Gracias a Dios, ¡nos fuimos!
OPUS DEI: ¿un CAMINO a ninguna parte?

Ser mujer en el Opus Dei
Índice
Introducción
1. Tiempo de seducción
2. Tiempo de adoctrinamiento
3. Tiempo de exaltación
4. Tiempo de lucidez
5. Tiempo de desengaño
6. Tiempo de ruptura
7. Tiempo de resurgimiento
8. Tiempo de reflexiones
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SER MUJER EN EL OPUS DEI
Autora: Isabel de Armas

 

CAPÍTULO 5. TIEMPO DE DESENGAÑO

-El reiterativo mito del Padre.
-La caída de un pilar básico.
-Una omnipresencia obsesiva.
-Infancia del espíritu y espíritu infantil.
-Cierto tirón místico.
-Inexplicable afán de grandezas.
-Lo que se dice y lo que se hace.
-Grados de secreto y secretismo en general.
-Una solución al problema de la identidad.
-Todas las características de una secta
-Como guardias de la circulación.
-Todo debía estar bajo control.
-Cuando el fin justifica los medios.
-Tribunal especial para castigar la "herejía"


El reiterativo mito del Padre (15 de marzo, 1999)

Te ha entrado una especie de fijación con la matraca de preguntarme, una y otra vez, en qué momento, a propósito de qué y cuál fue el motivo de mi primer desengaño total, porque estás convencida de que siempre hay uno, y a partir de éste van llegando todos los demás. Si por desengaño entendemos la desagradable y dura experiencia de liberarnos del engaño, de salir de un error que nos había cobijado, pienso que tal vez fue aquel momento, o aquel día en el que fui consciente de que el obsesivo mito del Padre comenzaba a resultarme insoportable. Quizá puedo señalar éste como desengaño número uno, pero lo cierto es que nunca me paré a colocarlos por orden.

Siendo de la Obra, a monseñor Escrivá tuve ocasión de verle en contadas ocasiones -cuatro exactamente-, y siempre en tertulias bastante numerosas o en concentraciones multitudinarias. El primer encuentro fue en el Colegio Mayor Alcor, durante mi primer curso de formación; la segunda, en Pamplona, en el campus de la Universidad; la tercera, en Barcelona, en el gimnasio Brafa, y el cuarto también en Barcelona, bueno, en Premia, para ser más exactos. Quiero decir con esto, que trato personal con él no tuve ninguno, y que casi todo lo que sé de su persona y de sus actos me lo han aportado otros; otros que, eso sí, se empeñaron a fondo en hacérmelo presente las 24 horas del día. El mito del Padre te perseguía desde que te levantabas hasta que te acostabas; siempre que estuviera en tu presencia un miembro de la Obra que llevara ya un cierto tiempo en la institución. Había que hacerle el centro en todo momento y en todo lugar, era una consigna para todos y para cada uno. En la confesión, en la confidencia, en los círculos semanales, era preciso recurrir de forma constante a : "El Padre ha dicho..."; "acaba de llegar una nota del Padre que..."; "tenemos noticias recientes de Roma y...". También en las tertulias cotidianas había que contar anécdotas del Padre, y las charlas y las meditaciones debían de estar salpicadas de constantes citas del mismo. El no hacerla con la consabida frecuencia era una clara manifestación de mal espíritu. Venía a ser algo muy parecido a lo que A. Bullock cuenta en su biografía de Hitler: "El partido nazi era consciente del valor que tenía la propaganda personal, así que a los miembros del partido se les recordaba con frecuencia que era su obligación "contemplarse a sí mismos, en todo momento yen cualquier circunstancia, como los portadores de la palabra del Führer". La propaganda efectuada de persona a persona podía llegar a la gente de un modo que estaba vedado a los medios de comunicación de masas y era doblemente eficaz si se presentaba como una opinión personal y no como la repetición de una consigna oficial".

A propósito de esta mitificación que teníamos que vivir y los excesos a los que se podía llegar en su práctica, me viene a la memoria lo que ocurrió en cierta ocasión, en uno de los círculos semanales; una significativa anécdota no falta de humor.

Como era lo acostumbrado, nos encontrábamos reunidas todas las numerarias de la casa, y la que debía hablar ese día era Mercedes B., la directora. Centró el tema de la charla, y a los pocos minutos empezó a leer un montón de fichas que tenía muy bien ordenadas: "Porque como el Padre dice -bla, bla, bla, y leía una ficha-; y como, efectivamente, el Padre nos ha dicho -bla, bla, bla, y leía otra ficha-; y debido a que el Padre siempre va por delante, nosotras no tenemos más que poner por obra todo eso que él ya ha visto antes -bla, bla, bla, y leía otra ficha más-". Así continuó hasta que acabó el considerable taco de octavillas, cuyo contenido -según ella- respondía a pensamientos, reflexiones y consejos del Padre.

Al finalizar el círculo, una de las numerarias asistentes -historiadora, periodista y directiva de una importante editorial-, me comentó algo extrañada: "Todas esas citas que Mercedes nos ha estado leyendo, ¿no te suenan mucho a Ortega y Gasset?".

-Bueno -le respondí-, sé que recientemente estaba leyendo "El hombre y la gente", de Ortega, pero lo que me temo es que el mes próximo, tal vez las citas atribuidas al Padre sean de Thornton Wilder, porque acaba de empezar a leer "Los idus de marzo".

-Esta mujer es un caso único -comentó atacada de la risa-.

Cuando a continuación le dije a la locuaz directora que había que ser más rigurosa con las citas, respondió, con el sentido pragmático que le caracterizaba, que qué mas daba el rigor o no rigor: "Lo importante es que sirva, y sirve, ¿no?".

A continuación, en plan amigable y coloquial, añadió que no había por qué ser tan rigurosa ni tener tantos escrúpulos, por la sencilla razón de que no conducían a nada. Una vez más, me aconsejó que tirara "el lirio por la ventana"; que no había motivo alguno para tener que ir siempre con el lirio en la mano. Aquí es preciso que te aclare -pues de lo contrario no vas a enterarte-, que esa directora, y otras numerarias mayores que vivían también en la misma casa, siempre me tomaban el pelo diciéndome que yo todavía iba con "el lirio en la mano". Una de ellas, a veces añadía: "y es que tu lirio yo creo que es de acero inoxidable, porque no hay quien pueda con él. Ten cuidado, pues cualquier día se te clava en tu propio ojo."

Esta directora de la que te hablo fue mi última directora, y la casa en la que entonces vivía, la última casa de la Obra en la que viví -desde el otoño de 1971 hasta el otoño de 1974-. Fueron años muy claves, un tiempo de lucidez en el que pasé por todos los estados de ánimo, hasta que conseguí aclararme lo suficiente como para que mi vida tomara un nuevo rumbo. Mercedes B., la mencionada directora, fue pieza importante en todo este proceso pues, gracias a ella, llegué a descubrir -por mí misma creo que hubiera sido incapaz o que me hubiera costado mucho más- todo lo frívola, engatusadora, pragmática y cínica que puede llegar a ser una persona allí dentro.

Como si fuera una vivencia muy reciente, recuerdo que cuando le comentaba mi asombro por lo bien que se desenvolvía con las superioras mayores y los superiores, y la doblez que desplegaba para hacerles el juego, me contestaba con su característico acento catalán:

-Oh, es que no tienes más que aprender a expresarte en su idioma, y decirles lo que esperan y quieren oír; no pienses que es tan difícil, simplemente es cuestión de fijarte.

Yo me asombraba, una y otra vez, al constatar que, sin creerse nada, se desenvolvía con los que mandaban como pez en el agua: sonreía a quien tenía que sonreír, alababa a quien debía alabar y daba la razón siempre a quien convenía. Todo lo contrario de lo que me solía ocurrir a mí, que me empeñaba en seguir creyendo, y era incapaz de desenvolverme con soltura en todo aquel mundo de estereotipos, frases hechas, lugares comunes, alabanzas fáciles y formalismos mil.

Digo que me asombraba, pero sus palabras no me convencían lo más mínimo. Me parecía que estaba metiendo demasiada agua al vino, que dejaba así de ser generoso para pasar a ser algo cada vez más aguado. No se trataba de subsistir, de vivir lo mejor posible allí dentro, de acomodarse y conformarse, sino de ir al fondo de lo que éramos y de lo que nos traíamos entre manos. Estábamos inmersas en un gran montaje; éramos afiliadas, emisarias, proselitistas del mismo, y aunque nuestro papel fuera el de "tontas útiles", eso no quitaba el que formábamos parte de un sistema que influía en la marcha real del mundo en el que nos encontrábamos inmersos a todos los niveles: social, económico, político y religioso. Éramos albañiles que trabajábamos en la construcción de un edificio, y ese edificio social era metódicamente construido siguiendo unas directrices y unos determinados principios económicos, políticos, sociales y religiosos que debíamos conocer y apoyar. Eso era lo realmente importante y no el estar más o menos bien vista por parte de quienes mandaban.

La caída de un pilar básico (19 de marzo, 1999)

En mi última carta empecé a tratar un tema clave que se quedó en un conato, ya que sólo te conté una historia que tenía que ver con el asunto, y ahí se paró toda mi referencia a algo que es un pilar básico en la Obra: el mito del Padre. A lo largo de nuestra correspondencia esto ya me ha pasado más veces, y es seguro que me seguirá pasando. La razón es que voy hilvanando recuerdos a medida que me van surgiendo, sin ningún riguroso orden cronológico, sino teniendo como único punto de partida las cuestiones e interrogantes que me vas planteando en tus cartas.

