Gracias a Dios, ¡nos fuimos!
Opus Dei: ¿un CAMINO a ninguna parte?

El santo fundador del Opus Dei
Índice del libro
Introducción
1. Turbosantidad del fundador
2. Primeros años de vida oscura
3. De Madrid al cielo
4. La segunda República y la guerra civil española
5. A la sombra de la dictadura
6. Cuatro fundaciones
7. El fundador en Roma
8. Intenso crecimiento
9. Último período en la vida del fundador
FIN DEL LIBRO
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EL SANTO FUNDADOR DEL OPUS DEI
Autor: Jesús Infante

CAPÍTULO 6. CUATRO FUNDACIONES

SI DESDE FINALES DE 1935 la primera fundación duraría tan sólo unos meses por el estallido de la guerra civil en el mes de julio de 1936, fue a partir del final de la guerra, en 1939, con el afianzamiento personal de Escrivá y de la gestación del proyecto, cuando comenzó a funcionar de hecho la rama masculina del Opus Dei y cuando puede decirse que empezaron a perfilarse también las tres restantes fundaciones, proceso que duró aproximadamente hasta el año 1950. Con perspectiva histórica puede señalarse que la fundación del Opus Dei duró quince años, desde 1935 a 1950, incluyendo una guerra civil de tres años de por medio. Además de Escrivá, en la primera fundación de varones después de la guerra civil intervino una serie de católicos ultras que se hicieron miembros militantes del Opus Dei y se ocuparon tanto de las cuestiones jurídicas como de las cuestiones educativas, dejando a Escrivá sobre todo la parcela de la espiritualidad. Tan sólo basta con señalar que hasta 1956 el máximo órgano de gobierno del Opus Dei, el Consejo General, se encontraba en Madrid, porque un solo individuo, el fundador, instalado desde noviembre de 1946 en Roma, era impotente para dirigir a distancia y de modo absoluto toda la organización.

Queda claro, sin embargo, el hecho de que Escrivá con la intención de dar a su Obra un carácter de novedad montó, en tiempos del fascismo y con la preciosa ayuda de algunos de sus seguidores, una organización clerical con una estructura rigidísima pero con visos de modernidad y anclada a la vez en un olvidado pasado, como fueron los cruzados de la Edad Media o los primeros cristianos del siglo I de nuestra era. Aún más, el Opus Dei fue diseñado según las concepciones nada originales de Escrivá, como una estructura jerárquica de carácter secular y militar, a la manera de un vicariato apostólico, presentándose Escrivá con la altura de espíritu y con la dignidad eclesiástica suficientes como para regir por cuenta propia las cristiandades en un territorio como era el universitario en España, donde aún estaba poco introducida la jerarquía eclesiástica, es decir, el poder de la Iglesia.

Si en los primeros tiempos de la posguerra, con la primera fundación, Escrivá se encargó de todo, especialmente de la espiritualidad, y Albareda de la educación, el grupo formado entre otros por Álvaro Portillo, Hernández Garnica y Jiménez Vargas, se ocupó de la organización. Estos últimos miembros fundadores hicieron su aprendizaje durante la guerra en el ejército de Franco y descubrieron la pretendida eficacia de la organización militar, en donde las tradiciones y los métodos organizativos, aunque medievales y superados, seguían aún en vigor. En otras palabras, Escrivá y los primeros "socios" fundamentaron la organización en una jerarquía feudal y militar.

La Obra de Escrivá pretendía resolver por vía expeditiva algunos de los problemas del nacionalcatolicismo español, pero planteaba nuevos interrogantes, porque todo el tinglado montado con la primera fundación condujo a una organización piramidal extremadamente jerarquizada, donde las desigualdades eran y siguen siendo tan patentes que no pueden coexistir dos miembros en un plano de igualdad dentro del Opus Dei:

"Donde quiera que haya dos miembros del Instituto, a fin de no verse privados del mérito de la obediencia, ha de guardarse siempre una cierta subordinación, por la cual el uno quede sometido al otro según orden de precedencia", señala la norma 31 parágrafo 3° de las constituciones secretas del Opus Dei que entraron en vigor en 1950. Lo curioso y extraordinario del caso es que la falta de igualdad que existe o se supone que existe entre dos miembros vivientes del Opus Dei se prolonga hasta después de la muerte de ellos. Las normas 289 y 290 de las constituciones son bien explícitas, porque para cada uno de los miembros numerarios o agregados difuntos, aparte de la misa de exequias, se aplicarán treinta misas gregorianas, así como una misa en el primer aniversario del fallecimiento; mientras, en cambio, para cada uno de los miembros supernumerarios difuntos sólo se debe celebrar tres misas corrientes y ninguna en el primer aniversario del fallecimiento. En los complicados entresijos burocráticos del Opus Dei nunca ha estado claro a quién se debe obediencia porque sobre cada miembro hay una autoridad local, una autoridad regional, otra nacional y la romana. De modo que a veces surgen contradicciones entre lo que le ordena quien convive con el miembro de la Obra y lo que le ordenan o aconsejan autoridades superiores. Esto complica la posición del sacerdote, quien también da consejos, a veces imposibles de cumplir a no ser que el miembro desoiga a las otras autoridades de la Obra. [Moncada, Alberto, El Opus Dei, una interpretación, Índice, Madrid, 1974, pp. 104-106]. En otras palabras, que, como una "mafia", no sólo está el "capo", el "sottocapo" y los "soldati", sino también los "consiglieri" que intervienen cada día en la conducta de los miembros del Opus Dei.

Las interrelaciones de los miembros del Opus Dei están basadas en papeles claramente definidos de sumisión y dominio, todo lo opuesto a una relación en pie de igualdad. Consecuentemente, en la imagen familiar que el "hijo" o miembro del Opus Dei tiene de "los padres" o superiores jerárquicos, éstos aparecen como aquel que prohíbe o, al menos, como un ser distante. Así las relaciones "familiares" dentro del Opus Dei se caracterizan por el sometimiento temeroso a las exigencias de "los padres" y por una completa represión de aquellos impulsos que los mismos no encontrarían aceptables. En resumen, que la vida de los miembros se iba a desenvolver dentro del Opus Dei entre las coordenadas de un integrismo religioso y de un autoritarismo de origen fascista llevado a extremos aniquiladores de la personalidad humana.

