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SER MUJER EN EL OPUS DEI
Autora: Isabel de Armas
CAPÍTULO 5. TIEMPO DE DESENGAÑO
-El reiterativo mito del Padre.
-La caída de un pilar básico.
-Una omnipresencia obsesiva.
-Infancia del espíritu y espíritu
infantil.
-Cierto tirón místico.
-Inexplicable afán de grandezas.
-Lo que se dice y lo que se hace.
-Grados de secreto y secretismo en general.
-Una solución al problema
de la identidad.
-Todas las características de una
secta
-Como guardias de la circulación.
-Todo debía estar bajo control.
-Cuando el fin justifica los medios.
-Tribunal especial para castigar la
"herejía"
El reiterativo mito del Padre
(15 de marzo, 1999)
Te ha entrado una especie de fijación con la matraca
de preguntarme, una y otra vez, en qué momento, a propósito
de qué y cuál fue el motivo de mi primer desengaño
total, porque estás convencida de que siempre hay uno,
y a partir de éste van llegando todos los demás.
Si por desengaño entendemos la desagradable y dura
experiencia de liberarnos del engaño, de salir de un
error que nos había cobijado, pienso que tal vez fue
aquel momento, o aquel día en el que fui consciente
de que el obsesivo mito del Padre comenzaba a resultarme insoportable.
Quizá puedo señalar éste como desengaño
número uno, pero lo cierto es que nunca me paré
a colocarlos por orden.
Siendo de la Obra, a monseñor Escrivá tuve
ocasión de verle en contadas ocasiones -cuatro exactamente-,
y siempre en tertulias bastante numerosas o en concentraciones
multitudinarias. El primer encuentro fue en el Colegio Mayor
Alcor, durante mi primer curso de formación; la segunda,
en Pamplona, en el campus de la Universidad; la tercera, en
Barcelona, en el gimnasio Brafa, y el cuarto también
en Barcelona, bueno, en Premia, para ser más exactos.
Quiero decir con esto, que trato personal con él no
tuve ninguno, y que casi todo lo que sé de su persona
y de sus actos me lo han aportado otros; otros que, eso sí,
se empeñaron a fondo en hacérmelo presente las
24 horas del día. El mito del Padre te perseguía
desde que te levantabas hasta que te acostabas; siempre que
estuviera en tu presencia un miembro de la Obra que llevara
ya un cierto tiempo en la institución. Había
que hacerle el centro en todo momento y en todo lugar, era
una consigna para todos y para cada uno. En la confesión,
en la confidencia, en los círculos semanales, era preciso
recurrir de forma constante a : "El Padre ha dicho...";
"acaba de llegar una nota del Padre que..."; "tenemos
noticias recientes de Roma y...". También en las
tertulias cotidianas había que contar anécdotas
del Padre, y las charlas y las meditaciones debían
de estar salpicadas de constantes citas del mismo. El no hacerla
con la consabida frecuencia era una clara manifestación
de mal espíritu. Venía a ser algo muy parecido
a lo que A. Bullock cuenta en su biografía de Hitler:
"El partido nazi era consciente del valor que tenía
la propaganda personal, así que a los miembros del
partido se les recordaba con frecuencia que era su obligación
"contemplarse a sí mismos, en todo momento yen
cualquier circunstancia, como los portadores de la palabra
del Führer". La propaganda efectuada de persona
a persona podía llegar a la gente de un modo que estaba
vedado a los medios de comunicación de masas y era
doblemente eficaz si se presentaba como una opinión
personal y no como la repetición de una consigna oficial".
A propósito de esta mitificación que teníamos
que vivir y los excesos a los que se podía llegar en
su práctica, me viene a la memoria lo que ocurrió
en cierta ocasión, en uno de los círculos semanales;
una significativa anécdota no falta de humor.
Como era lo acostumbrado, nos encontrábamos reunidas
todas las numerarias de la casa, y la que debía hablar
ese día era Mercedes B., la directora. Centró
el tema de la charla, y a los pocos minutos empezó
a leer un montón de fichas que tenía muy bien
ordenadas: "Porque como el Padre dice -bla, bla, bla,
y leía una ficha-; y como, efectivamente, el Padre
nos ha dicho -bla, bla, bla, y leía otra ficha-; y
debido a que el Padre siempre va por delante, nosotras no
tenemos más que poner por obra todo eso que él
ya ha visto antes -bla, bla, bla, y leía otra ficha
más-". Así continuó hasta que acabó
el considerable taco de octavillas, cuyo contenido -según
ella- respondía a pensamientos, reflexiones y consejos
del Padre.
Al finalizar el círculo, una de las numerarias asistentes
-historiadora, periodista y directiva de una importante editorial-,
me comentó algo extrañada: "Todas esas
citas que Mercedes nos ha estado leyendo, ¿no te suenan
mucho a Ortega y Gasset?".
-Bueno -le respondí-, sé que recientemente
estaba leyendo "El hombre y la gente", de Ortega,
pero lo que me temo es que el mes próximo, tal vez
las citas atribuidas al Padre sean de Thornton Wilder, porque
acaba de empezar a leer "Los idus de marzo".
-Esta mujer es un caso único -comentó atacada
de la risa-.
Cuando a continuación le dije a la locuaz directora
que había que ser más rigurosa con las citas,
respondió, con el sentido pragmático que le
caracterizaba, que qué mas daba el rigor o no rigor:
"Lo importante es que sirva, y sirve, ¿no?".
A continuación, en plan amigable y coloquial, añadió
que no había por qué ser tan rigurosa ni tener
tantos escrúpulos, por la sencilla razón de
que no conducían a nada. Una vez más, me aconsejó
que tirara "el lirio por la ventana"; que no había
motivo alguno para tener que ir siempre con el lirio en la
mano. Aquí es preciso que te aclare -pues de lo contrario
no vas a enterarte-, que esa directora, y otras numerarias
mayores que vivían también en la misma casa,
siempre me tomaban el pelo diciéndome que yo todavía
iba con "el lirio en la mano". Una de ellas, a veces
añadía: "y es que tu lirio yo creo que
es de acero inoxidable, porque no hay quien pueda con él.
Ten cuidado, pues cualquier día se te clava en tu propio
ojo."
Esta directora de la que te hablo fue mi última directora,
y la casa en la que entonces vivía, la última
casa de la Obra en la que viví -desde el otoño
de 1971 hasta el otoño de 1974-. Fueron años
muy claves, un tiempo de lucidez en el que pasé por
todos los estados de ánimo, hasta que conseguí
aclararme lo suficiente como para que mi vida tomara un nuevo
rumbo. Mercedes B., la mencionada directora, fue pieza importante
en todo este proceso pues, gracias a ella, llegué a
descubrir -por mí misma creo que hubiera sido incapaz
o que me hubiera costado mucho más- todo lo frívola,
engatusadora, pragmática y cínica que puede
llegar a ser una persona allí dentro.
Como si fuera una vivencia muy reciente, recuerdo que cuando
le comentaba mi asombro por lo bien que se desenvolvía
con las superioras mayores y los superiores, y la doblez que
desplegaba para hacerles el juego, me contestaba con su característico
acento catalán:
-Oh, es que no tienes más que aprender a expresarte
en su idioma, y decirles lo que esperan y quieren oír;
no pienses que es tan difícil, simplemente es cuestión
de fijarte.
Yo me asombraba, una y otra vez, al constatar que, sin creerse
nada, se desenvolvía con los que mandaban como pez
en el agua: sonreía a quien tenía que sonreír,
alababa a quien debía alabar y daba la razón
siempre a quien convenía. Todo lo contrario de lo que
me solía ocurrir a mí, que me empeñaba
en seguir creyendo, y era incapaz de desenvolverme con soltura
en todo aquel mundo de estereotipos, frases hechas, lugares
comunes, alabanzas fáciles y formalismos mil.
Digo que me asombraba, pero sus palabras no me convencían
lo más mínimo. Me parecía que estaba
metiendo demasiada agua al vino, que dejaba así de
ser generoso para pasar a ser algo cada vez más aguado.
No se trataba de subsistir, de vivir lo mejor posible allí
dentro, de acomodarse y conformarse, sino de ir al fondo de
lo que éramos y de lo que nos traíamos entre
manos. Estábamos inmersas en un gran montaje; éramos
afiliadas, emisarias, proselitistas del mismo, y aunque nuestro
papel fuera el de "tontas útiles", eso no
quitaba el que formábamos parte de un sistema que influía
en la marcha real del mundo en el que nos encontrábamos
inmersos a todos los niveles: social, económico, político
y religioso. Éramos albañiles que trabajábamos
en la construcción de un edificio, y ese edificio social
era metódicamente construido siguiendo unas directrices
y unos determinados principios económicos, políticos,
sociales y religiosos que debíamos conocer y apoyar.
Eso era lo realmente importante y no el estar más o
menos bien vista por parte de quienes mandaban.
La caída de un pilar básico
(19 de marzo, 1999)
En mi última carta empecé a tratar un tema
clave que se quedó en un conato, ya que sólo
te conté una historia que tenía que ver con
el asunto, y ahí se paró toda mi referencia
a algo que es un pilar básico en la Obra: el mito del
Padre. A lo largo de nuestra correspondencia esto ya me ha
pasado más veces, y es seguro que me seguirá
pasando. La razón es que voy hilvanando recuerdos a
medida que me van surgiendo, sin ningún riguroso orden
cronológico, sino teniendo como único punto
de partida las cuestiones e interrogantes que me vas planteando
en tus cartas.
El Padre, un padre al que había que revestir con todos
los atributos del saber y del poder, un padre que era -tenía
que ser el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal
alguno. Aquello, más que padre, era el "fantasma
paterno" que dirían los psicoanalistas. Y siguiendo
el pensamiento psicoanalítico -el somero barniz que
tengo del mismo-, pienso que en ningún momento traté
de "matar al padre", sino que trataba de liberarme
de ese "fantasma paterno" que constituía
un obstáculo para tener una relación sana con
aquel que, ciertamente era "padre" y que, por tanto,
permitía reconocer su valor "simbólico"
con el "padre real o empírico". Los que desempeñan
el papel de padre, es decir, los padres reales, son seres
mortales como todos los demás; su fragilidad y sus
errores, sus cualidades y aciertos se integran en el principio
de realidad necesario para pasar de la regulación fantasmagórica
a la regulación simbólica.