El Padre, un padre al que había que revestir con todos los atributos del saber y del poder, un padre que era -tenía que ser el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno. Aquello, más que padre, era el "fantasma paterno" que dirían los psicoanalistas. Y siguiendo el pensamiento psicoanalítico -el somero barniz que tengo del mismo-, pienso que en ningún momento traté de "matar al padre", sino que trataba de liberarme de ese "fantasma paterno" que constituía un obstáculo para tener una relación sana con aquel que, ciertamente era "padre" y que, por tanto, permitía reconocer su valor "simbólico" con el "padre real o empírico". Los que desempeñan el papel de padre, es decir, los padres reales, son seres mortales como todos los demás; su fragilidad y sus errores, sus cualidades y aciertos se integran en el principio de realidad necesario para pasar de la regulación fantasmagórica a la regulación simbólica.

Nunca me opuse al reconocimiento del "padre real", es más, deseaba ese reconocimiento, pero gradualmente tenía más necesidad de adquirir libertad respecto a su "fantasma". Sin embargo, la pedagogía de la Obra consistía en reforzar más y más la tiranía del "fantasma" (había que pensar como decían que él pensaba; hacer como apuntaban que él hacía y sentir como insinuaban que él sentía. Todo lo más personal de cada uno de los socios había de "pasar por la cabeza y por el corazón del Padre", eran palabras textuales).

Del mito del Padre hay que decir, que en la Obra lo llena todo. Aparece en cualquier momento y lugar, es el pilar básico, el centro y en torno a él gira todo lo demás: unidad, fidelidad, buen espíritu, libertad, fraternidad, etcétera. Se trata de un macrotema, sin el cual no se entiende nada de todo el montaje.

No es fácil, mejor dicho, resulta difícil comprender a Escrivá, un complejo personaje, y las dificultades se ven aumentadas por el modo en que él mismo se afanó en crear mitos mediante la interpretación de sus propios actos, que de inmediato eran ávidamente propagados por sus seguidores. Existe el Escrivá incansable, celador y omnisciente vigilante (ante la movida del postconcilio Vaticano II decía a sus hijos con todo su ímpetu: )"...a este descaro corruptor hemos de responder exigiéndonos más en nuestra conducta personal y sembrando audazmente la buena doctrina"); el Escrivá impactante, ingenioso y brillante (impactaba con sus contundentes frases, frases como: "la razón más sobrenatural para obedecer es, ¡porque me da la gana!"); y el benefactor de todos sus hijos (conseguía derretirles a todos cuando casi susurraba: "...os quiero más que todos los padres y que todas las madres"). Tenía una increíble capacidad para mostrarse como el más humilde (sabía encajar en el momento oportuno aquellas palabras: "soy el último botón del último botín"), y también el más todopoderoso (insistía en que todo, todo, "ha de pasar por la cabeza y por el corazón del Padre").

M. del Carmen Tapia -veterana numeraria y ex numeraria más tarde-, cuenta en su autobiografía: "ésta es una de las cosas que cuando uno se convierte en una fanática del Opus Dei sucede: la voluntad de Dios no cuenta tanto porque lo que cuenta es "la voluntad del Padre", lo que "el Padre dice", lo que "al Padre le da alegría". Es decir, es como si la adoración debida a Dios, al adquirir "el buen espíritu del Opus Dei", se cambiara por "la voluntad de monseñor Escrivá". Es un identificar al Padre como a alguien semejante a Dios. La forma de culto al fundador se imprime de tal manera en las numerarias "con buen espíritu" que sus almas llegan a moldearse y por tanto a formar la esencia de su vida interior de esta manera: lo importante es agradar al Padre porque así se agrada a Dios y no a la inversa"

Baldur Van Schirach, jefe de las Juventudes del Tercer Reich, firmaba que si la juventud amaba a Hitler, que era su Dios, si se esforzaba por servirlo fielmente, cumpliría el precepto que recibió del Padre Eterno. Lo divino y lo humano quedaban así perfectamente confundidos.

M. Angustias Moreno, otra ex numeraria, escribía años atrás: "El hombre líder y el hombre Dios, ¿dónde acaba el uno y dónde empieza el otro? Es la confusión o el desconcierto que en la vocación de muchos de sus seguidores ha impuesto esta actuación suya, que según los cánones establecidos en la institución, debe concebirse como carismática" . [M.A. MORENO La otra cara de! Opus Dei.]

La misma autora, también dice: "Es impresionante la suficiencia espiritual que se vive en la Obra, y que se basa en ese "teléfono rojo" que une al fundador con Dios: "el cielo está empeñado en que se realice". El Padre lo dice, luego es Dios quien lo quiere. "Mira hacia arriba, ten visión sobrenatural. ¿No lo entiendes? No importa, no hace falta: eso es fidelidad"" [M.A. MORENO: El Opus Dei, anexo a una historia]

El mito del Padre, ¿no se parece demasiado a mitos como el de Stalin y, sobre todo al de Hitler? Recuerdo que siendo de la Obra, en cierta ocasión, se lo comenté preocupada al sacerdote, y su respuesta fue: "En algún modelo hay que fijarse. No creo que el hecho de que encuentres esa semejanza tenga la menor importancia. Lo realmente importante es tu visión sobrenatural; tu convencimiento de que la Obra es fruto de una inspiración divina, y el único que recibió tal inspiración fue el Padre".

Alan Bullock recoge en su biografía de Hitler, el interesante debate que éste tuvo con uno de sus más destacados súbditos, Strasser, el cual había escrito un artículo sobre el tema "Lealtad y deslealtad", en el que establecía con claridad la diferencia existente entre el ideal, que es eterno, y el líder, que tan sólo es su sirviente.

-Todo esto no son más que disparates rimbombantes -dijo Hitler-, en el fondo no estás diciendo otra cosa más que piensas otorgar a todos y cada uno de los miembros del partido el derecho a decidir lo que ha de ser el ideal, incluso a decidir si el líder es o no fiel al llamado ideal. Eso es democracia de la peor especie, y no hay lugar entre nosotros para tales concepciones. Para nosotros el líder y el ideal son una y la misma cosa, y todo miembro del partido debe hacer lo que manda el líder... y yo te pregunto: ¿estás dispuesto a someterte a esta disciplina o no?

Hitler estaba absolutamente convencido de su carisma; de que era el elegido, el único. Su biógrafo, A. Bullock, nos lo recuerda como nota básica de su personalidad:

"Transportado por el poder de su propio mito, Hitler declaró que se sentía como el instrumento de Dios, el elegido para dirigir Alemania".

"La vocación misionera, que formaba el núcleo del mito de Hitler ("Voy por el camino que me dicta la providencia con la seguridad propia del sonámbulo" -decía Hitler-), se compensaba con el cálculo frío como el hielo del político realista. Cuando Mussolini, mucho más escéptico, titubeaba, Hitler convencido de sus poderes otorgados por la Providencia, desempeñó hasta sus última y amargas consecuencias el papel que tenía asignado".

"Esto era el alma en los llamamientos de Hitler, su habilidad en utilizar esas dotes para infundir la creencia, no tanto en sus argumentos, en su programa y en su ideología, sino más bien en sí mismo, en su figura de caudillo carismático dotado de poderes sobrehumanos, que le capacitaban para lograr lo imposible. Eso es lo que querían decir las masas del partido nazi cuando declaraban: "Nuestro programa puede ser expresado en dos palabras: Adolf Hitler""

"Es muy probable que nadie vuelva a disfrutar jamás de esa confianza que me dispensa todo el pueblo alemán. Es muy probable que no vuelva a aparecer nunca más otro hombre que disponga de mayor autoridad que la mía. Mi existencia es, por lo tanto, un factor de enorme valor -decía Hitler-.

"El día que el Führer sufrió su primer atentado, dijo después a los suyos: "Y como último factor, tengo que mencionar, con toda modestia, el nombre de mi propia persona: irremplazable"".

Adolf Hitler, el Führer, estaba convencido, y así lo manifestaba, que era un "misionero con misión", "un instrumento de la Providencia". José M. Escrivá, el Padre, también estaba seguro de serio, y así lo comunica a sus seguidores:

-Hijos míos, os tengo que hacer una consideración que, cuando era joven, no me atrevía ni a pensar ni a manifestar; y me parece que ahora debo decírosla. En mi vida, he conocido ya a varios Papas; cardenales, muchos; obispos, una multitud; ¡fundadores del Opus Dei, en cambio no hay más que uno!, aunque sea un pobre pecador como soy yo: bien persuadido estoy de que el Señor escogió lo peor que encontró, para que así se vea más claramente que la Obra es suya. [MONS. ESCRIVA DE BALAGUER, Meditación, 2-IX-70.]

Me parece que no es preciso hacer ningún comentario, que las citas dicen suficiente por sí solas.

Una omnipresencia obsesiva (23 de marzo, 1999)

Deseas saber si llegué a sentir ese frenesí que muchos han llegado a tener por monseñor Escrivá. Mi respuesta es que siempre seguí con interés y respeto todo lo que hacía alusión a su vida y sobre todo a sus enseñanzas. Pero obnubilada no llegué a estar nunca, y en más de una ocasión llegué a sentir una auténtica vergüenza ajena, cuando alguna numeraría, en trance de "buen espíritu", contaba anécdotas archiconocidas del Padre y le temblaba la voz de emoción, y hasta se le saltaban las lágrimas.

Reacciones similares se solían desencadenar en las llamadas "tertulias con el Padre", en las que la agitación -exterior e interior- era general. Como ocurría con el fascismo, entre las condiciones generales había que contar con la presencia de un cierto "clima", de una atmósfera especial de embriaguez y excitación, de la cual no se podía prescindir, y que los directores procuraban fomentar y mantener por todos los medios. En esta atmósfera las relaciones se vuelven desproporcionadas, el sentido de la medida está falseado. El shock psicológico venía a ser tan imprescindible como es el estupefaciente para algunos neuróticos; la exaltación pasa a ser el estado normal y adquiere una peligrosa autonomía. Después de una "tertulia con el Padre", la directora de turno y el sacerdote, siempre tenían que preguntar a cada súbdito cómo le había afectado el acontecimiento y cuánto le había impresionado.