En el escrito dirigido al obispo de Madrid-Alcalá, solicitando en 1941 su aprobación como pía unión diocesana para el Opus Dei, Escrivá señalaba de entrada en el escrito que "el Opus Dei es una Asociación Católica de varones y mujeres", cuando aún no se había creado formalmente una sección femenina dentro del Opus Dei. El hecho era que las seguidoras de Escrivá aún no disponían el 14 de febrero de 1941 de una estructura permanente similar a la de los hombres. En la fundación que iba a tomar forma en 1941 Escrivá iba a inspirarse directamente en la Falange española. Así, a través de la sección femenina, las mujeres en el Opus Dei se iban a encargar del control de todos los servicios sociales y, al igual que en la Sección Femenina de Falange, Escrivá condenó a la mujer a ser una criada esposada dentro de la Obra.

Los antecedentes de la sección femenina del Opus Dei se remontaban en el pasado al 14 de febrero de 1930, día de San Valentín si nos atenemos al calendario católico, que representa una fecha de fundación en la historia llena de fantasías elaborada para consumo interno por el Opus Dei. Ese día Escrivá afirmaba haber tenido una revelación divina cuando celebraba la misa en la capilla privada de una vieja marquesa y fue entonces cuando fundó, según él, la rama femenina del Opus Dei; aunque luego en realidad el proyecto no cuajaría como organización hasta bien entrado el año 1941.

Durante la Segunda República Escrivá logró en algún caso aislado un cierto acercamiento espiritual hacia las mujeres, pero como grupo femenino se trataba entonces tan sólo de reuniones o charlas en casa de alguna simpatizante del proyecto, y los domingos iban juntas las primeras seguidoras de Escrivá en catequesis al barrio madrileño de La Ventilla. Por su edad eran chicas jóvenes, una de ellas era profesora de colegio, otra enfermera y varias empleadas. Sin embargo, a lo largo de la tumultuosa Segunda República española las mujeres captadas por Escrivá para su proyecto de organización se fueron apartando poco a poco, porque lo cierto era que ningún proyecto de rama femenina en el Opus Dei podía cuajar completamente mientras estuviera presente la madre de Escrivá en las decisiones de Josemaría. En las máximas del librito Camino el elogio exagerado que el fundador del Opus Dei tributa a las mujeres es la típica alabanza que se hace a los seres considerados prácticamente como inferiores. Destaca especialmente la máxima 946 con una afirmación impresionante sobre el valor secundario concedido a la mujer:

"Ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas".

El papel de la mujer estaba bien ordenado en la sociedad española de la posguerra, según preceptos religiosos inmutables y supuestamente divinos. En aquella ideología dominante, el fascismo clerical, la mujer estaba por naturaleza creada para la sumisión, el silencio, y para el servicio doméstico y la lealtad hogareña, o para la reclusión religiosa. Dentro del Opus Dei, la sujeción de las mujeres iba a alcanzar, en consecuencia, cotas aberrantes, pues además de la mortificación corporal y la obediencia extrema debían, entre otras cosas, pedir permiso incluso para beber agua entre las comidas [Moncada, Alberto, Historia oral del Opus Dei, Plaza &: Janés, Barcelona, 1987, p. 20]. No obstante, el Opus Dei ofrecería a las primeras seguidoras de la posguerra una actividad mayor que las restantes organizaciones femeninas católicas y, como estaría calcada además de la de sus "hermanos" varones, las adhesiones no faltaron a partir de la fundación de la rama femenina en el Opus Dei.

Hubo un primer intento de arranque con éxito en el nacimiento de la sección femenina, cuando Escrivá dio un curso de retiro espiritual a un grupo de jóvenes madrileñas en septiembre de 1940, pero fue posteriormente, con el reconocimiento jurídico de la Obra como pía unión diocesana y, sobre todo, con el fallecimiento de la madre de Escrivá que sobrevino en abril de 1941, cuando quedó desbloqueada la situación. En este segundo intento, que puede ser calificado de fundacional en la historia del Opus Dei, las nuevas seguidoras de Escrivá fueron las hermanas de los primeros seguidores masculinos.

De hecho, la sección femenina del Opus Dei se inspiró sociológicamente, qué duda cabe, en la omnipresente Sección Femenina de la Falange, de cuya delegada nacional decían con sorna en la época que de una camisa vieja de su hermano se había hecho una combinación de las que duran toda la vida. Si Pilar Primo de Rivera era la hermana del fundador de la Falange, las nuevas seguidoras de Escrivá fueron las hermanas de los primeros miembros del Opus Dei. Así nos encontramos con Guadalupe Ortiz Landázuri hermana de Eduardo Ortiz Landázuri, Rosario Orbegozo hermana de Ignacio Orbegozo, Dolores Fisac hermana de Miguel Fisac, Enrica y Fina hermanas de Francisco Botella, Victoria López Amo hermana de Ángel López Amo, Encarnación Ortega hermana de Gregorio Ortega, Pilar Navarro Rubio hermana de Emilio y Mariano Navarro Rubio. Y también María Altozano, Dolores de la Rica, Margarita Barturen, María Teresa Echevarría, etc. Ello prueba suficientemente el doble grado de dependencia, tanto individual como familiar con respecto a sus hermanos del Opus Dei, que tuvo la rama femenina desde su nacimiento.

Las primeras militantes del Opus Dei fueron estas jóvenes, pero algunas no pudieron seguir adelante y abandonaron rápidamente, entre otras razones, por el escollo que todavía representaba la madre de Escrivá, cuyos criterios eran inapelables incluso para el fundador de la Obra. Otras, sin embargo, aguantaron y se mantuvieron dentro de la Obra, alquilándose para ellas un piso donde comenzarían a vivir en comunidad, aunque al poco tiempo se trasladaron a la casa de tres plantas con jardín, situada en la esquina de las calles Diego de León y Lagasca, en el distinguido barrio madrileño de Salamanca, donde estaba situada la sede central del Opus Dei, que era el primer centro de estudios y donde vivía también Escrivá con su familia. La instalación de las mujeres se realizó con total separación de los varones, porque "entre santa y santo, pared de cal y canto"gustaba repetir Escrivá parafraseando a santa Teresa de Jesús. Las razones aducidas por Escrivá para abandonar el piso independiente de las primeras militantes fue que "no parecía prudente que un sacerdote joven acudiese asiduamente a un piso, en el que no vivía nadie, para formar a un grupo de chicas también jóvenes" [Bernal, Salvador, "Monseñor Josemaria Escrivá de Balaguer", Rialp, Madrid, 1976, p. 149]. Hasta 1941, en una organización masculina como era la Obra de Dios, la madre y la hermana de Escrivá ofrecieron entre aquellos varones un toque de dulzura y de calor de hogar, características propias de una familia y de todo lo cual iban a presumir constantemente los primeros miembros de la Obra desde sus orígenes, muy especialmente los que se habían adherido antes de la guerra civil, entre 1935 y 1936. Dolores y Carmen Escrivá, la madre y hermana del fundador, se encargaron de la administración del incipiente Opus Dei y cuando murió la madre en 1941 toda esta labor recayó sobre su hermana Carmen.

