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Opus Dei: ¿un CAMINO a ninguna parte?

La fabricación de los santos
La fabricación de los santos

Autor: Kenneth L. Woodward
Índice del libro
Agradecimientos e introducción
1. La política local de la santidad
2. Los santos, su culto y su canonización
3. Los hacedores de santos
4. El testimonio de los mártires
5. Místicos, visionarios y milagreros
6. La ciencia de los milagros y los milagros de la ciencia
7. La estructura de la santidad: las pruebas de virtud heróica
8. La armonía de la santidad: la interpretación de una vida de gracia
9. Los Papas como santos: la canonización como política de la Iglesia
10. Pío IX y la política póstuma de la canonización
11. Santidad y sexualidad
12. La santidad y la vida intelectual
Conclusión: El futuro de la santidad
Apéndice
Bibliografía
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LA FABRICACIÓN DE LOS SANTOS
Autor: Kenneth L. Woodward

CAPÍTULO 6. LA CIENCIA DE LOS MILAGROS Y LOS MILAGROS DE LA CIENCIA

LOS MILAGROS COMO SEÑALES DIVINAS

En la cripta de los papas, situada debajo del altar de Bernini en la basílica de San Pedro, yacen los restos mortales de Inocencio XI (1611-1689, papa desde 1676), un papa reformador y adversario del monarca absolutista de Francia, el rey Luis XIV. Aunque su proceso de canonización se inició en 1741, el Estado francés se oponía a la causa en tal medida que Inocencia no fue beatificado hasta el 7 de octubre de 1956, más de dos siglos y medio después de su muerte. Afortunadamente, la creación de santos no tiene límite de plazos. De todos modos, parece poco probable que Inocencio consiga obrar el milagro final, posterior a la beatificación, que se exige para la canonización. La razón: nadie le tributa ya el culto que produce los milagros de intercesión.

Inocencio no está solo en este estado de vida procesal. La lista de gente beatificada por los papas, pero que carece del milagro final abarca varios centenares de nombres; la mayoría son, como Inocencio, personajes olvidados que ya no atraen las oraciones de quienes buscan "favores divinos". A ellos se agregan centenares de otros venerables, cuyo ejercicio de las virtudes cristianas ha sido juzgado heroico, pero que aún están a la espera de que el juicio de los hacedores de santos sea confirmado por un milagro. Por el contrario, el papa Juan XXIII, fallecido en 1963, ya tiene en su haber más de veinte curaciones inexplicables atribuidas a su intercesión, incluidas dos de las que su postulador está convencido de que soportarán el riguroso examen del equipo de asesores médicos de la congregación. Diríase que, a la hora de otorgar milagros confirmatorio s, Dios tiene sus favoritos.

En teoría, por supuesto, Dios obra los milagros; pero, en la creación de santos, son los creyentes quienes deben tomar la iniciativa, pidiendo Su intervención en nombre del siervo de Dios. A los asesores médicos de la congregación les incumbe decidir si las curaciones insólitas -hoy en día, casi todos los milagros aceptados son curaciones de enfermedades- pueden o no ser explicadas por la ciencia. En las palabras de Juan Pablo II, tales curaciones, debidamente verificadas y reconocidas por las autoridades eclesiásticas, "son como un sello divino que confirma la santidad de un siervo de Dios cuya intercesión ha sido invocada, una señal de Dios que inspira y legitima el culto rendido [al candidato] y da certeza a las enseñanzas que la vida, el testimonio y las acciones [del candidato] encarnan".

Como ya decíamos, ninguna causa puede desarrollarse sin una demostrable reputación de santidad. Esa reputación depende en parte de la existencia de pruebas de que hay gente que reza al siervo de Dios en tiempos de necesidad y que, en su convicción, algunas de esas oraciones son atendidas. Una función esencial del promotor local es alentar la oración al candidato, con la esperanza de que algunos de los divinos favores recibidos resulten ser milagros demostrables. En el caso ideal, en el momento en que las "positiones" sobre la vida y las virtudes del candidato han sido aprobadas, el postulador tiene una serie de posibles milagros listos para ser discutidos por los asesores médicos de la congregación.

Pero no todos los postuladores tienen esa suerte. Algunos siervos de Dios adquieren una reputación casi instantánea de obrar milagros. Santa Teresa de Lisieux, por ejemplo, era casi desconocida fuera de su pequeño convento de carmelitas, cerca de los Alpes franceses, cuando murió en 1897 a la edad de veinticuatro años. Pero, en cuanto se divulgó (principalmente, a través de su libro póstumo y muy popular "Historia de un alma") la noticia de que había prometido "dedicar mi tiempo en el Paraíso a hacer el bien en la Tierra", se refirieron milagros, atribuidos a su intercesión, desde lugares tan alejados como Alaska o Perú. Por otro lado, como hemos visto en el caso de la filósofa Edith Stein, la falta de una tumba o de reliquias puede constituir un serio obstáculo a la devoción popular que produce los favores divinos. En resumen, obtener milagros en apoyo de una causa es un asunto incierto, y los postuladores de Roma no tienen reparo en admitido.

Obviamente, no hay manera de saber de antemano dónde o cuándo se producirá un milagro verificable. Hay, sin embargo, algo como una sociología de lo milagroso. Dado que la mayoría de los santos canonizados son europeos, la mayoría de los milagros vienen de Europa. Pero ciertas regiones de Europa muestran una mayor productividad de milagros que otras. El sur de Italia tiene entre los postuladores la reputación de ser un territorio especialmente fértil. Una razón de ello es que los italianos meridionales tratan a los personajes sagrados como a miembros de la familia: recurren a ellos con sus penas y no tienen reparo en pedir favores divinos cuando un niño está enfermo, un matrimonio tiene problemas o el marido bebe demasiado. Otra razón igualmente importante es que los médicos del sur de Italia creen firmemente en las curaciones milagrosas, y es notorio que se prestan de buena gana a colaborar en las causas.

Por el contrario, Europa Oriental es un terreno pedregoso para la cosecha de milagros. Y no es que los católicos del este de Europa no recen a los santos, Dios lo sabe, pidiendo milagros; antes bien, el problema es que, en Checoslovaquia, en Albania y en otros países comunistas, los médicos se negaban -y, a veces, se les prohibía- a colaborar con la Iglesia en la creación de santos, aunque lo más probable es que esos obstáculos desaparecerán con la derrota del comunismo. También algunos Gobiernos marxistas de África prohíben a los médicos certificar pruebas de milagros.

En otros países del Tercer Mundo el problema principal suele ser la falta de asistencia médica. Como el noventa y nueve por ciento de los milagros aceptados son curaciones inexplicables, la Iglesia depende de informes médicos que aseguren que la ciencia no es capaz de explicar la recuperación del paciente.

Hay también, como he mencionado ya, una historia de lo milagroso. Durante los primeros siglos del cristianismo y a lo largo de la Edad Media, se veían milagros en una amplia gama de fenómenos, lo cual suponía una relación entre Dios, el hombre y el mundo físico muy diferente del universo de causas y efectos cuya existencia intelectual comenzó en el siglo XVI. Por citar un ejemplo bien documentado: en la causa de san Luis de Anjou (1274-1297)5, el joven obispo de Toulouse, los testigos confirmaron sesenta y seis curaciones milagrosas; entre los curados, figuraban ocho personas que habían sido sordas, mudas o ciegas; seis que tenían miembros torcidos o atrofiados; cinco enfermos mentales, tres epilépticos y doce que, supuestamente, habían resucitado de entre los muertos.

No es simplemente que los europeos del siglo XIII fueran más crédulos que los de ahora; también tenían una noción diferente de la realidad. Así, mientras la Iglesia sigue exigiendo milagros como confirmación divina de la santidad de un candidato, el tipo de pruebas requeridas ha cambiado, porque el concepto moderno del milagro, como intervención divina en el decurso normal de los acontecimientos, es más estrecho que la noción primitiva de lo milagroso. Huelga decir que muchos de los supuestos milagros de siglos pasados no se aceptarían hoy. Aun así, se ha conservado la preferencia por las curaciones; en parte, porque muchos de los milagros de Jesucristo fueron de esa naturaleza. La principal diferencia es que, actualmente, la "ciencia divina" de la teología depende más que nunca de la ciencia humana de la medicina.

La ironía es evidente: sin la ciencia moderna y la tecnología médica es prácticamente imposible comprobar un milagro; y sin milagros no hay santos verificados. Los asesores médicos de la congregación, como veremos, se sienten orgullosos de poder ser útiles a los hacedores de santos de la Iglesia. Pero también descubrí que algunos de los hacedores de santos están insatisfechos con la dependencia en que se halla la Iglesia frente a la ciencia médica a la hora de discernir la voluntad de Dios en el proceso de verificación de la santidad. Así como en lo milagroso hay algo más que medicina y curación de enfermedades, ellos insisten en que debería haber más de un método para interpretar las señales divinas de la santidad de un candidato.

LA CONSULTA MÉDICA

Desde mediados de octubre hasta mediados de julio, un equipo de cinco médicos se reúne cada dos semanas en una sala de la congregación para examinar dos milagros potenciales. Los equipos se reclutan entre los más de sesenta médicos residentes en Roma que integran la Consulta Medica de la congregación. A juzgar por su reputación y por sus logros profesionales, estos médicos parecen ser unos exponentes más destacados en su especialidad de lo que los asesores teológicos lo son en la suya. Más de la mitad de ellos son profesores o jefes de departamento de una de las facultades de medicina de Roma; los demás son, con pocas excepciones, directores de hospitales. En su conjunto, Consulta Medica representa todas las especialidades de la medicina, desde la cirugía hasta las enfermedades tropicales. Todos los miembros son italianos, varones y católicos romanos; si bien, con todo y aun hallándonos en Italia, se me aseguró que a ninguno de ellos se le pregunta por la regularidad de sus prácticas religiosas. Lo que cuenta es la competencia profesional.

