todo. Indudablemente, en mis informes de conciencia estaría escrito: “es muy de Casa”.

 

Había superado la prueba de no pensar. Había superado acoger sin rechistar la multitud de encargos asignados para estar continuamente exprimida como un limón, que es la clave. Si lo consigues sin extenuarte, entras en el círculo de confianza de los “muy de casa”, que no aconsejo a nadie.

 

Probablemente, comentaría en mi charla que no me daba tiempo material a efectuar tantas cosas, y supongo que la respuesta sería algo así como que era cuestión de amor de Dios. Y decidí creérmelo, pues tenía que concienciarme de que lo que me decían era palabra de Dios, aunque no lo entendiera. Por mucho que yo sumara las horas del día que dedicaba a mis encargos y ésta cifra superara las horas del día, incomprensiblemente me creía obligada a pensar que si Dios me lo pedía, podía hacerlo. ¡Magia! (Compruebo que la historia sigue igual. Hace pocos días, en un programa televisivo, preguntaban a un supernumerario, -Magistrado, vocal del Consejo General del Poder Judicial-, que cómo se las arreglaba para atender a su numerosa familia, su trabajo, sus normas, etc,… y la respuesta no fue otra más que la que a todos nos han enseñado a dar: “Para las cosas que Dios pide, siempre hay tiempo” -no textual-. Y se quedó tan ancho).

 

Desde luego, estaba bien sembrada la semilla de una robusta directora que obedecería siempre a ciegas, y que por supuesto, no se detendría a pensar.

 

Por tanto, mi informe al acabar el centro de estudios estaba sin lugar a dudas enfocado a que fuera directora, y eso es lo que fui hasta que, pasadas varias décadas, gracias a Dios, un día rompí mis esquemas y me atreví a pensar.

 

Pero de la cantera del centro de estudios, no todas debían salir directoras.

 

La obra no sólo necesita directoras grises, sino también lumbreras originales que destaquen en su profesión, para mostrar al público la brillantez y diversidad de sus profesionales que se santifican en las más variopintas circunstancias en medio del mundo. Estas son cuidadosamente elegidas y mimadas, conviene tratarlas con guante blanco para que no se reviren. Haciendo una excepción, si tienen una chispa de personalidad y bravura, mejor. No hay que llevarles la contraria, más bien ceder a sus gustos y tratarlas con contemplación. Prototipo de profesionales que interesa lucir: políticos, escritores, artistas, periodistas… Los saltos de obstáculos a los que sometían a este tipo de numerarias, eran muy inferiores a los que teníamos que superar las que estábamos destinadas a ser mediocres, porque muy distintas serían nuestras vidas. Pero yo no fui sujeto paciente: yo no fui nunca numeraria de vitrina, por lo que no puedo testimoniar.

 

El día que terminaba el centro de estudios, salíamos, maleta en mano y en dirección a nuestros nuevos destinos. Aproximadamente un 50% habíamos superado la prueba, y el resto, habían ido desapareciendo misteriosamente, sin dejar rastro. Se habían esfumado. Me alegro por ellas. Probablemente, al comprobar que la suma de horas de los quehaceres exigidos superaba a las que tenía el día, con aplastante sentido común decidieron que si tenían que optar entre obedecer un imposible o marcharse, mejor se marchaban. También pudieron ser otros mil motivos más profundos, que los hay. Pero en el centro de estudios, es muy pronto para darse cuenta.

 

A ellas mi enhorabuena, porque las demás, haríamos de nuestras vidas la lucha por hacer una cosa y su contraria en un camino a ninguna parte.

 

II. A los pocos años, me posicioné como verdugo.

 

Durante bastantes años, el día 7 de julio cambiaba mi escenario habitual. Y es que ese día daba comienzo el semestre previo al centro de estudios. O sea, el primer adiestramiento para la entrada en esta milicia con pretensiones de familia.

 

El reclutamiento tenía lugar en un colegio. Las aulas se convertían en grandes dormitorios comunes, y el intento de las decoradoras por dar un tono familiar a la mole de ladrillo, era insatisfactorio. Pero el lugar material es lo de menos. Lo de más, es lo que allí pasaba, y que sólo los que hemos estado en los entresijos y dirigido el cotarro, somos capaces de escandalizarnos por lo que hicimos.

 

Con un día de antelación al comienzo del curso, nos reunían a las que formaríamos parte del consejo local para hacernos las oportunas advertencias y entregarnos las maletas con el material. Recuerdo perfectamente, y todavía me estremezco, la sensación que percibí la primera vez que me encontré entre un grupo de personas a las que no conocía, pero con las que tendría un importante proyecto común, y ante unas jefas que de forma muy profesional, daban las instrucciones. Fue como una escena de película de alto espionaje o de mafiosos, recibiendo órdenes precisas acerca de una misión. Gente desconocida que se saluda con una contraseña tras la cual se les habla en confianza. No hay diálogo. Ordenes precisas y concretas. Guías de actuación que nadie debe sobrepasar, y para no dar lugar a falsas interpretaciones, todo va escrito.

