|
SER MUJER EN EL OPUS DEI
Autora: Isabel de Armas
CAPÍTULO 3. TIEMPO DE EXALTACIÓN
-Puntos de referencia clave.
-Del optimismo idealista al pesimismo
práctico.
-Cuestionamiento total de los
valores establecidos.
-Ensanchando horizontes y puntos
de mira.
-La censura llama a mi puerta.
-Los valores "ontológicos"
de la feminidad.
-Aclararse, una tarea difícil
y costosa.
-Otra vez "la cuestión de la
mujer".
-De la reivindicación de la "igualdad"
a la "diferencia".
-La "Humanae vitae" y el
mundo de las supernumerarias.
-El concepto de la paternidad responsable.
-Control cerebral y sexualidad humanizada.
-Educación de la continencia.
-Sacerdocio femenino
Puntos de referencia clave (13 de
noviembre, 1998)
Como cada uno de nosotros somos hijos de nuestro tiempo,
para entender por dónde van los tiros de cada quien
en un determinado tiempo -intereses, inquietudes, preocupaciones-,
es importante conocer los sucesos claves que en ese preciso
momento histórico se están llevando a cabo.
En la década de los sesenta hubo dos sucesos fundamentales,
que tuvieron como consecuencia el poner en tela de juicio
todo lo divino y lo humano: el Concilio Vaticano II y el movimiento
estudiantil conocido como contracultura, que tuvo su expresión
cumbre en el Mayo del 68 francés. Ambos vinieron a
ser un auténtico revulsivo social, aunque, como es
lógico, para el católico practicante, fue más
punto de referencia clave el primer acontecimiento que el
segundo, a pesar de que éste último supuso un
cuestionamiento total de los valores establecidos.
El 11 de octubre de 1962 se llevó a cabo la apertura
del Concilio Ecuménico Vaticano II. El papa Juan XXIII
había asumido una iniciativa sin precedentes, con objeto
de "quitar el polvo que se había ido acumulando
en el trono de Pedro desde la época de Constantino".
Este pontífice, idealista y bondadoso, comprendía
que la Iglesia había de dar una respuesta adecuada
a los problemas actuales de ámbito mundial, tales como
la guerra, la injusticia, la pobreza. También advertía
la perentoria necesidad de un "aggiornamento" -una
puesta al día- de la Iglesia. Consideraba que un concilio
ecuménico era el medio más eficaz del que la
Iglesia disponía para valorar su papel en el mundo
y poder cumplir ante la humanidad de su tiempo aquellos fines
para los que fue fundada.
Los miembros de la Curia, órgano de gobierno del Vaticano,
trataron de persuadirlo de que abandonase la idea o, cuando
menos, de que considerara la posibilidad de posponer la convocatoria
del Concilio. Esta oposición se debía al temor
de que un Concilio pudiese romper la organización jerárquica
existente en el gobierno de la Iglesia. Los miembros de la
Curia romana dirigían todas las sagradas congregaciones
encargadas de los asuntos referentes a la vida eclesiástica.
Los conservadores pensaban que el cambio equivaldría
al reconocimiento de la existencia de una debilidad y se oponían
a cuanto menoscabase las sagradas tradiciones.
El Papa, sin embargo, estaba resuelto a celebrar el concilio
en la fecha más temprana posible y deseaba ver realizado
su sueño antes de morir. La primera sesión tuvo
lugar entre octubre y diciembre de 1962: el sueño de
Juan XXIII se había hecho realidad. Sin embargo, no
llegaría a contemplar el final de este sueño,
pues falleció en junio de 1963. Su sucesor, Pablo VI,
presidiría las tres sesiones siguientes en los otoños
de 1963, 1964 Y 1965. El nuevo Papa también sentía
la necesidad del Concilio que consideraba "como un puente
hacia el mundo contemporáneo", aunque manifestó
una tendencia quizá más conservadora que la
iniciada por su predecesor.
En diciembre de 1965 finalizó el Concilio. Durante
cuatro años de deliberaciones, en las que se pusieron
de relieve serias diferencia existentes entre progresistas
y conservadores, se elaboraron un total de 16 textos que se
refieren tanto a la reorganización de la Iglesia como
a la redefinición de sus vínculos con el entorno.
De estos escritos, destacan dos como trabajos claves: "Lumen
Gentium" (Constitución dogmática sobre
la Iglesia) y "Gaudium et Spes" (Constitución
pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy). En la elaboración
de dichos documentos participaron, y a su puesta en práctica
se comprometieron, todas las fuerzas presentes en el Concilio
-Juan XXIII y Pablo VI que le sucedió, la Curia romana,
los obispos de Occidente, Oriente y el Tercer Mundo, las distintas
corrientes teológicas... Sólo hubo oposición
por parte de monseñor Lefebvre y su entorno, que representaban
una ínfima minoría de los padres conciliares.
Sin embargo, unos años más tarde, como observa
el sociólogo de las religiones, Gille Kepel, "el
legado del Concilio será objeto de un conflicto radical
entre quienes estiman que sólo es el comienzo de un
proceso de apertura de la Iglesia al mundo y quienes, a la
inversa, lo consideran un término, un límite
que no debe franquearse".
En cierta ocasión oí contar que, al papa Juan,
la idea de convocar un concilio le vino a las mientes a raíz
de un diálogo que sostuvo con un cardenal, que creía
de buena fe que el mejor soporte de la Iglesia debía
ser la acumulación de poder. Le daba miedo la competencia
de las demás religiones, mientras que él pensaba
todo lo contrario. El poder terrenal de la Iglesia era el
principal enemigo de la catolicidad. La década de los
sesenta no era la época de Constantino, ni tampoco
la de los Borgia. Los fieles en particular, y la humanidad
en general, necesitaba otra actitud, otro lenguaje.
El idealista y bondadoso pontífice, estaba convencido
de que procedía un acto de arrepentimiento, de humildad,
un mea culpa. El Concilio debía servir para dar un
giro de 180 grados. A base de anatemas, de coacción,
de amenazar con el fuego eterno y, por supuesto, de nepotismo,
la Iglesia no iría a ninguna parte. El imparable avance
de la ciencia y de la técnica iría socavando
poco a poco su influencia sobre las almas, y los hombres le
darían la espalda.
Consecuente con su temperamento, sin una palabra de soberbia,
aunque con una fe sin límites en el mensaje de Cristo
Jesús, presidió la apertura del Concilio. Roma
se convirtió en un gigantesco templo, en una concentración
de jerarcas eclesiásticos entre los cuales abundaban
los santos, pero también las mentes retorcidas e incordiantes
por una u otra causa.
"Pronto me di cuenta -explicó el Papa- que encontraría
mucha oposición. Los retrógrados temían
perder sus privilegios (la llamada Curia romana había
dicho que era imposible organizar el Concilio para 1963)."
"¡Magnífico. Entonces lo celebraremos en
1962!" -añadió de inmediato Juan XXIII-.
Y así fue. El Concilio empezó paticojo, a decir
del propio Papa, debido a las discrepancias que se pusieron
de manifiesto ya en la primera sesión. Pero esta reacción
no acobardó al pontífice, puesto que declaró:
"¿Creéis que os he hecho venir para que
todos cantéis el mismo salmo como los monjes?"
Muchos teólogos se pusieron de su parte, entre los
que destacó el jesuita Karl Rahner, cuyas palabras
fueron contundentes:
"Necesitamos -puntualizó- una teología
de los misterios de Cristo. Del mundo físico. Del tiempo
y de las relaciones temporales. De la Historia. Del pecado.
De la vista, del oído, del lenguaje, de las lágrimas
y de la risa. De la música y de la danza. De la cultura.
De la televisión. De los alimentos y de la bebida.
Del matrimonio y de la familia. De los grupos étnicos
y del Estado. De la humanidad. De una nueva antropología
cristiana..."
Las intervenciones del humilde Roncalli iban marcando el
camino en una dirección que pilló desprevenidos
a muchos de los asistentes. Se manifestó sin ambages
en contra de los "profetas de las calamidades, y reiteró
una y otra vez que la Iglesia debía usar más
de la misericordia que de la severidad. Cuando le preguntaron
acerca de la conflictiva marcha del Concilio, respondió,
con fe firme, que en un concilio hay que contar con tres etapas:
la del demonio, que procura revolver los papeles, la del hombre,
que contribuía a la confusión, y la del Espíritu
Santo, que lo aclaraba todo. Él no coincidió
en el tiempo con el desarrollo de las tres etapas; falleció
antes.
Pienso que el cónclave se hizo de la vejez una idea
falsa cuando, creyéndolo inofensivo, eligió
Papa al cardenal Roncalli. Éste siempre había
hecho lo que consideraba su deber, sin dejarse intimidar por
nada. El pontificado le abrió inmensas posibilidades
y las explotó. Con el nombre de Juan XXIII, tres meses
después de su elección, venciendo todas las
oposiciones, emprendió una reforma de la Iglesia y
convocó un concilio cuyos trabajos fueron en gran parte
inspirados por él; trabajos que iniciaron una conmoción
y llevó a una interrupción posterior seguida
de un parón en seco por temor a un generalizado desmadre.
¿Fue Juan XXIII víctima de la contrafinalidad?
De esa contrafinalidad que Sartre ha descrito y que es un
momento ineluctable del desenvolvimiento de la historia. "La
praxis -dice- se fija en lo práctico-inerte; bajo esta
forma es retomada por el conjunto del mundo y desnaturaliza
su sentido."
Toda persona madura ha asistido alguna vez a este reverso
de las cosas. En nuestro siglo, Gandhi puede ser el prototipo
de víctima responsable de la contrafinalidad. Empecinado
en la idea de la no violencia, el padre de la liberación
india no supo ver la violencia que alentaba en el seno de
las comunidades hindú y musulmana. Prefirió
el principio a la realidad, el medio al fin, y el resultado
contradijo la empresa de su vida. Hay pocas suertes más
trágicas para un hombre que ver su acción radicalmente
pervertida en el momento en que se cumple. La independencia
de la India, tan deseada, sólo le trajo la desesperación
(en el Pakistán había matanzas de hindúes;
en la India de musulmanes, y en los dos países de sijs),
y él mismo, predicador y testimonio incansable de la
resistencia no violenta, murió violentamente, asesinado
por un hindú que lo consideraba un traidor. El día
que cumplió setenta y ocho años, Gandhi declaró:
"En la India, tal como se presenta hoy, no hay lugar
para mi... No tengo ningún deseo de vivir si la India
ha de quedar sumergida por un diluvio de violencia".
