Gracias a Dios, ¡nos fuimos!
Opus Dei: ¿un CAMINO a ninguna parte?

El Opus Dei: una interpretación
El Opus Dei: Una interpretación
Autor: Alberto Moncada
Índice
Introducción
I. El Opus Dei y los negocios
II. El Opus Dei y la política
III. El Opus Dei y la Iglesia Católica
IV. Propósitos y actividades del Opus Dei
V. Las reglas del juego
VI. El fundador
Epílogo, dos años después
FIN DEL LIBRO
 
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EL OPUS DEI: UNA INTERPRETACIÓN
Autor: Alberto Moncada

EPÍLOGO: DOS AÑOS DESPUÉS

Al releer el documento que antecede, escrito hace dos años en circunstancias emocionales claramente advertibles en su lectura, pensé que necesitaba un epílogo. Algo que fuera una mezcla de actualización del tema, desde mi óptica presente, y de respuesta a los juicios que han hecho sobre él las muy variadas personas que lo han leído.

En la primavera de 1972, con ocasión de otro episodio de mi biografía, tomé contacto con la Iglesia oficial, la que administra el catolicismo español. El motivo era tratar de resolver uno de esos pleitos de nulidad matrimonial en que desembocan ya bastantes matrimonios contraídos por la clase media española. El asunto llevaba tres años en manos de abogados y curiales y los protagonistas habían reconstruido su vida afectiva y pretendían también legalizarla.

De la mano de un clérigo amigo, penetré en el mundo de las oficinas eclesiásticas y lo que vi fue cualquier cosa menos un interés real por las personas afectadas. Allí todo el mundo tenía una obsesión monocorde por el mantenimiento del vínculo, fueran cuales fueran las circunstancias del caso, y algunos planteamientos eran cómicos, aunque la mayoría eran trágicos. Porque no parecía que a nadie le importase mucho la protección real de los intereses en juego, afectivos o económicos, de los cónyuges o de los hijos, sino cuestiones de fidelidad a los vínculos, planteadas en términos de intenciones, propósitos y consumaciones. Después de diferentes gestiones, un presbítero experto me aconsejó la inversión de cuatrocientas mil pesetas, cantidad con la cual él creía poder acortar trámites y obviar cerrazones, resolviendo la nulidad en un plazo corto.

Me pareció inapropiada la fórmula, que, por otra parte, incrementaba de manera imprevista los gastos del subsiguiente matrimonio, haciéndolo poco recomendable para gentes de salario medio. Acudí por último a la máxima jerarquía eclesiástica, quien se dolió de que la escasa ayuda del Estado le impidiera montar una Curia matrimonial eficiente, similar a las que en otros países resuelven estos asuntos con más prisa, espoleadas sin duda por la libertad civil de los católicos, que pueden acudir a los tribunales ordinarios sin verse presionados por sus gobiernos a confiar a los eclesiásticos este tipo de conflictos. El asunto me dio que pensar, escribí un largo artículo sobre el tema, juzgado como interesante pero impublicable por varios periodistas, y me dispuse a esperar para cuando la sociedad española tenga la oportunidad de secularizar, es decir, civilizar, la legislación matrimonial.

¿Una iglesia nueva o la misma potestad de dominio?

Comentando el episodio con uno de los más conocidos clérigos modernistas, de los que afirman que la Iglesia está cambiando para bien, le comuniqué que francamente no veía diferencia alguna entre el catolicismo de la Obra y el otro. Ambos, en mi opinión, tratan de ejercer potestades de dominio sobre sus fieles, y cuando no lo consiguen apelando a las conciencias lo intentan participando en las estructuras de poder. El citado clérigo se enfadó mucho, alegando que el "malo" era Escrivá y los buenos los "suyos"; y yo, como casi siempre, comencé a reflexionar y a escribir. Esto de ponerse a escribir como reacción frente a los traumas parece que está muy generalizado. No hace mucho un biógrafo inglés de Newman me contaba que los mejores frutos de la pluma del converso fueron productos de vividos enfados resultantes de sus viajes a Roma.

