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EL SANTO FUNDADOR DEL OPUS
DEI
Autor: Jesús Infante
CAPÍTULO 4. LA SEGUNDA REPÚBLICA
Y LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
EL CAMBIO POLÍTICO de la Monarquía a la República,
que llegó inopinada mente el 14 de abril de 1931 sin
derramamiento de sangre y casi por sorpresa, trastornó
profundamente a Escrivá, para quien todo lo relativo
a la República resultaba ser obra de la masonería,
que conspiraba y trabajaba para dividir a los católicos,
para que así no se pudiera llegar a una solución
política favorable a los intereses de la Iglesia y
de la Monarquía. Al cura Escrivá no se le escapaba
lo que ocurría a su alrededor y sus preferencias políticas
y afinidades culturales, en sintonía con la ultraderecha,
correspondía a los de un clero español educado
muy tradicionalmente para su época.
Un mes después de la instauración de la República,
la quema de conventos significó un choque tremendo
para una parte de la sociedad española, para quienes
habían aceptado con resignación el cambio de
régimen político. Seis de los ciento setenta
conventos de Madrid fueron incendiados en mayo de 1931. La
policía, los bomberos y una multitud de curiosos contemplaron
los hechos pasivamente y la única actividad organizada
fue la de ayudar a la evacuación de los edificios.
También unos quince conventos fueron atacados impetuosamente
en Alicante, Málaga, Sevilla y Cádiz [Jackson,
Gabriel, La República Española y la Guerra Civil,
Grijalbo, México, 1967, p. 39.] Los españoles
se vieron obligados a meditar entonces sobre las complejas
relaciones del orden público con las actividades de
la religión católica, lo que formaba la trama
de la historia moderna de España. Si ya se quemaron
iglesias en Madrid en 1835 y en Barcelona en 1909 ¿es
que nada había cambiado desde entonces? [Jackson,
Gabriel, ob. cit., pp. 39-40]
La reacción de Escrivá en aquellas fechas fue
sintomática cuando en la mañana del 11 de mayo
de 1931 un coronel retirado del ejército, de origen
aragonés por más señas, irrumpió
en la capilla de la Obra de las Damas Apostólicas para
avisar de la quema de conventos que tenía lugar en
aquellos momentos. Escrivá, temiendo una posible profanación,
abrió el sagrario y consumó casi todas las hostias
consagradas que había en el copón. Luego, como
el tiempo apremiaba, envolvió cuidadosamente el copón
con las hostias que quedaban en un papel y cogió un
taxi para ir a casa del viejo coronel jubilado que habitaba
en unas viviendas militares próximas a la glorieta
de Cuatro Caminos. [Bernal, Salvador, Monseñor ]osemarfa
Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid, 1976, p. 83; Gondrand,
Franr;:ois, Al paso de Dios. ]osemarfa Escrivá de Balaguer,
Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid, 1985, p. 66; Vázquez
de Prada, Andrés, El Fundador del Opus Dei, Rialp,
Madrid, 1985, pp. 119-120]. Escrivá permaneció
varios días junto con su hermano Santiago en casa del
coronel, como si se sintiera perseguido y fue entonces cuando
empezó a comparar la situación de los católicos
españoles con la del siglo I, al comienzo de la era
cristiana, Las actividades religiosas debían realizarse,
según él, de forma silenciosa desde las catacumbas,
a imitación de los primeros cristianos, El cura Escrivá
se mostraba muy devoto y se remontaba con frecuencia a la
cristiandad primitiva, inclinándose por un apostolado
eficaz de discreción y de confianza, realizado en secreto
desde unas catacumbas imaginarias a semejanza de los primeros
cristianos.
Sin embargo, tales propósitos de ocultamiento estaban
en contradicción flagrante con la ostentosa exteriorización
de su condición de sacerdote de la que pretendió
hacer gala durante los primeros tiempos de la República,
El cura Escrivá, que usaba manteo y teja redonda, se
paseaba también a veces con un solideo en la cabeza
que cubría una tonsura más grande de lo normal
en la coronilla. Escrivá afirmaba, con la tozudez característica
de algunos aragoneses, que había que ser "sacerdote
por dentro y por fuera" o también "cien por
cien" sacerdote. Pero esta actitud testimonial tan ostentosa
le duró poco. No estaba el cura Escrivá para
muchas vacilaciones en lo que hacía a su incardinación
en la diócesis madrileña y, como tenía
posibilidades de ejercer como capellán en un convento
de monjas, Escrivá aprovechó la coyuntura favorable
a sus intereses personales, por el miedo de otros sacerdotes
después de la quema de conventos, ofreciéndose
como capellán a la comunidad de monjas agustinas recoletas,
cerca de Atocha. Correspondía a los agustinos recoletos
el celebrar la misa, pero tenían lejos su residencia
y a medida que el orden público se degradaba consideraron
que era peligroso ir a pie por la calle hasta el convento.
El cura Escrivá se ofreció entonces como capellán
y la madre priora reunió a las monjas para comunicarles
que había encontrado un sacerdote que procedía
de Zaragoza y, como estaba viviendo en Madrid, más
cerca que los curas agustinos, vendría a diario para
celebrar la misa. [Fernández Rodríguez, Vicenta
(sor María del Buen Consejo), Testimonio, en Varios
Autores, Testimonios sobre el Fundador del Opus Dei, Palabra,
Madrid, 1994, p. 322]. De esta manera, Escrivá
dejó el puesto que ocupaba en la Obra de las Damas
Apostólicas para convertirse en capellán del
convento de Santa Isabel, lo que le permitió tener
confesionario fijo y una plataforma para contactos en una
iglesia abierta al público en el centro histórico
de Madrid; aunque, por otro lado, el hecho de pasar de un
apostolado entre damas laicas a un apostolado entre monjas
podía representar una regresión, como base para
su proyecto.
A medida que avanzaba la turbulenta historia de España
el cura Escrivá extremaba su militancia religiosa,
quizá para contrarrestar la creciente oleada de ateísmo.
Entre otras decisiones menores se impuso la costumbre piadosa
de saludar a las imágenes de la Virgen que encontraba
por el centro de Madrid cuando deambulaba por la calle y,
según las exageraciones de sus hagiógrafos,
buscaba fervorosamente imágenes de la Virgen María
y cada vez que encontraba alguna rezaba ante ella o en un
arrebato de piedad se arrodillaba ante la hornacina o el azulejo
en plena calle. Llegó a contar el propio Escrivá
que un día esperando en la glorieta de Atocha un tranvía,
después de regresar del convento de monjas de la calle
Santa Isabel donde solía decir cotidianamente la misa
y ejercía provisionalmente las funciones de capellán,
fue agredido por un obrero airado que le insultó y
pateó tratándole de burro, a lo que Escrivá
respondió desde el suelo con orgullo: "Burro sí;
pero burro de Dios". No se sabe si realmente esto le
ocurrió o fue algo que la mente de Escrivá había
inventado a partir de un fortuito encontronazo callejero,
pero ésta sería la causa de la existencia, ,años
más tarde, en casas del Opus Dei y domicilios de sus
seguidores de burritos confeccionados con diversos materiales
como objetos de decoración y que están cargados
de simbolismo por ser el burro o asno un animal paciente y
sumiso. [Ynfante, Jesús, La prodigiosa aventura
del Opus Dei. Génesis y desarrollo de la Santa Mafia,
Ruedo Ibérico, París, 1970, p. 17]. Desgraciadamente
para el Opus Dei el asno también es un animal que en
España se encuentra en vías de extinción.
Existe otra versión más elaborada del mismo
suceso dentro del Opus Dei en donde se cuenta que cuando se
le abalanzó al fundador un sujeto de aviesa catadura
con intención de agredirle se interpuso de improviso,
sin dar explicaciones, otra persona que repelió al
energúmeno. Fue cosa de un instante. Ya a salvo, su
protector, supuestamente un ángel celestial, acercándose
le dijo quedamente al oído: "¡Burrito sarnoso,
burrito sarnoso! ". [Vázquez de Prada, Andrés,
ob. cit., p. 136]. Escrivá reflexionó y
le dio tantas vueltas a lo sucedido que llegó a utilizar
posteriormente como seudónimo en su correspondencia
privada las iniciales "b.s.", que correspondían
a la expresión de "burrito sarnoso".
La tozudez del burro encajaba perfectamente con uno de los
aspectos más señalados de su carácter,
que eran la ambición y el ser obstinado y testarudo.
Escrivá demostraba serio en sus creencias y sobre todo
con ansias y deseos vehementes de ser alguien con importancia
en la vida. Su proyecto de obra apostólica podía
ser un regalo del cielo, pero este regalo se lo iba a trabajar
día a día siendo firme, porfiado y pertinaz
en sus propósitos, estando dispuesto además
a alabar con encarecimiento a quienes eran minoritarios pero
de su misma cuerda ideológica en el plano social.
Escrivá comenzó a participar desde el advenimiento
de la Segunda República en el movimiento insurgente
de los católicos frente a los que ellos consideraban
un gobierno de masones, ateos, judaizantes, perseguidores
de la Iglesia y de sus miembros, incendiarios y sacrílegos.
[Jackson, Gabriel, ob. cit., p. 293]. "En aquellos
tiempos ser católico equivalía a ser de derechas",
reconoce uno de los primeros estudiantes seguidores de Escrivá,
"porque las continuas provocaciones de la izquierda abrieron
un foso imposible de cerrar entre los creyentes y los defensores
del progresismo social". [Fisac, Miguel, Testimonio,
en Moncada, Alberto, "Historia oral del Opus Dei",
Plaza & Janés, Barcelona, 1987, p. 60.