De haber sobrevivido al Concilio Vaticano II, ¿habría
sido Juan XXIII, como Gandhi lo fue, víctima de la
contrafinalidad? ¿Cómo hubiera respondido? ¿Habría
actuado como lo han hecho sus sucesores? ¿Habría
llevado a cabo algo que quienes han venido a continuación
no han sabido o no han querido hacer? El papa Roncalli nos
dejó con los interrogantes; con un gran panorama abierto
y mucha y difícil tarea por hacer.
Las enseñanzas del Concilio Vaticano II provocaron
considerables reacciones en el clero y los fieles de todo
el mundo, que se pueden agrupar en tres posturas distintas.
La mayoría de los católicos aceptó de
buen grado los cambios introducidos por el mismo. Otros, sin
embargo, lucharon a brazo partido por mantener las antiguas
tradiciones. Finalmente, otros llevaron el progresismo y la
novedad mucho más allá de lo que se había
pretendido, llegando a manifestaciones realmente extremas
y caóticas. Pero no podemos olvidar que en toda revolución
hay excesos: es inevitable.
La prensa de todo el mundo aireó con morbo las noticias
amarillistas que hacían referencia a las llamativas
o escandalosas acciones de este tercer grupo: matrimonios
de sacerdotes reducidos al estado laico, misas rock y folk,
clérigos obreros que militaban en política.
En Latinoamérica, bastión del tradicionalismo
católico, se produjeron algunos cambios sorprendentes.
El clero católico, identificado secularmente con la
élite política, entró en agudo conflicto
con los gobiernos. En Chile, la Iglesia se manifestó
en contra de la Junta militar; en Paraguay, algunos sacerdotes
predicaban la revolución, y en Colombia, determinados
clérigos tomaban parte en actividades guerrilleras
antigubernamentales. En Brasil, concretamente en Recife, el
arzobispo Helder Cámara, organizó un movimiento
de protesta contra el régimen militar de su país.
Esta reacción en cadena tuvo su origen en una importante
reunión de obispos latinoamericanos, celebrada en 1968
en la ciudad colombiana de Medellín, en la que se aprobó
un programa socialista y anticapitalista. En su deseo de contribuir
a la redención de los humildes, algunos obispos comenzaron
a disponer de las tierras y propiedades de la Iglesia y a
trocar sus vestiduras por otras más sencillas. Numerosos
sacerdotes, al ejemplo de los obispos, abandonaron sus privilegios
de antaño y pasaron a vivir como sus pobres feligreses.
La situación de la Iglesia española tampoco
era de calma y tranquilidad por aquellas fechas. Por una parte,
prestaba atención a una gradual ruptura con el régimen
de Franco -superando el espíritu de cruzada y el nacionalcatolicismo-,
y por otra, se estrenaba en llevar las riendas de un clero
que, en buena parte, había comenzado a dar un considerable
giro en su acción pastoral y en sus propias actitudes
vitales.
Veíamos, y no hacía falta ser ningún
lince para verlo, que la Iglesia española iba divorciándose
progresivamente del régimen de Franco -sobre todo desde
la celebración del concilio Vaticano II-, y al hilo
de la renovación de la jerarquía episcopal española,
llevada a cabo por los nuncios Riberi y Dadaglio, que culminó
con el nombramiento de monseñor Enrique y Tarancón
-un liberal muy próximo a Pablo VI y partidario decidido
de la ruptura de la Iglesia con el franquismo- como arzobispo
de Madrid (1969) y presidente de la Asamblea Episcopal. En
los primeros años setenta se produjeron hechos muy
significativos: numerosos curas vascos y catalanes se manifestaron
públicamente en defensa de los derechos de sus pueblos
y también era elevado el número de curas que
se significaban, de diversas formas, contra la dictadura.
Recuerdo que la puntilla tuvo lugar en 1971, cuando la propia
Asamblea episcopal aprobó una resolución en
virtud de la cual la Iglesia pedía públicamente
perdón por la parcialidad con que había actuado
durante nuestra guerra civil. La abierta deserción
de la Iglesia hería de muerte al régimen: su
posición venía a deslegitimar la teoría
de la cruzada con que el franquismo justificaba sus orígenes
y la guerra de 1936-1939.
Ni que decir tiene que todos estos importantes acontecimientos
hacían pensar y llevaban a hacerte nuevos planteamientos
de cuanto te rodeaba. Sin embargo, lo que estaba ocurriendo
en la sociedad española contrastaba enormemente con
el ambiente que se respiraba en el mundillo interno de la
Obra. Cada vez más ministros, más directores
generales y más altos cargos del gobierno franquista
eran miembros de la Obra. La euforia y el optimismo de sentirse
en las alturas era difícil de disimular, y nosotras
-la sección femenina- volcábamos una parte importante
de nuestros esfuerzos, y mayor o menor ingenio, en tratar
y captar a las esposas, hijas, familiares y amigas de todos
aquellos que ocupaban las nuevas altas esferas.
Otro acontecimiento puntero, que resulta clave para entender
gran parte de la historia posterior de la Iglesia, fue el
giro llevado a cabo por la Compañía de Jesús.
La transformación de los jesuitas comenzó en
los años cincuenta, cuando las promociones de sus jóvenes
en formación acudieron a las facultades de teología
de Bélgica y de Alemania, donde, según las fuentes
más ortodoxas, sucumbieron en buena parte a los espejismos
de la cultura Contemporánea, no para subordinarla a
la fe, sino para interpretar la fe en función principal
de esa cultura, sin excluir el existencialismo y el marxismo.
El resultado fue, ante la alarma de Roma, una inversión
de valores, una asunción de la llamada teología
política; una teología nueva que no iba de la
fe a la cultura sino de la cultura a la fe. Su teoría
parte del punto de que todos los hombres son "cristianos
anónimos" y por tanto no hay que insistir en su
conversión "ideológica", sino en la
promoción de la justicia que se traduce en la intervención
política de signo activista e incluso revolucionario.
Ni que decir tiene que la Iglesia institucional estaba aterrada
ante tan radicales y novedosos planteamientos que le desbordaban
por todos los lados. Por eso no resulta difícil de
entender que se encendiera la luz roja y que se dispararan
las alarmas, aunque también es cierto que, si echamos
una ojeada a la historia de la Iglesia, vemos que en los momentos
claves de crisis interna siempre ha encontrado una orden religiosa
en la que ha podido apoyarse. Los benedictinos y los monjes
misioneros de Gregorio Magno en la Alta Edad Media; dominicos
y franciscanos en el medievo bajo y jesuitas en el Renacimiento
y la Reforma. Finalmente, en la última crisis del postconcilio
han sido los institutos seculares, los movimientos carismáticos
y fuerzas autónomas integradas a la vez en el mundo
y en la Iglesia, como es el caso del Opus Dei, el apoyo efectivo
de la Iglesia institucional.
Del optimismo idealista al
pesimismo práctico (17 de noviembre, 1998)
Y mientras tanto, ¿qué hacíamos quienes
nos encontrábamos en ese mayoritario grupo de católicos
que aceptábamos de buen grado los cambios introducidos
por el Concilio Vaticano II? Teníamos la mirada puesta
en Pablo VI y su reafirmación de la autoridad papal,
y confiábamos plenamente en que la nave de Pedro tiene
asegurada su permanencia de labios de su mismo fundador. La
historia confirma que la Iglesia había superado vicisitudes
incomparablemente mayores. Por nuestra parte se trataba de
ir resolviendo las dificultades que se nos fueran planteando
y, como miembros activos de esa Iglesia, cooperar a demostrar,
una vez más, que éramos capaces de dirigirnos
a los hombres y mujeres de nuestro tiempo con un mensaje de
amor y universalidad. Además, los textos conciliares
eran un buen refrendo a la doctrina que en el Opus Dei predicábamos
y queríamos vivir: la universalidad de la llamada a
la santidad; el valor santificador del trabajo; el apostolado
de los laicos; la libertad de los seglares en toda cuestión
temporal. El Vaticano II redescubrió una verdad que
llevaba siglos enterrada: los laicos, ni son cristianos de
segunda, ni "longa manus" de la jerarquía
eclesiástica. Son pueblo de Dios en marcha, que camina
con una importante carga de fermento para influir en la sociedad.
Pueblo de Dios -no gregario, y menos pasivo-, formado por
individuos que están personalmente llamados a ser santos.
El panorama que nos ofrecía el postconcilio era de
verdad animante: todo parecía llamar a la acción
positiva y al optimismo.
Por aquel entonces me encontraba en pleno tiempo de exaltación
vital como numeraria; había superado la dura etapa
de adoctrinamiento y me creía ya preparada para entrar
de lleno en el tiempo de la expansión. Mi asombro y
preocupación no apareció hasta más tarde,
al comprobar como, gradualmente, la visión oficial
de la Obra se iba desplazando, paso a paso, de la postura
del primer grupo hacia el segundo -de ambos grupos te hablé
en mi anterior carta-, hasta llegar a identificarse cada vez
más con aquel segundo grupo formado, en un principio,
casi exclusivamente por monseñor Lefevbre y sus seguidores.
Cada vez oíamos hablar más, y con mayor apasionamiento,
de desviaciones, errores, herejías y traidores. "Os
pido que recéis mucho por la Iglesia, por el Papa actual
y por el Papa que vendrá, que habrá de ser mártir
desde el primer día -decía monseñor Escrivá
a los suyos-. Rezad para que el pueblo cristiano tenga defensas,
en medio de tantos errores y herejías"...[Carta
de Monseñor Escrivá 14-II-1974].
