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 Libros silenciados: Tras ser obispo, ¿qué más, qué sigue?.- Gervasio

115. Aspectos históricos
gervasio :

Tras ser obispo, ¿qué más, qué sigue?

Autor: Gervasio, 14/04/2014

 

            Para muchos, que Escrivá desease ponerse al frente de una diócesis, les suena a algo así como que hubiese deseado dedicarse al salto de pértiga, a la exploración del planeta Marte o a otra actividad inopinada. ¿A qué habría dedicado sus energías y su futuro, tras haber tomado posesión de la diócesis de Vitoria o de cualquier otra? Trataré de responder a ese interrogante, que yo también me he hecho. Me moveré por supuesto en el terreno de la hipótesis y de la elucubración. Hay que enfrentarse nada menos que a un futurible: lo que pudo haber sido y no fue.

            Durante el curso 1949-50 Escrivá estaba en trance de poner la última piedra de su fundación, con la aprobación definitiva del Opus Dei como instituto secular. Lo iba a dejar en buenas manos, en las de su fiel Álvaro. Quizá recordéis aquella famosa fotografía publicada en “Crónica” en la que Escrivá deposita en las manos de don Álvaro unos burritos —que éramos nosotros— dejándolos a su cuidado. La foto va acompañada del correspondiente artículo explicativo del simbólico gesto...  



            Esa transmisión de la Obra a las manos de don Álvaro se llevó a cabo efectivamente, pero más tarde, en 1975, como consecuencia del fallecimiento de Sanjosemaría. Mientras tanto, estaba en el aire la provisión canónica de las diócesis de San Sebastián y de Vitoria. Efectuada la trasmisión de poderes, a otra cosa mariposa. Del Opus Dei se ocuparía en adelante don Álvaro del Portillo. La impaciencia de Escrivá Balaguer por que el Opus Dei quedase aprobado como instituto secular con carácter definitivo cuanto antes, le valió al cabo de una década, cuando quiso cambiar su estatuto jurídico —no sus estatutos—, este merecido reproche:

                —Le habíamos indicado que no se impacientase por obtener una aprobación definitiva. Lo prudente hubiese sido dejar pasar más tiempo, para comprobar que efectivamente el Opus Dei se desenvolvía bien,configurado como instituto secular.

 Escrivá con sus dos fundaciones, una de laicos —el Opus Dei— y otra de sacerdotes —la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz—, había dejado claro su idea de lo que debe ser y cómo debe comportarse un laico y de lo que debe de ser y cómo debe comportarse un sacerdote. Sólo le faltaba añadir cómo debe ser y cómo debe comportarse un obispo. Alguna vez había avanzado ideas sobre el particular. Lo primero, el seminario. El seminario debe ser la gran preocupación de cada uno de los obispos, decía. Para mí —es lo que pienso, quizá me equivoque—, que deseaba encarnar personalmente la figura del “obispo ideal”, algo parecido a “la mujer ideal” de la revista Telva, pero en obispo. Todos los demás obispos tendrían un espejo en qué mirarse y el resto, incluida la Santa Sede, exclamaríamos: ¡qué magnífico obispo! Ya había dado muestras de ser un magnífico capellán de monjas, como se resalta en sus biografías, pero no es lo mismo ser un magnífico capellán de monjas que un magnífico obispo.

Igual le pasaba con lo de la santidad. Nos decía que no debíamos imitar a los santos —los santos para los del Opus Dei son sólo intercesores, pero no modelos a imitar—, a lo que don Álvaro añadía que a quien debíamos imitar era a Escrivá. Lo llamaba imitar a Jesucristo por el camino reglamentario. Escrivá nunca desautorizaba a don Álvaro, ni en esto ni en nada. Es más, Escrivá decía de sí mismo que él —y solamente él— encarnaba el espíritu del Opus Dei y que teníamos que vivir el espíritu del Opus Dei. Después de todo, ¿qué culpa tenía él —pese a sus miserias, pese a su pequeñez— de ser un modelo a imitar? Pero faltaba la posibilidad de contemplar el espíritu del Opus Dei encarnado en un obispo.

            El deseo de convertir una diócesis española —que es donde veía más posibilidades por su buenas relaciones con Franco— en “la diócesis ideal” habría de centrarse, además de en el seminario, en el comportamiento de sus sacerdotes. Conocía bien el percal  —o eso se figuraba—, porque había impartido muchos ejercicios espirituales a sacerdotes diocesanos. Los iba a poner derechos como un guardacantón y a pleno rendimiento. Los iba a poner a ciento. Escrivá sabía exigir. Los sacerdotes de su diócesis no serían como los de Perdiguera, que jugaban a las cartas, con los santos óleos colgados en el respaldo de la silla de juego, para tenerlos a mano en caso de una llamada urgente para administrar la extrema unción.