Una invitación a participar en la Consulta se considera, entre los médicos católicos romanos, un honor; algo así como que a uno lo nombren miembro de los Caballeros de Malta. A los invitados no se les dice quién los propuso como miembros y, por regla general, los nombres de los asesores médicos no se publican fuera del Vaticano. Por cada caso que estudia, el asesor médico cobra un honorario fijo de quinientas mil liras (unos cuatrocientos dólares en los tipos de cambio de 1990), que es más o menos los que un médico de primera categoría en Roma le cobra a un paciente por dos visitas. Dado que la documentación sobre un milagro puede abarcar hasta mil quinientas páginas, lo cual requiere un mes de lecturas y evaluaciones durante los fines de semana, su trabajo es prácticamente honorífico y, a menudo, los asesores donan sus honorarios a la caridad.

Los médicos se declaran a su vez de acuerdo en no discutir los casos de milagros con personas ajenas a la congregación. Se les permite escribir sobre los mismos en revistas de medicina, pero no antes de que la causa esté concluida y el papa haya tomado su decisión al respecto. Puesto que eso puede tardar un año o más, los asesores muy raras veces llegan a publicar algo. A pesar de estas restricciones, encontré a varios miembros de la Consulta dispuestos a hablar de su trabajo.

La Consulta funciona de modo muy parecido a un equipo de reconocimiento médico. Cuando les llega un caso, las posibilidades de éxito normalmente han sido evaluadas ya en un nivel local y a título extraoficial por uno o por varios expertos médicos elegidos por el postulador de Roma. La típica "positio super miraculo" incluye un historial médico del paciente y las declaraciones de todos los hospitales, médicos y enfermeras que tuvieron que ver en el tratamiento del paciente. Además están las declaraciones escritas de los testigos: el personal médico y el paciente mismo, así como los testimonios de todos cuantos hayan invocado al siervo de Dios. Los rayos X, las muestras de biopsia y otras pruebas médicas son de crucial importancia y, en muchos casos, el equipo exige pruebas adicionales antes de pronunciar su dictamen.

En cuanto al procedimiento, cada caso se presenta a dos miembros de la Consulta, que estudian los materiales y redactan sendos informes de cuatro a cinco páginas. Ninguno de los dos conoce la identidad del otro. Si uno de los informes o ambos resultan positivos, se presenta el caso a otros dos médicos y al presidente de la Consulta, y la decisión se toma por votación de los cinco miembros del equipo. Más de la mitad de los casos son rechazados. En un año normal, por tanto, Consulta Médica examina unos cuarenta casos; de los cuales, incluidos los que se remiten al lugar de origen pidiendo informaciones adicionales, sólo unos quince sobreviven al escrutinio de los médicos.

Es fácil comprender por qué cada asesor ha de pronunciar un dictamen sobre el diagnóstico, el pronóstico y la conveniencia de la terapia empleada. La curación debe ser completa y duradera y, además, tiene que resultar inexplicable según todos los criterios científicos conocidos. Se excluyen los linfomas, los cánceres de células renales, los de piel y los mamarios, que tienen un elevado índice estadístico de curación natural. Lo mismo sucede con las enfermedades mentales, ya que el concepto de curación en tales casos es difícil de definir. Al final, en el pleno del equipo, cada médico tiene la opción entre dos votos: "natural" o "inexplicable". La congregación prefiere la unanimidad; pero, como puede atestiguar cualquier paciente que haya consultado a un segundo o a un tercer médico, alcanzar un acuerdo entre cinco médicos, y aun entre cinco especialistas diferentes, resulta excesivamente difícil; de modo que, por lo general, una mayoría simple es suficiente para que un milagro sea aceptado como tal.

-Es un buen método, pero es muy riguroso -dice el doctor Franco de Rosa, profesor de medicina interna en la Universidad de la República Italiana, de Roma, y especialista en enfermedades infecciosas-. Recuerde que, cuando yo estudio una causa, no sé qué piensan los otros. Sólo cuando nos reunimos podemos descubrir que los otros han hecho un diagnóstico diferente; y, a veces, al escuchar a los otros cambio de opinión.

Estamos sentados en el despacho de De Rosa, que da a la concurrida Piazza di Risorgimento, a dos manzanas de la Ciudad del Vaticano. Hace una tarde soleada de sábado y el resplandor de la catedral de San Pedro se refleja en las ventanas del cuarto piso. El doctor De Rosa es un hombre delgado y de baja estatura, asesor desde 1982. De los treinta milagros potenciales que ha estudiado hasta ahora -él calcula un promedio de cinco por año-, la mayoría han sido rechazados.

Insiste en que no hay dos casos iguales. En una ocasión, a un paciente se le diagnosticó tuberculosis, y la recuperación se produjo sin antibióticos ni terapia alguna; pero, en su informe, De Rosa argumentó que el diagnóstico estaba equivocado y el caso fue rechazado. En otra ocasión, un paciente se recuperó de manera inexplicable de algo que los médicos habían diagnosticado como un cáncer de piel progresivo; al examinar muestras de tejido, De Rosa logró demostrar que la piel no estaba carcinomatosa, sino inflamada por otra enfermedad; y, como el paciente había sido tratado con esteroides, De Rosa llegó a la conclusión de que la terapia ofrecía una explicación suficiente para la inesperada recuperación del paciente.

Luego, me muestra un expediente médico que acaba de analizar.

-Aquí hay un caso -dice, mientras pasa las páginas- en que el paciente fue despedido del hospital con una grave enfermedad del abdomen; parecía seguro que moriría. Y, sin embargo, en su casa se curó de manera completa e instantánea.

-En otras palabras -interrumpí-, fue un milagro.

-Eso lo decidirán los teólogos. Nuestra tarea como médicos es decidir si la curación tiene una explicación natural o no. En este caso, encontré que no había ninguna; pero está por ver qué dice el otro médico.

-¿No es posible que ustedes se equivoquen en su juicio como médicos?

-En general, los errores son de dos clases: o bien yo no tengo todos los hechos en que basar mi juicio, o bien hay un error en el informe del médico que atendió al paciente. En tales casos, se le pide al postulador que envíe más información. Los documentos deben ser muy precisos; de otro modo, no puede haber discusión.

-¿Usted contacta alguna vez con los médicos originales para aclarar algún punto impreciso?

-Hace poco la congregación trajo a Roma, a expensas del postulador, a cinco médicos de México para que contestaran a una serie de preguntas que yo había planteado. Fue una situación insólita. Pero no los entrevisté yo personalmente. Los asesores médicos no vemos nunca a los médicos implicados en los casos que estamos juzgando, trabajamos exclusivamente sobre los datos.

-Cuando usted lee esos documentos, ¿se siente alguna vez impresionado por la talla de la personalidad del venerable invocado para la curación? ¿Le preocupa el hecho de que de su juicio puede depender la beatificación o la canonización de esa persona?

-No, jamás. No quiero saber nada acerca del posible santo. Por lo general, no conozco más que el nombre, que las más de las veces no me dice nada. Estudio solamente el material técnico, y eso es todo lo que quiero ver, el resto depende de la Iglesia. -Se levanta del escritorio y echa a caminar por la habitación-es un proceso muy serio en la Iglesia, eso de la creación de santos; mucho más serio que el proceso que usan los Estados para erigir un monumento a un conquistador que mató a miles de personas. Me muestro de acuerdo.

¿Y ha tenido noticias alguna vez de un médico cuyo diagnóstico usted encontró equivocado? ¿No tienen ellos ninguna posibilidad de defenderse de su revisión?

-Bueno, todo lo que le puedo decir es que a mí eso no me ha pasado nunca. Tenga en cuenta que la congregación no comunica los resultados de nuestras deliberaciones a los médicos que trataron al paciente, suponiendo que estén vivos. Pero, ya sabe, trabajamos con mucha precisión porque sabemos que nuestro trabajo quedará en los archivos; y en los archivos del Vaticano no se pierde nada.

En eso no había pensado. Los médicos, obviamente, sí. Comencé a entender que son muy conscientes de estar escribiendo no sólo para el momento, sino para la historia. Saben que sus decisiones pueden ser cuestionadas. En realidad, muy raras veces un equipo médico ha rechazado el juicio de otro equipo anterior; y esto, sólo en casos en que la curación había sido rechazada inicialmente. Una vez una curación resulta aceptada por la Iglesia como milagrosa, el asunto se considera zanjado, no importa lo que la ciencia médica pueda descubrir después.

-¿Y no le preocupa que los milagros de hoy puedan ser los conocimientos médicos corrientes de mañana?

-Lo que pasa es que hoy disponemos de métodos más perfeccionados para estudiar a los pacientes. Pero usted le da demasiado crédito a la ciencia médica. Incluso ahora no sabemos siempre por qué alguien se cura, aunque para algunas enfermedades tenemos más medios de curación. Y, en comparación con el pasado, tenemos medios mucho mejores para entender lo que está pasando. En lo que a mí me concierne, en el futuro habrá siempre, como las hay ahora, ciertas curaciones que la ciencia no sabrá explicar.

El doctor Rafaello Cortesini, un hombre que ha sido testigo de numerosos milagros, tanto de tipo médico como religioso, es especialista en trasplantes de corazón e hígado, intervenciones que se consideraban imposibles cuando él comenzó a realizarlas hace dos décadas. Se graduó en 1956 en la Facultad de Medicina de la Universidad de Roma, donde ahora es jefe de cirugía y uno de los pocos especialistas en trasplantes de corazón que hay en el mundo. Lo que ignora la mayoría de sus colegas médicos es que Cortesini es también, desde 1983, presidente de Consulta Médica y, como tal, el hombre responsable de estudiar todo milagro potencial que se le presente al equipo médico de la congregación. Debido a su posición, el doctor Cortesini puso inicialmente reparos a mi solicitud de entrevistarlo; pero nos encontramos finalmente en varias sesiones en su consulta privada, situada en un suburbio de Roma, enfrente de la casa del embajador de Estados Unidos en Italia, y en un pequeño despacho dentro del complejo médico de la universidad. Cortesini es un italiano alto y afable que conversa fluidamente en varios idiomas.