 

Lo malo de todo ello es que más parecía que nos daban instrucciones para la manipulación de unas máquinas, que para la formación de unas conciencias. Allí hubiera podido empezar a descubrir que la formación que imparte la obra está siempre orientada a sus propios fines, y que la persona sólo interesa en orden a la eficacia de la institución. Pero ni me atreví a pensarlo.

 

Una persona será encargada de dar diariamente cuenta escrita de lo sucedido en la jornada. Todos los días habrá despacho para comprobar que las cosas transcurren según lo previsto.

 

En el interior de un sobre, se encuentran los informes de conciencia sobre cada asistente, con el fin de conocer sus puntos débiles y saber cómo “marcarle” desde el primer momento. Hay un plan establecido para cada alumna. Y cuando van a abrir su alma por primera vez ante una persona extraña, desconocen que su hoja de ruta ya está escrita.

 

Recibíamos muchas pautas de actuación para la formación, pero no había en ellas el menor rastro de humanidad. Hasta el pequeño rato de descanso diario, se convierte en una disciplina. En los horarios distribuidos por los pasillos, después de las clases, a las 12 horas, en lugar de poner “descanso” o “tiempo libre”, está escrito: “deporte”, y es que hasta el deporte es obligatorio. Porque todo lo que se pueda hacer en el tiempo libre, si no es deporte, es de mal espíritu.

 

Es de mal espíritu a la hora del deporte una buena conversación, pues la charlatanería lleva a la falta de unidad y es caldo de cultivo para las amistades particulares. Si tienes afición a la lectura, eres una egoísta porque te aíslas y no estás pendiente de las demás. Si aprovechas ese rato para un especial aseo o cuidado personal, eres una frívola. Y así, en todo.

 

Así se les corrige, porque así nos lo dijeron desde arriba. Y así es como empiezan a regirse más por el espíritu de la obra que por el espíritu Cristiano.

 

Esas crías, recién extraídas del hogar familiar, que experimentan por primera vez el desarraigo de padres, hermanos, amigos y costumbres, son sometidas a una férrea disciplina, al estudio en época vacacional, al calor de una ciudad que sustituye a su habitual lugar vacacional, el rigor en el vestir, en el hablar, y hasta en las posturas. La extraña sensación de formar parte de un coro gregoriano… y un largo etcétera que no podrán comunicar a nadie. Por eso, por las noches, era frecuente oír llantos; llantos que se iban contagiando.

 

Es la primera ruptura con el mundo. Comienza la vida de la que nunca les hablaron.

 

Y al terminar los dos meses de encierro, las que habíamos estado encargadas del buen funcionamiento del curso, dábamos rigurosa cuenta a nuestras directoras, haciendo a la vez, entrega de unos informes de conciencia necesariamente equivocados o inexactos, pues, ¿cómo íbamos a conocer a un alma, sus intenciones, sus dificultades, sus luchas y sus genes en tan sólo 60 días? Y sin embargo, esos informes las acompañarán inexorablemente, primero en el centro de estudios, y luego, en toda su vida.

 

MI MÁS SINCERO CONSEJO PARA VICTIMAS Y VERDUGOS

 

A estas alturas, las listas de los que acudirán al centro de estudios están confeccionadas, pero no hay nada irreversible.

 

Mi historia como víctima y verdugo no es nada original. Mi historia se repite siempre.

 

No pretendo sacar conclusiones, que cantan por sí mismas. Raramente resulta útil la experiencia de los otros.

 

Pero sí me veo moralmente obligada a ayudaros en una reflexión, y ésta es la siguiente:

 

1. El hombre debe escuchar a Dios en el interior de su conciencia. Y por tanto, sólo a Él obedecerle. Se equivoca si lo busca fuera, y menos en una dirección espiritual forzada, prohibida por la Iglesia, y que el mismo Prelado dice que no existe. (Carta Octubre 2011)

 

2. Si en el primer periodo de formación, algo se escapa o difiere a lo que inicialmente te propusieron y te llevó a entregarte, antes de seguir el rol, detente a pensar. Pide los estatutos, (que no el catecismo, pues difiere en mucho) y léelos detenidamente. Si no te los entregaran, puedes encontrarlos traducidos en Internet. Tu obligación es ceñirte a ellos pues son los que aprobó la Iglesia para el opus dei. De lo contario, te verás introducido en una maquinaria de la que difícilmente podrás salir sin heridas, que nada tiene que ver con el espíritu cristiano, y cuyo único resultado es la destrucción de la salud física y espiritual de las personas.

 

3. Si en alguno de los que me leen se repite la historia y le moldean para ser director, que se lo piense mucho, porque cuando no le necesiten se encontrará que no es nadie en la vida. Que nunca ha tenido una nómina, que no puede presentar un currículo, que no tiene informe de vida laboral, y que no tendrá jubilación por no haber cotizado a la seguridad social. (Espero que nadie me ponga una navaja en la yugular si no me retracto de lo escrito). Y que si por algún motivo sale o “le salen” de la institución, quedará en peores condiciones que un mendigo. Además, tu madre guapa la obra, te abandonará a tu suerte.

 

Las listas están hechas. Antes de hacer las maletas, reflexionar un poco, por favor. No quisiera que nadie repitiera el error que yo cometí.

 

Un cariñoso saludo,

 

Dolcevita




Publicado el Miércoles, 04 julio 2012



 
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