"Hijas mías -añadía-, tengo gran
congoja en el alma, por la Iglesia, por esa Madre buena que
está tan maltratada... Los traidores están dentro...",
afirmaba Escrivá dirigiéndose a las superioras
mayores de Roma.
"Cuando yo me hice sacerdote -insistía el Padre
tres meses antes de morir-, la Iglesia de Dios parecía
fuerte como una roca, sin una grieta. Se presentaba con un
aspecto externo que ponía enseguida de manifiesto la
unidad: era un bloque de una fortaleza maravillosa. Ahora,
si la miramos con ojos humanos, parece un edificio en ruinas,
un montón de arena que se deshace, que patean, que
extienden, que destruyen... ". [PILAR URBANO, "El
hombre de Vila Tévere", p. 460].
El tono catastrofista tocó techo en el contenido de
la carta del 14 de febrero de 1974, pero que las numerarias
de Barcelona no conocimos hasta bien entrada la primavera
de ese mismo año. Entre otras cosas, el texto de monseñor
Escrivá decía:
-"Hemos tenido que soportar -y cómo me duele
el alma al recoger esto- toda una lamentable cabalgata de
tipos que, bajo la máscara de profetas de tiempos nuevos,
procuraban ocultar, aunque no lo consiguieran del todo, el
rostro del hereje, del fanático, del hombre carnal
o del resentido orgulloso. Hijos, duele, pero me he de procurar,
con estos campanazos, de despertar las conciencias, para que
no os coja durmiendo esta marea de hipocresía [...].
A este descaro corruptor hemos de responder exigiéndonos
más en nuestra conducta personal y sembrando audazmente
la buena doctrina [...]. Hijos, no os durmáis en un
quehacer rutinario. Sentid el desvelo por cumplir el bien,
que el tiempo es corto. No os acobardéis jamás
de dar la cara por Jesucristo [...]. El remedio de los remedios
es la piedad [...]. Después de haber rezado mucho y
de haber empujado a otros a rezar durante largo tiempo, os
he comunicado las disposiciones que en conciencia estimaba
prudentes, para que vosotros contarais con unas directrices
seguras de orientación [...] en esta casi universal
deserción moral [...]. [Carta de Monseñor Escrivá
14-II-1974].
Recuerdo que mientras escuchaba con todo respeto la lectura
de tan inquietante texto, no podía dejar de pensar
que cualquiera que tuviese ojos en la cara, y una cierta sensibilidad,
era consciente de que en el interior de la Iglesia se hacía
necesario un buen tambaleo, un profundo cambio. Por eso no
veía del todo claro en qué consistía
tan dramática crisis de la misma. ¿No había
sido la historia de la Iglesia durante veinte siglos una crisis
permanente? ¿Estábamos entonces peor que en
tiempos de Nerón, o de Diocleciano, o de Atila detenido
a las puertas de Roma por el papa León? ¿No
fueron peores los tiempos de Arrio -probablemente también
profético y necesario-, o cuando las familias romanas
hacían y deshacían Papas? No, no veía
ni mucho menos claro por qué tenía que asustarnos
tanto aquella etapa de la historia de la Iglesia. Por encima
de todas las miserias entre las que nos movíamos y
movemos, creía y creo en la comunión de los
santos, y los santos, desde el tiempo de Cristo, convivían
y conviven con la miseria y con la escoria humana, y caminaban
y caminan junto a ella.
Lo que el Padre nos decía me parecía excesivamente
alarmista y polarizado en ver solamente los excesos de un
lado y no los de otra. Si entre los progresistas había
descreídos, herejes, laxos y suicidas, también
entre los retrógrados abundaban personajes cerriles,
cobardes, miedosos, bribones, agarrados a sus viejos privilegios
y siempre dispuestos a ahogar la vida allí donde la
haya, pero de éstos últimos no nos decía
nada. Aun así, creo que capté lo válido
de su mensaje; su empeño en ser, en aquellos momentos
tambaleantes -en los que lo nuevo no acababa de nacer y lo
viejo no acababa de morir-, un necesario dique de contención.
De ahí sus palabras de alerta, con indicaciones y cautelas
exigentes, para que nadie se torciera en la fe y en la moral,
para que se siguiera cuidando la piedad y el apostolado. Pero
lo que me resultaba insoportable eran las interpretaciones
de los que se creían sus más fieles seguidores;
siempre al acecho y viendo por todas partes enemigos, contaminación,
vestigios de posibles desviaciones, convencidos de que estaban
llevando a cabo una auténtica cruzada. Aquella especie
de caza de brujas llegó a hacérseme insoportable.
"¡Ojo!", "¡cuidado!", "¡aléjate
de!...", "¡no te dejes influir...!" Todo
estaba contaminado, maleado, podrido. Nosotros éramos
los buenos, los puros, los únicos auténticos
que vivíamos la moral y la doctrina católica.
Había que huir, pasar de largo rápido para
liberarse de un posible contagio. Aquel tono alarmista me
hacía recordar, una y otra vez, la parábola
del pobre samaritano. ¿Qué quiere decirnos esta
parábola? (Lc.10,25-37). ¿Por qué el
sacerdote y el levita pasaron de largo? La respuesta pura
y dura es que ni uno ni otro querían desobedecer. Parece
que esa era su intención, la de obedecer.
Siguiendo a los estudiosos de la Biblia, en su día
supe que según las leyes rituales del Levítico,
estaba prohibido acercarse a un cadáver -y aquel herido
lo parecía-. El que transgredía esta ley incurría
en una impureza legal. Los clérigos, obedeciendo, continuaron
su camino apartándose discretamente del supuesto cadáver.
Ellos habían cumplido con la ley y su conciencia quedaba
así tranquila y firme, y por supuesto, incontaminada.
Cada vez estábamos más encerrados en una especie
de fortín, unidos por la tendencia a escandalizamos
de todo y el horror a que la inmundicia nos salpicara.
Aquel ambiente me hacía volver la mirada atrás
en la historia, trayéndome a la memoria imágenes
de la España de finales del siglo XVIII y principios
del XIX, cuando ante los excesos provocados por las nuevas
ideas aportadas por la Revolución francesa y la Ilustración,
muchos ciudadanos volvían los ojos con simpatía
a las viejas ideas; las viejas ideas conservadoras se glorificaban,
cuando ante las tempestades que la libertad había producido,
se buscaba refugio en los tranquilos puertos de la autoridad
y la disciplina.
"¡La Ilustración ni siquiera nos ha arañado
la piel!" -afirmaba jubiloso un cardenal de finales del
siglo XVIII-. Y eso no era cierto, porque era imposible. Se
trataba de algo erróneo, porque aquellas nuevas ideas,
luminosas y vigorosas -aunque causaran sus estragos-, habían
calado en demasiados espíritus como para que pudieran
volver a extinguirse de nuevo. Todo se cuestionaba; lo que
parecía inamovible se tambaleaba. ¡Fuera polvo
y telarañas de muchos años!, sólo así
el nuevo pensamiento puede ir tomando cuerpo. ¿Cómo
se puede permanecer insensible?
Desmadre, desquiciamiento, de acuerdo. Pero tampoco se puede
dar por bueno el inmovilismo, la estupidez o el miedo. Con
sentido común e inteligencia, es preciso empujar hacia
adelante. Porque las nuevas ideas siempre son un soplo de
aire fresco; un estímulo que arrastra y empuja despertando
modorras de todo tipo.
El Concilio Vaticano II abrió las puertas de par en
par, y algunos cogieron una pulmonía que les llevó
a la tumba o a una larga convalecencia que durante tiempo
les ha hecho tambalear, pero eso no justificaba el cerrar
las puertas a cal y canto; encerrarse y ponerse a la defensiva,
siempre vigilantes para que nadie se acatarrara. El menor
gesto de sonarse podía resultar sospechoso, y un estornudo,
ya no digamos.
Desde el año 1965 hasta finales de 1974, luché
desde la postura del católico que había aceptado
de buen grado los cambios introducidos por el Concilio Vaticano
II. A partir de entonces esa actitud se hizo insostenible
dentro de la Obra, o al menos, en el mundo de las numerarias
que era en el que me encontraba inmersa. Ya irás sabiendo
con más detalle a lo largo de nuestra correspondencia.
Cada vez con mayor frecuencia, y con más alto tono
alarmista, oíamos decir que los traidores estaban dentro
de la Iglesia, y que lo realmente peligroso era esa permanencia
en el seno de la misma de no pocos eclesiásticos cuya
mente ya había dejado de ser católica y cuyo
corazón andaba muy lejos del Papa de Roma.
Insistían en que se trataba de rematar un cuerpo enfermo,
pero de hecho ¿no se estaba estrangulando a un recién
nacido?
"Desde 1965 -escribe Pilar Urbano en su biografía
sobre el fundador del Opus Dei-, Escrivá reza y hace
rezar a los suyos por la Iglesia de Jesucristo, zarandeada
por los empellones postconciliares de quienes, llamándose
"progresistas", son trasnochadamente "regresistas":
teólogos, liturgos y moralistas que desempolvan, del
baúl de los siglos, errores y herejías con un
inconfundible olor, mezcla de azufre y naftalina. Y exponen
en sus tenderetes esas antiguallas de baratija, con la única
novedad de que quienes ahora están tras el mostrador
-el púlpito, la cátedra, el altar- en lugar
de sotana, llevan corbata y jersey".
Y en compensación de toda esta morralla, nosotros
éramos los únicos que no habíamos perdido
la carta de navegar; los íntegros, los puros, los sin
fisura.
Tanta seguridad en la perfección propia me desconcertaba;
ese rotundo triunfalismo me producía un rechazo interno.
Una vez más, no lograba verlo todo en blanco y negro.