Asimismo, desde el día siguiente al 14 de abril de
1931, monárquicos exaltados tramaron la conspiración
armada contra la República que cristalizó primero
en la sublevación del 10 de agosto de 1932 y luego
en el alzamiento armado del 18 de julio de 1936. Los conspiradores
no se dieron reposo en su labor y centraron sus esfuerzos
en el derribo violento de la Segunda República. Dentro
del catolicismo español existía, pues, un vasto
foco secreto formado por los que jamás se reconciliaron
con la democracia y la República, hacia los cuales
el cura Escrivá dirigió sus pasos y comenzó
a frecuentar círculos de conspiradores dentro de los
ambientes madrileños. Toda la literatura encomiástica
escrita por sus seguidores asegura que Escrivá nunca
discriminó a nadie por motivo de sus opiniones políticas,
lo que no resulta cierto, porque mantuvo relaciones continuadas
y "dirigió espiritualmente" como sacerdote
durante años a terroristas de la extrema derecha monárquica
durante la Segunda República española. Dentro
de esta fauna conspiradora destacaba lógicamente José
María Escrivá por la edad y porque poseía
una mayor formación intelectual en comparación
con la de aquellos estudiantes terroristas que luego serían
calificados simplemente de "militantes católicos"
en las hagiografías oficiales sobre el fundador del
Opus Dei. Uno de los estudiantes, Juan Jiménez Vargas,
quien fue luego miembro notorio del Opus Dei, recuerda a sus
colegas de conspiraciones como, "gente de pocos años
que consideraba la situación de España como
un grave problema religioso (...), pero que no veían
otra solución que la política, y por eso estaban
metidos de lleno en un activismo orientado a la solución
violenta de todo". [Jiménez Vargas, Juan, Testimonio."
Causa de beatificación Fundador del Opus Dei".
También en "Registro Histórico del Fundador"
4152. Archivo del Opus Dei. Roma; Berglar, Peter, Opus Dei."Vida
y obra del Fundador ]osemaría Escrivá de Balaguer",
Rialp, Madrid, 1988, p. 133; Bernal, Salvador, ob. cit., p.
300].
El cura Escrivá se presentaba como sacerdote aragonés
con treinta años cumplidos, militante de la ultraderecha
bajo su aparente apoliticismo, que tenía como elemento
moderador el peso de su familia, la cual debió de frenar
sin duda sus ansias de militancia intransigente contra la
República. Desde el advenimiento de la Segunda República
comenzó a frecuentar tertulias y círculos de
terroristas, lo que le hizo perder en ocasiones la imagen
de su aparente apoliticismo. En cualquier caso, el cura Escrivá
no participaba del calculado espíritu de ambigüedad
eclesiástica, sino que "se mojó" pese
a tener una familia a su cargo. Nadó en aguas extremistas
sin comprometer su incipiente carrera y nunca perdió
la perspectiva de sus capacidades personales ni de sus posibilidades
futuras. Escrivá, según reconoció uno
de aquellos militantes terroristas contra la República,
"le animaba a defender sus sentimientos con tenacidad
y constancia" [Hernando Bocos, Vicente, Testimonio,
en Bernal, Salvador, ob. cit., p.302].
También parece cierto que nunca hubo reprobación
alguna por parte de Escrivá hacia aquellos partidarios
de una solución violenta contra el gobierno legítimo
de la República, porque quizás también
era ésta la "fecunda labor apostólica entre
jóvenes universitarios" que mencionan los cronistas
oficiales del Opus Dei. No resultaba fácil, sin embargo,
este apostolado militante en medios estudiantiles de la ultraderecha,
como atestigua uno de aquellos terroristas: "Recuerdo
que ya entonces se levantó alguna calumnia contra él
[Escrivá] que nosotros cortamos enérgicamente".
[Hernando Bocos, Vicente, Testimonio, en Bernal, Salvador,
ob. cit.,]
En la primera sublevación militar contra la República,
encabezada en 1932 por el general Sanjurjo, algunos de los
estudiantes "dirigidos espiritualmente" por Escrivá
participaron en la intentona. Escrivá visitaría
luego, regularmente, en la cárcel Modelo de Madrid
a aquellos estudiantes terroristas juzgados por esa primera
sublevación militar. Iba a visitarles con frecuencia,
casi a diario, y no le preocupaba que visitar a los detenidos
supusiera "significarse", mucho más tratándose
de un cura, y fuese motivo suficiente para quedar fichado
por la policía. [Berglar, Peter, ob. cit., p. 133].
Luego explicaría Escrivá su comportamiento de
1932 y de qué manera él entendió la lucha
"declarando ante la autoridad su amor a Cristo "con
audacia, a la hora de la cobardía" [Escrivá,
Josemaría, Camino. Máxima 841, Rialp, Madrid,
1964]. junto a aquellos estudiantes dispuestos a utilizar
unas pistolas cuyos gatillos no sentían ya el freno
de las creencias religiosas, sino todo lo contrario. En su
estancia en Madrid, Escrivá estaba dispuesto a vivir
como fuese determinados sucesos y como también descubrió
que quien sobrevivía era siempre el más fuerte
decidió serlo, como fuese. La supervivencia del más
fuerte estaría acompañada además de un
nuevo esplendor religioso. De ello Escrivá estaba seguro
y por ello lucharía el fundador del Opus Dei en la
capital de España durante la Segunda República.
E19 de enero de 1932 el cura Escrivá había
cumplido treinta años. "Que pase inadvertida vuestra
condición, como pasó la de Jesús durante
treinta años" escribió el fundador del
Opus Dei [Escrivá, José María, "Consideraciones
Espirituales", Imprenta Moderna, Cuenca, 1934,p. 95]
haciendo suyo el ejemplo y, como Jesucristo, se encontraba
dispuesto a buscar en la vida pública doce apóstoles
entre los estudiantes universitarios madrileños.
Si anteriormente vivieron de realquilados él y su
familia en un modesto piso de la calle Viriato número
22 en la parte mesocrática del barrio madrileño
de Chamberí, tras la mudanza, realizada en diciembre
de 1932, el cura iba a continuar viviendo en el mismo barrio.
El nuevo hogar de los Escrivá era un piso entresuelo
en el número cuatro de la calle general Martínez
Campos, típica vivienda de clase media que se mantiene
aún intacta y donde Escrivá vivió con
su familia meses decisivos hasta febrero de 1934.
El nuevo piso de la familia Escrivá se encontraba
en la misma acera de la calle general Martínez Campos,
a dos pasos de la sede de la Institución Libre de Enseñanza,
cuyo edificio constaba de dos partes separadas por un jardín
y cuya parte del inmueble más cercana a la calle había
servido de vivienda a los fundadores Francisco Giner de los
Ríos y a Manuel B. Cossío. Resulta muy evocador
el hecho de que los primeros años de gestación
del proyecto de apostolado del fundador del Opus Dei se desarrollaran
en tiempos de la República, en una capital de España
que se había convertido en satánica, y a dos
pasos de la sede de una secta que Escrivá también
consideraba diabólica. El cura Escrivá instaló
a su familia muy cerca de la sede de la Institución
Libre de Enseñanza, que representaba para muchos católicos
la fuente supuesta de buena parte de los males que sufría
España. Todo conduce a pensar que esta presencia cotidiana
de la maldecida Institución halló en Escrivá
un vecino particularmente receptivo. En su grosera apreciación
de cura provinciano debió calificar de masonería,
como lo habían hecho otros contemporáneos suyos,
a una entidad eficaz como la Institución Libre de Enseñanza,
cuyos fines y procedimientos, o lo que él consideraba
como tales, procuró adaptar más tarde en su
programa apostólico. Los católicos españoles
de ultraderecha estaban obsesionados con la masonería
durante la Segunda República, o por lo menos con la
idea que se hacían de su omnipotencia, hasta el extremo
de que nunca dejaron de soñar con una especie de contramasonería,
copiada de la otra con objeto de combatida con sus propias
armas, tarea que Escrivá intentaría también
llevar a la práctica y cuya idea inicial consistía
en constituir un movimiento de jóvenes intelectuales
católicos que pudiera oponerse por todos los medios
a la acción nefasta, según él, de la
Institución Libre de Enseñanza.
La Institución Libre de Enseñanza había
comenzado su existencia en 1876, y dedicó siempre sus
esfuerzos a presentar un modelo educativo capaz de mejorar
a España, siguiendo el ideal de Giner de los Ríos,
una escuela que formase hombres y mujeres responsables y conscientes
de su calidad de ciudadanos, una escuela que transcendiera
a la familia y a la sociedad. La Institución llegó
a desempeñar un papel importante en la educación
y en la cultura españolas a lo largo de más
de 60 años (1876-1936). Las formas y métodos
pedagógicos de la Institución llegaron a la
escuela pública en los años de la Segunda República.
Como organismo democrático dedicado a la educación
estuvo muy protegida por los gobiernos republicanos. La Institución
Libre tenía unos fines concretos de fomento de la cultura,
dentro del más absoluto carácter de laicismo
sin confesionalismo religioso alguno, y representa en la historia
contemporánea española el más coherente
y sostenido intento de configurar la vida del país
con un programa de modernidad y europeísmo.
Escrivá interiorizó en su espíritu el
proyecto de la Institución Libre de Enseñanza
y reservó para el futuro lo que vio y aprendió
de sus vecinos republicanos. Así, el modelo educativo
de la Institución Libre de Enseñanza sería
copiado veinte años más tarde por José
María Escrivá y sus seguidores del Opus Dei,
cuando en 1951 en Las Arenas, cerca de Bilbao, el Opus Dei
montó el primer colegio de enseñanza media dedicado
exclusivamente a educar a los hijos de las adineradas familias
de Bilbao. Con el colegio Gaztelueta, considerado la primera
obra corporativa del Opus Dei en la enseñanza media
española, Escrivá demostró haber estudiado
a fondo y también haber asimilado a su manera el modelo
educativo de la Institución Libre de Enseñanza.
