Gracias a Dios, ¡nos fuimos!
Opus Dei: ¿un CAMINO a ninguna parte?

Antonio Ruiz Retegui
Índice
Semblanza de Antonio Ruiz Retegui
1. La estructura de la acción de la persona humana
2. La educación para la madurez
3. La vida humana plena: felicidad, alegría y sentido de la vida
4. Los riesgos de la educación: "seguridad versus libertad"
5. La tentación del gobierno asegurador
6. Espíritu o "estilo"
7. La absolutización de lo "institucional"
8. La referencia a "la voluntad de Dios"
9. La referencia al "sentido sobrenatural"
10. Las "llamadas" o "vocaciones" divinas
11. El sentido de la perseverancia
12. El difícil equilibrio
FIN DEL LIBRO
 
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LO TEOLOGAL Y LO INSTITUCIONAL* (REFLEXIONES ÍNTIMAS)
Autor: Antonio Ruíz Retegui, teólogo,
sacerdote numerario del Opus Dei

*Por institucional entiende el autor la institución del Opus Dei

3. LA VIDA HUMANA PLENA: FELICIDAD, ALEGRÍA Y SENTIDO DE LA VIDA

La tentación de la seguridad se apoya en la tendencia que tenemos los hombres a la felicidad. Pero esta tendencia es equívoca pues lleva muchas veces a un tipo de felicidad que es excesivamente inmediata y provisional. Me refiero a la tentación de buscar una situación de felicidad como "bienestar", como situación "confortable", que deriva muchas veces en la inclinación hacia la seguridad. La búsqueda de la seguridad implica una pretensión demasiado directa de la felicidad. Por eso se conforma precisamente con la seguridad que se puede buscar directamente.

A veces los hombres buscan la felicidad inmediata en el placer, en las satisfacciones de los caprichos momentáneos, en la sensualidad, en la vanidad, etc. En estos casos, los moralistas fustigan severamente a los que así se comportan. Pero la búsqueda de seguridad supone una claudicación que no es tan diferente de ésa. "Imaginad por un momento que el único propósito de nuestra vida es vuestra felicidad. Entonces la vida deviene algo cruel y sin sentido. Tenéis que abrazar la sabiduría de la humanidad, vuestro intelecto y vuestro corazón os dicen: que el sentido de la vida es servir a la fuerza que os envió al mundo. Entonces la vida deviene un goce constante" (Tolstoi).

La felicidad no debe ser buscada de manera inmediata pues esa búsqueda falsearía la misma felicidad y, además, como ha mostrado el pensamiento moderno, la búsqueda directa de la felicidad engendra neurosis. La alegría y la felicidad son necesariamente "consectarias", es decir, sentimientos "concomitantes" que se advierten cuando se cumple la propia verdad personal.

Lo expresaba con su talento peculiar Isak Dinesen en su libro de memorias de África, cuando hablaba del "orgullo" bueno que ella defendía:

"El orgullo es la fe en la idea que Dios tuvo cuando nos creó. Un hombre orgulloso es consciente de esa idea y aspira a realizarla. No lucha por la felicidad o la comodidad, que quizá sean irrelevantes con respecto a la idea que Dios tiene de él. Su realización es la idea de Dios, plenamente lograda, y está enamorado de su destino. Al igual que el buen ciudadano encuentra su felicidad en el cumplimiento de su deber hacia la comunidad, así el hombre orgulloso encuentra su felicidad en el cumplimiento de su destino. La gente que no tiene orgullo no es consciente de que Dios haya tenido una idea al crearla, y a veces te hacen dudar de que haya existido una idea, o de que si ha existido se perdió, y ¿quién la encontrará de nuevo? Acepta como realización lo que otros ordenan que lo sea, y toman su felicidad, e incluso su propio ser, de la moda del día. Tiemblan, y con razón, ante su destino. Ama el orgullo de Dios por encima de todas las cosas y el orgullo de tus vecinos como algo propio. El orgullo de los leones: no los encerréis en zoológicos. El orgullo de vuestros perros: no les dejéis engordar. Ama el orgullo de tus compañeros y no les permitas la autocompasión. Ama al orgullo de las naciones conquistadas y déjales honrar a sus padres y a sus madres" (Isak Dinesen, "Lejos de África" capítulo cuarto "De la agenda de un emigrante", párrafo Sobre el orgullo").