Nunca me opuse al reconocimiento del "padre real",
es más, deseaba ese reconocimiento, pero gradualmente
tenía más necesidad de adquirir libertad respecto
a su "fantasma". Sin embargo, la pedagogía
de la Obra consistía en reforzar más y más
la tiranía del "fantasma" (había que
pensar como decían que él pensaba; hacer como
apuntaban que él hacía y sentir como insinuaban
que él sentía. Todo lo más personal de
cada uno de los socios había de "pasar por la
cabeza y por el corazón del Padre", eran palabras
textuales).
Del mito del Padre hay que decir, que en la Obra lo llena
todo. Aparece en cualquier momento y lugar, es el pilar básico,
el centro y en torno a él gira todo lo demás:
unidad, fidelidad, buen espíritu, libertad, fraternidad,
etcétera. Se trata de un macrotema, sin el cual no
se entiende nada de todo el montaje.
No es fácil, mejor dicho, resulta difícil comprender
a Escrivá, un complejo personaje, y las dificultades
se ven aumentadas por el modo en que él mismo se afanó
en crear mitos mediante la interpretación de sus propios
actos, que de inmediato eran ávidamente propagados
por sus seguidores. Existe el Escrivá incansable, celador
y omnisciente vigilante (ante la movida del postconcilio Vaticano
II decía a sus hijos con todo su ímpetu: )"...a
este descaro corruptor hemos de responder exigiéndonos
más en nuestra conducta personal y sembrando audazmente
la buena doctrina"); el Escrivá impactante, ingenioso
y brillante (impactaba con sus contundentes frases, frases
como: "la razón más sobrenatural para obedecer
es, ¡porque me da la gana!"); y el benefactor de
todos sus hijos (conseguía derretirles a todos cuando
casi susurraba: "...os quiero más que todos los
padres y que todas las madres"). Tenía una increíble
capacidad para mostrarse como el más humilde (sabía
encajar en el momento oportuno aquellas palabras: "soy
el último botón del último botín"),
y también el más todopoderoso (insistía
en que todo, todo, "ha de pasar por la cabeza y por el
corazón del Padre").
M. del Carmen Tapia -veterana numeraria y ex numeraria más
tarde-, cuenta en su autobiografía: "ésta
es una de las cosas que cuando uno se convierte en una fanática
del Opus Dei sucede: la voluntad de Dios no cuenta tanto porque
lo que cuenta es "la voluntad del Padre", lo que
"el Padre dice", lo que "al Padre le da alegría".
Es decir, es como si la adoración debida a Dios, al
adquirir "el buen espíritu del Opus Dei",
se cambiara por "la voluntad de monseñor Escrivá".
Es un identificar al Padre como a alguien semejante a Dios.
La forma de culto al fundador se imprime de tal manera en
las numerarias "con buen espíritu" que sus
almas llegan a moldearse y por tanto a formar la esencia de
su vida interior de esta manera: lo importante es agradar
al Padre porque así se agrada a Dios y no a la inversa"
Baldur Van Schirach, jefe de las Juventudes del Tercer Reich,
firmaba que si la juventud amaba a Hitler, que era su Dios,
si se esforzaba por servirlo fielmente, cumpliría el
precepto que recibió del Padre Eterno. Lo divino y
lo humano quedaban así perfectamente confundidos.
M. Angustias Moreno, otra ex numeraria, escribía años
atrás: "El hombre líder y el hombre Dios,
¿dónde acaba el uno y dónde empieza el
otro? Es la confusión o el desconcierto que en la vocación
de muchos de sus seguidores ha impuesto esta actuación
suya, que según los cánones establecidos en
la institución, debe concebirse como carismática"
. [M.A. MORENO La otra cara de! Opus Dei.]
La misma autora, también dice: "Es impresionante
la suficiencia espiritual que se vive en la Obra, y que se
basa en ese "teléfono rojo" que une al fundador
con Dios: "el cielo está empeñado en que
se realice". El Padre lo dice, luego es Dios quien lo
quiere. "Mira hacia arriba, ten visión sobrenatural.
¿No lo entiendes? No importa, no hace falta: eso es
fidelidad"" [M.A. MORENO: El Opus Dei, anexo a una
historia]
El mito del Padre, ¿no se parece demasiado a mitos
como el de Stalin y, sobre todo al de Hitler? Recuerdo que
siendo de la Obra, en cierta ocasión, se lo comenté
preocupada al sacerdote, y su respuesta fue: "En algún
modelo hay que fijarse. No creo que el hecho de que encuentres
esa semejanza tenga la menor importancia. Lo realmente importante
es tu visión sobrenatural; tu convencimiento de que
la Obra es fruto de una inspiración divina, y el único
que recibió tal inspiración fue el Padre".
Alan Bullock recoge en su biografía de Hitler, el
interesante debate que éste tuvo con uno de sus más
destacados súbditos, Strasser, el cual había
escrito un artículo sobre el tema "Lealtad y deslealtad",
en el que establecía con claridad la diferencia existente
entre el ideal, que es eterno, y el líder, que tan
sólo es su sirviente.
-Todo esto no son más que disparates rimbombantes
-dijo Hitler-, en el fondo no estás diciendo otra cosa
más que piensas otorgar a todos y cada uno de los miembros
del partido el derecho a decidir lo que ha de ser el ideal,
incluso a decidir si el líder es o no fiel al llamado
ideal. Eso es democracia de la peor especie, y no hay lugar
entre nosotros para tales concepciones. Para nosotros el líder
y el ideal son una y la misma cosa, y todo miembro del partido
debe hacer lo que manda el líder... y yo te pregunto:
¿estás dispuesto a someterte a esta disciplina
o no?
Hitler estaba absolutamente convencido de su carisma; de
que era el elegido, el único. Su biógrafo, A.
Bullock, nos lo recuerda como nota básica de su personalidad:
"Transportado por el poder de su propio mito, Hitler
declaró que se sentía como el instrumento de
Dios, el elegido para dirigir Alemania".
"La vocación misionera, que formaba el núcleo
del mito de Hitler ("Voy por el camino que me dicta la
providencia con la seguridad propia del sonámbulo"
-decía Hitler-), se compensaba con el cálculo
frío como el hielo del político realista. Cuando
Mussolini, mucho más escéptico, titubeaba, Hitler
convencido de sus poderes otorgados por la Providencia, desempeñó
hasta sus última y amargas consecuencias el papel que
tenía asignado".
"Esto era el alma en los llamamientos de Hitler, su
habilidad en utilizar esas dotes para infundir la creencia,
no tanto en sus argumentos, en su programa y en su ideología,
sino más bien en sí mismo, en su figura de caudillo
carismático dotado de poderes sobrehumanos, que le
capacitaban para lograr lo imposible. Eso es lo que querían
decir las masas del partido nazi cuando declaraban: "Nuestro
programa puede ser expresado en dos palabras: Adolf Hitler""
"Es muy probable que nadie vuelva a disfrutar jamás
de esa confianza que me dispensa todo el pueblo alemán.
Es muy probable que no vuelva a aparecer nunca más
otro hombre que disponga de mayor autoridad que la mía.
Mi existencia es, por lo tanto, un factor de enorme valor
-decía Hitler-.
"El día que el Führer sufrió su primer
atentado, dijo después a los suyos: "Y como último
factor, tengo que mencionar, con toda modestia, el nombre
de mi propia persona: irremplazable"".
Adolf Hitler, el Führer, estaba convencido, y así
lo manifestaba, que era un "misionero con misión",
"un instrumento de la Providencia". José
M. Escrivá, el Padre, también estaba seguro
de serio, y así lo comunica a sus seguidores:
-Hijos míos, os tengo que hacer una consideración
que, cuando era joven, no me atrevía ni a pensar ni
a manifestar; y me parece que ahora debo decírosla.
En mi vida, he conocido ya a varios Papas; cardenales, muchos;
obispos, una multitud; ¡fundadores del Opus Dei, en
cambio no hay más que uno!, aunque sea un pobre pecador
como soy yo: bien persuadido estoy de que el Señor
escogió lo peor que encontró, para que así
se vea más claramente que la Obra es suya. [MONS. ESCRIVA
DE BALAGUER, Meditación, 2-IX-70.]
Me parece que no es preciso hacer ningún comentario,
que las citas dicen suficiente por sí solas.
Una omnipresencia obsesiva (23 de marzo,
1999)
Deseas saber si llegué a sentir ese frenesí
que muchos han llegado a tener por monseñor Escrivá.
Mi respuesta es que siempre seguí con interés
y respeto todo lo que hacía alusión a su vida
y sobre todo a sus enseñanzas. Pero obnubilada no llegué
a estar nunca, y en más de una ocasión llegué
a sentir una auténtica vergüenza ajena, cuando
alguna numeraría, en trance de "buen espíritu",
contaba anécdotas archiconocidas del Padre y le temblaba
la voz de emoción, y hasta se le saltaban las lágrimas.
Reacciones similares se solían desencadenar en las
llamadas "tertulias con el Padre", en las que la
agitación -exterior e interior- era general. Como ocurría
con el fascismo, entre las condiciones generales había
que contar con la presencia de un cierto "clima",
de una atmósfera especial de embriaguez y excitación,
de la cual no se podía prescindir, y que los directores
procuraban fomentar y mantener por todos los medios. En esta
atmósfera las relaciones se vuelven desproporcionadas,
el sentido de la medida está falseado. El shock psicológico
venía a ser tan imprescindible como es el estupefaciente
para algunos neuróticos; la exaltación pasa
a ser el estado normal y adquiere una peligrosa autonomía.
Después de una "tertulia con el Padre", la
directora de turno y el sacerdote, siempre tenían que
preguntar a cada súbdito cómo le había
afectado el acontecimiento y cuánto le había
impresionado.