Una antigua numeraria miembro del Opus Dei que participó
activamente en el lanzamiento del nuevo y primer centro educativo
ha señalado que "ante mis ojos veía la
copia, una mala copia, incluso en detalles ínfimos,
como podría ser la forma de los casilleros de los alumnos
en clases, las mesitas en vez de pupitres, el número
de alumnos en cada clase, etc., de la realización educativa
de mayor importancia de la Institución Libre de Enseñanza.
A mí me disgustó que se hubieran copiado las
cosas materiales del Instituto-Escuela para Gaztelueta, haciendo
creer a la gente, por supuesto la esfera social alta de Las
Arenas, la "originalidad" del colegio del Opus Dei.
Me daba cuenta de que la copia era mala porque se habían
omitido cosas esenciales. Ante mis ojos veía Gaztelueta
como algo degradado, sin indicación alguna del espíritu
que animaba al Instituto-Escuela. Era eso: habían copiado
el cascarón, pero no podían captar el espíritu:
la libertad que se disfrutaba en el Instituto-Escuela, el
hecho de que era un colegio mixto, los deportes a gran escala,
nada de eso podía vivirse en Gaztelueta, que en sí
era sólo un colegio para niños ricos de Las
Arenas, ubicado en un hotelito de una familia conocida, donde
incluso en el vestíbulo como decoración había
una silla de manos. En la pared y sobre la escalinata de mármol
había un gran repostero con el lema del colegio: "Sea
vuestro sí, sí; sea vuestro no, no." [Tapia,
María del
Carmen, Tras el umbral, Ediciones B, Barcelona, 1994,
p.94].
No sería en las aulas y pasillos del viejo edificio
de la calle san Bernardo, sede de la universidad madrileña,
en donde Escrivá realizaría formalmente sus
primeros pasos apostólicos con los estudiantes madrileños,
después de haber transcurrido treinta años de
su vida "inadvertido" y ahora dispuesto a actuar
en la vida pública como Jesucristo, arriesgándose
y poniendo el carro antes que los bueyes. En la calle de Luchana,
esquina a Juan de Austria, cerca del modesto piso donde vivía
con su familia, montó a comienzos de 1933 una academia
de preparación para estudiantes de derecho y arquitectura
que llamó DyA, siglas que venían a decir Derecho
y Arquitectura, pero que para los escasos iniciados significaba
un lema: Dios y Audacia. Solía repetir entonces, para
darle un significado trascendente a la aventura que significaba
la precaria instalación de la academia, la frase de
Teresa de Ávila, capítulo II de sus "Fundaciones":
"...es manifestación de la Omnipotencia divina
dar osadía a personas flacas para cosas grandes en
su servicio" .
En la academia de la calle Luchana fue donde comenzaba en
firme sus primeros trabajos previos a la fundación
de su obra apostólica y en donde todavía la
expresión latina "Opus Dei" no aparecía
para nada. Tan sólo años más tarde, a
finales de 1935, Escrivá comenzó a utilizar
intencionalmente la expresión Obra de Dios, lo cual
indica claramente la ausencia de maduración del proyecto,
por lo menos hasta la primera fundación que tuvo lugar
en Madrid entre 1935 y 1936. Así, durante este primer
tiempo el proyecto de Escrivá tiene como nombre el
de la academia. Hasta sus hagiógrafos señalan
que "ni quiso en un principio el fundador que su obra
apostólica llevara siquiera nombre" [Vázquez
de Prada, Andrés, ob. cit., pp. 116-117] y el propio
Escrivá expresa este deseo en carta fechada por entonces:
"En un primer momento, me hubiera gustado incluso que
la Obra no tuviera ni nombre, para que su historia la conociera
sólo Dios" [Berglar, Peter, ob. cit., p. 72].
En Zaragoza ya había adquirido la experiencia de dar
clase en una academia y en Madrid la había reanudado
dando clases en la academia Cicuéndez, dedicada exclusivamente
a la preparación de asignaturas de la licenciatura
de derecho y que funcionaba a la vez como residencia para
unos ocho estudiantes internos. [Sastre, Ana, "Tiempo
de caminar. Semblanza de Monseñor ]osemaría
Escrivá de Balaguer", Rialp, Madrid, 1989, p.
81]. Escrivá, que realizaba este trabajo para conseguir
el dinero necesario para vivir y mantener a su familia, concibe
la posibilidad de imitar el modelo, creando por su cuenta
una academia semejante. [Sastre, Ana, ob. cit., p. 103].
El objetivo sería lograr que, al igual que en el caso
de la academia Cicuéndez, "muchos alumnos de esta
academia llegaran a ocupar posiciones notables en la vida
profesional". [Berglar, Peter, ob. cit., p. 81].
La oportunidad era única. En Aragón había
fallecido recientemente mosén Teodoro Escrivá,
hermano de su padre y por lo tanto tío del cura José
María, que había dejado unas escasas propiedades
que consistían en sus enseres personales y unas aranzadas
de tierra. José María Escrivá presionó
a su madre y tras lograr autorización por escrito de
su hermana Carmen y de su hermano menor Santiago consiguió
que se vendiera el terreno familiar heredado y el escaso producto
de la venta pudo ayudar a pagar el alquiler inicial del local
donde iba a ser instalada la academia; aunque, en última
instancia, debió intervenir el fiel Isidoro Zorzano
quien ayudó con su sueldo, ya que trabajaba en Málaga
como ingeniero en los talleres de los ferrocarriles andaluces,
y la academia pudo ser instalada en un exiguo local a nombre
suyo. Santiago, el hermano menor del cura Escrivá,
no se quedó contento con su renuncia al insuficiente
patrimonio del tío Teodoro y se colocaba en la puerta
de la calle para registrar los bolsillos de José María
cada vez que salía del piso. La vivienda familiar a
cuyo frente se encontraba la madre, doña Dolores, era
el centro neurálgico del cual dependía la academia,
como señalan los cronistas oficiales del Opus Dei:
"Puede decirse que esta vivienda fue el primer centro
de la Obra, pues en ella encontramos ya la célula primitiva
del futuro espíritu de familia del Opus Dei" [Berglar,
Peter, ob. cit., p. 126] Y téngase también
en cuenta que el piso de la familia Escrivá se encontraba
a dos pasos de la sede de la floreciente Institución
Libre de Enseñanza.
De esta época data también la anécdota
que cuando merendaban algunos estudiantes en la humilde casa
de los Escrivá, Santiago, el hermano menor de José
María, se quejó en voz alta diciendo: "¡Mamá,
los chicos de José María se lo comen todo!".
El Incidente motivó que se reprodujeran muchos años
después "ex libris", estampas e inscripciones
diversas, en donde figuran dos manos unidas en actitud oferente,
en medio de ellas un pedazo de pan y alrededor una leyenda
que dice: "Se lo comen todo", refiriéndose
sin duda alguna a lo ocurrido en casa del cura Escrivá,
allá por los años de la Segunda República.
Según los primeros propósitos de Escrivá,
la vida dentro de la obra apostólica en trance de ser
fundada por él debía imitar más bien
la organización y los modos de la familia cristiana
que los de una comunidad religiosa formal. Y de la misma manera
que el rasgo distintivo de la familia natural es el espíritu
de sencillez y llaneza, que iguala entre sí a todos
sus miembros, así dentro de su proyecto de obra apostólica
la sencillez de la vida en familia debía presidir,
al menos teóricamente, todas sus actividades. Al cura
Escrivá, por ser el fundador, se le iba a llamar "el
Padre" y todos los documentos de la Obra deberían
ser redactados con el estilo familiar adecuado.
Entre los precedentes históricos contemporáneos
de esta proyección social de la familia, que iba a
ser utilizada desde los primeros tiempos por Escrivá,
cabe citar por sus dimensiones a la Mafia siciliana, que sirvió
a su vez de base a la Cosa Nostra en los Estados Unidos, así
como también a la extensa familia real de Arabia Saudita,
compuesta por cinco mil príncipes y más de veinte
mil miembros. Conviene señalar que los análisis
sobre la dimensión familiar de las mafias se centran
en una ya clásica estructura vertical con varios niveles,
mientras se olvida en cambio la estructura horizontal mucho
más interesante al formar una "hermandad secreta
de miembros". El caso del Opus Dei no resultó
ser diferente, pues -con el fundador como Padre a la cabeza
y practicando intensamente tanto la dimensión familiar
vertical como la horizontal entre sus miembros, y como estaban
dispuestos a convertir el mundo a su catolicismo- ha merecido
por ello el calificativo de Santa Mafia. [El autor de "La
prodigiosa aventura del Opus Dei, Génesis y desarrollo
de la Santa Mafia", señaló en 1970 haber
utilizado la expresión "tan difundida en los medios
políticos españoles" de "Santa Mafia"
por ser una expresión que pertenecía al dominio
público desde hacía más de una década
y que a la difusión de la expresión habían
colaborado periodistas extranjeros como Yvon Le Vaillant en
"Le Nouvel Observateur" el 11 de mayo 1966 y Tad
Szulc en "The New York Times" el 9 mayo 1967. La
revista "Time" señalaba el 12 mayo 1967,
por su parte, que había también españoles
que utilizaban la denominación de "Octopus Dei"
y que en Argentina estaba también ampliamente difundido
el apelativo de "Santa Mafia". El periodista francés,
Eugene Mannoni, afirmó en el diario "France-Soir"
el 20 enero 1970 que prelados romanos le habían susurrado
irreverentemente que el Opus Dei era una "Mafia Santísima",
una "Santa Mafia". Refiriéndose a los fascistas
en potencia, Theodor W Adorno escribió también
hace años esta frase lapidaria: "...su fanático
ahínco por defender a Dios y a la patria, los lleva
a integrar mafias de individuos fronterizos con la locura".
El Opus Dei es verdaderamente una Santa Mafia. En Ynfante,
Jesús: ob. cit. p. 362, nota 51].