Era el metro de medir si "vibrabas" poco o mucho con el llamado "espíritu de la Obra".

Por su omnipresencia y su poder absoluto en el seno del Opus, la figura de Escrivá llegaba a ser obsesiva: era el padre, el líder, el caudillo, el capitán de capitanes, el mesías, el salvador, el ungido, el enviado, el elegido para realizar en la tierra la empresa divina del Opus Dei, organización que había nacido brusca y totalmente en el cerebro del Padre en octubre de 1928, como la mitología presenta a la Razón saliendo totalmente acabada del cráneo de Zeus un día que el Padre de los dioses tenía jaqueca.

M. del Carmen Tapia -numeraria desde 1948 hasta 1966-, cuenta lo que pensaba y sentía cuando se encontraba en el fervor de su primera caridad: "En nuestras vidas nos importaba más la opinión del Padre, el contentar al Padre, que el contentar a Dios. Es decir, estábamos convencidas de que contentando al Padre primero, Dios estaba contento. ¡Una curiosa forma de vida interior!".

Recuerdo que, hace ya tiempo, hablando de este tema con un ex numerario, que había tratado muy de cerca a Escrivá, reconocía:

-Para mí es que el Padre era Dios; llegué a creérmelo del todo. Pero también tengo que reconocer que lo que nunca me convenció, es que sus padres fueran mis abuelos, ni que sus hermanos, Carmen y Santiago, fueran mis tíos. A eso no llegué-añadió con toda chunga-.

En todas las convivencias y cursos de retiro se dedicaba una charla al "amor al Padre", y siempre se encargaba de darla la superiora más enardecida del momento. Recuerdo perfectamente la primera que escuché, y la verdad es que todas las demás fueron, más o menos, idénticas.

"Tenemos que ser conscientes de que al Padre se lo debemos todo -comenzó diciendo la entusiasmada directora-, él nos ha enseñado todo; desde cómo decorar nuestras casas hasta cómo mantenerlas impecables (cosas tales como que las sillas no rocen las paredes, que las cosas que se rompen se arreglen o repongan de inmediato, etcétera). Se ha preocupado por nuestro arreglo personal y siempre nos ha animado a estar guapas. También gracias a él hemos aprendido a rezar, a estar en presencia de Dios, a vivir las cosas pequeñas, a amar al mundo apasionadamente, a ser incansables en nuestra tarea de apostolado y proselitismo... Y es a él, al Padre, a quien se lo debemos todo, todo. Porque de él y con él hemos aprendido cada una de las cosas que sabemos y vivimos."

La primera vez que escuché una charla de este tipo, no sabía bien si me encontraba en una convivencia de la Obra o en un acto comunitario de la Cuba revolucionaria -salvando las distancias y desplazándose de un marco superburgués a un marco proletario-, en el que algún fiel seguidor de Castro, hablase enfervorecido al pueblo de su gran líder y padrecito Fidel.

Dado que tanto en la confidencia como en la confesión debíamos vivir una "sinceridad salvaje", le comenté a la directora lo que había pasado por mi cabeza mientras escuchaba la charla dedicada al "amor al Padre". Su respuesta fue que quizá el tono de quien hizo la exposición había sido excesivamente entusiasta, pero con lo que teníamos que quedamos era con lo realmente importante, y es que crear un ambiente de amor incondicional al Padre era fundamental para vivir nuestra vocación y para que nuestra entrega a la Obra llegara a ser total.

No me resultaba difícil comprender que quienes habían convivido con Escrivá y le habían tratado de cerca, sintieran por él un entusiasmo profundo y hasta un desmedido amor, pero lo que no compartía es que todos los demás, que no habíamos pasado por esa maravillosa experiencia, tuviéramos que repetir lo que oíamos como si fuera una vivencia propia. Aquello no podía dejar de sonarme a algo un tanto artificial y falso.

Una vez más quiero dejar claro, que lo que te cuento es lo que ocurría en los años sesenta y en los setenta y que desconozco si, pasadas dos décadas, las cosas han cambiado, aunque pienso que en este terreno todo debe seguir igual. Como referencia válida, me remito a lo que la última biógrafa de Escrivá escribía en 1994 (a P. Urbano se le va un poco la mano en la purpurina con que le pinta ,el aura al beato Escrivá, proyecto de santo):

"El es el Padre. Como cabeza de la Obra, Escrivá recibe constantes gracias, mociones y luces de Dios, que no debe retener ni embalsar, sino transmitir a los suyos con "alta fidelidad".

"Dios le ha municionado con los dones y talentos que va a requerir su misión de fundador y de Padre de una numerosa y dilatada progenie. Y entre estos regalos, el raro don de "de espíritus", de alcance más hondo y más penetrador que la mera psicología, y que será una franquicia formidable para "conocer a los suyos", aun sin haberlos visto antes" .

"Él es el Padre y guía a los suyos por un camino exigente "per aspera ad astra", por el esfuerzo de aquí abajo a la excelencia de allá arriba.

"Él es el Padre. Ha engendrado millares de hijas y de hijos de su espíritu. Por cada uno, vive y se desvive. Le preocupan sus cuerpos y sus almas. Induce ese desvelo a quienes en la Obra tienen la misión de gobernar, de formar, de cuidar a sus hermanos".

Pilar Urbano, experta comunicadora y periodista de éxito, manifiesta abiertamente, más que incondicionalidad y entusiasmo, reverencia y veneración, y en su libro, el empeño de la alabanza prevalece -con creces- sobre el escrúpulo de la biografía. Salvando las distancias, su tono no deja de recordar a la literatura oficial de los años de la victoria de nuestra última Guerra Civil. El hispanista e historiador francés Bartolomé Bennassar escribe en su última biografía de Franco: "Los vencedores cantaban la gloria del caudillo bajo la dirección de los aedos, Ernesto Giménez Caballero o Francisco Javier Conde, que hacían de Franco el padre de la Patria, el taumaturgo cuya única firma tenía el poder de desencadenar o suspender el fuego del cielo, el médico milagroso de una España enferma, el padre y esposo de España que fecundaba incesantemente con su "falo incomparable" (esta expresión, aclara el historiador, ha sido realmente empleada por Giménez Caballero, autor de trabajos clásicos surrealistas como "Yo, inspector de alcantarillas". Durante la guerra española de 1936, se convirtió en máximo adulador de Franco, produciendo panegíricos al caudillo de este estilo: "¿Quién se ha metido en las entrañas de España como Franco hasta el punto de no saber ya hoy si España es Franco, o si Franco es España?")" [BARTOLOMÉ BENNASSAR, Franco, p. 331.]

El profesor Bennassar, continúa diciendo: "En cuanto a los que habían nacido a lo largo de los años treinta, aprendían a vivir bajo la protección de un genio tutelar, de un hombre irreal, de un semidiós. Josefina de la Maza, con el entusiasmo de una fe que sabemos que puede ser ciega, se extasiaba ante "la clara sonrisa" de ese semidiós "que le humaniza y le hacía ser amado"" .

Franco era el caudillo, un personaje carismático, un don de la providencia a un pueblo, de algún modo un mesías investido de una misión redentora, de la que tenía necesidad España, pervertida por el marxismo, el anarquismo y, por supuesto, la acción disolvente de la masonería.

El catedrático de sociología, Joan Estruch, en un interesante análisis sociorreligioso del Opus Dei, hace especial hincapié en la importancia que para la Obra también tiene el cultivar la imagen del Fundador-Salvador:

"La literatura hagiográfica destaca y magnifica ese carácter de la figura de monseñor Escrivá como "elegido", como "enviado", como "ungido". Pero es el mismo fundador del Opus quien, con sus manifestaciones, contribuye con frecuencia a ello. En el último periodo de su vida, básicamente con dos tipos de comparaciones: por una parte, al presentar al Opus Dei como "el pequeño resto de Israel", como el grupo de aquellos que por su fidelidad y por su ortodoxia han sido escogidos por Dios con la misión de preservar la fe de la Iglesia (una elección y una misión de las que Escrivá es, históricamente, el instrumento por excelencia). Y, por otra parte, el poner de relieve que el Opus Dei supone en la vida de la Iglesia una realidad nueva, equiparable sólo a las primeras comunidades cristianas. Dentro de la Iglesia católica, en efecto, esta pretensión de conexión directa con las comunidades cristianas primitivas, por inspiración divina no menos directa, ha sido una de las características de todos los movimientos de tipo mesiánico" .

Su "Camino", libro clave de todo su despliegue, fascinó y, según cuentan, sigue fascinando a los suyos. Sinceramente, no creo que sea por la fuerza de su teoría sino más bien por el poder anfetamínico de sus máximas.

Capitán de capitanes, caudillo formador de caudillos: "¡Has nacido para caudillo!" (Camino, n. 16); "Viriliza tu voluntad para que Dios te haga caudillo" (n. 833); "Me dijiste que querías ser caudillo" (n. 931)... Pero sobre todo él es el Padre, tan identificado con el Dios Padre, que a veces es difícil distinguidos. El profesor Estruch hace la siguiente observación: "y esa ambigüedad podría quedar todavía más acentuada a raíz de la muerte de monseñor Escrivá ya que, como dice Alvaro del Portillo en la primera misa de corpore insepulto celebrada aquel mismo día (26 de junio de 1975), "además de que tenemos a Dios Padre, que está en los cielos, tenemos a nuestro Padre en el cielo, que desde allí se preocupa por todas sus hijas y todos sus hijos"".