Como presidente, el doctor Cortesini examina cada proceso milagroso en sus dimensiones tanto médicas como teológicas. Es él quien asigna cada caso a los médicos, preside todos los equipos y firma las decisiones. Dice que, en cerca de la mitad de las curaciones que se declaran inexplicables, el voto es unánime. No sorprende que la parte más ardua de su tarea consista en emitir el voto decisivo cuando los otros cuatro asesores se hallan divididos con igualdad de votos.

-A veces, las sesiones se prolongan durante tres o cuatro horas; otras, necesitamos una sesión extraordinaria, cuando se tratan casos especialmente difíciles -me explica-. Estas últimas son decisiones que no tomo nunca sin haber rezado antes.

Puesto que la medicina no es igual en todo el mundo, preguntó: ¿por qué la composición de Consulta Médica no es internacional?

-La medicina moderna es, efectivamente, la misma en todas partes -contesta Cortesini-. Algunas veces, usamos ordenadores para cerciorarnos de los últimos descubrimientos en varios campos; así, nos mantenemos al día. A través de la congregación, estudiamos casos de Canadá, de África, de Japón; de todas partes. Por los documentos que nos llegan sabemos qué está pasando en medicina en el mundo entero y estamos en condiciones de aplicar las técnicas científicas más recientes.

-Pero ¿qué sucede con los casos que no están relacionados con la medicina moderna? Supongamos que tienen un caso en que se aplicó medicina popular o en el que los informes de los hospitales no corresponden a los criterios clínicos modernos; ¿pueden pronunciar ustedes un juicio inteligente en esas circunstancias?

-Nosotros recibimos casos no sólo de todas las partes del mundo, sino también de siglos pasados. Hace poco hemos estudiado uno del siglo XVII. Es impresionante. Los médicos no disponían entonces de las avanzadas técnicas de diagnóstico de que disponemos nosotros; pero tenían talento, y un talento mucho mayor que los médicos de hoy para describir lo que veían. Además, aquí en la Universidad de Roma, contamos con un gran departamento, muy importante, dedicado a la historia de la medicina, que abarca hasta los tiempos romanos más antiguos. Así que ya ve usted que tenemos muchos recursos para determinar cuál era el problema.

Durante las semanas siguientes, Consulta Médica se ocupó de un caso de África del Sur, que llegó a la congregación sin ninguna clase de documentación científica. La curación se atribuía a un sacerdote francés, el padre Joseph Gérard, que vivió durante sesenta años como misionero entre las tribus zulúes y basoto del actual Lesoto. Gérard murió en 1914, y como anticipo del viaje papal a Lesoto en 1988, la congregación estaba revisando un posible milagro ocurrido en 1928. Según la escueta "positio" de cuarenta páginas, a una niña negra de seis años se le desarrolló una costra en la cabeza, se extendió sobre los ojos y le causó ceguera; se formaron úlceras en las cuencas de los ojos, que le colgaban de los párpados como diminutos anillos deformes. Un misionero protestante y médico itinerante la examinó cuatro veces y, finalmente, le dijo a la madre que la infección era incurable. La madre, desconcertada, acudió a la iglesia católica local, donde le dieron una reliquia de Gérard -un pedazo de tierra de su tumba- y la alentaron a pedir su intercesión. Las hermanas misioneras comenzaron a rezar una novena a Gérard. Al día siguiente, un sábado, el párroco le entregó a la madre otra reliquia. Esa noche, la niña manifestó haber tenido una visión en la que un anciano sacerdote le aseguró que se curaría. A la mañana siguiente, las costras habían desaparecido y la niña podía ver. Lo único que quedó, según un examen médico realizado cuarenta y ocho años después, fue una cicatriz en una córnea, indicativa de una horadación.

Los asesores médicos no tenían nada a que atenerse, salvo las declaraciones de los testigos; entre ellos, el pastor, quien dejó constancia escrita de lo que vio. Además, había un examen del ojo, realizado por un oftalmólogo cuando la mujer tenía cincuenta y cuatro años. A partir de tan escasas pruebas, parecía que la niña había contraído una forma de impétigo; pero los asesores coincidían en que eso solo no explicaba la perforación de la córnea. Pese a la escasez de datos médicos, el doctor Camillo Pasquinangeli, especialista en enfermedades de los ojos, se empeñó en estudiar el caso, y finalmente, encontró una enfermedad llamada "penthius" que correspondía a los síntomas observados y, en su opinión, podía explicar la perforación de la córnea. Cuando se reunió el 1 de septiembre de 1987 el pleno del equipo de cinco asesores, presidido por Cortesini, el doctor Pasquinangeli logró convencer a los otros de la plausibilidad de su diagnóstico.

Dado ese diagnóstico y la gravedad del caso, el equipo estuvo de acuerdo en que no había ninguna manera científica de explicar la completa e instantánea recuperación de la vista que experimentó la niña. Al año siguiente, el papa Juan Pablo II beatificó a Gérard ante diez mil católicos en Lesoto.

Cuando volví a visistar al doctor Cortesini, éste acababa de salir del quirófano y llevaba todavía la bata blanca de cirujano. Estaba de humor jovial y me invitó a mirar varias "positiones", encuadernadas en rojo, que había estudiado él.

-Nos llegan de antes de la guerra, de durante y de después de la guerra -dijo, refiriéndose a la II Guerra Mundial-. Vaya hacia atrás en la historia de la cristiandad y ya verá, siempre ha habido milagros.

-¿No le importa que mucha gente no crea en los milagros?

-Hay un cierto escepticismo, lo sé, incluso dentro de la Iglesia católica. Yo mismo, si no realizara este trabajo, jamás creería las cosas que leo. No se imagina usted lo fantásticos, lo increíbles que son esos casos; y lo bien documentados que están. Son más increíbles que las novelas históricas. La ficción científica no es nada en comparación.

-¿Se siente alguna vez presionado cuando el papa muestra un interés especial en un caso?

-Sí, se nota cuando se entusiasma. Normalmente es cuando quiere viajar a alguna parte y hay prisas por completar una causa. Pero nosotros debemos ser objetivos; y tenemos el poder de parar una causa.

Cortesini proyecta escribir un libro sobre las curaciones inexplicables que ha estudiado y juzgado. Espero que lo haga. Él sabe que, de entre todos los profesionales, no se espera que sean los científicos quienes crean en milagros; que se los supone convencidos de que todo cuanto sucede tiene, en última instancia, una explicación racional. Pero Cortesini y los otros médicos de la congregación se hallan en una posición privilegiada: manejan continuamente unos datos que desafían la explicación científica; pero, como médicos y científicos, trabajan en un mundo que se basa en la aplicación rigurosa de los métodos científicos. Su experiencia, su inteligencia y su testimonio deben ser respetados; decir que creen en milagros porque son católicos romanos es probablemente verdad, pero también está fuera de lugar.

Afirmar que los milagros no pueden ocurrir no es más racional -ni es menos un acto de fe- que afirmar que pueden ocurrir y ocurren efectivamente. Todo depende de la actitud que uno tenga hacia la realidad. Se puede creer en milagros sin creer en Dios, desde luego, aunque es difícil reconciliar esos dos puntos de vista; y se puede creer en Dios y no en los milagros, pero también esta posición es difícil de sostener: un Dios que no se compromete con su creación -como el que imaginó James Joyce, retirado y cortándose las uñas- no es el del cristianismo.

Como católico romano, no me causa ningún problema aceptar los milagros porque creo en Dios, "el Padre", como llegó a entenderlo Jesucristo, y, por tanto, en la gracia divina. En más de una ocasión he experimentado instantes de gracia, en mi propia vida y en las de otros, que venían como regalos. Para creer en milagros, hay que ser capaz de aceptar regalos, libremente dados y jamás merecidos. Tampoco encuentro difícil suponer que tales regalos me han tocado porque alguien -padres, hijos, esposa, amigo o enemigo- ha rezado a Dios por mí. En un mundo de gracia, estas cosas suceden continuamente; pese a nuestra inclinación a atribuimos a nosotros mismos la "suerte" que hayamos tenido, "la gracia está por doquier". Pero, si se parte del supuesto de que no hay gracia en el mundo, entonces, los regalos no tienen sentido y, menos que nada, los regalos que vienen por oración. Las cosas simplemente "suceden" y uno atribuye la causa al hado o al azar, a la naturaleza o a la historia, a nuestros propios méritos o a nuestros bien calculados planes. La "comunión de los santos", por el contrario, presupone que en Dios estamos todos vinculados unos a otros, que damos y recibimos inesperados e inmerecidos actos de gracia.

En el proceso de creación de santos, sin embargo, esa comunión no sólo se presupone, sino que se utiliza para un fin específico. Las "gracias" recibidas y atribuidas a un siervo de Dios son coleccionadas, escudriñadas, examinadas y autentificadas como pruebas de la santidad del candidato ofrecidas por Dios mismo. Es ese uso sistemático -y el posible abuso- de los regalos divinos lo que traté de entender.

DOS MILAGROS "MADE IN AMERICA"

Durante los primeros seis meses del año 1987, reinaba algo más que la prisa habitual en el tercer piso del número 10 de la Piazza di Pio XII. Estaba previsto para septiembre el segundo viaje de Juan Pablo II a Estados Unidos; en vistas de lo cual, le consultó un año antes al cardenal Palazzini si la congregación tenía algún siervo de Dios norteamericano al que pudiera beatificar o canonizar con motivo del viaje. Había dos causas ya antiguas que solamente requerían de un milagro confirmador. El tiempo escaseaba y, en los afanosos trajines que se desataron por cumplir los deseos del papa, pude observar cómo la congregación trabaja bajo la presión de un plazo fijado por el sumo pontífice.

El primer caso era una curación inexplicable, atribuida a la intercesión del principal candidato a la santidad de California, fray Junípero Serra. El postulador de Serra había presentado ya en dos ocasiones unos milagros potenciales a Consulta Médica, y las dos veces fueron rechazados. Ahora tenía un tercero, y en vista del inminente viaje papal, Palazzini le otorgó prioridad absoluta.