En el verano de 1942, como ya eran media docena de mujeres, se instaló el primer centro del Opus Dei exclusivamente femenino en un pequeño chalet en la calle Jorge Manrique, situado justamente al lado de la sede del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, controlado por el Opus Dei. La formación espiritual, la labor apostólica, la reglamentación, el ceremonial y la vida de comunidad "en familia" eran semejantes a las de los miembros varones, pero con unas normas de vida cotidiana para las mujeres todavía más rigurosas. "En la Obra hay un solo puchero" repetía incansablemente Escrivá cuando el Opus Dei abría nuevas casas siempre en barrios elegantes de la capital de España.

Con la expansión de la Obra y el crecimiento del número de centros se hizo necesaria una solución definitiva de los problemas de intendencia y administración que se agravaban en los pisos de la Obra. La organización de la sección femenina había sido calcada de la sección de varones, comenzando por la captación de miembros numerarias, de aspecto físico irreprochable y con estudios superiores o su equivalente en dinero, pero cuyo rendimiento en las tareas del hogar era ineficaz o casi nulo. Escrivá decidió recurrir entonces a mujeres más bregadas en las tareas domésticas, creando el escalón inferior de numerarias auxiliares que eran en realidad unas simples sirvientas. Así, por las mismas necesidades del servicio, la fundación de la sección femenina se amplió a mujeres sin cultura para la atención material de la sede central y de las otras casas del Opus Dei en cuestiones como la cocina, lavado y planchado de la ropa, etc. Conviene señalar como nota positiva en esta fundación que el carácter voluntarista, ascético, casi cuartelario, de la convivencia de los miembros numerarios de Escrivá comenzó a suavizarse con la correlativa promoción de la sección femenina. [Moncada, Alberto, Historia oral del Opus Dei, Plaza &:Janés, Barcelona, 1987, p. 104].

Para los modales de las sirvientas, desde la vestimenta a la forma de servir la mesa, Escrivá se inspiró en las mansiones que visitaba de la aristocracia. Pedro Ybarra, el hijo de la marquesa de Mac-Mahón, Carolina Mac-Mahón Jacquet, llamada familiarmente Carito por amigos y conocidos, había permanecido durante la guerra junto con dos de los primeros miembros de la Obra, en las oficinas que tenía el general Orgaz en Burgos y, terminada la guerra civil, Escrivá se hizo invitar a Bilbao a la casa de los padres de Pedro Ybarra. Cuando el fundador del Opus Dei visitó la mansión de la marquesa de Mac-Mahón en Neguri, cerca de Bilbao, descubrió el refinamiento y los modales del mundo de los magnates de la oligarquía vasca, y fue la primera reacción de Escrivá la de copiar aquel estilo doméstico y los modos de organización para las primeras casas del Opus Dei. A partir de entonces pudo contemplarse en ciertas residencias madrileñas el espectáculo de chicas esmeradamente vestidas de negro, con cofia y delantal blanco, sirviendo la mesa con un silencio sepulcral a sus hermanos varones de la Obra.

Escrivá también preveía que los oblatos, una nueva categoría inferior de miembros fundada para la ocasión, prestaran ciertos servicios domésticos a los miembros numerarios. Aunque sin asumir plenamente la tradicional división frailuna entre profesos y legos con los que el mundo religioso masculino resolvía desde hacía siglos los problemas domésticos en monasterios y conventos, la categoría de miembro oblato fue creada entonces por Escrivá dentro del Opus Dei como una segunda división para aquellos que no reunían todos los requisitos exigidos para aspirar a ser miembro numerario, como podía ser la presencia física, no disponer de suficientes medios económicos o la ausencia de un título universitario. Posteriormente, los oblatos fueron llamados agregados o agregadas. Así la categoría de oblato recogía a los miembros que trabajaban como empleados, que no tenían estudios superiores o tenían algún defecto físico o enfermedad crónica; es decir, que los cojos, los bizcos y los diabéticos insulinodependientes como era el propio fundador, sólo podían aspirar a ser oblatos o agregados, pero no podían ser miembros numerarios de la Obra de Dios y de Escrivá.

Los oblatos serían también aquellos hombres o mujeres, solteros y libres o eximidos de algunas obligaciones como los viudos o las viudas con escasos recursos económicos que estaban dispuestos a la militancia dentro de la Obra, de una Obra de Dios donde no había lugar como miembro numerario para los débiles y los enfermos. A los oblatos, desde su fundación, se les separó convenientemente de los miembros numerarios en el Opus Dei y pese a llevar una vida de familia y de limpieza doméstica se podían dedicar también a los apostolados de clases inferiores, dejando el trabajo apostólico de la clase dirigente para los miembros numerarios. Dado que a los oblatos, por diversas circunstancias o incapacidades personales, se les impedía alcanzar la categoría de miembro numerario, en ellos también pensó Escrivá para que pudieran ayudar en las tareas domésticas a la élite de los numerarios. Para suavizar las relaciones entre ellos, los miembros numerarios a su vez debían corresponder a la ayuda prestada por los miembros oblatos si convivían bajo el techo de la misma residencia, con una serie de obligaciones más livianas que fueron fijadas por una nota interna de Escrivá.

Cuando comenzó el funcionamiento de la residencia de la Moncloa considerada como la primera obra corporativa del apostolado universitario, es decir, uno de los escasos bienes entonces de cuya propiedad y gestión respondía públicamente el Opus Dei, tantos fueron los agobios y tan corta la experiencia de la atención material por parte de la sección femenina que Escrivá tomó las riendas en mano y se encargó de vigilar personalmente la organización y disciplina en la administración de los centros del Opus Dei, especialmente en la residencia universitaria. Refiriéndose a este trabajo de inspección, uno de los militantes del Opus Dei más lúcidos de aquella época señaló más tarde que "en cierto sentido el padre Escrivá tenía más mentalidad de director local que de presidente de la Obra". [Pérez Tenessa, Antonio, "Testimonio", en Moncada, Alberto, ob. cit. p. 147. 273].

La residencia Moncloa fue montada por el Opus Dei, como ampliación de la primera residencia de la posguerra instalada en la calle Jenner, con el objetivo de convertirla en colegio mayor. En efecto, intentando volver a la tradición de los colegios mayores del tiempo de los Reyes Católicos y del Siglo de Oro español, el régimen de Franco había publicado, en el Boletín Oficial del Estado con fecha 1 de octubre de 1942, un decreto por el que se organizaban nuevamente los colegios mayores universitarios. La dictadura esperaba con ello que ayudasen a la nueva época de esplendor que se avecinaba bajo el caudillaje de Franco. La residencia Moncloa, transformada más tarde en Colegio Mayor de la Moncloa, fue una gran base de reclutamiento del Opus Dei entre la juventud universitaria madrileña de la posguerra y allí se formaron muchos jóvenes estudiantes que se convirtieron en miembros numerarios de la Obra de Dios.