Han pasado ya más de dos décadas de todo esto
que te estoy contando, sin embargo, me sorprende comprobar
que la postura oficial de la Obra parece seguir siendo la
misma de entonces ya que, de lo contrario, recientes y rigurosos
estudios, como es el del profesor Joan Estruch, no insistirían
en el tema:
-"El elitismo del Opus Dei -escribe-, las referencias
de Escrivá a los "caudillos", la convicción
de construir "el pequeño resto de Israel",
la exigencia de ser más perfectos que los demás,
podrían dar lugar en todo caso a la formación
de lo que Weber llama "conventículos", y
que Joachim Wach, en una fórmula particularmente feliz
y desgraciadamente poco utilizada y aprovechada, llama "ecclesiola
in ecclesia". Es el mismo peligro que el cardenal Baggio,
prefecto de la Sagrada Congregación de Obispos, en
su solicitud de información a Álvaro del Portillo
preveía a la aprobación del Opus Dei como prelatura,
designaba con el recurso de la fórmula de "Iglesia
paralela". Iglesia paralela o "ecclesiola In ecclesia":
más allá de la atribución de una u otra
etiqueta, lo que aquí interesa subrayar sobre todo,
en el caso del Opus, es su talante de aristocracia religiosa".
Los selectos, los virtuosos que en el seno de la Iglesia
se sitúan muy por encima de la vida religiosa ordinaria
de la gran mayoría. Instrumentos escogidos para contribuir
al triunfo de una causa, y el hecho de conseguir el éxito
de la misma es la confirmación o la prueba de haber
sido elegidos.
Una ex numeraria, que ingresó en la Obra en la llamada
época fundacional y la dejó después de
treinta años de militancia, asegura que Escrivá
no aceptó nunca el Concilio Vaticano II, y explica:
-"El fundador vino una vez a España, exclusivamente
a hablar a un grupo de personas y decirnos justo al terminar
el Concilio: "Hijas mías vengo a deciros que la
Iglesia va muy mal, va al desastre, lo que os digo es que
pidáis por la Iglesia, porque está muy mal,
este Concilio es el Concilio del diablo"".
"Todo el Concilio le desesperó -añade-.
Pero su preocupación llegó al máximo
con la elección para Papa de Pablo VI. Fue algo que
le sacó de quicio".
"Consecuentemente él no adaptó nuestra
liturgia a la nueva del Concilio. No aceptó ninguna
reforma litúrgica, solamente en las casas de trabajos
externos, por no haber más remedio, consintió
en poner el altar hacia el pueblo, de cara a los fieles. Pero
en los oratorios de los pisos se seguía como siempre:
la misa en latín, de espaldas al pueblo y siguiendo
el calendario anterior [...]. Las mujeres seguíamos
llevando velo, lo que era una rareza en las iglesias públicas.
Tampoco aceptó las misas concelebradas, y en las casas
de retiro mandó hacer un claustro con armarios que
eran altares para que los curas dijeran las misas por separado".
No le gustó la encíclica "Populorum progressio"
de Pablo VI y decía: "¿A qué viene
ahora el Papa con estas cosas sociales cuando hay tantas herejías
dentro de la Iglesia?".
Un punto de vista del todo opuesto es la que nos ofrece Pilar
Urbano en su ya citada biografía de Escrivá:
-"Esta visión realista del desastre -de una Iglesia
devastada por una bandada de depredadores- no significa que
Escrivá se posicione enfrentado o disconforme con el
Concilio. Se equivocaría de medio a medio quien lo
pensase. Precisamente, para el Opus Dei, lejos de ser un revés,
el Vaticano II es una confirmación en toda regla".
"De ahí -añade P. Urbano- que una pléyade
de altos cargos eclesiásticos le señalen como
hombre anticipativo, pionero en la espiritualidad de los laicos
y precursor del Concilio".
Yo aquí añadiría que el hombre verdaderamente
anticipativo, que el pionero en la espiritualidad de los laicos,
fue Martín Lutero; él fue quien hace 450 años
puso al laico teológicamente de pie. Fue Lutero quien
dio comienzo al redescubrimiento del sacerdocio de todos los
creyentes, al proclamar que no era cierto que hubiese una
ética "más elevada" válida
para frailes, sacerdotes, monjas Y religiosos, y una ética
"inferior" para la gente casada y aquellos cuyas
vocaciones se hallaban en el mundo seglar. El carácter
del oficio no era lo operante, sino el carácter de
la relación con Dios en cualquier oficio en que Él
hubiese puesto a un hombre, campesino o príncipe, alfarero
o sacerdote. El príncipe realizaba una función
distinta a la del campesino, el alfarero otra distinta a la
del sacerdote, pero el mismo Dios sobre todos había
salvado a todos de la misma manera y por el mismo Evangelio.
[JAMES ATKINSON, "Lutero y el nacimiento del protestantismo",
pp. 94 y 95]
Para Lutero, la auténtica "clase espiritual",
como tal, estaba formada no por los clérigos, sino
por todo el cuerpo de creyentes en Jesucristo, clérigos
y laicos por igual, porque Dios había llamado a todos
ellos, y por esa llamada todos ellos eran semejantes a los
reyes y a los sacerdotes. Sólo había un cuerpo
bajo Cristo, su cabeza. Todos los cristianos pertenecían
a la misma clase espiritual.
Insisto, por tanto, en que el hombre verdaderamente anticipativo,
el pionero en la espiritualidad de los laicos fue Martín
Lutero hace más de cuatro siglos. Personalmente lo
descubrí a finales de los años sesenta, y la
historia de este, para mí, importante descubrimiento,
ocurrió como cuento a continuación.
En un Congreso de Psicología celebrado en Barcelona,
al que yo asistía como informadora, encontré
a un antiguo amigo de la infancia entonces aspirante a jesuita.
Era licenciado en Filosofía y Psicología y participaba
en el Congreso con una ponencia. Desde que cada uno había
elegido su camino específico no nos habíamos
vuelto a ver, cosa lógica. El reencuentro nos hizo
ilusión a ambos y hablamos sin parar durante varias
horas. Él había cursado parte de su carrera
y noviciado en Bolivia y allí pensaba regresar para
ser profesor de la Universidad de la Paz. Por su parte, se
interesó mucho por la espiritualidad de la Obra y por
mi vida dentro de la Institución. Le hablé entonces
con entusiasmo de todas las que eran nuestras máximas:
santificación del trabajo ordinario; el trabajo como
quicio de la vida interior; nuestro deseo de ser contemplativos
en medio del mundo; nuestro estar en el mundo pero sin ser
del mundo... Después de escucharme con máxima
atención, comentó con tono muy positivo que
parecía que ya había llegado el momento de que
cada vez más católicos fueran haciéndose
conscientes de lo que los protestantes intentaban vivir desde
sus inicios.
Ante mi gesto de asombro, pues estaba convencida que le hablaba
de algo muy nuevo, mi amigo comentó que la idea singular
de monseñor Escrivá era la de adaptar el credo
católico a la vida diaria, profesional y empresarial,
de los tiempos modernos. El Padre nos quería dar y
nos daba su propia versión de lo que en su momento
fue la idea original: la moral protestante.
Idea singular, sí, pero para nada original, única
y hasta entonces desconocida -añadió-. Y para
reforzar lo que me estaba diciendo me recomendó una
bibliografía básica: Historia de la Iglesia
(etapa de la Reforma), biografía de Lutero y una selección
de la obra de Max Weber. Tras la lectura comprobé que
sus comentarios eran ciertos.
A partir de entonces me pregunté si era del todo honesto
el insistir en que la santificación o la búsqueda
de la perfección a través del trabajo y de la
actividad profesional era una idea absolutamente novedosa,
que a nadie hasta entonces se le había ocurrido y que
al Padre le había llegado por pura y simple inspiración
divina. ¿Por qué no podíamos reconocer
que Lutero fue quien dio el primer paso decisivo en este terreno?
Además, en aquellos tiempos conciliares que oíamos
hablar tanto de ecumenismo, me parecía bueno reconocer
que teníamos un montón de puntos en común
con los llamados "hermanos separados".
Comenté con la directora todo esto que pasaba por
mi cabeza y se quedó patidifusa. Me miró como
si estuviera un poco chiflada e insistió en que las
lecturas podían llegar a hacer mucho daño. Me
aconsejó rezar, callar, trabajar y que no leyera ni
una sola línea sin consultar previamente.
Por mi parte, podía rezar, callar, trabajar y obedecer
pero lo que no se hacía posible era borrar de un plumazo
lo que sabía de cierto: que el luteranismo, en sus
inicios en el siglo XVI, fue fundamental para el nacimiento
de una nueva concepción del trabajo y de la actividad
profesional.
La aportación de Lutero reside en que no sólo
comienza a utilizar la palabra "profesión"
con un nuevo sentido profano, sino que desarrolla toda una
concepción nueva del trabajo cotidiano al considerar
que el cumplimiento del mismo tiene una cualidad moral: al
trabajo cotidiano se le dota de una significación religiosa
al ser considerado como el único medio para vivir de
manera grata a Dios. Es Lutero quien da un nuevo valor religioso
y moral a la vida en el mundo, y con ello al trabajo o actividad
económica que se pueden entender como "profesión".
Lutero consideraba que cualquier tipo de actividad es buena
para la salvación del cristiano, y basa sus argumentos
en un pasaje de la primera carta de San Pablo a los Corintios
(I Cor., 7,17-24), en el que afirma que cada uno debe estar
y permanecer en el puesto al que Dios le ha llamado, siendo
lo importante vivir según los mandamientos de Dios
y no importando para este fin la posición o situación
concreta que cada uno tenga: cualquier posición social
es buena para la salvación.
En los últimos años de su vida, Lutero fortaleció
aún más la idea de que el cristiano tenía
que aceptar la situación en la que se encontraba y
acomodarse a ella: todas las profesiones, todos los estamentos
sociales son iguales ante Dios. Su visión del trabajo
es básicamente tradicionalista: hay que mantenerse
en la posición en que se está.
Pero la moral protestante no se quedó aquí.
Si Lutero, como afirma Max Weber, dio el primer paso decisivo,
el encargado de dar el paso siguiente es el "protestantismo
ascético" y sus más destacados movimientos
-calvinismo, pietismo, metodismo, sectas baptistas-. Todos
ellos recomiendan el trabajo infatigable y sin descanso como
el medio más apropiado para conseguir la seguridad
de haber sido elegido por Dios. Todos ellos fomentan, como
quicio de su espiritualidad, el trabajo -medio ascético
por excelencia- y la actividad económica.