Los esquemas iniciales familiares -expresados en la frase
del fundador "todos los miembros constituyen una familia
ligada por el vínculo sobrenatural" y también
con la frase castiza de "una sola familia, un solo puchero"-,
se iban a reproducir más tarde también donde
se reunían tres o más miembros de la obra apostólica
de Escrivá constituyendo una "familia" o
"casa" presidida por el espíritu del hogar
fundacional a partir de 1939.
Nunca se insistiría bastante sobre el carácter
familiar que quería imprimir Escrivá a su proyecto
y que se percibe con mayor claridad en los primeros tiempos
-señala Luis Carandell-, autor de una corta biografía
sobre Escrivá. Se aplica a la Obra el esquema de la
familia ideal de clase media española, a imagen y semejanza
de la familia del propio fundador, que ha atravesado por situaciones
difíciles pero que ha salido a flote gracias a su rigurosa
cohesión interna. Es más, en el Opus Dei no
se trata sólo de crear una familia con la ejemplar
y edificante unidad de la del honrado y abnegado comerciante
de paños de Barbastro. Se trata de prolongar esa misma
familia, cuyo jefe es ahora su hijo, el sacerdote llegado
a Madrid desde Zaragoza, una familia en la cual cabría
en principio toda la humanidad, señala Carandell, si
la humanidad se aviniera a aceptar sus condiciones. [Carandell,
Luis, "Vida y milagros
de monseñor Escrivá de Balaguer",
Laia]
Esa imagen familiar, digna de ser analizada a la luz del
psicoanálisis y de la sociología, iba a adquirir
tanta fuerza que, a medida que ingresaban, los neófitos
serían considerados "hijos" porque se incorporaban
a "la familia" y también "hermanos"
entre ellos, en un curioso híbrido mitad carnal, mitad
sobrenatural. La Virgen María era "la Madre"
por antonomasia, luego figuraban doña Dolores, doblemente
"madre" por serlo de Escrivá y del Opus Dei,
junto con la hermana considerada como "la tía
Carmen". Sin embargo, el modelo familiar presentaba excepciones
como la de Santiago, hermano menor del fundador, quien en
buena lógica debió ser "el tío Santiago".
Pero no mereció los honores del título de "tío"
del Opus Dei porque protestaba demasiado, debido quizás
a su corta edad de entonces o a su endeblez de carácter
y mantenido por tanto al margen del proyecto, lo que negaba
algo que se daba por cierto y ponía en entredicho la
ejemplar y edificante unidad así como la rigurosa cohesión
interna de la familia del fundador del Opus Dei.
Por otra parte, las formas de apostolado que resultaron ser
desde entonces típicas de la familia Escrivá
consistían en mantener una "tertulia" o reunión
en torno a la mesa camilla familiar y en invitaciones para
"merendar" también en familia, por aquello
de que "empiezan yendo a merendar y terminan quedándose".
Estas formas de apostolado tenían como origen la actividad
hostelera de los Escrivá, desde que se vieron obligados
a instalar una pensión de familia acogiendo huéspedes
para sobrevivir en diversas ocasiones.
Aquel primer centro de enseñanza, la academia DyA,
era una actividad civil sin apariencia profesional ni vinculaciones
eclesiásticas. Pretendía ser una simple academia
a la que acudían estudiantes universitarios que tenían
como trastienda espiritual el piso familiar de Martínez
Campos. El punto de encuentro para los iniciados era la casa
familiar, donde hacían tertulias y algunas meriendas,
ayudando a resolver problemas personales de los estudiantes,
tratándoles como si fueran de la familia. Escrivá
tenía experiencia porque había trabajado un
tiempo por cuenta ajena en academias privadas como Amado en
Zaragoza y Cicuéndez en Madrid, pero sólo pudo
abrir la academia primero, y más tarde, en una segunda
etapa, la residencia de estudiantes, con muchas dificultades.
El sector de la enseñanza confesional pasaba entonces
por un momento delicado pero halagüeño, ya que
las familias de la burguesía católica estaban
atemorizadas por la posibilidad de que sus hijos fueran víctimas
de una educación republicana o marxista y de lo que
Escrivá llamaba "liberalismos desacreditados del
XIX".
Pese a los intentos de realizar alguna actividad más
comprometedora, el apostolado de Escrivá se reducía
a las típicas actividades exteriores del catolicismo
tradicional con un nivel puramente individual que no rebasaba
el marco de un grupito de estudiantes. Así, el 21 de
enero de 1933 Escrivá intentó diversificar su
actividad apostólica y convocó un retiro espiritual
en el asilo de Portacoeli, en la calle García de Paredes,
muy cerca de su casa. Se trataba de la primera de las reuniones
de formación espiritual, pero en aquella ocasión
sólo acudieron tres estudiantes, precisamente los terroristas
que frecuentaba, que solían confesarse con él
y al mismo tiempo conspiraban para derribar violentamente
el gobierno de la República. El cura Escrivá,
señala uno de sus hagiógrafos, se dirigió
a aquellos tres estudiantes con la misma convicción
que si fueran muchos. [Gondrand, Francois, ob. cit., p.
87].
De igual manera que la especialización, la diversificación
o la segmentación de apostolados hace que la oferta
de la Iglesia se bifurque en diferentes formas religiosas,
lo mismo iba a ocurrir con el proyecto de Escrivá en
estos primeros tiempos. Él soñaba con llevar
a cabo un trabajo de apostolado por lo menos en tres frentes,
hombres, mujeres y sacerdotes, de forma separada, pero la
realidad de la obra de Escrivá no correspondía
a sus ambiciones y aún cuando estaba limitada a la
juventud universitaria siguió perteneciendo en su conjunto
al limbo de los proyectos.
A principios de 1933 "Escrivá "vio"
claro que la voluntad de Dios era empezar a fondo la labor
con estudiantes", relata Juan Jiménez Vargas,
notorio miembro de Opus Dei y testigo de la época.
Pero, desgraciadamente, los asiduos iniciados de su casa de
la calle Martínez Campos eran sólo unos cuantos
estudiantes. Uno de ellos, entonces estudiante de arquitectura,
conoció a Escrivá en mayo de 1933 y visitaba
la casa buscando la dirección espiritual de un sacerdote.
De igual manera, el estudiante de medicina antes citado, Juan
Jiménez Vargas, visitaba esporádica mente la
casa para ser dirigido espiritualmente por Escrivá.
Y también aparecían los mismos estudiantes que
ya se conocían y le habían acompañado
anteriormente en la catequesis de hospitales y barrios obreros
de la periferia de Madrid. Entre estos últimos se encontraba
el más fiel y quizá único seguidor de
Escrivá en aquellos tiempos que continuaba siendo Isidoro
Zorzano, antiguo compañero de clases en el instituto
de enseñanza media en Logroño y que trabajaba
desde 1928 en Málaga como ingeniero de la Compañía
de Ferrocarriles Andaluces. Se habían reencontrado
en la Obra de las Damas Apostólicas en 1930 y desde
entonces Zorzano mantuvo correspondencia con Escrivá
y le visitaba algunas veces cuando viajaba a Madrid por razones
de trabajo. Algunos le consideran como el primer miembro de
la obra apostólica de Escrivá, pero debió
serlo durante varios años prácticamente por
correspondencia, pues Zorzano prosiguió su trabajo
en Málaga hasta 1936. [Ver cap. 1. "Turbosantidad
del fundador", pp. 11-13 Y cap. 3. "De Madrid al
cielo", pp. 60-61]. Por su posicionamiento con la
ultraderecha Escrivá no tuvo éxito en sus apostolados
entre los estudiantes durante los primeros años de
la República. Uno de sus hagiógrafos menciona
"aquel inexplicable y continuó trasiego de los
muchos que se le acercaban y de los muchos que desaparecían
sin despedirse, sin dejar rastro, como si se los tragase la
tierra" [Vázquez de Prada, Andrés, ob.
cit., p. 146]. El propio Escrivá llegó a
reconocer que los estudiantes se escurrían entonces
de sus manos "como se escapan las anguilas en el agua".
[Vicepostulación del Opus Dei en España;
El siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer,
Fundador del Opus Dei, Hoja Informativa n° 1, Madrid,
s. f., p. 9].y el apostolado entre las chicas de la burguesía
madrileña se caracterizó también por
varios intentos fallidos. El cura Escrivá llegó
a contactar con algunas mujeres, pero dejaron de verle de
forma regular, sin dar explicaciones. Su hermana Carmen afirmaría
luego, refiriéndose a las deserciones, que "las
primeras chicas no valían para lo que quería
José María". Frase que no descubre en absoluto
los propósitos de Escrivá y que fue interpretada
posteriormente dentro del Opus Dei como que "la tía
Carmen ya participaba de la clarividencia del Padre".
El apostolado entre sus colegas, los sacerdotes diocesanos,
resultó ser más difícil todavía.
Escrivá parecía una persona dócil y fácil
de tratar, pero bastaba pasar un cierto tiempo a su lado para
comprender que detrás de esa máscara escondía
un fuerte carácter autoritario que no toleraba que
nadie le contradijera. Le encantaba rodearse de aduladores.
No podía tener amigos, tan sólo seguidores,
porque quien no le seguía la corriente se apartaba
rápidamente de su lado. Su actitud era tajante, como
la refleja una de sus notas personales que luego incluyó,
en 1934, dentro de su obrita "Consideraciones Espirituales":
"En una obra de Dios, el espíritu ha de ser obedecer
o marcharse" [Escrivá, José María,
"Consideraciones Espirituales", Imprenta Moderna,
Cuenca, 1934, p. 100]. Uno de los hagiógrafos de
Escrivá reconoce, respecto al apostolado entre sacerdotes,
"algún que otro de esos sacerdotes se le atravesará
por discordancia, mostrándose díscolo en el
obedecer". Por ello dijo Escrivá que resultaron
ser su "corona de espinas". [Vázquez de
Prada, Andrés, ob. cit., p. 119]. Ante tantos fracasos,
estaba claro que no podía tratarse todavía de
ninguna fundación y por eso la calificaron luego de
gestación lenta de un proyecto aún no madurado.
