Gracias a Dios, ¡nos fuimos!
OPUS DEI: ¿UN CAMINO A NINGUNA PARTE?

De cómo entré en el Opus Dei
Índice
Prólogo e introducción
1. Primer contacto
2. Proselitismo y vocación
3. La santa coacción
4. El centro de estudios
5. El mundo real y el cariño de mis padres
6. Se me cae la venda de los ojos
7. Mi salida del Opus Dei
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DE CÓMO ENTRÉ EN EL OPUS DEI
(y otras tribulaciones)

Autora: HALMA

7. MI SALIDA DEL OPUS DEI

A mi directora empecé a cogerle una especie de tirria indescriptible y se lo decía a la cara. Así que me cambiaron de directora espiritual.

Me pusieron a Mari Mar, ella era más blanda y comprensiva. Ahora, con la madurez de los años, creo que eso también fue una estrategia para que no me fuera rebotada y empezara a despotricar del Opus Dei una vez fuera. -Eso también lo consiguieron-.

Al final, me dieron la bendición para que me fuera. De todas formas, yo lo tenía decidido. Me la hubieran dado o no, yo me iba. Además, con la conciencia tranquila.

Jesús era el único que me escuchaba y me comprendía durante las largas horas de oración que pasé aquellas angustiosas semanas de soledad absoluta, rodeada de tanta gente ajena, las que decían ser "mi familia".

Cuando me fui no me dejaron despedirme de nadie. Me fui por la puerta de atrás, de puntillas, en sigilo. Lo feo se ha de esconder, se ha de tapar, se ha de ocultar. Allí todo es bonito y si no lo es, ¡pues se maquilla y arreglado¡ ¡que para atraer o retener a las almas todo vale¡.

Años más tarde, ya casada, me encontré, por casualidad, con una amiga de la época a quien yo solía llevar por el Colegio Mayor. Me dijo que le fue imposible contactar conmigo porque nunca le informaron de mi paradero. Se limitaban a decirle que "me había ido y que no sabían qué había sido de mí".

Borraron toda huella, todo trazo de mi paso por allí y ¡si te he visto no me acuerdo!. Ni una llamada de las que tanto me querían. Ni una palabra de aliento de las que "se hubieran dejado cortar un brazo por mi".

Nada.

Ni el más mínimo interés.

Silencio absoluto desde entonces hasta hoy.

Después, me enteré que, tras de mí, se salieron muchas más... Unas se fueron, a otras las echaron.

Es verdad, no todo el que se va del Opus lo hace por su propia voluntad. A algunos, como a mi amiga Virginia, la echaron. Después de hacerle creer durante años que tenía vocación, le dijeron que se fuera. No sacaba buenas notas. "El Opus Dei no era lo suyo". La devolvieron a su madre, descentrada y alienada... después de haberle robado la adolescencia, vaciado de personalidad y despojado de su dignidad. Tampoco ella recibió apoyo o consejo. En Opus Dei las cosas funcionan así: te exprimen hasta que no te sacan más jugo, luego, si no sirves, te desechan.

Si te dicen lo contrario mienten.

Tal vez ahora, tu que estás dentro, que eres afín, ahora que lees esto, te echas la manos a la cabeza: es algo que tu mismo/a deberás descubrir, por suerte o por desgracia.

DE NUEVO EN EL MUNDO REAL

Cuando volví a mi casa no tenía amigos. No sabía nada del mundo. Me escandalizaba todo: la televisión y el cine especialmente. Recuerdo que la primera vez que fui al cine, después de años, con mi hermana y su pandilla. Vimos "Pretty Woman". !Me tiré toda la película con los ojos cerrados, rezando y desagraviando a Dios¡

Empecé a ir con mi hermana y sus amigas y amigos. Pero eran más inmaduros... y me sentía un poco desplazada.

Me habían robado mi adolescencia y ahora, siendo una adulta de 20 años, no sabía quién o qué era yo exactamente. Estaba como un pulpo en un garaje, como un pez fuera del agua, como un explorador sin brújula.

No había nadie de la Obra, en cuyas manos puse mi vida, nadie para escucharme, nadie para entenderme, nadie para darme un consejo, sola, conmigo misma, con mi propia realidad.

Una vez instalada en casa de mis padres, me vi en la obligación de llamar a Lola, a quien profesaba un gran cariño y admiración, para decirle que ya no era de la Obra, que había descubierto que no tenía vocación.

Lola me había visto crecer espiritual y físicamente. Durante tres años estuve abriéndole mi alma de par. Me costó despedirme de ella cuando tuve que irme al Colegio Mayor. Lo que sentía por esa persona es ese tipo de aprecio, consideración y estima que sólo es posible fraguar durante la adolescencia y que muchas veces se mantiene y se dilata hasta la edad adulta.

Lola me dijo, como era de esperar, que "contara con ella para lo que fuera", que "quién mejor que alguien del Opus Dei me iba a entender", que "la llamara cuando quisiera o cuando lo necesitara".

Sin embargo esa persona a la que, como he dicho, estimaba y apreciaba como se quiere a una amiga, hermana o madre me inflingió la peor y más vil de las decepciones y desengaños que yo recuerdo.

Contradiciéndose, faltando vilmente a su palabra, nunca estuvo disponible cuando la necesité. Cuando la llamaba por teléfono nunca era buen momento para atenderme, siempre había algo más importante y urgente.

Ni siquiera me atendía ella: "...lo siento, está ahora mismo está muy ocupada" "No está en el club en estos momentos..." "Es el día de retiro...llama mañana si quieres..." "llamas en mal momento, está rezando el rosario..."