La búsqueda directa de la felicidad es propia de la existencia elemental de los niños, que instintivamente se guían por lo que les gusta o les disgusta. En este sentido, la argumentación de los educadores que pretenden mantener siempre a las personas en la situación de inmadurez, se ve apoyada por la tendencia a la búsqueda de esa felicidad inmediata. Pero esa felicidad es, como decimos, muy superficial y cambiante. Por eso asegura la dependencia de las personas de esos educadores a los que constantemente reclaman sus cuidados. Por su parte, esos educadores, a pesar de su constante solicitud e indudable sacrificio por los demás, se sienten indirectamente gratificados por el hecho de verse siempre necesitados y de estar siempre en situación de protagonismo.

Para vencer estos equívocos se debe tener presente que "la finalidad inmediata que se debe buscar en la vida, no debe ser la felicidad sino, como intuitivamente afirmaba Isak Dinesen, la fidelidad al propio ser, es decir, el cumplimiento del sentido de la vida. La felicidad es una recompensa que, en esta vida, a veces se da pero que muchas veces no se alcanza. Seria un error muy grave pensar que las buenas acciones han de tener como consecuencia inmediata la felicidad. "Cuando me encuentro en circunstancias difíciles, pido a Dios que me ayude. Pero mi deber es servir al Señor, y no el Suyo servirme a mí. En cuanto recuerdo esto, mi carga se aligera" (Tolstoí)

La fe cristiana nos dice que Dios premiará a los que hayan realizado el sentido de su existencia. Pero también nos enseña que esa recompensa tendrá lugar en la "otra vida", es decir, no en el mismo ámbito de existencia en que realizamos nuestras acciones. Esa felicidad futura debe ser conocida y debe ser objeto de esperanza, pero no debe ser orientación concreta de la conducta. Las teorías morales consecuencialistas adolecen precisamente del error que aquí estamos tratando.

La noción de felicidad no debe, pues, presidir la tarea educadora y formadora. Más bien debemos reconocer que la noción de felicidad debe ser relativamente marginada en el proceso de la educación y de la formación. Las nociones que deben presidir la formación han ser las de "fidelidad", "misión", "bien", "solidaridad" y, en definitiva, "virtud" y "amor".

Las fuerzas que mantienen a la persona en la seguridad del sentido de su vida, no son las que nacen de sus satisfacciones o de sus gozos, sino de la apasionada aceptación de su destino. Estas fuerzas no hunden sus raíces en la superficie de la existencia sino en el núcleo del ser, y es por eso ahí a donde debe dirigirse la formación de las personas verdaderamente maduras.

Hay personas que son peligrosamente inseguras en su vida, precisamente por su afán inmediato de seguridad. La búsqueda de la seguridad inmediata hace a las personas tremendamente inseguras, porque las sitúa en un ámbito extraordinariamente frágil.

En concreto, la educación que conduce a la madurez de una vida humana que sea propia de quien es imagen e hijo de Dios, ha de poner el acento en lograr la situación adecuada de la persona ante la realidad. Esto tiene como condición de posibilidad el adiestramiento y la disciplina de la potencias operativas, pero, como vimos, ha de superar ese estadio para dirigirse decididamente a la raíz de la acción propiamente humana, a los grandes principios que se asientan en la mente y en el corazón, y no solamente a las potencias operativas.

El sentido de la vida no es algo que se alcance con el ejercicio de las potencias en sí mismas. Ni siquiera es asunto de la inteligencia sola, por eso no puede ser objeto propio de "demostración". Encontrar el sentido de la vida no es, primariamente asunto de razonamientos, sino de un tipo de experiencia que involucra más plenamente a la persona entera. Lo realmente decisivo es percibir y vivir en un horizonte vital en el que el sentido de la existencia esté asentado en un absoluto. Esto conlleva en sí mismo, si es verdadero, percibir también el sentido del sufrimiento y del dolor, es decir, encontrar el sentido de la falta de sentido con que nos topamos tantas veces. Entonces la felicidad personal se muestra como algo tremendamente secundario, y paradójicamente la persona se dispone para experimentar indirectamente una felicidad que va mucho más allá de la que se puede buscar por sí misma.

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