La sección femenina se había hecho cargo de la administración de la residencia universitaria de la Moncloa en todo lo concerniente al mantenimiento y conservación, desde la decoración hasta la restauración, limpieza y alimentación. Las mujeres fueron instaladas en una zona totalmente independiente, separada del resto, pero también tuvieron que contratar a algunas empleadas, profesionales del servicio doméstico, para que ayudasen a las mujeres militantes del Opus Dei en las tareas domésticas menos nobles. [Gondrand, Francois, "Al paso de Dios", Rialp, Madrid, 1985, pp. 168-169].

A comienzos del año 1943 el Opus Dei revela que tres jóvenes ingenieros miembros de la Obra habían iniciado desde hacía meses los estudios eclesiásticos, preparándose para el sacerdocio, siguiendo un plan aprobado por el obispo de Madrid-Alcalá con profesores amigos y simpatizantes. Escrivá ignoraba todavía cuándo y con qué título eclesiástico podría tener lugar la ordenación sacerdotal [Casciaro, Pedro, "Soñad y os quedaréis cortos", Rialp, Madrid, 1994, pp. 192-193] pero había conseguido poner en marcha la operación para obtener un nuevo reconocimiento jurídico, gracias a los miembros especialistas en derecho canónico con que contaba el Opus Dei.

Cuando el montaje jurídico ya estaba en marcha, una vez más el fundador recurrió a lo sobrenatural y la mañana del 14 de febrero de 1943, día de san Valentín y también de los enamorados, mientras celebraba la misa en el primer centro de mujeres de la calle Jorge Manrique afirmó haber tenido una iluminación divina, dibujando al acabar la misa el sello de la Obra en una hoja de su agenda. Después se fue a desayunar y encargó a uno de los miembros arquitectos que dibujara bien el sello que había trazado poco antes en su agenda con un compás y tinta china. [Casciaro, Pedro, ob. cit., p. 193]. El sello surgido de la supuesta inspiración divina consistía simplemente en una cruz enmarcada en un círculo, pero donde el travesaño horizontal de la cruz se situaba bastante arriba de modo que la parte alta era más bien corta y muy parecida a la que ya se estaba utilizando en los oratorios y altares de la Obra, por lo que se convirtió en uno de los símbolos más importantes del Opus Dei.

Al día siguiente de la iluminación divina Escrivá fue en coche al chalet de la sierra de Guadarrama, cerca de Madrid, donde tenía concentrados desde hacía sólo unos meses a los tres primeros candidatos al sacerdocio. Para Escrivá la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz era la solución que había estado buscando durante mucho tiempo sin encontrarla y que respondía plenamente, tras la iluminación, a sus sueños y ambiciones. La inspiración divina, sin embargo, dados los preparativos que se pusieron en marcha para la ordenación, resultó algo tardía. Escrivá contó luego, refiriéndose con medias palabras al extraordinario suceso del sello divino, que la situación de incertidumbre se resolvió "después de buscar y no encontrar la solución jurídica". Un cronista del Opus Dei relata con ironía que "por una estrecha rendija fue a filtrarse la luz con la cual Dios, metiéndose de nuevo en su vida, iluminó a Escrivá el 14 de febrero de 1943" [Estruch, Joan, "Santos y pillos", Herder, Barcelona, 1993, p. 197] y, por su parte, un destacado miembro que formaba parte del equipo asesor de canonistas de Escrivá llega a reconocer que la fecha del 13 de febrero de 1943 y no el 14 es "una de las efemérides fundacionales" en el Opus Dei. [Varios Autores, "El itinerario jurídico del Opus Dei", EUNSA, Pamplona, 1989, p. 136, nota 69].

Con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a cuyo título se ordenarían los nuevos sacerdotes del Opus Dei y que formaría parte integrante e inseparable de la Obra en una rara mezcolanza jurídica que chocaba a algunos canonistas, se hacía posible la ordenación sacerdotal de los primeros miembros del Opus Dei que podrían asistir espiritualmente al resto de los seguidores de Escrivá y atender las actividades apostólicas promovidas por ellos. [Casciaro, Pedro, ob. cit., p. 193].

Contando con el apoyo incondicional del obispo de Madrid-Alcalá y de otros eclesiásticos madrileños amigos suyos Escrivá preparó el terreno del reconocimiento jurídico para la Sociedad Sacerdotal en la Congregación de Religiosos, el organismo de tutela en el Vaticano, tras haber enviado a Álvaro Portillo desde Madrid y por medio también de otros dos miembros del Opus Dei que residían desde 1942 en Roma. Después de haber realizado el sondeo de la curia vaticana para que no hubiera objeciones, Escrivá se dirigió oficialmente el 13 de junio de 1943 al obispo Eijo Garay para que el Opus Dei fuera erigido como Asociación de Fieles que viven en común sin votos públicos, conforme al canon 673 y siguientes del Código de Derecho Canónico. Escrivá en la solicitud pedía en sustancia lo siguiente: "Rogamos que Vuestra Eminencia se digne a erigir a la misma Pía Unión, como Asociación de Fieles de derecho diocesano, observadas cuidadosamente las normas establecidas por el Código de Derecho Canónico, dando como nombre a esta Asociación el de Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sujeta a unas reglas de las cuales remitimos a Vuestra Eminencia las líneas generales". Firmaba la solicitud Escrivá "en mi nombre y el de todos y cada uno de mis compañeros, besando vuestro anillo pastoral y pidiendo vuestra paternal bendición auspiciadora de todos los bienes".

La Congregación de Religiosos había enviado desde Roma una respuesta aprobatoria, primero en forma de telegrama para responder con urgencia y más tarde a través de un documento con fecha 11 de octubre de 1943 en donde se concedía el "nihil obstat" del Vaticano. No se sabe si el retraso fue porque Italia estaba en guerra o porque Escrivá se atrevió a presentar para su aprobación como Sociedad de vida en común tan sólo un extracto de las constituciones secretas del Opus Dei que llamó "lineamenta generali" y que no mostraba la verdadera dimensión oculta de la Obra.