Ya no venía a mi casa "para ver que tal estaba" como había hecho antaño. Y, por supuesto, tampoco se permitía perder unos minutos para ponerse al teléfono.

Mi madre me decía:

-Halma, hija, desengañate. Tu ya no le convienes. Ya no eres bienvenida. Su amistad, si la hubo, que lo dudo mucho, era totalmente interesada, era para captarte.

Aunque tardé un tiempo -no podía, no quería creerlo- acabé por aceptarlo: Lola ya no era mi amiga. Debía dedicar su tiempo a labores más "rentables" para esa "Obra de Dios". Mi madre tenía razón una vez más.

Me dolió descubrir que hasta la amistad es hueca y falsa en el Opus Dei - no dudo que haya honrosas excepciones-. Yo me sentí estafada, engañada y defraudada.

Quizás sea un ejemplo un poco burdo pero sirva para el caso. Me sentí como a quien le venden una casa con piscina, barbacoa, pista de tenis, chimenea, todo con materiales de altísima calidad, con los mejores acabados y concebida por los mejores arquitectos a un precio casi desorbitado para acabar descubriendo que hay defectos graves en la estructura, que los materiales son de calidad media tirando a baja, que la piscina tiene una enorme grieta y hace aguas, que la chimenea y la barbacoa son un trampantojo dispuesto con gran pericia y la pista de tenis es una zona común debiendo pagar por usarla. Pero, además de que no te devuelven ni el dinero ni el tiempo invertido, no puedes reclamar en ningún lado.

No me hizo falta la amistad de nadie. Tuve la suerte de tener una familia muy buena y paciente: hay personas que salen tras haber roto los lazos con su familia de sangre. Hay también personas que salen y en su familia son todos del Opus Dei... (me alegro de que al menos ahora se puedan desahogar en esta web.)

El segundo curso de mi carrera, ya fuera del Opus, recuerdo que el hecho de ir a la Universidad e ir a Misa diaria me ayudaban a pasar los días un poco mejor.

Mis opciones eran:

a) Salir con la pandilla de mi hermana, sin gana alguna, enfrentándome al mundo real -a mis ojos, hostil y peligroso-

b) Pasarme los días encerrada en casa, sin saber qué hacer, a parte de rezar, lamentándome de mí misma y de mi situación.

A menudo optaba por la opción a).

Mi hermana, en ese sentido, me ayudó mucho. No le daba corte que viniera "su hermana mayor" y se metiera en "su pandilla" y tampoco le avergonzaban mis "rarezas" ni mis "comentarios y consejos" a sus amigos. Fue un gran apoyo para mí y le doy las gracias por su comprensión y cariño.

Más adelante conocí al que hoy es mi marido. Tuve serios problemas, después de años alimentando y fraguando una auténtica fobia hacia mi cuerpo y mi sexo.

Le prohibí cogerme de la cintura o ponerme la mano sobre los hombros (por la "proximidad" de su mano a mis pechos). Me reprimía al besarnos. Sólo podía soportar los besos rápidos y "secos" en la boca. No quería bailar baladas porque cuando se pegaba a mí podía notar su sexo, cosa que me escandalizaba lo que más.

Recuerdo que le dije que, "si quería salir conmigo debía ser según mis normas o se podía ir a tomar viento".

Pero como pasaron las semanas y no me dejó tirada pensé honradamente que se merecía una explicación, así que le conté lo de mis 5 años en el Opus Dei.

Su reacción fue muy buena. Supo comprender, ser paciente y, poco a poco, con esfuerzo, pude vencer mis miedos. Los seis años que fuimos novios fuimos realmente felices.

Nunca me obligó a hacer nada que yo no quisiera.

He de decir que el amor mueve fronteras, acorta distancias, tumba muros, desvanece prejuicios y en su lugar siembra cariño, ternura y comprensión.

Hoy en día estamos casados ya hace 6 años y seguimos igual de enamorados.

MI MORALEJA

Puedes salir del Opus Dei y llevar una vida normal.
No temas ser tu mismo, reencontrarte, redescubrirte.
No permitas, nunca más, que nadie más tire de los hilos de tu conciencia
No tengas miedo a equivocarte, eso es humano.
Si ahora estás en un pozo negro y frío no es culpa tuya:
te han hundido en él.
Dios aprieta pero no ahoga: se puede salir.
Puedes salir del Opus Dei y ser plenamente feliz


MI DESEO

Espero que mi experiencia ayude:
A los que están dentro y desean salir pero tienen miedo de la vida fuera.
A los que conozcan superficialmente el Opus Dei y tienen pensado entrar.
Y a todos aquellos que, no perteneciendo a estos grupos, pudieran toparse algún día inesperadamente con esta institución.

"Obra", dicen, "de Dios".
Obra que no tiene escrúpulos en reclutar niñas y niños de 14 años, -separándolos de unos padres engañados y ajenos a todo-, atrayéndolos con "verdades omitidas", "verdades a medias" "santa coacción" y "santa desvergüenza", manipulándolos, modelándolos, forjándolos hasta convertirlos en marionetas que no sienten, en títeres que no piensan, en ciegos instrumentos de la Obra "divina", cuya única aspiración en la vida es trabajar mucho para aportar dinero a la Obra "de Dios"
y traer más almas a la Obra "de Dios".
Sin duda, la mayoría son buena gente que vive con la certeza
de hacer el bien.

A todos ellos dedico esta confidencia.
Y a mi familia y a mi marido, a los que estaré siempre agradecida.
Y también a las "orejas" que me han dado la oportunidad de sacarla a la luz.

Un abrazo a todos,
Halma
Agosto de 2003

FIN DEL LIBRO

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