Era el metro de medir si "vibrabas" poco o mucho
con el llamado "espíritu de la Obra".
Por su omnipresencia y su poder absoluto en el seno del Opus,
la figura de Escrivá llegaba a ser obsesiva: era el
padre, el líder, el caudillo, el capitán de
capitanes, el mesías, el salvador, el ungido, el enviado,
el elegido para realizar en la tierra la empresa divina del
Opus Dei, organización que había nacido brusca
y totalmente en el cerebro del Padre en octubre de 1928, como
la mitología presenta a la Razón saliendo totalmente
acabada del cráneo de Zeus un día que el Padre
de los dioses tenía jaqueca.
M. del Carmen Tapia -numeraria desde 1948 hasta 1966-, cuenta
lo que pensaba y sentía cuando se encontraba en el
fervor de su primera caridad: "En nuestras vidas nos
importaba más la opinión del Padre, el contentar
al Padre, que el contentar a Dios. Es decir, estábamos
convencidas de que contentando al Padre primero, Dios estaba
contento. ¡Una curiosa forma de vida interior!".
Recuerdo que, hace ya tiempo, hablando de este tema con un
ex numerario, que había tratado muy de cerca a Escrivá,
reconocía:
-Para mí es que el Padre era Dios; llegué a
creérmelo del todo. Pero también tengo que reconocer
que lo que nunca me convenció, es que sus padres fueran
mis abuelos, ni que sus hermanos, Carmen y Santiago, fueran
mis tíos. A eso no llegué-añadió
con toda chunga-.
En todas las convivencias y cursos de retiro se dedicaba
una charla al "amor al Padre", y siempre se encargaba
de darla la superiora más enardecida del momento. Recuerdo
perfectamente la primera que escuché, y la verdad es
que todas las demás fueron, más o menos, idénticas.
"Tenemos que ser conscientes de que al Padre se lo debemos
todo -comenzó diciendo la entusiasmada directora-,
él nos ha enseñado todo; desde cómo decorar
nuestras casas hasta cómo mantenerlas impecables (cosas
tales como que las sillas no rocen las paredes, que las cosas
que se rompen se arreglen o repongan de inmediato, etcétera).
Se ha preocupado por nuestro arreglo personal y siempre nos
ha animado a estar guapas. También gracias a él
hemos aprendido a rezar, a estar en presencia de Dios, a vivir
las cosas pequeñas, a amar al mundo apasionadamente,
a ser incansables en nuestra tarea de apostolado y proselitismo...
Y es a él, al Padre, a quien se lo debemos todo, todo.
Porque de él y con él hemos aprendido cada una
de las cosas que sabemos y vivimos."
La primera vez que escuché una charla de este tipo,
no sabía bien si me encontraba en una convivencia de
la Obra o en un acto comunitario de la Cuba revolucionaria
-salvando las distancias y desplazándose de un marco
superburgués a un marco proletario-, en el que algún
fiel seguidor de Castro, hablase enfervorecido al pueblo de
su gran líder y padrecito Fidel.
Dado que tanto en la confidencia como en la confesión
debíamos vivir una "sinceridad salvaje",
le comenté a la directora lo que había pasado
por mi cabeza mientras escuchaba la charla dedicada al "amor
al Padre". Su respuesta fue que quizá el tono
de quien hizo la exposición había sido excesivamente
entusiasta, pero con lo que teníamos que quedamos era
con lo realmente importante, y es que crear un ambiente de
amor incondicional al Padre era fundamental para vivir nuestra
vocación y para que nuestra entrega a la Obra llegara
a ser total.
No me resultaba difícil comprender que quienes habían
convivido con Escrivá y le habían tratado de
cerca, sintieran por él un entusiasmo profundo y hasta
un desmedido amor, pero lo que no compartía es que
todos los demás, que no habíamos pasado por
esa maravillosa experiencia, tuviéramos que repetir
lo que oíamos como si fuera una vivencia propia. Aquello
no podía dejar de sonarme a algo un tanto artificial
y falso.
Una vez más quiero dejar claro, que lo que te cuento
es lo que ocurría en los años sesenta y en los
setenta y que desconozco si, pasadas dos décadas, las
cosas han cambiado, aunque pienso que en este terreno todo
debe seguir igual. Como referencia válida, me remito
a lo que la última biógrafa de Escrivá
escribía en 1994 (a P. Urbano se le va un poco la mano
en la purpurina con que le pinta ,el aura al beato Escrivá,
proyecto de santo):
"El es el Padre. Como cabeza de la Obra, Escrivá
recibe constantes gracias, mociones y luces de Dios, que no
debe retener ni embalsar, sino transmitir a los suyos con
"alta fidelidad".
"Dios le ha municionado con los dones y talentos que
va a requerir su misión de fundador y de Padre de una
numerosa y dilatada progenie. Y entre estos regalos, el raro
don de "de espíritus", de alcance más
hondo y más penetrador que la mera psicología,
y que será una franquicia formidable para "conocer
a los suyos", aun sin haberlos visto antes" .
"Él es el Padre y guía a los suyos por
un camino exigente "per aspera ad astra", por el
esfuerzo de aquí abajo a la excelencia de allá
arriba.
"Él es el Padre. Ha engendrado millares de hijas
y de hijos de su espíritu. Por cada uno, vive y se
desvive. Le preocupan sus cuerpos y sus almas. Induce ese
desvelo a quienes en la Obra tienen la misión de gobernar,
de formar, de cuidar a sus hermanos".
Pilar Urbano, experta comunicadora y periodista de éxito,
manifiesta abiertamente, más que incondicionalidad
y entusiasmo, reverencia y veneración, y en su libro,
el empeño de la alabanza prevalece -con creces- sobre
el escrúpulo de la biografía. Salvando las distancias,
su tono no deja de recordar a la literatura oficial de los
años de la victoria de nuestra última Guerra
Civil. El hispanista e historiador francés Bartolomé
Bennassar escribe en su última biografía de
Franco: "Los vencedores cantaban la gloria del caudillo
bajo la dirección de los aedos, Ernesto Giménez
Caballero o Francisco Javier Conde, que hacían de Franco
el padre de la Patria, el taumaturgo cuya única firma
tenía el poder de desencadenar o suspender el fuego
del cielo, el médico milagroso de una España
enferma, el padre y esposo de España que fecundaba
incesantemente con su "falo incomparable" (esta
expresión, aclara el historiador, ha sido realmente
empleada por Giménez Caballero, autor de trabajos clásicos
surrealistas como "Yo, inspector de alcantarillas".
Durante la guerra española de 1936, se convirtió
en máximo adulador de Franco, produciendo panegíricos
al caudillo de este estilo: "¿Quién se
ha metido en las entrañas de España como Franco
hasta el punto de no saber ya hoy si España es Franco,
o si Franco es España?")" [BARTOLOMÉ
BENNASSAR, Franco, p. 331.]
El profesor Bennassar, continúa diciendo: "En
cuanto a los que habían nacido a lo largo de los años
treinta, aprendían a vivir bajo la protección
de un genio tutelar, de un hombre irreal, de un semidiós.
Josefina de la Maza, con el entusiasmo de una fe que sabemos
que puede ser ciega, se extasiaba ante "la clara sonrisa"
de ese semidiós "que le humaniza y le hacía
ser amado"" .
Franco era el caudillo, un personaje carismático,
un don de la providencia a un pueblo, de algún modo
un mesías investido de una misión redentora,
de la que tenía necesidad España, pervertida
por el marxismo, el anarquismo y, por supuesto, la acción
disolvente de la masonería.
El catedrático de sociología, Joan Estruch,
en un interesante análisis sociorreligioso del Opus
Dei, hace especial hincapié en la importancia que para
la Obra también tiene el cultivar la imagen del Fundador-Salvador:
"La literatura hagiográfica destaca y magnifica
ese carácter de la figura de monseñor Escrivá
como "elegido", como "enviado", como "ungido".
Pero es el mismo fundador del Opus quien, con sus manifestaciones,
contribuye con frecuencia a ello. En el último periodo
de su vida, básicamente con dos tipos de comparaciones:
por una parte, al presentar al Opus Dei como "el pequeño
resto de Israel", como el grupo de aquellos que por su
fidelidad y por su ortodoxia han sido escogidos por Dios con
la misión de preservar la fe de la Iglesia (una elección
y una misión de las que Escrivá es, históricamente,
el instrumento por excelencia). Y, por otra parte, el poner
de relieve que el Opus Dei supone en la vida de la Iglesia
una realidad nueva, equiparable sólo a las primeras
comunidades cristianas. Dentro de la Iglesia católica,
en efecto, esta pretensión de conexión directa
con las comunidades cristianas primitivas, por inspiración
divina no menos directa, ha sido una de las características
de todos los movimientos de tipo mesiánico" .
Su "Camino", libro clave de todo su despliegue,
fascinó y, según cuentan, sigue fascinando a
los suyos. Sinceramente, no creo que sea por la fuerza de
su teoría sino más bien por el poder anfetamínico
de sus máximas.
Capitán de capitanes, caudillo formador de caudillos:
"¡Has nacido para caudillo!" (Camino, n. 16);
"Viriliza tu voluntad para que Dios te haga caudillo"
(n. 833); "Me dijiste que querías ser caudillo"
(n. 931)... Pero sobre todo él es el Padre, tan identificado
con el Dios Padre, que a veces es difícil distinguidos.
El profesor Estruch hace la siguiente observación:
"y esa ambigüedad podría quedar todavía
más acentuada a raíz de la muerte de monseñor
Escrivá ya que, como dice Alvaro del Portillo en la
primera misa de corpore insepulto celebrada aquel mismo día
(26 de junio de 1975), "además de que tenemos
a Dios Padre, que está en los cielos, tenemos a nuestro
Padre en el cielo, que desde allí se preocupa por todas
sus hijas y todos sus hijos"".
¿Es que yo creía poco en el carisma del fundador?
Sí que creía pero vamos a matizar. En primer
lugar, quien entra en una orden grupo, institución
o congregación, elige un cauce de vida que, en mayor
o menor medida, se remonta al fundador y su carisma.