¿Es que yo creía poco en el carisma del fundador? Sí que creía pero vamos a matizar. En primer lugar, quien entra en una orden grupo, institución o congregación, elige un cauce de vida que, en mayor o menor medida, se remonta al fundador y su carisma.

El apelar al carisma del fundador como elemento esencial de una institución religiosa, supone que el tal carisma es una concreción de algo que verdaderamente es cristiano y evangélico. Sin embargo, tampoco se puede ignorar la problemática teórica o práctica del significado del carisma del fundador y del uso concreto que de él se hace. La problemática teórica consiste en relacionar el carisma del fundador con el seguimiento del Jesús evangélico, y la problemática práctica en el uso que se hace de ese carisma. No hay que olvidar que un fundador es un cristiano que en una época determinada ha pretendido seguir a Jesús; y la cuestión fundamental que de ahí surge es si su carisma es capaz de desencadenar en otros una auténtica historia cristiana.

En el carisma de cualquier fundador hay que distinguir tres niveles. El primer nivel se refiere a las expresiones más externas del modo de vida. En el segundo nivel aparecen cosas más profundas, como puede ser el tipo de formación o la obediencia absoluta a los directores. Finalmente, el tercer nivel del carisma es el fundamental y en él podemos destacar los siguientes puntos: actitud de búsqueda para ir descubriendo la voluntad de Dios, un Dios siempre "mayor"; el seguimiento de Jesús; contemplación en la acción; supremacía de la praxis apostólica sobre su mera formulación teórica, es decir, "obras de amor" sobre las palabras; disponibilidad para acudir allí donde más se necesite; solidaridad profunda con la Iglesia como depositaria de la tradición de Jesús y no como un mero mecanismo de aceptación infantil ni servil de disposiciones.

Ni que decir tiene que lo profundo del carisma de un fundador está en el tercer nivel. El primero se encuentra condicionado por una determinada época y por eso mismo debe ser traducible a otras. El segundo, siendo importante para la configuración de una determinada institución, su sentido último tampoco reside en sí mismo, sino en relación con el tercero.

Si me he detenido en analizar con algún detalle el tema del carisma del fundador es porque me parece una cuestión importante, pues, ¿qué es lo que me chocaba, y en ocasiones hasta me producía repelús, de lo que observaba a mi alrededor? Me sorprendía la actitud generalizada de "sacralización" ante la figura del fundador (el Padre) y que esta actitud, no sólo se respetara, sino que de manera descarada se fomentara. "Sacralizar", es cierto que siempre ha sido un mecanismo típico para declarar algo o a alguien sumamente importante, pero no podemos olvidar que en el proceso de sacralización se suele diluir lo auténtico y de fondo para quedarse en la más pura forma de alabo y veneración del que posee el carisma, olvidando que él no es Cristo -no es Dios-, que si llegó a ser fundador y desencadenó una vida cristiana auténtica, hubo en él algo muy profundo de Cristo, y que el carisma del fundador puede y debe ser norma mientras esté supeditado a Cristo y a la historia que éste sigue desencadenando.

Esas emociones desmedidas, aquellos arrebatos, voces temblonas y estallidos de llantos me producían repelús y vergüenza ajena. En aquel entonces no sabía muy bien explicar el por qué, y hasta llegué a pensar en algún momento que yo era demasiado dura y que me faltaba comprensión. Pero fuera como fuese, tan desmedidos golpes de emotividad me producían tensión interna y malestar; me parecía chocante y hasta un algo impúdico.

Quienes buscábamos en monseñor Escrivá un maestro del espíritu, que se dirige a sus discípulos para transmitirles toda una filosofía de vida que es el camino de la santidad, teníamos que saltar la barrera de quienes le mitificaban hasta convertirle en un fetiche, y aun así, resultaba prácticamente imposible adentrarse en su compleja personalidad; rica, complicada, paradójica, supongo que llena de grandes cualidades y de pequeños y grandes defectos.

Sus seguidores incondicionales vivían deslumbrados por su carisma, por su poder de atracción, por la sensación de seguridad que les inspiraba, por la fascinación que en ellos ejercía. Sus detractores veían en monseñor Escrivá, un hombre impulsivo, elemental, primitivo, de rosarios, cilicio, confesionario y devociones mil. No era fácil -sigue sin serlo- tocar fondo, pero lo que llegué a descubrir de su espiritualidad, tuvo para mí, en su momento un gran atractivo: era rezador, piadoso, muy directo y confiado en su relación con un Dios personal -el propio de la infancia que sigue de cerca sus pasos. Escrivá desconfiaba del entendimiento que pretende que todo lo puede; sabía que sin el concurso del sentimiento no se puede absolutamente nada, y que ambos, combinados, rigen a la humanidad. Esa forma de espiritualidad me gustaba, conectaba con ella. Ya te contaré más extensamente en una carta próxima.

Infancia del espíritu y espíritu infantil (27 de marzo, 1999)

Te dije que volvería a coger el hilo de la carta anterior, y aquí estoy, dispuesta a hacerlo.

Me gustaba y me atraía esa idea, que el Padre tenía, de un Dios próximo, amigo, del que nos sentimos colaboradores, con el que somos cocreadores y corredentores; un Dios, tan próximo, que se le puede llegar a domesticar y hasta a manipular. Y además contábamos con un montón de mediaciones que también funcionaban: devoción a la Virgen, a San José, a la Eucaristía, a los santos, a los ángeles custodios. También teníamos la frecuencia en la práctica de los sacramentos, con especial insistencia en la confesión, y la dirección espiritual con su apéndice de la confidencia.

El miembro de la Obra está lleno de mediadores y de mediaciones a los que puede apelar en cualquier momento a fin de que las fuerzas sobrenaturales le ayuden y le apoyen. Mediaciones y mediadores de una gran eficacia psicológica, y todos ellos dentro de las concepciones católicas más tradicionales. Para quienes hemos tenido una formación básica tradicional, todo resultaba familiar y conocido.

Vivir y obrar, me pareció que era el lema del impulso espiritual de monseñor Escrivá, y para mí tuvo gancho: llevar el contenido de la oración a la vida y el contenido de la vida a la oración.

Trabajar, estudiar, proyectar, charlar, comer y pasear siempre consciente de estar en presencia de Dios; presencia no evasiva, sino que ha de llevarte a dar sentido a lo que te traes entre manos.

Para el Padre todo era presencia de un Dios cercano, accesible, íntimo; ese Dios personal de la infancia que da seguridad, confianza y hasta "complejo de superioridad", porque como él mismo decía: "...con El, con su ayuda, ¡lo puedo todo!". Hace más de cuatro siglos Escrivá tuvo un antecesor, ya que fue Lutero quien descubrió esta nueva dimensión de lo religioso: la confianza frente al temor. Para él ninguna buena obra es inútil pero tampoco imprescindible para entrar en las estancias del Señor. Cristo vino al mundo a redimirnos; su pasión nos hizo libres. ¿Qué valor tienen nuestros actos comparados con ella? Pero el que la fe sea lo primero no está reñido con el "fe con obras"; con el hacer como si todo dependiera de nosotros, pero sin dejar de ponerlo todo delante de Dios, sabiendo que en definitiva, todo depende de Él. Lo primero, por tanto, es la fe, y mucho antes que Lutero lo apuntó San Pablo: "Todo lo puedo en Aquel que me da fuerzas". También para Escrivá era la fe lo primero, aunque la suya estaba más rellena de personajes celestes.

"Para Josemaría -cuenta P. Urbano en su hagiografía de Escrivá-, los ángeles y los santos no son entelequias de bazar teológico ni fósiles de relicario. Tiene una amistad amena y dialogante con ellos. Entre los santos busca y consigue a sus más eficaces patronos e intercesores en toda coyuntura de necesidad; y entre los ángeles y arcángeles, a sus más poderosos aliados".

Algo que me sorprendía era que en la espiritualidad del Padre hubiera tan pocas manifestaciones de aridez, de cansancio y frío, que hubiera un lugar tan escaso o nulo para el desierto interior; para "la noche oscura del alma" por la que todos los místicos pasaron hasta llegar a palpar la "soledad sonora" y sentir la "llama de amor viva". Todos ellos llevaron a cabo un arduo recorrido hasta alcanzar la unidad del ser, la unidad con Dios. Por eso me asombraban los encuentros de Escrivá con su Dios: tan personales, tan de estar por casa, tan de diálogo cotidiano. Así era su vida Interior, que surgía en todo momento y situación, porque como él mismo afirmaba: "Nuestra celda es la calle".

Me emocionaba su sentido campechano de la devoción mariana: conectaba de verdad con la devoción apasionada del pueblo por Nuestra Señora, la Madre de Dios; se manifestaba visceralmente necesitado de una figura femenina en la que volcar parte de sus ansias espirituales.

Se trataba de la devoción más primitiva. Ya en las penumbras de la historia nació la Diosa Tierra, con sus representaciones puntuales, que fueron el primer sentimiento trascendente de la humanidad. La necesidad de recuperar la adoración, el cariño, el culto a la ancestral Gran Madre, despertó las primeras creencias trascendentes del ser humano. La divinidad primigenia es la figura de la Magna Diosa, fuente de todos los dones y también fuente de todos los desgarramientos y catástrofes. Esa figura de la Magna Diosa ingresa en la tierra y en el cielo, en el subsuelo invisible o en el trasmundo celestial. En el cielo se manifiesta con todo su esplendor como principio nocturno. Bajo tierra se manifiesta como potencia capaz de manifestarse y ocultarse de forma recurrente, periódica, o como agua primordial caótica y desorganizada sobre la cual florece la crisálida de la palabra creadora de Dios Padre. Porque tal y como apunta el filósofo Eugenio Trías en su ensayo titulado, "Pensar la religión", "Sin esa materia, matricial y maternal, verdadera nodriza de toda experiencia religiosa, ésta no se constituye. Sin esa fuente de dones y gracias; sin esa figura maternal (que el simbolismo religioso configura bajo el gran arquetipo de la Magna Diosa, de la Reina del Cielo y de la Tierra), la religión no puede constituirse como experiencia".