Este impulso para el establecimiento de una vida sistemática
y racional -ascética- está presente en las distintas
corrientes del protestantismo ascético. Y lo decisivo
es que este modo de vida racional se presenta como un modo
de vida que se puede exigir a todos. Pero esta racionalización
de la vida en el mundo no es para la gloria de este mundo,
ya que el mundo se les presenta como simple material, como
campo de pruebas donde se cumple el deber cristiano de aumentar
la gloria de Dios a través de una conducta racional,
como lugar de acreditación del creyente que busca la
certidumbre de su salvación. En esta racionalización
de la vida en el mundo, pero que no es para este mundo ni
de este mundo, se resume la concepción de la actividad
productiva del protestantismo ascético, su idea de
profesión.
Efectivamente, la idea del Padre era singular, pero no original,
única y hasta entonces desconocida. Seguidamente enumero
una serie de puntos, elegidos al azar, que la Iglesia reformada
vivía desde hacía varios siglos y nosotros queríamos
vivir; puntos comunes en la vida práctica, no en dogmática,
terreno en el que no entro, ya que nuestra formación
teológica era más bien limitada:
-La palabra "profesión" y su nuevo significado
es un producto de la Reforma -es algo que ya he dicho pero
quizá sea bueno abundar en ello-. Su significado es
nuevo, dice Max Weber, en el sentido de valorar el cumplimiento
del deber en las profesiones profanas como el contenido más
elevado que puede tener una actuación realmente moral.
El cumplimiento de los deberes intramundanos es, en cualquier
caso, el camino para agradar a Dios, que este cumplimiento
y sólo él es voluntad de Dios y que, por ello,
todas las profesiones lícitas valen realmente lo mismo
ante Dios. Esta calificación moral de la vida profesional
profana tuvo importantes consecuencias en el entorno social.
(Los miembros de la Obra también tienen que santificarse
"en la profesión, con la profesión y a
través de la profesión".)
-El mundo está destinado a servir a la autoglorificación
de Dios, el cristiano lo está para aumentar la gloria
de Dios en el mundo mediante el cumplimiento de sus mandamientos.
Dios quiere la actividad social del cristiano, pues Él
quiere que la vida social se organice de acuerdo con sus mandamientos
y de modo que se adecue a aquel fin. El trabajo del calvinista
en el mundo es solamente un trabajo "in majorem gloriam
Dei". (El Padre decía que para nosotros "una
hora de trabajo era una hora de oración".)
-¿Soy yo un elegido? ¿Y cómo puedo yo
estar seguro de esta elección? Para Calvino mismo,
esto no era un problema. Él se sentía como un
"instrumento" en manos de Dios y estaba seguro de
su estado de gracia. Por consiguiente, para la pregunta de
cómo podía el individuo estar seguro de su propia
elección sólo tenía, en realidad, la
respuesta de que tenemos que conformamos con el conocimiento
de la decisión de Dios y con la confianza firme en
Cristo, producida por la verdadera fe. (¿No era lo
mismo que decíamos nosotros? "Él te eligió
primero". Y los directores tenían que insistir,
una y otra vez en que "éramos como barro en manos
del alfarero".)
-En lugar de la aristocracia espiritual de los monjes que
estaba fuera y por encima del mundo, apareció una aristocracia
espiritual de los santos en el mundo, predestinados por Dios
desde la eternidad. (Nosotros también teníamos
que ser, y éramos "la aristocracia del espíritu".)
-La aristocracia religiosa de los santos, que se destaca
en la evolución del ascetismo reformado con tanta mayor
firmeza cuanto más seriamente se lo haya tomado, se
organizó libremente dentro de la Iglesia formando conventículos
o sectas, haciendo una diferenciación formal entre
cristianos activos y pasivos. (El libro madre de la Obra,
Camino, también habla claramente de "elegidos"
y de "clase de tropa".)
-De la valoración de la vida como "tarea"
se deduce "la alegría mundana" de los puritanos.
(Nosotros teníamos que ser "sembradores de paz
y de alegría"; teníamos que "amar
al mundo apasionadamente" y además, el cómo
vivíamos esa "alegría" era un punto
diario de examen.)
-En la primera etapa de la expansión protestante,
la Iglesia católica oficial trató con la mayor
desconfianza el ascetismo intramundano de los laicos, por
el peligro de que llevara a la formación de conventículos,
y trató de orientarlo hacia las órdenes religiosas,
es decir, "fuera del mundo", o lo incorporó
a las órdenes mendicantes, como un ascetismo de segundo
grado y sometiéndolo a su control. (El Opus Dei también
pasó años batallando por salirse de la fila
de los Institutos seculares y ser reconocido como exclusiva
"Prelatura Personal" dentro de la Iglesia. Una y
otra vez, Roma dijo "No" a sus pretensiones, hasta
que llegó el actual papa Juan Pablo II, que ha ido
diciendo, sí y sí a todas sus propuestas y aspiraciones.)
-Con la Reforma el ascetismo hizo su aparición en
el mercado de la vida, cerrando tras de sí las puertas
de los conventos, y emprendió la tarea de empapar con
su método la vida "cotidiana" en el mundo,
de transformarla en una vida racional "en" el mundo,
pero no en una vida "para" este mundo "ni"
de este mundo. (El mensaje del Opus Dei, ¿no viene
a ser idéntico?: "Estar en el mundo pero sin ser
del mundo"...)
-Para el "protestantismo ascético" el hombre
en la tierra tiene que "realizar las obras de aquel que
le ha enviado". "La actividad" es la que sirve
para aumentar la gloria de Dios, según su voluntad
inequívocamente revelada. En consecuencia, el primero
y el más grave de los pecados es el "desaprovechamiento
del tiempo". La pérdida de tiempo es absolutamente
reprobable desde el punto de vista moral. El tiempo es infinitamente
valioso, porque cada hora perdida se le sustrae al trabajo
para la gloria de Dios. (Del aprovechamiento del tiempo, la
doctrina del Opus Dei hace hincapié hasta el punto
de que "el tiempo es más que oro, es gloria".)
-Para Lutero, la integración de los hombres en los
estamentos y profesiones existentes era expresión directa
de la voluntad divina -no algo casual- y, en consecuencia,
se trataba de un deber religioso que el individuo perseverara
en la posición y en los límites que Dios le
había asignado. (Monseñor Escrivá insistía
en que no había que mover a la gente de su sitio; su
deber era servir donde estaba.)
-La riqueza, según el protestantismo ascético,
sólo es peligrosa como tentación para la pereza
y para el goce pecaminoso de la vida. Pero como ejercicio
del deber profesional, no sólo es lícita desde
el punto de vista moral, sino que es una obligación.
(La doctrina de la Obra decía que no se trataba de
"no tener sino de estar desprendido".)
-El ascetismo protestante siente aversión por la ostentación
del nuevo rico y por la despreocupación del "señorito".
Por el contrario, el austero "self made man" burgués
encuentra su aprobación moral. (Escrivá también
anima en su libro Camino a querer "llegar a morir en
la cama, como un burgués, pero de mal de amor".)
¿No es asombroso el paralelismo? ¿Y no era
más honesto el reconocerlo que el seguir predicando
que nuestra doctrina era original, única y, hasta entonces
desconocida? ¿Por qué no citábamos las
fuentes en lugar de apropiárnoslas? Y si hiciéramos
por trabajar juntos con los que teníamos tanto en común,
¿no sería bueno para todos, y especialmente
beneficioso para nosotros el poder aprender de la experiencia
de otros?
En mis tiempos de exaltación eran preguntas que me
planteaba, descubrimientos que estaba deseosa de poder desarrollar.
Cuestionamiento total de
los valores establecidos (20 de noviembre, 1998)
Tú ni tan siquiera habías nacido entonces,
pero de la revolución estudiantil de los años
sesenta seguro que sí has oído hablar, entre
otras cosas, porque del Mayo del 68, como punto de referencia,
todavía se sigue hablando. Y es que supuso un tambaleo
tan fuerte que, aunque pasado algún tiempo las cosas
volvieron a su sitio, es igual de cierto que no han vuelto
a ocupar, exactamente, el mismo lugar que ocupaban.
Pocos años después del Concilio -del que tanto
se ha hablado-, el mundo occidental tuvo que hacer frente
al movimiento estudiantil, caracterizado por un cuestionamiento
total de los valores establecidos. Frente a estos nuevos planteamientos,
las propuestas y reformas del Vaticano II, parecían
de una timidez extrema.
La revolución de los jóvenes consistió
en la denuncia de numerosos problemas que la ideología
de la prosperidad había ocultado durante largo tiempo.
Muchos pensaban que los gobiernos proclamaban continuamente
el respeto a las libertades y derechos de los ciudadanos mientras
subsistían la discriminación racial, el imperialismo
brutal, la explotación implacable del Tercer Mundo
y la intolerancia frente a los disidentes. La juventud se
creía en la necesidad de denunciar que las constituciones
garantizaban sobre el papel la participación de todos
en las decisiones de la sociedad, mientras que la enseñanza,
la publicidad y la propaganda -manipuladas de múltiples
formas- impedían a la mayoría de los ciudadanos
formular sus propios intereses e instrumentar el modo de ampararlos.
La protesta comenzó hacia 1965 en Estados Unidos,
donde el problema racial y la incipiente guerra de Vietnam
quebrantaron la confianza de la juventud en las bondades de
la mal llamada democracia. Posteriormente la chispa se propagó
a Europa. Muchos jóvenes compartían la opinión
de que la Francia del gaullismo estático merecía
gravísimas críticas. Lo mismo pensaron numerosos
jóvenes de la Italia del letargo político, de
la Inglaterra del conservadurismo a ultranza, de la Alemania
del anticomunismo militante y de la España de la dictadura
franquista.
Pero las causas de la revolución no eran sólo
políticas. La juventud deseaba autorrealizarse y ser
libre, mas la sociedad le imponía restricciones en
nombre de la eficacia. De aquí, el origen del conflicto.