El apelar al carisma del fundador como elemento esencial
de una institución religiosa, supone que el tal carisma
es una concreción de algo que verdaderamente es cristiano
y evangélico. Sin embargo, tampoco se puede ignorar
la problemática teórica o práctica del
significado del carisma del fundador y del uso concreto que
de él se hace. La problemática teórica
consiste en relacionar el carisma del fundador con el seguimiento
del Jesús evangélico, y la problemática
práctica en el uso que se hace de ese carisma. No hay
que olvidar que un fundador es un cristiano que en una época
determinada ha pretendido seguir a Jesús; y la cuestión
fundamental que de ahí surge es si su carisma es capaz
de desencadenar en otros una auténtica historia cristiana.
En el carisma de cualquier fundador hay que distinguir tres
niveles. El primer nivel se refiere a las expresiones más
externas del modo de vida. En el segundo nivel aparecen cosas
más profundas, como puede ser el tipo de formación
o la obediencia absoluta a los directores. Finalmente, el
tercer nivel del carisma es el fundamental y en él
podemos destacar los siguientes puntos: actitud de búsqueda
para ir descubriendo la voluntad de Dios, un Dios siempre
"mayor"; el seguimiento de Jesús; contemplación
en la acción; supremacía de la praxis apostólica
sobre su mera formulación teórica, es decir,
"obras de amor" sobre las palabras; disponibilidad
para acudir allí donde más se necesite; solidaridad
profunda con la Iglesia como depositaria de la tradición
de Jesús y no como un mero mecanismo de aceptación
infantil ni servil de disposiciones.
Ni que decir tiene que lo profundo del carisma de un fundador
está en el tercer nivel. El primero se encuentra condicionado
por una determinada época y por eso mismo debe ser
traducible a otras. El segundo, siendo importante para la
configuración de una determinada institución,
su sentido último tampoco reside en sí mismo,
sino en relación con el tercero.
Si me he detenido en analizar con algún detalle el
tema del carisma del fundador es porque me parece una cuestión
importante, pues, ¿qué es lo que me chocaba,
y en ocasiones hasta me producía repelús, de
lo que observaba a mi alrededor? Me sorprendía la actitud
generalizada de "sacralización" ante la figura
del fundador (el Padre) y que esta actitud, no sólo
se respetara, sino que de manera descarada se fomentara. "Sacralizar",
es cierto que siempre ha sido un mecanismo típico para
declarar algo o a alguien sumamente importante, pero no podemos
olvidar que en el proceso de sacralización se suele
diluir lo auténtico y de fondo para quedarse en la
más pura forma de alabo y veneración del que
posee el carisma, olvidando que él no es Cristo -no
es Dios-, que si llegó a ser fundador y desencadenó
una vida cristiana auténtica, hubo en él algo
muy profundo de Cristo, y que el carisma del fundador puede
y debe ser norma mientras esté supeditado a Cristo
y a la historia que éste sigue desencadenando.
Esas emociones desmedidas, aquellos arrebatos, voces temblonas
y estallidos de llantos me producían repelús
y vergüenza ajena. En aquel entonces no sabía
muy bien explicar el por qué, y hasta llegué
a pensar en algún momento que yo era demasiado dura
y que me faltaba comprensión. Pero fuera como fuese,
tan desmedidos golpes de emotividad me producían tensión
interna y malestar; me parecía chocante y hasta un
algo impúdico.
Quienes buscábamos en monseñor Escrivá
un maestro del espíritu, que se dirige a sus discípulos
para transmitirles toda una filosofía de vida que es
el camino de la santidad, teníamos que saltar la barrera
de quienes le mitificaban hasta convertirle en un fetiche,
y aun así, resultaba prácticamente imposible
adentrarse en su compleja personalidad; rica, complicada,
paradójica, supongo que llena de grandes cualidades
y de pequeños y grandes defectos.
Sus seguidores incondicionales vivían deslumbrados
por su carisma, por su poder de atracción, por la sensación
de seguridad que les inspiraba, por la fascinación
que en ellos ejercía. Sus detractores veían
en monseñor Escrivá, un hombre impulsivo, elemental,
primitivo, de rosarios, cilicio, confesionario y devociones
mil. No era fácil -sigue sin serlo- tocar fondo, pero
lo que llegué a descubrir de su espiritualidad, tuvo
para mí, en su momento un gran atractivo: era rezador,
piadoso, muy directo y confiado en su relación con
un Dios personal -el propio de la infancia que sigue de cerca
sus pasos. Escrivá desconfiaba del entendimiento que
pretende que todo lo puede; sabía que sin el concurso
del sentimiento no se puede absolutamente nada, y que ambos,
combinados, rigen a la humanidad. Esa forma de espiritualidad
me gustaba, conectaba con ella. Ya te contaré más
extensamente en una carta próxima.
Infancia del espíritu y
espíritu infantil (27 de marzo, 1999)
Te dije que volvería a coger el hilo de la carta anterior,
y aquí estoy, dispuesta a hacerlo.
Me gustaba y me atraía esa idea, que el Padre tenía,
de un Dios próximo, amigo, del que nos sentimos colaboradores,
con el que somos cocreadores y corredentores; un Dios, tan
próximo, que se le puede llegar a domesticar y hasta
a manipular. Y además contábamos con un montón
de mediaciones que también funcionaban: devoción
a la Virgen, a San José, a la Eucaristía, a
los santos, a los ángeles custodios. También
teníamos la frecuencia en la práctica de los
sacramentos, con especial insistencia en la confesión,
y la dirección espiritual con su apéndice de
la confidencia.
El miembro de la Obra está lleno de mediadores y de
mediaciones a los que puede apelar en cualquier momento a
fin de que las fuerzas sobrenaturales le ayuden y le apoyen.
Mediaciones y mediadores de una gran eficacia psicológica,
y todos ellos dentro de las concepciones católicas
más tradicionales. Para quienes hemos tenido una formación
básica tradicional, todo resultaba familiar y conocido.
Vivir y obrar, me pareció que era el lema del impulso
espiritual de monseñor Escrivá, y para mí
tuvo gancho: llevar el contenido de la oración a la
vida y el contenido de la vida a la oración.
Trabajar, estudiar, proyectar, charlar, comer y pasear siempre
consciente de estar en presencia de Dios; presencia no evasiva,
sino que ha de llevarte a dar sentido a lo que te traes entre
manos.
Para el Padre todo era presencia de un Dios cercano, accesible,
íntimo; ese Dios personal de la infancia que da seguridad,
confianza y hasta "complejo de superioridad", porque
como él mismo decía: "...con El, con su
ayuda, ¡lo puedo todo!". Hace más de cuatro
siglos Escrivá tuvo un antecesor, ya que fue Lutero
quien descubrió esta nueva dimensión de lo religioso:
la confianza frente al temor. Para él ninguna buena
obra es inútil pero tampoco imprescindible para entrar
en las estancias del Señor. Cristo vino al mundo a
redimirnos; su pasión nos hizo libres. ¿Qué
valor tienen nuestros actos comparados con ella? Pero el que
la fe sea lo primero no está reñido con el "fe
con obras"; con el hacer como si todo dependiera de nosotros,
pero sin dejar de ponerlo todo delante de Dios, sabiendo que
en definitiva, todo depende de Él. Lo primero, por
tanto, es la fe, y mucho antes que Lutero lo apuntó
San Pablo: "Todo lo puedo en Aquel que me da fuerzas".
También para Escrivá era la fe lo primero, aunque
la suya estaba más rellena de personajes celestes.
"Para Josemaría -cuenta P. Urbano en su hagiografía
de Escrivá-, los ángeles y los santos no son
entelequias de bazar teológico ni fósiles de
relicario. Tiene una amistad amena y dialogante con ellos.
Entre los santos busca y consigue a sus más eficaces
patronos e intercesores en toda coyuntura de necesidad; y
entre los ángeles y arcángeles, a sus más
poderosos aliados".
Algo que me sorprendía era que en la espiritualidad
del Padre hubiera tan pocas manifestaciones de aridez, de
cansancio y frío, que hubiera un lugar tan escaso o
nulo para el desierto interior; para "la noche oscura
del alma" por la que todos los místicos pasaron
hasta llegar a palpar la "soledad sonora" y sentir
la "llama de amor viva". Todos ellos llevaron a
cabo un arduo recorrido hasta alcanzar la unidad del ser,
la unidad con Dios. Por eso me asombraban los encuentros de
Escrivá con su Dios: tan personales, tan de estar por
casa, tan de diálogo cotidiano. Así era su vida
Interior, que surgía en todo momento y situación,
porque como él mismo afirmaba: "Nuestra celda
es la calle".
Me emocionaba su sentido campechano de la devoción
mariana: conectaba de verdad con la devoción apasionada
del pueblo por Nuestra Señora, la Madre de Dios; se
manifestaba visceralmente necesitado de una figura femenina
en la que volcar parte de sus ansias espirituales.
Se trataba de la devoción más primitiva. Ya
en las penumbras de la historia nació la Diosa Tierra,
con sus representaciones puntuales, que fueron el primer sentimiento
trascendente de la humanidad. La necesidad de recuperar la
adoración, el cariño, el culto a la ancestral
Gran Madre, despertó las primeras creencias trascendentes
del ser humano. La divinidad primigenia es la figura de la
Magna Diosa, fuente de todos los dones y también fuente
de todos los desgarramientos y catástrofes. Esa figura
de la Magna Diosa ingresa en la tierra y en el cielo, en el
subsuelo invisible o en el trasmundo celestial. En el cielo
se manifiesta con todo su esplendor como principio nocturno.
Bajo tierra se manifiesta como potencia capaz de manifestarse
y ocultarse de forma recurrente, periódica, o como
agua primordial caótica y desorganizada sobre la cual
florece la crisálida de la palabra creadora de Dios
Padre. Porque tal y como apunta el filósofo Eugenio
Trías en su ensayo titulado, "Pensar la religión",
"Sin esa materia, matricial y maternal, verdadera nodriza
de toda experiencia religiosa, ésta no se constituye.