A monseñor Escrivá le arrebataban todas las representaciones de la Madre de Dios; las imágenes puntuales de los mil y un aspectos que adopta Nuestra Señora cuando se manifiesta a quienes se confían en Ella para que les guíe en su caminar por la existencia. Es la Gran Madre que protege, conduce y da fuerza en los caminos de la existencia.

Tengo que reconocer que gracias a él yo me hice más mariana.

Lo que menos entendía de su espiritualidad era la autoagresión del cilicio y de las disciplinas, "para castigar el cuerpo y reducido a la servidumbre" (Constituciones, 1950, art. 260). Para sublimar, reprimir y negar impulsos, "para dominar el potro", decía el propio Escrivá. Digo que no lo entendía porque no conseguía descubrir en mí ese potro salvaje fundamentalmente desbocado, y cuando nos contaban las salpicaduras de sangre que el Padre dejaba en las paredes después de sus flagelaciones, sentía un profundo rechazo, sólo el hecho de oído contar me producía repelús.

No es que se tratara de un tema desconocido, sino que me sonaba a cosa de otros tiempos. Noticia del tema tenía, y abundante, ya que a través de las lecturas religiosas más tradicionales, todos hemos tenido ocasión de conocer multitud de historias de tantos que lucharon contra las tentaciones de la carne, del mundo y del demonio, ofendiendo al cuerpo con dolor y sangre y otras penitencias, usando cilicios y practicando flagelaciones. Ha habido incluso quien pasó la vida entera sin lavarse, y también hubo quien se lanzó en medio de las zarzas o se revolcó en la nieve para dominar las intemperancias de la carne.

Pero de cualquier forma, todo lo que hacía referencia a su vida espiritual, sonaba directo, sincero; su forma de manifestada tenía gancho y fuerza, tal vez porque como decía Nietzsche, "los hombres creen en la verdad de todo aquello que se presente como algo en lo que se cree con firmeza".

Lo que ocurrió a continuación es que llegaron los seguidores de la segunda generación, los "escolásticos" y, en lugar de inspirarse en el modelo para establecer su propia relación con un Dios personal, copiaron y copian el modelo; hacen por imitarlo tal cual. Así, repiten sus mismas frases, hacen los más parecidos gestos, y ante los problemas individuales de vida interior, consultan el Vademecum y recetan el medicamento indicado. "Porque en la Obra tenemos toda la farmacopea" -insisten los directores espirituales de turno-. Pero sólo te ofrecían la cara positiva del tema, y nadie se atrevía a contar -o ni se les ocurría porque no estaba escrito en la ficha-, que la materia de los fármacos contiene, al mismo tiempo, la vida y la muerte. Todos son, a la vez, remedios y venenos, la medicación y la toxicología; son una sola y misma cosa, se cura con venenos, y lo que se considera como una fuerza vital puede, en ciertas condiciones, matar en un solo espasmo, en el espacio de un segundo.

"Nos faltan auténticos maestros de vida interior" -decía Nuria P., una numeraria que dijo adiós a la Obra después de veinte años de militancia-. Y remontándose a sus raíces rurales, comentaba preocupada: "En estas últimas generaciones, todos los sacerdotes que han ordenado son curas de granja; parece que los han alimentado con el mismo pienso compuesto y todo lo que transmiten sabe igual, no aportan nada de cosecha propia. Es como si les faltara intensidad espiritual; necesidad de seguir en la búsqueda infatigable de una última verdad, porque ya están en la verdad. Tiran de nota, de ficha, de frase hecha, y esa es la respuesta para cualquier problema vital".

En cuanto veías aparecer una sotana -los sacerdotes jóvenes estaban obligados a llevarla siempre-, ya adivinabas todo lo que comunicaría el sujeto que se alojaba dentro. Poco importaba quien fuera, ya que lo que iba a decir -con similares gestos, la misma forma e idéntico contenido-, sería la lección aprendida.

Mientras les escuchaba -en meditaciones, charlas o confesionario-, sentía lo mismo que el protagonista de "La montaña mágica" de Thomas Mann siente en la primera etapa de su enfermedad, cuando ha de guardar cama:

"Es el mismo día que se repite sin cesar. Pero, como es siempre el mismo -escribe T. Mann- es, en el fondo, poco adecuado hablar de "repetición"; sería preciso hablar de identidad. Te traen la sopa por la mañana, del mismo modo que te la trajeron ayer y como te la traerán mañana. Y en el mismo instante te envuelve una especie de ráfaga, no sabes cómo ni de dónde; te hallas dominado por el vértigo, mientras ves que se aproxima la sopa; las formas del tiempo se pierden, y lo que te revela como la verdadera forma del ser es un presente fijo en el que te traen eternamente la sopa."

Escuchar un día y otro a aquellos jóvenes -sin duda buenísimos y entregadísimos a la causa-, alimentados con el mismo "pienso compuesto" era, efectivamente, como vivir un presente fijo; el mismo día que se repite sin cesar. Era, la sopa eterna.

Esta apreciación, realizada desde dentro de la Obra, tampoco es ajena a otros que la ven simplemente desde fuera. Joan Estruch, dice en su ya citado trabajo: "Una primera distinción, tal vez simplista y tosca, pero que tiene la ventaja de ser clara y contundente, consistiría en decir que la primera impresión que en general provocan los miembros del Opus Dei es la de una gente técnicamente muy competente pero de una religiosidad francamente elemental ".

"Para entrar en el Reino de los Cielos, es preciso que os hagáis como niños", dice Jesús a los que le siguen con sencillas Y complejas palabras. Pero la sencillez de la infancia espiritual no se confunde con la simplicidad del espíritu infantil. Sencillez nunca fue sinónimo de simplicidad; lo sencillo es complejo y, a veces, lo más complejo.

Es importante mencionar aquí la gran influencia que en la Obra tienen los sacerdotes numerarios sobre los laicos -no olvidemos que todos los asociados deben pasar al menos una vez a la semana por el confesionario-. El poder pastoral que se ejerce desde la penumbra de los confesionarios y mediante la dirección espiritual de las almas, puede llegar a ser -como llegó a serio en otros tiempos- de un auténtico dominio, aun tratándose de "curas de granja" y alimentados con "pienso compuesto".

Cierto tirón místico (28 de marzo, 1999)

Quiero insistir en lo que apuntaba en mi carta anterior, que estábamos faltos de auténticos maestros de vida interior, y que los "curas de granja" eran cada vez más numerosos, pienso que pasaron a ser una inmensa mayoría. ¿A qué se debía ese fenómeno?

Creo que una explicación válida puede ser el que, a medida que los caminos prohibidos y las posturas anatematizadas iba en aumento, el punto de referencia espiritual de todos tenía que pasar a ser uno solo: la única forma válida de vivir la espiritualidad debía de ser la de Escrivá, él era el punto de referencia exclusivo. y como él tenía una personalidad fuerte y una manera de ser muy peculiar, muchos de los que trataban de seguirle, no conseguían hacer más que una mala copia.

De los rasgos de su personalidad, P. Urbano destaca: "Para Escrivá, Dios es un ser tan cercano, tan accesible, tan íntimo, que es a la vez un espectador y su habitante. [...] Ante ese "espectador divino", Josemaría se siente visto y oído. Más: mirado y escuchado. Más: entendido y asistido... Más aún: contemplado. [...] Cree y vive la misteriosa realidad de la inhabilitación trinitaria; a poca confianza que se tenga con él, es fácil observar que su privacidad más íntima está poblada, habitada, por la Trinidad. Su alma es alojadora. No hay campo para la soledad".

Al referirse a su estrecha amistad con los santos, la misma autora cuenta como en Coimbra, al acercarse a venerar los restos de santa Isabel, infanta de Aragón y reina de Portugal, dando unos golpecitos sobre la urna, le dijo: "¡Eh, aragonesa, que soy de tu tierra: a ver como te portas con tus paisanos!".

Por mi parte, reconozco que con lo de la llaneza maña, o con la nobleza baturra, no conecté nunca. Bueno, cada cual tiene su forma de ser. Por otra parte, a medida que iba madurando me daba cuenta que conectaba más con la espiritualidad de los místicos que con la que Escrivá ponía a mi alcance. San Juan de la Cruz, el maestro Eckhart, Santa Teresa, pasaron a ser mis maestros.

Si el misticismo -como apunta Ortega-, tiende a explotar la profundidad y especula con lo abismático; por lo menos, se entusiasma con las honduras, se siente atraído por ellas, he de reconocer que siempre tuve una vena mística; que sentía un cierto tirón místico. Y conste que al hablar de una cierta vena mística, no me refiero al misticismo aberrante, escape de la vida real, que tanto y tan bien criticó en su tiempo el novelista-sociólogo, Pérez Galdós. El gran don Benito puntualiza acerca del mismo: "El misticismo, como cualquier otra forma de idealismo exagerado, sólo se justifica cuando se pone al servicio de la vida. Todo sueño o anhelo de perfección ideal de espaldas a los afanes de la existencia real y concreta es inútil e infecunda y sólo conduce a la esterilidad y, a veces, a la locura. Hay que buscar a Dios en la vida... La imaginación ardiente, la loca de la casa, otra de las facultades superiores del místico, no debe huir de la realidad para refugiarse en la contemplación del absoluto".