Pero esta vez mi propósito, después de leer a varios de los sociólogos de la religión, era averiguar qué cantidad de comportamiento humano se debe a las creencias religiosas, a esa interpretación mítica de la realidad que recibimos, en el mismo contexto educativo, de quienes nos abren los ojos a la vida. No parece posible negar que gran parte de los españoles de clase media que pasamos de los cuarenta años hemos sido "socializados" con un componente religioso bastante importante, del cual es punto menos que imposible desprenderse. Averiguar cómo influye tal componente en las ideas y en la andadura vital de esa generación parece una empresa bastante atractiva, a tenor de la cantidad de veces que el tema aflora en entrevistas, reportajes y literatura de costumbres.

La confesión religiosa parece que es un accidente del nacimiento, tan dependiente de éste como la forma de comer y vestir. Es decir, que la probabilidad es muy fuerte de que un señor de El Cairo sea mahometano, otro de Hamburgo luterano y el nacido en Burgos católico. Pero parece que todos, en la medida en que afirmen esa religiosidad, tienden a aceptar la existencia de un poder cósmico, con un dominio definitivo sobre las circunstancias de la vida humana y con el que conviene estar "a bien", principalmente porque su dominio alcanza incluso a conseguir la supervivencia de los individuos después de la muerte.

La Iglesia como sistema de poder.

La diferencia en el caso del señor de Burgos, común a todos los católicos, es que su religión es institucional, es decir, está organizada como un grupo al que se pertenece y en el que se acepta la existencia de personas especializadas y legitimadas para definir criterios y comportamientos y ejercer diversos controles sobre los miembros de la institución.

Tal carácter institucional de la Iglesia católica, fuente permanente de conflictos con otras organizaciones a las que también pertenecen sus fieles, ha estado hasta hoy visiblemente incorporado a la convivencia española, hasta convertirse en nota constitucional de su régimen civil. Porque la confesionalidad, en estos términos, no es sino la obligación que asume el legislador civil de aceptar como válidos los criterios del legislador eclesiástico.

Y si esto no parece que tenga mayor importancia en los llamados principios de la fe, que podrían pacíficamente homologarse con las declaraciones programáticas, las exposiciones de motivos que las leyes españolas suelen contener, muy otro es el caso con los asuntos que los eclesiásticos califican de "moral y costumbres", en los que también reclaman competencia. A esta presencia de la institución en los mecanismos gubernativos del país se añaden el acusado color religioso del ritual social, las fiestas, los símbolos, el lenguaje, etc., y la existencia de lugares eclesiásticos, como las curias, las escuelas, los establecimientos benéficos y tantos otros componentes del patrimonio de la Iglesia donde sus dirigentes ejercen diversos modos de gestión sobre personas y cosas.

Paralelamente, el mundo eclesiástico ha venido siendo asimilado por las estructuras sociales del país, a las que legitima "sacralizando" sus mecanismos y sus realizaciones. La armoniosa trabazón de la organización eclesiástica con la burguesía catalana y vizcaína, o con la aristocracia campesina, deja paso a la actual penetración de reivindicaciones laborales en los nuevos cauces apostólicos. Con lo cual se justifica la sospecha de que la pretensión principal de los eclesiásticos es ser tenidos en cuenta y mantenerse socialmente relevantes en el entramado de la convivencia.

Hace ya tiempo, un viejo profesor de Ciencia Política de Wisconsin me confesó que él había dejado de ser católico en los años 40, por dos razones: por su repugnancia a aceptar juicios de valor en cuestiones de doctrina política y por la posición del Vaticano en la guerra civil española. La tradición de separación de la Iglesia y el Estado, con la que se han cancelado este tipo de alianzas en culturas distintas a la nuestra, no puede aplicarse en España mientras no evolucionen las legitimaciones políticas de nuestro sistema.