Sin esa fuente de dones y gracias; sin esa figura maternal
(que el simbolismo religioso configura bajo el gran arquetipo
de la Magna Diosa, de la Reina del Cielo y de la Tierra),
la religión no puede constituirse como experiencia".
A monseñor Escrivá le arrebataban todas las
representaciones de la Madre de Dios; las imágenes
puntuales de los mil y un aspectos que adopta Nuestra Señora
cuando se manifiesta a quienes se confían en Ella para
que les guíe en su caminar por la existencia. Es la
Gran Madre que protege, conduce y da fuerza en los caminos
de la existencia.
Tengo que reconocer que gracias a él yo me hice más
mariana.
Lo que menos entendía de su espiritualidad era la
autoagresión del cilicio y de las disciplinas, "para
castigar el cuerpo y reducido a la servidumbre" (Constituciones,
1950, art. 260). Para sublimar, reprimir y negar impulsos,
"para dominar el potro", decía el propio
Escrivá. Digo que no lo entendía porque no conseguía
descubrir en mí ese potro salvaje fundamentalmente
desbocado, y cuando nos contaban las salpicaduras de sangre
que el Padre dejaba en las paredes después de sus flagelaciones,
sentía un profundo rechazo, sólo el hecho de
oído contar me producía repelús.
No es que se tratara de un tema desconocido, sino que me
sonaba a cosa de otros tiempos. Noticia del tema tenía,
y abundante, ya que a través de las lecturas religiosas
más tradicionales, todos hemos tenido ocasión
de conocer multitud de historias de tantos que lucharon contra
las tentaciones de la carne, del mundo y del demonio, ofendiendo
al cuerpo con dolor y sangre y otras penitencias, usando cilicios
y practicando flagelaciones. Ha habido incluso quien pasó
la vida entera sin lavarse, y también hubo quien se
lanzó en medio de las zarzas o se revolcó en
la nieve para dominar las intemperancias de la carne.
Pero de cualquier forma, todo lo que hacía referencia
a su vida espiritual, sonaba directo, sincero; su forma de
manifestada tenía gancho y fuerza, tal vez porque como
decía Nietzsche, "los hombres creen en la verdad
de todo aquello que se presente como algo en lo que se cree
con firmeza".
Lo que ocurrió a continuación es que llegaron
los seguidores de la segunda generación, los "escolásticos"
y, en lugar de inspirarse en el modelo para establecer su
propia relación con un Dios personal, copiaron y copian
el modelo; hacen por imitarlo tal cual. Así, repiten
sus mismas frases, hacen los más parecidos gestos,
y ante los problemas individuales de vida interior, consultan
el Vademecum y recetan el medicamento indicado. "Porque
en la Obra tenemos toda la farmacopea" -insisten los
directores espirituales de turno-. Pero sólo te ofrecían
la cara positiva del tema, y nadie se atrevía a contar
-o ni se les ocurría porque no estaba escrito en la
ficha-, que la materia de los fármacos contiene, al
mismo tiempo, la vida y la muerte. Todos son, a la vez, remedios
y venenos, la medicación y la toxicología; son
una sola y misma cosa, se cura con venenos, y lo que se considera
como una fuerza vital puede, en ciertas condiciones, matar
en un solo espasmo, en el espacio de un segundo.
"Nos faltan auténticos maestros de vida interior"
-decía Nuria P., una numeraria que dijo adiós
a la Obra después de veinte años de militancia-.
Y remontándose a sus raíces rurales, comentaba
preocupada: "En estas últimas generaciones, todos
los sacerdotes que han ordenado son curas de granja; parece
que los han alimentado con el mismo pienso compuesto y todo
lo que transmiten sabe igual, no aportan nada de cosecha propia.
Es como si les faltara intensidad espiritual; necesidad de
seguir en la búsqueda infatigable de una última
verdad, porque ya están en la verdad. Tiran de nota,
de ficha, de frase hecha, y esa es la respuesta para cualquier
problema vital".
En cuanto veías aparecer una sotana -los sacerdotes
jóvenes estaban obligados a llevarla siempre-, ya adivinabas
todo lo que comunicaría el sujeto que se alojaba dentro.
Poco importaba quien fuera, ya que lo que iba a decir -con
similares gestos, la misma forma e idéntico contenido-,
sería la lección aprendida.
Mientras les escuchaba -en meditaciones, charlas o confesionario-,
sentía lo mismo que el protagonista de "La montaña
mágica" de Thomas Mann siente en la primera etapa
de su enfermedad, cuando ha de guardar cama:
"Es el mismo día que se repite sin cesar. Pero,
como es siempre el mismo -escribe T. Mann- es, en el fondo,
poco adecuado hablar de "repetición"; sería
preciso hablar de identidad. Te traen la sopa por la mañana,
del mismo modo que te la trajeron ayer y como te la traerán
mañana. Y en el mismo instante te envuelve una especie
de ráfaga, no sabes cómo ni de dónde;
te hallas dominado por el vértigo, mientras ves que
se aproxima la sopa; las formas del tiempo se pierden, y lo
que te revela como la verdadera forma del ser es un presente
fijo en el que te traen eternamente la sopa."
Escuchar un día y otro a aquellos jóvenes -sin
duda buenísimos y entregadísimos a la causa-,
alimentados con el mismo "pienso compuesto" era,
efectivamente, como vivir un presente fijo; el mismo día
que se repite sin cesar. Era, la sopa eterna.
Esta apreciación, realizada desde dentro de la Obra,
tampoco es ajena a otros que la ven simplemente desde fuera.
Joan Estruch, dice en su ya citado trabajo: "Una primera
distinción, tal vez simplista y tosca, pero que tiene
la ventaja de ser clara y contundente, consistiría
en decir que la primera impresión que en general provocan
los miembros del Opus Dei es la de una gente técnicamente
muy competente pero de una religiosidad francamente elemental
".
"Para entrar en el Reino de los Cielos, es preciso que
os hagáis como niños", dice Jesús
a los que le siguen con sencillas Y complejas palabras. Pero
la sencillez de la infancia espiritual no se confunde con
la simplicidad del espíritu infantil. Sencillez nunca
fue sinónimo de simplicidad; lo sencillo es complejo
y, a veces, lo más complejo.
Es importante mencionar aquí la gran influencia que
en la Obra tienen los sacerdotes numerarios sobre los laicos
-no olvidemos que todos los asociados deben pasar al menos
una vez a la semana por el confesionario-. El poder pastoral
que se ejerce desde la penumbra de los confesionarios y mediante
la dirección espiritual de las almas, puede llegar
a ser -como llegó a serio en otros tiempos- de un auténtico
dominio, aun tratándose de "curas de granja"
y alimentados con "pienso compuesto".
Cierto tirón místico
(28 de marzo, 1999)
Quiero insistir en lo que apuntaba en mi carta anterior,
que estábamos faltos de auténticos maestros
de vida interior, y que los "curas de granja" eran
cada vez más numerosos, pienso que pasaron a ser una
inmensa mayoría. ¿A qué se debía
ese fenómeno?
Creo que una explicación válida puede ser el
que, a medida que los caminos prohibidos y las posturas anatematizadas
iba en aumento, el punto de referencia espiritual de todos
tenía que pasar a ser uno solo: la única forma
válida de vivir la espiritualidad debía de ser
la de Escrivá, él era el punto de referencia
exclusivo. y como él tenía una personalidad
fuerte y una manera de ser muy peculiar, muchos de los que
trataban de seguirle, no conseguían hacer más
que una mala copia.
De los rasgos de su personalidad, P. Urbano destaca: "Para
Escrivá, Dios es un ser tan cercano, tan accesible,
tan íntimo, que es a la vez un espectador y su habitante.
[...] Ante ese "espectador divino", Josemaría
se siente visto y oído. Más: mirado y escuchado.
Más: entendido y asistido... Más aún:
contemplado. [...] Cree y vive la misteriosa realidad de la
inhabilitación trinitaria; a poca confianza que se
tenga con él, es fácil observar que su privacidad
más íntima está poblada, habitada, por
la Trinidad. Su alma es alojadora. No hay campo para la soledad".
Al referirse a su estrecha amistad con los santos, la misma
autora cuenta como en Coimbra, al acercarse a venerar los
restos de santa Isabel, infanta de Aragón y reina de
Portugal, dando unos golpecitos sobre la urna, le dijo: "¡Eh,
aragonesa, que soy de tu tierra: a ver como te portas con
tus paisanos!".
Por mi parte, reconozco que con lo de la llaneza maña,
o con la nobleza baturra, no conecté nunca. Bueno,
cada cual tiene su forma de ser. Por otra parte, a medida
que iba madurando me daba cuenta que conectaba más
con la espiritualidad de los místicos que con la que
Escrivá ponía a mi alcance. San Juan de la Cruz,
el maestro Eckhart, Santa Teresa, pasaron a ser mis maestros.
Si el misticismo -como apunta Ortega-, tiende a explotar
la profundidad y especula con lo abismático; por lo
menos, se entusiasma con las honduras, se siente atraído
por ellas, he de reconocer que siempre tuve una vena mística;
que sentía un cierto tirón místico. Y
conste que al hablar de una cierta vena mística, no
me refiero al misticismo aberrante, escape de la vida real,
que tanto y tan bien criticó en su tiempo el novelista-sociólogo,
Pérez Galdós. El gran don Benito puntualiza
acerca del mismo: "El misticismo, como cualquier otra
forma de idealismo exagerado, sólo se justifica cuando
se pone al servicio de la vida. Todo sueño o anhelo
de perfección ideal de espaldas a los afanes de la
existencia real y concreta es inútil e infecunda y
sólo conduce a la esterilidad y, a veces, a la locura.
Hay que buscar a Dios en la vida... La imaginación
ardiente, la loca de la casa, otra de las facultades superiores
del místico, no debe huir de la realidad para refugiarse
en la contemplación del absoluto".