Al "principio de eficacia", la juventud oponía
el "principio del placer". Los cuartos de estar
de los hogares paternos, llenos de comodidades, ahogaban su
sentimiento vitalista. La solución estaba en protestar,
evadirse y huir de la sociedad de consumo. Se ensayaron nuevas
formas de convivencia en comunas, se compartieron viviendas,
se unieron en parejas libres y, mediante el hachís,
el LSD y la heroína, se buscaron nuevas e insospechadas
sensaciones. Todo el tinglado antiautoritario o revolucionario
apuntaba contra los burgueses, contra los filisteos del siglo
XX.
Era preciso vivir una existencia libre de represiones y de
frustraciones, tanto en el ámbito político como
en el privado, en el profesional como en el sexual. Se buscaba
la pausa, el respiro para ensayar una mejor convivencia entre
los hombres. Aquí podía radicar el posible contenido
utópico del movimiento -a veces incluso religioso-,
como en el caso de 1os "hippies". Pero este principio
de esperanza, desorientado y sin cauce, iba dejando paso a
un afán destructor. Aquella gran oleada de la revolución
estudiantil agotó su caudal de energías al término
de la década de los sesenta. El movimiento se desintegró,
no sin dejar una herencia duradera de difícil definición.
Su valioso espíritu crítico, que proclamaba
la legitimación de la autoridad, examinaba la desigualdad
y estudiaba los efectos de la violencia, propició un
cambio de valores que afectaba nada menos que al futuro de
la familia, al papel de la educación, a los tabúes
sexuales, a la emancipación de la mujer y a los límites
ecológicos del crecimiento económico.
¿Cómo entender todo aquello que estaba ocurriendo
a nuestro alrededor, ese cambio de valores, a la luz del Evangelio?
¿Se podía permanecer insensible, censurando
la nueva realidad desde un voluntario reducto?
Si en el estilo de dicha rebelión flotaban elementos
de "romanticismo subjetivista", en su centro alentaba
algo que se puede resumir en el deseo de poner de manifiesto
que aspectos importantes en la sociedad entonces presente
no marchaban, y que nadie podía quedarse con los brazos
cruzados. El problema no se planteaba en términos exclusivamente
"subjetivos" y "personales", sino, o más
bien, en términos "interpersonales", y sobre
todo "sociales".
El escritor Francisco Umbral afirma que, considerada como
revolución cultural, toda una generación, o
dos, podemos consideramos hijos del 68, y se explica: "El
68 supuso pasar de Sartre a Marcuse, del cuerpo como herramienta
de trabajo al cuerpo como herramienta de placer, de la izquierda
como oficina anexa de Moscú a la izquierda como implosión
desde dentro de todo el sistema burgués, al recambio
del poder por la imaginación; supuso asimismo el paso
del coñac a la droga, de la juventud como alumnado
a la juventud como clase social emergente (los "ocupas"
de hoy son nietos del 68), de la literatura como compromiso
burgués a la literatura como espacio de libertad. Es
decir, una trasvaloración de todos los valores".
Era importante entender lo que estaba ocurriendo, porque
no parecía, ni mucho menos, un hecho anecdótico
e intrascendente, pero más urgente era aún el
intentar echar un cable a las víctimas de aquella movida.
¿A quién no le cayó de cerca algún
compañero afectado por las drogas, alguna madre soltera
de padre desconocido, algunos padres de familia desesperados
porque sus hijos o hijas abandonaban los estudios y se iban
a Ibiza en busca de "paz y amor"?
Te cuento -aunque sea de forma tópica y resumida-,
lo que ocurría en la inquieta sociedad de mis años
jóvenes, para que puedas entender mejor lo que iba
pasando por mi cabeza y mi corazón, ya que nada me
era del todo ajeno.
Ensanchando horizontes y puntos
de mira (25 de noviembre, 1998)
En el otoño de 1969 estrené nuevo trabajo al
entrar a formar parte, como redactora, del Grupo Mundo, empresa
periodística de reciente creación. La totalidad
de los periodistas que trabajaban allí era gente joven;
la mayoría procedían de la Escuela de Periodismo
de Pamplona, menos una catalana que había estudiado.
en Barcelona y yo que procedía de la Escuela Oficial
de Madrid. El ambiente que dominaba en la redacción
era el "progre" propio del momento, aunque también
había algún reciente ex numerario, el director
del semanario "Mundo" que era numerario, la directora
de la revista "Meridiano" que también era
numeraria, y yo, ídem. El fuerte de la plantilla de
redactores lo absorbía el semanario "Mundo",
y al frente de las otras publicaciones, que eran mensuales,
había dos periodistas en cada una.
Empecé a trabajar en la revista "Meridiano",
de segunda de a bordo de Concha F. -la numeraria que ya he
mencionado-, una sevillana muy espabilada, con la que conecté
enseguida, a pesar de tener formas de ser muy distintas. Durante
algo más de tres años fuimos estrechas colaboradoras
profesionales -hasta que a ella la destinaron a Oviedo- y
acabamos por coincidir en muchos puntos de vista.
Las dos estábamos llenas de intereses, y el trabajo
nos dio ocasión de ir hablando de todas nuestras inquietudes,
y aunque ambas éramos rigurosamente rígidas
y respetuosas con todo lo aprendido en los Centros de Formación
-no a las confidencias personales, ni al más mínimo
atisbo de crítica, ni tan siquiera algo que sonara
a indiscreción-, lo cierto es que nos fuimos conociendo
a fondo comentando la lectura de la prensa, charlando con
los demás compañeros, intercambiando libros
que nos habían gustado, aclarando o simplemente opinando
acerca de cosas que surgían sobre la marcha. Sin damos
cuenta -porque, como digo, éramos observantes de las
reglas hasta el extremo-, íbamos abriendo los ojos
al unísono, y también nos los abríamos
mutuamente al expresar en alto nuestras personales apreciaciones.
Nunca nos jugamos una mala pasada de aquellas que eran tan
frecuentes en el mundillo de las numerarias -"me parece
que dijiste...", "tal vez no tendríamos que
haber comentado...", "creo que el tono que utilizaste
cuando te referiste..."-, sutilidades, interpretaciones
sibilinas que podían traer mucha cola, porque el mensaje
que te querían transmitir era la sospecha de una falta
que, de alguna manera, atentaba al "buen espíritu";
terreno escabroso en el que la más mínima fricción
era considerada materia grave.
Fue una hermosa etapa de expansión, interesante y
entrañable. Eran años en los que la inquietud
flotaba en el ambiente y por todas partes surgían grupos,
reuniones y llamadas a la acción. Nosotras queríamos
enteramos de todo, y no nos perdíamos ni una inauguración,
ni una rueda de prensa ni un acto cultural. En cuanto a actividades,
Barcelona era quizá la ciudad más movida de
España: festivales de cine y de música; reuniones
en la Cova del Drac, que fue aglutinando a los autores de
la "nava cancó" -allí tuvimos ocasión
de conocer a Georges Moustaki, a Paco Ibáñez,
a María del Mar Bonet...; jornadas de la comunicación;
debates de las que poco tiempo después pasarían
a ser líderes del feminismo en España; charlas,
conferencias, ruedas de prensa en la Universidad y en el agitado
ambiente teológico de Sant Cugat y del Seminario de
Barcelona, donde conocí a Alfonso Carlos Comín
-poco antes de ponerse enfermo-, en los inicios de Cristianos
por el Socialismo (antes de conocerlos los veía casi
como al diablo), y entrevisté a Nicolás González
Ruiz, en un interesantísimo y edificante encuentro
que duró varias horas, y del que salió una bonita
entrevista que nunca se llegó a publicar, porque una
vez redactada, me pareció honesto y lógico el
consultar si procedía su publicación, y después
de ser leída por D. Fernando B., un sacerdote y periodista
de la Obra, éste me dijo que su mejor destino era la
papelera, y allí fue a parar.
Recuerdo que la entrevista con González Ruiz -de la
que conservé algunas notas-, se centró en dos
temas que por aquel entonces le parecían claves: el
doble peligro de la idolización eclesial y el diálogo
cristiano-marxista. Puntualizó que había una
idolización de "derecha" que intentaba fijar
la realidad eclesial y encerrarla en formas concretas y claras.
Así se elaboran respuestas hechas de una vez para siempre.
La liturgia queda fijada en un lenguaje que se pretende insertar
en la placidez de lo cuasi-eterno (el latín no evoluciona
ya) y el derecho canónico rivaliza en fijeza con el
talmud judío.
Pero no echaba al olvido que también había
una idolización de "izquierda" que se produce
como reacción violenta contra la idolización
anterior, porque se quería acabar con todos los elementos
que habían llevado a esa situación.
González Ruiz insistía en que, unos y otros,
sólo iban a la búsqueda de una seguridad, abandonando
la única actitud posible de la fe auténtica:
colocarse desnudo ante la sorpresa, siempre renovada, de un
Dios que está continuamente viniendo, que no se agota
jamás en su manifestación histórica y
que nunca deja de ser el "ladrón" de nuestra
seguridad.
En cuanto al diálogo cristiano-marxista -entonces
en pleno auge-, citó las palabras de una profesora
checa de filosofía marxista, que le habían hecho
mella. "A los cristianos les pedimos -decía la
profesora Yleana Marculescu- que nos comuniquen su experiencia
del misterio, no que nos la racionalicen. Porque el hombre
es algo más que un logos; es también, y sobre
todo, un misterio."
González Ruiz reconocía que los cristianos,
con nuestra cerrazón ideológica, hemos ido limando
la grandeza de nuestra fe al intentar reducida al logos y
encajada en su estricto marco. Insistía en que, no
sólo los marxistas, sino que también nosotros
habíamos maltratado el misterio, porque nuestro complejo
de inferioridad frente a los hallazgos científicos
nos impulsó a hacer del dato revelado, no un puro don
y una pura gracia, sino un rival peligroso de un adversario
que nos negamos a reconocer e incluso a conocer. "y así
nació -decía González Ruiz- una lamentable
pseudo-apologética de la fe cristiana. Nosotros lo
sabíamos todo, lo teníamos todo; teníamos
nuestra propia intendencia espiritual, social, cultural, política,
económica."