Según los documentos, el milagro potencial se produjo en la primavera de 1960 en Saint Louis, y la persona afectada fue Boniface Dyrda, una monja franciscana que tenía entonces cuarenta y cinco años. Desde el mes de octubre del año anterior, Boniface sufría fiebres y un sarpullido cutáneo. Al principio, los médicos pensaron que padecía un catarro y le apJicaron los tratamientos correspondientes. Cuando su estado empeoró, se la sometió a una intervención quirúrgica para extirparle un bazo alargado. Durante un tiempo su estado mejoró, pero en enero del año siguiente volvieron la fiebre y el sarpullido. Reingresó en el hospital, donde los médicos le extrajeron muestras de tejido y las enviaron a un laboratorio de Washington para que las analizaran. Pero ni siquiera allí supo nadie indicar la causa de la enfermedad. Tras regresar al convento, la madre Boniface empeoró aún más, bajó de peso hasta los cuarenta y dos kilos, y no podía comer sino pequeñas cantidades de sopa. La víspera del Domingo de Ramos de 1960, recibió los últimos sacramentos e ingresó en el hospital. El médico que la atendió le dijo que no veía ninguna esperanza de recuperación. Aun sin saber qué era lo que tenía, la enfermedad le estaba amenazando los riñones; a menos que se produjera un milagro, no se esperaba que saliese del hospital con vida.

Ante la perspectiva de la muerte inminente de la religiosa, el capellán del convento sugirió que las hermanas comenzasen a rezar una novena al padre Serra; el capellán, Marion Habig, era un sacerdote franciscano de California y afecto a la causa de Serra. El Viernes Santo, exactamente una semana después de su ingreso, Boniface se sintió mejor de repente. Por primera vez desde hacía semanas, pidió comida y, un mes después, fue dada de alta del hospital y la misteriosa enfermedad nunca volvió a aparecer.

¿Fue un milagro? Para los miembros de Consulta Médica, el mayor problema estaba en que ni los médicos que la trataron ni los analistas de Washington lograron ponerse de acuerdo sobre el diagnóstico. Pero, sin una clara comprensión de lo que amenazó la vida de la religiosa, al equipo médico de la congregación le resultaría difícil estar seguro de que la recuperación fue inexplicable. Además, el hecho de que la paciente seguía viva complicaba todavía más el caso: en teoría, aún era posible que sufriera una recaída, aunque no se hubiera producido durante veintisiete años.

En un insólito esfuerzo por aclarar el misterio, los asesores médicos pidieron que la madre Boniface se trasladase a Roma para examinarla personalmente. Los dos miembros primitivos de Consulta Médica a quienes se asignó el estudio del caso, los doctores De Rosa y Vincenzo Giulio Bilotta, así como el presidente del equipo, la examinaron durante tres días y la interrogaron personalmente acerca de los síntomas y las circunstancias de su recuperación. También la sometieron a varias pruebas médicas. Por la descripción de los síntomas, parecía posible que padeciera "ellupus erythematosus", enfermedad crónica de los tejidos conectivos que todavía no tiene curación, causa conocida ni indicador diagnóstico individual. Otros síntomas sugerían que no era eso. Los asesores médicos querían estar seguros.

Normalmente, los médicos tardan sólo de seis a ocho semanas en llegar a una conclusión; pero, en esta ocasión, las deliberaciones se prolongaron durante más de seis meses. Mientras tanto, crecía la presión que pesaba sobre la congregación; los franciscanos de California abrigaban esperanzas de que la causa pudiera concluir a tiempo para la visita del papa, y en los periódicos californianos aparecieron rumores de que el veredicto era inminente. Sarna, por ser el único norteamericano en la congregación, se vio asediado con llamadas telefónicas desde Estados Unidos.

-Nos estamos matando para sacar adelante el milagro de Serra -me confió una mañana de mayo, en una breve visita que le hice para felicitarlo por su ascenso a monseñor-. Y nos falta tiempo, porque el milagro sobre el que estamos trabajando es muy complicado.

-Quizá deberían intentarlo con otro -sugerí, suponiendo que el postulador del padre Serra tenía bastantes para elegir.

-Es que se elige el que más promete -dijo, y me despidió cortésmente para volver a su trabajo.

La "positio super miraculo" final tenía cuatrocientas cuarenta y cinco páginas, y el 17 de junio los dos primeros asesores médicos presentaron sus informes a la congregación. Al leerla, me di cuenta de por qué las deliberaciones se habían alargado tanto. En una decisión insólita, pero no sin precedentes, los médicos sostuvieron que la ciencia médica no podía explicar la curación de Boniface Dyrda, aunque ninguno de ellos sabía decir exactamente cuál había sido la enfermedad. En resumen, aprendí que los asesores médicos no necesitan llegar a- un diagnóstico claro para concluir que se ha producido una curación inexplicable. En tales casos, el criterio decisivo es que el estado del paciente había empeorado tanto que debería haber muerto. El hecho de que Boniface no muriese, sino que, por el contrario, experimentó una recuperación completa y relativamente instantánea que se mantuvo durante veintisiete años, bastaba para considerar su curación más allá de toda causalidad natural o explicación científica. Tres semanas después, se reunió en pleno el equipo de cinco médicos.

El segundo milagro norteamericano era insólito por otras razones. Se trataba de una curación atribuida a la intercesión de Rose- Philippine Duchesne (1769-1852), una monja francesa que llegó a Missouri con otras cuatro hermanas de la Congregación del Sagrado Corazón y se convirtió en líder y pionera de la asistencia social y la educación católicas. Su sueño era trabajar con los indios norteamericanos, cosa que logró realizar finalmente a la edad de setenta y dos años. Cuando murió, amplios círculos católicos la consideraban una santa. Las Hermanas del Sagrado Corazón propugnaron su causa. Fue declarada venerable en 1909 y, con dos curaciones milagrosas atribuidas a su intercesión, beatificada por el papa Pío XII en 1940.

Durante los años siguientes, el postulador presentó otros dos milagros potenciales para la canonización de la madre Duchesne. Uno fue rechazado con unanimidad por los dos primeros asesores médicos y el segundo recibió igualdad de votos. Entonces, las Hermanas del Sagrado Corazón abandonaron la causa. Era la época del II Concilio Vaticano y, como otras órdenes religiosas femeninas de Estados Unidos, las hermanas cuestionaban el sentido -y el coste- de la canonización. En cuanto a ellas concernía, la madre Duchesne podía seguir siendo beata.

Aparece el padre Sarna. Como único funcionario norteamericano de la congregación, aunque de poca antigüedad, Sarna se mostró especialmente sensible a la alerta roja declarada por el papa en 1987. Tras revisar las actas sobre la madre Duchesne, llegó a la conclusión de que la segunda curación contaba con buenas posibilidades de ser aprobada. "De mi hermano, que es médico -me dijo-, sabía lo bastante de medicina para ver que aquello prometía."

El paso siguiente fue convencer a las Hermanas del Sagrado Corazón de reabrir la causa. Sarna telefoneó al arzobispo de Saint Louis, John May, y lo instó a persuadir a la madre general de las Hermanas del Sagrado Corazón, Helen MacLaughlin, una norteamericana residente en Roma, para que reconsiderara la decisión de la orden. Al mismo tiempo, contactó con las hermanas mismas, poco dispuestas a hacerle caso, con la argumentación de que las monjas estadounidenses necesitaban modelos de santidad, y en la madre Duchesne tenían un gran personaje de un período muy difícil de la historia de la Iglesia norteamericana. También apaciguó su preocupación por los gastos.

Su argumento era: ¿por qué gastar tanto dinero en el proceso, cuando sería mejor dárselo a los pobres? -recordó Sarna-. Les dije que respetaba su principio, pero que no estaba de acuerdo. Calculaba que, desde el estudio médico del milagro hasta el día de la canonización, a lo sumo les costaría diez mil dólares; quizá podrían llegar a ser quince mil, que tampoco es mucho.

Las ex alumnas graduadas que tenían la orden en Suramérica se declararon dispuestas a sufragar los gastos, y la causa se reabrió. Quedaba poco tiempo si se querían ultimar los preparativos de la canonización antes del viaje del papa a Estados Unidos.

Dada la urgencia del caso, Molinari consintió en postergar otras responsabilidades para llevar a buen puerto el milagro. Su primer paso fue solicitar un peritaje preliminar e informal a varios especialistas ajenos a Consulta Médica. A juicio de dichos especialistas, el caso contaba con buenas posibilidades de pasar.

Se trataba de una misionera del Sagrado Corazón en Japón; Marie Bernard, de sesenta años, que sufrió una hinchazón en la nuca y fue enviada a tratamiento al hospital de San José, de San Francisco, en 1951, después de que una biopsia demostrara que la hinchazón era maligna. Los cirujanos declararon que el tumor era demasiado grande para extirparlo y que estaba demasiado avanzado para proporcionar algo más que paliativos. Lo más que podían hacer los doctores era aplicar una terapia de radiación a bajo nivel, para hacer más lento el crecimiento del cáncer, y despedida del hospital. Su pronóstico: le quedaban seis meses de vida; a lo sumo, quizá dos años.

Mientras tanto, las hermanas ofrecieron una novena de oraciones a Philippine Duchesne, implorando la curación. La novena se convirtió en una cruzada que involucró a la orden entera, así como a las estudiantes del colegio que las hermanas tenían en San Francisco. Marie Bernard misma participó hasta donde podía, llevando un collar con una reliquia de Duchesne. Por lo visto, las plegarias fueron atendidas. La madre Bernard regresó a Japón y, en 1960, cuando se inició el proceso de milagros, el cáncer había desaparecido. Diez años después, Bernard murió de, un infarto.

En junio de 1987, el doctor De Rosa y otro miembro de Consulta Médica revisaron el caso y no hallaron ninguna explicación científica satisfactoria de la curación. Su diagnóstico fue que la religiosa sufría una "neoplasia indiferenciada que infiltró la glándula tiroides y los tejidos adyacentes". Si bien no se podía decir que la recuperación hubiese sido instantánea, se conformaron con que fue relativamente rápida, y también completa e inexplicable. El pleno del equipo médico se mostró de acuerdo y agregó el insólito comentario de que la curación debería haber sido aprobada veinte años antes, cuando se presentó por primera vez.