Parece obvio que hoy se gobierna al país en razón de una victoria militar producida hace más de treinta años, sobre la que los eclesiásticos edificaron una influencia cultural posterior tan importante por lo menos como la conseguida por los banqueros en la recomposición económica de la posguerra. Y mientras el régimen no ha conseguido, y quizá no lo haya pretendido, modificar sustantivamente la infraestructura capitalista en la que nos alojamos, su caparazón ideológico sigue albergando, entre otros componentes, a veces contradictorios, la "confesionalidad" religiosa.

La presente tensión Iglesia-Estado es precisamente una consecuencia de que, desde el lado de acá, se protesta contra una variación de actitudes eclesiásticas que ya no coinciden tanto con las existentes en aquellos tiempos y que hicieron posible la redacción del Concordato vigente. En ese contexto, la espiritualidad del Opus Dei representa paradójicamente la sustancia del catolicismo español del 18 de julio, la interpenetración de poder civil y el religioso, débiles ante el entramado de los intereses económicos capitalistas e incapaces de modificarlos, no ya en los términos del socialismo que perdió la guerra sino ni siquiera en los del sindicalismo fruto de la victoria militar. Pero firmes en una interpretación cultural homogénea del talante español y las esencias patrias. Por eso, Escrivá siempre ha sido partidario de una posición vigorosa del Estado español, cuya religiosidad básica él considera la válida, frente a las veleidades político-sociales de la Curia romana.

El catolicismo barroco de monseñor Escrivá.

Es por ello interesante preguntarse por la razón de la "cancelación" de los miembros de la Obra en la última crisis gubernamental. Mi opinión es que se trata de una íntima desconfianza, desde las lealtades más radicales del franquismo, hacia quienes, pese a su ejecutoria personal, tienen una cierta dependencia del Vaticano, por muy conflictiva que sea la relación entre Escrivá y la actual Curia.

Las gentes de la Obra, cuando han ejercido el poder político, el cultural o el económico, han apostado por las operaciones más modernas del capitalismo internacional, multinacionales e integración en la Europa empresarial incluidas, al tiempo que defendían y protagonizaban desde colegios, cátedras, libros y revistas el catolicismo institucional anterior al Vaticano II, tanto frente a la nueva hornada de eclesiásticos como frente a los que civilmente preconizan una modificación estructural de la convivencia española.

En este sentido creo que el Régimen, en sus más estrictos componentes sociológicos, ha sido bien servido por los hombres de la Obra y que el precio del servicio era justamente mantener las ortodoxias religiosas y culturales tradicionales, desempeñando en ellas el oficio de "censores".

El catolicismo barroco de Escrivá está claramente veteado por esa familiaridad con la Providencia y esa conciencia de cercanía a un Dios metido en los afanes humanos que poco menos que le lleva a instalar a Jesucristo y a su Madre en el quicio rector de la España del desarrollo cuantitativo. Su fe es tan diamantina que grita frente al altar cuando las cosas no le van bien y le pide a Jesucristo que se anime y haga "una de las suyas" para enderezar sus negociaciones vaticanas.

Mientras tanto, se alboroza con sus triunfadores -"A ti, hijo, un beso por ser director general, y a ti dos, por ser subsecretario"- en una especie de festival de potestades, donde por una nueva escala de Jacob suben y bajan del cielo ángeles custodios, ministros, gerentes de inmobiliarias y vírgenes, celebrando una nueva teofanía de éxitos. La mentalidad es la misma que la de una alta jerarquía que, en el verano de 1972, decía públicamente que el "franquismo" continuaría después de Franco porque Dios así lo quiere.

Esta confusión entre mito y realidad tiene bastante que ver con la permanente mezcla entre retórica y acción, propia de la cultura mediterránea. Una de las dificultades más importantes que tienen los observadores de otras culturas para entender la nuestra es su incapacidad para comprender la diferencia entre "hablar la vida" y "vivirla", tan afincada entre los pueblos ribereños del Mare Nostrum. Desde el "chauchau" de los azotes árabes, pasando por la tertulia y el teatro popular, hasta los "parlamentarismos" políticos, nuestras razas han sabido encontrar una compensación dialogante, retórica a las duras realidades de la vida, cuando sienten que uno no controla su propio sino.