También por aquel entonces descubrí, en el
transcurso de una charla-coloquio, al neurofisiólogo
francés, Paul Chauchard, del que seguro que te hablaré
en diferentes momentos, porque fue un personaje que me caló
hondo y sus conocimientos me sirvieron para aclararme a mí
misma y para ayudar a otros a hacer lo propio.
Sé que me dejo muchas vivencias por recordar, pero
también creo que con éstas a las que hago referencia,
ya puedes hacerte bien una idea de los inquietos tiempos que
corrían y de mi empeño de no permanecer al margen
de los mismos.
Como una sombra, como un recuerdo triste de aquella etapa
vital y festiva, me viene a la memoria un hecho especialmente
significativo que ocurrió, no sé exactamente,
a finales del año 1969 o a principios de 1970.
Un buen día nos llamaron de la Delegación (casa
donde residían las superioras máximas de la
región), para proponernos a la directora de "Meridiano"
y a mí, que preparásemos un ciclo de charlas
de actualidad para desarrollar en el colegio mayor Dársena;
un acto abierto, con coloquio, y que daríamos a conocer
para que vinieran muchas chicas invitadas. Nos pareció
fenomenal y enseguida nos pusimos manos a la obra.
Después de comentarlo en la redacción, decidimos
que un buen tema podía ser, "La situación
actual de la mujer en España". Las compañeras
periodistas se prestaron encantadas a colaborar en el proyecto.
El día del inicio del ciclo, el salón de actos
se llenó de chicas jóvenes Y todo apuntaba a
que el estreno iba a ser un éxito. Nuestra exposición
siguió, más o menos, el siguiente guión:
el movimiento de liberación de la mujer, desde las
primeras sufragistas de finales del siglo XIX hasta los comienzos
de la década de los sesenta; el movimiento en la actualidad
(desde 1964 a 1970); ¿cómo se produce en las
mujeres la toma de conciencia de su marginación social?;
¿cuáles son los principales problemas con los
que se enfrenta hoy la mujer?; el movimiento de liberación
de la mujer en Estados Unidos y en Europa.
La exposición fue fundamentalmente informativa. En
el transcurso del coloquio, una de las periodistas participantes
se mostró con postura bastante radical, otras dos moderadas,
y la otra numeraria y yo misma, muy moderadas, pero, aun así,
el tema levantó ampollas -lo supe más tarde
y por otra vía que no era la reglamentaria, ya que
abiertamente todas las explicaciones fueron muy parcas-. De
momento, lo único claro que nos dijeron, es que cómo
no habíamos pasado un guión previo y una lista
con los nombres de las personas que iban a participar. La
razón es que nadie nos lo había pedido y tampoco
se nos había ocurrido el hacerlo. También nos
comunicaron que, con aquella primera sesión, el ciclo
de charlas-coloquio se daba por concluido.
Una sombra, un recuerdo triste que supuso el inicio de reiteradas
llamadas al orden, y de un estrecho control que fue yendo
en aumento a medida que iban pasando los meses y los años.
Supongo que ya irán surgiendo ocasiones en las que
volverá a salir este tema de la censura que acabó
por convertirse en una constante.
La censura llama a mi puerta (29
de noviembre, 1998)
A partir de aquella inocente y fallida actividad cultural,
tanto en la confesión como en la confidencia pasé
por continuados interrogatorios sobre lo que leía,
lo que debería o no debería leer y, por supuesto,
por la consiguiente retirada de libros. Tenía que consultar
todo lo que cayera en mis manos, pues se consideraba que las
lecturas podían llegar a ser muy peligrosas y perniciosas.
La "liberalización" de los sesenta -te recuerdo
una vez más las cruciales fechas en que nos encontrábamos-,
afectó a la sociedad española en todos los terrenos.
No sólo era la Iglesia y la cultura religiosa la afectada,
como es de suponer. Filósofos, historiadores, escritores,
críticos, filólogos y científicos se
manifestaban en contra del autoritarismo vigente. La aparición
de revistas y editoriales de signo liberal y de oposición
(reaparición de la "Revista de Occidente"
ya en 1963, "Cuadernos para Diálogo", "Triunfo",
Alianza Editorial, Seix Barral, Editorial Ciencia Nueva).
Estos aires "liberalizadores" gustaban poco en
el mundo interno de la Obra. El empeño en censurar
y controlar las lecturas de los asociados era cada vez mayor
y llegó a su culmen cuando, a mediados de los sesenta,
el marxismo pasó a convertirse en la subcultura prevaleciente
de la oposición al régimen dominante, desplazando
entre las nuevas generaciones universitarias a la cultura
liberal orteguiana.
Todo lo que sonara a aperturismo resultaba sospechoso, pues
se consideraba que iba a ser dañino para nuestra vida
espiritual. Ni que decir tiene que aperturistas en aquellos
tiempos podían ser personalidades tan poco sospechosas
como Fraga Iribarne o José M. de Areilza, o más
todavía, como Joaquín Ruiz Jiménez. Peligrosos
eran, por supuesto, Aranguren, Laín EntraIgo, Tovar,
por citar unos pocos. Como anécdota que viene al caso
-y por poner un ejemplo concreto-, recuerdo el consejo de
mi director espiritual durante el invierno de 1966: "A
Miguel Hernández es mejor no leerlo porque puede provocar
malos pensamientos" .
En fin, si te hablo desde mis propias vivencias, he de decir
que en la sección de mujeres de la Obra se respiraba,
a nivel de ideas (y las ideas venían de la sección
de varones, concretamente de los curas), un franco inmovilismo.
Todo lo que simplemente oliera a apertura, no gustaba lo más
mínimo, y de inmediato, era censurado.
Descendiendo al terreno de lo concreto, recuerdo que cualquier
tema que sonara a feminismo -en aquel momento sonaba a lo
peor-, estaba ya anatematizado de antemano, en cuanto a publicaciones
periódicas, tuve que retirar "El Ciervo"
y "Cuadernos para Diálogo", revistas de las
que era asidua lectora. A partir de entonces, cuando recibía
los ejemplares de estas dos publicaciones, leía los
titulares de portada, e inmediatamente los pasaba a la biblioteca
de la redacción, para alejar de mí cualquier
tentación de echarles un vistazo.
En cuanto a libros, reduje bastante el ritmo de lecturas,
a pesar de que me hacía cargo de la sección
de novedades editoriales. A menudo, yo misma me autocensuraba,
solamente por abreviar la pesadez que suponía el tener
que consultar continuamente para que te dieran, o no te dieran,
el visto bueno a las nuevas lecturas que llegaban casi a diario.
Del tema de la situación de la mujer -feminismo, mujer
y trabajo, mujer y sociedad, la mujer y nuestras leyes-, del
que llevaba tiempo recopilando documentación y elaborando
fichas, lo dejé todo prácticamente aparcado.
La única información nueva que tenía
era la que publicaba la prensa francesa, que por motivos de
trabajo, seguía diariamente. Recuerdo que a finales
de 1970, leyendo "Le Monde", tuve noticia de los
llamados "Estados Generales de la mujer", organizados
por la revista "Elle", cuya moción final
proclamaba la exigencia femenina de la "igualdad de oportunidades,
derechos y obligaciones". Un año después,
por "Le Nouvel Observateur", supe que el Movimiento
de Liberación de las mujeres francesas, el MLF, acababa
de lanzar una campaña para conseguir el aborto libre
y gratuito -me quedé congelada porque para mí
se trataba de un tema tabú-. Esa campaña, conduciría,
dos años después, a la derogación de
la Ley francesa antiaborto de 1920 y al reconocimiento legal
de los anticonceptivos, tema importantísimo.
No podemos echar al olvido el que por medio de la anticoncepción,
la decisión de fecundidad o de esterilidad pasa a pertenecer
a la mujer. Con la anticoncepción la mujer venía
a sustituir una filosofía de la aceptación por
una filosofía de la elección de la decisión
consciente, de la responsabilidad. Puede decidir, negociar
e incluso imponer la venida de un hijo. La fecundidad pasaba
de ser una posible traba a ser un claro privilegio; un poder
realmente considerable, ya que las trabas impuestas a las
mujeres por su rol reproductor desaparecerían (trabas
impuestas por un mundo organizado económica y políticamente
por los hombres).
En lo que se refiere al aborto, desde mi inocencia -y reconozco
que también ignorancia por lo lejos que me encontraba
del asunto-, me parecía tremebundo, pero a la vez era
consciente de que me faltaba información para poder
juzgar. ¿Se trataba de cerrar los ojos ante la realidad
y definirse como rotunda antiabortista, sin más?, ¿y
la penalización del aborto, no era horrible? El hecho
de que una desgraciada, desamparada y desesperada, después
del horror de abortar su propio hijo, pudiera además
acabar en la cárcel, me parecía de pesadilla.
¿Por dónde había que buscar la solución?
Sólo me daba con una respuesta: formación.
Había que echar más esfuerzo en la formación
de las mujeres y prestarles la ayuda necesaria para que no
llegaran a la situación límite de plantearse
el aborto. La solución, desde luego, no era el castigo,
sino el poner los medios para que cada una aprendiera a valorarse
a sí misma y a hacerse responsable de sus actos. Además,
si como comunidad cristiana decíamos "no al aborto",
esto nos debería movilizar más a acoger y ayudar
a las madres sin recursos, a las madres solteras, a mantener
a niños con alguna disminución y ayudar a la
planificación familiar..., a fin de demostrar que,
efectivamente, valorábamos la vida humana desde su
concepción. ¿Y qué hacíamos nosotros
en todos estos difíciles terrenos? He de reconocer
que nada.
Como te comentaba en una reciente carta, el pensamiento de
Paul Chauchard me ayudó mucho a profundizar en tan
escabroso tema. Hasta entonces, todo lo que había leído
sobre sexualidad, matrimonio y familia, publicado por Patmos,
Rialp y otras editoriales de lectura espiritual, me parecían
contenidos y argumentos válidos para el ya convencido,
es decir, para el católico practicante sin dudas ni
fisuras, pero suponían poca o nula ayuda para los que
se movían fuera de ese círculo. A estos últimos,
a los que tenían dudas pero deseaban resolverlas dentro
de los cauces de la ortodoxia cristiana, el apoyo de las reflexiones
de Chauchard y otras personas de su cuerda, podía ser
muy importante.