LOS MÉDICOS Y LOS TEÓLOGOS

La tarea de Consulta Médica es decidir si una curación es científicamente inexplicable o no. Los médicos no pueden decidir si se trata de un milagro; ese juicio queda reservado a los asesores teológicos, cuyas opiniones deben luego ser secundadas por los cardenales de la congregación y, al final, por el papa. La teoría es que el reconocimiento de los milagros es materia del entendimiento teológico y eclesiástico; dejar esa decisión al cuidado de los médicos sería ceder a la medicina una prerrogativa que la Iglesia siempre ha reclamado para sí misma.

Tras haber estudiado varias "positiones" sobre milagros, sin embargo, me dio la impresión de que el papel de los teólogos es esencialmente secundario. Hay en la congregación sesenta y seis asesores teológicos, de los que sólo unos cuantos son convocados con regularidad a reunirse, en equipos de siete miembros, para revisar los procesos de milagros y determinar que la curación se produjo únicamente mediante la intercesión del siervo de Dios. Las pruebas principales las constituyen las declaraciones de los testigos. ¿Quién invocó al siervo de Dios? ¿Fue mediante oraciones, uso de reliquias, etcétera? Los elementos clave son el tiempo y la causalidad. Debe quedar claro que la recuperación del paciente no se produjo sino después de que se invocara la ayuda del siervo de Dios, e igualmente claro que la curación se consiguió por medio de la intercesión del siervo de Dios y de nadie más.

Esas decisiones, obviamente, no requieren mucha pericia teológica, pero sí una cierta familiaridad con la teología de la intercesión operativa en la congregación. Si un paciente reza, por ejemplo, simultáneamente a Jesucristo y al siervo de Dios, el milagro puede atribuirse a este último por la razón de que Jesucristo está necesariamente presente en todas las gracias otorgadas por Dios. Por otra parte, cuando se invoca simultáneamente a más de un santo o siervo de Dios, la curación será rechazada porque no hay manera de saber a quién atribuir la intercesión divina.

En el caso del milagro atribuido al padre Serra, por ejemplo, la madre Boniface declaró que había buscado ayuda a través de la intercesión de varios de sus santos favoritos: san Judas, patrono tradicional de los casos desesperados; santa Frances Cabrini, la primera santa estadounidense; y san Martín de Porres, un mulato peruano del siglo XVII, conocido por su trabajo en favor de los enfermos y canonizado en 1962. Sin embargo, y aquí está lo decisivo, fue sólo después de que esas invocaciones resultaran infructuosas cuando la religiosa se dirigió, siguiendo la sugerencia del capellán, al padre Serra. En ese momento, Boniface Dyrda no sabía prácticamente nada del siervo de Dios franciscano; pero, después de su curación, escribió: "Parece que ellos [los otros santos, ya convalidados] estaban esperando para darle una oportunidad al padre Junípero Serra."

Dadas las exigencias de la congregación, ese ejercicio de demostrar que el milagro se produjo únicamente mediante la intercesión del candidato es plenamente necesario y lógico. En el caso ideal, la prueba refleja la bien establecida reputación del candidato como intercesor ante Dios; pero, en la práctica, la entera concepción de atribuir los milagros a una vía de intercesión en detrimento de otra plantea serios interrogantes teológicos. ¿Es que Dios realmente espera con sus milagros hasta que se invoque a la persona adecuada? ¿Qué importa más, la curación o la intercesión? Además, desde un punto de vista práctico, el sistema alienta la oración como forma de manipulación espiritual e, incluso, de rivalidad por los milagros. La principal forma de abuso, implicada en todo el sistema de creación de santos, es la de fomentar las oraciones hacia un candidato con el fin exclusivo de obtener un milagro, necesario para continuar o concluir un proceso.

-Uno oye historias -me dijo el padre Valabek, postulador general de los carmelitas- de monjas apostadas ante las salas de emergencia de los hospitales y rezando a sus madres fundadoras para conseguir un milagro cada vez que llega una ambulancia.

-Se rió entre dientes-. Es puro cuento, no lo olvide, pero ya ve usted que podría suceder y hasta es posible que haya sucedido. Dios no es tonto, desde luego; pero, de todas formas, al insistir nosotros en que los milagros pueden atribuirse claramente a tal persona y no a tal otra, no hay nada que prevenga esa clase de prácticas supersticiosas.

Y nada, podría agregarse, demuestra más claramente el papel secundario de los teólogos, en comparación con el juicio de los médicos.

ALTERNATIVAS A LOS MILAGROS MÉDICOS

El 19 de noviembre de 1988, la Congregación para la Causa de los Santos abrió un simposio, sobre la convalidación de las curaciones milagrosas, que unió a miembros de Consulta Médica con integrantes del Comité Médico internacional de Lourdes, que investiga los testimonios de las curaciones milagrosas que se producen en el célebre santuario mariano del sur de Francia. Los visitantes eran quienes más larga experiencia tenían en la ciencia de verificar las curaciones milagrosas, ya que su comité -el primero de su género dentro de la Iglesia- se fundó en 1882, mientras que Consulta Médica no llegó a instituirse hasta el 22 de octubre de 1948.

Los médicos de Lourdes afirmaron con bastante franqueza que los avances de la medicina científica hacían cada vez más difícil la comprobación de los milagros.

Más notables aún fueron las palabras que Juan Pablo II dirigió a los participantes:

"Desde hace mucho tiempo, la colaboración de los médicos ha sido de un valor inapreciable por los conocimientos que aportan conforme a su propio nivel de competencia. A medida que la ciencia progresa, ciertos casos se comprenden mejor; y, sin embargo, sigue siendo cierto que numerosas curaciones constituyen hechos que hallan su explicación únicamente en el orden de la fe, hechos que el examen científico más riguroso no puede negar a priori y que debe respetar, en el orden preciso que le es propio."

Dicho esto, el papa continuó, insinuando que tal vez estén cambiando las manifestaciones de lo milagroso.

"Hoy en día, hay indicios de que la pedagogía divina ilumina a la humanidad mediante revelaciones más espirituales y más íntimas, y de que "los casos de curaciones físicas son cada vez más raros". Sigue siendo verdad que Dios concede todavía dones inesperados y profundos, respondiendo a las súplicas elevadas con fe y caridad, con confianza en el poder de su amor que es lo más grande de todo." (El subrayado es mío, K. L. W.)

Era la primera vez que un papa reconocía que la Iglesia encontraba dificultades a la hora de satisfacer las exigencias de los médicos para los milagros de curación. Pero la tendencia ya se hacía notar. La reforma de 1983 redujo a la mitad el número de milagros requeridos, de modo que ahora hace falta sólo uno para la beatificación de los no mártires y uno más para la canonización. Pero, incluso antes de la reforma, los papas anteriores se habían mostrado ya cada vez más dispuestos a eximir a los candidatos de alguno de los cuatro milagros requeridos. Además, en 1980, Juan Pablo II beatificó a la iroquesa conversa Kateri Tekakwitha (1656-1680) sin ninguna prueba de milagros. Aunque a Kateri se le atribuían numerosos milagros, la incipiente Iglesia norteamericana del siglo XVII carecía de medios para llevar a cabo un proceso formal de investigación y corroborar así su validez. El papa decidió que bastaba con la reputación que Kateri tenía de haber obrado muchos milagros mediante su intercesión.

En teoría, este o cualquier otro papa tiene el poder jurídico de abolir el requerimiento de milagros para la creación de santos; pero ¿debería hacerlo? Poco a poco descubrí que ésa era una cuestión que llevaba tiempo hirviendo a fuego lento en las cocinas de la congregación y que los hacedores de santos se mostraban reacios a discutir, pues ellos mismos estaban profundamente divididos. Gumpel fue el primero que me habló sobre el tema: "La cuestión de los milagros se está discutiendo en la congregación; e incluso en el más alto nivel." Tal como planteó inicialmente el asunto, se trataba de una cuestión de conveniencia práctica y de justicia. Había una gravedad insólita en su voz cuando reflexionó, una tarde, sobre lo que él veía como la indecorosa dependencia en que se hallaba la Iglesia frente a la profesión médica:

"Por un lado, la exigencia de alguna señal divina es muy razonable. Aunque nuestras investigaciones sobre el martirio o el heroísmo de las virtudes se lleven a cabo con toda la seriedad humana posible y nosotros tratemos sinceramente de alcanzar la certeza moral sobre la santidad del candidato, todas esas investigaciones no dejan de ser humanas y, por consiguiente, falibles. Es comprensible, pues, que el Santo Padre, antes de hacer uso de su poder supremo como doctor de la Iglesia, desee disponer de una confirmación que vaya más allá del nivel puramente humano. Eso es lo que está en la raíz de aquella exigencia, que sigue vigente en la legislación de la Iglesia: antes de que pueda tener lugar una solemne canonización, se requiere alguna clase de señal divina.

Sin embargo, uno puede preguntarse si esas señales deben ser milagros en el sentido teológico estricto o si deberíamos buscarlas en un nivel distinto. Por ahora, cerca del noventa y nueve por ciento de las señales que se piden son milagros de índole médica. Respecto a ese tema, han surgido una serie de interrogantes."

Esos interrogantes, tal como los resumió Gumpel, eran cuestiones por las que él y su cofrade jesuita Molinari han estado presionando durante más de una década dentro de la congregación.

En primer lugar, a medida que progresan los conocimientos en medicina, mengua el terreno de lo que la medicina no sabe explicar. Así, podría ocurrir que algunas curaciones que hoy no tienen explicación la tengan algún día. Como dice Gumpel, "se está haciendo cada vez más difícil asegurar con precisión qué es un hecho que va más allá de las .leyes de la naturaleza".