Cuando se enteró Escrivá del contenido del telegrama lo hizo saber rápidamente a sus seguidores, comentando agresivamente en su defensa: "Ahora os digo que, mientras algunos por ahí -yo los perdono y les quiero- habían asegurado que los obispos habían quitado las licencias ministeriales a este pecador, ha llegado de Roma un telegrama dirigido al obispo, anunciando que el Santo Padre ha dado el "nihil obstat" a la Obra y que nos bendice de todo corazón". [Varios Autores, "El Itinerario jurídico del Opus Dei", EUNSA, Pamplona, 1989, p. 130]. Y posteriormente, en otra ocasión, se refirió a "cómo nos había guiado el Señor, en 1943, haciendo que diéramos unos pasos que han sido providenciales, para arropar a la Obra, criatura nueva, con unas aprobaciones eclesiásticas "in scriptis" necesarias para la ordenación de nuestros sacerdotes, y para evitar que la maledicencia, con que algunos se ensañaban contra el Opus Dei, hiciera daño a nuestro camino. [Escrivá de Balaguer, Josemaría, Carta del 25 enero 1961, en Varios Autores, "El itinerario jurídico del Opus Dei", EUNSA, Pamplona, 1989, p. 136].

Finalmente el obispo de Madrid-Alcalá firmó el decreto de erección en la diócesis de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz como nueva sociedad de derecho diocesano el 8 de diciembre de 1943. De entrada, con la frase "hace quince años..." con la cual comenzaba el decreto, Eijo Garay hacía remontar otra vez el nacimiento del Opus Dei a 1928, como si fuera un hecho histórico adquirido que no admitía duda ni discusión posible. El obispo Eijo Garay señalaba también que el Opus Dei "respondía perfectamente a las urgentísimas necesidades de nuestros tiempos y de nuestra Patria. Pues todos dicen que la subversión de España ha de atribuirse en gran parte a la deserción por parte de los intelectuales de la doctrina y preceptos de Cristo, dado que pervirtieron durante muchos lustros con doctrinas disolventes a la juventud universitaria". También reconocía que en el Opus Dei "el objetivo, la constitución y el método de acción no podía caber por más tiempo en los límites de una simple Asociación, sino que exigía una más amplia y simple razón de verdadera Sociedad Eclesiástica legítimamente erigida y constituida (...)" y que "a la hasta ahora alabada Pía Asociación, aprobada ya por Nosotros como tal, erigimos como verdadera Sociedad de derecho diocesano y la constituimos bajo el nombre de Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (...) Esta Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz está plenamente subordinada a Nosotros y a Nuestros Sucesores...".

No está de más detenerse en el obispo de Madrid-Alcalá, un conspicuo personaje que firmó el decreto aprobatorio con las anteriores palabras y que desempeñó un papel decisivo, como él mismo reconoce, durante la posguerra en el lanzamiento y la promoción legal del Opus Dei. Obispo desde los tiempos de la República, nunca alcanzó a ser arzobispo como ambicionaba ni ascendió al cardenalato por una negativa constante por parte del Vaticano. Más franquista que Franco, fue director del Instituto de España, procurador y consejero del Reino, además de presidente de la Comisión de Educación de las Cortes franquistas y asesor de educación religiosa y moral del Frente de Juventudes, la organización juvenil de la Falange. Con su muerte, acaecida en 1963, perdió la dictadura uno de sus prelados más señeros, el fascismo clerical un destacado ideólogo y el Opus Dei un gran apoyo como "padrino" para su causa.

Con el decreto del obispo de Madrid-Alcalá se reconocía la tercera de las fundaciones del Opus Dei que significaba un hecho importantísimo en la evolución histórica de la Obra. Lo más importante ya estaba conseguido. Por fin Escrivá había logrado, gracias a un estatuto jurídico de lo más ambiguo, el esquema y el perfil de la Obra de Dios con tres secciones, sacerdotes, hombres y mujeres. Interesa pues destacado, ya que al adquirir el Opus Dei entre 1943 y 1944 la dimensión sacerdotal, completando el esquema de las tres funciones, la nueva milicia de la Iglesia tenía por fuerza que sobrevivir del resto de las organizaciones católicas españolas de la posguerra. [Dumézil, Georges, "Idéologie tripartite des Indo-Européens", Latomus, Bruselas, 1958].

El decreto, sin embargo, podía resultar papel mojado, porque los tres miembros del Opus Dei aspirantes al sacerdocio llevaban sólo unos meses de estudio y la carrera eclesiástica duraba años. Pero aquello tampoco representó ningún obstáculo para el Opus Dei ya que al cabo de seis meses, el 25 de junio de 1944, tuvo lugar la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei que iban a ayudar a Escrivá en su tarea. La clave de semejante celeridad se encontraba en el obispo de Madrid-Alcalá y en la habilidad de Escrivá para escoger a los profesores entre amigos del obispo y destacados eclesiásticos de la curia diocesana, que no tuvieron inconveniente alguno en la realización de exámenes muy complacientes y de cursos abreviados superacelerados. Tuvieron las clases en la casa central del Opus Dei de la calle Diego de León y también allí se examinaron ante un tribunal formado por tres de los mismos profesores que les habían dado clases y eran eclesiásticos amigos de Escrivá, entre los que destacaba fray José López Ortiz, vinculado a la Obra a través del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y llamado familiarmente "el tío José" por los miembros del Opus Dei. Como no podían estudiar como debían en el ambiente agitado de la casa de Diego de León, donde vivían hacinados junto con la familia Escrivá, antes de los exámenes se concentraron en las cercanías de Madrid, en un chalet de la sierra de Guadarrama, en El Escorial o alquilando unos cuartos en El Encantiño, una pensión cerca de Torrelodones. Durante el mes de mayo de 1944 consiguieron dar un acelerón tremendo. El día 20 tuvo lugar la ceremonia de la tonsura en la capilla del obispado de Madrid. Los días 21 y 23 recibieron las órdenes menores, y el subdiaconado -que era la primera de las órdenes mayores- el día 28 de mayo. A la semana siguiente, el día 3 de junio, los tres miembros del Opus Dei fueron ordenados diáconos y el 25 de junio, delante del obispo Eijo Garay en la capilla del obispado tuvo lugar la ordenación sacerdotal y primeras misas de los tres nuevos sacerdotes del Opus Dei, siendo recibidos ese mismo día en audiencia por el nuncio del Vaticano en España. En el plazo de un mes, lo que se dice en un santiamén, los tres primeros sacerdotes de la Obra habían logrado abreviar también hasta los largos plazos del ceremonial que eran preceptivos en la carrera eclesiástica.

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz se había puesto en marcha y, como entonces señaló un eclesiástico amigo en una publicación religiosa de la época, si "el Opus Dei se compone de ingenieros y profesores y arquitectos y químicos y abogados (...) de entre ellos necesariamente han de salir los sacerdotes que los atiendan con eficacia en su formación profesional". El articulista no insistía excesivamente sobre el carácter sacerdotal de la Obra, pero miraba con simpatía lo que era el Opus Dei en ese tiempo y los proyectos que alimentaba Escrivá para un próximo futuro. El Opus Dei era entonces "un grupo de jóvenes de vida intelectual bajo la dirección de un sacerdote, también intelectual (...") [Sagarminaga, Ángel, Revista "Illuminare", Madrid, enero-marzo 1945].