Sin embargo, hay que buscar en estas iniciativas, tanto en
las reuniones del piso familiar como de la academia, "los
barruntos" que mencionan las hagiografías del
Opus Dei y que Escrivá interpretaba como si fueran
presentimientos por alguna señal o indicio del cielo
y que eran favorables para el futuro. Estos intentos representan,
en cualquier caso, los antecedentes inmediatos de la primera
fundación de la Obra de Dios que tuvo lugar, dos años
más tarde, entre 1935 y 1936, en vísperas del
levantamiento militar. Fue tan sólo en el último
período republicano, con la radicalización de
los católicos en vísperas de la guerra civil,
cuando el proyecto de la obra apostólica del cura Escrivá
logró cuajar minoritariamente, encontrando una cierta
acogida entre jóvenes estudiantes católicos,
muchachos "dirigidos espiritualmente" por Escrivá
que realizaban estudios de grado superior o universitario
y que ya se encontraban lanzados en un combate que desembocaría
en tres años de guerra civil.
José María no se resignaba a ser un simple
cura, montando una sencilla academia de estudios, sino que
aspiraba a más y aquí interviene la actitud
ambiciosa que mantuvo a lo largo de su vida. Contó
para ello con otro modelo católico de mucha mayor envergadura
en el que se inspiró también para montar la
academia DyA. Se trataba de la influyente Asociación
Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), cuyos miembros,
que se declaraban públicamente como nacional-católicos,
eran más conocidos por propagandistas católicos
o propagandistas a secas. En 1932, y poco antes que Escrivá,
los miembros de la ACNP habían fundado en Madrid una
academia, el Centro de Estudios Universitarios (CEU), dedicada
únicamente a los estudios de derecho. Los propósitos
de Escrivá con la academia DyA habían sido calcados
de los del CEU y, como eran más ambiciosos que éstos,
se reflejaban hasta en el título: estudios de derecho
más los de arquitectura. Sólo que en la práctica
la academia DyA apenas logró aglutinar con dificultad
unos cuantos estudiantes, mientras que el CEU había
encontrado por entonces una acogida importante.
Tras la aprobación en los primeros meses de la República
de una serie de leyes que eliminaban la instrucción
religiosa y que empezaron a desmontar el sistema católico
de enseñanza en España, junto con la disolución,
que no expulsión, de la Compañía de Jesús
en 1932, un sacerdote ambicioso como Escrivá consideró
que era necesario su trabajo en la enseñanza, aunque
sólo fuera para llenar el hueco dejado por los jesuitas.
La ocasión era excelente para él, que ambicionaba
especializarse en el apostolado universitario. Iba además
a considerar como torpeza supina por parte de la Compañía
de Jesús el hecho de sufrir una medida de disolución
política, sin posibilidad de recurso o de defensa.
Entonces debió pensar que su proyecto nunca sufriría
nada parecido y que debía preparar un dispositivo de
ocultamiento para evitar descalabros futuros. Así imaginó
su futura fundación a través de sociedades anónimas
de pantalla y de laicos como testaferros. Algunas notas y
escritos redactados por Escrivá apuntan en este sentido.
Luego sus seguidores encontraron incluso una explicación
divina para la problemática cuestión de la financiación,
y la iluminación divina de Escrivá tuvo lugar
precisamente en un lugar muy apropiado cuando paseaba después
de visitar a unos pobres en el barrio madrileño de
La Bombilla [Ver cap. 3. "De
Madrid al cielo", pp. 59-62].
Escrivá, para perfilar los aspectos de la fundación
que preparaba, iba también a inspirarse en el fundador
de la Compañía de Jesús y para aspectos
organizativos en los propagandistas católicos, considerados
como una de las prolongaciones laicas de la Compañía
de Jesús. En los años de la Segunda República
española empezó pronto a manifestarse la influencia
política de los nacional-católicos de la ACNP
en la vida del país. Sus actividades no sólo
fueron alentadas por la disuelta Compañía de
Jesús, sino también por una buena parte de la
jerarquía eclesiástica española, por
lo que crecieron hasta reunir varios centenares de miembros
en Madrid y en otras ciudades españolas, de las que
saldrían en gran número dirigentes de organizaciones
de apostolado (Acción Católica, Estudiantes
Católicos, juventud Católica), partidos políticos
(Acción Popular, CEDA) y destacados líderes
franquistas después de la guerra civil española.
[Fontán, Antonio, "Bodas de oro de la Editorial
Católica", Revista "Nuestro Tiempo",
Pamplona, julio 1963].
A diferencia del proyecto de Escrivá, quien soñaba
con tener desde sus orígenes una orientación
más de ultra derecha y a la vez más secreta
como si fuera una contramasonería, la ACNP había
nacido a principios de siglo como grupo confesional para formar
católicos que actuasen políticamente conforme
a los intereses de la Iglesia. La originalidad de la ACNP
respecto al resto de los grupos confesionales radicó
precisamente en su objetivo nunca ocultado de formar hombres
para la vida pública". La ACNP formó a
sus miembros políticamente, proporcionándoles
la experiencia en las tareas de gobierno durante la dictadura
del general Primo de Rivera. Los propagandistas habían
aprovechado entonces la ocasión de actuar como grupo
desde el poder. Si la dictadura primorriverista necesitó
una ideología ellos proporcionaron una teoría
del corporativismo y, en contrapartida, la ACNP tuvo la oportunidad
de adquirir una experiencia política de la que se servirían
más tarde durante la República. En 1931, al
proclamarse la Segunda República, reafirmó su
posición privilegiada respecto a la Iglesia católica,
politizó a gran número de católicos en
contra de las reformas de la República, sirvió
como base de reclutamiento de líderes conservadores,
algunos de los cuales alcanzaron ministerios del gobierno
en el denominado bienio negro republicano y, por último,
durante la guerra civil y la posguerra los propagandistas
católicos aportaron sus conocimientos jurídicos
y políticos para la construcción del nuevo Estado
franquista, llegando a detentar también el monopolio
de representación de la jerarquía eclesiástica
española durante los primeros años de la posguerra
española.
Los católicos conservadores de la derecha española
buscaban una sociedad políticamente estable, pero el
ejercicio del poder no unió a los católicos
durante la República sino que agravó sus discrepancias,
y los enfrentamientos entre ellos fueron numerosos, participando
Escrivá por su militancia en la ultraderecha en discusiones
de la época. Con su proyecto Escrivá pensaba
en ir con sus futuros seguidores más lejos que la ACNP,
porque no sólo serían conservadores sino también
conquistadores. Los propagandistas proclamaban la indiferencia
de las formas de gobierno y estaban dispuestos a aceptar y
tener ciertas complicidades con la República, como
antes con la Monarquía y la dictadura de Primo de Rivera,
aunque luego en realidad se decantaron lentamente, durante
la Segunda República, hacia formas fascistas, políticamente
más dinámicas por el contexto de la época.
Basta señalar como dato histórico que la sublevación
izquierdista de 1934 en España, la famosa revolución
de Asturias, no fue provocada por el temor de las izquierdas
al fascismo en general, sino por temor a lo que entonces se
llamaba fascismo clerical.
La aparición pública del fascismo como fuerza
dominante en Europa fue un fenómeno que apareció
con fuerza en tan sólo unos pocos años, más
concretamente entre los años que transcurren entre
1922 y 1945. Pueden señalarse ambas fechas con toda
precisión. Empezó entre 1922 y 1923 con el nacimiento
del partido fascista italiano que Mussolini llevó al
poder en la mítica marcha sobre Roma de 1922, seguida
un año después por el abortado "putsch"
de Munich de Hitler en Alemania, mientras que España,
con la dictadura del general Primo de Rivera, se fue aproximando
también en 1923. El fenómeno del fascismo llegó
a su mayoría de edad en los años treinta cuando
surgieron por toda Europa los partidos fascistas y llegaron
al poder, a veces mediante la conspiración, a veces
por la guerra civil, pero siempre bajo el patrocinio de Hitler
y Mussolini, unidos como una fuerza en la política
europea por el Pacto de Acero de 1936 y al cual se añadiría
más tarde el general Franco a partir de 1939. El fascismo
terminó en 1945 con la derrota y muerte de los dictadores
más destacados y la hecatombe o la huida de los seguidores,
sirviendo España de refugio para muchos de ellos.
Sin embargo, tras el amplio término de fascismo se
escondían, en verdad, dos distintos sistemas sociales
y políticos. Ambos eran autoritarios y opuestos a la
democracia parlamentaria, pero eran diferentes y la confusión
entre estos sistemas distintos es un factor esencial en la
historia del fascismo. Ambos sistemas pueden describirse como
el fascismo auténtico y el fascismo clerical. Casi
todo el movimiento fascista europeo ha estado compuesto de
estos dos elementos, pero en proporciones variables, y la
variedad de esta proporción tiene una relación
con la estructura de clase de cada sociedad en particular
y con la mayor o menor influencia social de la Iglesia católica.
[Woolf, S.J., y otros, "El fascismo europeo",
Grijalbd, México, 1970. También en "European
Fascism", Weidenfeld & Nicholson, Londres, 1968].
Si el fascismo auténtico ha sido analizado teóricamente
desde su derrota en 1945, el fascismo clerical, que perduró
en regímenes como el del general Franco en España,
ha despertado poco el interés de los historiadores,
sobre todo por sus profundas implicaciones con la Iglesia
católica. Por tanto, el fascismo auténtico,
lo que ha descrito el historiador inglés Hugh Trevor-Roper
como fascismo dinámico, [Trevor-Roper, Hugh, R.