Casi ni que decir tiene que suscribo estas sabias palabras de la primera a la última, y nadie ha de convencerme de lo que ya San Pablo expresó de forma tan maravillosa en su carta a los Corintios: que lo verdaderamente operante, lo decisivo en el ser religioso es la caridad; que lo activo y práctico es la caridad, que no sólo salva, sino hace la vida vividera y el mundo habitable. Pero esto no quita que una tuviera una cierta vena mística y que me sintiera hondamente interesada por las profundidades de los místicos. Me interesaba por ese saber que tras su oscuridad alumbra otras claridades: claridades de abismos, voces de silencio, soledades sonoras, silente desierto, vibraciones frente a la aproximación o cercanía del Misterio.

Considero a los místicos como una fuente fundamental de inspiración para todo aquel que busca el toque de lo eterno. Ellos fueron quienes realmente me ayudaron a ir haciendo realidad aquello de "ser contemplativos en medio del mundo", que tanto predicábamos. Su lectura y meditación me adentraba en esos caminos de la contemplación en medio del trasiego diario, mucho más que las directrices estereotipadas de aquella dirección espiritual bastante "light".

Misterio y mística: la manifestación de Dios al hombre, adentrándose por la exterioridad de sus sentidos, llega hasta lo más hondo, cala la conciencia, afecta a la voluntad, determina la raíz del corazón y confiere al hombre un saber de Dios, que es, a la vez, arrancamiento y encantamiento. El Dios que hace ser, hace saber; y el que da consistencia ontológica, ofrece también conciencia perceptiva.

Pero Escrivá no era demasiado amigo de que sus seguidores se adentraran en los caminos de los místicos. Era más partidario de que su gente cumpliera a rajatabla las normas, y que siguiera disciplinada y fielmente todas las órdenes, notas e insinuaciones venidas de los superiores: eso era más que suficiente garantía para estar en la vía de la santidad. Lo demás podía ser considerado como sutilezas innecesarias y hasta claras pérdidas de tiempo.

Años después de haber dejado la Obra, sentí una gran satisfacción al leer las emocionadas palabras que el papa Juan Pablo II había pronunciado en el convento de los Carmelitas de Segovia (digo satisfacción porque con ellas conseguí quitarme, definitivamente, como una espinita que, de alguna forma, todavía debía de tener clavada): "Doy gracias a la Providencia que me ha concedido venir a venerar las reliquias, y a evocar la figura y la doctrina de San Juan de la Cruz, a quien tanto debo en mi formación espiritual. Aprendí a conocerlo en mi juventud y pude entrar en un diálogo íntimo con ese maestro de la fe, con su lenguaje y su pensamiento, hasta culminar con la elaboración de mi tesis doctoral sobre "La fe en San Juan de la Cruz". Desde entonces he encontrado en él a un amigo y a un maestro, que me ha indicado la luz que brilla en la oscuridad, para caminar siempre hacia Dios, sin otra luz ni guía que la que en el corazón ardía. Aquesta me guiaba más cierto que la luz del mediodía (de la poesía "Noche oscura, 3-4"). `[JUAN PABLO II, Prólogo, p. 5, del libro de Emilio Miranda, San Juan de la Cruz.]

Adentrarse en el mundo de los místicos, ya te lo decía líneas arriba, es muy importante para todo aquel que busca el toque de lo eterno.

La espiritualidad de Escrivá tenía poco que ver con el autor de "La noche oscura del alma" y de la "Soledad sonora", y muchos puntos en común con contemporáneos suyos como Ramiro de Maeztu cuyo pensamiento influyó considerablemente en los jóvenes de su generación.

Con ese lirismo entre enamorado y marcial, que es típico suyo en los momentos inspirados, Maeztu dice: "Así, la obra de España, lejos de ser ruinas y polvo, es una fábrica a medio hacer... o, si se quiere, una flecha caída a mitad de camino, que espera el brazo que la recoja y lance al blanco, o una sinfonía interrumpida, que está pidiendo a los músicos que sepan continuarla".

Escrivá, al referirse a la Obra de Dios, habla de la Cruz de palo, sin Cristo, desnuda, porque está esperando que ese Cristo seas tú.

Maeztu quiere tomar el timón de la conciencia española cuando escribe: "El ímpetu sagrado de que se han de nutrir los pueblos que tienen un valor universal es su corriente histórica. Es el camino que Dios les señala. Y fuera de la vía no hay sino extravíos".

Escrivá, en la misma línea, va aún más lejos, cuando afirma reiterativamente a los suyos que "fuera de la barca no hay salvación", y que sus hijos han de funcionar siempre "por el conducto reglamentario" .

Maeztu hace gala de su mentalidad medieval: "La vida en la Edad Media -dice- no fue tanto una pesadilla como un sueño, un sueño amoroso del cielo". Ve un tiempo en que los hombres son como niños solitarios que juegan y hablan con las realidades sobrenaturales de cerca, de tú a tú, no en el terror de la cábala, sino con el Buen Pastor. "Niños solitarios -añade- que en este valle de lágrimas no dejan de recitar el "Yo, pecador"."

Escrivá se definía como un "pobre pecador". En cuanto a las realidades sobrenaturales, su teología era más bien del asequible trato de lo que él llamaba la "Trinidad de la Tierra", que se traducía en una relación continua y confiada con la Virgen María, San José y el Niño.

No sé si Escrivá se empapó de Maeztu o es que, simplemente, respiraban parecido. Tampoco creo que sea indispensable el saber quién se inspiraba en quién, y tal vez sólo ocurre que uno y otro son hijos de un mismo tiempo, y sus inspiraciones y puntos de referencia son, por tanto, similares.

Inexplicable afán de grandezas (1 de abril, 1999)

Hace algunos días me preguntabas sobre los afanes de grandeza del fundador del Opus Dei. Dices que te han contado que todo le gustaba de alta calidad; que se tomaba un interés muy personal en la elección del mobiliario y de los accesorios de las casas de la institución, que los detalles de decoración le preocupaban hasta llevarle de coronilla, y que le atraía la riqueza y hasta la opulencia.

Creo que ya te he dicho que no traté nunca personalmente a monseñor Escrivá, ni he vivido cerca de él. Sí que he tenido ocasión de conocer a ex socios y ex socias mayores, que le sirvieron durante años, y que afirman que todo esto que me dices es cierto, como cierto es también que hasta 1940, su familia era Escrivá y Albás y, a partir de esa fecha, argumentando que Escrivá era un nombre demasiado común para distinguirle, solicitó que en el futuro se les conociera como Escrivá de Balaguer y Albás; como a partir de 1960, dejó de ser José María para pasar a ser Josemaría y en 1968, solicitó y le fue concedido el título de marqués de Peralta.

"Tanto afán de grandezas humanas -dice M. Angustias Moreno con expresión dolorida-; por mucho que en la teoría haya querido dejarnos eslóganes contrarios. No le gustaba su origen sencillo de cura de pueblo, ni su familia humilde ni su casa natal, pobre y sencilla, que hizo derribar para hacer otra regia y señorial. A sus padres hacía que cada vez los pintaran más góticos. Consiguió sacar dos títulos para que los heredara su hermano y realzar así el entorno familiar... Todo tan opuesto a lo que los verdaderos hombres de Dios nos han venido ofreciendo" [M.A. MORENO, La otra cara del Opus Dei].

El tema del derribo de la casa familiar dio mucho que hablar, no sin razón. Cuando uno viaja, por ejemplo, a Palma de Mallorca, y se acerca al lugar donde nació fray Junípero Serra, puede contemplar allí su casa conservada; la propia de una modesta familia de payés mallorquín. Y lo mismo ocurre con el hogar donde, nació Jacint Verdaguer, que puede visitarse en Folgaroles (VIC). También la casa de Federico García Lorca -la última vivienda natal de un personaje conocido que he tenido ocasión de ver- está tal cual. Es una casa de campo, a la antigua usanza, con sabor provinciano, situada en el municipio de Fuentevaqueros, su pueblo natal. Allí hay platos de cerámica popular, viejas ollas, de cobre hechas por los gitanos en las cuevas de Granada, los bocetos a lápiz realizados por Federico para sus obras teatrales, los homenajes de sus amigos pintores, una habitación casi monacal en la que el poeta escribía con una imagen de la Virgen de las Angustias presidiendo el lecho, y el piano en el que García Larca tocaba piezas de folclore andaluz que sin él se habrían perdido.

La casa de José María Escrivá, por el contrario, la volaron por orden propia, para en su lugar construir otra con más pompa y que nada tiene que ver con la que fue la original de su niñez y juventud.

Todo lo que hacía referencia al Padre se adornaba cada día un poco más: sus años de infancia y juventud, la pérdida de la fortuna familiar, la entrega incondicional de los suyos a la Obra a la que "habían dado todo", su brillante carrera de Derecho, sus consistentes estudios de Teología, su sólida formación intelectual...

Recuerdo el gesto de sorpresa y la indignación de una numeraria que había conocido de cerca a la madre y a los hermanos del Padre, cuando vio en un Noticias (publicación interna de la sección femenina del Opus) la foto en color de un cuadro que un miembro de la Obra había pintado siguiendo las indicaciones de Escrivá. Se trataba de un óleo en el que aparecían las figuras muy estilizadas de un hombre y una mujer, perfectamente vestidos y con aspecto de grandes señores ambos. La numeraria a la que me refiero, que conocía a fondo a la "abuela y a tía Carmen" -era como se llamaba a la madre y a la hermana de Escrivá-, no salía de su asombro, y comentó: "¡Qué barbaridad, a medida que pasa el tiempo nos los presentan cada vez más estilizados y con mayor pompa! Si la abuela levantara la cabeza sería la primera en no reconocerse ni por el forro". Y añadió, como pensando en alto: "Pero ¿por qué ese empeño en presentar a un sencillo matrimonio de Barbastro como si ambos fueran miembros de grandes familias? Una de dos, o los que rodean al Padre no cesan de darle coba y le adulan fomentando sus delirios de grandeza, o es él quien impone sus propios delirios, y los que le rodean, temerosos, no se atreven a rechistar. De una u otra forma, esa deformación de la realidad me parece ridícula Y bochornosa, y desde el punto de vista de los valores del espíritu, un engaño y un timo".