En segundo lugar, la creciente medicación de las sociedades occidentales hace más difícil juzgar con certeza que ninguna de las terapias, aplicadas en un caso determinado, ha sido la responsable de la curación. Si un paciente ha tomado varias clases de medicamentos, se debe demostrar que todos han fracasado en el intento de sanar al paciente. De modo análogo, en los casos en que han intervenido varios especialistas, cada uno de ellos debe atestiguar que no fue su intervención lo que produjo el imprevisto resultado. Valabek está trabajando en un potencial milagro de Holanda, atribuido a Titus Brandsma; pero el proceso se ha detenido en el nivel local porque uno de los médicos involucrados no se adhirió a la opinión de los otros, en el sentido de que la curación sea efectivamente inexplicable por la medicina.

En tercer lugar, la propia Consulta Médica se está volviendo más exigente en sus criterios. Sus exigencias en cuanto a equipos médicos, técnicas e informes exceden a menudo las posibilidades de los profesionales médicos de los países en vías de desarrollo. Así, como ya mencionamos antes, la Iglesia del Tercer Mundo se encuentra en desventaja a la hora de ofrecer unos milagros de curación verificables.

¿Qué debería hacer, entonces, la Iglesia?

Una solución parcial, propugnada desde hace tiempo por Molinari y Gumpel, es la de hacer extensivo el concepto de lo milagroso a los milagros físicos de naturaleza no médica. Un milagro de esa índole fue aprobado en 1975 para la canonización de Juan Macías (1585-1645), un fraile español de la Orden de los Dominicos, que murió en el Perú y fue beatificado en 1837. El milagro se produjo 309 años después de su muerte en su localidad natal, Ribera del Fresno, donde Macías era conocido como el Beato y considerado el santo patrono del lugar.

Las circunstancias fueron las siguientes: en la sala de la parroquia se servía cada noche la cena a los niños de un orfanato cercano y se invitaba también a las familias pobres a recibir una comida en la puerta; pero, la noche del 25 de enero de 1949, la cocinera descubrió que le quedaban sólo arroz y carne (setecientos cincuenta gramos de cada cosa) suficientes para la cena de los niños, aunque no para dar de comer a los pobres, y, ante esta situación, imploró ayuda al Beato y siguió cumpliendo con sus deberes.

De repente, advirtió que el arroz hirviendo se salía de la olla, de modo que puso una parte en una segunda olla y, luego, en una tercera. Durante cuatro horas siguió allado de la cocina, mientras la olla continuaba multiplicando el arroz. Se llamó a la madre del cura y también al cura mismo para que fueran testigos del fenómeno. Por la noche, hubo arroz y carne en cantidad más que suficiente para dar de comer a todos los cincuenta y nueve niños y aún quedaron sobras abundantes para los pobres. En total, veintidós personas presenciaron la milagrosa multiplicación; y, a pesar de haber estado hirviendo durante horas, la última cucharada de arroz estaba tan buena como la primera. Como la bíblica multiplicación de los panes y los peces, todos comieron cuanto quisieron. Afortunadamente para la causa, algunos de los convidados guardaron una parte del arroz, de modo que la congregación pudo examinado once años después. Los asesores no hallaron ninguna explicación natural del insólito fenómeno; lo cual, unido al tradicional milagro de curación, fue suficiente para canonizar a Macías.

Una dificultad obvia de los milagros no médicos es de orden técnico: el postulador debe encontrar en cada caso los expertos que confirmen a la congregación que se produjo un suceso extraordinario e inexplicable. Ésa fue la situación a la que se enfrentó Molinari en la causa de Victoria Rasoamanarvio (1848-1894), una mujer casada, venerada en Madagascar por haber conservado y enseñado el catolicismo en un período en que todos los misioneros habían sido expulsados del país. El milagro atribuido a su intercesión ocurrió en 1934 durante la estación seca. Una mujer incendió por descuido la alta hierba que crecía en los alrededores de su aldea; el fuerte viento propagó las llamas y ocasionó un incendio que amenazaba con destruir la comunidad entera. Un techo de paja estaba ya ardiendo cuando salió un joven catequista, alzando una imagen de Victoria e implorándola que salvara del fuego la aldea. En ese instante, cambió el viento y el incendio se extinguió.

Se hicieron fotografías del episodio, se recogieron los testimonios y, medio siglo después, se presentó la documentación a Molinari como prueba de un posible milagro. Molinari aprovechó la oportunidad como un experimento para demostrar un milagro físico de tipo no médico. Su mayor preocupación era la de encontrar a un experto que le proporcionara una opinión científica preliminar sobre la cuestión de si el cambio repentino de la dirección del viento contravenía las leyes de la naturaleza. Finalmente, se decidió por el jefe del cuerpo de bomberos italiano, un meteorólogo, que llegó a la conclusión de que, en su opinión, no había explicación natural de lo sucedido y presentó a su vez los documentos, en un encuentro internacional de bomberos, a un comité de expertos africanos y europeos. Ellos también consideraron que no existía ninguna explicación científica del incidente. Pero en la congregación no había ningún precedente de algo como la creación de un comité de bomberos y meteorólogos que pudiera funcionar de modo análogo a Consulta Médica. Más tarde, resultó que tampoco se necesitaba el milagro; desde la reforma de 1983, bastaba con un solo milagro, y Molinari, cuya principal responsabilidad era garantizar el éxito de la causa, propuso otro más convencional, de tipo médico. El 30 de abril de 1989, Victoria Rasoamanarvio fue beatificada en Madagascar por el papa Juan Pablo II.

En teoría, cualquier suceso inexplicable puede servir de material para un milagro no médico. El padre Eszer, por ejemplo, me llamó la atención sobre un milagro potencial atribuido a la beata Maria Crescentia Hoss (1682-1744), una monja franciscana de Kaufbeuren (Alemania Occidental) que tenía reputación de mística y sirvió de consejera espiritual tanto a los humildes como a los poderosos, incluidos el káiser Carlos VII y su esposa, María Teresa. Crescentia fue declarada venerable en 1801 y beatificada en 1900 por el papa León XIII. Habría de transcurrir, sin embargo, medio siglo más hasta que su postulador pudo presentar otro supuesto milagro para la canonización. El milagro fue el siguiente:

Durante la II Guerra Mundial, unos bombarderos aliados sobrevolaron en misión de guerra la ciudad de Kaufbeuren, una pequeña localidad al sur de Augsburgo. Su objetivo era trazar una línea de destrucción que incluía varias ciudades e instalaciones militares; entre éstas, una fábrica de dinamita y una pista de aterrizaje en los alrededores de Kaufbeuren. Hacía un día claro y sin nubes. Los ciudadanos podían ver las bombas asomando de los vientres de las fortalezas volantes. Rezaron a la beata Crescentia, cuyo cuerpo yace en un ataúd de vidrio bajo el altar mayor de la iglesia del convento, por la salvación de la ciudad. Sor Ancilla Hinterberger, sucesora lejana de Crescentia como madre superiora, me describió lo que ella y otros presenciaron:

"Los bombarderos sobrevolaban la ciudad con los portillos abiertos. Intentaban bombardear Kaufbeuren, pero no lo lograron. No podían ver la ciudad a pesar de estar directamente encima de ella. Desde abajo se veían claramente las bombas colgando de los aviones. Pero ninguna cayó. No sucedió nada. Kaufbeuren se salvó."

Se recogieron las declaraciones de los testigos, aunque no se pudo reunir la documentación necesaria hasta 1983, cuando se abrieron los archivos militares de Estados Unidos y de Alemania Occidental. De los americanos, el postulador recogió los informes de pilotos y tripulantes y verificó la finalidad de la misión; de los alemanes obtuvo informes que corroboraron aquellos. Esa información se presentó a su vez por separado a la sección histórica del Ministerio de Defensa alemán y a expertos de las fuerzas aéreas alemanas. Entre otras cosas, estos expertos recabaron opiniones de meteorólogos sobre la posibilidad de un espejismo, y de militares sobre la posibilidad de que los giroscopios funcionasen mal. Entrevistaron incluso a algunos de los pilotos supervivientes de bombarderos estadounidenses. En el otoño de 1988, Wilhelm Imcamp, el vicepostulador local, recibió la respuesta. "Hicimos investigar ese hecho y no es ningún milagro -dijo-. Los expertos nos dijeron que puede explicarse por causas naturales, así que no se lo tiene ya en consideración."

Eszer quedó decepcionado. Pero tenía otro milagro prometedor de tipo no médico, relacionado con una causa suiza. El milagro potencial le había sucedido a un montañista que sobrevivió a una caída en la que todos sus camaradas perecieron. Se rompieron todas las cuerdas, menos la suya tras invocar al siervo de Dios. El postulador ha solicitado opiniones de geólogos y de expertos guías de montaña: "Si ellos están de acuerdo en que fue algo milagroso, tal vez tengamos un proceso de milagros."

El milagro ¿debe ser de naturaleza física? Sobre ese punto, los hacedores de santos se encuentran divididos. Molinari opina que, en la búsqueda de señales divinas en apoyo de beatificaciones y canonizaciones, la Iglesia debería aceptar también los "milagros morales", es decir, las gracias extraordinarias que producen una transformación moral o espiritual.

El argumento en favor de los milagros morales es particularmente adecuado para el caso de Matt Talbot (1856-1925), personaje muy conocido entre los católicos irlandeses y los estadounidenses de origen irlandés. Talbot era un obrero portuario iletrado de Dublín que, antes de cumplir los treinta años, se liberó del alcoholismo y se convirtió a continuación en una especie de asceta obrero; ayunaba, rezaba y -cosa que ignoraban incluso los pocos amigos que tenía- llevaba cilicios debajo de la ropa de trabajo. Cuando murió, era un desconocido; pero su historia cautivó la imaginación irlandesa (excepto lo de los cilicios, que los irlandeses siguen considerando un poco excesivo) y, en 1975, el papa Pablo VI lo declaró heroicamente virtuoso.

Al igual que Pablo VI, el papa polaco ha declarado que desea beatificar a Talbot como santo de la clase obrera y, lo que no es menos importante, como un ejemplo de cómo la oración y la mortificación de la carne pueden vencer la dependencia del alcohol. Talbot es un personaje popular en Irlanda y en Polonia, donde el alcoholismo es un problema social importante. En Estados Unidos existen varios clubes de Matt Talbot y centros de rehabilitación de alcohólicos. El postulador romano de Talbot, Dermot Martin, me dijo que tiene más de mil testimonios; según los cuales, la intercesión de Talbot logró ayudar a maridos alcohólicos a renunciar a la bebida, salvando así familias y matrimonios.