L, "El fenómeno del fascismo", en Woolf y
otros, ob. cit., p. 36] con el culto de la fuerza, el
desprecio de las ideas tradicionales y religiosas, junto con
la afirmación de una amplia clase media baja en una
sociedad industrial debilitada, era muy distinto del fascismo
clerical, que estaba basado en el ultraconservadurismo ideológico,
es decir, en el tradicional conservadurismo clerical del antiguo
régimen del siglo XIX, modificado y puesto al día
para el siglo XX. Ambos eran autoritarios y defendían
la jerarquía social a ultranza, pero la diferencia
entre ellos era muy grande, aunque ambas formas políticas
se confundieron constantemente a lo largo de la historia europea.
La piedra de toque para distinguir un fascismo de otro era
la religión y en el caso de España la Iglesia
católica, la cual, para remediar la crisis que sobrevino
durante el primer tercio del siglo XX, seguía ofreciendo
el ideal conservador de 1890, es decir, un Estado de orden,
jerárquico, no democrático y corporativo. Esta
receta sería implantada luego, bajo forma de fascismo
clerical, además de España en Portugal, Austria
y Hungría, países en donde la estructura social
y la presencia de la Iglesia se mantenían como en el
siglo XIX. Oliveira Salazar en Portugal y el general Franco
en España o el almirante Horthy en Hungría y
directamente los sacerdotes católicos Hlinka y Tiso
en Eslovaquia, fueron representantes de ese fascismo clerical
que logró perdurar en algunos casos más allá
de 1945 y del que tanto se aprovechó el cura Escrivá,
después de la guerra civil con la victoria del general
Franco, para fundamentar una vez por todas su proyecto.
En el panorama de la época, Escrivá, quien
se estuvo extralimitando durante la Segunda República
reprochando tibieza a los propagandistas católicos,
se presentó luego, con la victoria de Franco después
de la guerra civil, como un renovador dentro del fascismo
clerical, aprovechando la coyuntura para establecer, asegurar
y hacer firme el proyecto que se denominó Opus Dei.
Mientras tanto, surgió en Madrid la oportunidad que
tanto anhelaban el cura Escrivá y su familia desde
su llegada en 1927 a la capital de España. El cargo
y la vivienda del rectorado del patronato de Santa Isabel
se encontraban libres y Escrivá se instaló con
su familia creyéndose con mejor derecho que otros,
después de estar varios años pululando por Madrid
"sin ningún beneficio eclesiástico",
como le decía su madre. [Vázquez de Prada,
Andrés, ob. cit., p. 139] Para ocupar el cargo
y la casa rectoral había enviado una instancia a la
dirección general de Beneficencia del gobierno republicano
de derechas con el bienio negro, de quien dependía
el patronato, y también había "ablandado"
previamente a la jerarquía eclesiástica.
El patronato de Santa Isabel lo formaban un convento de monjas
agustinas recoletas, fundado por Felipe II en el siglo XVI,
y un colegio dirigido por monjas de la Asunción. Escrivá
ejercía provisionalmente desde 1931 el puesto de capellán
del convento encargado de la asistencia espiritual de las
monjas de clausura, pero en su nuevo puesto como rector en
funciones debía supervisar la administración
del patronato que afectaba tanto al convento de las agustinas
recoletas como al colegio contiguo de la Asunción.
Aquel cambio representaba para Escrivá la primera
promoción importante en su carrera eclesiástica.
Tuvo por ello que solicitar la autorización oficial
del arzobispado de Zaragoza, diócesis en la que estaba
incardinado desde su ordenación como sacerdote. Así
regularizaba su situación eclesiástica, porque
se hallaba en una situación marginal con respecto a
la Iglesia, por lo menos desde 1929. José María
Escrivá dejaba de ser simple cura para convertirse
en todo un rector en funciones de un antiguo patronato real
aprovechando los tumultuosos años de la República.
Para obtener su nombramiento como rector del patronato, Escrivá
aprovechó sobre todo la coyuntura política favorable,
después de haber ganado las derechas las elecciones
generales en noviembre de 1933. Tomó posesión
oficial del cargo en diciembre de 1934, después de
que su nombramiento fuera publicado unos días antes
en el diario oficial de la República. "Esos rectorados
-señaló Pedro Cantero que llegó a ser
arzobispo de Zaragoza y era entonces colega de Escrivá-,
nos abrían campos apostólicos y nos permitían,
a nosotros que éramos sacerdotes extradiocesanos, trabajar
en la diócesis de Madrid con un beneficio colativo
y, por tanto, en una situación jurídica estable"
[Cantero Cuadrado, Pedro, Testimonio, en Varios Autores,
"Testimonios sobre el Fundador del Opus Dei", Palabra,
Madrid, 1994, pp. 77-78.] Resultaba paradójico
que el nombramiento y la primera promoción eclesiástica
de Escrivá aparecieran en el Boletín Oficial
del Estado, circunstancias que luego aprovecharían
sus seguidores para justificar tergiversadamente una espiritualidad
laica, alejada de cualquier clericalismo.
Una vez que Escrivá se encontró instalado junto
con su familia en la casa rectoral del patronato de Santa
Isabel con una perspectiva de situación jurídica
estable, no disminuyeron sino que aumentaron las constantes
preocupaciones económicas, porque había hallado
una buena oportunidad en Madrid aunque sin ninguna retribución
importante. Cuentan sus hagiógrafos que siendo ya rector
de Santa Isabel "hallándose abrumado de apuros
económicos", se acordó de san Nicolás
de Bari, abogado de tales situaciones. Hízole una promesa
en la sacristía: "¡Si me sacas de esto,
te nombro Intercesor!". [Gondrand, Francois, ob. cit.,
p. 101] Nombrar a un santo intercesor es una devoción
particular que consiste en hablar el santo ante Dios de una
persona, para conseguirle un bien o librarle de un mal. Los
mismos hagiógrafos cuentan que Escrivá fue hasta
la parroquia donde estaba la imagen de san Nicolás
de Bari para rezar pidiendo dinero, es decir, "a darle
un sablazo". El fundador del Opus Dei no tuvo entonces
mucho éxito con san Nicolás como santo intercesor
porque los graves problemas económicos continuaron.
Sus peticiones, sin embargo, sirvieron de entrenamiento y
más tarde Escrivá y sus seguidores se convirtieron
en verdaderos especialistas en sacar dinero a diestro y siniestro
"dando sablazos", esto es, con peticiones hábiles
o insistentes y sin ninguna intención de devolverlo.
Aun siendo Escrivá desde su juventud un sacerdote
jurídicamente marginado dentro de la Iglesia, su lustre,
autoestimación y deseos de grandeza sobresaliente eran
enormes. Su actividad era incesante en búsqueda de
una dignidad eclesiástica, de cargos o empleos honoríficos
y, sobre todo, de autoridad. La prebenda que correspondía
a un oficio honorífico y preeminente como era el rectorado
del patronato le colmaría algún tiempo, porque
contaba encima con una amplia vivienda, pero él soñaba
con ser un alto dignatario de la Iglesia católica,
un personaje investido de dignidad y se mostraba con gravedad
y decoro en la manera de comportarse desde los primeros tiempos,
como si ya hubiera alcanzado la suprema dignidad eclesiástica
que él anhelaba fervientemente.
Instalado como rector del patronato, a Escrivá le
llamaron la atención dos tumbas en la iglesia que dependía
del patronato y estaban por tanto dentro de su jurisdicción.
Las lápidas mortuorias, situadas bajo la cúpula
del crucero de la iglesia al pie del presbiterio, estaban
dedicadas a dos eclesiásticos catalanes, un vicario
general de los ejércitos reales, patriarca de las Indias
Occidentales, capellán y limosnero mayor del rey Carlos
IV; y el otro había sido también vicario general
castrense, patriarca de las Indias Occidentales, obispo de
Sión y pro capellán mayor de la Casa Real en
el siglo XVIII. [Berglar, Peter, ob. cit., pp. 371-372]
El vicariato militar ejercido por ambos dignatarios eclesiásticos,
que tenía poder e independencia con respecto a la Iglesia,
resultó ser una revelación para Escrivá,
porque podía ser la solución para el proyecto
de organización con el que soñaba. Desde entonces
pensó en utilizar el modelo de un vicariato general
castrense para sus planes, lo cual encajaba perfectamente
con sus ambiciones y podía seguir estando en armonía
con la subida imparable del fascismo y con su evolución
personal.
Tras convertirse en rector de un patronato que fue real hasta
la República, Escrivá se lanzó, como
una de sus primeras medidas, a la publicación de temas
espirituales, lo que no había podido realizar hasta
entonces. En sus dos publicaciones durante la Segunda República
repitió los mismos temas y preocupaciones en los que
iba a insistir a lo largo de su vida.
"Consideraciones Espirituales", su primer trabajo,
era un pequeño libro de 104 páginas que contenía
434 puntos de meditación y había sido editado
en mayo de 1934 con la autorización y apoyo económico
del obispo de Cuenca. A pesar de ser editado bajo los auspicios
de un obispo paisano suyo, por más señas aragonés,
a quien había pedido consejo para imprimir el libro
de la forma más económica posible, sabiendo
que la Imprenta Moderna de Cuenca pertenecía al seminario,
la publicación del librito representaba un ascenso
en su condición social, después de haber conseguido
la dirección del patronato en Madrid. La obrita rezumaba
un curioso tono de distinción que ya se detectaba en
la advertencia preliminar: "estos apuntes, escritos sin
pretensiones literarias ni de publicidad, respondiendo a necesidades
de jóvenes seglares universitarios dirigidos por el
autor". Sin embargo, en la página 39 se dirigía
a "catedráticos, periodistas, políticos
y hombres de diplomacia", es decir, miembros de la elite
por quienes también deseaba ser leído. También
recomendaba en tono sugerente a sus futuros lectores "pasar
ocultos", y hasta tal punto lo practicaba ya el autor
del librito que el secreto de su apellido no figuraba en portada
y tan sólo aparecía "José María",
su nombre de pila. [El texto íntegro de "Consideraciones
Espirituales", publicado en mayo de 1934 y cuyo autor
firmaba simplemente "José María",
en Ynfante, Jesús, Opus Dei, Grijalbo Mondadori, Barcelona,
1996, Anexo 1, pp. 503-533.] La condición de "pasar
ocultos" en 1934 no tenía, sin embargo, la arrogancia
y énfasis que mostró a partir de 1939, cuando
ya se había puesto en marcha de forma estructurada
la organización del Opus Dei.