Casi ni que decir tiene que suscribo estas sabias palabras
de la primera a la última, y nadie ha de convencerme
de lo que ya San Pablo expresó de forma tan maravillosa
en su carta a los Corintios: que lo verdaderamente operante,
lo decisivo en el ser religioso es la caridad; que lo activo
y práctico es la caridad, que no sólo salva,
sino hace la vida vividera y el mundo habitable. Pero esto
no quita que una tuviera una cierta vena mística y
que me sintiera hondamente interesada por las profundidades
de los místicos. Me interesaba por ese saber que tras
su oscuridad alumbra otras claridades: claridades de abismos,
voces de silencio, soledades sonoras, silente desierto, vibraciones
frente a la aproximación o cercanía del Misterio.
Considero a los místicos como una fuente fundamental
de inspiración para todo aquel que busca el toque de
lo eterno. Ellos fueron quienes realmente me ayudaron a ir
haciendo realidad aquello de "ser contemplativos en medio
del mundo", que tanto predicábamos. Su lectura
y meditación me adentraba en esos caminos de la contemplación
en medio del trasiego diario, mucho más que las directrices
estereotipadas de aquella dirección espiritual bastante
"light".
Misterio y mística: la manifestación de Dios
al hombre, adentrándose por la exterioridad de sus
sentidos, llega hasta lo más hondo, cala la conciencia,
afecta a la voluntad, determina la raíz del corazón
y confiere al hombre un saber de Dios, que es, a la vez, arrancamiento
y encantamiento. El Dios que hace ser, hace saber; y el que
da consistencia ontológica, ofrece también conciencia
perceptiva.
Pero Escrivá no era demasiado amigo de que sus seguidores
se adentraran en los caminos de los místicos. Era más
partidario de que su gente cumpliera a rajatabla las normas,
y que siguiera disciplinada y fielmente todas las órdenes,
notas e insinuaciones venidas de los superiores: eso era más
que suficiente garantía para estar en la vía
de la santidad. Lo demás podía ser considerado
como sutilezas innecesarias y hasta claras pérdidas
de tiempo.
Años después de haber dejado la Obra, sentí
una gran satisfacción al leer las emocionadas palabras
que el papa Juan Pablo II había pronunciado en el convento
de los Carmelitas de Segovia (digo satisfacción porque
con ellas conseguí quitarme, definitivamente, como
una espinita que, de alguna forma, todavía debía
de tener clavada): "Doy gracias a la Providencia que
me ha concedido venir a venerar las reliquias, y a evocar
la figura y la doctrina de San Juan de la Cruz, a quien tanto
debo en mi formación espiritual. Aprendí a conocerlo
en mi juventud y pude entrar en un diálogo íntimo
con ese maestro de la fe, con su lenguaje y su pensamiento,
hasta culminar con la elaboración de mi tesis doctoral
sobre "La fe en San Juan de la Cruz". Desde entonces
he encontrado en él a un amigo y a un maestro, que
me ha indicado la luz que brilla en la oscuridad, para caminar
siempre hacia Dios, sin otra luz ni guía que la que
en el corazón ardía. Aquesta me guiaba más
cierto que la luz del mediodía (de la poesía
"Noche oscura, 3-4"). `[JUAN PABLO II, Prólogo,
p. 5, del libro de Emilio Miranda, San Juan de la Cruz.]
Adentrarse en el mundo de los místicos, ya te lo decía
líneas arriba, es muy importante para todo aquel que
busca el toque de lo eterno.
La espiritualidad de Escrivá tenía poco que
ver con el autor de "La noche oscura del alma" y
de la "Soledad sonora", y muchos puntos en común
con contemporáneos suyos como Ramiro de Maeztu cuyo
pensamiento influyó considerablemente en los jóvenes
de su generación.
Con ese lirismo entre enamorado y marcial, que es típico
suyo en los momentos inspirados, Maeztu dice: "Así,
la obra de España, lejos de ser ruinas y polvo, es
una fábrica a medio hacer... o, si se quiere, una flecha
caída a mitad de camino, que espera el brazo que la
recoja y lance al blanco, o una sinfonía interrumpida,
que está pidiendo a los músicos que sepan continuarla".
Escrivá, al referirse a la Obra de Dios, habla de
la Cruz de palo, sin Cristo, desnuda, porque está esperando
que ese Cristo seas tú.
Maeztu quiere tomar el timón de la conciencia española
cuando escribe: "El ímpetu sagrado de que se han
de nutrir los pueblos que tienen un valor universal es su
corriente histórica. Es el camino que Dios les señala.
Y fuera de la vía no hay sino extravíos".
Escrivá, en la misma línea, va aún más
lejos, cuando afirma reiterativamente a los suyos que "fuera
de la barca no hay salvación", y que sus hijos
han de funcionar siempre "por el conducto reglamentario"
.
Maeztu hace gala de su mentalidad medieval: "La vida
en la Edad Media -dice- no fue tanto una pesadilla como un
sueño, un sueño amoroso del cielo". Ve
un tiempo en que los hombres son como niños solitarios
que juegan y hablan con las realidades sobrenaturales de cerca,
de tú a tú, no en el terror de la cábala,
sino con el Buen Pastor. "Niños solitarios -añade-
que en este valle de lágrimas no dejan de recitar el
"Yo, pecador"."
Escrivá se definía como un "pobre pecador".
En cuanto a las realidades sobrenaturales, su teología
era más bien del asequible trato de lo que él
llamaba la "Trinidad de la Tierra", que se traducía
en una relación continua y confiada con la Virgen María,
San José y el Niño.
No sé si Escrivá se empapó de Maeztu
o es que, simplemente, respiraban parecido. Tampoco creo que
sea indispensable el saber quién se inspiraba en quién,
y tal vez sólo ocurre que uno y otro son hijos de un
mismo tiempo, y sus inspiraciones y puntos de referencia son,
por tanto, similares.
Inexplicable afán de
grandezas (1 de abril, 1999)
Hace algunos días me preguntabas sobre los afanes
de grandeza del fundador del Opus Dei. Dices que te han contado
que todo le gustaba de alta calidad; que se tomaba un interés
muy personal en la elección del mobiliario y de los
accesorios de las casas de la institución, que los
detalles de decoración le preocupaban hasta llevarle
de coronilla, y que le atraía la riqueza y hasta la
opulencia.
Creo que ya te he dicho que no traté nunca personalmente
a monseñor Escrivá, ni he vivido cerca de él.
Sí que he tenido ocasión de conocer a ex socios
y ex socias mayores, que le sirvieron durante años,
y que afirman que todo esto que me dices es cierto, como cierto
es también que hasta 1940, su familia era Escrivá
y Albás y, a partir de esa fecha, argumentando que
Escrivá era un nombre demasiado común para distinguirle,
solicitó que en el futuro se les conociera como Escrivá
de Balaguer y Albás; como a partir de 1960, dejó
de ser José María para pasar a ser Josemaría
y en 1968, solicitó y le fue concedido el título
de marqués de Peralta.
"Tanto afán de grandezas humanas -dice M. Angustias
Moreno con expresión dolorida-; por mucho que en la
teoría haya querido dejarnos eslóganes contrarios.
No le gustaba su origen sencillo de cura de pueblo, ni su
familia humilde ni su casa natal, pobre y sencilla, que hizo
derribar para hacer otra regia y señorial. A sus padres
hacía que cada vez los pintaran más góticos.
Consiguió sacar dos títulos para que los heredara
su hermano y realzar así el entorno familiar... Todo
tan opuesto a lo que los verdaderos hombres de Dios nos han
venido ofreciendo" [M.A. MORENO, La otra cara del Opus
Dei].
El tema del derribo de la casa familiar dio mucho que hablar,
no sin razón. Cuando uno viaja, por ejemplo, a Palma
de Mallorca, y se acerca al lugar donde nació fray
Junípero Serra, puede contemplar allí su casa
conservada; la propia de una modesta familia de payés
mallorquín. Y lo mismo ocurre con el hogar donde, nació
Jacint Verdaguer, que puede visitarse en Folgaroles (VIC).
También la casa de Federico García Lorca -la
última vivienda natal de un personaje conocido que
he tenido ocasión de ver- está tal cual. Es
una casa de campo, a la antigua usanza, con sabor provinciano,
situada en el municipio de Fuentevaqueros, su pueblo natal.
Allí hay platos de cerámica popular, viejas
ollas, de cobre hechas por los gitanos en las cuevas de Granada,
los bocetos a lápiz realizados por Federico para sus
obras teatrales, los homenajes de sus amigos pintores, una
habitación casi monacal en la que el poeta escribía
con una imagen de la Virgen de las Angustias presidiendo el
lecho, y el piano en el que García Larca tocaba piezas
de folclore andaluz que sin él se habrían perdido.
La casa de José María Escrivá, por el
contrario, la volaron por orden propia, para en su lugar construir
otra con más pompa y que nada tiene que ver con la
que fue la original de su niñez y juventud.
Todo lo que hacía referencia al Padre se adornaba
cada día un poco más: sus años de infancia
y juventud, la pérdida de la fortuna familiar, la entrega
incondicional de los suyos a la Obra a la que "habían
dado todo", su brillante carrera de Derecho, sus consistentes
estudios de Teología, su sólida formación
intelectual...
Recuerdo el gesto de sorpresa y la indignación de
una numeraria que había conocido de cerca a la madre
y a los hermanos del Padre, cuando vio en un Noticias (publicación
interna de la sección femenina del Opus) la foto en
color de un cuadro que un miembro de la Obra había
pintado siguiendo las indicaciones de Escrivá. Se trataba
de un óleo en el que aparecían las figuras muy
estilizadas de un hombre y una mujer, perfectamente vestidos
y con aspecto de grandes señores ambos. La numeraria
a la que me refiero, que conocía a fondo a la "abuela
y a tía Carmen" -era como se llamaba a la madre
y a la hermana de Escrivá-, no salía de su asombro,
y comentó: "¡Qué barbaridad, a medida
que pasa el tiempo nos los presentan cada vez más estilizados
y con mayor pompa! Si la abuela levantara la cabeza sería
la primera en no reconocerse ni por el forro". Y añadió,
como pensando en alto: "Pero ¿por qué ese
empeño en presentar a un sencillo matrimonio de Barbastro
como si ambos fueran miembros de grandes familias? Una de
dos, o los que rodean al Padre no cesan de darle coba y le
adulan fomentando sus delirios de grandeza, o es él
quien impone sus propios delirios, y los que le rodean, temerosos,
no se atreven a rechistar. De una u otra forma, esa deformación
de la realidad me parece ridícula Y bochornosa, y desde
el punto de vista de los valores del espíritu, un engaño
y un timo".