Hay, por tanto, pruebas abundantes de los poderes intercesorios de Talbot. Pero, hasta ahora, Martin no ha logrado convencer a la congregación de que acepte tales pruebas como milagrosas. El problema es, desde luego, que el alcoholismo es cuestión de perseverancia y fuerza de voluntad más que de curación física. "Suponga que los consideramos milagros -le argumentó a Martin uno de los más altos funcionarios de la congregación- y suponga que invitamos a la ceremonia de beatificación a uno de esos alcohólicos rehabilitados, y suponga luego que, la noche después, emocionado de tanta atención, el hombre sale por ahí y se emborracha; ¿dónde queda, entonces, el milagro?"

Eszer comparte la misma opinión.

-Si hay una recaída no hay curación. Es sabido que un alcohólico puede emborracharse con un solo vaso de cerveza o con una copa de coñac. Pero, si un hombre se curase de tal manera que pudiera tomar un vaso de vino o de cerveza sin emborracharse, eso sí que sería un milagro.

-Sí, pero no sería un milagro moral, sino físico -objeté.

-Por supuesto. En ese punto somos muy rigurosos, pero es necesario. Incluso ahora los críticos de la congregación dicen que somos una fábrica de milagros. ¿Qué dirían si admitiésemos los llamados milagros morales?

-o sea que está usted en contra de los milagros morales.

-Por varios motivos. Primero, en los milagros morales no hay más que un testigo, el individuo que afirma que ha experimentado un cambio. ¿Y si miente? No conozco ningún sistema legal en el mundo que acepte como prueba conclusiva la declaración de un solo testigo. Segundo, estoy en contra de los milagros morales porque los que realizó Jesucristo no son solamente morales, sino milagros físicos. No encontrará ni un solo milagro, en todo el Nuevo Testamento, que pueda llamarse un milagro moral. El verdadero milagro es que una persona recupere la salud, o cualquier otra señal física.

También los asesores médicos están en contra de los milagros morales; se sienten muy orgullosos de suministrar a la Iglesia pruebas de lo milagroso y creen firmemente que los milagros de curación no cesarán nunca de producirse, no importa cuán lejos lleguen los avances de la ciencia. En particular, el doctor Cortesini ve las curaciones milagrosas como una continuación en los santos de los milagros de curación obrados por Jesucristo mismo: "Lo que vemos son los mismos milagros que los que leemos en el Nuevo Testamento; la gente se cura de padecimientos físicos. Yo siempre recuerdo esos precedentes bíblicos cuando estoy juzgando una causa. Hay que remontarse a la Biblia para encontrar algo comparable."

El padre Gumpel admite que el sistema actual tiene ciertos méritos, y reconoce: "En el nivel puramente jurídico y administrativo, es más fácil obtener un juicio de expertos, en los campos de la medicina o de otras ciencias naturales, que puedan declarar que un determinado fenómeno atribuido a un candidato no tiene explicación natural. Confirmar la existencia de los llamados milagros morales, en cambio, es muy difícil."

Insiste, sin embargo, en que la Iglesia "podría y debería abandonar las pruebas de milagros físicos y confiar más en la ciencia divina, expresada en la opinión de que muchas gracias se conceden a través de la intercesión del siervo de Dios. Si los obispos de un país declarasen que hay docenas o centenares de testimonios de personas serias que afirman que, tras invocar al siervo de Dios, sus oraciones han sido atendidas, una declaración tal sería directamente de la competencia de la Iglesia y podría considerarse una señal de la obra divina, suficiente para permitirnos beatificar o canonizar al candidato".

En suma, para Gumpel lo fundamental es más una cuestión de principios que de conveniencia práctica. Limitando la noción de milagro a las curaciones inexplicables, la Iglesia permite efectivamente que la medicina científica usurpe su propia competencia de interpretar las señales divinas; y, con ello, pierde de vista las dimensiones morales y espirituales de lo milagroso, que son mucho más amplias que las de los milagros físicos. La solución que propone Gumpel es, en consecuencia, reafirmar las prerrogativas de la Iglesia revitalizando la noción de "ciencia divina".

LA NECESIDAD DE LOS MILAGROS: EL DEBATE INTERNO

Más de setecientos cincuenta años han transcurrido desde que el papa Gregorio IX estableciera, con motivo de la canonización de san Antonio de Padua, el principio de que ni las virtudes sin milagros ni los milagros sin virtudes representan una base suficiente para canonizar; y la Iglesia había de ser juez de ambos. Pero, en los debates internos que condujeron a la reforma de 1983, se volvió a plantear la cuestión de la necesidad de los milagros.

Para Molinari, la cuestión inmediata estaba en si la Iglesia retrasaba innecesariamente el acabamiento de las causas, privando así a los creyentes de ejemplos contemporáneos de santidad cristiana, al insistir en la exigencia de varios milagros demostrables. "Esos asesores médicos y especialistas que ofrecen sus servicios profesionales se asombran igualmente cuando han alcanzado, tras el examen más exigente y riguroso, un veredicto favorable y se les dice luego que aún hacen falta pruebas semejantes de otras curaciones." Parece que este argumento de Molinari fue convincente, dado que la reforma redujo a la mitad el número de milagros requeridos.

Pero Molinari y Gumpel quieren ir más lejos: no ven ningún motivo de por qué la Iglesia ha de continuar exigiendo milagros médicos o tan siquiera físicos para beatificar o canonizar a un siervo de Dios. Ellos creen que sería suficiente que el candidato goce de una sólida reputación de santidad, debidamente investigada por la congregación, verificada por pruebas de martirio o de virtudes heroicas y ratificada por una solemne declaración papal.

Esa posición se halla desarrollada en un largo y apasionado ensayo, en el cual Molinari revisa la historia y la teología de la creación de santos, con vistas a la posibilidad de acabar con la dependencia de los milagros como señales divinas confirmatorias para la beatificación y la canonización. En la Iglesia primitiva, arguye Molinari, los milagros "no estaban relacionados de ninguna manera con el culto de los santos". Sólo en la época de los merovingios y carolingios (415-928), cuando "todos, tanto los clérigos como los creyentes ordinarios, mostraban una notoria credulidad y avidez de historias milagrosas", comenzó la Iglesia a dar importancia a lo milagroso. "Era, por lo demás, una época en que la historiografía no se regía en absoluto por criterios críticos ni científicos; mientras que la calidad de la investigación médica no sólo era rudimentaria, sino que apenas podría decirse que existiese." Pero, incluso entonces, y a lo largo de los siglos siguientes, insiste Molinari, lo que más interesaba "no eran, de hecho, los milagros como tales, sino la reputación de obrar milagros". Sólo en los últimos cuatro siglos, con la evolución de los procedimientos formales de canonización, el criterio de los milagros demostrados llegó a formar parte del proceso de creación de santos.

Sólo que no es necesario que se continúe así, arguye Molinari. Desde el punto de vista teológico, la verdadera "señal divina" es, en cada causa, la reputación de santidad implantada en los creyentes y manifiesta en la admiración, devoción e invocación al santo en solicitud de favores. Molinari se apresura a añadir que no se trata de un fenómeno meramente natural. Una vez que la "investigación científica" haya establecido el hecho del martirio o de la virtud heroica, el siervo de Dios debería ser beatificado o canonizado sin exigir adicionales intervenciones de Dios en forma de milagros. Si pueden presentarse milagros obrados por la intercesión del candidato, muy bien, habrá que investigados y verificados; pero exigir tales milagros es "excesivo y carente de justificación", sobre todo a la luz del "desarrollo de la historia como ciencia a lo largo de los dos últimos siglos". Así pues, concluye, la congregación debería volver a la actitud de la Iglesia primitiva hacia los milagros y reformar sus procedimientos en consecuencia:

"No creemos que sea necesario ni conveniente exigir una señal divina especial aparte de la reputación de santidad de un siervo de Dios (...). Una reputación de santidad verdaderamente extraordinaria debería ser también prueba suficiente de la intervención divina en favor de la beatificación o la canonización de un siervo de Dios cuyo martirio o virtudes heroicas están ya lo suficientemente demostradas."

En otras palabras, las únicas ciencias necesarias para la creación de santos son la teología y la historia, y la reputación de santidad es la única confirmación que se necesita de parte de Dios.

Dado que Molinari es uno de los más influyentes entre los hacedores de santos, su ensayo, publicado por primera vez en 1978, causó profunda impresión; en especial, entre su cofrades jesuitas. La publicación del artículo coadyuvó a un malentendido ampliamente difundido, según el cual por lo menos "los jesuitas" no consideran ya necesaria la prueba de milagros para concluir un proceso; malentendido que, en cierta ocasión, estuvo a punto de impedir la beatificación de uno de los héroes jesuitas más populares de los tiempos de la guerra.

Rupert Mayer (1897-1945) podría haber muerto como mártir si los nazis se lo hubieran permitido. En su juventud se hizo jesuita, en un período en que la orden había sido puesta fuera de la ley por el Estado anticlerical prusiano. Participó como capellán en la I Guerra Mundial, perdió la pierna izquierda y fue el primer sacerdote católico romano condecorado con la Cruz de Hierro. En los años veinte y treinta, trabajó en Munich como párroco del centro urbano, predicando, bautizando y ocupándose del Movimiento de Vida Cristiana, enormemente popular en la ciudad. Extendió su labor también a las cervecerías, encontró una vez a Adolf Hitler y, de ahí en adelante, denunció el movimiento nazi como anticristiano, en parte, según decía, por su carácter antisemita; fue detenido dos veces por sus sermones subversivos y, finalmente, lo internaron en el campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Berlín. Sin embargo, cuando empezó a declinar su salud, los nazis lo confinaron en un convento benedictino de Baviera y le ordenaron guardar silencio: preferían un adversario silencioso a un mártir molesto. Mayer vivió aún lo bastante para encabezar la primera procesión de Corpus Christi de la posguerra por las calles de Munich. "Así, un jesuita abatido y exhausto, un viejo jesuita de una sola pierna, ha sobrevivido al milenio nazi", comentó.