Una lectura de "Consideraciones Espirituales" permite
afirmar que Escrivá tenía en mente una visión
algo detallada aunque incompleta sobre lo que iba a ser su
proyecto. Así, menciona "plan de vida", "mortificación
continua", "cruz de palo sin crucifijo", elementos
que posteriormente formarían parte de la amplia panoplia
de recursos utilizados por los primeros militantes del Opus
Dei. Pero entonces, hacia 1934, todo indica que su apostolado
se reducía a un nivel de simple labor individual con
prácticas espirituales dirigidas a individuos aislados
sin cohesión de grupo. Por ello, en la correspondencia
de Escrivá con el vicario general de la diócesis
de Madrid hay alusiones al librito "Consideraciones Espirituales"
y a la Academia DyA, a "nuestro apostolado sacerdotal
entre intelectuales" ya las "obras de celo con estudiantes",
pero los nombres de Obra de Dios u Opus Dei como organización
nunca son mencionados. [Estruch, Joan, "Santos
y pillos. El Opus Dei y sus paradojas", Herder,
Barcelona, 1994, pp. 146-147.] Se puede citar un ejemplo
curioso de su actividad por aquella época, cuando preparaba
un retiro espiritual para el primer domingo del mes de mayo
de 1934 y en carta al vicario del obispado de Madrid insistía
con autobombo sobre la calidad de su labor considerada nada
menos que "apostolado sacerdotal entre intelectuales",
aunque luego en la misma carta trataba explícitamente
a los estudiantes universitarios que iban a acudir al retiro
espiritual como "muchachada": "Yo le pido,
Sr. Vicario, que encomiende esta muchachada en la Santa Misa:
se lo merecen..." [Escrivá, José María,
Correspondencia con el vicario de la diócesis de Madrid-Alcalá.
Carta del 12 agosto 1934, en Hoja Informativa, n° 5, Madrid,
s.f., p. 8. También en Bernal, Salvador, ob. cit.,
pp. 198-199]. En otra carta al vicario de la diócesis,
Escrivá también se refiere a los estudiantes
como estos "chicotes", término que denota
cierto afecto y que se utilizaba antaño para designar
a chicos sanos y fuertes, muy en consonancia con aquellos
tiempos de subida del fascismo. Resulta evidente que las expresiones
"muchachada" y "chicotes" seguían
estando distanciadas de las condiciones estrictas que Escrivá
iba a exigir a los futuros adeptos para la puesta en marcha
del proyecto. Faltaba todavía una captación
más rigurosa para formar el núcleo de primeros
militantes y una ideología fascista más elaborada
que sirviera como fuerte nexo de unión entre ellos,
todo lo cual iba a cuajar en la academia-residencia de la
calle Ferraz con la primera fundación del Opus Dei.
Entretanto, Escrivá les seguía hablando de
entrega personal completa, así como de una empresa
de trabajo apostólico para extender el reinado de Cristo.
De esta época data la aparición de varias hojas
volanderas de publicación irregular, tiradas con una
multicopista primitiva, que tituló pomposamente "Noticias"
y comenzó a enviar durante el verano de 1934, para
seguir manteniendo contacto con los estudiantes durante las
vacaciones. Se trataba de una idea inspirada en el boletín
interno de los nacional-católicos de la ACNP para lo
cual Escrivá copió el título de una columna
situada en la última página del boletín
de los propagandistas. Ya el mismo hecho de su elaboración
dejaba bien clara su intención de mantener un lazo
de unión entre los estudiantes dirigidos espiritualmente
por él, al tiempo que les ofrecía comentarios
sobre hechos y situaciones con una perspectiva que puede catalogarse
como de fascismo clerical. Y también, de este modo,
Escrivá convertía pacientemente su sueño
de una empresa de apostolado en la realidad de una fundación.
Su segunda publicación, la obrita titulada "Santo
Rosario", publicada en Madrid en 1935, era una meditación
de los quince misterios dolorosos, gozosos y gloriosos que
constituyen el rezo completo del rosario. Considerado por
Escrivá como "libro de oración y meditaciones",
el texto se formaba por una serie de comentarios cortos para
facilitar la meditación de los quince misterios, junto
con unas breves consideraciones sobre las letanías,
por supuesto que lauretanas y en latín, por descontado.
Un texto corto, redactado "de un tirón" afirman
sus hagiógrafos. En el prólogo Escrivá
hacía la siguiente advertencia: "No se escriben
estas líneas para mujercillas. -Se escriben para hombres
muy barbados, y muy... hombres, que alguna vez, sin duda,
alzaron a Dios... El principio del camino, que tiene por final
la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia
María Santísima. ¿Quieres amar a la Virgen?
-Pues, ¡trátala! ¿Cómo? -Rezando
el Rosario de Nuestra Señora". Escrivá
añadía en el prólogo otros temas preferidos
suyos como la tendencia al secreto o la receta típica
del fascismo clerical de encomendar a los "hombres muy
barbados y muy... hombres" que para ser más fuertes
tenían que volver a la vida de infancia: "He de
contar a esos hombres un secreto que puede muy bien ser el
comienzo de ese camino por donde Cristo quiere que anden.
Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.
Ser pequeño exige creer como creen los niños,
amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan
los niños..., rezar como rezan los niños".
También se refería en el prólogo a un
apostolado que él ya veía de dimensión
universal: "Ojalá sepas y quieras tú sembrar
en todo el mundo la paz y la alegría con esta admirable
dimensión mariana y tu caridad vigilante". Desde
el prólogo de su obrita "Santo Rosario",
Escrivá repetía sin cesar los mismos temas y
preocupaciones en los que iba a insistir a lo largo de toda
su vida.
Huyendo hacia delante, en un fracaso que iba a ser considerado
luego por sus seguidores como una ampliación, la pequeña
academia DyA de la calle Luchana se trasladaría a la
calle Ferraz en Madrid para convertirse en academia-residencia,
donde el negocio iba a estar más integrado y tendría
una dimensión de mayor envergadura.
Después de la instalación y escaso funcionamiento
de la academia DyA en la calle Luchana, Escrivá y su
familia decidieron dar el paso decisivo en Madrid con un desdoblamiento
de actividades, alquilando tres pisos en un inmueble situado
en el número 50 de la calle Ferraz, en las proximidades
del Parque del Oeste. La academia para clases se instaló
en el cuarto piso, mientras que la nueva residencia DyA, prevista
para estudiantes internos y con una vida en común,
ocuparía junto con la familia Escrivá los dos
pisos de la tercera planta. Aquello representaba el comienzo
de una verdadera actividad fundacional por la posibilidad
de aglutinar bajo el mismo techo a los estudiantes dirigidos
espiritualmente por Escrivá que se encontraban dispersos
hasta entonces por la capital de España. Con la academia-residencia
DyA que intentaron entrara en funcionamiento en el mes de
octubre de 1934 se reunían finalmente todos los requisitos
para llamar a aquello una fundación, sobre todo por
la vida en común de los futuros primeros miembros;
pero tampoco pudo funcionar bien de inmediato por la falta
de medios materiales y la escasez de seguidores. El proyecto
cuajaría más tarde, bien entrado el año
1936; sería entonces, a los treinta y tres años,
la misma edad de Cristo, con una evidente madurez física
y mental, cuando Escrivá se entregaría de lleno
a la instalación de la primera residencia de la Obra
y a la puesta en marcha de su proyecto.
A comienzos de 1935 las estrecheces económicas habituales
de la familia Escrivá se agravaron por la falta de
residentes, ya que sólo eran dos y pensaban alojar
hasta veinte. Les resultaba imposible sostener tres pisos,
de modo que en febrero de 1935 abandonaron uno e instalaron
la academia donde estaba la residencia. Como ayuda para resolver
los problemas económicos Escrivá colocó
una imagen de san Nicolás de Bari con la siguiente
inscripción debajo: "Sancte Nicolae curam domus
age" ("San Nicolás, ten cuidado de la casa").
La imagen servía a los visitantes de recordatorio para
que depositaran dinero de igual manera que el santo obispo
Nicolás de Bari depositó una suma de dinero
en la ventana de una casa donde vivían tres jóvenes
que no podían casarse por falta de dote. [Gondrand;
Francois, ob. cit., p. 101] También colgado de
una pared del vestíbulo, cerca de la entrada, había
un repostero como objeto simbólico que tenía
una significación especial para los iniciados. Era
de paño gris azulado y en la parte inferior tenía
unas plantas de cardo con tela superpuesta, lo que significaba
espinas y asperezas; en la parte superior había unas
estrellas con la leyenda "per aspera ad astra",
[Gutiérrez Ríos, Enrique, "José
María Albareda, una época de la cultura española",
Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid,
1970] que se traducía "por las asperezas al
cielo" y también "por caminos difíciles
hasta los luceros". Esta última expresión,
que gustaba a los iniciados, fue utilizada hasta la saciedad
por el fascismo clerical en España por aquella época.
Dentro de la academia-residencia, la instalación de
la capilla en una habitación representó un paso
importante en los preparativos de la primera fundación
de la Obra de Dios. Colgada en una de las paredes de la capilla
se hallaba una cruz negra vacía, sin crucifijo, una
cruz de palo de talla humana que iba a tener un significado
muy concreto y fue luego una de las piezas maestras en el
simbolismo del Opus Dei. En el librito "Consideraciones
Espirituales", publicado en 1934, José María
Escrivá ya mencionaba la cruz de palo sin crucifijo:
"Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable
y sin valor... y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es
tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y
sin consuelo..., que está esperando al Crucifijo que
le falta: y ese Crucifijo has de ser tú". En el
primer "templo" de la Obra la cruz negra vacía
llegó a formar parte del decorado teatral del que gustaba
rodearse Escrivá en sus pláticas espirituales,
pero luego comenzaron a celebrarse ante ella las primeras
ceremonias de admisión en el Opus Dei, actuando como
testigo espiritual José María Escrivá.