Ni que decir tiene, que tan rotundo y contundente comentario
me tambaleó por dentro y me dejó sumida en el
más profundo silencio.
Como verás, la realidad de Escrivá parece tener
más relación, en ésta y en otras facetas,
con la realidad de algunos de los grandes líderes que
con la sencillez de los santos o de los poetas. Alan Bullock,
cuenta de la casa familiar de Stalin:
"El hogar de Stalin fue una casa de ladrillos, de una
sola habitación con un desván en la parte de
arriba y un sótano. Posteriormente fue transformado
en un santuario, al que se dio forma de templo neoclásico,
adornado con cuatro columnas de mármol".
También A. Bullock alude a sus cambios de nombre:
"Cambiarse de nombre. Iósiv Dzhugasshvili, de
joven decidió llamarse Koba (una especie de Robin Hood
caucasiano) y después pasó a ser conocido como
Stalin".
Sin embargo, estos conocidos afanes de grandeza de Escrivá
contrastan con sus constantes manifestaciones de humildad:
"No valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no sé
nada, no soy nada... ¡nada!" ("Artículos
del Postulador", n.964). De él mismo también
decía que no era más que "un burro sarnoso".
El historiador A. Bullock, dice de sus biografiados, Hitler
y Stalin:
"Aunque Stalin procuraba disimular su personalidad bajo
un manto de aparente modestia, todo estaba destinado a fomentar
el culto a la personalidad, que era algo tan esencial para
su régimen como lo fue el mito de Hitler para el Tercer
Reich".
Vanidoso, presumido, con afanes de grandeza, es como Escrivá
aparece a los ojos de unos. Todo humildad, sencillez y espiritualidad
es como le ven los suyos. Unos y otros dicen tener motivos
para sus afirmaciones.
"Los defectos que tenía no eran nada fuera de
lo corriente -dice M. Walsh-, pero eran difícilmente
compatibles con el grado de santidad necesario para la canonización.
Por ejemplo, era claramente presumido. Era vanidoso en su
apariencia, siempre vistiendo con mucho esmero. Era vanidoso
de sus antecedentes familiares. Su madre era una sencilla
mujer de clase media de Barbastro. Los retratos que él
mandó hacer la presentaban espléndidamente vestida
y, según quienes la conocieron, estaban totalmente
en desacuerdo con su carácter".
La opinión de M. Walsh, contrasta rotundamente con
la de P. Urbano, cuando afirma en la biografía de Escrivá:
"Ni quiere honores, ni busca pedestales, ni le complacen
las alabanzas. Con vivacidad explica que lo peor que puede
sucederle a un hombre es recibir sólo elogios. En cambio,
vive y agradece las correcciones".
"Este voluntario eclipsamiento -dice también
P. Urbano-, tan opuesto a la tendencia natural de cualquier
trayectoria humana, que lo que busca es despuntar, sobresalir,
ganar relieves de prestigio y de notoriedad social, Josemaría
Escrivá lo pretende desde siempre".
Ésta y otras afirmaciones similares de la autora,
son del todo opuestas a los relatos de diferentes personas
que han vivido muy cerca del fundador del Opus Dei, y aseguran
que a monseñor Escrivá las grandezas le volvían
del revés.
Una numeraria de la llamada época fundacional y que
abandonó la Obra después de muchos años
de militancia, define a Escrivá como "un psicópata
con delirios de grandeza":
"Le impresionaba mucho la gente que tenía poder,
dinero o títulos. [...] Tenía una vanidad pueril.
Era Prelado doméstico y le gustaba vestirse con los
capisayos de Prelado y pasar a la administración para
que lo vieran las sirvientas. [...] Llevaba siempre hebillas
de plata en los zapatos, también Alvaro. Todas las
noches se limpiaban sus zapatos y se les sacaba brillo a las
hebillas. [...] Le gustaban los objetos caros y todo de la
mejor calidad. [...]Pienso que fue un hombre que consiguió
siempre sus caprichos cuya lista de ellos podría ser
casi interminable. Tuvo todo, todo, todo lo que quiso. [...]Él
decía que era pobre y esto resultaba muy divertido,
porque quiso vivir siempre en suntuosos palacios. En las casas
grandes, tenía siempre en la parte más noble
de la casa una suite de lujo que estaba cerrada siempre, esperando
que un día llegara "el Padre". [...] Cuando
se casó su hermano lo metieron en la orden del Santo
Sepulcro para que se pudiera casar con uniforme. En Roma había
un cuadro con un señor de esa orden Y llegaron a cambiarle
la cara por la de su hermano Santiago, así en ese cuadro
aparecía Santiago Escrivá, caballero del Santo
Sepulcro en un cuadro de Dios sabe cuando".
Michael Walsh recoge en su libro ya citado diferentes testimonios:
"M. del Carmen Tapia comentó que todos aquellos
con los que Escrivá comía, o de lo que comía,
tenía que ser de gran calidad. Los platos eran de la
mejor porcelana, los cubiertos de plata. Según un arzobispo
al que llevaron allí a comer en 1965 durante la última
sesión del Concilio Vaticano II, la vajilla era chapada
en oro. El arzobispo (aunque entonces era sólo obispo
y recién consagrado) es un hombre de una considerable
conciencia social. Le fue imposible conciliar los platos de
oro con la vida cristiana que él esperaba en un hombre
de tal distinción en la Iglesia. También le
fue imposible comer aquellos alimentos exquisitamente preparados
y perfectamente servidos.
En el año 1966, cuando yo vivía en Montelar,
oí contar que varias numerarias de la asesoría,
habían ido recientemente de bólido a la búsqueda
de una sopera de plata maciza para enviar a Roma por encargo
del Padre. Parece ser que éste había dicho:
"Quiero una sopera de plata para que cuando invite a
comer a algún cardenal, al verla exclame: ¡Ahhh!".
En fin, que pensaba dejar patidifusas a las altas jerarquías
eclesiásticas.
No sé si te he contado, que en el mismo edificio de
Montelar, aunque en otra casa, vivían las máximas
superioras de la Obra para toda España. Ellas, como
es lógico, tenían hilo directo con Roma, y con
frecuencia venían a nuestras tertulias para transmitimos
vivencias del Padre y del mundo que le rodeaba. Entre otras
anécdotas, allí oí contar que a Escrivá
le enviaban por avión los exquisitos alimentos frescos
que a él le agradaban, para que sIempre estuviesen
presentes en su mesa, y escuché los distintos consejos
que él mismo daba a sus administradoras, como aquel
de: ."Si fuerais pícaras, hijas mías, me
serviríais el vino más caro en jarra de barro".
También en aquellos tiempos supe que a las supernumerarias
y cooperadoras ricas de solera había que pedirles monedas
de oro, preferiblemente "peluconas", para meterlas
como sorpresas en los roscones de Reyes que iban destinados
al Padre. Además, el pedirles joyas a estas mismas
señoras, para aumentar la colección de cálices
y copones de la casa central de Roma, era una constante.
A propósito de joyas, recuerdo una historia que me
ocurrió al poco tiempo de hacerme numeraria. La madre
de unas íntimas amigas mías -una supernumeraria
riquísima, muy habladora y bastante superficial- un
buen día me cogió por banda y me comentó
-yéndose de la lengua-, que su directora le había
sugerido que se desprendiera de un conjunto de pendientes,
collar y pulsera de mucho valor, herencia de su madre. Ella
ya había dado a la Obra bastantes joyas, pero que no
eran de procedencia familiar tan directa, pues pensaba que
éstas deberían ser para sus hijas, igual que
su abuela las había dejado a su madre, y su madre a
ella. Me conocía desde muy pequeña y quería
saber mi opinión como numeraria. Mi respuesta fue la
misma que a continuación di, cada vez que me consultaron
cuestiones similares:
-Por mucho que te insinúen o sugieran -le dije-, tú
eres la que debes decidir libremente, ante Dios y tu conciencia,
lo que debes hacer. De todas formas -añadí-,
si tienes dudas, consulta con el sacerdote pues te puede ayudar
a aclararte.
Poco tiempo después supe, por una de sus hijas, que
había dejado de ser supernumeraria, y que comentaba,
por aquí y por allá, que en la Obra le habían
hecho tanto caso, sobre todo, para ver qué le podían
sacar.
Estas cosas que te cuento eran hechos que iban quedando en
mi corazón, pero que, de momento, los desechaba, no
quería juzgarlos; eran pequeños hechos que iban
quedando como amortajados en la bruma. No quería entrar
en ellos, darles una explicación coherente. Sin embargo,
creo que los sentía con la suficiente fuerza como para
no olvidarlos. Se iban sumando: uno, otro, otro hecho más.
El más sonado de estos asuntos que hacían referencia
a los inexplicables -al menos para mí- delirios de
grandeza del fundador del Opus Dei, ocurrió en el año
1968, cuando Escrivá rehabilitó el título
nobiliario del Marquesado de Peralta. Este suceso levantó
la polémica entre propios y extraños, hasta
el punto de que, a nivel interno, se redactó una nota
oficial, que venía directamente de Roma, justificando
el hecho, y que todos los directores deberían repetir
y comentar a ca a uno e sus dirigidos en el transcurso de
la confidencia. Aun así, el revuelo que se levantó
entre los asociados fue grande, y hubo hasta quien se planteó
abandonar la Obra.