Se puede estar dominado por la pobreza, por la sumisión a los más fuertes, a los más pragmáticos, pero no se renuncia a la afirmación verbal de uno mismo y de los valores que uno siente como válidos. Con frecuencia ello está mezclado con legitimaciones religiosas, con invocación a los dioses, a los poderes superiores cuyo esquema de la realidad es, "tiene que ser" el nuestro. Y esta mezcla de retórica y mito, en contraposición a la acción pragmática y utilitaria, es lo que defiende a tantos mediterráneos de la desesperación y la locura, en estos tiempos de cambio. Cuando nuestra cultura recibe el impacto de los planteamientos racionales de la modernidad fabricada por hombres del Norte, más fríos y más lógicos, que ponen su esperanza en la capacidad intelectual y en el análisis para entender y manipular la realidad, el hombre del Mediterráneo suele aceptar el nuevo esquema en beneficio de su bienestar, pero trata de preservar la actitud retórica y mítica que le tranquiliza. Se pueden aceptar las máquinas y las comodidades, pero no el talante iconoclasta que las acompaña.

Un balance negativo para las iglesias institucionales.

Escrivá, y con él los que apostaron a una reafirmación de "la España eterna" como consecuencia de la victoria militar, han mantenido esa actitud bifronte hacia las realidades del desarrollo industrial español. Pero así como las objeciones a este desarrollo que hacen los españoles socializantes son homologables con la "protesta" internacional contra esa nueva etapa del capitalismo, los hombres de la tradición sólo se duelen de la erosión que produce a los "valores" culturales y religiosos de la raza. Y mientras tanto, los verdaderos protagonistas, los que manejan los mecanismos del Estado industrial utilizando la fuerza de los unos para congelar las aspiraciones de los otros, van acompasando nuestro desarrollo a ese modelo estructural que contiene, como se comprueba en tantas latitudes, el germen de su propia descomposición y la paradoja de sus muchas contradicciones.

La interpretación religiosa de la realidad, para sociólogos como Berger, retrocede y se convierte en subcultura marginal, allí donde avanzan la industrialización y la urbanización. La religión se convierte así o en rito social, escasamente reflexivo, o en una reacción emocional con la que se arguye vitalmente frente a la sequedad metafísica de la racionalidad en la que la acción humana va descabalgando a las "primeras causas" y a los "dioses" gestores.

El balance es más negativo para las religiones institucionales que pierden las potestades y las plataformas civiles. Es interesante advertir la "invasión" ,por las religiones orientales de los lugares centrales de la civilización de consumo para desempeñar un cierto papel en las nuevas actitudes intimistas del sentimiento religioso occidental.

La Iglesia curial contra la mística; una actitud incongruente.

Al haber prevalecido en el cristianismo, y más aún en el catolicismo, las ortodoxias y las potestades, el mundo místico dejó de ser de interés para las Curias y ahora está siendo "capitalizado" por esos movimientos, más amigos de producir la pacificación de los espíritus y el desarrollo de modelos muy variados de contemplación y percepción extrasensorial, que de regir y gobernar. En el núcleo de esos movimientos se advierte, sin embargo, el mensaje de una cierta huida del mundo, de un desentenderse de los retos de progreso material y social que tiene la presente aventura humana. Pero al menos existe una congruencia de actitudes, que no se dan en las iglesias institucionales.

La idea de un Dios creador y gobernador que materializa su dominación a través de vicarios terrenales conlleva, en mi opinión, la fijación de un sistema cósmico completo e inalterable. Es un escenario donde seres humanos, biológicamente uniformes, repiten ad infinitum un mismo papel, con los eclesiásticos de apuntadores, para permitir que un número indeterminado de almas, cuantas más mejor, purificadas por el dolor de la existencia terrestre, consigan el acceso a otro escenario de dimensiones y circunstancias desconocidas.

Esta perspectiva, que explica la devaluación con que los eclesiásticos afrontan muchas veces las aventuras humanas, "instrumentalizándolas" en beneficio de la persistencia de tal mito, no tiene ya sitio en la cultura contemporánea. Y menos administrada en términos de infalibilidades, condenaciones e intromisiones.