La tercera fundación había tenido lugar en 1943 y se puso en marcha en 1944 con la presencia plural de sacerdotes dentro de la Obra. Escrivá ya no se encontraba solo y contaba con otros tres colegas sacerdotes más jóvenes para atender las necesidades espirituales internas de la Obra, pero con la particularidad que eran a su vez hijos suyos, pues él era "el Padre". Con esta fundación sacerdotal se clericalizaba toda la Obra, consagrando jurídicamente una organización piramidal donde él como fundador, junto con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, tomaba las riendas absolutas del poder en el Opus Dei. La nueva milicia de la Iglesia iba a adquirir a partir de entonces una orientación más secreta y tecnocrática, donde emergía la figura eclesiástica de Escrivá como pináculo de un edificio controlado por jóvenes y ambiciosos ingenieros dedicados por entero y sin escrúpulos de ningún tipo al funcionamiento como fuese de la organización mesiánica en la que militaban. Gracias al Opus Dei, el ingeniero se elevaba a la dignidad de levadura de la sociedad y el bagaje profesional de una carrera de ingeniería iba a dirigirse principalmente a la manipulación de seres humanos, y los trabajos de construir máquinas y de hacerlas funcionar se iba a volcar en modelar militantes y en asegurar el perfecto funcionamiento de la organización, desde el aprovechamiento integral de los recursos de los primeros miembros hasta la compleja técnica de las sociedades anónimas de pantalla. De los tres primeros en ordenarse como sacerdotes, el que era arquitecto se dedicó principalmente al cuidado de la sección femenina, y los otros dos, que eran ingenieros, uno a las cuestiones financieras junto a Escrivá y el otro, Álvaro Portillo, se convirtió en la pálida copia del fundador, su lugarteniente y "alter ego" discreto, pero sin la brillantez y la facundia que desplegaba Escrivá. Como secretario general del Opus Dei, Portillo fue a partir de 1944 el "factotum" de Escrivá y su confesor con la característica particularísima de que rezaba hasta las penitencias que él mismo le imponía en la confesión. Si en la primera promoción de 1944 fueron tres los miembros del Opus Dei ordenados sacerdotes, en la segunda promoción de 1946 fueron seis. La tercera remesa de sacerdotes se ordenó dos años más tarde en 1948 y en la cuarta promoción de 1951 se elevó a doce el número de nuevos sacerdotes ordenados por el Opus Dei. y fue entre la primera y segunda promoción de curas surgidos de dentro del Opus Dei en 1945 cuando aparecieron los primeros escritos públicos sobre la nueva fundación en revistas católicas de escasa circulación, y estos primeros comentarios aparecidos en la prensa confesional eran favorables al Opus Dei. ["Catolicismo", revista mensual de misiones, enero 1945; Illuminare, primer trimestre 1945; "Ecclesia", 23 junio 1945; Signo, 9 junio 1945].

Poco después de la ordenación apresurada de los tres primeros sacerdotes, Escrivá dirigió una carta a los miembros del Opus Dei en los siguientes términos: "Ahora sí que podemos decir que el Señor nos ha dado su maná y su agua para calmar nuestra hambre y nuestra sed. Porque ha sido providencia muy particular de nuestro Padre Dios que hayáis recibido la formación espiritual necesaria, para vuestras almas sacerdotales, con un celo y una oración que hace que se os puedan aplicar aquellas palabras del Eclesiástico (50.9): porque sois como fuego resplandeciente y como incienso que arde en el fuego. Muchas sinceras congratulaciones he recibido del personal de todos los ambientes por la primera ordenación de vuestros hermanos, que han llegado al sacerdocio después de vivir por su vocación al Opus Dei las virtudes sacerdotales, como todos vosotros, y de estudiar sin prisa, profundamente y con profesorado escogido, la ciencia eclesiástica". Junto con el alborozo personal de Escrivá, el testimonio que aportaba la carta era una prueba evidente del carácter indudable de organización clerical que comenzó entonces a presentar el Opus Dei y que así ha seguido ofreciéndose hasta nuestros días.

Con tantas prisas, el proyecto de Escrivá significaba un retroceso religioso hasta en su concepción de Dios. En sus orígenes, la figura de Dios no estaba relacionada con la bondad, sino con el poder. Posteriormente, que Dios se hiciera "bueno" fue un gran progreso. [Eliade, Mircea y Couliano, Joan P., "Diccionario de las religiones", Paidós, Barcelona, 1992, p. 123]. El fundador del Opus Dei, sin embargo, se mantuvo firme, al igual que la ideología del fascismo clerical, en la visión de un Dios de poder, muy temible y que infunde asombro y miedo, y en esa perspectiva el Opus Dei se mantendría a ultranza hasta nuestros días.

El Opus Dei, después de haber conseguido con rapidez en el Vaticano el decreto de alabanza como Instituto Secular en 1947 [Ynfante, Jesús, "Opus Dei", Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1996, pp. 144 y ss.] llegó a ampliar entonces su estructura con las categorías de miembros supernumerarios y cooperadores. Si los numerarios formaban el "Estado Mayor de Cristo"y eran los miembros incorporados con carácter fijo y con plenas responsabilidades al conjunto que componía el Opus Dei, los supernumerarios formaban la "clase de tropa" y eran miembros considerados como una situación análoga a la de excedencia, es decir, que excedían o estaban fuera del número señalado o establecido como principal. Y si el término "numerario" tenía origen universitario, la raíz y causa del término "supernumerario" estaba en el ejército español. La categoría de supernumerario, que ya existía anteriormente y estaba dirigida hacia la gente casada, quedó más perfilada a partir de entonces y fueron obligados al pago de la limosna, a cumplir las normas de los retiros y las prácticas espirituales, además de tener que observar los tres votos de obediencia, castidad y pobreza, de forma compatible con su estado. La fórmula de adhesión como supernumerarios en ambas ramas de la Obra, dirigida tanto a mujeres como a hombres, se extendió también a los sacerdotes diocesanos dentro de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, por lo que hasta los curas de pueblo podían ser miembros del Opus Dei y permanecer en su puesto, sin abandonar la obediencia al obispo y la incardinación obligatoria en una diócesis.