El asunto del título nobiliario resultaba especialmente
provocador por los tiempos eclesiales que corrían y
los .aún recientes acontecimientos que hablamos tenido
ocasión de vivir. El cardenal Roncalli -por poner un
ejemplo contundente y significativo- a los pocos días
de haber sido elegido Papa, fue preguntado sobre los títulos
de nobleza que quería dar a los miembros de su familia,
y asombró a sus maestros de ceremonias contestándoles:
-El título que tendrán mis parientes es el
más elevado que hayan tenido nunca: hermanos y sobrinos
del Papa.
Con esta respuesta rompió con una costumbre secular
que, hasta entonces, sólo había roto Pío
X, otro Papa con antecedentes campesinos. El papa Sarto rehusó
cualquier género de nobleza para sus tres hermanas.
Poco tiempo después del fallecimiento de Juan XXIII,
Pablo VI aún fue más allá al anunciar
-ante el príncipe Colonna y todos los demás
títulos de la nobleza romana pontificia presentes en
una audiencia que les concedió- un cambio en la estructura,
anticuada e inoperante, de esa nobleza que no tenía
ya sentido para el mundo católico.
Los Colonna, Altieri, Chigi, Orsini, Barberini, Ruspoli,
Lancellotti..., parecían tener sus días contados
como nobles pontificios.
El asunto del título nobiliario solicitado por Escrivá
hizo que en no pocos socios -unos lo reconocían abiertamente,
otros se callaban como muertos- se tambaleara esa "base
de autoridad carismática" en la que se apoyaba
todo el montaje de la Obra. El término "carisma"
-siguiendo a Max Weber- se entiende como referencia a cualidades
extraordinarias de una persona, independientemente de que
éstas sean reales, pretendidas o supuestas. En consecuencia,
"autoridad carismática" se refiere a un dominio
sobre los hombres, externo y ante todo interno, al que se
someten los gobernados debido a su fe en la cualidad extraordinaria
de la persona específica. El brujo hechicero, el profeta,
el jefe de expediciones de caza y de saqueo, el cacique guerrero,
el llamado gobernante "cesarista" y, bajo determinadas
condiciones, el jefe personal de un partido, todos ellos son
dirigentes de este tipo en relación a sus discípulos,
seguidores, tropas alistadas, partido, etcétera. La
legitimidad de su mando se basa en la fe y la devoción
por lo extraordinario, apreciado porque trasciende las cualidades
humanas normales, y considerado originariamente sobrenatural.
En consecuencia, esta fe, y la pretendida autoridad que en
ella se basa, desaparecen o amenazan ruina en cuanto la persona
carismáticamente calificada parece haber quedado desprovista
de su poder.
El que se llamaba a sí mismo "borrico sarnoso",
"el más humilde servidor", "el último
botón del último botín"..., había
movilizado todas las fuerzas vivas para conseguir un título
nobiliario. ¿Qué sentido podía tener
todo aquel contradictorio montaje?
A pesar de los años transcurridos, recuerdo bien la
conversación que mantuve con mi directora, M. Rosa
C., a propósito del reciente y polémico título.
Ella fue quien sacó a relucir el tema, tal y como estaba
ordenado desde arriba:
-¿Qué has pensado cuando has leído en
la prensa lo de la rehabilitación del título
del Padre? Porque algo habrás pensado, ¿no?
-insistió-.
-Bueno -respondí-, lo primero que he pensado es que
nadie es santo las 24 horas del día, y está
visto que ni el propio monseñor Escrivá está
libre de aquello de vanidad de vanidades. Lo segundo, es que
creo que ha sido una metedura de pata, al no sospechar que
el tema iba a levantar tantas ampollas.
El caso del Padre me trajo a la memoria aquel otro de su
paisano Francisco de Goya, que cuando empezó a moverse
en el mundo de la Corte y sospechaba que había quien
se burlaba de sus oscuros orígenes, encargó
hacer el árbol genealógico de su madre, doña
Engracia de Lucientes, que procedía de una familia
que se remontaba a los tiempos del dominio de los godos, para
poder dar en las narices a cualquiera que dudara de su filiación.
Pero Goya no iba por la vida de aspirante a santo, precisamente,
y además eran tiempos en los que la Inquisición
revisaba las genealogías de los individuos. Lo de Escrivá
tenía mucha menos explicación.
Alguna vez pasó por mi cabeza que también es
posible que al llegar el Padre a vivir a Roma y conocer su
grandiosa historia, se entusiasmara con el espíritu
del Renacimiento italiano y su neta vocación aristocrática.
Fue un tiempo en que cualquier artesano, orfebre, forjador
o impresor no descansaba hasta obtener de las autoridades
de su gremio certificados de nobleza. De Miguel Angel mismo
se aseguró que venía del linaje de los emperadores
de Alemania; Benvenuto Cellini afirmaba que descendía
de un capitán de Julio César; Paracelso, hijo
de un modesto médico de Einsiedeln, juraba que llevaba
en las venas la sangre de un principe, de quien su padre era
hijo natural; Gerolamo Cardano, físico, matemático
y medio hechicero, remontaba su origen a la egregia familia
de los Castiglione... Ante este panorama, y si uno se deja
contagiar de ese mismo espíritu más que por
el espíritu evangélico, ¿qué tiene
de raro que Escrivá insistiera en buscar un marquesado
para él y los suyos?
En su momento, mi directora repitió al pie de la letra
la explicación oficial que debía dar:
-Hay que tener en cuenta que lo ha hecho con la exclusiva
finalidad de transmitírselo a su hermano menor, Santiago,
y a sus descendientes. En justicia, quiere compensarles de
algún modo por la ayuda personal y material con que
han secundado la andadura de la Obra desde el primer instante.
-En tal caso -añadí con desgana, porque no
me gustaba hablar del tema-, podía haber resuelto el
asunto de forma menos llamativa y escandalosa. Por ejemplo,
haciendo como que toda la tramitación la llevaba a
cabo directamente su hermano Santiago, ya que era el interesado,
y el haberse quedado aparentemente al margen, aunque a la
vez, porque a él le daba la gana y por orden suya,
la Obra hubiera corrido con los gastos, asesoramientos, papeleos,
etcétera (para resucitar aquel título tuvieron
que mover muchas teclas).
Le expuse entonces el caso de lo que había ocurrido
en mi propia familia hacía algunos años. El
anterior marqués de la Granja de San Saturnino había
fallecido, y el título pasaba directamente a mi abuela
María Lecuona, madre de mi padre. La abuela hacía
poco tiempo que había muerto y, por tanto, el marquesado
le correspondía a mi tío Alonso, hermano mayor
de mi padre. Como él era soltero y no tenía
hijos, mostró poco interés por ostentar un título
al que no iba a dar continuidad, y le dijo a mi padre que
se ocupara él de solicitarlo. Así lo hizo, y
cuando todo estaba arreglado, su hermano le comunicó
que había decidido no renunciar. Pasó entonces
él a ser el marqués.
Con esta historia, tan próxima, quise decir que, si
el marquesado de Peralta no le hubiera interesado a Escrivá,
sino a su hermano, éste último lo podía
haber solicitado haciendo lo mismo que él hizo, es
decir, pagando las considerables costas de un complejo proceso
de rehabilitación, ya que el concesionario del título,
no era su padre, ni su tío, ni un hermano, ni un abuelo,
sino un tal don Tomás de Peralta, secretario de Estado
de Guerra o Justicia del Reino de Nápoles.
(A este respecto resulta curiosa, como poco, la desinformación
del padre agustino Rafael Pérez, que presidió
como juez el proceso de beatificación de Josemaría
Escrivá de Balaguer, el más polémico
proceso de este siglo. En el transcurso de una entrevista
concedida a la revista "Epoca" la última
semana de enero de 1992, llevada a cabo por Carmen Enríquez,
el mencionado juez afirma: "El título de marqués
de Peralta pertenecía a su padre. Al morir éste,
sólo el primogénito -o sea él- podía
reclamarlo [...]. Todo lo que quiso fue restituir a su familia
lo que le pertenecía y sólo él podía
proporcionarle, lo que por otra parte, además de un
derecho, era una compensación por todas las privaciones
que habían pasado ayudándole en su Obra".)
Después de aquella explicación, la directora
ya no supo qué añadir -en la ficha que les habían
ordenado difundir no había más explicaciones-
y no volvimos a hablar más del tema, de lo cual me
alegré infinito. Prefería no juzgar, y para
eso, lo más recomendable era omitir el asunto. No pensaba
para nada ir pregonando que el móvil de la historia
del marquesado me parecía que era la vanidad, pero
tampoco estaba dispuesta a dedicarme a justificar lo injustificable;
de eso ya se encargaban los directores.
La realidad era evidente y palpable, y es que Escrivá
ya no espera a que le adornen, engrandezcan y encaramen sus
hagiógrafos, sino que él mismo se encarga de
encaramarse y engrandecerse, dándoles así el
trabajo hecho. Hay quien dice, con mirada benévola,
que Escrivá no hizo más que adelantar tarea,
pues es muy posible que, de no haberlo hecho él, se
habrían encargado de hacerlo sus seguidores más
próximos. Sería diferente. Una cosa es engrandecerse
uno mismo y otra que te engrandezcan los demás, como
ha ocurrido con las vidas de tantos santos, que las plumas
oficiales y más ortodoxas, con sus "biografías"
oficialistas y oportunistas, se han encargado de manipularlas
para hacerlas mas ejemplares, de tal forma que si el santo
protagonista levantara de nuevo la cabeza tal vez ni llegaría
a reconocerse.
Una vez más, voy a poner un caso concreto entre los
muchos existentes. Se me ocurre recordar el de un santo al
que quiero mucho. San Juan de la Cruz se proclamaba hijo de
un pobre tejedor (por él mismo sabemos que su padre
ejercía el oficio "vil" de tejedor y murió
al poco de nacer él -1542- en Fontiveros). Su madre,
Catalina Alvarez, se trasladó con sus hijos a vivir
a las próspera Medina del Campo, donde, por ser hijos
de viuda pobre, Juan pudo no solo sobrevivir, sino educarse
y formarse en su niñez y adolescencia. Pues bien: llegada
la hora, se le buscaron ascendientes nobles, r |