El descrédito de la "Iglesia triunfante".

Basta asomarse a los presentes horizontes de la biología molecular, de la física poseinsteiniana, de la astronomía; tomar nota de las actuales averiguaciones sobre la naturaleza del cerebro y sus mecanismos; comprobar los diagnósticos estadísticos sobre el comportamiento colectivo; en una palabra, participar en los avances científicos, para comprender que a un concepto estático e inmodificable de la realidad corresponde otro dinámico y manipulable en el que el hombre no se siente ya un ser "fatalizado" sino un animal evolucionado que comienza a controlar sus circunstancias y que, sobre todo, tiene la esperanza de que, milenios adelante, el control será mayor y hasta puede producirse un salto cualitativo en la especie que permitirá el acceso a dimensiones de la realidad actualmente inasibles.

Frente a esta perspectiva, una nueva estrategia eclesiástica es dolerse del deterioro ético que acompaña a tal progreso y tratar de convertirse en conciencia moral del mismo. Pero esta nueva afirmación de relevancia tropieza también con obstáculos. Los principales nacen de la falta de credibilidad de una Iglesia, históricamente asociada con estructuras de dominación, que plantea la moralidad en términos individuales, de motivaciones, de reforma del corazón del hombre, al que tiene por intrínsecamente pervertido. La ética moderna, más optimista, recibiendo de las nuevas ciencias el mensaje del condicionamiento biológico y social del hombre, se preocupa más por identificar las estructuras de la convivencia que favorecen la agresividad humana y trata de cancelar cualquier tipo de moralidad abstracta.

La vía del Opus: hacia una subcultura marginal y hacia el "culto de la personalidad".

Recuerdo muy bien a un joven "aprista" que me preguntaba en Lima cómo era posible que la clientela de la Obra, extraída básicamente de la burguesía de las haciendas y las empresas del Perú prerrevolucionario, fuese capaz de conciliar su vocación de perfección cristiana con una cerrazón notoria ante las exigencias éticas del subdesarrollo. Pero así como gentes jóvenes del mundo eclesiástico, a riesgo de una incómoda confrontación con sus autoridades, están reflexionando y dialogando sobre esas contradicciones del catolicismo, en el Opus Dei hay una renovada seguridad en los viejos criterios que le lleva a desechar violentamente cualquier género de autoanálisis y autocrítica.

Para ello se hace preciso construir una subcultura marginal donde sólo se puede estar cómodo al precio de la aceptación incondicional y de la negación sistemática de toda duda. Hacer esto siendo ciudadanos corrientes y estando expuestos a la "contaminación ideológica" requiere un reforzamiento de la fe en el jefe, que es justamente lo que se produce. Recuerdo que R. C., la persona con la que más frecuentemente discutía yo estos temas, en el curso de una conversación me dijo que cuantas veces yo necesitara su apoyo y consuelo, él estaba dispuesto a ocuparse de mí, pero que si se trataba de poner en entredicho el mensaje de Escrivá, me mandaría (sic) a hacer p...

Para terminar, creo que, con independencia de las lucubraciones que aquí hago sobre los signos de los tiempos y que, como cualquier dictamen, gustosamente someto a otro mejor fundado, el tema de la Obra es interesante, desde mi actual perspectiva, sólo en su sentido dramático. Como novela de costumbres donde afloran los conflictos pasionales en una de esas aventuras "totalizantes" a las que los hombres apuestan con fuerza.

La estrategia de la muerte civil.

Me parece fascinante el espectáculo de personas que se encierran en sí mismas y en sus soliloquios de grandeza y lanzan sobre otros, incluso amigos y compañeros hasta anteayer, las más feroces diatribas, tratando en ocasiones de promover la "muerte" civil de los disidentes. Las historias de tantas gentes que, a fuerza de recorrer un camino de dolorosa "averiguación" personal, han optado por romper con su pasado, son estremecedoras. Ante su conducta, las autoridades religiosas -y las de la Obra son coherentes con la tradición eclesiástica- suelen plantear los problemas o en términos de debilidad personal, de "no estar a la altura", o en términos de deslealtad.