El neurofisiólogo Paul Chauchard, fiel seguidor de
la teología del jesuita Teilhard de Chardin -del que
yo era entusiasta-, estaba convencido de que lo esencial era
reconciliar el progreso científico, deshumanizado por
el materialismo romo e incompleto, y el cristianismo, desnaturalizado
por un idealismo sobrenaturalista perdido en las nubes.
-"El hombre necesita trabajar en este mundo por un porvenir
de eternidad" -decía-. Y se esforzaba por llevar
a cabo este principio en todos los terrenos del comportamiento
humano.
Recuerdo perfectamente a la primera persona que introduje
en el mundo del "dominio de sí", de los "controles
positivos" y de los "buenos hábitos",
del neurofisiólogo francés. Se trataba de un
matrimonio amigo mío; él era arquitecto, de
unos treinta años, Y ella, ama de casa, de veintiséis.
Tenían dos hijos pequeños y por aquel entonces,
ella se quedó esperando el tercero. Enseguida empezó
a tener pérdidas constantes, y la única garantía
de que el embarazo llegara a buen término, consistía
en hacer un reposo total hasta que llegara el momento del
parto. Como no había otra alternativa, así lo
hizo.
Él llevaba la situación fatal; estaba nervioso,
exaltado por cualquier cosa, de mal humor, no dormía,
y el ambiente que se respiraba en aquella casa era de auténtica
tensión. Una tarde que pudimos hablar con calma del
problema y de la temporada tan mala por la que estaban pasando,
se me ocurrió preguntarles -venía a cuento ya
que entre nosotros a menudo intercambiábamos lecturas-,
si habían leído algo de Paul Chauchard. La respuesta
fue que no, y entonces les dejé, "La maitrise
de soi" (no estaba todavía traducido al castellano)
y "Necesitamos amar". El planteamiento de este científico
católico les pareció de lo más animante.
Él también comenzó a hacer los ejercicios
físicos que la lectura recomendaba y, además,
se inició en la práctica del yoga, ya que el
autor sugería hacerla como complemento saludable y
eficaz ayuda para el autocontrol.
Pasados tres meses, el cambio del marido había sido
fulminante, y la paz volvió a aquella casa: el "dominio
de sí" había dado buen resultado.
A su debido tiempo nació un niño precioso y
le llamaron Pablo; tal vez como símbolo de reconocimiento
a quien tanto había colaborado a su equilibrio vital.
Por mi parte, sentí especial entusiasmo al pensar que,
de igual forma que estos amigos míos habían
conseguido salir a flote desde una situación de auténtico
ahogo, otros muchos podrían beneficiarse de tan positiva
ayuda. Cuando así lo planteé en la confidencia
y en la confesión, sólo con el gesto noté
que mi propuesta no iba a prosperar. Pronto llegó la
llamada al orden: me destacaba de las demás, me salía
de la fila. En la Obra ya contábamos con suficiente
gente sabia y bien preparada para que nos indicaran por dónde
habíamos de conducir nuestros pasos. Gracias a Dios
teníamos toda la farmacopea para cualquier tipo de
males. "En casa contamos con toda la farmacopea necesaria"
-era una frase que los directores nos repetían por
activa y por pasiva-. Y ahí estaba, efectivamente,
el breviario de soluciones rápidas para cualquier problema
del vivir y del sentido.
"Y el que no está conmigo está contra
mí" -parecían decirme entre líneas
los que hacían cabeza-. Me quedé hecha polvo
y me sentí injustamente tratada, pues nada más
lejos de mi intención que hacer la contra a nadie,
y menos a la Obra, institución de la que formaba parte
de por vida.
Esta historia que te cuento no se trata de un hecho aislado,
sino que situaciones como ésta o parecidas, se fueron
presentando cada vez con mayor frecuencia, hasta el punto
de que cualquier tipo de iniciativa personal se podía
interpretar -en el mejor de los casos-, como afán de
protagonismo, y en el peor, como falta de unidad o poco amor
y veneración al Padre o a sus representantes legales.
Sin embargo, mi postura estaba lejos de ser la del iconoclasta;
pienso que apuntaba hacia un catolicismo renovado y comprensivo,
en el que pudieran coexistir la libertad de pensamiento con
la fe más sincera en las cosas fundamentales.
Pero aclararte del todo, llegar al fondo de la cuestión
de por qué ocurrían así las cosas, no
era tarea fácil, o al menos a mí no me resultó
fácil. Cuando actuaba con entusiasmo y lealtad, imbuida
del mejor espíritu y con ganas de ayudar y de hacer
el bien, estaba convencida de que me encontraba realizando
la Obra de Dios, por eso, cuando me topaba con la reprimenda
y la "llamada al orden", me dolía profundamente.
Pero el disgusto me duraba poco, porque siempre reaccionaba
con argumentos que acababan justificando, tanto al que me
daba la reprimenda como a mí misma. Uno de esos argumentos
de justificación podía ser, por ejemplo, el
reflexionar: "No creo que sea justo lo que me dicen,
pero asumo la humillación por tantas cosas que no debo
hacer bien o puedo hacer mejor, y por las que no me la cargo,
por la sencilla razón de que no se dan cuenta".
A menudo también pensaba, que esa reacción
de querer meterme en la fila o de recordarme, de alguna forma,
que iba por libre, se debía a la rigidez o a la estrechez
de miras de unas personas concretas, pero no se me ocurría
pensar que eso era lo idóneo, lo que tenía que
ser; que era el sistema en el que estaba metida el que era
así y el que hacía funcionar las cosas de ese
modo. Tengo que reconocer que me pasaba de ingenua, que hasta
era un poco mema, porque tuvieron que pasar casi nueve años
para darme cuenta de que era yo la equivocada. Bueno, quizá
tampoco era tan tonta, sino que se trataba del juego entre
un individuo lleno de buena fe y todo un montaje estructurado,
con muchas conchas. Más adelante te iré explicando.
Los valores "ontológicos"
de la feminidad (2 de diciembre, 1998)
Ya que insistes en que te cuente más cosas concretas
del mundo de las mujeres del Opus, en la carta de hoy voy
a retomar el tema.
En los años que cursaba mis estudios de periodismo,
entre los estudiantes ya estaba en tela de juicio la imagen
de "la mujer de su casa" como parte integrante de
la España más tradicional. Cuando llegué
a vivir a Barcelona encontré que cada vez era mayor
el número de mujeres jóvenes que no estaba de
acuerdo con el papel tradicional que se les designaba, y menos
que éste fuera el más maravilloso. Las moralinas
de los doctrinarios de los años cuarenta y cincuenta
eran abiertamente calificadas de retrógradas y obsoletas,
pero junto a las ideas rupturistas y avanzadas de las jóvenes
feministas, en la España de la segunda mitad de los
sesenta, todavía estaban en vigor consejos como los
que C. Buj exponía en un libro muy leído y citado
20 años atrás, "Dos sendas de mujer":
"El mundo -escribe Buj- podía progresar sin mujeres
científicas, doctoras, abogados, etcétera, pero
no sin madres que sean reinas del hogar, sacerdotisas en ese
templo que alumbren el espíritu familiar con la luz
de las celestiales enseñanzas, dirigiendo a sus hijos
hacia el bien, la verdad y la belleza".
En mi generación cada vez éramos más
las mujeres que nos preguntábamos y respondíamos
a la pregunta: ¿Es que la anatomía es destino?
Sí, es destino en cuanto determina no sólo el
rango y la configuración del funcionamiento fisiológico
y su limitación, Sin_ también, hasta cierto
punto, las configuraciones de la personalidad. Pero el fondo
fisiológico, importante y que no ha de dejarse de tener
en cuenta, tampoco puede considerarse de un modo exclusivo.
Pues un ser humano, aparte de poseer un cuerpo, es alguien,
lo que supone una personalidad indivisible y un miembro definido
de un grupo. Es decir: la anatomía, la historia y la
personalidad, combinadas, constituyen su destino. En la década
de los sesenta, para un considerable número de mujeres,
ya no valía la tentativa "machista" de "condenar"
a toda mujer a una maternidad perpetua y a negarla una equivalencia
en cuanto a individualidad y ciudadanía. La cuestión
consistía ya -ahora no digamos-, en cómo compaginar
estas tres esferas de la vida que, por supuesto, no tiene,
ni tenía, nunca lugar sin conflicto ni tensiones.
Por las mismas fechas que el citado Buj, José M. Pemán
-famoso escritor y periodista, considerado como un pope en
la época franquista, y siempre muy próximo al
Opus-, tampoco se quedaba corto al referirse a las féminas.
En su "De doce cualidades de la mujer", señala
que una de las cualidades fundamentales de la misma es "su
imperioso sentido de lo real y lo concreto", que se manifiesta
claramente en su incapacidad para escribir correctamente:
"Eliminan embarazos y residuos etimológicos -escribe-
como apartan las sillas que estorban, en sus correrías
por la casa, poniendo orden y limpieza. Suprimen las haches
como suprimirían, por su gusto, las guerras o las contribuciones,
complicaciones masculinas. Tienden a unificar las ves y las
bes como unificarían si pudieran, los partidos y los
bandos. La sintaxis lo mismo; toda ella revela sus urgencias
realistas y sus centelleos intuitivos".
Las otras once cualidades femeninas se describen con la misma
combinación de lisonja y desprecio. La intuición
femenina, por ejemplo, permite a las mujeres comprender "todo
lo que es, como ellas, intuitivo e irracionado", por
eso prefieren ser dominadas antes que convencidas mediante
un argumento. La mujer tiene una gran fuerza de voluntad y,
consecuentemente, no se arredra ante "vacilaciones intelectuales
y distingas en pro y en contra", como hace el hombre.
Tiene una maravillosa capacidad de adaptación a su
medio porque es totalmen |