En los escritos de Escrivá, e incluso en los propios estatutos del Opus Dei, quedan manifestaciones de esa aspiración de Escrivá a organizar la vida a los sacerdotes diocesanos. Está, por ejemplo, eso de que hay que promover su vida en común con convictorios sacerdotales y cosas así. Sobre todo se abre, que no es poco, la posibilidad de que los sacerdotes diocesanos entren a formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a efectos sólo —al menos teóricamente— de dirección espiritual, pero sin ocupar puesto alguno de gobierno. Lo ideal quizá sería propiciar —en su propia diócesis— una situación similar a la de los sacerdotes numerarios, en la que la dirección espiritual y el gobierno de la institución están muy coordinados, por no decir identificados. En fin, sería lo que “seriese”. ¿Quién sabe? Estamos ante un futurible.

Se dice oficialmente que el fundador estuvo a punto de abandonar el Opus Dei para ocuparse de una nueva fundación, distinta de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, destinada a los sacerdotes diocesanos. Eso de abandonar a su propio impulso al Opus Dei en aras de dedicarse al clero diocesano, se hace notar especialmente a los sacerdotes agregados, como muestra de lo mucho que Escrivá amaba y estimaba a los sacerdotes diocesanos. Nadie me explicó en qué hubiera consistido la nonata fundación. En el Opus Dei se consideran fechas fundacionales el 2 de octubre de 1928, el 14 de febrero de 1930 y el 14 de febrero de 1943. Son fechas en que tuvo visiones; no fechas relativas a la datación de un documento. Me planteo si Escrivá presentía— si tenía barruntos— de que iba tener una visión de esas o de si esa visión no se llegó a producir. Quizá más que una fundación, en el sentido indicado, lo que tenía en perspectiva sería simplemente la dedicación a los sacerdotes diocesanos propia de un obispo. No lo sé.

El fundador era muy clerical. Aparte de someter el Opus Dei, que es fenómeno laical es sus inicios, a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, daba más importancia a los sacerdotes que a los laicos en la economía de la salvación. Cada sacerdote —decía—, según sea bueno o malo, arrastra o no arrastra tras de sí a un montón de gentes. En su visión del cielo los laicos se salvan en la medida en que se agarran a la sotana de un sacerdote, que es el que tira de ellos hacia arriba. Como para que lo plasmase así un Zurbarán  o  un Greco en uno de esos cuadros didáctico-piadosos propios de la época.

Escrivá se sentía sinceramente identificado con el clero secular así como con las tareas propias de la jerarquía eclesiástica. Era el mundo que le atraía, le preocupaba, y en el que se proponía y le gustaría participar. El mundo de los religiosos y de las monjas no le atraía nada. Le producía un rechazo lindante con el desprecio. No obstante, pese a esa atracción por el mundo eclesiástico secular, su fundación estaba y sigue estando organizada en todo —pero es que en toditito— según esquemas monásticos. El Opus Dei tiene espiritualidad propia, prácticas piadosas monacales, clero y seminario con espiritualidad propia, vida en común, pobreza sin peculio, obediencia en la que se divinizan los mandatos de los superiores, etc. Para qué insistir en lo que tantas veces se ha puesto de relieve en Opuslibros. 

Una banda callejera —de marcado carácter racista, muy nazis ellos— se dedicaba a acosar y agredir a cualquier persona —especialmente negros— de raza exótica, sobre todo inmigrantes. ¿Podéis creer que entre esa banda de malhechores militaba con sincero entusiasmo un inmigrante negro? Es relativamente frecuente que alguien se identifique afectivamente con lo que no es. Un transexual —operado o no—se identifica con ser mujer y hay que decirle “guapa” o “simpática”, porque se ofende si se le llama “guapo” o “simpático”. Exageran el aspecto y porte exterior femenino, que oculta la realidad. Odian su propio pene. Hay personas de origen humilde que se identifican con la aristocracia y viceversa. Se dan aires. Algo parecido sucede cuando los del Opus Dei insisten en que no se los tome por religiosos. Por ese camino se acaban odiando a sí mismos, porque con lo que se identifican es con los fieles corrientes y en el fondo de su corazón no se ven a sí mismo como fieles corrientes. Si son sacerdotes, se les exige identificarse con los sacerdotes diocesanos, sabiendo que no son sacerdotes diocesanos, sino prelaticios. Todo ello es fuente de gran conflicto interior. Acaba provocando frustración. A los del Opus Dei nunca los vi ni los veo como personas realizadas —eso se nota—, sino como personas frustradas. Se percibe que les falta algo. No puedo decir que me esté divirtiendo. A lo que iba. Esta es la peculiar secularidad del Opus Dei. Es una secularidad de mera identificación afectiva.

Esa diócesis ideal no sólo se centraría en los seminaristas y presbíteros. Sería también un modelo de gestión de recursos. Recuerdo a Escrivá hablando del diario L’Osservatore Romano.