Recuerdo que me impresionó la violencia con que Escrivá abominaba en mi presencia de un sacerdote secularizado, que había ocupado una posición directiva en la Obra: "¡Ya le he mandado por notario dos excomuniones!"

Dos cosas son particularmente ingratas: la pretensión de que el sujeto "digiera" su maldad o su debilidad para que quede claro de qué lado está el bien. Y la estrategia de manipular para que la persona en cuestión no pueda reconstruir su vida civil, negándole apoyo o condicionándolo a un comportamiento conformista. Hay docenas de anécdotas que pueden avalar esta afirmación, pero cuyo relato es difícil cuando los propios protagonistas no desean otra cosa más que hacer silencio sobre sus desdichas. Con frecuencia, la complicidad de ciertos mecanismos de poder en la sociedad española hacen más eficiente la persecución y más desvaída la imputación del daño.

Recados desde los mandos de la Obra para que los supernumerarios o los amigos no den empleo a los sacerdotes secularizados, presiones sobre la conciencia de los numerarios para que no apoyen a sus antiguos camaradas, siguen estando vigentes.

Tales lances son probablemente inevitables en sociedades jerárquicas donde las estructuras de poder pueden condonar los ajustes de cuentas ajenas para hacer posible los propios. Y revelan lo difícil que es someter a control público el mecanismo de parcelación del poder en que consiste tal tipo de sociedad, y lo sutilmente que se comunican entre sí las diversas parcelas.

Información: traición.

Ha dicho un buen conocedor del tema que el silencio sobre la Obra encubre en España otros silencios. Es probable que la información sobre la Obra abra el camino a más claridades. De todas maneras, yo soy algo escéptico respecto al tema que me ocupa. Cuantas veces me han pedido un relato cuantitativo, una narración "magnetofónica" de los hechos y dichos de la gente de la Obra, he probado su imposibilidad. Es muy difícil que las personas leales, y que por ello son los custodios celosos de los papeles y los relatos verídicos, no vean la operación informativa como una forma de "traición".

Si a eso se suma el interés en olvidar, comprensible y casi biológico, que tienen los que podrían decir algo desde fuera, se explica la dificultad. La historia de la Obra, según Escrivá, es "la historia de las misericordias de Dios que un día habrá que escribir de rodillas". De ese planteamiento al otro va un buen trecho.

La ley de bronce del silencio.

Una de las condiciones que los dirigentes suelen poner a los que se van es que no comuniquen a nadie sus experiencias en la Obra. Parecería que se tratara de no compartir la "receta" para conseguir algún tipo específico de oración contemplativa, pero desgraciadamente no hay tal. Lo que interesa es mantener bloqueada la historia de una aventura humana, con sus luces y sombras, sus grandezas y sus miserias, y todo ello con el fin de preservar la buena imagen, tan necesaria para la continuidad de la empresa. En términos personales, es como si a uno le expropiaran un trozo de su biografía, negándole el derecho a reflexionar en público sobre ella.

Y si se juega a la "entrega" se acepta. Por ello, yo no solía hacer copia de los papeles en que manifestaba mis ideas. Muchos de ellos siguen en poder de la organización, pese a mi insistencia en reclamarlos. Me gustaría poder releer lo que escribía a los veinte o los treinta años, por una natural curiosidad sobre mi propia andadura. En razón a tales condicionantes, en estas páginas apenas he contado sucesos. He llevado mi respeto a las personas hasta omitir otros nombres, citando el único verdaderamente importante. Y reconozco que no puedo avalar mi relato más que solicitando un crédito a mi veracidad.

Estas y otras son las limitaciones de mi empeño. He llegado hasta donde me ha parecido oportuno. Y me gustaría poner aquí punto final a mi dedicación al tema. Pero no sé si será posible, ya que el pasado no sólo nos condiciona sino que nos persigue y se convierte en presente tantas veces cuantas uno, en vez de asumirlo, pretende desecharlo...

FIN DEL LIBRO


Alberto Moncada - 1974

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