Durante los años siguientes a su muerte, la grey de Mayer no lo olvidó. Cada día, entre seis mil y diez mil personas visitaban su tumba en el centro de Munich, y tal afluencia no menguó a lo largo de cuarenta años. Fue declarado venerable en 1983 y, en 1985, la causa de Mayer contaba con una lista de ciento cuatro milagros potenciales atribuidos a su intercesión. Y al menos uno iba a hacerle falta: Juan Pablo II tenía previsto para dos años después un viaje a Alemania, el mismo que lo llevaría a Colonia para beatificar a Edith Stein. Pero, cuando Molinari le pidió al vicepostulador jesuita de Munich los documentos comprobatorios de alguno de los milagros de Mayer, resultó que no existían. El vicepostulador había pensado que el debate sobre la necesidad de los milagros era algo más que eso; así que supuso que sólo se necesitaría ya la reputación de obrar milagros, y a sabiendas de que ésa era también la opinión del propio Molinari, decidió que no hacía falta investigar los casos prometedores. "Yo le había dicho muchas veces que la ley que exige milagros seguía aún en vigor -recordó Molinari-, pero él se basó en la suposición de que el cambio era inminente. O sea que no teníamos milagro."

Había, sin embargo, unas veinte mil plegarias atendidas; ¿no podían considerarse éstas, se pensó, prueba suficiente de la intervención divina? En otras palabras, ¿no podía el papa dispensar a Mayer de la exigencia de un milagro demostrado, como ocurrió con Kateri Tekakwitha? Eszer, entre otros, se opuso resueltamente a toda dispensación. "La gente diría que los alemanes compraron la beatificación con su dinero", argumentó.

Se envió a Gumpel a Munich para ver qué se podía hacer. Un médico italiano revisó los posibles milagros y halló uno de Alemania del que se podía conseguir la documentación médica. Dado que se trataba de un prominente ciudadano de una región protestante en su mayoría, lo trasladaron en avión a Roma, por petición propia, para someterlo a una investigación médica confidencial. Como el tiempo escaseaba, se formó una comisión de emergencia, integrada por tres teólogos -entre ellos, Eszer-, para juzgar el milagro. Finalmente, éste fue aceptado, y el 3 de mayo de 1987, cien mil alemanes asistieron en el Estadio Olímpico de Munich a la beatificación de Mayer por el papa.

Para Eszer, el incidente no es más que otra confirmación de que los milagros médicos no sólo son posibles, sino necesarios para la creación de santos. Eszer rechaza el argumento de que los asesores teológicos han llegado a depender excesivamente de Consulta Médica. "El problema es que muchos católicos no creen ya en la posibilidad de obtener favores de los santos o de los siervos de Dios; los milagros se han convertido en un estorbo para los católicos de muchos países, como Alemania o Francia y, también, Estados Unidos, de donde viene usted. Pero yo creo que el verdadero problema está en que muchos teólogos no creen ya en los milagros de Jesucristo. Siempre andan escribiendo esas sandeces."

En 1987, Eszer entró oficialmente en el debate sobre los milagros con un no menos apasionado ensayo suyo, publicado en un volumen colectivo recopilatorio de artículos y ensayos en honor del cardenal Palazzini y editado, casualmente, por Gumpel. Su propósito no sólo era refutar a Gumpel y a Molinari, sino defender la idea misma del milagro contra cualquier tipo de incredulidad.

Poner en cuestión los milagros, argumenta en el texto, no es sólo poner en cuestión a los santos, sino a Jesucristo mismo. Ciertos exegetas bíblicos (a quienes no nombra) quisieran reducirlo a "una especie de psicoanalista que se dedicaba exclusivamente a curar afecciones psicogénicas"; ¿hemos de concluir, por tanto, que Jesucristo "pretendía poseer unos poderes que no existían y que en épocas posteriores no se considerarían extraordinarios"?

Eszer, a continuación, cita el dicho de que "Dios hace milagros para ayudar a los hombres, no para ofrecer pruebas en las causas de beatificación y de canonización", y añade: "Es un comentario ingenioso. Pero Dios Todopoderoso puede muy bien conciliar el fin primario de un milagro con el secundario, considerando el hecho de que Él es también infinitamente sabio. La Divina Providencia no se limita en su acción a un solo fin."

En relación con los testimonios de la ciencia, dice que quienes afirman que, a la luz de la ciencia moderna, los milagros son imposibles, sólo se hacen eco de las opiniones desfasadas de Newton y de Karl Marx. La física moderna ha demostrado que las leyes de la naturaleza no son deterministas, sino que funcionan conforme a las leyes de la probabilidad matemática. En la nueva física, desde Max Planck en adelante, la indeterminación del universo deja un amplísimo margen tanto a la libertad humana como a la intervención divina.

Como contestación a los argumentos históricos del Molinari, Eszer argumenta que san Agustín, entre otros cristianos notables de los últimos años de la antigüedad romana, desconfiaba de los milagros sin pruebas. Además, los médicos de los siglos III y IV "eran perfectamente capaces de distinguir entre una curación normal y un verdadero gran milagro". Más adecuadamente, arguye que los no mártires no habrían gozado de una veneración duradera por parte de los creyentes si no hubiera sido por los milagros producidos gracias a las plegarias oradas ante sus tumbas. Si la Iglesia ha de volver a sus orígenes, debe reafirmar la necesidad de los milagros como señales divinas de los poderes intercesorios del candidato.

En apoyo de sus argumentaciones, cita a Benedicto XIV sobre la necesidad de los milagros, especialmente para los no mártires. Reitera que los testigos contemporáneos que atestiguan las virtudes del candidato pueden desconocer el relajamiento de éste en lo privado. Es precisa, por tanto, la confirmación en forma de milagros, porque "únicamente a Dios no engaña nadie".

Eszer no se deja impresionar por el argumento de Molinari respecto a que la Iglesia debería conformarse con que el candidato tenga reputación de haber obrado muchos milagros. Tal reputación puede efectivamente revelar la mano de Dios, pues, sin tal fama de divinos favores, "un creyente en grave peligro no recurriría a la intercesión del siervo de Dios"; pero la reputación por sí sola no es prueba suficiente de santidad, ya que lo que se comprueba en cada caso es meramente un favor divino otorgado al individuo y los milagros, en cambio, añade Eszer, son señales divinas destinadas a toda la comunidad de la Iglesia y no al beneficio de particulares, por lo que deben ser "confirmados por la autoridad que guía a la comunidad [el papa] y disfruta de la protección del Espíritu Santo, que lo salva de incurrir en error".

En cualquier otra institución, un desacuerdo de esta magnitud sobre cuestiones fundamentales de teoría y práctica se trataría de manera oficial, se estudiaría y se resolvería; pero la Congregación para la Causa de los Santos no dispone de ningún comité permanente de estudios, de modo que el debate sobre los milagros continúa sin resolver. Gumpel vaticina que, tarde o temprano, los cardenales y obispos de la congregación llamarán a una revisión formal, y es probable que recaben las opiniones de las conferencias nacionales de obispos del mundo entero. Pero sólo el papa puede autorizar tal revisión, y a juicio de los hacedores de santos, Juan Pablo II no está muy inclinado personalmente a iniciar ese referéndum histórico. El papa ha autorizado ya una reducción del número de milagros exigidos, y en parte es gracias a ello que ahora está beatificando y canonizando a un ritmo de récord.

También está la cuestión de los precedentes. La creencia en los milagros de intercesión -"los milagros fingidos de los papistas"- fue uno de los principales blancos de los ataques de los reformadores protestantes, en tal grado que la Contrarreforma anatemizó, en el Concilio de Trento, a cualquiera que osara negar que los milagros existen y que "pueden verificarse con toda certeza". Como hemos apuntado en el capítulo anterior, los milagros fueron una importante arma apologética de la Iglesia católica en el siglo XIX y, a principios del siglo XX, el papa Pío X, canonizado él mismo en 1954, incluyó la incredulidad ante los milagros entre los males de las ideas que denunciaba colectivamente como "modernismo". El problema al que deberá enfrentarse cualquier papa será, pues, el de hallar la manera de reafirmar lo milagroso, decretando al mismo tiempo que los milagros dejen de exigirse para la creación de santos. Desde el punto de vista teológico, eso no sería difícil; pero la creación de santos no es un ejercicio de teología, sino que depende de la respuesta de los creyentes y, sobre todo, de su disposición a solicitar la intercesión del candidato ante Dios. ¿Rezarían los católicos, incluidos los de la Italia meridional, a los siervos de Dios en tiempos de necesidad si no esperasen milagros?

Plantear ese interrogante equivale a darse cuenta de que el debate sobre los milagros, en último análisis, no tiene nada que ver con la ciencia ni con la naturaleza de las señales divinas. El problema es más fundamental: los santos ¿son principalmente intercesores ante Dios, en cuyo caso la capacidad de obrar milagros sería parte de su función; o son esencialmente ejemplos de virtud cristiana, y se podría así prescindir fácilmente de la exigencia de milagros?

Acude a mi mente Inocencio XI, enterrado debajo del altar de Bernini. En otros tiempos, ese papa gozaba de una viva reputación de santidad y tenía en su haber, efectivamente, dos milagros atribuidos a su intercesión. Pero ¿quién invoca hoy su ayuda? Con tantos otros santos entre los que elegir, ¿a quién le importa Inocencio XI? ¿En qué sentido puede afirmarse que conserva, al cabo de dos siglos y medio, una reputación de santidad? Y si alguien invocase su nombre y se curase, ¿qué significaría esa "señal divina" para los cristianos contemporáneos? Por otra parte, ¿es el oficio del historiador realmente lo bastante "científico", como afirma Molinari, para demostrar que una reputación de santidad se basa verdaderamente en una vida de virtud heroica?

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