            —Que me lo diesen a mí, decía. Las posibilidades que tiene. El dinero que se podría sacar con él.

            No son palabras exactas, por supuesto. Le daba coraje el desperdicio de energías y de medios existentes en tantos elementos de la organización eclesiástica. Lo que él, que había sacado adelante el Opus Dei sin apenas medios —al menos al principio—, no haría con los recursos que un obispo diocesano tiene a su alcance. 

La prelatura nullius dioecesis de Yauyos se creó mediante las letras apostólicas Expostulanti Venerabili el 12 de abril de 1957. El Papa Pío XII segregó de la archidiócesis del Lima —no de la de Roma, como Escrivá pidió a Juan XXIII en 1962 y luego a Pablo VI—, un terreno, concretamente las regiones andinas de Yauyos y Huarochirí y con ellas se creó la Prelatura de Yauyos, haciéndola sufragánea de la metropolitana de Lima. En eso curiosamente terminaron los deseos manifestados en 1956 por el entonces secretario general del Opus Dei, Antonio Pérez, a Alberto Martín-Artajo —el que tramitaba las seisenas para obispos—y que éste sintetiza así: El Secretario General del Opus Dei, Antonio Pérez, que me visitó el otro día, me dijo que los del Opus Dei piensan ahora que quizá haya sido acertada la resistencia de la Santa Sede de nombrar Obispo residencial al fundador Padre Escrivá, pero añade que sigue siendo conveniente que alguno de sus inmediatos colaboradores sea promovido a esa dignidad, y me sugiere a don Álvaro del Portillo , cuyo “curriculum vitae” te envío, aunque bien sé que lo conoces personalmente. La verdad es que una prelatura en Yauyos no era exactamente lo que se deseaba, aunque una prelatura en Yauyos encajaba en lo que se pedía. ¡Toma lo que pides, aunque sé que no es lo que quieres!

De vez en cuando se nombra obispo residencial a un sacerdote numerario del Opus Dei. No fue ese el caso de la prelatura de Yauyos. La prelatura de Yauyos fue encomendada al Opus Dei en cuanto tal, por no decir que fue creada expresamente para el Opus Dei. Podían organizarla como quisieran. Y así se hizo. Recuerdo que en las revistas internas se escribía y se daban noticias de Yauyos, como si se tratase de una obra corporativa más. A Yauyos se enviaron como voluntarios sacerdotes agregados de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz españoles. Allí se envió entre otras personas a Fanfi, un médico que se quejaba de que por aquellas tierras la proteína cárnica consistía en un roedor parecido al hámster, cuyas costillas había que chupar. Eran parajes muy pobres y míseros. Lo enviaron allí como castigo, porque al parecer tenía profesionalitis. ¿Quieres ejercer la medicina? Pues a ejercerla a Yauyos, donde hay mucho indito necesitado de atención médica. Al frente de aquella prelatura, en calidad de prelado, con territorio y pueblo propios, Escrivá puso a Ignacio Orbegozo, numerario desde 1942, persona buena donde las haya. Durante la celebración del concilio Vaticano II, en el que participó, se alojaba en Villa Tevere, sin llevar distintivo episcopal alguno.

A mí lo que me da rabia de todo esto es que Escrivá no quiso para sí mismo ni para don Álvaro la prelatura de Yauyos. Ni jarto de vino, que diría un andaluz. Antes regente auxiliar de Perdiguera. Ser regente auxiliar de Perdiguera, por otra parte, era un cargo muy secular, mucho más que el de capellán de monjas, que fue en lo que acabó en Madrid. Digo que me da rabia, porque nos hubiéramos ahorrado muchos sinsabores, mortificaciones y rezos encomendando la dichosa intención especial. Se perdió una ocasión de oro de lograr ver el Opus Dei configurado como prelatura nullius, tal como solicitó posteriormente  a Juan XXIII y a Pablo VI. Hay, sin embargo, una diferencia en la solicitud. La prelatura pedida en 1962 debería estar ubicada en la Ciudad Eterna. Si no fuese posible en la Ciudad Eterna, dentro de Italia al menos. Hay que estar en Roma, cum Petro, muy cerquita de quienes mandan en la Curia Romana y a ser posible dentro de la misma Curia, que es el mejor modo de servir a la Iglesia como ella quiere ser servida. Hay que estar a su disposición en todo momento y para eso hay que estar en Roma en stand by. Cum Petro. Cum Petro. Lo de menos es que en Italia sobran prelaturas —hay unas doscientas cincuenta y se van suprimiendo poco a poco— y en otros sitios, como en Yauyos, faltaban. Pero… Cum Petro. Cum Petro. Siempre cum Petro.

Gervasio




Publicado el Lunes, 14 abril 2014



 
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