Finalmente, la gran movilización de personas y capitales al servicio de la Obra con la que soñaba Escrivá, para influir en la economía y la política mundiales, se completaría con la creación de una cuarta categoría de miembros, los socios cooperadores, que podían ser incluso de otras religiones o no creyentes, pero que estaban obligados a ayudar a la Obra con su propio trabajo y con limosnas o donaciones.

El ciclo fundacional parecía terminado. La primera fundación, la sección de varones, tuvo lugar entre 1935 y 1936; la segunda fundación, la sección de mujeres, entre 1941 y 1942; la tercera fundación, la sección de sacerdotes, entre 1943 y 1944; la cuarta fundación, la sección de supernumerarios, formada en su mayoría por hombres y mujeres casados, además de la sección de cooperadores que podían ser no creyentes o de otras religiones, tuvo lugar entre 1947 y 1948. A partir de entonces, la Obra de Dios iba a presentar su fisonomía definitiva. Hubo, sin embargo, algunos retoques posteriores de fachada, como la sustitución de los nombres de oblata y oblatos por los de agregadas y agregados o el de numerarias sirvientes por numerarias auxiliares, pero la estructura general iba a permanecer desde entonces sin cambios fundacionales hasta el siglo XXI.

Podían pertenecer al Opus Dei como miembros supernumerarios todos aquellos hombres y mujeres, casados y también solteros, que querían cooperar a los fines de la Obra y estaban movidos, en principio, por una vocación apostólica y un deseo de perfección. Así, los supernumerarios se consagrarían parcialmente al servicio de la Obra y como medios propios de santificación y apostolado aportarían sus propios deberes y ocupaciones familiares, profesionales y sociales. Ciertos miembros supernumerarios, en algunos casos, se obligaban especialmente "con espíritu de obediencia filial" a Escrivá, sobre todo cuando recaían en sus espaldas graves responsabilidades económicas señaladas por la dirección del Opus Dei.

Los supernumerarios debían permanecer en su propia ciudad y familia, formando grupos de diez a cuyo frente se colocaba un miembro numerario y uno de sus trabajos apostólicos solía consistir en promover y celebrar reuniones periódicas con personas pertenecientes a la propia profesión o ámbito social, para difundir entre ellos lo que se denominaba dentro del Opus Dei la "ortodoxia de la doctrina de la Iglesia católica" y el "espíritu de la Obra". A los supernumerarios se les recomendaba asimismo introducirse en asociaciones civiles, profesionales y de cualquier tipo relacionadas con su actividad social.

Por su parte, los sacerdotes y supernumerarios miembros de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz serían organizados y ordenados en grupos de diez como entre oblatos y supernumerarios del Opus Dei, pero su situación jurídica resultaba tan confusa, por causa de la doble obediencia, que en 1948 Escrivá en sus maquinaciones llegó hasta tantear a algunos cardenales de su misma cuerda ideológica en el Vaticano, consultándoles sobre la posibilidad de abandonar incluso la presidencia del Opus Dei y su puesto de fundador para dedicarse a una nueva fundación dirigida exclusivamente a los sacerdotes diocesanos.

Si los sacerdotes diocesanos representaron jurídicamente un escollo insalvable, las familias numerosas españolas, sobre todo las que ya militaban en Acción Católica, comenzaron a ingresar en manada dentro del Opus Dei a partir de 1948, cuando se presentaba la Obra como el más moderno y el primero de los Institutos Seculares y que había sido aprobado muy recientemente como tal por el Vaticano [Ynfante, Jesús, ob. cit., pp. 148-149]. Antimaltusianos sistemáticos, los miembros del Opus Dei se dedicaron principalmente a la captación de las familias de la burguesía española que tenían por lo general una productividad filial aterradora y de las que se sospechaba que practicaban el método Ogino pero al revés, como si trataran de repoblar la dictadura de Franco con gérmenes católicos asegurados a todo riesgo contra las contaminaciones políticamente liberales y religiosamente heterodoxas.

Para formalizar las primeras adhesiones de miembros supernumerarios, el Opus Dei celebró en septiembre de 1948 una concentración con más de una quincena de simpatizantes en el centro de retiros espirituales de Molino Viejo, cerca de Segovia. Allí estuvieron hombres que Escrivá había conocido años atrás, antes o durante la guerra civil española. También estuvieron presentes algunos personajes que serían posteriormente importantes en la política y en las finanzas bajo la dictadura de Franco. En la cuarta fundación entre 1947 y 1948 se manifestaron de nuevo las ambiciones de Escrivá, pues los miembros supernumerarios ayudados por los miembros numerarios iban a constituir la base económica que estaba necesitando para que triunfara el Opus Dei.

Los años fundacionales del Opus Dei se reparten aproximadamente en cuatro lustros, cada uno de ellos con un significado y una vivencia determinada. Si desde 1927 a 1931 fueron cinco años de preparación y de vida oscura; desde 1931 a 1940, vieron el calvario de la guerra y la posguerra. Fue entonces, a partir de 1940, tras el afianzamiento personal de su fundador y de la gestación del proyecto, cuando comenzó a funcionar verdaderamente la rama masculina del Opus Dei y cuando puede decirse que se perfilaron las restantes fundaciones, proceso que duraría hasta 1950, aunque de hecho no se detendría ni un cuarto de siglo más tarde con la muerte de Escrivá.

La aprobación como primer Instituto Secular constituyó un fuerte estímulo adicional para el Opus Dei, provocando un boom en las captaciones de miembros, como puede observarse analizando las admisiones. Si en 1941 había sólo cincuenta miembros, dos años más tarde, en 1943 el número se había duplicado, llegando a cien. El reclutamiento de miembros seguía siendo fundamentalmente universitario, alcanzando en 1946 la cifra de 270 miembros, de los cuales 240 eran varones, diez sacerdotes entre ellos, más 30 mujeres en la sección femenina.

El boom se inició entre 1947 y 1950 cuando el crecimiento de miembros del Opus Dei fue superior a 2.000 personas, de las cuales la mayor parte pasaron a ser asociados supernumerarios y supernumerarias, es decir, gente en su mayoría casada y con hijos. En los primeros meses de 1950, la cifra oficial de admitidos en el Opus Dei se elevó a 2.954 miembros, de los cuales 2.404 pertenecían a la sección de varones y 550 a la sección femenina. Cerca de 2.000 dentro de la sección de varones eran militantes españoles y 260 miembros había en Portugal. Por otra parte, México e Italia, los dos países donde el Opus había tenido más éxito tenían aproximadamente un centenar de miembros cada uno. Lo más importante de la cifra considerable de 2.000 militantes españoles era la adhesión masiva en la categoría de asociado supernumerario. El Opus Dei aprovechó, sobre todo a partir de marzo de 1948, un documento del Vaticano, "motu proprio Primo Feliciter", donde se recomendaba "con paternal afecto" a los directores y consiliarios de la Acción Católica y de las otras asociaciones de fieles que prestasen su ayuda a los Institutos Seculares, especialmente al Opus Dei, por ser organismos "verdaderamente providenciales y que utilicen gustosamente sus servicios...". El Opus Dei hizo una utilización abusiva de este texto pontificio, aumentando sin ningún tipo de reparos el número de miembros, cuando en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a quien correspondía realmente el estatuto jurídico de Instituto Secular, se hallaban en 1950 tan sólo 23 sacerdotes y el doble, otros 46 miembros de la Obra, estaban preparándose en teoría, según los deseos de Escrivá, para ser ordenados sacerdotes y de entre ellos once se encontraban realmente en la fase final preparatoria de su ordenación en Roma junto al fundador.