Delante de la cruz negra los futuros miembros estaban obligados
a leer una jaculatoria de fórmula breve durante la
ceremonia de ingreso en la Obra de Dios.
Los primeros miembros estarían obligados a observar
vida en común, aunque sin hábitos monásticos,
con objeto de compartir una vida contemplativa y un recogimiento
que necesitaban para la oración, junto con una actividad
exterior en la que harían apostolado y ayudarían
a sufragar al mismo tiempo los gastos de la organización.
El juramento de votos, que tenía lugar para formalizar
la entrada como miembro en la Obra de Escrivá, se hacía
delante de la cruz negra de palo y los votos eran los tradicionales
religiosos de pobreza, castidad y obediencia, con la originalidad
de hacerse en orden invertido, es decir, obediencia, castidad
y pobreza. Por los tiempos que corrían la obediencia
era más importante que la castidad y la pobreza.
De entre las personas que giraron en torno a Escrivá
durante la República salieron los primeros miembros
de la Obra, en su mayoría jóvenes estudiantes,
que pasarían a ser cofundadores. También había
alguno de la misma edad que Escrivá y que había
compartido tareas de catequesis con las Damas Apostólicas
antes de la llegada de la Segunda República, pero el
grupo más compacto estaría formado principalmente
por jóvenes estudiantes. El clima político deteriorado
de la República atrajo más clientela a aquella
primera residencia montada por Escrivá, que sirvió
de base para la primera fundación del Opus Dei en los
meses finales de 1935 y en el primer semestre de 1936.
Algunos de los jóvenes estudiantes fervorosos se tomaban
muy en serio sus obligaciones y se reprendían entre
ellos cuando algo no iba bien. La costumbre de la corrección
fraterna se convirtió enseguida en una muestra de "buen
espíritu" entre los primeros miembros de la Obra,
aunque tales prácticas presentaban también unos
aspectos tan siniestros que se correspondían más
bien con la clásica delación y con la denominada
"pedagogía del miedo", practicada antaño
por la Inquisición española. En aquellas prácticas
empezaba a cuajar el espíritu fundacional y allí,
en Ferraz 50, comenzaron a aparecer signos distintivos de
la Obra, como la cruz de palo y los castigos corporales. Mortificaciones
como dormir en el suelo, castigarse el cuerpo por medio de
un pequeño cilicio apretado en el muslo durante dos
horas al día y de azotarse con un látigo de
cuerda por lo menos una vez a la semana, fueron consideradas
"costumbres piadosas" por los primeros miembros
de la Obra y, para servir de ejemplo, Escrivá se entregaba
de lleno a una serie de mortificaciones con cilicios, ayunos
y disciplinas. Mortificarse era muy bueno, según Escrivá,
para domar las pasiones castigando el cuerpo y refrenando
la voluntad. Se asustaron, sin embargo, algunos de los primeros
miembros cuando circularon relatos truculentos sobre las mortificaciones
del fundador, al que le gustaba flagelarse duramente. [Un
hagiógrafo de Escrivá cuenta que uno de los
estudiantes y primeros seguidores de Escrivá, Ricardo
Fernández Vallespín, para evitar el ruido de
los latigazos que se aplicaba el fundador tenía que
taparse los oídos para no oír el sordo golpeteo
procedente del cuarto de baño y otro de los cronistas
oficiales del Opus Dei se atreve a contar los detalles: "En
su cuarto guardaba el Padre, en una caja, el cilicio y las
disciplinas. Impresionaba ese instrumento de flagelación,
de cuyos cabos pendían cabos de herradura y cuchillas
de afeitar, hasta el punto de que las paredes del cuarto de
baño estaban salpicadas de sangre." En Vázquez
de Prada, Andrés, ob. cit., p. 161. También
en Ynfante, Jesús, "Opus Dei", Grijalbo Mondadori,
Barcelona, 1996, p. 55.] Maltratar el cuerpo con azotes
era un signo de ascesis medieval y en diversas religiones
los ascetas se han flagelado por espíritu de sacrificio
y también para rechazar las tentaciones. El espíritu
fundacional se fue complicando con una más que prolija
normativa diaria, semanal o mensual, que incluía, entre
otras actividades, misa, comunión, rezo del ángelus,
visita al sagrario, lectura espiritual, rosario completo de
quince misterios y mortificaciones.
El núcleo inicial que cuajó como organización
en los meses finales de 1935 y el primer semestre de 1936
estuvo formado por unos quince miembros, en su mayoría
jóvenes estudiantes. A Escrivá le atraía
mucho el número doce, a imitación de Jesucristo
y sus doce apóstoles, pero desde un principio las cuentas
nunca cuadraron por algunas defecciones primerizas y también
por el sistema fluctuante de adhesiones utilizado por el fundador
en los primeros tiempos. Así, las primeras adhesiones
fueron mantenidas por Escrivá en la indefensión
para obtener la imagen apropiada de doce, y adjudicaba a veces
un número, "tú eres el número ocho"
decía a uno, aunque luego podía decirle lo mismo
a otro miembro.
El eje de la formación espiritual de la naciente Obra
de Escrivá se basaba en técnicas típicas
del fascismo clerical, empezando por una sumisión completa
al fundador que intervenía por el voto de obediencia
en las conciencias de los primeros miembros y en todos los
asuntos internos de un proyecto de inspiración celestial.
Aquellos jóvenes seguidores formados en la residencia
DyA de la calle Ferraz padecían una extraña
inmadurez junto con un curioso sometimiento a todo lo que
decía "el Padre", empezando por el estudiante
nombrado director de la residencia, a quien Escrivá
trataba en público de "medio director", mitad
en broma, mitad en serio. El régimen de la vida en
común era tan duro y los controles tan rigurosos que
ya se podía hablar entonces de seres totalmente condicionados
y hacer un análisis negativo de ellos, hasta desde
un punto de vista cristiano, al comportarse como si fueran
juguetes dirigidos por un mando a distancia.
A medida que se degradaba el clima social, Escrivá
afianzaba su proyecto y acogía a más estudiantes.
Llamaba especialmente la atención ver en la. residencia
DyA a algunos estudiantes de ingeniería que estaban
considerados entonces como una elite entre los estudiantes
y tenían fama de participar poco en trabajos de apostolado
y en cuestiones religiosas.
Así, el ingeniero se iba a elevar a la dignidad de
ser levadura de la sociedad gracias a Escrivá, lo cual
iba a representar posteriormente uno de los rasgos de la pretendida
originalidad del Opus Dei.
Entre los que vivieron en la residencia y se confesaban con
Escrivá se puede mencionar a un estudiante que participó
en el intento de asesinato de Jiménez de Asúa,
abogado socialista, vicepresidente del parlamento de la República
y uno de los autores de la Constitución republicana.
[Moncada, Alberto, "Historia
oral del Opus Dei", Plaza &Janés,
Barcelona, 1987, pp. 16-17] Paseando en automóviles,
armados de ametralladoras, estudiantes terroristas madrileños
hicieron cuanto estuvo en sus manos para aumentar el desorden
y el caos en un ambiente manifiesto de insurrección
contra la República y uno de los que residía
en la DyA participó en el atentado contra uno de los
llamados padres de la República. Luego relataría
admirado entre sus compañeros de residencia la valentía
de uno de los policías de la escolta de Jiménez
de Asúa. Posteriormente, en las semanas anteriores
al 18 de julio de 1936 hasta cayó asesinado el juez
que había condenado a veinticinco años de cárcel
a uno de los autores del atentado, mientras que uno de sus
cómplices, el estudiante de la residencia DyA, logró
esconderse de la policía.
"Durante la perspectiva de mis años mozos -ha
señalado uno de los primeros seguidores de Escrivá
refiriéndose a la primera fundación-, yo veía
al Padre como una gran personalidad que nos hablaba de santificación
personal en la vida laica, una cosa nueva para mí en
aquel entonces, y de responsabilidad en la recristianización
del mundo. El Padre tenía la firme convicción
de que Dios le había llamado para arreglar la situación
de la Iglesia. Y eso lo decía cuando, al mismo tiempo,
apenas tenía dinero para pagar las facturas y estaba
rodeado de cuatro chicos como yo." [Fisac, Miguel,
Testimonio, en Moncada, Alberto, ob. cit., p. 89.] En
los primeros tiempos Escrivá había autorizado
para que se le tuteara, pero comprobó más tarde
que aquellos jóvenes, "los chicos", le perdían
el respeto, por lo que dio marcha atrás y empezó
a ponerse más distante. Así, desde comienzos
de 1936 ya era un hecho el llamarle "Padre", no
padre Escrivá por su condición de sacerdote,
sino por ser fundador Padre, a secas. Por aquel tiempo encontraría
también una justificación para sus ambiciones
y decidió que tenía que aparecer siempre como
una persona importante, porque así se le tendría
respeto a su Obra, logrando tranquilizar de esta manera a
su conciencia al asegurar que todo lo hacía por el
bien de ella. Fue además entonces cuando decidió
unir los dos nombres, José y María firmando
Josemaría, por devoción a la Virgen y a san
José, según sus hagiógrafos. [Gondrand,
Francois, ob. cit., p. 106] Finalmente, los ardientes
deseos de un oscuro cura llamado Escrivá de conseguir
poder, riquezas, dignidades y fama, iban a cumplirse ambiciosamente
después de varios intentos fallidos por medio de una
organización enteramente suya, dominada completamente
por él.
Un día a comienzos de 1936, en una de las ocasiones
que tuvo uno de sus seguidores de acompañar a Escrivá,
desde la residen |