Ni que decir tiene, que tan rotundo y contundente comentario me tambaleó por dentro y me dejó sumida en el más profundo silencio.

Como verás, la realidad de Escrivá parece tener más relación, en ésta y en otras facetas, con la realidad de algunos de los grandes líderes que con la sencillez de los santos o de los poetas. Alan Bullock, cuenta de la casa familiar de Stalin:

"El hogar de Stalin fue una casa de ladrillos, de una sola habitación con un desván en la parte de arriba y un sótano. Posteriormente fue transformado en un santuario, al que se dio forma de templo neoclásico, adornado con cuatro columnas de mármol".

También A. Bullock alude a sus cambios de nombre:

"Cambiarse de nombre. Iósiv Dzhugasshvili, de joven decidió llamarse Koba (una especie de Robin Hood caucasiano) y después pasó a ser conocido como Stalin".

Sin embargo, estos conocidos afanes de grandeza de Escrivá contrastan con sus constantes manifestaciones de humildad: "No valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no sé nada, no soy nada... ¡nada!" ("Artículos del Postulador", n.964). De él mismo también decía que no era más que "un burro sarnoso".

El historiador A. Bullock, dice de sus biografiados, Hitler y Stalin:

"Aunque Stalin procuraba disimular su personalidad bajo un manto de aparente modestia, todo estaba destinado a fomentar el culto a la personalidad, que era algo tan esencial para su régimen como lo fue el mito de Hitler para el Tercer Reich".

Vanidoso, presumido, con afanes de grandeza, es como Escrivá aparece a los ojos de unos. Todo humildad, sencillez y espiritualidad es como le ven los suyos. Unos y otros dicen tener motivos para sus afirmaciones.

"Los defectos que tenía no eran nada fuera de lo corriente -dice M. Walsh-, pero eran difícilmente compatibles con el grado de santidad necesario para la canonización. Por ejemplo, era claramente presumido. Era vanidoso en su apariencia, siempre vistiendo con mucho esmero. Era vanidoso de sus antecedentes familiares. Su madre era una sencilla mujer de clase media de Barbastro. Los retratos que él mandó hacer la presentaban espléndidamente vestida y, según quienes la conocieron, estaban totalmente en desacuerdo con su carácter".

La opinión de M. Walsh, contrasta rotundamente con la de P. Urbano, cuando afirma en la biografía de Escrivá:

"Ni quiere honores, ni busca pedestales, ni le complacen las alabanzas. Con vivacidad explica que lo peor que puede sucederle a un hombre es recibir sólo elogios. En cambio, vive y agradece las correcciones".

"Este voluntario eclipsamiento -dice también P. Urbano-, tan opuesto a la tendencia natural de cualquier trayectoria humana, que lo que busca es despuntar, sobresalir, ganar relieves de prestigio y de notoriedad social, Josemaría Escrivá lo pretende desde siempre".

Ésta y otras afirmaciones similares de la autora, son del todo opuestas a los relatos de diferentes personas que han vivido muy cerca del fundador del Opus Dei, y aseguran que a monseñor Escrivá las grandezas le volvían del revés.

Una numeraria de la llamada época fundacional y que abandonó la Obra después de muchos años de militancia, define a Escrivá como "un psicópata con delirios de grandeza":

"Le impresionaba mucho la gente que tenía poder, dinero o títulos. [...] Tenía una vanidad pueril. Era Prelado doméstico y le gustaba vestirse con los capisayos de Prelado y pasar a la administración para que lo vieran las sirvientas. [...] Llevaba siempre hebillas de plata en los zapatos, también Alvaro. Todas las noches se limpiaban sus zapatos y se les sacaba brillo a las hebillas. [...] Le gustaban los objetos caros y todo de la mejor calidad. [...]Pienso que fue un hombre que consiguió siempre sus caprichos cuya lista de ellos podría ser casi interminable. Tuvo todo, todo, todo lo que quiso. [...]Él decía que era pobre y esto resultaba muy divertido, porque quiso vivir siempre en suntuosos palacios. En las casas grandes, tenía siempre en la parte más noble de la casa una suite de lujo que estaba cerrada siempre, esperando que un día llegara "el Padre". [...] Cuando se casó su hermano lo metieron en la orden del Santo Sepulcro para que se pudiera casar con uniforme. En Roma había un cuadro con un señor de esa orden Y llegaron a cambiarle la cara por la de su hermano Santiago, así en ese cuadro aparecía Santiago Escrivá, caballero del Santo Sepulcro en un cuadro de Dios sabe cuando".

Michael Walsh recoge en su libro ya citado diferentes testimonios:

"M. del Carmen Tapia comentó que todos aquellos con los que Escrivá comía, o de lo que comía, tenía que ser de gran calidad. Los platos eran de la mejor porcelana, los cubiertos de plata. Según un arzobispo al que llevaron allí a comer en 1965 durante la última sesión del Concilio Vaticano II, la vajilla era chapada en oro. El arzobispo (aunque entonces era sólo obispo y recién consagrado) es un hombre de una considerable conciencia social. Le fue imposible conciliar los platos de oro con la vida cristiana que él esperaba en un hombre de tal distinción en la Iglesia. También le fue imposible comer aquellos alimentos exquisitamente preparados y perfectamente servidos.

En el año 1966, cuando yo vivía en Montelar, oí contar que varias numerarias de la asesoría, habían ido recientemente de bólido a la búsqueda de una sopera de plata maciza para enviar a Roma por encargo del Padre. Parece ser que éste había dicho: "Quiero una sopera de plata para que cuando invite a comer a algún cardenal, al verla exclame: ¡Ahhh!". En fin, que pensaba dejar patidifusas a las altas jerarquías eclesiásticas.

No sé si te he contado, que en el mismo edificio de Montelar, aunque en otra casa, vivían las máximas superioras de la Obra para toda España. Ellas, como es lógico, tenían hilo directo con Roma, y con frecuencia venían a nuestras tertulias para transmitimos vivencias del Padre y del mundo que le rodeaba. Entre otras anécdotas, allí oí contar que a Escrivá le enviaban por avión los exquisitos alimentos frescos que a él le agradaban, para que sIempre estuviesen presentes en su mesa, y escuché los distintos consejos que él mismo daba a sus administradoras, como aquel de: ."Si fuerais pícaras, hijas mías, me serviríais el vino más caro en jarra de barro". También en aquellos tiempos supe que a las supernumerarias y cooperadoras ricas de solera había que pedirles monedas de oro, preferiblemente "peluconas", para meterlas como sorpresas en los roscones de Reyes que iban destinados al Padre. Además, el pedirles joyas a estas mismas señoras, para aumentar la colección de cálices y copones de la casa central de Roma, era una constante.

A propósito de joyas, recuerdo una historia que me ocurrió al poco tiempo de hacerme numeraria. La madre de unas íntimas amigas mías -una supernumeraria riquísima, muy habladora y bastante superficial- un buen día me cogió por banda y me comentó -yéndose de la lengua-, que su directora le había sugerido que se desprendiera de un conjunto de pendientes, collar y pulsera de mucho valor, herencia de su madre. Ella ya había dado a la Obra bastantes joyas, pero que no eran de procedencia familiar tan directa, pues pensaba que éstas deberían ser para sus hijas, igual que su abuela las había dejado a su madre, y su madre a ella. Me conocía desde muy pequeña y quería saber mi opinión como numeraria. Mi respuesta fue la misma que a continuación di, cada vez que me consultaron cuestiones similares:

-Por mucho que te insinúen o sugieran -le dije-, tú eres la que debes decidir libremente, ante Dios y tu conciencia, lo que debes hacer. De todas formas -añadí-, si tienes dudas, consulta con el sacerdote pues te puede ayudar a aclararte.

Poco tiempo después supe, por una de sus hijas, que había dejado de ser supernumeraria, y que comentaba, por aquí y por allá, que en la Obra le habían hecho tanto caso, sobre todo, para ver qué le podían sacar.

Estas cosas que te cuento eran hechos que iban quedando en mi corazón, pero que, de momento, los desechaba, no quería juzgarlos; eran pequeños hechos que iban quedando como amortajados en la bruma. No quería entrar en ellos, darles una explicación coherente. Sin embargo, creo que los sentía con la suficiente fuerza como para no olvidarlos. Se iban sumando: uno, otro, otro hecho más.

El más sonado de estos asuntos que hacían referencia a los inexplicables -al menos para mí- delirios de grandeza del fundador del Opus Dei, ocurrió en el año 1968, cuando Escrivá rehabilitó el título nobiliario del Marquesado de Peralta. Este suceso levantó la polémica entre propios y extraños, hasta el punto de que, a nivel interno, se redactó una nota oficial, que venía directamente de Roma, justificando el hecho, y que todos los directores deberían repetir y comentar a ca a uno e sus dirigidos en el transcurso de la confidencia. Aun así, el revuelo que se levantó entre los asociados fue grande, y hubo hasta quien se planteó abandonar la Obra.