Tras el obligado período de observación canónica de tres años tuvo lugar, en 1950, la aprobación definitiva de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz como Instituto Secular. El decreto de aprobación, que comenzaba con las palabras "Primum Inter.", es decir, "el primero entre", fue oficialmente confirmado por el Vaticano el 28 de junio de 1950.

Entre tanto, Escrivá no había perdido el tiempo y había solicitado en marzo de 1948, obteniéndolo del Vaticano, que pudiera incluirse la frase "con nombre abreviado, Opus Dei" en el artículo primero de las constituciones secretas que él había tenido que entregar obligatoriamente en el Vaticano, con lo que resultaba "... Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus DeI". El hecho de incluir la denominación Opus Dei revela las intenciones de Escrivá de hacer extensivo el estatuto jurídico de Instituto Secular, que obtuvo fácilmente en 1947 como Sociedad Sacerdotal, a toda la estructura de la Obra de Dios, aunque sólo fuera nominalmente.

La aprobación de las constituciones tenía mucha importancia, porque era la primera vez, según Escrivá, que sucedía en la Iglesia y en vida del propio fundador de una institución, y también porque habían sido aprobadas por la Iglesia de Roma definitivamente como "santas, perpetuas e inviolables". Las constituciones eran el código secreto que regulaba la vida interna del Opus Dei. Editado con tapas rojas y el formato de un cuaderno de escuela fue impreso por primera vez en 1950. Compuesto de 479 normas y escrito en latín, la norma 194 prohibía expresamente traducido a otras lenguas: "Estas Constituciones, las instrucciones publicadas y las que puedan en lo futuro publicarse, así como los demás documentos, no han de divulgarse; más aún, sin licencia del Padre [Escrivá] , aquellos de dichos documentos que estuvieren escritos en lengua latina ni siquiera han de traducirse a las lenguas vulgares."

Sin embargo, las constituciones secretas del Opus Dei fueron publicadas en 1970 como apéndice en un libro titulado "La prodigiosa aventura del Opus Dei: génesis y desarrollo de la Santa Mafia", escrito por el mismo autor de esta biografía y que fue editado en París pero en castellano. El traductor fue Agustín García Calvo, catedrático de Filología latina entonces exiliado, quien señalaba en nota introductoria que "la fatiga de verter de vil latín en castellano estas constituciones se ha visto agravada por la interminable puerilidad que, como el curioso lector verá, la informa de cabo a rabo. Nos consolamos en parte pensando que ello pueda al menos servir justamente para evidenciar ese hecho, ya ejemplificado en casos como el del nazismo, el Ku Klux Klan y otras organizaciones autoritarias y tremebundas: que la infantilidad de las estructuras mentales, propia de los reglamentos que gustan de darse los niños o jovenzuelos que se organizan en gangs o bandas de guardias o -también, ay- de ladrones, no sólo es perfectamente compatible con un gran éxito social, acumulación de gran poder y práctica de la opresión más temible y aun sanguinaria, sino que incluso hay entre ambas cosas una relación más profunda y digna de investigación; medite el piadoso lector en las consecuencias que de tal observación derivan respecto a la naturaleza humana, sin desalentarse demasiado sin embargo, recordando que tal vez hay también de otras cosas en la viña del Señor".

La nota del traductor también indicaba: "En cuanto a la traducción, aparte de muy escasos lugares que por la imperfección de nuestra copia hemos debido suplir sin mayores problemas, es de advertir únicamente que, estando el original escrito en un latín que, ya dentro de la barbarie burocrática del latín eclesiástico, parece especialmente hórrido y torpe, salpicado incluso de algunas faltas gramaticales, ha sido imposible por razones obvias reproducir en la versión esas barbaries de la gramática y el estilo; y confiamos en que ese beneficio que, muy a nuestro pesar, hemos tenido que hacerle al producto sea la sola infidelidad notable de esta traducción, que gozosamente y para la liberación de Dios se publica en contra de la norma núm. 193 de las presentes constituciones".

El texto integral de las constituciones secretas del Opus Dei no sólo sería desconocido por los mismos miembros de la Obra, sino incluso por los obispos de las diócesis donde actuaba el Opus Dei; además el texto "autógrafo" de las constituciones del Opus Dei depositado en el archivo de la Congregación de Religiosos en Roma desapareció un poco más tarde inexplicablemente. De modo paciente y maquiavélico el Opus Dei obtuvo además el privilegio exclusivo de no entregar el texto íntegro de las constituciones a los obispos de las diócesis donde residían, pudiendo ofrecerles sólo un pequeño resumen que contenían 26 de las 479 normas del documento secreto, pero en dicho resumen se ocultaba lo más interesante, es decir, las reglas claves de la vida interna de la Obra, que permanecieron secretas, como si no existieran, por lo menos hasta 1970.

El halo de misterio en el que envolvía el Opus Dei sus actividades puede explicar esta preocupación fundamental para preservar el secreto de tan misteriosas constituciones; aunque la mejor explicación residía en los propios fines originales de la Obra, una organización católica dispuesta a captar prioritariamente tanto intelectuales como personajes, ocupando puestos directivos de la sociedad y cuyos objetivos inconfesables consistían en introducirse en las instituciones civiles para transformarlas desde dentro, trabajando preferentemente con los medios y ayudas del Estado; lo cual les obligaba a observar la mayor discreción para no despertar sospechas y a mantener también secretas sus constituciones. Existe, sin embargo, otra razón más poderosa para que el Opus Dei sea intrínsecamente una organización tan amante del secreto y ésta reside en su propia naturaleza de organización impenetrable. El manto de secreto que envuelve la mayoría de las actividades del Opus Dei comienza con el "espíritu de la Obra" cuyo desvelamiento es lento y progresivo, por etapas, siendo la jerarquía desde dentro la que señala y preserva celosamente ese secreto.

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Opus Dei: ¿un CAMINO a ninguna parte?