El asunto del título nobiliario resultaba especialmente provocador por los tiempos eclesiales que corrían y los .aún recientes acontecimientos que hablamos tenido ocasión de vivir. El cardenal Roncalli -por poner un ejemplo contundente y significativo- a los pocos días de haber sido elegido Papa, fue preguntado sobre los títulos de nobleza que quería dar a los miembros de su familia, y asombró a sus maestros de ceremonias contestándoles:

-El título que tendrán mis parientes es el más elevado que hayan tenido nunca: hermanos y sobrinos del Papa.

Con esta respuesta rompió con una costumbre secular que, hasta entonces, sólo había roto Pío X, otro Papa con antecedentes campesinos. El papa Sarto rehusó cualquier género de nobleza para sus tres hermanas.

Poco tiempo después del fallecimiento de Juan XXIII, Pablo VI aún fue más allá al anunciar -ante el príncipe Colonna y todos los demás títulos de la nobleza romana pontificia presentes en una audiencia que les concedió- un cambio en la estructura, anticuada e inoperante, de esa nobleza que no tenía ya sentido para el mundo católico.

Los Colonna, Altieri, Chigi, Orsini, Barberini, Ruspoli, Lancellotti..., parecían tener sus días contados como nobles pontificios.

El asunto del título nobiliario solicitado por Escrivá hizo que en no pocos socios -unos lo reconocían abiertamente, otros se callaban como muertos- se tambaleara esa "base de autoridad carismática" en la que se apoyaba todo el montaje de la Obra. El término "carisma" -siguiendo a Max Weber- se entiende como referencia a cualidades extraordinarias de una persona, independientemente de que éstas sean reales, pretendidas o supuestas. En consecuencia, "autoridad carismática" se refiere a un dominio sobre los hombres, externo y ante todo interno, al que se someten los gobernados debido a su fe en la cualidad extraordinaria de la persona específica. El brujo hechicero, el profeta, el jefe de expediciones de caza y de saqueo, el cacique guerrero, el llamado gobernante "cesarista" y, bajo determinadas condiciones, el jefe personal de un partido, todos ellos son dirigentes de este tipo en relación a sus discípulos, seguidores, tropas alistadas, partido, etcétera. La legitimidad de su mando se basa en la fe y la devoción por lo extraordinario, apreciado porque trasciende las cualidades humanas normales, y considerado originariamente sobrenatural. En consecuencia, esta fe, y la pretendida autoridad que en ella se basa, desaparecen o amenazan ruina en cuanto la persona carismáticamente calificada parece haber quedado desprovista de su poder.

El que se llamaba a sí mismo "borrico sarnoso", "el más humilde servidor", "el último botón del último botín"..., había movilizado todas las fuerzas vivas para conseguir un título nobiliario. ¿Qué sentido podía tener todo aquel contradictorio montaje?

A pesar de los años transcurridos, recuerdo bien la conversación que mantuve con mi directora, M. Rosa C., a propósito del reciente y polémico título. Ella fue quien sacó a relucir el tema, tal y como estaba ordenado desde arriba:

-¿Qué has pensado cuando has leído en la prensa lo de la rehabilitación del título del Padre? Porque algo habrás pensado, ¿no? -insistió-.

-Bueno -respondí-, lo primero que he pensado es que nadie es santo las 24 horas del día, y está visto que ni el propio monseñor Escrivá está libre de aquello de vanidad de vanidades. Lo segundo, es que creo que ha sido una metedura de pata, al no sospechar que el tema iba a levantar tantas ampollas.

El caso del Padre me trajo a la memoria aquel otro de su paisano Francisco de Goya, que cuando empezó a moverse en el mundo de la Corte y sospechaba que había quien se burlaba de sus oscuros orígenes, encargó hacer el árbol genealógico de su madre, doña Engracia de Lucientes, que procedía de una familia que se remontaba a los tiempos del dominio de los godos, para poder dar en las narices a cualquiera que dudara de su filiación. Pero Goya no iba por la vida de aspirante a santo, precisamente, y además eran tiempos en los que la Inquisición revisaba las genealogías de los individuos. Lo de Escrivá tenía mucha menos explicación.

Alguna vez pasó por mi cabeza que también es posible que al llegar el Padre a vivir a Roma y conocer su grandiosa historia, se entusiasmara con el espíritu del Renacimiento italiano y su neta vocación aristocrática. Fue un tiempo en que cualquier artesano, orfebre, forjador o impresor no descansaba hasta obtener de las autoridades de su gremio certificados de nobleza. De Miguel Angel mismo se aseguró que venía del linaje de los emperadores de Alemania; Benvenuto Cellini afirmaba que descendía de un capitán de Julio César; Paracelso, hijo de un modesto médico de Einsiedeln, juraba que llevaba en las venas la sangre de un principe, de quien su padre era hijo natural; Gerolamo Cardano, físico, matemático y medio hechicero, remontaba su origen a la egregia familia de los Castiglione... Ante este panorama, y si uno se deja contagiar de ese mismo espíritu más que por el espíritu evangélico, ¿qué tiene de raro que Escrivá insistiera en buscar un marquesado para él y los suyos?

En su momento, mi directora repitió al pie de la letra la explicación oficial que debía dar:

-Hay que tener en cuenta que lo ha hecho con la exclusiva finalidad de transmitírselo a su hermano menor, Santiago, y a sus descendientes. En justicia, quiere compensarles de algún modo por la ayuda personal y material con que han secundado la andadura de la Obra desde el primer instante.

-En tal caso -añadí con desgana, porque no me gustaba hablar del tema-, podía haber resuelto el asunto de forma menos llamativa y escandalosa. Por ejemplo, haciendo como que toda la tramitación la llevaba a cabo directamente su hermano Santiago, ya que era el interesado, y el haberse quedado aparentemente al margen, aunque a la vez, porque a él le daba la gana y por orden suya, la Obra hubiera corrido con los gastos, asesoramientos, papeleos, etcétera (para resucitar aquel título tuvieron que mover muchas teclas).

Le expuse entonces el caso de lo que había ocurrido en mi propia familia hacía algunos años. El anterior marqués de la Granja de San Saturnino había fallecido, y el título pasaba directamente a mi abuela María Lecuona, madre de mi padre. La abuela hacía poco tiempo que había muerto y, por tanto, el marquesado le correspondía a mi tío Alonso, hermano mayor de mi padre. Como él era soltero y no tenía hijos, mostró poco interés por ostentar un título al que no iba a dar continuidad, y le dijo a mi padre que se ocupara él de solicitarlo. Así lo hizo, y cuando todo estaba arreglado, su hermano le comunicó que había decidido no renunciar. Pasó entonces él a ser el marqués.

Con esta historia, tan próxima, quise decir que, si el marquesado de Peralta no le hubiera interesado a Escrivá, sino a su hermano, éste último lo podía haber solicitado haciendo lo mismo que él hizo, es decir, pagando las considerables costas de un complejo proceso de rehabilitación, ya que el concesionario del título, no era su padre, ni su tío, ni un hermano, ni un abuelo, sino un tal don Tomás de Peralta, secretario de Estado de Guerra o Justicia del Reino de Nápoles.

(A este respecto resulta curiosa, como poco, la desinformación del padre agustino Rafael Pérez, que presidió como juez el proceso de beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, el más polémico proceso de este siglo. En el transcurso de una entrevista concedida a la revista "Epoca" la última semana de enero de 1992, llevada a cabo por Carmen Enríquez, el mencionado juez afirma: "El título de marqués de Peralta pertenecía a su padre. Al morir éste, sólo el primogénito -o sea él- podía reclamarlo [...]. Todo lo que quiso fue restituir a su familia lo que le pertenecía y sólo él podía proporcionarle, lo que por otra parte, además de un derecho, era una compensación por todas las privaciones que habían pasado ayudándole en su Obra".)

Después de aquella explicación, la directora ya no supo qué añadir -en la ficha que les habían ordenado difundir no había más explicaciones- y no volvimos a hablar más del tema, de lo cual me alegré infinito. Prefería no juzgar, y para eso, lo más recomendable era omitir el asunto. No pensaba para nada ir pregonando que el móvil de la historia del marquesado me parecía que era la vanidad, pero tampoco estaba dispuesta a dedicarme a justificar lo injustificable; de eso ya se encargaban los directores.

La realidad era evidente y palpable, y es que Escrivá ya no espera a que le adornen, engrandezcan y encaramen sus hagiógrafos, sino que él mismo se encarga de encaramarse y engrandecerse, dándoles así el trabajo hecho. Hay quien dice, con mirada benévola, que Escrivá no hizo más que adelantar tarea, pues es muy posible que, de no haberlo hecho él, se habrían encargado de hacerlo sus seguidores más próximos. Sería diferente. Una cosa es engrandecerse uno mismo y otra que te engrandezcan los demás, como ha ocurrido con las vidas de tantos santos, que las plumas oficiales y más ortodoxas, con sus "biografías" oficialistas y oportunistas, se han encargado de manipularlas para hacerlas mas ejemplares, de tal forma que si el santo protagonista levantara de nuevo la cabeza tal vez ni llegaría a reconocerse.

Una vez más, voy a poner un caso concreto entre los muchos existentes. Se me ocurre recordar el de un santo al que quiero mucho. San Juan de la Cruz se proclamaba hijo de un pobre tejedor (por él mismo sabemos que su padre ejercía el oficio "vil" de tejedor y murió al poco de nacer él -1542- en Fontiveros). Su madre, Catalina Alvarez, se trasladó con sus hijos a vivir a las próspera Medina del Campo, donde, por ser hijos de viuda pobre, Juan pudo no solo sobrevivir, sino educarse y formarse en su niñez y adolescencia. Pues bien: llegada la hora, se le buscaron ascendientes nobles, r